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EL CERO NO SUMA

Argentina, país que desde un 24 de noviembre del 2010 por el Decreto 1800 y posteriormente ratificado en ley 26.870 en el año 2013, declara al Vino como su bebida nacional. Esta ley que busca difundir las características culturales que implique la producción, elaboración y consumo del vino argentino y sus tradiciones. El vino es un «alimento» y se entiende al vino argentino, sobre la base de la alimentación diaria de la población, en consumo responsable, en los momentos de disfrute familiar pero además teniendo en cuenta que detrás de cada botella de vino existe el trabajo de miles de obreros, productores, elaboradores, empresarios y comercializadores y qué su promoción y difusión no puede ser impedida por ninguna legislación que se contraponga a la ley 26.870.

Irónicamente, un mismo 24 de noviembre, pero de nuestro año actual, 2022, la cámara de diputados da media sanción, con 193 votos positivos, 19 negativos y 4 abstenciones, a una irracional, inviable, aberrante e inconstitucional ley que pide modificar un artículo de la Ley de Tránsito 24.449 y estipular que “queda prohibido conducir cualquier tipo de vehículos con una alcoholemia superior a cero miligramos por litro de sangre»

Sabemos que un gran porcentaje de los accidentes de tránsito son causa de conductores que se encuentran alcoholizados, con valores de alcoholemia por encima de los permitidos actualmente y que es una problemática social que se debería tratar y solucionar. Hasta acá todos de acuerdo.

Pero… una la ley de alcoholemia cero ¿soluciona el problema? ¿Es factible? La respuesta es NO.

Personalmente me sumo a la premisa de no consumir bebidas alcohólicas si se va a conducir un vehículo, pero un control que se base en mediciones que arrojan el valor cero, exento de toda tolerancia, implica un error conceptual desde el punto de vista metrológico y una arbitrariedad desde el punto de vista jurídico.

Los alcoholímetros, utilizados para medir el alcohol en los controles, deben ser capaces de medir en el rango que va de 0,00 g/l hasta, al menos, 1,50 g/l. En funcionamiento normal, pueden indicar falsos positivos y/o negativos ya que presentan una incertidumbre de medición como todos los equipos de control, además deben calibrarse, ergo es porque se descalibran, y ¿cómo sabemos cuándo se descalibró o no? El INTI (Instituto Nacional de Tecnología Industrial) ente encargado de la calibración de los alcoholímetros de todo el país, ratifica lo establecido por ley de que el margen de error máximo aceptado es de 0.041g/l en condiciones de laboratorio, por ende, en condiciones de operatoria callejera, lo errores pueden ser mayores.

Además de los errores de medición pueden generarse falsos positivos a causa del llamado alcohol endógeno, que se produce de forma natural en el organismo de los seres humanos debido a múltiples factores como ciertos tipos de diabetes o ayunos prolongados. Todos estos errores y/o variables podrían hacer que una persona que no ingirió ni una sola gota de alcohol dé un test de alcoholemia positiva.

La tolerancia legal cero es una aberración. Una medida, legalmente se determina a través de un valor nominal, una unidad de medida y un margen de tolerancia, dicho eso, una ley 0 no sólo sería ilegal, sino que de cumplimiento imposible. La tolerancia cero en cualquier caso es inverosímil porque toda medición tiene implícito un margen de error y no existe la exactitud absoluta en ningún tipo de aparato de medición.

Un estudio en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires sobre todos los siniestros fatales de tránsito entre 2015 y 2017 reveló que en ninguno de los casos se presentó un valor de alcoholización inferior a 0,5g/l. Por ende, el problema está en las personas que sobrepasan los límites ya establecidos y no en las que sí cumplen. ¿Se entiende que no es necesario bajar los parámetros actuales de control?

La Organización Mundial de la Salud sugiere un nivel máximo legal de alcoholemia que no supere los 0,5g/l, valor establecido en la mayor parte de los países del mundo. Algunos incluso tienen un poco más.

Como ya podemos ver, la solución no pasa por generar una ley imposible de “alcoholemia cero al volante”, sino de intensificar los controles con personal idóneo y sumamente capacitado, aumentar la educación y concientización de los conductores; generar leyes que apunten más a la prevención, como las leyes europeas o la ley Emilia de Chile, en las cuales consideran delito grave a quienes circulen al volante con niveles superiores a 1,0g/l en el caso de las europeas y 0,8g/l en la de Chile; controlando y penando severamente a quien no las cumpla, con suspensiones del carnet hasta incluso con años de cárcel.

Los países más avanzados en materia de alcohol y conducción, controlan entre el 15 y el 30% de su población por año,
en Argentina los controles apenas alcanzan en promedio al 1% de los habitantes.

Como dije anteriormente el problema no está en los valores de control que tenemos vigentes hoy día en nuestra ley (eso demostró el estudio de CABA) sino que está en las personas que los exceden y es ahí donde se debe buscar la solución y no en una reducción de los mismos y muchos menos aún con una pseudo-medida como la tolerancia cero.

No necesitamos leyes nuevas, sino que necesitamos que se empiecen a hacer cumplir y respetar las que ya tenemos y en caso de sacar alguna nueva para mejorar esta debe ser seria, abordada con fundamentos técnicos y reales y no una ley con título tribunero que no logra solucionar nada.

Si yo, un simple ciudadano, pude investigar y asesorarme en el tema, con información real y fundamentada, las personas que ocupan un cargo de toma de decisiones también pueden hacerlo, es más deberían y tienen la obligación de hacerlo.

#NOALALEYDEALCOHOLEMIACERO

Agradezco por el asesoramiento y la información técnica al Ing. Fabian Pons y a OVILAM (Observatorio Vial Latiniamericano).

Por Facundo Gagliano – Sommelier Internacional
@cu4trodecopa

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    Ante ese desastre fractal que le está drenando la imagen positiva, Javier Milei lanzó un operativo urgente de seducción para contener a Patricia Bullrich tras la caída en desgracia de Manuel Adorni, con quien compite por ser la candidata libertaria en la Ciudad.

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     Ante el desastre fractal de Adorni que le está drenando la imagen positiva, Javier Milei lanzó un operativo urgente de seducción para contener a Patricia Bullrich .

    Pero si bien le vendieron que sería candidata, Patricia se sintió boicoteada por los karinistas desde el principio. En enero, cuando fue a Mar del Plata para presentar la reforma laboral, los libertarios le coparon el Torreón del Monje con militantes que ella no había pedido. Dos semanas después de ese episodio, Bullrich organizó una charla con el economista Claudio Zuchovicki y le implantaron a Adorni en el escenario.

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    No obstante, desde 2022, Estados Unidos ha “invertido” un promedio de 35.300 millones de dólares por año en Ucrania (3). Mucho más que los 3.000 a 5.000 millones de dólares que Washington destinó cada año a Israel antes del ataque del 7 de octubre de 2023 y el equivalente a casi la mitad de los gastos militares anuales para Afganistán entre 2001 y 2019 –un esfuerzo para financiar una ocupación militar y operaciones directas–. El nivel de apoyo a Ucrania se sitúa, por lo tanto, en algún punto intermedio entre la ayuda brindada a un aliado histórico en Medio Oriente y el compromiso de una intervención directa en el campo de batalla en su propio nombre. Pero a Trump poco le importa todo eso: la guerra en Ucrania no es la de Estados Unidos, sino la de su antiguo rival Joseph Biden…

    Errores de cálculo

    Evidentemente, la magnitud de la ayuda occidental llevó a Kiev a cometer un error y la alentó a rechazar la negociación. En la primavera boreal de 2022, incluso antes de que Occidente le proporcionara su apoyo militar, la resistencia ucraniana podía enorgullecerse de haber frustrado la operación de cambio de régimen fomentada por el Kremlin y de haber minimizado las pérdidas territoriales. Después de cuatro semanas de combates, los beligerantes estaban cerca de llegar a un acuerdo. En Estambul, Kiev aceptó un estatus de neutralidad –es decir, renunció a adherirse a la Alianza Atlántica– y confirmó su intención de no dotarse de armas nucleares. A cambio, buscaba conseguir la retirada voluntaria de Moscú de los territorios que había ocupado desde el 24 de febrero. Sin embargo, Kiev necesitaba garantía de seguridad por parte de los líderes occidentales, quienes se la negaron. Boris Johnson se convirtió en el portavoz de la posición occidental durante una visita a la calle Bankova, sede de la Presidencia ucraniana. El Primer Ministro británico afirmó que nunca firmaría un acuerdo con Putin. Por eso, lo que ofrecían no eran garantías, sino armas (4).

    Europa deberá pagar la reconstrucción de Ucrania y, al mismo tiempo, afrontar los costos de su seguridad.

    Por un tiempo fue posible creer que dicha apuesta resultaría exitosa. Tras una primera contraofensiva, en noviembre de 2022, Kiev recuperó la ciudad de Jersón, ubicada en la orilla derecha del río Dnieper. Se desató la euforia. La palabra “negociaciones” se volvió tabú. No alinearse con los objetivos ucranianos –es decir, recuperar por la fuerza las fronteras de 1991– equivalía a firmar un pacto con el diablo. Los grandes medios de comunicación occidentales respaldaron el decreto ucraniano de octubre de 2022 que prohibía las negociaciones con Putin, a quien buscaban llevar ante la justicia internacional por crímenes de guerra (5).

    Sin embargo, la segunda contraofensiva ucraniana de junio de 2023 resultó en una derrota. En los medios de prensa, los estadounidenses expresaron su descontento: Kiev habría escatimado demasiado sus hombres para privilegiar ataques tácticos dispersos a lo largo del frente en lugar de enviar soldados en masa a los campos de minas rusos con la esperanza de traspasar las defensas del adversario y cortar el puente terrestre entre Rusia y Crimea (6). Bajo la presión de Washington, Kiev redujo la edad de reclutamiento de 27 a 25 años en abril de 2024, pero en diciembre se negó a bajarla a los 18 años. Así, la apuesta hecha en base a las exhortaciones occidentales fracasó trágicamente. Tanto el costo humano –cientos de miles de muertos y heridos– como los sacrificios exigidos a la sociedad fueron en vano (7).

    Como lógica consecuencia, durante el mismo período, Rusia experimentó una suerte inversa. El inicio de su “operación militar especial” resultó un fiasco. Los servicios de inteligencia rusos sobrestimaron los apoyos con los que contarían tanto por parte de la población como dentro de las élites ucranianas. El Ejército se estancó en los barrios periféricos de la capital ucraniana y fracasó en su intento de tomar el control del país. El Kremlin decidió entonces concentrar su dispositivo militar en el Donbass y Crimea. Concebida inicialmente como una expedición relámpago, la guerra fue cambiando de escala y de naturaleza. La movilización forzada decretada en septiembre de 2022 provocó una ola de protestas y exilios.

    Atrapada en su propia guerra, Rusia agravó su situación en materia de seguridad. Su “operación militar especial” tenía como objetivo, por un lado, prevenir que Ucrania se rearmara –antes de que Kiev recuperara por la fuerza las regiones separatistas prorrusas– y, por otro lado, poner un freno a la expansión de la OTAN hacia el Este. No obstante, unos meses después del inicio del conflicto, Rusia enardeció el patriotismo de un adversario que recibía un flujo continuo de armas y que contaba con el respaldo de una Alianza Atlántica reforzada con dos nuevos miembros: Suecia y Finlandia, que limitan con la zona ártica, estratégica para Moscú. Los dirigentes europeos reforzaron los batallones enviados al flanco oriental de la alianza, incluida Francia, que hasta entonces se oponía a una presencia permanente. La fuerza de reacción rápida de la OTAN cuadruplicó su número de efectivos; también continuó la construcción de la nueva base antimisiles estadounidense en Polonia, en donde los norteamericanos elevaron su presencia militar a 10.000 soldados. Lejos de calmarse, en Rusia las preocupaciones respecto de la seguridad se intensificaron por no haber previsto la fuerza y la unidad de la reacción occidental. Empero, al apostar por la consolidación de sus defensas detrás del Dnieper, Rusia logró estabilizar el frente. Los avances territoriales, como la toma de Bajmut en mayo de 2023, se consiguieron a costa del sacrificio de numerosas tropas, en un país ya golpeado por su crisis demográfica.

    El Presidente estadounidense parece elevar a Rusia al rango de nueva aliada.

    Si bien Rusia mostró debilidades militares, la resiliencia de su economía resultó sorprendente. El Banco Central había acumulado suficientes reservas para asumir una confrontación financiera con Occidente. Logró sostener eficazmente el rublo y salvar su sistema bancario a pesar del congelamiento de sus activos en Europa y Estados Unidos. En cuanto a las sanciones energéticas, terminaron volviéndose en contra de los propios impulsores europeos: el aumento de los precios del gas compensó la pérdida de los volúmenes enviados al Viejo Continente, dando tiempo a Rusia para reorientar sus exportaciones de hidrocarburos hacia Asia (8). El fracaso de la estrategia de aislamiento se volvió evidente porque, si bien Moscú se vio obligada a recurrir a “Estados parias”, como Corea del Norte o Irán, para obtener armas o soldados, la realidad es que no le faltaron socios económicos interesados en sus descuentos energéticos. Los países que forman el núcleo del BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) vieron con preocupación la ofensiva punitiva financiera de Washington contra uno de sus miembros y profundizaron de forma preventiva su cooperación para reducir el uso del dólar en sus intercambios. En 2024, BRICS acogió a cinco miembros nuevos, entre los que destacan los Emiratos Árabes Unidos, un actor clave en las nuevas rutas del petróleo ruso (véase el artículo de págs. 12-14).

    ¿Acercamiento al hermano menor?

    Al elegir negociar cara a cara con Moscú, Trump le ofrece una vía de escape al Kremlin. El Presidente estadounidense parece elevar a Rusia al rango de nueva aliada. Las concesiones, por ahora sólo verbales, resultan vertiginosas: reanudación de las negociaciones sobre el desarme, promesa de reincorporación al G7 y, a largo plazo, levantamiento de las sanciones. Aunque el Presidente estadounidense trate de morigerar estas promesas en las próximas semanas, la solidaridad transatlántica parece estar ya profundamente deteriorada.

    Estas declaraciones podrían cerrar la era geopolítica que comenzó en 1949. Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos creó la Alianza Atlántica para imponer su influencia a la mitad de Europa, mientras que la otra mitad se alineaba primero con el bloque soviético y luego se unía al Pacto de Varsovia en 1955. Sin embargo, a fines de la década de 1980, el último líder soviético, Mijail Gorbachov, al frente de un país agotado por la carrera armamentista, se comprometió con una serie de concesiones unilaterales y desordenadas: aceptó la reunificación de Alemania y su adhesión a la OTAN sin obtener garantías escritas sobre la no expansión de la alianza occidental en Europa del Este. De este modo, el antiguo instrumento de seguridad sobrevivió a la Guerra Fría, y la Unión Europea, al expandirse, permaneció firmemente vinculada a Washington. Aunque en 1989 y 1990 se llegó a considerar por un momento la posibilidad de implementar un nuevo sistema de seguridad, no surgió ninguno alternativo tras la disolución de la URSS en 1991. Si bien el conflicto ruso-ucraniano tiene en parte su origen en esta oportunidad perdida, su resolución negociada está provocando una reconciliación ruso-estadounidense a espaldas de Europa.

    En Munich, el vicepresidente James David Vance incluso señaló una nueva dirección estratégica de Estados Unidos: “A Putin no le interesa ser el hermano menor en una coalición con China” (9). ¿Se trata del regreso a la estrategia de triangulación que había puesto en marcha el presidente estadounidense Richard Nixon en 1971 al acercarse al “hermano menor” (en ese entonces, China) para aislar mejor al enemigo principal (la URSS)? Si este es el “plan”, Trump tendrá dificultades para romper el eje Rusia-China. Pekín, si bien se molestó por el hecho consumado de la invasión rusa y le ha reprochado a Moscú su abuso de la amenaza nuclear, no le ha retirado su apoyo. China suministra de manera discreta tecnologías necesarias para el complejo militar-industrial ruso, al mismo tiempo que profundiza su cooperación militar con Moscú. Aunque desequilibrada, esta relación se basa en una fuerte frustración compartida respecto de un orden internacional dominado por Estados Unidos desde el final de la Guerra Fría.

    ¿Y Europa?… Europa se encuentra en la peor situación posible: ya debilitada por la crisis energética que ella misma provocó al renunciar –a petición de Washington– al gas ruso barato y pronto golpeada también por la guerra comercial decretada por la Casa Blanca, ahora se ve obligada a gestionar en soledad las consecuencias del revés occidental en Ucrania. Mientras la confrontación con Rusia alcanza un nivel incandescente y sus arsenales se han vaciado en favor de Kiev, Europa se prepara para aumentar de forma urgente su gasto militar, lo que implica comprar armamento estadounidense. Washington le exigía un “reparto de la carga” de la financiación de la alianza. Ahora la carga es doble: pagar la reconstrucción de Ucrania (que, a esta altura, Rusia deja de buena gana en manos de la Unión Europea) y, al mismo tiempo, asumir su propia seguridad. El gasto parece simplemente inasumible para los presupuestos europeos y augura nuevas divisiones.

    1. Benoît Bréville, “Liquidación electoral”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, enero de 2025.
    2. Philippe Descamps, “Affoler la meute”, Le Monde diplomatique, París, febrero de 2025.
    3. “Ukraine support tracker”, Kiel Institute for the World, 2024.
    4. Samuel Charap y Sergueï Radchenko, “¿Podría haber terminado la guerra en Ucrania?”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, julio de 2024. Volodimir Zelensky se esfuerza en negar el papel que habría desempeñado así Johnson; véase también Shaun Walker, “Zelensky rejects claim Boris Johnson talked him out of 2022 peace deal”, The Guardian, Londres, 12 de febrero de 2025.
    5. Véase, por ejemplo, “Soutenir l’Ukraine pour assurer la paix”, Le Monde diplomatique, 10 de enero de 2023.
    6. Alex Horton y John Hudson, “US intelligence says Ukraine will fail to meet offensive’s key goal”, The Washington Post, 17 de agosto de 2023.
    7. Hélène Richard, “Ucrania, una sociedad dividida por la guerra”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, noviembre de 2023.
    8. Hélène Richard, “Sanciones de doble filo”, Le Monde diplomatique, noviembre de 2022.
    9. Bojan Pancevski y Alexander Ward, “Vance wields threat of sanctions, military action to push Putin into Ukraine deal”, The Wall Street Journal, Nueva York, 14 de febrero de 2025.

     

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