Podríamos intentar aplicar la lucha de clases a la zoología mientras el gato persigue al ratón y el perro al gato. Pero, ¿quién persigue al perro? ¿Otro perro?

Quizás tengamos que adentrarnos en el silogismo ondulatorio de un delfín mientras los plásticos se transforman en inertes peces flotando a la deriva, y el surfista escala a la ola más alta de la desigualdad.

Anton van Leeuwenhoek nunca conoció a Mark. Sin embargo, se armó de paciencia para crear el primer microscopio que permitiría descubrir aquello que permanecía invisible a simple vista, y por ende, acabar siendo el promotor de todo lo que vendría a constituir el estudio de la microbiología.

Entonces, ¿hacia dónde vamos? ¿Hacia una microbiología filosófica? O, ¿hacia la investigación de la circulación sanguínea de dos premisas que hacen tripas corazón en el interior de una conclusión?

Dar saltos cada doscientos años sobre el pantano de una historia empapada de contradicciones de barro. Así llegamos a la esfera de una revolución que nunca sucedió, mientras algo se conservaba de aquella maroma de acontecimientos encadenados a un huracán de entropía que todo lo arrasaba.

Muy bien, ¿y ahora qué? Volvemos a Anton van Leeuwenhoek para encontrar a los glóbulos rojos en el ala de un murciélago. A partir de ella, volamos bien oxigenados hasta Marx y la enajenación del trabajo; por ejemplo, en un trabajador de la salud en momentos de pandemia… Dice Marx:

¿En qué consiste, entonces, la enajenación del trabajo? Primeramente en que el trabajo es externo al trabajador, es decir, no pertenece a su ser; en que en su trabajo, el trabajador no se afirma, sino que se niega; no se siente feliz, sino desgraciado; no desarrolla una libre energía física y espiritual, sino que mortifica su cuerpo y arruina su espíritu. Por eso el trabajador sólo se siente en sí fuera del trabajo, y en el trabajo fuera de sí



¡Bien ahí Carlitos! Pero el trabajo dignifica y también puede ser el pan y la pasión. Claro, aunque el pan esté envenenado, y la pasión se convierta en un esqueleto en descomposición…

Ahora, ¿qué sería una microbiología de la filosofía? ¿Un entramado microscópico de conceptos arraigados en el cuerpo? ¿Cómo podría la visión ser la única fuente empírica de conocimiento? ¿Hasta dónde llegaría la lucha de clases, y de argumentos? ¿Porqué sigue predominando la desigualdad social y económica? ¿Hay un reduccionismo antropocéntrico en el abordaje de la realidad material y simbólica?

Hacer tripas corazón es el punto de partida hacia lo crítico del existir. O sea, sacar fuerzas de donde no hay para hacer algo.

Agotadxs, confinadxs, despedidxs, enfermxs, angustiadxs, asustadxs, maltratadxs, o dicho de otra forma: con los huevos u ovarios al plato. Toda una serie de calificativos que intentan dar un nombre a aquello que estamos vivenciando…

Pero no es sólo la característica que nos agolpa en un tren sin aparente destino. Hay fuerzas, elecciones, y necesarios saltos en el tiempo-espacio para darnos cuenta que las tripas (aún con hambre) pueden transformarse en un mecanismo de acciones que nos conduzcan hacia un mundo mejor. Y aunque parezca utópico o ingenuo: hacia allí tendríamos que ir…

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