con-‘suelo-urbano’-se-dotara-de-servicios-a-loteo-barazzutti

Con ‘Suelo urbano’ se dotará de servicios a loteo Barazzutti

El Intendente Marcelo Orazi firmó con la Gobernadora Arabela Carreras el convenio para la implementación del programa ‘Suelo Urbano’ que contempla la obra de infraestructura básica para 107 terrenos del loteo Barazzutti con una inversión $21.615.872,05.

De esta manera se dotará de los servicios de red de agua, eléctrica y alumbrado público a este sector de la ciudad, dando respuestas a la demanda de las familias que esperan contar con esta infraestructura para poder empezar a construir.

Recordemos que hace unos días el municipio de Villa Regina concretó hace unos días la apertura de las calles en esa zona.

Difunde esta nota

Te puede interesar

  • Nuestro Milei

     

    Algo decisivo ha sucedido en la Argentina en estos últimos meses. Es difícil encontrarle un principio preciso porque es un proceso de acumulación: una paja y otra paja y otra paja hasta que al final llega la paja que quiebra el lomo del camello. O, como decimos en castellano, la gota que rebalsa el vaso. Pero está claro que para que una paja quiebre, que una gota rebalse, tiene que haber habido antes muchas gotas, muchas pajas.

    Y sobraban, sin duda. Pero en los últimos meses se ordenaron y se potenciaron las unas a las otras. Está, por un lado, el flanco corruptela: allí la pajagota fue el descubrimiento de que al vocero y muchacho de confianza del presidente Milei le dio un ataque de súbita riqueza que le permitió comprarse casas, cascadas, vacaciones de lujo, flippers de colección pero no le permitió declarar nada al fisco: su amigo y jefe ya tuvo que echarlo y él sigue sin poder dibujar una declaración para el juez que lo espera, tan paciente. El affaire Adorni se junta con la estafa de criptomonedas de la pareja presidencial –el hermano y la hermana–, el juicio a su ex cabeza de lista electoral en la provincia de Buenos Aires por sus negocios con narcotraficantes, la prisión en Bolivia de su ex jefe de campaña digital por mandar sicarios a matar a su novia embarazada, y varios casos más. Paja y gota significan que la acumulación termina por hacer sentido: ahora muy poca gente duda de que este gobierno sea muuuuy corrupto.

    Y está el flanco locura. La gotapaja es que se vuelve muy insoportable soportar a un señor cuya palabra más habitual –literalmente– es mierda, que usa sin cesar para atacar a sus inagotables enemigos, periodistas sobre todo pero no solamente. Es difícil imaginarse a un maestro de escuela gritando todo el tiempo a sus alumnos que son unos mandriles culo roto, un montón de mierda mal cagada, una basura puta rata, unos soretes. Así está la Argentina ahora: un presidente que no deja pasar un par de horas sin decir esas cosas, por twitter o por televisión, a alguien o a miles o a millones. Y la sospecha de que hay algo en él que no controla, sospecha que crece cada vez que da un discurso y se lanza a improvisar tonterías que se disuelven sin haber dicho nada o, en el mejor de los casos, logran contradecirse. Al maestro de escuela lo echarían. (Y además, pura y simple, la evidencia de que no hace su trabajo: en los últimos 30 días –agosto no es verano en Argentina– se pasó 25 sin ir a su oficina ni aparecer en público; nadie explicó nada. Tras casi tres años de gobierno todavía no fue a nueve de las 23 provincias argentinas; en cambio viajó 19 veces a Estados Unidos. El maestro ya está en la pura calle.)

    Pero el flanco social, sobre todo: el flanco social. La gran pajagota: la que quebró todos los lomos, rebalsó todos los vasos. Los cientos de miles de empleos perdidos, las decenas de miles de empresas cerradas, los sueldos degradados, el hielo de una economía que funciona para cada vez menos. Cada mes hay más personas que “no consiguen llegar a fin de mes”: que perdieron sus trabajos o los mantienen pero no cobran suficiente, que no pueden pagar la comida carísima, los transportes carísimos, el gas y la electricidad carísimos, y entonces recortan más y más sus vidas para tratar de conservarlas. Quizá la mejor síntesis de este momento sea la “crisis de la morosidad”: más de la mitad de los argentinos tiene deudas que no puede pagar. Y muchas de esas deudas implican montos tristes: 300.000 o 400.000 pesos, 180 o 240 euros. Son personas –millones de personas– que se endeudan con una tarjeta de crédito o un prestamista digital para poder comprar la comida de los chicos, y después no consiguen reembolsarla porque al mes siguiente todo sigue igual. (En nombre de la “libertad de mercado”, el gobierno de Milei eliminó los topes de las tasas de interés. Los bancos, que toman el dinero de sus clientes a un interés del 20% anual, les cobran un 70 u 80% por prestárselo. Y los usureros digitales, tipo Mercado Pago, pueden cargarles un 500%, un 700%, lo que sea, y muchos lo pagan porque no saben o no tienen más remedio. Es un mercado libre.)

    Así que así estamos: esa gota, esa paja, son lo más notable que ha sucedido en la Argentina en mucho tiempo. Este consenso bastante masivo de que tenemos un presidente loco, incoherente, dañino, rodeado de corruptos. Y sin embargo, aunque la mayoría está de acuerdo en todo esto, nadie está seguro de que no gane las elecciones de 2027: de que no sea reelegido.

    La explicación es obvia: no hay ningún candidato que reúna los apoyos suficientes como para vencerlo. La única razón por la que uno como Milei ganó la elecciones de 2023 fue precisamente esa: el desprestigio de todos los demás. Eso se mantiene porque los candidatos siguen siendo más o menos los mismos.

    Por eso es el momento de cambiar de pantalla. La oposición, las diversas oposiciones se dedicaron hasta ahora a tratar de poner en evidencia quién era Javier Milei y qué representaba. Ya lo lograron, grosso modo, pero ya no alcanza. Es hora de dejar de regodearnos en este placer masoquista que nos daba revolcarnos en el barro de su brutalidad, en la tristeza de preguntarnos cómo podía ser que la Argentina hubiera votado eso. Ok, ya lo votó, ya se jodió, ya se da cuenta: esa es la novedad. Ahora llegó el momento de lo más difícil: trabajar para concebir un candidato o candidata que sintetice todo el horror que tenemos ante lo que hicimos y ofrezca, sobre todo, el entusiasmo de armar algo mejor.

    No es fácil: muy pocas veces lo supimos hacer. Esta vez, por lo menos, nos queda muy claro cuál es el castigo por no haber sabido. Supongo que eso debería ser un incentivo. Así que, digo: dejémonos de hacerle caso al trasnochado y repetir y despreciar cada una de sus tonterías; ignorémoslo, dentro de lo posible, y concentrémonos en construir su reemplazo.

    Él supo. Lo más extraordinario que pasó en Argentina en mucho tiempo fue la aparición de un muñeco totalmente sorprendente que se llevó la mitad de los votos de aquellas elecciones. Nadie habría dicho que eso podría pasar. Ahora sabemos que pudo, o sea que puede. Por decirlo de una manera burda: es la hora de plasmar nuestro Milei. Sí, suena un poco horrible; mucho más horrible sonará si hay que aguantar al verdadero otros cuatro años, una vida.

    Y debe ser, por supuesto, lo contrario de este en casi todo pero, sobre todo, debe tener un toque radicalmente propio, diferente, y unas propuestas claras y precisas. No de oposición o contraposición; no, cuatro o cinco propuestas decisivas sobre temas centrales, un compromiso auténtico: si ustedes me eligen, en los primeros 100 días vamos a hacer esto y esto y esto. Y una persona y un equipo –un gran equipo, muchos equipos– que resulten creíbles.

    No es fácil, pero importa. Disculpen la grandilocuencia pero creo que es, por una vez, en serio, una cuestión de vida o muerte.

    La entrada Nuestro Milei se publicó primero en Revista Anfibia.

     

    Difunde esta nota
  • Villa Regina será sede de la Fiesta de la Sidra

    Con la idea de revalorizar una bebida de central importancia en la historia de Villa Regina se está gestando la Primera Fiesta de la Sidra de la región. A partir del reimpulso de la Cooperativa La Reginense en la elaboración de sidras y el trabajo que llevan adelante emprendedores y la Universidad Nacional de Río…

    Difunde esta nota
  • |

    PELIGRO DE DERRUMBE

    En Las Grutas los acantilados se están «disolviendo» debido a la filtración de aguas cloacales. Lo detectó un estudio. Es una erosión química, que producen las aguas negras, el agua dulce que escurre hacia el barranco también hace lo suyo. La falta de inversión es la ciudad costera es una constante, la semana pasada una fuerte…

    Difunde esta nota
  • | | |

    MODA CIRCULAR, SOBRE EL CONSUMO RESPONSABLE DE LA MODA

    En las familias numerosas es común que los hermanos más pequeños heredemos ropa de los mayores o de nuestros primos y primas, al menos así sucedía en mi casa. En principio, por una razón económica: éramos muchos y no era posible comprarle ropa nueva a cada uno. Entonces la ropa circulaba. También se conseguía en…

    Difunde esta nota
  • |

    El día que la Argentina tuvo su propia “ciudad de los muertos” y cambió para siempre la forma de enterrar a sus muertos

     

    Mucho antes de los cementerios-parque y de las grandes necrópolis suburbanas, Buenos Aires desarrolló una verdadera arquitectura de la muerte. El crecimiento de la ciudad obligó a trasladar cementerios, modificar costumbres y construir espacios monumentales donde las familias reproducían, incluso después de la muerte, las diferencias sociales de la vida cotidiana.

    Por Redacción de NLI

    Hay ciudades dentro de las ciudades que casi nunca miramos. Buenos Aires tiene una de ellas y está habitada por millones de personas que ya no están. Entre mausoleos, galerías, esculturas, árboles centenarios y calles perfectamente trazadas, los grandes cementerios porteños conservan una historia que excede ampliamente la cuestión funeraria. Son archivos arquitectónicos, sociales y políticos donde pueden leerse las transformaciones de la Argentina, desde la epidemia de fiebre amarilla hasta la inmigración masiva, el ascenso de las clases medias y la construcción de una identidad nacional.

    El caso más conocido es el Cementerio de la Recoleta, pero su historia no comienza allí. Antes de que ese lugar se convirtiera en una de las necrópolis más famosas de América Latina, Buenos Aires había tenido otros cementerios ubicados mucho más cerca del centro urbano. El crecimiento demográfico y las sucesivas epidemias obligaron a las autoridades a replantear dónde y cómo debía enterrarse a los muertos.

    El problema era sanitario, pero también profundamente cultural. Durante siglos, enterrar a una persona había estado ligado a iglesias y parroquias. La expansión de las ciudades modernas comenzó a separar progresivamente la muerte del espacio religioso y a convertir los cementerios en instituciones públicas, organizadas, reglamentadas y administradas por autoridades civiles.

    La muerte también cuenta la historia de una ciudad

    El traslado de los cementerios porteños estuvo estrechamente relacionado con las grandes epidemias que golpearon a Buenos Aires durante el siglo XIX. La fiebre amarilla de 1871, que provocó una de las mayores tragedias sanitarias de la historia argentina, aceleró una transformación que ya estaba en marcha: los cementerios ubicados dentro de zonas densamente pobladas comenzaron a ser considerados un problema para la salud pública.

    La epidemia dejó decenas de miles de muertos y produjo una conmoción social enorme. Las autoridades comprendieron que la expansión urbana exigía nuevas políticas sanitarias, sistemas de agua y cloacas, hospitales y también una reorganización de los espacios destinados a los entierros.

    Fue en ese contexto que adquirió importancia el Cementerio de la Chacarita, creado originalmente como consecuencia de la emergencia sanitaria. Lo que comenzó como una solución frente a una catástrofe terminó convirtiéndose en una de las principales necrópolis de la ciudad.

    Pero mientras Chacarita adquiría una función más vinculada con el entierro masivo y popular, Recoleta desarrollaba otra característica: la monumentalidad.

    En sus calles internas aparecen mausoleos familiares, esculturas, vitrales y obras realizadas por arquitectos y artistas de enorme prestigio. La explicación no es solamente estética. El cementerio se transformó también en un escenario donde las familias pertenecientes a los sectores más acomodados podían exhibir su posición social.

    La ciudad de los vivos tenía sus palacios, sus avenidas y sus grandes edificios. La ciudad de los muertos también tenía los suyos.

    Una sociedad entera quedó dibujada en sus mausoleos

    Caminar por un cementerio monumental permite descubrir algo que los libros de historia muchas veces no muestran: cómo una sociedad quería ser recordada.

    Los mausoleos familiares muestran apellidos vinculados con la política, la economía, las Fuerzas Armadas, la cultura y las grandes familias tradicionales. Pero entre esas construcciones también aparecen nombres de inmigrantes que lograron ascender socialmente y quisieron dejar una marca visible de ese recorrido.

    La arquitectura funeraria se convirtió así en una especie de autobiografía colectiva.

    Hay familias que eligieron monumentos sobrios; otras construyeron verdaderos templos en miniatura. Algunas encargaron esculturas de mármol importado y otras incorporaron símbolos vinculados con profesiones, creencias o acontecimientos familiares. Cada decisión transmitía una idea sobre quién había sido aquella persona y qué lugar había ocupado dentro de la sociedad.

    El fenómeno no fue exclusivamente argentino. En las grandes ciudades de Europa y América, los cementerios monumentales se convirtieron durante los siglos XIX y XX en verdaderos espacios de representación social. Pero en Buenos Aires adquirieron una particularidad vinculada con la historia de una ciudad que recibió millones de inmigrantes y experimentó una transformación social extraordinariamente rápida.

    En pocas generaciones, una familia podía pasar de la pobreza de los conventillos a la prosperidad económica. El mausoleo podía funcionar entonces como una declaración pública de ese ascenso.

    La muerte, paradójicamente, se convirtió en otra forma de contar la movilidad social.

    Cuando los cementerios dejaron de parecerse a una ciudad

    Durante el siglo XX comenzó a cambiar nuevamente la relación de los argentinos con la muerte. La expansión de las ciudades llevó los cementerios cada vez más hacia las periferias. Aparecieron nuevas formas de entierro, nichos, bóvedas colectivas y, posteriormente, cementerios privados y parques.

    También cambió la arquitectura. Los enormes mausoleos familiares dejaron de tener el protagonismo que habían alcanzado décadas atrás y comenzaron a ganar espacio soluciones más simples y funcionales.

    La transformación no fue solamente económica. También cambió la relación cultural con la muerte. Las sociedades urbanas modernas tendieron a esconder cada vez más aquello que antes formaba parte visible de la vida cotidiana. Los antiguos velorios prolongados, las procesiones y determinadas ceremonias familiares fueron perdiendo presencia.

    Los cementerios monumentales quedaron entonces como testimonios de una época en la que la muerte todavía ocupaba un lugar mucho más visible dentro de la vida social.

    Y por eso resultan tan interesantes.

    No son simplemente lugares donde descansan personas famosas. Son documentos históricos construidos en piedra. En ellos pueden estudiarse estilos arquitectónicos, transformaciones sociales, epidemias, migraciones, conflictos políticos, religiones, profesiones y hasta las aspiraciones de una sociedad.

    Quizás por eso recorrer una necrópolis antigua produce una sensación extraña: uno camina por calles silenciosas, pero cada esquina cuenta una historia. Una escultura puede hablar de una tragedia familiar. Una fecha puede recordar una epidemia. Un apellido puede conducir hasta una empresa, un partido político o una institución que todavía existe.

    Buenos Aires tiene varias de estas ciudades silenciosas. Y aunque millones de personas pasan cada año frente a sus puertas sin detenerse, detrás de ellas existe una parte fundamental de la historia argentina.

    Porque los vivos construyen ciudades para vivir, pero también construyen lugares para ser recordados. Y cuando esas construcciones sobreviven durante más de un siglo, terminan contando una historia que ya no pertenece solamente a quienes fueron enterrados allí.

    También pertenece al país que dejaron atrás.

     

    Difunde esta nota

Deja una respuesta