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LUIS Y LA BICLETA #3

CAPÍTULO #3

El entusiasmo y optimismo que tenía Luis al salir de su casa desaparecieron en el mismo instante en que la persiana tocó el piso. Prendió el último cigarrillo del paquete. No subió a la bicicleta. Comenzó a caminar. La llevaba a un costado, tomada de una mano. Como si necesitara que alguien vaya acompañándolo.

No podía creer que hasta ayer tenía laburo. Luis había entrado a trabajar en 2006. Épocas mozas de la fábrica. En ese año llegaron a ser 400 trabajadores. 400 familias. 400 hombres y mujeres que, codo a codo, estaban forjando algo grande. Algo propio. Algo de acá. Allí trabajaba casi todo el barrio. Para algunos había sido su primer laburo. Para otros, un volver a empezar después de varios años haciendo changas. Hoy son 200 puestos de trabajo menos.

Recordó hasta el tono de voz del periodista de una radio para pocos oídos que tiraba el dato. Panorama poco alentador, decía, se suman a los 100 despidos de aquella otra metalúrgica. 60 de la automotriz, y 300 más de la agroindustria. Periodista? Pensó Luis. Ni ellos se salvan, 354 despidos de la agencia de noticias Telam. Informate nene, recordaba las palabras de su tío. Para angustiarse! Reflexionó con la vista hacia el cielo como contestándole a ese familiar que ya no estaba. Leer las noticias es desayunar un trago amargo, como cuando lees que desde 2016 cerraron 7500 pymes.

Cada número es una persona. Una familia. Un golpe duro. De esos que alcanza hasta los patrones. Sobre todo a los que luchan por y con su gente hasta el final. Los menos pensó Luis justo cuando pateaba una piedrita del camino. Otros no. Como los que le habían tocado a él. Esos que juegan a primero yo y después a también yo, y a las migas para mí. Los que solo piensan en lo que les conviene. La última vez que había entrado a la oficina de la fábrica el dueño hablaba con Rubén de levacs y más levacs. Si parecía que desde arriba contaba las cabezas de los empleados para sacar cuentas.

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Ya es casi de noche. Unos metros antes de llegar a su casa Luis se detuvo en un cantero. Apoyó la bici con el pedal y se sentó. Quería aguantar un poco más antes de entrar. No podía disimular la angustia. Nudo en la garganta y llanto.
Que los hombres no lloran es la estupidez más grande que se ha dicho. Eso y que un país crece invisiblemente.

Autores: Juan Santiago Ferraro
Franco Inostroza
Andrés Linares
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