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MITO O REALIDAD SOBRE EL SUICIDIO

El intento de suicidio y el suicidio consumado son significativos problemas de salud a nivel mundial, siendo este último una de las causas más frecuentes de muerte en adolescentes y adultos jóvenes.

Hay varios factores que impiden su detección, y por ende, ejercer una adecuada prevención, estos son:

  1. Estigma social y silencios.
  2. Dificultad en la investigación de enfermedades concomitantes.
  3. Lagunas de desconocimiento y orientación en el personal de salud.
  4. Considerar al suicidio como un evento poco frecuente.

El intento de suicidio o el suicidio consumado son considerados en diversas culturas y sociedades (incluyendo la argentina) como un acto: vergonzoso, manipulatorio, débil y sin sentido. Estas consideraciones llevan a que esta problemática quede silenciada o marginalizada socialmente por el estigma que ella implica.

Veamos las diferencias entre aquello que es un mito, y aquello que es realidad:

Mito: El suicidio es un acto impulsivo.
Realidad: Muchas personas que cometen suicidio han tenido pensamientos suicidas y han hablado antes con su entorno.

Mito: Las personas que cometen suicidio o lo intentan son débiles y saludables.
Realidad: Muchas personas que cometen suicidio sufren de un padecimiento mental o este padecimiento no ha sido reconocido.

Mito: No se puede hacer nada por una persona que amenaza con suicidarse.
Realidad: Gran parte de las personas con intento de suicidio sufren alteraciones mentales y responden efectivamente al tratamiento, reduciendo el riesgo.

Mito: Personas que intentan suicidarse quieren llamar la atención.
Realidad: Alguien que está sufriendo y presenta ideas suicidas no quiere llamar la atención, necesita ayuda.

Mito: Una persona inteligente y exitosa nunca comete suicidio.
Realidad: Cuidado, esta es una problemática que es silenciada por el individuo, la sociedad y la cultura.

 

Imagen: G. Richter
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  • Con el Indio se murió mi juventud

     

    Año 1988. Un novio de mi hermana le presta el casete de una banda que se llama Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, Gulp. Lo escucho y quedo encantada. El novio me cae bien, vive en Aldo Bonzi y tiene pinta de rockero. Yo estoy en sexto grado. Es la antesala de la hiperinflación. En casa no sobra un peso. Así que “La bestia pop” y “Unos pocos peligros sensatos” acompañan nuestros días. Recuerdo el casete blanco, los nombres de los temas amontonados en letras chiquitas, lado A y lado B. Sonidos eclécticos. Una música que te permite viajar y olvidar, por un rato, los monoblocks y sus varias miserias. 

    Año 1993. El tiempo pasa y la música del Indio se disemina como un virus que nos toca y nos convierte en otra cosa. Mis compañeros de la secundaria lo escuchan y todas y todos nos hacemos fans. Imposible resistirse. Adri, una amiga que tiene apenas cuatro años más que yo, ya los fue a ver a algunos de los conciertos más chicos. Y se viene el primer Huracán y estamos que explotamos de emoción. Con astucia, Adri, la mayor, Ana, mi mejor amiga desde primer grado y yo, convencemos a mi vieja, la más dura, de ir al evento en Huracán. Lo logramos. Es mi primer recital y la presentación del disco doble de la banda, Lobo Suelto, Cordero Atado. Nos preparamos desde semanas antes. El nerviosismo es total. Llega el día y estamos exultantes. Nos recuerdo a las tres atravesando la ciudad desde La Matanza para llegar a La Quema. Las luces del estadio encendidas, la policía afuera y los de seguridad adentro. Todo era tensión, ansiedad, alegría, desborde. Pasamos los controles con un nudo en la garganta. Entramos y el campo es un mundo de gente feliz y expectante. El recital es perfecto. Cantan todas las canciones que queremos escuchar. Cuando llega “Ji Ji Ji” parece que el mundo se viene abajo. Bailamos, saltamos, empujamos y gozamos en medio de la masa ricotera sin miedo ni pruritos. Somos tres minas que poguean de igual a igual con la gran cantidad de varones que forman lo que, todavía no sabemos, se irá convirtiendo en el mítico pogo más grande del mundo. Nos miramos reír, sudar, apartarnos y volver al ruedo. La experiencia es inmensa, conmovedora y desbordante. Escucharlos en vivo es soñar despierta. Estoy en 4to año y el menemismo ya está haciendo de las suyas. Afuera del estadio, la Federal nos espera con caras de pocos amigos. Pero logramos salir más o menos indemnes de los bordes del Ducó y nos volvemos a casa con la felicidad dibujada en la cara y pegada en el cuerpo por la transpiración de miles de almas con las que gozamos a la par. 

    Año 1996. Nos vamos a ver la presentación de Luz Belito a Mar del Plata en tren. Tuvimos que juntar peso por peso para la entrada y el viaje, porque la cosa está cada vez peor. Tenemos una caja con pizzetas que nos hizo mi vieja y que será todo nuestro sostén alimenticio por dos días. Nos cagamos de frío desde que llegamos hasta que nos vamos. Salimos el 8 de junio a la mañana desde Constitución. El viaje en tren es pura algarabía. Somos varias y varios en el grupo, amigos a quien nos une el amor y la música en partes iguales. Cuando llegamos a las inmediaciones del estadio, ya sin pizzetas y abrigados hasta las tetas, la policía nos corre por Av. Constitución, en las afueras de Go! Disco. Logramos entrar después de que nos revisan cuerpo y mochilas como si todo fuera una misma cosa. Junto con el cacheo nos dan una hoja de cartón negro que aún conservo y que tiene todas las letras de Luz Belito en un diseño sencillo y hermoso. El lugar no es grande, el escenario está ahí nomás. Nos paramos en las gradas de la izquierda y empezamos a cantar. A hacer comunión con el público que cada vez llena más los rincones del lugar. Cuando salen a escena Go! explota. Las luces, las banderas, los bailes del Indio, la guitarra de Skay. Todo es nuevamente perfecto. Los vemos de cerca, escuchamos sus canciones como nunca antes. Bajamos al piso y queremos estar más cerca del escenario pero el forcejeo es mucho y pierdo la batalla. Termino en medio de un tironeo que me va a dejar un moretón de dimensiones considerables en la pierna. Pero estoy al costado del escenario, viendo al Indio por el agujero de una de las maderas que sostiene la estructura. Nunca volveré a tenerlo tan cerca. Tiene una presencia que me cautiva, su cuerpo parece moverse entre algodones eléctricos. Sus zapatos son únicos, me llaman la atención. ¿Cómo puede un rockero ser tan elegante? Quedo embelesada. A la salida otra vez la Bonerense. Dormimos en la playa acompañados por petacas de licor que nos regalan el calor tan necesario. En la estación de tren la policía bardea a un amigo que duerme en un asiento de madera y hay que salir a defenderlo. Volvemos sin pizzetas y sin plata. Tenemos hambre, frío, miedo. Pero vimos a Los Redondos tan de cerca que todavía nos cuesta creerlo. No sé si lo sabemos, pero somos felices. Estoy en el CBC y trabajo en negro en una fotocopiadora dentro del Aeropuerto de Ezeiza. Dicen que la empresa dueña de todo eso pertenece a Yabrán. El menemismo nos duele en los huesos porque la desocupación, el hambre y la corrupción están haciendo estragos. Pero el tipo va por el segundo mandato, así que nos toca cerrar el orto y refugiarnos en el rock. 

    Año 1998. Recital en Racing. Inicio de la gira para presentar Último bondi a Finisterre. Van a tocar 18 y 19 de diciembre. Nadie imagina el peso que esas fechas tendrán tres años después, aunque el clima social es insoportable y es de esperar que todo esté camino a estallar. Los alrededores del estadio se sienten densos, hostiles. Hay oscuridad en las calles de Avellaneda que rodean al Estadio Presidente Perón. Otra vez nos espera la Bonaerense, ordenando e intimidando por partes iguales. Entramos al estadio en medio de un kilombo entre el público con y sin entrada y el personal de seguridad, que desborda mala leche hacia los jóvenes a quienes, se supone, debería cuidar. Hay gente afanando a cuatro manos y a nadie parece importarle. Desde el campo vemos a un flaco en la tribuna con dos pares de zapatillas bajo el brazo. A Diego, un amigo, lo quieren bolsillear unos pungas apenas pasamos la entrada y casi se van a las manos. Cuando se apagan las luces entramos en el ritual de la misa ricotera y nada más importa. Pasados los primeros temas, estoy subida en los hombros del Zurdo, un amigo fortachón que me hace la segunda. Canto ensimismada “Esa estrella era mi lujo…” y todavía no sé que será la canción con la que homenajearé a mi vieja una vez que se vaya, 10 años después. Alguien tiene la feliz idea de tirarle una bengala al Indio y todo se detiene. El recital, el tiempo, la alegría. Todo queda suspendido. Y el público responde enardecido, como siempre. Salimos con una enorme desazón, queríamos un recital completo. Que transpire rock y no pudo ser. Afuera del Cilindro otra vez la cana. Terminamos en un boliche de Flores tomando birra y cantando los temas que quedaron pendientes. Estoy en 2do año de la carrera de Sociología y trabajo de secretaria en una clínica de traumatología; en negro, claro.

    Año 2000. Recital en River. Saco entrada para los dos días, 15 y 16 de abril. Son mi auto regalo de cumpleaños. La Rock & Pop se hace cargo de la organización y difusión de los recitales. Dicen al aire que nadie que no tenga entradas puede acercarse a menos de cinco cuadras a la redonda. Llegamos al estadio con ansiedad y nerviosismo, como siempre. Pasamos los primeros vallados sin que nadie nos pida nada. Es el estadio más grande en el que tocaron. La Policía Federal está afuera esperando a los fanáticos. Nos obligan con cachiporras y caballos a ordenar la fila contra la pared. Mis amigos ponen el cuerpo para que no me peguen, ventajas de ser minita. En la vereda de enfrente varios pibes arrojan baldosas que fueron rompiendo sin prolijidad. Los destinatarios son los policías, obviamente. Un pibe logra robarse un caballo y lo monta con orgullo al galope. El público aplaude, altivo por la hazaña de uno de los nuestros. Después de horas de cachiporrazos, piedras y caballos, logramos entrar al estadio. Nadie nos pide las entradas ni nos cachea. Nos da bronca. ¿Para qué pagamos? Adentro es una fiesta. Somos miles cantando, coreando, esperando a la banda. Hasta que de golpe se empieza a sentir un murmullo denso, oscuro. Y una multitud nos cae encima. Siento pánico. Por suerte estoy sin lentes, pienso. La multitud se corre a un costado pero vuelve a arremeter. No entendemos qué carajos pasa. El miedo nos corre por la espalda como una amenaza fría. Después sabremos que hay un pibe con una navaja robando y sembrando miedo, y que en la devolución de favores el pibe terminará hospitalizado por heridas cortantes que lo llevarán a la muerte. El clima social, adentro y afuera, está cada vez peor. Todo es desconcierto hasta que arranca el recital. Apostamos a ver con cuál canción empiezan. Digo «Tarea fina». Diego me dice «minita». Fue “Un ángel para tu soledad”. El recital es una fiesta a puro desborde. Risas, cantitos, intensidad. El pogo más grande del mundo es inmenso, puro goce. Bailo y me empujo nuevamente con flacos y minas que atraviesan la misma fiesta lisérgica que yo, sostenida a birra y alegría autoinflingida. Somos felices y esta vez sí lo sabemos. Al otro día volvemos y ya no hay navajas pero la Federal continúa disciplinando cuerpos jóvenes en los alrededores del estadio. No sabemos que es la última misa ricotera en el Gran Buenos Aires. Nos vamos con el alma rebosante de rock. Estoy en 4to año de la carrera, aunque me falta bastante para recibirme. Y preparándome para irme a vivir sola y dejar de viajar cinco horas por día en bondi, haciendo el trayecto Ciudad Evita-laburo-facultad y viceversa. Me pusieron en blanco, pero como cobro sueldo fijo y no por horas, gano un poco menos de guita. 

    Año 2005. Voy al Estadio Único de La Plata con amigos a ver por primera vez a Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. Afuera el clima es más tranquilo, aunque siempre surge algún pequeño bardo, para no perder la costumbre. Extraño la mística ricotera y el sonido redondo. No me gustan los temas nuevos. Me la paso cantando «Solo les pido que se vuelvan a juntar». Hago el último pogo con el Indio en el escenario y siento que ya nada es lo mismo. Vivo sola en mi segundo departamento y soy becaria de la UBA. No tiro manteca al techo pero estoy un poco más acomodada.

    Escribo y entiendo hasta qué punto Los Redondos y El Indio son la historia de mi vida. En estos días estoy de duelo, como miles y miles a lo largo del país. Con El Indio se murió mi juventud y necesito volver a escribirlo para convencerme de que todo es verdad. Vi el velorio por la tele. La peregrinación incansable a la que no le puse el cuerpo. Porque todo mi espíritu ricotero quedó en River, aquellos 15 y 16 de abril del 2000, cuando la banda sonora de mi vida tocó por última vez el más bello y certero rock and roll del país.

    La entrada Con el Indio se murió mi juventud se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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  • Pullaro terminó la restauración del Monumento a la Bandera que Macri, Alberto y Milei dejaron inconclusa

     

     A dos días de la visita de Javier Milei a Rosario por el Día de la Bandera, el gobernador Maximiliano Pullaro y el intendente Pablo Javkin reinauguraron este miércoles la restauración integral del Monumento Nacional a la Bandera, una obra que llevaba más de una década sin terminarse y que atravesó los gobiernos de Mauricio Macri, Alberto Fernández y el propio Milei.

    Tras el abandono nacional, la provincia decidió concluir los trabajos con fondos propios para finalizar la obra. El objetivo era llegar al 20 de junio con el principal símbolo patrio del país libre de andamios y completamente recuperado.

    [La candidata de Macri en Rosario le pidió a Milei que no llegue con Adorni al acto de la Bandera]

    Según explicó a LPO el ministro de Obras Públicas, Lisandro Enrico, la restauración comenzó en 2015 pero nunca logró completarse. El gobierno de Macri fue el primero en paralizar la obra, después Alberto Fernández nunca se hizo cargo por su interna con Perotti y ahora Milei se había comprometido a terminarla, pero quedó en la nada.

      «Un acuerdo firmado en junio de 2024 establecía que la Casa Rosada se iba a hacer cargo de nueve obras en territorio santafesino. Una de ellas era el Monumento a la Bandera. Sin embargo, los avances fueron mínimos y la empresa terminó abandonando los trabajos por falta de pago», explicó el ministro.  

     Tras el abandono nacional, la provincia decidió concluir los trabajos con fondos propios para finalizar la obra 

    «Hasta febrero prácticamente no había pasado nada. Nación hacía algunos desembolsos aislados, pero para la contratista ya no era viable continuar. Ahí el gobernador tomó la decisión de pedir la obra y terminarla con recursos provinciales antes del Día de la Bandera», agregó Enrico.

    Para concretarlo, Santa Fe asumió una deuda superior a los dos mil millones de pesos que Nación mantenía con la empresa y destinó otros 2.600 millones para completar las tareas pendientes. Las obras se retomaron en abril y se ejecutaron contrarreloj para llegar a tiempo a la celebración del 20 de junio.

    Durante el acto, Pullaro defendió la decisión de utilizar fondos provinciales para concluir la intervención. «No nos merecíamos tener la chapa y los andamios quitándole esplendor a esta obra magnífica que nos representa y que nos une a los argentinos. Teníamos que tomar la decisión de terminarla de una vez por todas», afirmó.

    La restauración incluyó la recuperación de los revestimientos de mármol travertino, la restauración de esculturas de piedra y bronce, trabajos en el Propileo y la Llama Votiva, la modernización del ascensor y la puesta en valor de la Sala de las Banderas.

     No nos merecíamos tener la chapa y los andamios quitándole esplendor a esta obra magnífica que nos representa y que nos une a los argentinos. Teníamos que tomar la decisión de terminarla de una vez por todas 

    Además, se renovaron los sistemas de iluminación y climatización, se restauró el mástil principal y volvió a funcionar el sistema de agua de la fuente ornamental, que llevaba cerca de 18 años fuera de servicio.

    La reinauguración coincidió con el inicio de la tradicional Promesa de Lealtad a la Bandera. Más de 8.000 alumnos de distintos puntos del país fueron los primeros en utilizar el Monumento restaurado y participar de una ceremonia que se extenderá hasta el próximo 20 de junio.

     

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