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EL DÍA EN QUE TOM Y JERRY HICIERON PARO

El descontento: he allí la fuerza histórica afectiva capaz de hacer que se bifurque el curso de la cosas.

Frédéric Lordon

Hasta ahora no he escuchado que un gobierno decrete un día para parar un poco y animarse a ponerse en el lugar de la gente; o inclusive, se haga un paro a sí mismo para repensar y coordinar más allá de los partidismos y pretensiones de campaña. Tampoco he escuchado a los sindicatos u otros organismos del Estado a proclamarse en auto-paro.

Paro porque no puedo, necesito pensar, consultar, dialogar, esperar, descansar… Interrumpirse a sí mismo, he ahí la cuestión. Aunque en realidad, nadie quiere parar, la vida es movimiento. Sin embargo, cuando uno viaja, quiere frenar a ver el paisaje.

Parar genera ambigüedad, ya que la actividad y la pasividad se conjugan, se tocan, se confunden. El paro es un sonambulismo que no sabemos hacia donde nos lleva

Tampoco podemos quedarnos quietos ante las injusticias sociales, por eso el inconsciente colectivo manda esta vez. El paro plantea una quietud inquietante, haciendo tambalear al poder reinante, siendo una clara expresión de que la tolerancia entre aquellos que defienden o representan a las personas, y los que gobiernan se resquebraja

El poder es la capacidad de interrumpir al otro, según refiere Osho. Uno interrumpe al otro y ya ejerce su poder. Podríamos imaginar a los líderes de las naciones como los elegidos para la interrupción masiva. Cualquier centralización del poder va a tener fuerzas que reaccionen opuestamente, la historia de las civilizaciones lo demuestra en sus acciones y reacciones. Por ende, la centralización, insisto, no parece ser la manera más adecuada de organizar un grupo o una nación.

Por otro lado, el Estado y los mercados dan la impresión que conviviesen bajo un mismo techo, pero cada cual haciendo la suya, y hasta persiguiéndose tal cual Tom y Jerry.

Mientras tanto, el verdadero paro sucede en los bolsillos de la mayor parte de la población, siguen habiendo despidos, el hambre aumenta, y la desigualdad social prospera, y en esto ya no hay ambigüedad, hay pura verdad.

Perdón, Macri también hizo paro…, para hacer una doble selfie.

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    La guerra en Medio Oriente se filtra en la economía argentina por un canal escondido: el gas natural licuado (GNL). El precio internacional del combustible que el país necesita importar cada invierno se disparó con la crisis bélica. Pasó de alrededor de 10 dólares a cerca de 20 dólares por millón de BTU. El doble.

    Para Argentina ese número no es abstracto. El sistema energético todavía depende del GNL para atravesar los meses de mayor consumo. El gasoducto de Vaca Muerta mejoró el panorama porque permite transportar más gas desde Neuquén hacia los centros urbanos. Pero la producción local todavía no alcanza para cubrir la demanda invernal. 

    Y el gas también impacta en la boleta de luz. Más del 60% de la electricidad argentina se genera en centrales térmicas que utilizan gas o combustibles líquidos. Por eso, el país necesita importar GNL cada invierno para sostener el sistema energético. 

    Durante la crisis energética global provocada por la guerra en Ucrania, cuando el gasoducto aún no estaba operativo, Argentina llegó a gastar cerca de USD 3.500 millones en importaciones de gas. El año pasado, con el gasoducto funcionando y precios internacionales más bajos, la factura cayó a unos USD 600 millones. 

    Los bancos de Wall Street recomiendan salir de Argentina porque hay dudas sobre su capacidad de pago

    Pero el nuevo escenario internacional vuelve a cargar ese gasto. Si el gobierno sale a comprar GNL con los precios actuales, el costo podría duplicarse justo cuando la cuenta corriente argentina ya muestra un déficit superior a los 2.500 millones de dólares. 

    A ese cuadro se suma un cambio de reglas en el sistema energético local. El gobierno decidió avanzar con una licitación para transferir la importación de GNL, que hasta ahora realizaban las empresas estatales Enarsa y Cammesa, a un único operador privado. 

    Si el gobierno sale a comprar GNL con los precios actuales, el costo podría duplicarse justo cuando la cuenta corriente argentina ya muestra un déficit superior a los 2.500 millones de dólares. 

    El problema es que ese proceso todavía no está definido. Y mientras se discute quién se quedará con el negocio de la importación, el calendario energético sigue corriendo. 

    Los cargamentos de gas no se compran de un día para otro. Deben contratarse con anticipación. Cuando esa planificación se retrasa, el margen se reduce. La alternativa es salir al mercado spot, el segmento de corto plazo del comercio mundial de GNL. Allí no hay contratos previos ni precios asegurados. Los cargamentos se compran sobre la hora y el valor se define en función de la urgencia y de la competencia entre compradores. 

    Además, con gran parte de la producción global afectada por la crisis en Medio Oriente, el mercado enfrenta una oferta más limitada. De hecho, Qatar ya aviso que suspende los envíos comprometidos con la Argentina. Eso obliga al gobierno a competir con otros compradores, especialmente Europa, que desde la ruptura energética con Rusia incrementó su dependencia del gas natural licuado. 

    En el sector energético repiten una advertencia inquietante: el gas licuado disponible en el mercado no alcanza para todos. Cuando un bien escasea, el precio se dispara. Y el gobierno ya dejó clara cuál es su lógica regulatoria frente a ese escenario: trasladar los costos a la demanda. 

    Los cálculos que circulan en el sector energético muestran la magnitud del impacto potencial en las tarifas que enfrentarán hogares e industrias. 

    Si el sobrecosto se trasladara a la industria, el precio del gas pasaría de 4 dólares a 8,14 dólares por millón de BTU. Es una suba del 104%. El traslado es más directo porque los grandes usuarios ya compran gas sin subsidios. 

    Si el sobrecosto se trasladara a la industria, el precio del gas pasaría de 4 dólares a 8,14 dólares por millón de BTU. Es una suba del 104%. 

    Si el ajuste recayera en los hogares, el impacto también sería significativo. El precio del gas que paga el usuario podría pasar de 3,79 dólares a 6,51 dólares por MMBTU. 

    Existe además un tercer escenario posible: trasladar el costo a la generación eléctrica. En ese caso, el precio del gas para las centrales pasaría de 4,45 dólares a 9,27 dólares por MMBTU, un salto del 108%. Si las usinas ya estuvieran pagando gas spot, el valor subiría de 7,50 a 11,31 dólares. El resultado sería un sobrecosto de 33,8 dólares por megavatio hora.

    La pregunta inevitable es cuánto más pueden absorber los bolsillos, en un escenario económico de pérdida de poder adquisitivo y recesión, con cierres cotidianos de industrias y comercios. 

     

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