Escribe Caro Paredes:

Los extraños sonidos de los teros desorbitan a la familia Garabito quienes miran
hacia la garganta del río Cau-Cau y esperan la llegada del catamarán que habían
rentado exclusivamente para ellos. Los pájaros parecen tener mucha actividad porlas mañanas y mientras unos se ponen de acuerdo para chistar “CHI LEEE”, otrabanda de la misma especie termina la oración con “LEEEE”, mientras otra bandacomienza con “CHIIIII”. El niño lleva sus manos a los oídos y mira cada tanto para losadentros de la selva densa por miedo que las aves se aproximen a atacarlo. Mientrasfrotan sus manos y se sirven café espera la familia Garabito, resacosos por las festivas noches con pisco sour. Don Aurelio se acerca a ellos muy tranquilamente, les lleva el bote. Su cara agrietada y las marcas de cicatrices le dan un toque folk a estas vacaciones familiares. Muy cuidadosamente y tras escuchar con mucha atención a las instrucciones de Don Aurelio la familia se embarca y comienza la navegación por uno de los ríos sinuosos de este místico pueblo. Mientras recorren el río, fotografían las orillas arboladas y con pequeñas casitas de madera que le dan un tono muy alegre.

Los niños con sus celulares no parecen prestar atención a tan espectacular evento. El viento que empieza a soplar cada vez más fuerte marea las copas de los Coigües que se golpean unas contra otras, creando una fiesta de hojas que caen al suelo húmedo con mucho peso, como si fueran puños. Las olas que llegan desde el catamarán a las orillas lo hacen con tanta fuerza que la tierra y las piedras recogen esa información y la llevan a los pies de los árboles. Las raíces se hinchan y comienzan a fortalecer las articulaciones con otros pies, como sangre que circula con más intensidad ante los bombeos del corazón de la tierra.Ante las demandas de aburrimiento, el señor Garabito aumenta la velocidad conánimos de darle a la familia un poco de diversión. Más fuerte chocan las copas de los árboles, más rápido intercambian salva roja las raíces y más hinchadas se agrandan; tan así que pequeñas explosiones en la tierra se despiden dejando ver algunas puntas que se destierran. La velocidad se pronuncia cada vez más. El señor Garabito, sobreseído con la máquina, observa un tumulto a unos kilómetros enfrente del bote vertiginoso. Frena súbitamente y los miembros de la familia caen en seco quedando desparramados en diferentes partes. Sin advertir la presencia del catamarán, una familia de cisnes cruza el río Cau-Cau en lenta harmonía. Minutos que parecen la eternidad. Continúan la navegación hasta que la Sra. Garabito observa una pequeña choza en la orilla que lleva un cartel precario con el nombre “El Bar del Río” y le exige al conductor que se desvíe. Este es un muy buen momento para una merienda local.

Al bajar del barco, un número de animales desfilan por delante y por detrás del bar, en busca de los últimos hilos de sol y restos de comida del mediodía; tres chanchos, siete perros, un burro, cinco gansos y dos gatos idénticos y negros. Una criatura esquelética con pollera colorada y blusa amarilla revolotea a los gritos agudos ¡HUMANOIDES! …¡HUMANOIDES! El menor de los Garabitos se abalanza a las calzas de la madre cuando advierte que a ésta gallina le faltan los ojos. Ante el eufórico griterío, una señora de voluptuosa medida, carnes grandes y ojos saltones, sale a los chancletazos maldiciendo a los bichos ¡YAA, MUÉVETE TU! Al ver a la familia, les acomoda la mejor mesa y los hace entrar. —Por favor, acomódense que enseguidita les traigo la tortilla ya —. El cansancio se comienza a asentar de apoco después de probar la gran Torobayo. Un par de pintas y ya están para dar terminada la jornada. Unos sonidos que parecen bocinazos de trompeta resuenan desde el río. Al salir de la choza un grupo de lobos marinos de gigantescos cuerpos, se encuentran recostados en el catamarán. El Sr. Garabito intenta sacarlos de ahí con un débil “SHHHH” “SHHHHHHH”, al cual uno de los bichos responde con un gran bostezo. Aliento a pescado muerto y algas podridas cubren el vehículo y se filtra por el olfato de los Garabitos. Uno de ellos se tapa la nariz con la manga del polar. Los lobos se encuentran cómodos y deciden descansar ahí. —Qué lata, los bichos estos malolientos no se van hasta que salga el sol. Pueden pasar la noche acá pero les voy a tener que cobrar — dice la señora ya cansada. Con los niños llorando y la mujer amargada, el Sr. Garabito mira su celular sin batería y asiente con la cabeza.
La familia Garabito experimenta así la primera y última visita a Chile; el próximo viaje sería a New York.

Colaboración: Luciana García
Portada: Claudia Beovide
Escribe: Caro Paredes

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