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INFINITESIMAL DESVÍO

La ventana entreabierta deja pasar tenues rayos de luz. La cortina, por otro lado, crea sombras que se curvan y bambolean como olas de aire. El batir de las hojas en el exterior está dirigido por un silencio de fondo que se comporta como el maestro de una orquesta natural. Por momentos, suena un coro de cotorras. De repente, y sin previo aviso, ingresa despacito una partícula, flotando sin preocupaciones, en tanto que, una atmósfera de paz la envuelve en armonías del ahora. Dicho ingreso se hace en conjunto con otras partículas, hay una danza que se vislumbra entre la cortina y el vidrio de la ventana. Pareciera que todo se detuviese cuando esa minúscula realidad de puntillosas aglomeraciones es agitada con calma por una brisa circundante. La sensación de que lo bello puede existir en su más pura esencia emerge a la piel… Es un instante, nada más. Sin embargo, permanece en la memoria, justo cuando aquella partícula realiza un desvío infinitesimal, y desaparece.

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