Tenía un gran sueño, subirse de nuevo a ese ascensor.

Un día me dijo:¿sabés una cosa? Mis sueños son un gran incógnita que me propulsan bien léjos. Aha, me dije para adentro sin pronunciar un resquicio de sonido o gesto alguno.La verdad es que al principio no la entendí. Tampoco quise indagar mucho más, me pareció algo tan íntimo que, intentar avanzar sería como precipitarme a un abismo sin retorno.

Ahora, lo que sí hice fue pensar en los ascensores, en esos aparatos que no se llaman descensores pero que también descienden. De esos mágicos aparatos que de sólo apretar un botón uno puede subir hasta veinte pisos en unos segundos.

Subir y bajar, bajar y subir. ¡Vaya! ¡Vayan! Una línea recta en movimientos verticales constantes. Ascensores o columnas vertebrales de cuerpos edificados para ciudadanos que no conocen la claustrofobia. ¿Y porqué no una escalera? Porque la energía es preciada y se agota, dirán algunes, o, porque me fracturé una pierna, dirá otro.

Y llegaron los ascensores planos para dedos inquietos. Se trata de transportar miradas que se deslizan hipnotizadas hasta las pantallas. Y si Arquímedes inventó el ascensor a polea, o algo así, tuvieron que pasar cientos de años para que lo eléctrico nos moviera sin esfuerzo. Mientras tanto, ella se peina frente al espejo y recuerda cuando quedó atrapada con aquel extraño entre el séptimo y el octavo piso. Esboza una sonrisa y se acuerda de que va a llegar tarde al trabajo.

Apretar el botón de la memoria para descender hasta un añorado pasado, y así revivir ese formidable encuentro. Aunque en realidad, una tarde me confesó que se había dado cuenta de que no necesitaba volver a subirse a ese ascensor. Con apenas remontarse a ese momento único e irrepetible ya era suficiente. Nunca volvió a ver al hombre del ascensor. Dos extraños entrelazados entre el séptimo y el octavo piso. Fue sólo eso, como la vida: un momento.

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