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ABEJAS: GUARDIANAS DE LA CADENA ALIMENTICIA

Desde 2015 las abejas aparecen en las búsquedas más populares de Google ¿Qué pasaría si se extinguieran? o ¿Cuál es la función preponderante de las abejas para el ecosistema y la cadena alimenticia? Son las preguntas más realizadas al buscador más usado del mundo, respecto a esta problemática existente a nivel global, poco visible por estos lares, pero realmente alarmante, directamente ligada a estos insectos herbívoros extremadamente sociables que viven en colonias y se organizan en una estricta jerarquía.

Hace unos años, que se vive una veloz y preocupante disminución en las poblaciones de abejas a nivel mundial. Algunas especies ya han desaparecido, y de otras quedan bajos porcentajes de su población original. Algunos estudios científicos concluyen que la disminución puede tener su causa en una combinación de factores, pero investigaciones independientes arrojaron una sólida evidencia que señala a los pesticidas (neonicotinoides) como culpables directos del exterminio de las abejas.

Ahora, ¿porque las abejas son tan importantes para el ecosistema, y en consecuencia para la vida de los seres vivos?

Estos ínfimos bichitos ayudan a producir y polinizar más de 1/3 del alimento consumido por los seres humanos y el resto del mundo salvaje. Las abejas polinizan todo lo que comemos y juegan un rol preponderante en el mantenimiento de los ecosistemas del planeta. Más de 400 tipos diferentes de plantas, necesitan abejas y otros insectos para mejorar su rendimiento, su calidad y asegurar su existencia. Estos incluyen gran variedad de frutas y verduras, frutos secos y plantas como los girasoles que se convierten en aceite, también los granos de cacao, café y té. Los cultivos para forraje para las vacas lecheras y otros tipos de ganado también son polinizados por las abejas. Al igual que los cultivos de algodón. Pero no solo es una cuestión beneficiosa para el ser humano, las semillas y frutas que comen las aves y los pequeños mamíferos provienen de plantas que son polinizadas por las abejas, lo que las convierte en guardianes de la cadena alimenticia y la biodiversidad de nuestra especie.

Las abejas son polinizadores industriales, que co-evolucionaron con plantas con flores durante millones de años. Las abejas necesitan las flores para alimentarse, mientras que la flor necesita la abeja para reproducirse. Y los seres humanos necesitamos que las plantas de flor produzcan.

¿Cómo afectan los pesticidas que usa el hombre a la vida de las abejas?

La clotianidina es un insecticida de la familia de los Neonicotinoides que son desarrollados por poderosas empresas internacionales. Los insecticidas son utilizados para el control de plagas que afectan a los cultivos, pero el efecto rebote cae sobre las abejas. En nuestra ciudad, puntualmente estos pesticidas no son utilizados a grandes escalas, pero si se utilizan otros que afectan de la misma manera. La clotianidina es absorbida por las plantas y luego liberada a través del polen y el néctar, haciéndola peligrosa para los insectos que se alimentan de estos productos de la planta. Básicamente, las abejas consumen el pesticida al hacer su trabajo y luego mueren.

Algunos países europeos comenzaron a prohibir dichos productos químicos, y las poblaciones de abejas se están recuperando. Pero otra vez la fuerza del capitalismo presionará para lograr que estos venenos se mantengan en el mercado, pisoteando lo que la madre naturaleza creó a la perfección, la cadena trófica (alimenticia) no puede tener grietas, debe funcionar sin fallas.

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    Cuando el sábado a la noche se bailaba en el club del barrio

     

    Los bailes de los clubes de barrio fueron una tradición argentina que reunió música, familias, jóvenes y comunidad durante décadas. Una mirada a aquella vida social.

    Por Alcides Blanco para NLI

    Hubo un tiempo en que para salir un sábado a la noche no hacía falta conocer la cartelera de una discoteca, reservar una mesa ni cruzar media ciudad buscando el lugar de moda. En buena parte de la Argentina, alcanzaba con caminar unas pocas cuadras hasta el club del barrio, donde podía haber baile, orquesta, buffet, pista, rifas, juegos, partidos, reuniones y, sobre todo, gente conocida. Durante décadas, esas instituciones fueron mucho más que espacios deportivos: funcionaron como verdaderos centros comunitarios en los que distintas generaciones compartían buena parte de su tiempo libre. En los años 60 y 70, los grandes bailes de carnaval y las fiestas organizadas por clubes llegaron a convocar multitudes, con artistas populares, orquestas y precios accesibles.

    El sábado empezaba mucho antes del baile

    La preparación para el baile también formaba parte del ritual. Había que decidir qué ponerse, arreglarse un poco más de lo habitual y, en el caso de los adolescentes, negociar con los padres la hora de regreso. Para muchos jóvenes, el club era además uno de los pocos lugares donde podían encontrarse con amigos y compañeros fuera de la escuela, el trabajo o la familia. La pista se convertía así en un territorio de sociabilidad donde se cruzaban generaciones y grupos que durante la semana tenían rutinas completamente diferentes. En algunos barrios, además, el baile estaba directamente vinculado con la identidad de la institución: el club organizaba la fiesta, vendía las entradas, contrataba a los músicos y convertía sus instalaciones deportivas en un salón de celebraciones.

    La escena podía ser muy sencilla: mesas alrededor de la pista, familias conversando, parejas jóvenes esperando que empezara la música y chicos que entraban y salían del salón. En otros casos, especialmente cuando llegaban artistas reconocidos, el acontecimiento adquiría una dimensión mucho mayor. Boca Juniors, Vélez Sarsfield, San Lorenzo y otros clubes fueron escenario de grandes bailes populares, en los que podían presentarse figuras de enorme convocatoria. En los años 60 tuvieron presencia artistas como Los Cinco Latinos y Los Gatos, mientras que durante los 70 los bailes de clubes porteños llegaron a reunir a figuras como Sandro, Palito Ortega, Leonardo Favio y Joan Manuel Serrat.

    La música también contaba la transformación de una sociedad que estaba cambiando rápidamente. El tango seguía presente, pero convivía con la música tropical, el folklore, el pop y el naciente rock nacional. En una misma década podían coexistir una orquesta de tango, una banda de música tropical y un conjunto juvenil que tocaba canciones eléctricas. Esa mezcla no era solamente musical: expresaba el encuentro entre generaciones y la incorporación de nuevas formas de vestirse, bailar y relacionarse. El baile era uno de los lugares donde los cambios culturales podían verse en vivo, sin necesidad de que nadie los explicara.

    El club como segunda casa

    El fenómeno no apareció de la nada. Los clubes de barrio se habían consolidado durante las décadas anteriores como organizaciones sociales profundamente arraigadas en los barrios populares y de clase media, vinculadas al deporte, la educación física, las actividades culturales y la vida comunitaria. Investigaciones sobre la historia de estas instituciones destacan precisamente su papel en la formación de la cultura popular argentina durante las décadas de 1930 y 1940.

    Por eso el club podía ser, para una familia, una especie de segunda casa. Allí se jugaba al fútbol, al básquet o al baby fútbol, se practicaba gimnasia, se organizaban campeonatos de cartas, se festejaban cumpleaños y se realizaban reuniones sociales. También estaban el buffet, el salón, las comisiones de vecinos y las actividades de las distintas categorías deportivas. En algunos lugares había biblioteca, teatro o cine. La institución pertenecía al barrio porque el barrio participaba activamente de su funcionamiento, una diferencia importante respecto de buena parte de los espacios de entretenimiento posteriores, cada vez más organizados alrededor del consumo.

    Los bailes tenían además una dimensión económica. Para muchos clubes, las fiestas constituían una fuente de ingresos que permitía financiar actividades deportivas y mantener las instalaciones. No era extraño que una noche de gran convocatoria sirviera para recaudar fondos destinados a comprar equipamiento, reparar el techo del gimnasio o sostener alguna disciplina infantil. El espectáculo y la vida comunitaria se mezclaban entonces de una manera que hoy puede resultar extraña: la diversión del sábado podía contribuir a pagar el funcionamiento cotidiano de una institución del barrio.

    Hacia fines de los 70 y durante las décadas siguientes, ese mundo comenzó a transformarse. Las nuevas formas de entretenimiento, la expansión de las discotecas, los cambios en las pautas de consumo y las modificaciones en la vida urbana fueron quitándole centralidad a los grandes bailes de club. Una mirada retrospectiva sobre aquella época señala justamente que hasta los años 70 los clubes podían concentrar una vida social intensa que luego comenzó a fragmentarse.

    La desaparición de aquellos bailes no significó solamente el reemplazo de un tipo de música por otro. También representó la pérdida progresiva de un espacio de encuentro territorial, donde era posible conocer a personas de distintas edades sin que existiera necesariamente una finalidad comercial detrás. El club seguía siendo club, pero algunas de las funciones sociales que había concentrado comenzaron a repartirse entre gimnasios, centros comerciales, discotecas, restaurantes, televisión y, mucho después, las nuevas formas de comunicación digital.

    Quizás por eso, cuando alguien recuerda aquellos sábados de baile, no está evocando únicamente una canción o una pista. Está recordando una forma de vivir el barrio. La entrada podía costar poco, la orquesta podía tocar durante horas y alguien podía terminar la noche sentado en una mesa conversando con personas que conocía desde hacía años. En tiempos en que buena parte del entretenimiento se consume de manera individual y a través de una pantalla, aquellos salones representan una experiencia diferente: la de una comunidad que se reunía físicamente para divertirse, encontrarse y, de paso, sostener la institución que consideraba propia.

    Los clubes de barrio todavía existen y muchos continúan cumpliendo funciones sociales fundamentales. Lo que cambió fue el lugar que ocupan dentro de la vida cotidiana. Aquellas pistas de baile llenas durante los sábados y carnavales forman parte de una Argentina que ya no existe de la misma manera, pero que dejó una huella profunda en la memoria de varias generaciones. Y quizá la mejor forma de entender aquellos bailes no sea preguntarse solamente qué música sonaba, sino qué clase de sociedad necesitaba reunirse en un club para bailar hasta la madrugada.

     

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