El Gobierno usa la plata de las rutas para sostener el déficit cero y negociar con los gobernadores
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El Gobierno usa la plata de las rutas para sostener el déficit cero y negociar con los gobernadores

 

El Gobierno de Milei admite que utiliza fondos destinados a las rutas para sostener el equilibrio fiscal, mientras más de un billón de pesos permanece sin ejecutar en obras viales.

Por Roque Pérez para NLI

El Gobierno de Javier Milei quedó nuevamente expuesto ante una contradicción central de su programa económico: mientras presenta el ajuste y el “déficit cero” como una cuestión casi moral, existen recursos públicos recaudados con un destino específico que no llegan a las obras para las que fueron creados. Una investigación de LA NACION reveló que el fondo vial recibió más de $1,5 billones durante los dos años y medio de gestión libertaria, pero apenas una cuarta parte fue aplicada a obras, mientras que más de $1 billón permanecía colocado en inversiones financieras al cierre de mayo. Días después, el propio vocero presidencial, Adrián Ravier, reconoció que una parte de esos recursos es utilizada por el Ministerio de Economía para contribuir al “equilibrio fiscal”.

El dato adquiere una dimensión política todavía mayor cuando se lo cruza con el deterioro de las rutas nacionales, la paralización de obras y la creciente necesidad del Gobierno de construir acuerdos parlamentarios con gobernadores que no necesariamente comparten su programa. La denuncia publicada por Prensa Obrera sostiene precisamente que los recursos del Sistema Vial Integrado (SisVial) no solo están siendo retenidos para fortalecer las cuentas fiscales, sino que la administración de esos fondos permitiría manejar discrecionalmente recursos hacia las provincias en momentos políticamente sensibles. La acusación es grave y debe ser diferenciada de los hechos comprobados: está documentada la subejecución y la utilización financiera de los recursos; la hipótesis de que determinados desembolsos hayan sido utilizados para comprar voluntades políticas requiere probar cada caso concreto.

Un impuesto que se cobra para las rutas y termina financiando otra cosa

El corazón del problema está en el Impuesto a los Combustibles y en el Sistema Vial Integrado, un mecanismo creado para garantizar que una parte de esos recursos tenga un destino determinado: la construcción, rehabilitación y mantenimiento de la infraestructura vial. Según la investigación de LA NACION, entre 2024 y mayo de 2026 ingresaron al SisVial $1.503.252 millones, pero solo fueron ejecutados $394.406 millones en obras. Es decir, quedaron sin aplicar más de un billón de pesos, de los cuales $1.038.779 millones estaban colocados en instrumentos financieros o inmovilizados en una cuenta corriente al cierre del período analizado.

No se trata, entonces, simplemente de que el Estado “no tenga plata” para arreglar las rutas. El problema es bastante más incómodo: hay recursos recaudados y asignados específicamente al sistema vial que no se están transformando en infraestructura vial. El propio Gobierno confirmó la existencia del mecanismo. Ravier sostuvo que una parte de lo recaudado se destina a Vialidad y que otra es dispuesta por Economía como parte del objetivo de alcanzar el equilibrio fiscal. La declaración modifica sustancialmente la discusión, porque ya no estamos solamente ante una denuncia de la oposición o de organizaciones gremiales: existe un reconocimiento oficial de que esos recursos están siendo utilizados dentro de la estrategia fiscal del Ejecutivo.

La dimensión del desvío también permite comprender por qué el deterioro de las rutas dejó de ser una cuestión secundaria. De acuerdo con los datos difundidos por LA NACION, la subejecución del SisVial alcanzó el 73,8% durante el período analizado. En 2024 se ejecutó apenas el 11,3% de lo recaudado; en 2025, el 39%; y entre enero y mayo de 2026, apenas el 18,5%. El contraste entre la recaudación y la ejecución resulta particularmente fuerte porque se produce mientras miles de kilómetros de rutas nacionales requieren mantenimiento, rehabilitación y obras de seguridad.

El déficit cero como prioridad por encima de la infraestructura

La cuestión de fondo es qué entiende el Gobierno por “ordenar las cuentas públicas”. El discurso oficial presenta cada peso no gastado como una victoria frente al supuesto despilfarro estatal. Pero no todo gasto público es equivalente. Una cosa es eliminar un gasto superfluo y otra muy distinta es dejar de mantener una infraestructura estratégica que utilizan diariamente trabajadores, transportistas, productores, comerciantes, turistas, ambulancias y comunidades enteras.

Las rutas no son un lujo ni una concesión ideológica del Estado. Son parte de la infraestructura básica que permite que la producción circule. Un camión que tarda más, rompe neumáticos o suspensiones, consume más combustible o enfrenta una ruta deteriorada termina incorporando esos costos al precio final de los productos. Una ruta sin mantenimiento tampoco es solamente un problema de comodidad: puede convertirse en un factor de riesgo vial. El propio sindicato de trabajadores viales advirtió que el ajuste sobre Vialidad implica frenar obras, reducir inversión y trasladar el costo del deterioro hacia quienes circulan por las rutas.

Por eso resulta difícil sostener que el ajuste en infraestructura es neutral. La reducción de la inversión pública puede mejorar una planilla fiscal en el corto plazo, pero también deteriora activos públicos, aumenta costos logísticos y obliga a afrontar reparaciones más caras en el futuro. Es la vieja discusión sobre el mantenimiento de una casa: ahorrar en el techo puede mejorar las cuentas del mes, pero cuando finalmente entra el agua la reparación cuesta mucho más.

Y existe una segunda dimensión: el trabajo. La obra pública moviliza directamente a trabajadores de la construcción, pero también genera actividad en empresas proveedoras, transporte, producción de materiales y servicios. La paralización de rutas no solamente deja pozos y obras inconclusas; también destruye cadenas económicas en localidades del interior que dependen de esos proyectos.

Cuando el ajuste se convierte en una herramienta política

La denuncia política más delicada aparece cuando se analiza qué ocurre con los fondos que no se distribuyen regularmente. Los desembolsos para obras viales se concentraron en determinados períodos vinculados con sesiones legislativas en las que el oficialismo necesitaba votos y que algunas provincias recibieron recursos en momentos políticamente sensibles. Esa interpretación debe ser presentada como una acusación, no como un hecho judicialmente probado. Pero incluso dejando de lado esa hipótesis, existe un problema institucional evidente cuando un Gobierno concentra recursos que tienen un destino específico y luego administra discrecionalmente cuándo y cómo los libera.

El Gobierno de Milei necesita permanentemente negociar con gobernadores para conseguir respaldo legislativo. La experiencia de los últimos meses mostró que la relación entre la Casa Rosada y las provincias está atravesada por reclamos de fondos, obras, coparticipación y transferencias. En ese contexto, cualquier recurso nacional cuya distribución pueda acelerarse, demorarse o condicionarse adquiere inevitablemente una dimensión política.

Y aquí aparece una paradoja particularmente fuerte para un gobierno que llegó al poder prometiendo terminar con la llamada “casta”. La discrecionalidad estatal no desaparece cuando se reduce el gasto: puede cambiar de forma. Si el Estado deja de financiar masivamente obras pero conserva recursos determinados para administrarlos según sus necesidades fiscales y políticas, el problema no desaparece. Simplemente cambia el mecanismo de distribución del poder.

La discusión, por lo tanto, no debería reducirse a si el Gobierno “gasta mucho” o “gasta poco”. La pregunta verdaderamente importante es qué hace con los recursos que recauda, qué destino legal tienen y quién decide cuándo se utilizan. Porque un Estado puede tener equilibrio fiscal y, al mismo tiempo, estar descapitalizando su infraestructura, deteriorando sus rutas y acumulando problemas que tarde o temprano deberán ser pagados por la sociedad.

El caso del SisVial desnuda esa tensión con una claridad difícil de ocultar. Mientras el Gobierno exhibe el déficit cero como la prueba de su éxito económico, más de un billón de pesos recaudados para infraestructura vial permanecían fuera del asfalto. Y mientras las rutas esperan mantenimiento, el dinero puede permanecer colocado en instrumentos financieros o ser utilizado dentro de la estrategia general de administración fiscal.

El interrogante político que queda planteado es, entonces, mucho más profundo que una disputa presupuestaria: ¿hasta dónde puede llegar un Gobierno para mostrar una determinada cifra fiscal, incluso cuando para conseguirla posterga obras que tienen un destino específico y una función económica y social concreta? El “déficit cero” puede ser presentado como una bandera de austeridad, pero si el precio de esa bandera es una ruta destruida, una obra paralizada, un trabajador despedido o una infraestructura que pierde valor, habrá que preguntarse qué tipo de equilibrio se está construyendo y, sobre todo, quién termina pagando su costo.

 

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    El 29 de julio Marlene leyó la noticia en su celular mientras viajaba en subte, como todos los días, para ir al terciario donde enseña francés a estudiantes de hotelería. Se paralizó. Inmediatamente empezó a perseguirse. Se preguntó si alguna vez la habrían escuchado conversando con su novio, renegando con los dos mangos que le pagan a los docentes o con la burocracia argentina. ¿Ahora podrían mandarla de vuelta a Francia después de 5 años en Buenos Aires?  El decreto que acaba de publicar Milei que modifica por segunda vez durante su gobierno la Ley Nacional de Migraciones la enfrenta a esa posibilidad. 

    El decreto 681/2026 modifica la ley sin pasar por una sesión parlamentaria. Establece que ahora el Estado puede cancelar la residencia o expulsar extranjeros por motivo de “haber dirigido mensajes de odio en forma oral o escrita, o incitado a la violencia contra el pueblo argentino en su conjunto, o contra algún ciudadano argentino, motivado en la nacionalidad de este último; haber realizado o participado en actos de ultraje de símbolos patrios nacionales”.

    Como justificación, afirma que el aumento de discursos de odio contra los argentinos pone en riesgo la convivencia y convierte esa falta de respeto en un motivo para revisar el derecho a permanecer en el país.

    La pregunta que surge inevitablemente es ¿cómo se definirá qué constituye un discurso de odio y qué garantías habrá para evitar interpelaciones arbitrarias? 

    Algunas paradojas

    El Gobierno responde al supuesto problema del «racismo contra los argentinos», instalado en un intenso debate en redes sociales durante el Mundial de fútbol, del que participaron personajes como el actor estadounidense Samuel Jackson, quien afirmó que Argentina es el país más racista y su mensaje fue replicado por distintas figuras públicas internacionales. No entraremos  en esa  discusión, sino en lo que parece una salida rápida por parte de la Presidencia mediante una medida que introduce una diferenciación jurídica basada en el origen nacional.

    El Gobierno justifica la reforma diciendo que protegerá a los argentinos frente a discursos discriminatorios. Pero la herramienta consiste justamente en diferenciar personas según su nacionalidad. Es decir: para combatir una discriminación se institucionaliza otra. No es solamente una contradicción política. Es una paradoja democrática.

    La segunda paradoja es que el Gobierno denuncia discursos de odio mientras hace del discurso agresivo una forma de gobierno. Mediante insultos permanentes, la creación de enemigos internos, el menosprecio continuo hacia periodistas, científicos, docentes universitarios, artistas, y opositores políticos, durante su campaña — y más aún desde que asumió la presidencia —, no ha cesado en insultar a quien le parece oportuno en cada discurso y posteo en redes.

    El Gobierno justifica la reforma diciendo que protegerá a los argentinos frente a discursos discriminatorios. Pero la herramienta consiste justamente en diferenciar personas según su nacionalidad.

    Entonces ¿quién decide qué constituye odio cuando el propio Estado utiliza sistemáticamente una retórica de confrontación? ¿qué garantías existen de que el concepto «discurso de odio» no termine utilizándose en otras esferas como amedrentamiento?

    El decreto probablemente tenga menos efecto por la cantidad de expulsiones que por el mensaje político que produce. Pero este efecto no es menor, la autocensura, el miedo, la incertidumbre y la sensación de una pertenencia continuamente condicionada, generando parálisis y malestar.

    Este decreto, además, no se produce en el vacío, sino que refuerza un cambio en la mirada y gestión migratoria que inició con un decreto anterior,  el DNU 366/2025, publicado el 29 de mayo de 2025, que modificó de manera amplia la Ley de Migraciones N.º 25.871. Fue la primera reforma integral del régimen migratorio desde la sanción de la ley de 2004 y se realizó sin pasar por el Congreso, algo que a esta altura ya parece habitual.

    El DNU de 2025 amplió los supuestos por los cuales una persona puede ser inadmitida o expulsada, facilitó la expulsión de extranjeros con condenas penales, habilitó el cobro de prestaciones de salud a extranjeros que no sean residentes permanentes y también habilitó a las universidades nacionales a cobrar aranceles a estudiantes extranjeros sin residencia permanente, e introdujo modificaciones en los criterios para acceder a la ciudadanía, incluyendo mecanismos vinculados a inversiones.

    Esta reforma significó un cambio en la filosofía de la política migratoria argentina, cuya ley, promulgada en 2004, había sido reconocida internacionalmente por concebir la migración como un derecho humano y por garantizar el acceso a derechos básicos independientemente de la situación documental. 

    El DNU 366/2025 desplazó el eje hacia una lógica de control, seguridad y prevención del delito, acompañado de la creación de una policía migratoria que realiza controles en espacios de la Ciudad y el AMBA donde se concentran migrantes andinos, trabajadores, a los cuales se criminaliza por su color de piel y su clase social.

    Es en ese contexto que el decreto sancionado hace unos días puede leerse como una segunda parte de esta reforma: si el DNU 366/2025 amplió las herramientas para controlar el ingreso, la residencia y la expulsión, la nueva modificación incorpora un criterio adicional con la posibilidad de evaluar la permanencia de una persona migrante también en función de expresiones consideradas ofensivas hacia «el pueblo argentino», su cultura o su identidad nacional. No sólo dejan de protegerse derechos sino que el merecimiento para habitar en el país depende de un mérito que se debe demostrar continuamente, ahora también en su discurso o su silencio.

    No sólo dejan de protegerse derechos sino que el merecimiento para habitar en el país depende de un mérito que se debe demostrar continuamente, ahora también en su discurso o su silencio.

    Una foto de los migrantes

    Si el decreto se apoya en la idea de una amenaza creciente asociada a la migración, los datos dibujan un paisaje bastante diferente. El porcentaje de personas migrantes nacidas en el extranjero en la Argentina es del 4,2% de la población total en viviendas particulares, según los datos oficiales del INDEC de acuerdo al último censo realizado en 2022. Esto equivale a un total de 1.933.463 personas. Se trata del porcentaje más bajo del último siglo y una proporción casi igual a la del Censo de 2010 (4,4%). 

    El principal país de origen de esta población sigue siendo Paraguay, con el 27%, seguido por Bolivia con el 17,5% y Venezuela con el 8,4%, porcentaje que se incrementó sobre todo desde el censo de 2010 reemplazando a Perú en ese tercer puesto. Más del 73% de la población de origen migrante vive en la Provincia de Buenos Aires y la Ciudad de Buenos Aires, en un flujo históricamente vinculado al trabajo, el comercio y las redes familiares.

    Tampoco la asociación entre migración y delito encuentra respaldo consistente en la evidencia disponible. A nivel nacional, las personas extranjeras representan alrededor del 6% de la población carcelaria, una proporción que se ha mantenido relativamente estable a lo largo de los años y que guarda relación con su peso dentro de la población residente. La percepción de una participación mucho mayor suele surgir de observar únicamente el sistema penitenciario federal, donde los extranjeros representan entre el 21 y el 23% de las personas detenidas. Esa diferencia, sin embargo, responde a que la justicia federal concentra la investigación de delitos transnacionales, como el narcotráfico o la trata de personas, en los que es más frecuente la participación de personas de distintas nacionalidades. Considerando el conjunto de la población migrante que vive en Argentina, las estadísticas muestran que menos del 0,3% se encuentra privada de su libertad, una proporción similar a la de la población nacida en el país. Los datos, en otras palabras, no sostienen la idea de que la migración constituya, en sí misma, un factor de criminalidad.

    Sin embargo, la construcción del migrante como sujeto sospechoso ha demostrado ser una herramienta política persistente: aun cuando los datos la desmienten, la percepción de amenaza continúa siendo un recurso eficaz para justificar mayores controles y restricciones.

    La contribución de la población migrante tampoco suele ocupar un lugar central en el debate público. Los migrantes participan activamente del mercado laboral, especialmente en sectores como la construcción, la agricultura, el trabajo doméstico, el comercio, la industria textil y los servicios, donde muchas veces cubren tareas con alta demanda y baja cobertura. También consumen, pagan impuestos, alquilan viviendas, emprenden pequeños negocios y sostienen circuitos económicos que forman parte de la vida cotidiana de las ciudades argentinas. Lejos de constituir una carga excepcional para el Estado, distintos estudios muestran que su utilización de los sistemas de salud y educación responde, en términos generales, a patrones similares a los del resto de la población residente.

    La construcción del migrante como sujeto sospechoso ha demostrado ser una herramienta política persistente.

    Algo similar ocurrió con el debate sobre las universidades públicas. El Gobierno sostuvo que los estudiantes extranjeros «inundaban» las aulas e incluso llegó a afirmar que representaban el 39% de la matrícula de la Universidad de Buenos Aires. La propia UBA desmintió esa cifra: los estudiantes internacionales representan apenas el 2,5% del total de la matrícula y el 6,1% en la Facultad de Medicina, la unidad académica con mayor proporción de alumnos extranjeros.

    El endurecimiento de la política migratoria impulsado en los últimos años no responde, entonces, a una transformación demográfica extraordinaria, sino a un cambio en la forma en que el Estado decide mirar la migración: menos como una cuestión de integración y más como un problema de seguridad y control.

    Este cambio tampoco ocurre en el vacío, sino que replica la política que ha adoptado Trump en los Estados Unidos, tanto durante su campaña con un fuerte discurso anti inmigrante, como durante su mandato, donde la policía migratoria (ICE) adquirió una gran visibilidad por el incremento de redadas, detenciones y deportaciones, así como por las críticas de organizaciones de derechos humanos respecto del trato a las personas migrantes, las condiciones de detención y la separación de familias.

    El discurso antiinmigrante también ha ganado fuerza en Europa, donde distintos sectores políticos presentan la migración como una «amenaza», una «estampida» o una «invasión». Esa narrativa encuentra un terreno fértil cada vez que ocurre un episodio de llegada masiva de personas, como el que vemos estos días en Ceuta, ciudad autónoma española ubicada en el norte de África que constituye, junto con Melilla, la única frontera terrestre entre la Unión Europea y Marruecos. Desde el jueves 30 de julio hasta el lunes 3 de agosto más de 50.000 personas ya habían cruzado o intentado cruzar hacia ese enclave en la mayor crisis migratoria de su historia reciente. La tragedia dejó decenas de personas muertas durante la travesía y, tras el operativo desplegado por las autoridades españolas, la gran mayoría de quienes ingresaron fueron devueltos a Marruecos. El episodio deja abiertas muchas preguntas sobre la instrumentalización de las personas migrantes en contextos de tensión internacional y el uso del miedo como estrategia política.

    El discurso antiinmigrante también ha ganado fuerza en Europa, donde distintos sectores políticos presentan la migración como una «amenaza», una «estampida» o una «invasión».

    Sin embargo, convertir un episodio extraordinario como el de Ceuta en la imagen paradigmática de la migración resulta problemático. La excepcionalidad de estas escenas, amplificadas por su enorme impacto visual y mediático, termina alimentando la idea de una frontera permanentemente desbordada y de una migración fuera de control. Esa representación contrasta con la realidad argentina: los flujos migratorios hacia el país son comparativamente reducidos, estables y se producen, en su inmensa mayoría, por vías regulares, muy lejos de las escenas de crisis humanitaria que suelen ocupar las portadas internacionales.

    Milei y el camino de la erosión democrática 

    Si abrimos el foco al problema, saltan las alertas de las mediciones sobre erosión democrática frente a la estrategia de gobernar por decreto que el gobierno de Milei desplegó desde su primera semana en el poder. El índice de V-Dem que mide el estado de la democracia a nivel global, alertó que desde 2023 Argentina vive un periodo de retroceso democrático. En un análisis específico de caso, a través de la metodología de Marcadores de Erosión Democrática, Asuntos del Sur analizó el funcionamiento de la democracia en Argentina a partir de seis dimensiones: el contexto político, social y cultural nacional; la movilización y legitimación de un proyecto ideológico de cambio; la participación en redes antidemocráticas globales; la competitividad del sistema de partidos; las reformas orientadas a mantener y concentrar el poder; y las limitaciones a libertades civiles y políticas. El gobierno de Javier Milei erosiona la democracia en al menos 5 de las 6.

    Las dimensiones de libertades civiles y políticas; movilización y legitimación del proyecto ideológico de cambio; y participación en redes antidemocráticas globales, se encuentran en el nivel más grave de deterioro, lo que indica una autocratización profunda cuyo impacto puede ser de largo plazo y requerir reconstrucción desde cero. Mientras que las dimensiones de contexto político, social y cultural y reformas para la concentración de poder registran un valor de alerta medio. La medida de condicionar la libertad de expresión de las personas migrantes no hace más que profundizar ese camino. Afecta específicamente a un segmento de la población, pero daña la democracia para todos. 

    No es la primera vez que el gobierno de Milei intenta silenciar las voces que le resultan incómodas. La separación del espectro político entre “buenos y malos” y el ruido de las redes sociales le han servido para intentar aleccionar a periodistas, artistas, colectivos de género y opositores políticos. Pero es la primera vez que el gobierno trata de institucionalizar el silencio. 

    No es la primera vez que el gobierno de Milei intenta silenciar las voces que le resultan incómodas.

    Sin embargo, las medidas en contra de la población migrante rara vez despiertan el interés y la protesta de sectores más amplios de la sociedad. Por el contrario, los discursos que promueven la polarización en contra de ese sector calan hondo en el río revuelto de las emociones digitales que el gobierno bien sabe agitar. 

    Javier Milei ha avanzado sin oposición visible contra los derechos de los extranjeros y esa soledad se siente en las vidas migrantes. 

    Abdou, por ejemplo, vende pantalones deportivos sobre su manta en la calle Mitre desde hace 15 años, cuando llegó de Senegal. Aprendió a negociar con la policía en los numerosos operativos que en diferentes momentos intentaron “limpiar” a los manteros de Balvanera (Once para la mayoría de los porteños). Pero hace un mes, por primera vez llegó la policía migratoria a pedir documentos, él tiene su DNI gracias a un programa especial que se abrió en 2022 para regularizar a los migrantes senegaleses en la Argentina. Su amigo, Charlie, que llegó desde Perú hace tres años no tuvo la misma suerte, la policía lo llevó esposado y hoy tiene una orden de expulsión. Por primera vez Abdou tuvo miedo, muchos años vivió sin el DNI, pero nunca sintió ese peligro inminente, esa búsqueda que se parece tanto  a una caza de brujas.

    Evelina, que sólo tiene su cédula de identidad boliviana, llegó hace unos días al Centro de Salud de su barrio, en el Bajo Flores, con doce semanas de embarazo para solicitar un IVE. A la administrativa del CESAC le dio el número de DNI de una amiga argentina. La empleada dudó, le preguntó por su nombre, y la acusó de usurpación de identidad. Para su suerte, una trabajadora social que trabajaba en el lugar escuchó la discusión, y se acercó para interceder: le dijo que no se preocupara, que podía empadronarse con su célula boliviana y Evelina fue derivada con la obstétrica. Una amiga suya que fue a otro CESAC de la ciudad no tuvo la misma suerte de ser asesorada y debió irse sin ver a la médica.

    Efectos

    El decreto pretende combatir los discursos de odio habilitando una nueva forma de discriminación, esta vez dirigida a la población migrante. Tal vez no derive en expulsiones masivas, pero ese no parece ser su efecto más profundo. Lo que produce, antes que nada, es incertidumbre. Introduce la idea de que el derecho a permanecer ya no depende únicamente de cumplir la ley, sino también de la posibilidad de que las propias palabras sean interpretadas como una amenaza. El derecho a quedarse empieza, de algún modo, a depender también del derecho a hablar.

    El decreto pretende combatir los discursos de odio habilitando una nueva forma de discriminación, esta vez dirigida a la población migrante. Tal vez no derive en expulsiones masivas, pero ese no parece ser su efecto más profundo.

    Desde que leyó aquella noticia, Marlene ya no quiere hablar cuando está en el subte o en la calle, le da miedo que se le escape una palabra de más, mucho menos postear en redes sociales. Abdou, con quince años en la Argentina, revisa si tiene las llaves, el celular pero también su DNI antes de salir a la calle. El padre de Evelina cada vez habla más seguido con los vecinos del Bajo Flores, sus paisanos están preocupados, los grupos de whatsapp se han activado, se avisan de los operativos, y también de las respuestas de los abogados del CELS, de CAREF y otras organizaciones que tratan de darles mayores precisiones sobre los trámites de radicación, los papeles que deben juntar para llevar a la Dirección Nacional de Migraciones, y los plazos que se han extendido, otra paradoja de un gobierno que aumenta requisitos pero no el personal para atenderlos. 

    Las políticas públicas no sólo producen efectos administrativos; también producen emociones, silencios y formas de habitar un país. Un país que se describe como abierto a la migración y que se enoja profundamente cuando lo acusan de racista, pero que en su respuesta institucional sólo profundiza las desigualdades.

    La entrada Puedes quedarte si te callas se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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