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¡Te contamos más sobre ‘Tinta Urbana’!

Cuenta regresiva para ‘Tinta Urbana’, un evento único que reunirá muestra de tatuadores, tatuajes en vivo, festival con espectáculos urbanos (baile, batallas de rap, hip hop, básquet 3×3, skate), además de gastronomía y bebida local.

La cita es viernes 8 y sábado 9 a partir de las 18 horas en el polideportivo Cumelen. El costo de ingreso será de $100 por día, para lo cual ya están en venta las pulseras, en dos colores para los diferentes días, en Deportes, Cultura y Turismo.

‘Tinta Urbana’ es organizado por las Direcciones de Turismo, de Cultura y de Deportes de la Municipalidad de Villa Regina y está diagramado de la siguiente manera:

-Gimnasio 1: Muestra de tatuadores y tatuajes en vivo

– Playón:

Patio Gastronómico: Espacios de gastronomía y bebida local, livings y espacios para sentarse.

Escenario con espectáculos urbanos: baile, batallas de rap, hip – hop entre otros.

El viernes 8, batallas de FreeStyle (1 vs1) y el sábado 9, batallas de FreeStyle (Modalidad nueva), en ambos casos a partir de las 18 horas. Habrá premios al primer y segundo puesto.

Espacio deportivo: 3×3 en basquet, skate, bmx.

Por otro lado, para participar del espacio gastronómico, los interesados pueden inscribirse hasta mañana jueves 7 en la Oficina de Turismo en el horario de 8 a 20 horas.

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    ¿Por qué febrero tiene solo 28 días? La increíble historia detrás del mes más raro del calendario

     

    Febrero tiene 28 días por una combinación de decisiones tomadas hace más de dos mil años, supersticiones romanas, reformas políticas y la necesidad de corregir el calendario.

    Por Redacción de NLI

    El calendario romano fue transformándose durante siglos hasta dar origen a la estructura que todavía utilizamos, con febrero como el mes más corto del año.

    Hay algo tan cotidiano en nuestras vidas que prácticamente nadie se detiene a preguntárselo: ¿por qué febrero tiene 28 días mientras los demás meses tienen 30 o 31? La respuesta parece estar a simple vista en cualquier calendario, pero cuando se intenta reconstruir cómo llegamos hasta esa distribución aparecen reyes romanos, supersticiones acerca de los números pares, reformas impulsadas por Julio César, errores acumulados durante siglos y hasta una modificación relacionada con el nombre del emperador Augusto. La particularidad de febrero, por lo tanto, no responde a una necesidad natural según la cual ese mes debería ser más corto que los demás, sino a una combinación bastante más humana de religión, política, astronomía y decisiones tomadas en la Antigüedad.

    Lo primero que conviene aclarar es que nuestro calendario no nació tal como lo conocemos. El calendario gregoriano, que actualmente utilizan la mayoría de los países, es el resultado de una larguísima evolución en la que diferentes sociedades intentaron encontrar una manera de dividir el tiempo de acuerdo con los movimientos del Sol y de la Luna. Los romanos heredaron y modificaron sistemas anteriores, y posteriormente Julio César introdujo una reforma que dio origen al calendario juliano, sobre el cual se construyó siglos después el calendario gregoriano. Por eso, cuando miramos febrero y nos preguntamos por qué tiene 28 días, en realidad estamos observando una pequeña supervivencia de decisiones tomadas hace más de dos milenios.

    Cuando los romanos ni siquiera tenían enero y febrero

    Una de las primeras sorpresas aparece cuando retrocedemos hasta los orígenes del calendario romano. Según la tradición antigua, el primer calendario romano habría tenido diez meses, comenzando en marzo y terminando en diciembre, con un total de alrededor de 304 días. El invierno quedaba en buena medida fuera de la estructura regular del calendario, algo que puede parecernos absurdo actualmente pero que tenía cierta lógica en una sociedad cuya organización económica estaba profundamente vinculada con los ciclos agrícolas y con las estaciones de actividad en el campo. De hecho, los nombres que todavía utilizamos para septiembre, octubre, noviembre y diciembre conservan la huella de aquel sistema: septem, octo, novem y decem significan siete, ocho, nueve y diez en latín, porque originalmente ocupaban esas posiciones dentro del año.

    Con el tiempo, la necesidad de contar también el período invernal llevó a incorporar enero y febrero, tradicionalmente asociados a una reforma atribuida al rey Numa Pompilio. Allí comienza a aparecer la explicación de por qué febrero terminó convirtiéndose en el mes extraño que conocemos actualmente. El calendario romano no estaba diseñado simplemente para que todos los meses tuvieran una cantidad idéntica de días; existían consideraciones religiosas y simbólicas que influían en la manera de distribuirlos, y los números pares no gozaban de la misma consideración que los impares dentro de determinadas concepciones romanas.

    La consecuencia fue bastante curiosa: al intentar organizar un año lunar de aproximadamente 355 días, se buscó que la mayoría de los meses tuvieran una cantidad impar de jornadas, considerada más favorable, mientras que febrero quedó como la excepción, con 28 días, porque era un mes asociado a rituales de purificación y expiación y ocupaba una posición particular dentro del calendario romano.

    Febrero no fue elegido por la astronomía

    Esto permite desmontar una idea bastante extendida: febrero no tiene 28 días porque la naturaleza haya determinado que ese mes deba ser más corto. La duración de los meses es una construcción humana y, aunque debe guardar alguna relación con los ciclos astronómicos para que el calendario no se despegue completamente de las estaciones, la división concreta en doce meses de 28, 29, 30 y 31 días es histórica y cultural.

    El problema es que un año solar no dura exactamente 365 días. La Tierra necesita aproximadamente 365 días y un cuarto para completar su órbita alrededor del Sol, de modo que cualquier calendario que quiera mantenerse sincronizado con las estaciones necesita realizar correcciones periódicas. Si simplemente se utilizaran 365 días todos los años sin agregar ninguna corrección, con el paso de los siglos las fechas comenzarían a desplazarse respecto de los equinoccios y solsticios. La solución que terminó imponiéndose fue incorporar periódicamente un día adicional. Ese es el origen del 29 de febrero de los años bisiestos, aunque la historia de cómo se llegó a esa solución es bastante más complicada.

    Julio César tuvo que arreglar un calendario que estaba desfasado

    Para el siglo I antes de Cristo, el calendario romano se había convertido en un problema serio. Las reglas de intercalación eran complejas y dependían en parte de decisiones de autoridades religiosas, lo que había generado una acumulación de desajustes. El calendario ya no coincidía correctamente con las estaciones y existía una diferencia creciente entre las fechas oficiales y el ciclo solar.

    Fue entonces cuando Julio César impulsó una reforma monumental. Con asesoramiento astronómico, especialmente del matemático y astrónomo alejandrino Sosígenes, se diseñó un calendario solar mucho más estable, conocido posteriormente como calendario juliano. La reforma estableció un año de 365 días y añadió un día extra cada cuatro años para aproximarse a la duración real del año solar.

    Pero para poner en funcionamiento el nuevo sistema fue necesario realizar una corrección extraordinaria. El año de la reforma llegó a tener una duración excepcional de 445 días, debido a la incorporación de períodos adicionales destinados a recuperar el desfase acumulado. Los historiadores lo conocen como el annus confusionis, el “año de la confusión”, y aunque hoy pueda parecer una extravagancia, fue una manera de volver a colocar el calendario en una posición compatible con las estaciones.

    La distribución de los meses quedó entonces mucho más cerca de la estructura que conocemos actualmente, con febrero conservando sus 28 días en los años comunes y 29 en los bisiestos. La rareza había sobrevivido a la gran reforma porque, de algún modo, resultaba práctico utilizar ese mes más corto como espacio para introducir la corrección adicional.

    Y después apareció otro emperador

    La historia todavía tiene una vuelta más, aunque en este punto conviene separar lo que está sólidamente documentado de una explicación popular que circula desde hace siglos. Existe una conocida tradición según la cual el mes de agosto habría recibido un día adicional para no quedar por debajo de julio, que había sido rebautizado en honor a Julio César y tenía 31 días. Según ese relato, Augusto habría querido evitar que su propio mes pareciera inferior al de César y habría tomado un día de febrero para llevar agosto a 31.

    La explicación es atractiva porque encaja perfectamente con la imagen de la política romana, pero los especialistas advierten que no existe evidencia sólida de que esa haya sido realmente la razón de la distribución moderna de los días. La estructura de los meses ya había sufrido modificaciones anteriores y la historia del calendario es bastante más compleja que una supuesta competencia personal entre dos emperadores.

    Es un buen ejemplo de cómo las explicaciones históricas pueden simplificarse hasta convertirse en una anécdota popular que sobrevive porque resulta fácil de recordar, aunque la evidencia disponible sea más complicada.

    El día que inventamos porque el año no alcanza

    El 29 de febrero constituye, en cierto sentido, una de las soluciones más ingeniosas que desarrolló la humanidad para resolver una contradicción entre el tiempo astronómico y el tiempo que necesitamos para organizar nuestras vidas. El año no dura exactamente 365 días, pero tampoco podemos trabajar con calendarios que tengan una fracción de día, porque necesitamos que las fechas puedan ser contadas mediante jornadas completas.

    La solución consiste en acumular esa fracción hasta reunir aproximadamente un día entero y agregarlo periódicamente al calendario. En el sistema moderno, los años divisibles por cuatro suelen ser bisiestos, aunque existe una excepción importante: los años que terminan en dos ceros no lo son, salvo que sean divisibles por 400. Esa regla forma parte de la reforma gregoriana introducida en 1582 para corregir una pequeña desviación que todavía persistía en el calendario juliano.

    La diferencia puede parecer mínima, pero demuestra algo fundamental: incluso una fracción relativamente pequeña de tiempo puede convertirse en un problema gigantesco cuando se acumula durante siglos.

    ¿Y por qué no hacemos todos los meses iguales?

    Desde una perspectiva moderna, la pregunta parece inevitable: si estamos diseñando un calendario, ¿por qué no hacer doce meses exactamente iguales y olvidarnos del problema?

    La dificultad está en que doce meses de igual duración no encajan perfectamente ni con el año solar ni con las tradiciones históricas que fueron formando nuestro calendario. Además, los meses dejaron de ser simples divisiones matemáticas para convertirse en unidades culturales profundamente arraigadas: tienen nombres, fiestas, aniversarios, períodos escolares, estaciones, ciclos laborales y tradiciones que se remontan a generaciones.

    Cambiar la estructura del calendario significa cambiar una de las formas más profundas mediante las cuales una sociedad organiza el tiempo.

    Hubo numerosos proyectos para reformar el calendario a lo largo de la historia, especialmente durante los siglos XIX y XX, pero ninguno consiguió reemplazar de manera generalizada el sistema de doce meses heredado de la tradición romana y reformado posteriormente por el calendario juliano y el gregoriano.

    Una rareza romana que todavía organiza nuestra vida

    Lo fascinante de febrero es que su particularidad no desapareció con Roma. El Imperio cayó, las lenguas cambiaron, los sistemas políticos se transformaron, Europa atravesó siglos de guerras y revoluciones, aparecieron los Estados nacionales y la humanidad desarrolló relojes atómicos capaces de medir el tiempo con una precisión inimaginable para los antiguos romanos.

    Sin embargo, seguimos esperando que febrero tenga 28 días.

    Cada cuatro años, salvo las excepciones establecidas por la regla de los años seculares, agregamos uno más. La estructura básica del calendario que utilizamos para organizar nuestras vidas conserva así una herencia que atraviesa más de dos milenios de historia.

    Y quizás esa sea la parte más interesante de toda esta historia: cuando miramos un calendario colgado en una pared, estamos observando mucho más que una herramienta para saber qué día es. Estamos viendo una acumulación de decisiones tomadas por sociedades antiguas que intentaron ordenar el tiempo, corregir sus errores y hacer coincidir sus instituciones con los movimientos del cielo.

    Febrero quedó atrapado en esa historia como el mes diferente, el que recibió menos días, el que se convirtió en el lugar donde podía agregarse una jornada adicional y el que, por una combinación de tradiciones religiosas, decisiones políticas y necesidades astronómicas, terminó teniendo una duración que ningún otro mes posee.

    Por eso, la próxima vez que alguien pregunte por qué febrero tiene solamente 28 días, la respuesta no debería ser simplemente que “porque el calendario es así”. Febrero tiene 28 días porque durante miles de años la humanidad estuvo intentando resolver un problema que parece sencillo, pero que en realidad consiste en hacer coincidir tres cosas que nunca encajan perfectamente: el movimiento de la Tierra, las matemáticas y nuestra necesidad de dividir el tiempo en unidades comprensibles.

    Y en esa larga historia, los romanos dejaron una pequeña rareza que todavía aparece cada vez que llega febrero: un mes que parece incompleto, pero que en realidad es uno de los testimonios más persistentes de cómo las sociedades aprendieron a domesticar el tiempo.

     

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    La larga ruta de los Colapinto (historia y familia)

     

    La historia de los Colapinto desde Bitonto, en el Reino de las Dos Sicilias, hasta Franco: inmigración, familias, viajes y generaciones.

    Por Guillermo Carlos Delgado Jordan para NLI

    Cuando Franco Colapinto se convirtió en piloto de Fórmula 1, el punto de partida visible de su historia estaba en Pilar, provincia de Buenos Aires. Allí nació, el 27 de mayo de 2003, el hombre que años después llevaría el apellido Colapinto a los circuitos más importantes del automovilismo mundial. Pero mucho antes de que ese apellido apareciera asociado a un monoplaza, a una bandera argentina y a las luces de la Fórmula 1, hubo otros Colapinto que recorrieron caminos muy diferentes. Para encontrar una de las primeras estaciones documentadas de ese largo viaje familiar hay que retroceder más de un siglo y medio, atravesar el Atlántico hacia Europa y detenerse en una ciudad de la Apulia italiana que, en aquel momento, todavía no pertenecía a Italia: Bitonto, en la provincia de Terra di Bari, dentro del Reino de las Dos Sicilias.

    El 28 de diciembre de 1851, mientras en la península italiana todavía faltaban diez años para la proclamación del Reino de Italia, un hombre y una mujer llegaron hasta el registro civil de Bitonto para formalizar su matrimonio. Él era Francesco Nicola Colapinto, nacido en esa misma ciudad el 1 de marzo de 1822; ella, Maria Concetta Gaetana Silvestra Donata Ferrara Saracino, nacida también en Bitonto el 8 de diciembre de 1824. Francesco tenía entonces 29 años y Maria Concetta, 27. Sus nombres, sus padres y aquella fecha quedaron asentados en un documento que sobrevivió al paso de las generaciones y que hoy permite asomarse, aunque sea por unos instantes, a la vida de una familia que todavía no podía imaginar que, muchas décadas después y a miles de kilómetros de distancia, uno de sus descendientes terminaría compitiendo en la categoría máxima del automovilismo.

    Bitonto, 1851: una ciudad antes de Italia

    Para comprender aquella partida de matrimonio hay que detenerse primero en el lugar. Bitonto no era todavía “Italia”, al menos no en el sentido político que hoy le damos a esa palabra. En diciembre de 1851 formaba parte del Reino de las Dos Sicilias, el Estado gobernado por la dinastía borbónica que comprendía buena parte del sur de la península y Sicilia. Administrativamente, Bitonto era cabeza de circunscripción del distrito de Bari dentro de la provincia de Terra di Bari, cuya capital era Bari. El registro civil que dejó constancia del matrimonio de Francesco y Maria Concetta pertenecía, por lo tanto, a un mundo político que desaparecería menos de una década después con el proceso de unificación italiana.

    Era una ciudad de dimensiones considerables para aquel tiempo. Los registros históricos sitúan en 21.737 habitantes la población de Bitonto en 1851, una cifra que permite imaginar una comunidad mucho más pequeña que la ciudad moderna, pero suficientemente grande como para constituir uno de los centros importantes de la Terra di Bari. Su núcleo urbano conservaba todavía buena parte de la estructura heredada de siglos anteriores, con calles estrechas y sinuosas, mientras alrededor se extendía un paisaje agrario dominado por una presencia que sería fundamental para entender la historia económica y social de la región: el olivo.

    El olivo no era simplemente parte del paisaje. Era una de las bases de la vida económica de Bitonto. La producción de aceite tenía una importancia extraordinaria en la Terra di Bari y la ciudad se había convertido en uno de los principales centros olivareros de la región. Un registro del Catasto Murattiano contabilizaba 70 molinos de aceite en Bitonto en 1815, una cantidad que crecería con fuerza durante las décadas siguientes; para 1864, ya en los primeros años del Reino de Italia, Bitonto concentraba 119 de los 176 establecimientos entre almazaras y bodegas registrados en la Terra di Bari.

    Eso significa que cuando Francesco Nicola Colapinto y Maria Concetta Ferrara Saracino contrajeron matrimonio, no lo hicieron en una ciudad aislada ni ajena a los movimientos económicos de su tiempo. Vivían en una tierra conectada con los circuitos comerciales del Mediterráneo y profundamente ligada a la agricultura. En el Reino de las Dos Sicilias, el aceite de oliva constituía uno de los principales productos agrícolas y Apulia era precisamente una de las grandes zonas productoras. Pero detrás de las cifras comerciales existía una sociedad en la que la vida cotidiana estaba marcada por el trabajo rural, las relaciones familiares, la propiedad de la tierra y las diferencias sociales propias de un mundo todavía muy distante de la industrialización que estaba transformando el norte de Europa.

    Bitonto, además, cargaba con una historia mucho más antigua que la de aquella generación de Colapinto. Había sido un importante centro peuceta, luego una ciudad romana atravesada por antiguas vías de comunicación y, durante siglos, uno de los núcleos relevantes de la región. Pero en la memoria histórica de la ciudad había un episodio particularmente poderoso: la batalla de Bitonto del 25 de mayo de 1734, librada apenas 117 años antes del matrimonio que estamos siguiendo. La victoria de las tropas españolas de Carlos de Borbón sobre los austríacos abrió el camino para la instalación de la nueva dinastía borbónica en el Reino de Nápoles y convirtió a Bitonto en escenario de uno de los acontecimientos decisivos de la historia política del sur italiano.

    Batalla de Bitonto (1734)

    Cuando Francesco Nicola nació allí en 1822, la batalla ya pertenecía a la memoria de varias generaciones, pero el mundo que la había producido todavía estaba presente. Y cuando se casó en 1851, el viejo orden europeo se encontraba nuevamente en movimiento. Las revoluciones de 1848 habían sacudido el continente; los movimientos liberales y nacionalistas recorrían los Estados italianos; el poder de los Borbones era cuestionado y el proceso que terminaría conduciendo a la unificación italiana ya estaba en marcha. Faltaban apenas nueve años para que Garibaldi desembarcara en Sicilia con los Mil y diez para que, el 17 de marzo de 1861, naciera formalmente el Reino de Italia.

    Pero en aquella tarde de diciembre de 1851 nada de eso formaba parte todavía de la historia familiar que podía imaginarse. Francesco Nicola y Maria Concetta eran simplemente dos jóvenes de Bitonto que se casaban en su ciudad, rodeados por sus familias, sus nombres, sus vínculos y las circunstancias concretas de una vida que hoy apenas podemos reconstruir a través de los documentos.

    De Bitonto a Nápoles: Vincenzo y el primer gran salto

    La historia vuelve a moverse con la siguiente generación. Vincenzo Colapinto Ferrara, hijo de Francesco Nicola Colapinto y Maria Concetta Ferrara Saracino, nació el 24 de noviembre de 1868 en Bari, apenas siete años después de un acontecimiento que había cambiado para siempre el mapa político de la península: la proclamación del Reino de Italia. El niño que había nacido en la nueva Italia era, sin embargo, heredero directo de una familia formada en el antiguo Reino de las Dos Sicilias. Su padre había nacido en Bitonto cuando los Borbones todavía gobernaban el sur de la península y su madre había nacido allí dos años después. Vincenzo, en cambio, llegaba al mundo en una Italia recién unificada, en una sociedad que comenzaba a construir una identidad nacional sobre territorios que durante siglos habían pertenecido a Estados diferentes.

    No sabemos todavía todo lo que ocurrió durante los primeros años de su vida, pero sí aparece una huella particularmente significativa: Vincenzo estudió en la Facultad de Medicina y Cirugía de la Universidad de Nápoles. Su nombre aparece en el Annuario scolastico de la Universidad de Nápoles correspondiente a 1889, en la página 160, una referencia que permite ubicarlo como estudiante universitario en una de las instituciones académicas más antiguas y prestigiosas de Europa. No es un detalle menor. Para un joven nacido en Bari apenas siete años después de la unificación, llegar hasta los estudios médicos en Nápoles significaba desplazarse dentro de una Italia que todavía estaba aprendiendo a pensarse como nación y, al mismo tiempo, incorporarse a una tradición intelectual que tenía varios siglos de historia.

    La Universidad de Nápoles, fundada en 1224 por el emperador Federico II, era por entonces uno de los grandes centros culturales del sur italiano. La medicina tenía allí una tradición particularmente antigua, vinculada a la historia intelectual de la región y a la influencia de la cercana escuela médica de Salerno. En la segunda mitad del siglo XIX, mientras el nuevo Estado italiano intentaba modernizar sus instituciones y extender una educación superior de carácter nacional, la formación médica representaba también una puerta hacia una profesión de creciente prestigio social. El joven Vincenzo, cuyo apellido todavía conservaba en su composición la memoria familiar de los Colapinto y los Ferrara, se estaba formando así en un mundo muy diferente al de sus padres.

    Pero el recorrido de Vincenzo no terminaría en Italia.

    Un médico italiano en la frontera bonaerense

    Hacia fines del siglo XIX, Vincenzo Colapinto dejó Italia y cruzó el Atlántico rumbo a Sudamérica. La fecha exacta y las circunstancias del viaje son todavía parte de la investigación, pero existe una referencia documental que permite ubicarlo ya en la Argentina: en octubre de 1898 aparece como miembro fundador de la Sociedad Italiana de Socorros Mutuos “Unione e Benevolanza” de Tres Arroyos.

    El dato adquiere otra dimensión cuando se mira el lugar en el que decidió establecerse. Tres Arroyos, en el sur de la provincia de Buenos Aires, era por entonces una localidad joven, profundamente marcada por la expansión de la frontera agropecuaria, la llegada de inmigrantes europeos y el crecimiento de las actividades vinculadas al campo. La ciudad había sido fundada oficialmente en 1884 y durante las últimas décadas del siglo XIX se encontraba en plena transformación. El ferrocarril, la colonización agrícola y el desarrollo de las actividades comerciales estaban modificando aceleradamente un territorio que apenas unas décadas antes había formado parte de un espacio mucho más inestable y fronterizo.

    El nombre de Tres Arroyos no era casual. La localidad se desarrolló en una zona atravesada por cursos de agua que confluyen en la región y que habían dado identidad al territorio mucho antes de la consolidación de la ciudad. Pero lo que verdaderamente estaba transformando el lugar hacia fines del siglo XIX era la incorporación de esas tierras a una economía agropecuaria cada vez más integrada con los mercados nacionales e internacionales. El campo necesitaba caminos, estaciones, almacenes, molinos, comercios, servicios y profesionales, y alrededor de ese proceso fueron creciendo las nuevas poblaciones bonaerenses.

    La inmigración europea tuvo un papel central en esa transformación. Italianos, españoles, franceses y otros grupos fueron llegando a la provincia de Buenos Aires atraídos por las posibilidades que ofrecía una economía en expansión. Muchos se dedicaron a las tareas rurales; otros se instalaron en los pueblos y ciudades como comerciantes, artesanos, trabajadores especializados o profesionales. Y junto con ellos llegaron también las instituciones que los inmigrantes creaban para mantener sus vínculos comunitarios, ayudarse frente a las dificultades y conservar una parte de la identidad que habían dejado del otro lado del océano.

    En ese contexto debe entenderse la participación de Vincenzo en la Sociedad Italiana de Socorros Mutuos “Unione e Benevolanza”. Que figure entre sus fundadores no solamente indica que ya se encontraba integrado a la comunidad italiana de Tres Arroyos: también muestra que participó activamente en la construcción de una de esas redes de solidaridad que fueron fundamentales para los inmigrantes durante las primeras décadas de su vida en la Argentina. Antes de que existieran los sistemas de seguridad social tal como los conocemos hoy, las sociedades de socorros mutuos cumplían funciones esenciales: asistencia económica, ayuda ante enfermedades, acompañamiento en situaciones de necesidad y, muchas veces, también un espacio de sociabilidad y preservación cultural.

    Para Vincenzo, médico formado en Nápoles, aquella institución debió representar además un punto de encuentro con hombres que compartían una lengua, una procedencia y una historia migratoria semejante. Había nacido en la Italia posterior a la unificación, se había formado en Nápoles y ahora se encontraba en una localidad de la provincia de Buenos Aires construida en buena medida por inmigrantes como él. La distancia con Bitonto era enorme, no solamente en kilómetros sino también en tiempo histórico. Entre la partida de matrimonio de sus padres en 1851 y su llegada a Sudamérica habían transcurrido menos de cincuenta años, pero en ese período habían desaparecido un reino, nacido una nación y comenzado otra historia familiar al otro lado del Atlántico.

    Tres Arroyos tampoco era un destino cualquiera. Era uno de esos lugares de la Argentina finisecular donde el país estaba cambiando de escala. El crecimiento de la producción agropecuaria y la expansión ferroviaria estaban conectando las localidades del interior bonaerense con los grandes puertos y, a través de ellos, con los mercados internacionales. En ese paisaje de inmigración, agricultura, comercio y expansión territorial, Vincenzo Colapinto encontró su lugar.

    Y allí, en el sur de la provincia de Buenos Aires, comienza otra etapa de la larga ruta de los Colapinto.

    Rosario del Tala: otro camino para los Colapinto

    Los caminos de Vincenzo Colapinto parecen haber sido tan inquietos como las circunstancias de la época en que le tocó vivir. Después de formarse en Medicina en Nápoles y de cruzar el Atlántico para instalarse en Tres Arroyos, su rastro vuelve a desplazarse hacia el norte. Esta vez el destino fue Entre Ríos, y más precisamente Rosario del Tala, una localidad atravesada por el río Gualeguay y nacida alrededor de uno de los antiguos pasos que comunicaban distintos puntos del territorio entrerriano. Allí, en los primeros años del nuevo siglo, aparece nuevamente el apellido Colapinto asociado a una historia familiar que ya había atravesado un océano y que todavía estaba lejos de encontrar su destino definitivo.

    Rosario del Tala tenía para entonces una historia mucho más antigua que su aspecto de pueblo en expansión podía sugerir. El origen del asentamiento se remontaba al antiguo Paso del Tala, un lugar utilizado por quienes transitaban entre distintas poblaciones de la provincia. Hacia la década de 1770 comenzaron a establecerse allí vecinos provenientes de Paraná, Nogoyá y Gualeguay, atraídos en buena medida por la posibilidad de asentarse cerca de un paso estratégico sobre el territorio. La comunidad fue creciendo alrededor de una capilla y en 1799 se autorizó la creación de una viceparroquia bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario, fecha que la tradición local tomó como fundacional.

    Durante el siglo XIX, aquel antiguo paraje fue dejando atrás lentamente su condición de población rural dispersa. En 1863, durante la reorganización territorial impulsada en Entre Ríos, el departamento Tala fue creado por decreto de Justo José de Urquiza, y Rosario del Tala quedó como cabecera. Poco después comenzaron a consolidarse las instituciones municipales y administrativas que acompañaban el crecimiento de la localidad. Era una Entre Ríos que estaba construyendo su propia red de pueblos y ciudades, en un territorio donde todavía pesaban las antiguas rutas de las carretas y las comunicaciones fluviales, pero donde comenzaban a aparecer con fuerza los signos de una modernidad diferente.

    Uno de esos signos tenía nombre propio: el ferrocarril. En la década de 1880 las vías comenzaron a modificar radicalmente las distancias entrerrianas. En 1883 fue autorizada la construcción de la línea que atravesaría la provincia y conectaría Paraná con Concepción del Uruguay, y Rosario del Tala quedó incorporada a ese nuevo sistema de comunicaciones. La estación comenzó a funcionar con la llegada del Ferrocarril Central Entrerriano y, pocos años después, en noviembre de 1888, fue inaugurado el ramal que unía Tala con Gualeguay. La vieja lógica de los caminos de tierra, las postas y las largas jornadas a caballo comenzaba a convivir con la velocidad del tren.

    El cambio no fue solamente técnico. El ferrocarril llevó gente, mercancías, oportunidades y nuevas familias. Alrededor de las estaciones aparecieron comercios, hospedajes, talleres y servicios, mientras la inmigración europea contribuía a modificar la composición social de las poblaciones entrerrianas. Italianos, españoles, alemanes, vascos, gallegos, polacos y otros inmigrantes fueron formando comunidades que conservaron parte de sus costumbres y, al mismo tiempo, se incorporaron a la vida de sus nuevos pueblos. La propia historia de Rosario del Tala reconoce ese proceso de llegada de inmigrantes como uno de los elementos que contribuyeron a darle su fisonomía durante las últimas décadas del siglo XIX y los primeros años del XX.

    Es en ese escenario, cuando el siglo XIX ya se había convertido en recuerdo y el nuevo siglo apenas comenzaba, donde vuelve a aparecer Vincenzo Colapinto. La documentación del Registro Civil entrerriano permite ubicarlo en Rosario del Tala en 1900, cuando tenía 53 años. El 30 de octubre de ese año fue registrada allí una niña llamada María Eugenia Colapinto, hija de Vicente Colapinto.

    Hay algo particularmente sugestivo en ese registro. La familia Colapinto vuelve a aparecer asociada a un territorio en movimiento. Vincenzo había llegado desde Italia a la Argentina; había pasado por Tres Arroyos y ahora se encontraba en Entre Ríos. La geografía familiar empezaba a dibujar una trayectoria que no respondía a una migración lineal desde Europa hacia un único destino, sino a desplazamientos dentro de la propia Argentina. Como tantos inmigrantes y sus descendientes, los Colapinto parecían estar buscando su lugar en un país que se expandía, que incorporaba nuevas tierras a la producción y que multiplicaba sus conexiones ferroviarias.

    Rosario del Tala era precisamente uno de esos puntos donde las transformaciones podían verse a escala humana. En sus calles convivían las familias criollas y los inmigrantes recién llegados; en sus alrededores se extendían las actividades rurales; en la estación se cruzaban viajeros y mercancías; y en las instituciones locales comenzaban a hacerse visibles las comunidades extranjeras que contribuían a construir la nueva sociedad. La llegada del tren había convertido al pueblo en un nodo de una red mucho más grande, y esa red hacía posible que hombres como Vincenzo pudieran trasladarse, establecerse, formar vínculos y volver a emprender camino.

    Incluso el paisaje industrial comenzaba a cambiar. La ciudad tendría en las primeras décadas del siglo XX uno de sus grandes símbolos en la Calera Osinalde-Izaguirre, un complejo que se convertiría en una de las principales referencias productivas de Rosario del Tala y que continuaría funcionando hasta la década de 1960. El pueblo que había nacido alrededor de un paso sobre el Gualeguay estaba convirtiéndose en una pequeña ciudad conectada por ferrocarril, con actividad comercial e industrial y con una sociedad cada vez más diversa.

    De Tres Arroyos a Máximo Paz

    Los caminos de Vincenzo Colapinto no se detuvieron en Rosario del Tala. En algún momento de esos años de tránsito por la Argentina conoció a Margarita Olivero, una joven italiana nacida hacia 1879. La relación daría lugar a una nueva familia y, con ella, a otro desplazamiento dentro de la geografía de la inmigración italiana en la Argentina: el destino sería Máximo Paz, en el departamento Constitución, provincia de Santa Fe.

    Llegar allí significaba instalarse en un pueblo que prácticamente había nacido junto con la generación de inmigrantes que lo poblaba. Máximo Paz había sido fundado el 14 de enero de 1890, cuando los hermanos Marcelo, Máximo y Agustina Paz cedieron tierras que luego fueron loteadas para dar forma al nuevo núcleo urbano. Ese mismo año se habilitó la estación ferroviaria sobre el ramal Villa Constitución-Río Cuarto, un dato decisivo para entender por qué aquel lugar podía convertirse en destino de familias que, como los Colapinto, se movían dentro de una Argentina en plena expansión.

    No era un pueblo surgido alrededor de una vieja ciudad colonial ni de una antigua ruta comercial. Era, en buena medida, hijo de la transformación agrícola y ferroviaria de la Argentina de fines del siglo XIX. La llegada del tren acercaba mercados, personas y mercancías, mientras las tierras del sur santafesino comenzaban a integrarse cada vez más a la producción agropecuaria. Un estudio sobre la cuestión agraria santafesina ubica precisamente en 1890 la fundación de la colonia Máximo Paz y señala que, en esos años, la entrega de tierras para la agricultura avanzaba alrededor de las estaciones ferroviarias.

    El paisaje humano también estaba cambiando. La gran inmigración europea había convertido a Santa Fe en uno de los principales territorios de colonización agrícola de la Argentina. Desde mediados del siglo XIX, miles de inmigrantes se habían establecido allí y habían transformado profundamente la economía y la sociedad provincial. El fenómeno fue particularmente intenso entre los italianos: para fines del siglo XIX, las comunidades de origen peninsular tenían una presencia enorme en la llamada Pampa Gringa, ese espacio de colonias agrícolas que se extendía por el centro y sur de Santa Fe y que estaba construyendo una sociedad nueva sobre la base del trabajo rural, el ferrocarril y la inmigración.

    Máximo Paz era entonces un pueblo joven, rodeado de chacras y colonias agrícolas, en una región donde la vida cotidiana estaba estrechamente vinculada a los ciclos de la producción rural. El ferrocarril constituía una de las grandes novedades de aquel mundo: permitía que la producción pudiera salir de la zona y conectarse con centros comerciales mayores, pero también hacía posible que las personas se desplazaran con una rapidez que las generaciones anteriores no habían conocido. El pueblo, la estación y el campo formaban parte de un mismo sistema.

    Y allí, en ese territorio nuevo, comenzaron a crecer los hijos de Vincenzo y Margarita.

    El primero fue Leonidas José Colapinto Olivero, nacido el 8 de noviembre de 1903 en Máximo Paz y bautizado poco después, el 24 de noviembre de 1904. Dos años más tarde, el 23 de enero de 1906, nació su hermano Raúl Juan Colapinto Olivero, también en Máximo Paz; su bautismo se produjo el 2 de mayo de 1910. La documentación parroquial permite así seguir la expansión de una rama familiar que ya no pertenecía exclusivamente al mundo de los inmigrantes italianos: sus hijos estaban naciendo en territorio argentino y creciendo en una comunidad que había surgido apenas una década antes.

    Registro de Bautismo de Leónidas José Colapinto en Máximo Paz

    Hay algo casi simbólico en esas fechas. Cuando Leonidas nació, Máximo Paz tenía apenas trece años de existencia; cuando nació Raúl, apenas dieciséis. La familia y el pueblo crecían prácticamente al mismo tiempo. Los Colapinto Olivero formaban parte de una generación que ya no estaba llegando a la Argentina: estaba naciendo en ella.

    Y ese cambio es fundamental para nuestra historia. Francesco Nicola había nacido en el Reino de las Dos Sicilias; Vincenzo había nacido en la Italia recién unificada; Leonidas y Raúl nacían ahora en una Argentina que sus padres habían elegido como lugar de vida. El apellido había atravesado el océano y comenzaba a echar raíces definitivas en Sudamérica.

    Pero tampoco aquí se detendría la larga ruta de los Colapinto.

    De Bitonto a Bari. De Bari a Nápoles. De Nápoles a la Argentina. De Tres Arroyos a Rosario del Tala y de allí a Máximo Paz. Cada generación había agregado una nueva estación al viaje. Y todavía faltaban muchas más antes de llegar a Pilar.

    De Bahía Blanca a Montevideo: cruzar el charco por amor

    La siguiente estación de esta larga ruta de los Colapinto estaría bastante lejos de Máximo Paz. Leonidas José Colapinto Olivero, nacido allí el 8 de noviembre de 1903, terminaría radicándose en Bahía Blanca, en el extremo sudoeste de la provincia de Buenos Aires. Para entonces, el hijo de Vincenzo y Margarita ya pertenecía plenamente a una generación nacida en la Argentina, pero la historia familiar seguía teniendo al Atlántico y al Río de la Plata como grandes escenarios de movimiento. Y sería precisamente el río, esa enorme frontera de agua que separa Buenos Aires de Montevideo, el que volvería a aparecer en el camino de los Colapinto.

    Porque en algún momento de su vida Leonidas conoció a María Luisa Belloni Solari, nacida en Montevideo el 30 de mayo de 1908. El vínculo terminaría llevándolo a cruzar el charco y, el 4 de enero de 1932, ambos contrajeron matrimonio en la capital uruguaya. Para la familia Colapinto era un nuevo desplazamiento, aunque esta vez el viaje no tenía el sentido de una emigración: era el recorrido inverso de una historia que ya llevaba varias décadas moviéndose por el sur de Sudamérica. El hombre nacido en Santa Fe y radicado en Bahía Blanca llegaba ahora a Montevideo para unirse a una mujer nacida al otro lado del Río de la Plata.

    La elección de Montevideo tampoco era casual. Durante décadas, la ciudad había sido uno de los grandes puertos de entrada y asentamiento de la inmigración europea en Sudamérica. Los italianos tuvieron una presencia particularmente importante en la formación de la sociedad montevideana y ya desde fines del siglo XIX constituían una comunidad numerosa, con instituciones propias, redes comerciales, asociaciones y vínculos que atravesaban las fronteras entre Uruguay y Argentina. La masiva presencia italiana en Montevideo durante el período de la gran inmigración está documentada incluso por informes consulares y registros portuarios de la época.

    Cuando nació María Luisa, en 1908, Montevideo era una ciudad que atravesaba una profunda transformación. A comienzos del siglo XX, aproximadamente tres de cada diez habitantes eran extranjeros, mientras la capital crecía hacia nuevos barrios y se expandían las infraestructuras que terminarían dándole su fisonomía moderna. Los tranvías eléctricos, el puerto, la Rambla y el crecimiento de barrios como Cordón, Prado, Pocitos, Cerro y Villa Colón formaban parte de esa transformación urbana.

    Pero la historia de María Luisa no comenzaba en Uruguay. Sus padres también habían llegado desde Europa y pertenecían a dos familias italianas de procedencias diferentes. Ceccardo Belloni Borghini, su padre, había nacido alrededor del 15 de junio de 1864 en Massa y Carrara, Toscana, hijo de Massimo Belloni, albañil, y de Maria Borghini. La familia materna de María Luisa tenía otro origen geográfico: Eugenia Solari Marini, nacida el 30 de septiembre de 1873 en Chiavari, Liguria, era hija de Esteban Solari, carpintero, y Luisa Marini.

    Otra vez, detrás de una persona aparece un mapa. Toscana. Liguria. Montevideo. Bahía Blanca.

    Los Belloni y los Solari habían hecho, en apenas una generación, un recorrido semejante al de tantas familias italianas que encontraron en América un nuevo escenario para sus vidas. Massa Carrara, en el extremo norte de Toscana y cerca de los Apeninos y del mar Tirreno, tenía una identidad marcada históricamente por la extracción y el trabajo de la piedra, mientras Chiavari, sobre la costa ligur, pertenecía a un territorio cuya vida económica y cultural estaba estrechamente vinculada al Mediterráneo. De esos dos mundos europeos surgirían las ramas familiares que terminarían encontrándose en Montevideo.

    Y así, el matrimonio de Leonidas y María Luisa no fue solamente la unión de dos personas. Fue también el encuentro de dos historias migratorias italianas que habían seguido caminos diferentes hasta converger en el Río de la Plata. Por un lado, los Colapinto, llegados desde la Apulia y ya profundamente arraigados en la Argentina después de varias mudanzas internas. Por el otro, los Belloni y los Solari, cuyos orígenes se encontraban en Toscana y Liguria y cuya historia familiar había echado raíces en Uruguay.

    Para entonces, además, el Río de la Plata ya no era aquella frontera que podía parecer insalvable para los inmigrantes del siglo XIX. Buenos Aires y Montevideo estaban conectadas por una intensa circulación de personas, mercancías, noticias y familias. El río separaba dos países, pero también funcionaba como un corredor. Las distancias que habían obligado a Francesco Nicola a cruzar un océano décadas atrás eran ahora, para sus descendientes, un viaje mucho más corto, aunque no por eso menos significativo.

    Leonidas llegó a Montevideo en 1932, en un mundo que acababa de entrar en una nueva etapa de incertidumbre. La crisis económica internacional iniciada en 1929 había golpeado profundamente a las economías de la región y Uruguay atravesaba también una transformación política decisiva: Gabriel Terra había asumido la presidencia en 1931 y en 1933 daría un golpe de Estado, inaugurando un período autoritario. La colectividad italiana, por su parte, atravesaba sus propias tensiones, porque el ascenso del fascismo en Italia había convertido la identidad de los inmigrantes en un terreno cada vez más atravesado por la política. Durante los años siguientes, el régimen de Benito Mussolini intentaría ampliar su influencia sobre las comunidades italianas de América del Sur.

    Pero el 4 de enero de 1932, cuando Leonidas y María Luisa se casaron, la historia familiar podía ser mucho más sencilla que la historia política que los rodeaba. Un hombre de Bahía Blanca y una joven montevideana se unían en matrimonio. Dos familias italianas, ya transformadas por la emigración, volvían a encontrarse en una ciudad que había sido durante décadas uno de los grandes destinos de la diáspora peninsular.

    Y hay algo hermoso en esta parte de la genealogía: el viaje no siempre fue impulsado por la necesidad económica, la búsqueda de trabajo o la emigración masiva. A veces también fue el amor el que puso en movimiento a los Colapinto.

    Leonidas había nacido en un pequeño pueblo de Santa Fe creado alrededor del ferrocarril. Había crecido en una familia cuyo padre había recorrido media Argentina después de abandonar Italia. Se había radicado en una ciudad portuaria y comercial del sudoeste bonaerense. Y ahora cruzaba el Río de la Plata para casarse con una mujer cuya familia también había recorrido miles de kilómetros antes de llegar a Montevideo.

    La larga ruta de los Colapinto volvía a cruzarse, una vez más, con la larga ruta de otra familia de inmigrantes.

    Y esta vez, el destino no estaba en un pueblo de la pampa ni en una ciudad italiana. Estaba al otro lado del río.

    Bahía Blanca: el abogado que cerró una larga historia de migraciones

    El matrimonio de Leonidas José Colapinto Olivero y María Luisa Belloni Solari en Montevideo, en enero de 1932, abrió una nueva etapa de la historia familiar. De aquella unión nació, en 1935, en Bahía Blanca, Leonidas Colapinto Belloni, quien llevaría consigo, condensados en sus apellidos, buena parte de los caminos recorridos por las generaciones anteriores: los Colapinto llegados desde Bitonto y arraigados sucesivamente en distintos puntos de la Argentina; los Belloni procedentes de Toscana; los Solari originarios de Liguria y establecidos en Montevideo. En él ya no encontramos al inmigrante que abandona Europa ni al hijo que busca un nuevo lugar dentro de la Argentina en expansión, sino a un argentino nacido en una familia que llevaba varias décadas construyendo su propia historia a ambos lados del Río de la Plata.

    Bahía Blanca sería, finalmente, uno de los grandes puntos de arraigo de los Colapinto. La ciudad había adquirido una importancia extraordinaria desde fines del siglo XIX gracias a su puerto, al ferrocarril, a la expansión de la producción agropecuaria y a su posición estratégica en el sudoeste bonaerense. Cuando Leonidas nació en 1935, ya no era aquella ciudad de frontera que habían conocido las primeras generaciones de inmigrantes, sino un centro urbano consolidado, profundamente vinculado con el comercio, la actividad portuaria, la producción agropecuaria y la llegada de nuevas corrientes migratorias. Allí crecería el hombre que, décadas más tarde, se convertiría en una figura destacada del ámbito jurídico bahiense.

    Leonidas Colapinto Belloni fue abogado y desarrolló una extensa actividad profesional e institucional en Bahía Blanca. Su trayectoria estuvo vinculada particularmente con el Derecho Procesal y el Derecho de Familia, campos en los que no solamente ejerció su profesión sino que también participó de la construcción de espacios académicos y profesionales. Fue cofundador del Instituto de Derecho Procesal y del Instituto de Derecho de Familia del Colegio de Abogados de Bahía Blanca, una participación que permite ubicarlo dentro de una tradición jurídica que excedía el ejercicio cotidiano de la abogacía y buscaba generar ámbitos de estudio, discusión y formación profesional.

    Pero quizás el aspecto más interesante para comprender a Leónidas sea que su preocupación intelectual no quedó encerrada en los códigos y los tribunales. Fue especialista en cuestiones sociales y políticas y escribió sobre asuntos que revelaban una mirada atenta a los problemas concretos de la sociedad. Entre sus publicaciones se destacó Iniquidades de la adopción, una obra en la que abordó cuestiones relacionadas con la adopción, la familia y el papel social de la mujer. El propio título expresa una preocupación por las desigualdades y por las consecuencias que determinadas estructuras jurídicas y sociales podían producir sobre las personas involucradas en los procesos de adopción.

    De esta manera, en la generación de Leónidas aparece una transformación particularmente significativa de aquella antigua familia de Bitonto. El apellido que había nacido en los registros civiles del Reino de las Dos Sicilias había llegado, cuatro generaciones después, a las instituciones profesionales de una ciudad argentina. Francesco Nicola había sido un hombre de Bitonto que se casó en 1851, cuando Italia todavía no existía como Estado nacional. Su hijo Vincenzo nació en Bari después de la unificación, estudió Medicina en Nápoles y terminó cruzando el Atlántico. Vincenzo se convirtió en uno de los fundadores de una sociedad italiana de socorros mutuos en Tres Arroyos, recorrió luego otros territorios de la Argentina y formó una familia en Máximo Paz. Su hijo Leonidas José se radicó en Bahía Blanca y cruzó el Río de la Plata para casarse con María Luisa Belloni Solari. Y de esa unión nació, en 1935, Leonidas Colapinto Belloni.

    La trayectoria permite observar algo que suele perderse cuando una genealogía se reduce a nombres y fechas: la inmigración no fue un acontecimiento único, sino un proceso que se prolongó durante generaciones. El primer Colapinto de esta historia llegó desde una sociedad europea profundamente diferente de la Argentina que conocemos. Sus descendientes fueron cambiando de ciudad, de profesión, de vínculos y de horizontes. Algunos conservaron instituciones y apellidos que recordaban su origen; otros se integraron completamente a la sociedad argentina. En el transcurso de pocas generaciones, aquella familia de agricultores y profesionales del sur italiano terminó formando parte de las clases profesionales de una ciudad argentina moderna.

    Leónidas murió el 31 de octubre de 2024, a los 89 años. Su muerte cerró una vida que había atravesado casi nueve décadas de la historia argentina y que, indirectamente, conectaba dos mundos separados por un océano y por casi dos siglos. Había nacido en 1935, cuando todavía vivían personas que habían conocido personalmente a los inmigrantes de la gran oleada europea; murió en 2024, cuando su nieto ya había conseguido algo que probablemente ninguno de aquellos primeros Colapinto habría podido imaginar.

    Porque entre Francesco Nicola Colapinto, aquel hombre nacido en Bitonto en 1822, y Franco Colapinto, el piloto argentino que llegó a competir en la Fórmula 1, hay mucho más que una sucesión de apellidos. Hay una historia de migraciones, trabajo, educación, desplazamientos, vínculos familiares y adaptación a sociedades completamente diferentes.

    Hay un matrimonio celebrado en Bitonto en 1851, cuando todavía gobernaban los Borbones y faltaba una década para el nacimiento del Reino de Italia. Hay un joven médico que estudió en Nápoles y cruzó el Atlántico. Hay una sociedad italiana fundada en Tres Arroyos en 1898. Hay hijos nacidos en Máximo Paz cuando aquel pueblo santafesino apenas comenzaba a crecer. Hay un hombre que encontró en Bahía Blanca su lugar de residencia y que cruzó el Río de la Plata para casarse en Montevideo. Hay familias italianas procedentes de Apulia, Toscana y Liguria que terminaron entrelazándose en el extremo sur de América.

    Y hay, finalmente, una nueva generación nacida ya en la Argentina.

    Leonidas Colapinto Belloni fue el abuelo de Franco. Su hijo, Aníbal Colapinto, continuaría la línea familiar junto a Andrea Laura Trofimczuk, descendiente de una familia de origen ucraniano. De esa unión nacerían Franco y su hermana Martina. La vieja historia italiana quedaba entonces cada vez más lejos en el tiempo, pero no desaparecía: permanecía en los apellidos, en los documentos, en las historias transmitidas y en esa improbable cadena de decisiones y circunstancias que conecta a una familia de Bitonto con una familia de Bahía Blanca.

    Resulta inevitable mirar hacia atrás y pensar en aquel documento de 1851. Francesco Nicola Colapinto y Maria Concetta Ferrara Saracino probablemente no podían imaginar que alguien, más de un siglo y medio después, estaría reconstruyendo sus vidas a partir de una partida matrimonial. Mucho menos podían imaginar que uno de sus descendientes llevaría el apellido Colapinto en los circuitos de automovilismo más importantes del mundo.

    Pero la historia familiar no funciona como una línea recta. No hay un destino inevitable escrito en aquel registro de Bitonto. Hay, en cambio, una sucesión de decisiones, viajes, encuentros, nacimientos y circunstancias históricas. Cada generación abrió una posibilidad que la siguiente transformó en otra. Francesco permaneció en Bitonto; Vincenzo cruzó el océano; Leonidas José recorrió la Argentina y llegó hasta Montevideo; Leonidas Colapinto Belloni construyó una trayectoria profesional en Bahía Blanca; Aníbal formó allí su propia familia; y Franco terminó encontrando su lugar en un mundo completamente distinto: el de la Fórmula 1.

    Quizás por eso esta historia no debería terminar en un circuito, sino volver por un instante a aquel pequeño registro civil del sur de Italia. En 1851, Francesco Nicola y Maria Concetta simplemente se casaron. No sabían que su apellido sobreviviría a un reino, a una unificación nacional, a dos guerras mundiales, a una migración transatlántica y a varias generaciones nacidas en América.

    Tampoco sabían que, 173 años después, un descendiente suyo llevaría el mismo apellido que Francesco Nicola había llevado al registro civil de Bitonto hasta la Fórmula 1.

    Entre aquel hombre de 29 años que firmó su matrimonio en la Apulia del siglo XIX y el joven argentino que llegó a la máxima categoría del automovilismo existe una distancia de generaciones, continentes y épocas. Pero también existe un hilo.

    Ese hilo se llama Colapinto.

    Y la historia de ese apellido, que comenzó en Bitonto mucho antes de que existiera Italia como nación, terminó encontrando en la Argentina una nueva patria.

     

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