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DOS ESCENARIOS, MUCHOS ARTISTAS

Este fin de semana se celebra en Villa Regina la #FiestadelaVendimia2020 y la Dirección de Cultura con Silvia Alvarado a la cabeza tuvo el atino de crear dos escenarios para poder generar más espacios para artistas locales, quienes estarán compartiendo la escena cultural de la #Vendimia con colegas regionales y nacionales.

Esta dirección, desde su asunción se ha caracterizado por revalorizar a la gran cantidad y calidad de artistas de la ciudad.

Las aperturas en el escenario principal estarán vinculadas a la danza y al teatro relacionadas a diferentes temáticas, alrededor de 150 artistas (bailarines, coreógrafos, músicos, cantantes) serán partícipes de los inicios de las jornadas en el Cono Randazzo.

Silvia Alvarado, Dir. Cultura VR

El escenario principal será el icónico Anfitreatro «Cono Randazzo» y el Alternativo se estructurará en la «Plaza de los Próceres». Compartimos el cronograma de la #Vendimia2020.

Fiesta Vendimia 2020

En el escenario Alternativo el cronograma es el siguiente:

  • El viernes las presentaciones comenzarán a las 20,30hs y actuarán: Zule Vega, Solcito del Valle, Mica/ Polo/ Uli y Germán, JeCe, Permitidos, Indio Gavilani, De la misma sangre, Cepeda Quiroga Dúo y Achesur.
  • El sábado arrancarán a las 19,00hs con: Rabioso Bufón, 4to. B, Hora libre, Nasty People, Reyser y cierra la cultura HIP HOP con batallas de freestyle formato exhibición + Dj Pako Solo, ( a partir de las 22:30hs) un número de vanguardia, ideal para conocer el movimiento y terminar bailando como se merece un sábado de fiesta.
  • El domingo los shows se iniciarán a las 20,30hs con Makabro, Asdrubal, Camello Doppler, Ovnibus, Última alternativa, Luz de Luna y La lokura.
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  • Hechos pelota

     

    ¿Qué pasó en el país durante el último mes y medio? ¿Era otra la Argentina premundial? Hace exactamente una semana, un usuario de Twitter escribió: “siento que estuve un mes dentro de un pelotero y hoy me vinieron a buscar”. Terminada la fiesta mundialista, la política vuelve a recuperar la atención. Pero estuvieron pasando cosas mientras estábamos cautivados por el gran evento. Para entender dónde estamos y las discusiones que vienen, hay que mirar lo que ocurrió debajo del radar mientras nuestra mirada estaba puesta en la pelota. El gobierno cambió su dinámica interna con la salida de Adorni, pero mantuvo su horizonte manifiesto de destrucción del Estado:  tomó deuda (otra vez), avanzó en la privatización de empresas estratégicas y despidió trabajadores de distintos organismos públicos. Mientras tanto, la interna libertaria de cara a las próximas elecciones estalló en el Senado ante el tratamiento de leyes que pueden erosionar nuestra soberanía y desmantelar la gestión de recursos estratégicos.

    En junio estábamos agobiados y el mundial nos refrescó inesperadamente. Dio alivio, por unos días, al agobio de la realidad argentina. 

    Si bien el fútbol, lejos de despolitizarnos, nos empujó al menos por un rato a recuperar un sentimiento de unidad nacional con la bandera malvinera y el partido frente a Inglaterra, que la campaña antiargentina no hizo más que coronar.  De todas formas, también es cierto que el gobierno sí aprovechó la distracción popular futbolera para hacer cambios profundos a toda velocidad. Ustedes eran muy jóvenes, pero todo esto empezó el 11 de junio, una eternidad atrás. En ese momento, con el entusiasmo por la selección todavía bajo, ganamos el primer partido contra Argelia por 3 a 0. Había, sin embargo,  un incipiente destello de alegría, de sentimiento épico, cada vez que sonaba la canción de Palmito, compuesta sobre la base del temón de Gilda, un himno a la altura de la ya legendaria “Muchachos”. 

    El lunes 22 de junio, horas antes de la victoria por 2 a 0 ante Austria, el Gobierno informó en el Boletín Oficial que había tomado deuda por hasta 5 mil millones de dólares. Lo hizo a través de operaciones con entidades financieras internacionales respaldadas por organismos multilaterales de crédito, con prórroga de jurisdicción a tribunales de Nueva York para eventuales litigios. El decreto 478/2026 fue firmado por Javier Milei, Luis Caputo y Manuel Adorni.

    El gobierno agrandó la deuda argentina con el FMI y bancos del exterior a través de préstamos de 5 mil millones de dólares el 22 de junio y 3.200 millones de dólares el 8 de julio.

    Fue lo último que hizo el jefe de Gabinete. Adorni renunció el 27 de junio —minutos antes del triunfo de la Selección sobre Jordania— investigado por el fiscal federal Gerardo Pollicita y el juez Ariel Lijo por presunto enriquecimiento ilícito, tras revelarse la compra de propiedades, gastos exorbitantes y viajes al exterior, lo que lo obligó a reconocer, por lo menos ante los medios, un incremento patrimonial del 400%. Desde entonces, su nombre – que funcionó durante varias semanas como una esponja para absorber la atención y la conversación pública – desapareció de escena. 

    Tras los primeros triunfos futbolísticos la algarabía popular empezó a crecer. Se podría decir que ya había clima de mundial cuando el gobierno hizo una de las suyas. El martes 30, tres días antes del partido por dieciseisavos de final, Gendarmería entró al edificio de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) ubicado en el barrio porteño de Nuñez para garantizar el desalojo de una protesta de más de 60 trabajadores que habían sido cesanteados y reclamaban la explicación de las autoridades. Fue la antesala de la apertura a capitales privados estadounidenses al sector nuclear argentino. El 2 de julio el ministro Caputo anunció que la empresa Meitner Energy construirá una central nuclear en el predio de Atucha, de Nucleoeléctrica Argentina, en Zárate, invirtiendo 1.200 millones de dólares, cifra que los habilita a inscribirse en el RIGI para tener exenciones impositivas y libre disponibilidad para sacar divisas al exterior sin retenciones. Los gremios a los que pertenecían los trabajadores despedidos ya venían denunciando el vaciamiento y el abandono de la construcción del CAREM-25, un reactor similar al que ahora harán los estadounidenses en territorio argentino. 

    Menos de 48 horas después de la victoria por 3 a 2 ante Cabo Verde, un buque inglés invadió el Mar Argentino. El Patrullero oceánico HMS Medway de la Marina Real británica salió de las Islas Malvinas hacia el Estrecho de Magallanes con rumbo a Punta Arenas, Chile. Navegó por aguas de jurisdicción argentina a la altura de las provincias de Santa Cruz y Tierra del Fuego. La Armada Argentina y una aeronave de vigilancia (Cormorán) detectaron el desplazamiento del buque, que no contaba con aviso previo ni autorización correspondiente. La Cancillería emitió una nota de queja dos semanas más tarde, recién el lunes 13 de julio, antes de las semifinales. 

    Para pagar más de 2 mil millones de dólares de deuda, el gobierno anunció la privatización del ferrocarril Belgrano Cargas y nueve centrales hidroeléctricas y termoeléctricas en distintas provincias.

    El 6 de julio, Caputo anunció en el Palacio de Hacienda las nuevas privatizaciones de la etapa mileísta con el objetivo de pagar más de 2 mil millones de dólares de deuda mediante la venta de activos estatales y concesiones. Este plan para 2026 y 2027 incluye AySA, el ferrocarril Belgrano Cargas y dos centrales termoeléctricas, como parte de la venta de activos para la privatización total de Enarsa: San Martín, en Timbúes, Santa Fe; y Manuel Belgrano, en la ciudad bonaerense de Campana. También adelantó que van a avanzar con una nueva etapa de privatizaciones de centrales hidroeléctricas: son siete complejos ubicados en Mendoza, Salta, San Juan, Tucumán y Chubut. Ese mismo lunes, el gobierno también oficializó la ampliación de la concesión turística privada de las Cataratas del Iguazú en favor de la empresa La Gran Aventura Náutica SRL, en paralelo a la implementación de un programa de retiros voluntarios y un recorte presupuestario de más de 2.500 millones de pesos que afecta a 46 áreas protegidas del país. 

    El martes 7 de julio, día de la remontada histórica de Argentina frente a Egipto 3 a 2, la empresa belga Jan de Nul y la argentina Servimagnus —de la familia Neuss, amiga de Santiago Caputo—, se quedaron con la concesión del dragado y cobra de peaje por 25 años de la Vía Navegable Troncal en el río Paraná, por donde sale aproximadamente el 80% de las exportaciones argentinas al mundo. 

    Un día después, el Gobierno volvió a tomar deuda: esta vez por 3.200 millones de dólares con bancos del exterior y garantía de organismos internacionales. Las operaciones de crédito fueron acordadas con el Santander, el BBVA y el Deutsche. Con esos fondos, se enfrentará el vencimiento con los bonistas privados. 

    Fútbol y política: ¿asuntos separados?

    Hasta antes del partido entre Argentina e Inglaterra, los eventos de la política y el fútbol corrían por líneas paralelas. Pero un día antes del encuentro, la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, contó que aceptaron, sin resistencia, la prohibición del ingreso de banderas con “mensajes políticos” (es decir, sobre las Islas Malvinas) al estadio. El fantasma de Diego recorrió el mundo y el recuerdo del 86, con la Mano de Dios y el Gol del Siglo, revivieron en los cines y en los links viralizados de la película El Partido.

    El miércoles 15 de julio, un héroe anónimo se robó la sábana de la habitación del hotel, escribió el mensaje prohibido y lo entró de canuto al estadio. En el Mercedes-Benz Stadium de Atlanta, Argentina ganó 2 a 1. El hincha anónimo revoleó el trapo a los jugadores. El único que lo vio caer fue Giovani Lo Celso, y fue por él. Se le sumó primero Lisandro Martínez y después el resto de los jugadores, que lo desplegaron y exhibieron a las cámaras. Las Malvinas son argentinas. La prensa mundial difundió el mensaje y se replicó al infinito. En un reportaje después del partido, Lionel Messi, que nunca suele hablar de política, le dedicó el triunfo a la gente, que durante los mundiales “se olvida de todo lo mal que le toca pasar” y a los que “no tienen trabajo y no llegan a fin de mes”.

    En Argentina se celebró como una final. Las esquinas más concurridas de cada barrio se llenaron de felicidad popular. Como suele ocurrir, el festejo masivo fue en el Obelisco. Familias y amigos cantaron el Himno, “La cuarta estrella”,, “Muchachos” y la Marcha de las Malvinas. El grupo de activistas Sonsincuenta proyectó el mensaje: «Milei, las Malvinas no se entregan. El que no salta es Margaret Thatcher». 

    El 16 de julio, el periodista Simon Jenkins publicó una columna en el diario inglés The Guardian  donde sostiene que las Islas “no pueden ser británicas para siempre”. “Las Malvinas” se transformó en la frase más buscada en Google y millones de personas alrededor del planeta conocieron el conflicto bélico entre un país del sur del mundo y una potencia invasora, en una una acción de comunicación diplomática masiva, inesperada y más efectiva que cualquier reclamo público hasta el momento.

    Después de levantar el trapo de Malvinas, fracasó en el Senado el tratamiento de la Ley de Tierras. Se filtraron chats de un grupo de senadores libertarios donde Victoria Villarruel acusa a su propio gobierno de querer “vender el país”.

    En el gobierno todo fue confusión. Milei declaró en Radio Mitre que “no hay que caer en gestos de patrioterismo barato y berreta” y que la diplomacia que están llevando ante la ONU es “inteligente” y “sabia”. El presidente omitió decir que su gobierno se retiró paulatinamente de ese foro internacional donde se exhiben los reclamos por los conflictos bélicos.

    Un día después, en el Senado se cayó por tercera vez la sesión para tratar la eliminación de la Ley de Tierras que quita los topes a las compras de territorios rurales por parte de extranjeros. Su debate en el recinto se pospuso para el 6 de agosto. A la mañana siguiente, el diario La Nación publicó el contenido de un chat privado de senadores libertarios en el que Victoria Villarruel y Patricia Bullrich se pelean y la vicepresidenta acusa a su propio gobierno de querer “vender el país”. 

    Si bien Bullrich venía teniendo un juego autónomo —cada vez que los números de las encuestas muestran que la imagen de Milei cae, el poder económico busca un eventual sustituto con miras a 2027—, en ésta se alineó con los hermanos Milei y se puso a construir mayorías en el Senado. El dictamen del proyecto tuvo 16 versiones, borradores que fueron y vinieron de Casa Rosada a la Cámara Alta. El que no acepta las reversiones en Balcarce 50 es Federico Sturzenegger, el autor de la iniciativa que, más que un ministro argentino, parece un amanuense de los tecnobrós que andan buscando dónde instalar data centers a bajo costo ante quienes la Patagonia, con sus bajas temperaturas y grandes cursos de agua, se muestra como un paraíso. La ley de “inviolabilidad de la propiedad privada” viene a coronar un cuadro legal más complejo compuesto también por el RIGI —que habilita la prioridad de uso de un insumo clave como el agua, que tienen las empresas por sobre la población local—, la modificación de la ley de Glaciares —que achica la zona protegida, provincializa la decisión de avanzar contra la reserva de agua y habilita a proyectos mineros— y la ley de sociedades que todavía no se giró al Congreso, que desliga al empresario de cualquier responsabilidad social ya que pasarían a ser sociedades automatizadas operadas por inteligencias artificiales gobernadas por blockchain. 

    El viernes 17 de julio, Adrián Ravier posteó: “Siendo un país bananero, nunca vamos a recuperar las Malvinas”. Al nuevo vocero le llovieron críticas de todos lados y en conferencia de prensa negó haber dicho que Argentina fuera un país bananero. Al día siguiente los argentinos coparon Time Square con parrillas y choripanes. 

    Héroes y villanos

    Durante todo el mundial Argentina fue atacada en redes, streams y medios tradicionales de todo el mundo. A las acusaciones de racismo se sumaron el actor Samuel Jackson, el economista griego Janis Varoufakis, el alcalde neoyorkino Zohran Mamdani y la progresía europea colonialista. Además, se advertía en las redes que teníamos arreglado el Mundial. En la previa a la final con España, Donald Trump buscó acaparar el protagonismo mientras ese mismo día el Comando Central de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos (Centcom) perpetraba nuevos bombardeos aéreos contra objetivos de Irán por novena jornada consecutiva después de que Washington diera por reiniciado el conflicto la semana anterior. Durante el certamen, el único suelo estadounidense que pudo pisar el plantel iraní fue el césped de los estadios, porque estuvieron obligados a volverse a hacer noche a Tijuana. De igual modo, los iraníes fueron los primeros jugadores en aprovechar las cámaras de todos los medios del mundo para visibilizar un mensaje político en medio de un conflicto bélico varios partidos antes de que hicieran lo propio los jugadores argentinos: llevaron brazaletes negros para visibilizar el bombazo yanki a la escuela de su país. 

    El horizonte de los próximos meses encuentra al gobierno con los desafíos que implicarán la subida del dólar y su posible impacto en la economía, la articulación social que pueda generarse a partir de la movilización del 6 de agosto, y la aceleración de la rosca de cara a las elecciones 2027.

    En la final, durante el entretiempo, mientras las y los argentinos se comían los codos de los nervios en un partido en el que España había demostrado superioridad, actuaron Madonna junto Ronaldo Nazário y Ronaldinho, Shakira, Justin Bieber, BTS y los Muppets. Argentina perdió uno a cero. Lionel Messi lloró en la cancha y Lionel Scaloni lloró en la conferencia de prensa. Milei anunció un feriado que nunca sucedió. El lunes hubo que ir a trabajar. Llovía y hacía frío. Parte del plantel viajó al país y fue recibido por la gente que se acercó igual al aeropuerto de Ezeiza a brindar su amor y gratitud a los jugadores. 

    La hipótesis del aprovechamiento oficial de un eventual triunfo de la selección quedó atrás y si bien Caputo y Sturzenegger aprovecharon la distracción social para avanzar en toma de deuda y privatizaciones, la ley que habilita la venta de tierras a extranjeros tomó un nivel de conocimiento que no tenía antes del mundial y, por primera vez, después de tres intentos fallidos de tratamiento en el recinto, se organizó una marcha al Congreso en su contra para el 6 de agosto, a diferencia de lo que ocurrió con los cambios en la ley de glaciares, la reforma laboral, la baja en la edad de imputabilidad y el RIGI, que pasaron por el Congreso sin mayores resistencias adentro y afuera del palacio legislativo. Ahora la cosa parece haber cambiado. El gobierno dice tener los votos, pero la pelota, por ahora, está en el aire.

    El 6 de agosto el Senado planea votar el nuevo proyecto de Milei, la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, que dejaría sin vigencia la Ley de Tierras. Mientras tanto, afuera del Congreso la resistencia social involucra a movimientos sociales, científicos y hasta obispos. El reclamo tiene que ver con la tierra y el manejo del fuego, y arrastra la rabia por la entrega de los glaciares, de la hidrovía, de los bienes naturales, de la soberanía. Si esa ley se aprueba, los magnates tecnológicos podrán quedarse con el agua, la energía y el clima de la Patagonia, enclaves ideales para el mundo que imaginan.

    La entrada Hechos pelota se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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  • Michel calificó como «error político» las agresiones de Milei contra Lula

     

    El diputado nacional por Entre Ríos, Guillermo Michel, cuestionó conflicto con Brasil que desató el presidente Javier Milei con sus declaraciones contra Luiz Inacio Lula Da Silva y recordó que ese país es el principal destino de las exportaciones argentinas.

    «Independientemente del error político que implica involucrarse en la elección de un país hermano como el de Brasil y agredir a un gran dirigente como Lula es una torpeza atacar a su presidente», dijo.

    Además, planteó que Brasil es el principal destino de las exportaciones de Argentina y que a junio de 2026 acumula el 14% del destino de los productos que Argentina vende al mundo.

    Milei trató a Lula de «ladrón» en un acto con Flavio Bolsonaro y abrió un conflicto diplomático con Brasil

    «La Argentina, la industria argentina y el trabajo argentino están por sobre cualquier alineamiento político de los dirigentes de turno en nuestro país», expresó.

    Milei abrió en las últimas horas una inédita crisis diplomática con Brasil al insultar a Lula en su propio país, en un acto en San Pablo con el candidato opositor Flavio Bolsonaro.

    Más eufórico y descontrolado de lo habitual, el presidente argentino llamó a Lula «ladrón» y «presidiario» y lo acusó de intervenir en las pasadas elecciones argentinas para que ganen «los zurdos de mierda».

    La crisis diplomática se consumó a las pocas horas cuando el canciller brasileño, Maurio Vieira, llamó en consulta a su embajador en la Argentina, Julio Bitelli, un paso que suelen dar los países para mostrar un profundo desagrado y que puede derivar o no en la ruptura de relaciones.

    Previo a eso, el titular del PT brasileño, Edinho Silva, quien consideró que «resulta inaceptable que un jefe de Estado extranjero visite nuestro país y se dirija a sus poderes constituidos de manera irrespetuosa», y agregó que «no sorprende que el actual presidente de Argentina se comporte así». «Al fin y al cabo, existen numerosas situaciones recientes en las que ha demostrado no estar a la altura del cargo que ostenta», completó.

     

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    LIMPIEZA HEPÁTICA

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  • Se comenzó con el trabajo en el cordón cuneta de calle Libertad

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    ¿Argentina racista? La historia que muchos prefieren ignorar antes de señalar al país

     

    Durante las últimas semanas, y especialmente desde la final del Mundial, comenzó a expandirse por las redes sociales una campaña que intenta instalar una idea tan simple como efectiva: la Argentina sería un país esencialmente racista. Influencers con millones de seguidores, artistas, actores y comunicadores de distintas partes del mundo repitieron esa afirmación como si se tratara de una verdad indiscutible, muchas veces apoyándose en videos descontextualizados, fake news o episodios aislados convertidos en sentencia definitiva. Sin embargo, cuando el ruido de las redes deja paso a la historia, el relato empieza a resquebrajarse y aparece una pregunta incómoda: ¿con qué autoridad moral algunos países pretenden juzgar a la Argentina cuando buena parte de sus propias sociedades todavía conviven con problemas de discriminación, xenofobia y racismo mucho más profundos que los nuestros?

    Por Alcides Blanco para NLI

    La velocidad de un prejuicio

    Vivimos en una época en la que un video de treinta segundos parece tener más peso que doscientos años de historia. Un recorte editado, una frase fuera de contexto o un cántico repetido en una cancha pueden transformarse, gracias al funcionamiento de los algoritmos, en una supuesta radiografía cultural de un país entero. Eso fue exactamente lo que ocurrió con la Argentina. A partir de algunos episodios vinculados al fútbol, comenzó a construirse un relato según el cual el racismo no sería un problema presente —como lo es en prácticamente todas las sociedades del planeta— sino una característica constitutiva de la identidad nacional.

    El mecanismo resulta curioso porque reproduce exactamente aquello que dice combatir. Se toma la conducta de un grupo reducido de personas y se la convierte en la esencia de cuarenta y siete millones de habitantes. En otras palabras, se estigmatiza a todo un pueblo por acciones individuales, un procedimiento que no es otra cosa que un prejuicio.

    Naturalmente, la Argentina no está exenta de expresiones discriminatorias. Sería absurdo negarlo. Existen actos racistas, xenófobos y antisemitas que deben ser denunciados y sancionados. Lo que resulta intelectualmente insostenible es sostener que esas conductas representan la identidad profunda del país, especialmente cuando la propia historia argentina ofrece evidencias exactamente en sentido contrario.

    Un país que abolía la esclavitud mientras otros todavía la defendían

    Hay fechas que ayudan a ordenar las discusiones. En 1813, cuando gran parte del continente americano todavía aceptaba la esclavitud como un elemento natural de la economía, la Asamblea del Año XIII aprobó la Libertad de Vientres, estableciendo que los hijos de mujeres esclavizadas nacerían libres. Aquella decisión no eliminó inmediatamente el sistema esclavista, pero marcó un rumbo político que terminaría consolidándose con la Constitución de 1853, que prohibió definitivamente la esclavitud en el territorio nacional.

    Conviene detenerse un instante en esa comparación histórica. Estados Unidos abolió la esclavitud recién en 1865, después de una guerra civil que dejó cientos de miles de muertos. Brasil lo hizo en 1888. Cuba, en 1886. La Argentina, con todas sus contradicciones, había iniciado ese camino varias décadas antes. No se trata de competir por quién fue más virtuoso, sino de poner las cosas en perspectiva cuando algunos pretenden presentar al país como si hubiera permanecido al margen de las grandes luchas por la igualdad.

    Tampoco puede olvidarse el papel desempeñado por los afroargentinos en la construcción de la Nación. Combatieron durante las Invasiones Inglesas, integraron masivamente los ejércitos de la Independencia y participaron en las campañas de San Martín y Belgrano. Sin embargo, durante mucho tiempo fueron invisibilizados por una historiografía que prefirió construir la ficción de una Argentina exclusivamente europea. Esa invisibilización existió y merece ser revisada, pero es muy distinta a sostener que nunca existieron o que el país edificó su identidad sobre la exclusión racial.

    En ese contexto también aparece una discusión historiográfica poco conocida. Diversos investigadores, entre ellos el reconocido historiador George Reid Andrews, recuperaron documentos y testimonios de época que alimentan la hipótesis de una posible ascendencia africana de Bernardino Rivadavia, primer presidente de la Argentina, conocido por algunos contemporáneos con el apodo de «Doctor Chocolate». El tema continúa siendo objeto de debate académico, pero resulta revelador porque muestra hasta qué punto la presencia afrodescendiente fue mucho más importante de lo que durante décadas quiso admitir la historia oficial.

    Una Constitución que invitó al mundo cuando otros levantaban fronteras

    Hay un texto que todos los argentinos aprendemos en la escuela y que, sin embargo, pocas veces dimensionamos en toda su profundidad. El Preámbulo de la Constitución Nacional afirma que los derechos allí consagrados se establecen «para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino». No habla de una religión determinada, de una etnia específica ni de un origen nacional privilegiado. Habla del mundo entero.

    No fue una declaración vacía. A partir de la segunda mitad del siglo XIX, la Argentina recibió millones de inmigrantes italianos, españoles, franceses, judíos perseguidos por los pogromos europeos, sirios, libaneses, armenios que escapaban del genocidio otomano, japoneses, coreanos y, más recientemente, enormes corrientes migratorias provenientes de Bolivia, Paraguay, Perú, Venezuela y otros países latinoamericanos. La identidad argentina no nació de la pureza, sino exactamente de lo contrario: de la mezcla.

    Mientras eso ocurría, muchas de las sociedades que hoy levantan el dedo construían políticas migratorias basadas en criterios raciales o mantenían colonias repartidas por África y Asia. La historia, otra vez, obliga a relativizar ciertos discursos moralizantes.

    Europa y el espejo que prefiere no mirar

    Buena parte de las acusaciones más resonantes contra la Argentina provinieron de Europa. Resulta inevitable preguntarse entonces qué sucede hoy mismo en ese continente.

    Cada año, miles de personas provenientes de África atraviesan el Mediterráneo en embarcaciones precarias intentando escapar de guerras, hambre o persecuciones. Miles también mueren en ese intento. Las imágenes de cuerpos flotando frente a las costas europeas se repiten desde hace años sin que el continente haya encontrado una respuesta humanitaria acorde con los valores que suele reivindicar. Quienes logran llegar muchas veces permanecen hacinados en centros de detención o enfrentan crecientes discursos políticos que los presentan como una amenaza para la identidad nacional.

    No se trata únicamente de casos aislados. El crecimiento electoral de fuerzas de extrema derecha en Francia, Italia, Alemania, Países Bajos o España se explica, en buena medida, por plataformas que hacen de la inmigración y del rechazo al extranjero uno de sus principales ejes políticos. Resulta difícil ignorar esa realidad cuando desde esos mismos países se pretende presentar a la Argentina como una excepción mundial en materia de discriminación.

    Estados Unidos y una memoria demasiado corta

    Algo parecido ocurre con Estados Unidos, donde numerosas figuras públicas se sumaron a la ola de críticas. Conviene recordar que la segregación racial fue política oficial hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX y que millones de ciudadanos afroamericanos vivieron durante décadas sometidos a leyes que separaban escuelas, hospitales, transportes públicos y espacios de convivencia según el color de la piel.

    La Ley de Derechos Civiles recién fue aprobada en 1964, casi ciento cincuenta años después de la Revolución de Mayo. El primer presidente afroamericano llegó a la Casa Blanca en 2008. Mientras tanto, los casos de violencia policial contra ciudadanos negros continúan generando movilizaciones masivas bajo consignas como Black Lives Matter, demostrando que el problema dista mucho de haber sido resuelto.

    Nadie sostiene por ello que Estados Unidos sea únicamente racismo. Sería una simplificación injusta. Exactamente la misma injusticia implica reducir toda la historia argentina a algunos videos virales difundidos por las redes sociales.

    Palestina, los pueblos originarios y las contradicciones de toda nación

    Otra de las paradojas aparece cuando se observan las posiciones internacionales. La Argentina reconoció oficialmente al Estado de Palestina en 2010, sosteniendo una política exterior basada en el derecho a la autodeterminación de los pueblos mucho antes de que varios países europeos adoptaran decisiones similares. Es cierto que el gobierno de Javier Milei modificó esa tradición mediante un alineamiento explícito con Benjamin Netanyahu, pero también es cierto que un gobierno nunca agota la identidad política ni moral de un pueblo. Confundir ambas dimensiones constituye un error analítico tan frecuente como peligroso.

    Sería igualmente deshonesto omitir las deudas propias. La «Conquista del Desierto» implicó violencia, despojo y muerte para numerosos pueblos originarios, una tragedia que forma parte de nuestra historia y que debe ser estudiada sin eufemismos. Sin embargo, también es cierto que la reforma constitucional de 1994 reconoció expresamente la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas y les otorgó derechos específicos que hoy poseen jerarquía constitucional. Las sociedades maduras no son aquellas que niegan sus errores, sino las que son capaces de incorporarlos críticamente a su memoria colectiva.

    Mucho más que un algoritmo

    Quizá el problema de fondo sea que las redes sociales necesitan relatos simples. Es más fácil instalar que «los argentinos son racistas» que explicar dos siglos de historia, de inmigraciones, de conflictos sociales, de avances, retrocesos y contradicciones. Los algoritmos premian las etiquetas; la historia, en cambio, obliga a pensar.

    La Argentina no necesita inventarse un pasado perfecto para responder a esa campaña. No fue una nación sin desigualdades ni discriminaciones, como tampoco lo fueron Francia, España, Estados Unidos o cualquier otra sociedad contemporánea. Pero existe una diferencia fundamental entre reconocer las propias deudas y aceptar una caricatura construida sobre prejuicios.

    Porque cuando se deja de mirar apenas el último video viral y se observa el recorrido completo de la historia argentina, aparecen un país que inició tempranamente el camino hacia la abolición de la esclavitud, que escribió en su Constitución una invitación abierta a todos los habitantes del mundo, que se construyó a partir de sucesivas olas inmigratorias, que reconoció derechos a pueblos históricamente postergados y que, con avances y retrocesos, hizo de la integración uno de los pilares de su identidad nacional.

    Por eso, antes de repetir consignas nacidas al calor de una campaña viral, tal vez convenga hacer un ejercicio mucho más incómodo: mirar la propia historia con la misma severidad con la que se pretende juzgar la historia ajena. Muchas de las voces que hoy acusan a la Argentina descubrirían entonces que los mayores fantasmas del racismo no viven precisamente al sur del mundo, sino bastante más cerca de sus propias casas.

     

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