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DIEGO ROMA Y LA HISTORIA DE PANCHITO

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Son siete canciones, divididas en dos partes: tres canciones en la primera, cuatro en la segunda. Diego Roma les dio el nombre de Los Intensos. Son grabaciones íntegramente producidas en Regina, en estudios de acá, con gente de acá, que sigue demostrando que todo está listo (hace rato) para producir buena música pop desde acá. No es ninguna novedad, pero me parece importante resaltarlo en este caso, porque Diego Roma pasó por La Plata casi al mismo tiempo en que bandas como El Mató, Señor Tomate o Shaman y los hombres en llamas estaban haciendo parte del mejor rock de este principio de siglo.

Por esas cosas de la vida, luego de su paso por la ciudad de las diagonales, Roma vino al valle y encontró acá buen terreno para su trabajo como músico y como “gestor cultural” (entrecomillo esa denominación porque me incomoda esa intromisión de la “gestión” en el también cuestionable concepto de “cultura”), es decir: no tuvo que irse a otro lado para grabar un puñado de canciones con una calidad a la altura de cualquier buena producción nacional o internacional.

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Los Intensos es solo una muestra más de que una producción musical notable está sucediendo acá y ahora, aunque lamentablemente –según dicen por ahí- el público local todavía no se da cuenta y no la aprovecha del todo. Mientras tanto, en la radio suenan más que nada canciones de hace veinte o treinta años, o las mismas 5 canciones repetidas “del momento”.


A veces las canciones son la ilustración o el comentario de una escena no explicitada en las letras. Es el caso de la primera canción de Los Intensos, “Panchito”, que se basa en la historia de un nene que, alrededor del año 2013, se perdió en las bardas de Cipolletti y pasó una noche caminando por el monte. Cuando vivía en Buenos Aires y no entraba en sus planes venir acá, Diego Roma vio por Telefé cómo entrevistaban a Panchito y su papá: “Me sentía triste, dijo Pancho / cómo Pancho, preguntó su padre / Me sentía triste, repitió / claro Pancho, asintió su padre”. El momento en que se centra la canción no es ese en el que Pancho vagabundeó bajo el cielo lleno de estrellas, sino el momento en el que el padre, contento por el regreso del hijo, lo consuela y lo comprende. Es una escena de gran densidad simbólica: Panchito habla después de perderse y errar en un espacio donde solo pudo llorar.

Quizás sea significativo que solo está su padre cuando Panchito puede hablar, quizás eso separe un espacio ajeno al lenguaje articulado (“desierto”, indeterminado) del espacio de la vida social, quizás yo solo aplico acá una vieja idea de Julia Kristeva, o hago psicoanálisis silvestre, seguramente. Más allá de eso es significativo que la canción se centre en ese momento de comprensión, bien diferente del mandato patriarcal: el padre de Panchito no censura su tristeza y su llanto, ni elogia su capacidad de sobrevivir una noche perdido en el desierto. Sencillamente pregunta y asiente. La letra no aclara quién mira y narra esa escena, pero creo que responde a cierto aspecto de la sensibilidad del varón heterosexual el aire tranquilo y pueril con el que la canción recrea la escena.

Haciendo una comparación un poco inadecuada pero que puede resultar esclarecedora, diría que “Panchito” es una reversión de “Boys don’t cry”: mientras el clásico de The Cure se lamenta por el mandato machista (o ironiza al respecto), la canción de Diego Roma pone en escena la posibilidad de que un padre renuncie a censurar la emotividad y exigir la fortaleza a toda costa. Si algo de este análisis es cierto, esta canción puede entenderse como la que organiza la mirada y la emotividad del resto de las canciones, en las que aparece casi siempre el énfasis en lo indeterminado: “Básicamente no hay nada / Literalmente no hay nada / Las cosas existen por error / El amor es asumirlo, ir hasta el final”, escuchamos en “Zizek”. O en “Secuencia”: “¿Qué es un corazón? / ¿Qué es el amor? / Tantas formas hay, tantas maneras / Cosas por nombrar, otras maneras”. ¿No es esa una aceptación de la presencia de esa zona indeterminada? ¿No será también por eso que en la única canción de amor del disco se sabe que hay dos personas pero no se especifica el género de ninguna de las dos?


Habrá que distinguir de qué manera las canciones asumen esa indeterminación: ¿la mistifican y la falsean como lo hace la seudofilosofía New Age? La referencia a Zizek es significativa en este sentido, y tanto o más significativo es el juego de la letra de esa canción, que primero dice “las cosas existen por error” y después “las cosas existen por terror”, sugiriendo quizás que no se afirma alegremente esa indeterminación, sino que se reconoce que implica un riesgo.


O probablemente no valgan de nada estas especulaciones. Las canciones pop no necesitan ser filosóficamente acertadas, ni siquiera es imprescindible que las letras sean buenas, basta con que acompañen bien la música. Pero lo único que puedo decir de la música de este disco es que está lleno de atmósferas sugestivas y que supera el desafío de todo cantautor contemporáneo: no sonar tan parecido a Lisandro Aristimuño.

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