SE APROBÓ LA COLOCACIÓN DE SEMÁFOROS SONOROS EN VILLA REGINA

Ayer se aprobó la ordenanza que prevee la colocación de semáforos sonoros en 5 esquinas semaforizadas de la ciudad. La ordenanza, iniciativa del Consejo Local de Discapacidad, fue aprobada por unanimidad. De la sesión participó la Arquitecta Rosana Cisint coordinadora del COPLADE y expuso el informe que trabajaron a pedido de la comisión de planificación.

En el tratamiento de la ordenanza hay dos cosas para celebrar: Una es la aprobación de la misma que hace dos años navega en el CD y mejora aunque sea mínimamente la accesibiliad de una minoría en la ciudad, y la otra es darle lugar al COPLADE (más allá del tema particular) en cuestiones de planificación, por supuesto planteó una mirada más abarcadora y profunda de los problemas de accesibilidad que tiene nuestra ciudad. Una ciudad inviable con grandes obstáculos urbanos y naturales. Bien aprovechada la intervención

En esa lectura profesional realizada por el COPLADE se busca un diseño universal orientado al diseño de soluciones que respondan a las necesidades de una amplia gama de usuarios, una cadena de accesibilidad y no soluciones desarticuladas.

Los problemas de accesibilidad, de planificación integral, una secretaria de planificación; es algo que venimos planteando hace rato. Lo importante es que la participación del COPLADE y del colegio de arquitectos no sea esporádica e intermitente, sino más bien constante y recurrente para poder atacar los problemas de planificación y accesibilidad de una manera profunda.

Resta por ver si la colocación de los semáforos sonoros se ubicarán en los puntos que habían planteado entre la dirección de tránsito y el Consejo Local, o se pondrán en discusión mediante los aportes que hizo el COPLADE donde se analizan otras posibles esquinas.

La lectura que hizo el COPLADE sobre la ubicación de los semáforos sonoros no es la misma que hizo el Consejo Local, siendo lógico ya que una mirada es netamente participativa y la otra profesional. La reunión que mantuvieron los concejales de la comisión de planificación, en conjunto con COPLADE y el dir de tránsito Mario Figueroa durante esta semana; no contó con la participación de integrantes del consejo de discapacidad. De haber participado gente del Consejo se podría haber debatido sobre la ubicación de los primeros 5 semáforos, probable próximo paso luego de la aprobación de la misma. Esta colocación sería una primer etapa y en la segunda se podrían colocar los 5 restantes (en Regina hay 10 semáforos).

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Respecto a la ubicación de los dispositivos aprobados por ordenanza el COPLADE hizo hincapié y analizó los principales puntos neurálgicos que ocasionan una verdadera barrera física en la vida cotidiana de todos los ciudadanos y especialmente en los que por algunas de las razones ya expuestas, presentan una disminución funcional. A continuación

La Ruta 22 representa una de nuestras mayores barreras urbanas, mas aún hoy con su condición de Autopista donde el cruce peatonal se torna de alto riesgo ya que los flujos de circulación vehicular son intensos o de alta velocidad.
Los cruces semaforizados y  las pasarelas peatonales no garantizan el cruce seguro; no resuelven una mejor condición de accesibilidad a las personas, debido a que no está resuelta de manera accesible las llegadas y salidas a las mismas, no  existe  un  itinerario  accesible  hacia  ellas,  las  pendientes  que  presentan ocasionan la  necesidad  de  asistencia para el cruce a personas en sillas de ruedas o con motricidad reducida; con lo que atentan contra la autonomía de una gran fracción de Ia comunidad, dejando en evidencia su limitado uso.
En la consideración de generar un itinerario accesible, es fundamental el análisis del espacio urbano, generando circuitos que vinculen avenidas principales, calles secundarias, paradas de colectivos y accesos al transporte.
Esto es fundamental, para que la elección de la localización de los mencionados semáforos sonoros responda a las necesidades en función del espacio urbano, máxime teniendo en cuenta, que dichas instalaciones se harán en progresivas etapas.

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En su informe el COPLADE también sumó algunas alternativas en pos de una ciudad más accesible, luego de hacer hincapié en la barrera urbana más importante que tenemos que es la Ruta Nacional 22 complejizada al convertirse en autovía. Compartimos algunas de las alternativas para generar mayor accesibilidad no solo para personas con discapacidad sino también, por ejemplo, a los que integran las distintas etapas del desarrollo humano (niñez, vejez, embarazadas).

Semáforo peatonal con cuenta regresiva.

Al igual que los con luces parpadeantes, los semáforos con cuenta regresiva informan sobre el momento del cambio de luz, aunque lo hacen en segundos, así el peatón sabe cuánto tiempo falta para la luz verde o, cuando esta cambiara a roja.

Semáforo peatonal para personas con discapacidad visual

Los semáforos tradicionales, indican cuando cruzar mediante el uso de luces, algo que no sirve para quienes tienen algún tipo de discapacidad visual.
Para ellos existen semáforos que, además de usar luces, indican cuando toca el turno de cruzar con una señal audible, la cual también avisa cuando esta por cambiar con una leve variación del pitido que emiten.

La tecnología mencionada, haciendo uso de los semáforos peatonales sonoros, pertenecen  a  un  conjunto  de  dispositivos  que  aumentan  la  accesibilidad peatonal, logrando de esta manera la inclusión social de todas las personas. El uso autónomo de los mismos resuelve las desigualdades para poder desenvolverse en una sociedad que no ha contemplado las necesidades de estas personas.

Los semáforos con cuenta regresiva numérica y sonora indican a todas las personas el tiempo disponible para el cruce de la calle.

Los semáforos sonoros, si bien indican en qué momento el mismo se encuentra en verde, habilitando al peatón con una discapacidad visual (ciegos y disminuidos visuales) para cruzar, no le indican en forma numérica el tiempo que le queda para hacerlo, lo que resta precisión a la información relacionada con el cruce.
Los puntos donde sean colocados, responden a salvar las situaciones de riesgo, generadas por el alto tránsito, o de mayor afluencia de personas circulando la vía pública.

Sincronización de semáforos en «onda verde»

A los efectos de mejorar la fluidez del tránsito y Ia seguridad vial una alternativa viable, puede darse con la sincronización de ondas verdes materializadas con semáforos que en horarios pico, en sintonía con los que operan en los cruces de Ia multitrocha, permitirían garantizar la seguridad de Ia población en general, atender y proteger aún más a los colectivos vulnerables, como niños, mayores y personas con movilidad reducida o discapacidades diversas.

Distintos estudios, en diferentes ciudades,  concluyen, que se fundamenta la medida al indicar que «las personas con discapacidad y su entorno se enfrentan cotidianamente a situaciones que generan tensión física y psíquica; las tareas que para la mayoría de las personas son sencillas y rutinarias -como ser caminar por la calle- pueden resultar para las personas con discapacidad un obstáculo arduo y hasta insalvable.

Conclusión del informe

Par todo  lo  detallado,  se  concluye,  que existe en  nuestra ciudad,  un  gran condicionamiento  para el  normal  desarrollo de  la vida cotidiana, que es la convivencia de nuestra ciudad y la ruta.

Entendiendo que pone en situación de peligro constante, el traspaso de la misma, a la comunidad toda, amerita la consideración de un tema que es de interés común poder resolver.

El poder aplicarlo en los cruces semaforizados de la autovía, favorece a la comunidad toda; y el considerarlo para al resto de las esquinas semaforizadas de la  ciudad,  permite  la  accesibilidad  peatonal,  logrando  de  esta  manera  la inclusión social de todas las personas.

La seguridad peatonal es una responsabilidad compartida. Todos los usuarios de las vías públicas tienen un papel que desempeñar para proteger mejor a los peatones y hacer del mundo un lugar seguro para caminar, incluidos los propios peatones.

Sin embargo, son los gobiernos quienes están en mejor posición de llamar la atención sobre las necesidades específicas de los peatones, promulgar y hacer cumplir leyes y normas para su protección y diseñar y construir entornos que contribuyan a prevenir la muerte y las lesiones de peatones y promuevan el andar a pie y garantizando la seguridad para todos los usuarios de las vías públicas, incluidos niños, adultos mayores y las personas con discapacidad, quienes figuran entre los peatones más vulnerables.

Existen intervenciones eficaces para proteger mejor a los peatones, y su ejecución pasa  por  un  enfoque  integral  centrado  en  una  combinación de  ingeniería, observancia y educación.

La implementación de estos semáforos mejorará la calidad de vida,  les dará autonomía y accesibilidad a las personas con discapacidad visual, que son quienes están más expuestos al transitar por las calles de la ciudad.

Los avisadores acústicos responden a la necesidad de facilitar la movilidad de las personas con discapacidad visual, incrementando de forma notable los niveles de seguridad vial y propiciando la consolidación de una ciudad más accesible, con atención preferente para las personas o colectivos que presentan algún tipo de discapacidad o que tienen necesidades especiales.

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    Qué es un Práctico: el desconocimiento de Sturzenegger que pone en peligro al comercio exterior argentino

     

    La reforma impulsada por el Gobierno nacional presenta al practicaje como un servicio costoso que debe abrirse a la competencia. Sin embargo, detrás de esa definición existe una profesión altamente especializada, indispensable para el funcionamiento de los puertos de todo el mundo y cuya desregulación genera preocupación entre especialistas en navegación. Cómo opera realmente el sistema, por qué ningún capitán puede reemplazar fácilmente a un práctico y qué riesgos plantea el Decreto 690/2026 para el principal complejo exportador argentino.

    Por Tomás Palazzo para NLI

    Durante los últimos días, millones de argentinos escucharon por primera vez hablar de los prácticos de puerto. El conflicto desatado tras la publicación del Decreto 690/2026, impulsado por el ministro de Desregulación y Transformación del Estado, Federico Sturzenegger, derivó en una medida de fuerza que paralizó el ingreso y la salida de buques en buena parte del sistema portuario nacional. Sin embargo, la cobertura mediática se concentró casi exclusivamente en el enfrentamiento entre el Gobierno y los profesionales del sector, dejando de lado una pregunta mucho más importante: ¿qué hace realmente un práctico y por qué prácticamente todos los países marítimos del mundo consideran indispensable su trabajo? La respuesta permite comprender que la discusión excede ampliamente una cuestión gremial o tarifaria y se introduce en un terreno mucho más sensible: la seguridad de la navegación, la protección ambiental y el funcionamiento del comercio exterior de un país cuya economía depende, en gran medida, de las exportaciones que salen por la Hidrovía Paraná-Paraguay.

    La lógica con la que el Gobierno abordó esta reforma no es nueva. Desde su llegada al poder, Milei y Sturzenegger vienen impulsando una profunda desregulación de múltiples actividades bajo una misma premisa: cuando existen pocos oferentes, la competencia es insuficiente y los precios son elevados, el Estado debe eliminar restricciones para permitir el ingreso de nuevos actores. Esa mirada puede resultar razonable cuando se trata de mercados comerciales tradicionales. Sin embargo, comienza a mostrar importantes limitaciones cuando se traslada mecánicamente a actividades cuya principal función no es competir por precio sino minimizar riesgos que pueden generar consecuencias económicas, humanas y ambientales de enorme magnitud. El practicaje pertenece precisamente a esa categoría.

    Cuando navegar se hace difícil

    Para comprender la dimensión del problema conviene imaginar el recorrido que realiza un buque cerealero que parte desde China o Europa con destino al complejo agroexportador del Gran Rosario. Luego de atravesar océanos durante varias semanas, la embarcación arriba al Río de la Plata y debe internarse en uno de los sistemas fluviales más complejos del planeta. A diferencia de lo que ocurre en alta mar, donde los grandes buques disponen de enormes márgenes para maniobrar, los canales navegables argentinos presentan profundidades limitadas, curvas pronunciadas, bancos de arena que cambian constantemente, fuertes corrientes, variaciones provocadas por crecientes o bajantes extraordinarias y un intenso tráfico de otras embarcaciones comerciales. Navegar por ese corredor exige un conocimiento extremadamente específico que ningún capitán extranjero puede adquirir durante un viaje ocasional.

    Es justamente allí donde aparece la figura del práctico. Contrariamente a la imagen simplificada que suele difundirse, no se trata de un acompañante ni de un asesor administrativo. El práctico es un capitán de ultramar especialmente habilitado para conducir técnicamente la navegación dentro de una jurisdicción determinada, aportando un conocimiento local que no figura en ninguna carta náutica ni puede ser reemplazado por la tecnología satelital. Su trabajo comienza incluso antes de subir al barco. Debe analizar el estado del río, la profundidad disponible, el tránsito existente, las condiciones meteorológicas, el comportamiento de los remolcadores y la situación operativa del puerto de destino. Una vez a bordo, coordina cada maniobra junto al capitán, indicando velocidades, puntos de giro, utilización de remolcadores, cruces con otros buques y márgenes de seguridad para evitar encallamientos o colisiones.

    En términos jurídicos, el capitán nunca deja de ser la máxima autoridad del barco. Sin embargo, en la práctica sigue las indicaciones del práctico porque sabe que ese profesional posee un conocimiento imposible de improvisar. La experiencia internacional demuestra que un capitán puede haber navegado durante treinta años por todos los océanos del mundo y, aun así, desconocer completamente las particularidades de un canal determinado. Los ríos cambian permanentemente. Una creciente puede modificar un banco de arena en cuestión de días; una bajante histórica puede alterar profundidades que durante años fueron seguras; una obra de dragado puede generar nuevas condiciones de navegación. Ese conocimiento dinámico sólo puede obtenerse mediante años de trabajo cotidiano en una misma zona.

    Esta característica explica también por qué el acceso a la profesión está tan regulado en todo el mundo. Para convertirse en práctico no alcanza con obtener un título universitario ni con aprobar un examen teórico. El aspirante debe haber desarrollado previamente una extensa carrera como oficial y capitán de buques de gran porte, acreditar miles de horas efectivas de navegación, superar exigentes evaluaciones técnicas y realizar un prolongado período de entrenamiento específico sobre la jurisdicción donde pretende trabajar. Cada habilitación corresponde exclusivamente a una zona determinada. Un práctico autorizado para operar en Bahía Blanca no puede trasladarse automáticamente a Rosario. Del mismo modo, quien conoce cada recodo del Paraná no necesariamente está capacitado para ingresar a Ushuaia o al puerto de Buenos Aires. La profesión se construye sobre el conocimiento local acumulado durante años y no sobre una licencia genérica para navegar.

    Este aspecto suele ser omitido cuando se habla de «abrir el mercado». La discusión no gira alrededor de una matrícula que el Estado entrega arbitrariamente a un grupo reducido de personas. Lo que limita naturalmente el número de prácticos es la enorme cantidad de años de formación necesarios para alcanzar el nivel de experiencia requerido. No existe una universidad que gradúe prácticos en cuatro o cinco años. La profesión constituye el último escalón de una carrera marítima extremadamente extensa, donde la experiencia vale tanto como el conocimiento académico.

    Un poco de Historia

    La propia historia de la navegación ayuda a comprender por qué esta función sobrevivió prácticamente intacta durante siglos. Desde la Antigua Grecia y el Imperio Romano existían navegantes especializados en conducir embarcaciones hacia puertos peligrosos o atravesar estrechos particularmente complejos. Con el desarrollo del comercio internacional, esa práctica fue institucionalizándose hasta transformarse en una profesión reconocida por todos los Estados marítimos modernos. Hoy, la Organización Marítima Internacional considera al practicaje uno de los componentes esenciales de la seguridad de la navegación, aunque deja la regulación concreta en manos de cada país. Lejos de desaparecer por efecto de la tecnología, el practicaje ganó importancia a medida que crecieron las dimensiones de los buques y aumentó el volumen del comercio mundial.

    Qué sucede en el mundo

    Por esa razón resulta llamativo que la discusión pública argentina haya sido presentada como si el practicaje constituyera una rareza corporativa propia del país. En realidad, ocurre exactamente lo contrario. Estados Unidos mantiene uno de los sistemas de practicaje más estrictamente regulados del planeta, administrado por cada Estado bajo supervisión de la Guardia Costera. Canadá organiza el servicio mediante corporaciones públicas regionales. Reino Unido delega la administración en autoridades portuarias especialmente habilitadas. Países Bajos, Alemania, Francia, España, Bélgica, Japón, Singapur, Corea del Sur, Australia, Brasil y Uruguay también exigen la presencia obligatoria de prácticos locales para la mayoría de los grandes buques que ingresan a sus puertos. Cambian los modelos administrativos, los mecanismos de contratación y las formas de fijar honorarios, pero prácticamente ningún país desarrollado considera que la navegación en zonas críticas pueda quedar librada exclusivamente a la lógica del mercado.

    El desconocimiento de Sturzenegger

    El Decreto 690/2026 modifica profundamente ese esquema en la Argentina. Bajo el argumento de reducir costos logísticos y fomentar la competencia, elimina diversas restricciones para el acceso a la actividad, habilita un registro abierto, modifica el sistema tarifario, permite nuevas modalidades de contratación y flexibiliza determinados supuestos en los que algunos capitanes podrían quedar exceptuados de contratar un práctico. Para el Gobierno, estas medidas terminarán con un sistema que considera cerrado y excesivamente costoso para el comercio exterior. Desde la perspectiva oficial, el practicaje constituye un servicio económico que debe funcionar bajo las mismas reglas de competencia que cualquier otro mercado.

    Sin embargo, allí aparece el núcleo de la controversia. Quienes cuestionan la reforma sostienen que el análisis de Sturzenegger parte de una premisa equivocada: considerar al practicaje exclusivamente como un costo logístico. En realidad, afirman, se trata de un sistema de gestión del riesgo. El honorario que percibe un práctico representa una fracción mínima del valor transportado por un buque cerealero o petrolero. En cambio, el costo potencial de un accidente puede ascender a cientos de millones de dólares si un barco bloquea un canal estratégico, produce un derrame de hidrocarburos o interrumpe durante semanas el funcionamiento de la principal vía exportadora del país. La ecuación económica, sostienen los especialistas, no debería medirse únicamente por el precio del servicio sino por el enorme volumen de pérdidas que contribuye a evitar.

    La discusión adquiere una dimensión todavía mayor cuando se observa el peso que la Hidrovía tiene sobre la economía argentina. Por ese corredor sale la inmensa mayoría de las exportaciones agroindustriales, principal fuente de ingreso de divisas para el país. Cada demora en la operatoria portuaria repercute sobre contratos internacionales, cronogramas logísticos, costos de flete y disponibilidad de dólares. En otras palabras, el funcionamiento del practicaje no sólo interesa a quienes trabajan en los puertos; constituye una pieza esencial de un sistema del que depende buena parte de la estabilidad económica nacional.

    Quizás el aspecto más preocupante del debate sea que la discusión pública terminó reducida a una confrontación entre el Gobierno y un supuesto «privilegio corporativo», sin que prácticamente nadie explicara cuál es la función concreta que cumplen estos profesionales. Cuando una actividad permanece invisible durante décadas suele ser porque funciona correctamente. Recién adquiere notoriedad cuando deja de hacerlo. Eso ocurrió con los prácticos. Millones de argentinos descubrieron su existencia únicamente cuando los puertos comenzaron a paralizarse. Pero la verdadera importancia de esta profesión no reside en la medida de fuerza sino en el hecho de que, durante décadas, permitió que miles de buques ingresaran y salieran de los puertos argentinos sin que la mayoría de la sociedad siquiera advirtiera su presencia.

    La reforma impulsada por Federico Sturzenegger plantea, en definitiva, una discusión que excede largamente el practicaje. Lo que está en juego es si todas las actividades pueden analizarse exclusivamente desde la óptica de la competencia y la reducción de costos o si existen funciones estratégicas donde la prioridad debe seguir siendo la seguridad, la experiencia profesional y la protección de intereses nacionales permanentes. La respuesta no sólo definirá el futuro de una profesión centenaria. También permitirá saber hasta dónde puede llegar una política de desregulación cuando se aplica sobre uno de los engranajes más delicados del comercio exterior argentino.

     

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