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Una multitud de niños junto a sus familiares recibieron a los Reyes Magos

Luego de hacer su bajada por el Sendero de la Capilla y, repartir caramelos para todos los presentes, Melchor, Gaspar y Baltasar fueron trasladados al Anfiteatro “Cono Randazzo” por los Bomberos Voluntarios en su autobomba. Allí los esperaban miles de niños, con toda la ilusión que genera, esperando por los sorteos y los espectáculos que se presentaron.

Distintos personajes del grupo “Todos Somos Uno” animaron a los más pequeños que bailaron y se sacaron fotos con ellos. Además, se presentó el Mago José que desplegó sus trucos ante la mirada atenta de niños y adultos. Entre cada presentación se sortearon regalos entre los presentes con los números que se entregaron en la entrada del predio.

Con un gran trabajo de toda la Dirección de Cultura de la Municipalidad de Villa Regina, el evento se extendió hasta pasada la medianoche cuando todos los que asistieron se retiraron a sus hogares después de haber vivido una noche a pura emoción.

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    El ataque a balazos contra efectivos de fuerzas federales afectados a la seguridad en un barrio de alta conflictividad en Rosario aparece como un hecho oscuro. El ataque fue en un pasillo de Villa Banana donde funciona un bunker de drogas. Desde allí abrieron fuego contra dos empleados de la Policía Federal. Uno de ellos murió en el acto. El segundo se encuentra internado en muy grave estado.

    El efectivo que murió es el agente Rodolfo Arnaldo Manfredi, tenía 30 años, pertenecía a la Policía Federal y estaba afectado al Plan Bandera, que realiza tareas preventivas y operativas de manera fija en ocho zonas priorizadas por la violencia. El otro policía que recibió disparos es el cabo Emilio Miguel Gómez Villafañe, de 34 años, oriundo de Santiago del Estero. Según fuentes médicas reportaron a LPO, uno de los balazos le perforó diafragma e intestino grueso, lo que motivó que lo operaran. Este viernes al anochecer evaluaban su traslado al Hospital Churruca en Buenos Aires.

    Ocurrió en la zona de un bunker que se atribuye al grupo de Leonardo Dalmacio Saravia, conocido como Leo Rey Saravia, un aliado del Ariel «Viejo» Cantero, antiguo líder de la banda de Los Monos, quien en 2023 fue condenado por portación de armas a cuatro años de prisión. Pero que antes estuvo imputado por asociación ilícita y delitos violentos.

    El gobierno nacional dispuso que Martín Ferlauto, número dos del Ministerio de Seguridad, viajara a Rosario. «Hemos perdido a un agente que puso su vida para defender a la patria. Es un héroe. Vamos a despedirlo como tal. Murió cumpliendo con el deber y merece nuestra memoria», dijo el funcionario. Al final de la tarde el caso pasó a manos de fiscales de la Procuración del Narcotráfico (Procunar) de la Justicia Federal.

    En primer plano, ministro de Seguridad de Santa Fe, Pablo Cococcioni, y secretario de Seguridad de la Nación Martín Ferlauto, en Rosario tras el ataque a balazos a policías federales en un bunker de drogas

    Hubo inicialmente dos civiles detenidos en la zona del incidente. Uno de ellos quedó preso y será imputado en audiencia este lunes por el fiscal federal Matías Scilabra.

    A esta hora lo más controvertido de este incidente aún en investigación inicial es qué hacían los policías en el interior de Villa Banana, en un pasillo situado en cercanías de Gutenberg y Gálvez, en la zona oeste rosarina. Es una zona de gran conflictividad. Según los primeros relatos ofrecidos por testigos, los policías que llegaron al lugar en compañía del chofer de la patrulla, el agente Ricardo Barrios Zabala, se bajaron a las 23 de este jueves en una zona peligrosa sin vestimenta que los identificara de manera clara como personal policial, ni tampoco con el chaleco antibalas reglamentario.

    Un alto funcionario del Ministerio de Seguridad de la Nación consultado por este medio dijo que se trata de establecer esa circunstancia que es llamativa. «En principio no se encontraban realizando tareas de inteligencia que es lo que podría explicar que no llevaran el uniforme reglamentario». Si realizaban labores propias del trabajo preventivo deberían haber llevado uniforme y, según distintos testigos iniciales, solo llevaban pantalones y camperas de uso civil.

    Luego esto fue relativizado por el fiscal regional de Rosario, Matías Merlo, quien señaló a LPO que los policías efectivamente no llevaban chalecos, pero que calzaban camperones de uso regular de la Policía Federal.

    Los policías estaban afectados a la Dirección de Investigaciones Federales (DFI) de la Policía Federal. Las primeras impresiones producen incertidumbre a los investigadores por el aparente desapego a los protocolos policiales de los efectivos atacados. Estos habrían bajado de un móvil de la fuerza identificable sin ir vestidos de manera clara como policías y, según testimonios que se consideran, caminado hacia un puesto de venta de drogas. Desde allí se habrían empezado a acumular personas, según declararon, y habrían provenido los disparos.

    «Eran unas 15 personas en total, estaban en motos, y fue una cortina de balas contra los policías. Hubo intercambio de disparos», indicó a LPO un participante de la preliminar pesquisa judicial. «No se advierte a priori nada irregular en el accionar de los policías pero sí luce extraño que hayan actuado en esa área difícil a esa hora», agregó.

    Las referencias oficiales indican que los policías fueron atacados a balazos cuando se disponían a identificar a un grupo de personas que estaban en el lugar. La Policía Federal indica que identificar personas en zonas conflictivas es una práctica regular de esta fuerza. No lo es de otras como Gendarmería Nacional, Prefectura Naval y Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA) que también participan en el Plan Bandera.

    Bullrich y Pullaro destacaron la baja significativa de homicidios en Rosario con el Plan Bandera

    Una versión que recogió LPO y que proviene de la misma repartición a al que pertenecen los policías atacados indica que desde la superioridad los mandaron a intentar una compra de droga como forma de asegurar evidencia del lugar ilícito. No se entiende entonces que hayan llegado en un patrullero -móvil 13205- hasta el borde mismo del corredor donde está el búnker de drogas y donde se produjo la balacera.

    Analistas de temas criminales que trabajan en investigaciones penales tienen otra idea. Estos afirman que existe una tolerancia de sectores de fuerzas de seguridad santafesinas que admiten la compraventa de drogas en determinadas zonas calientes a cambio de garantizar el no ejercicio de la violencia. En ese sentido la presencia de policías que pudieron haber ido a pedir o hacer algo por fuera del acuerdo, aún sin objetar que sea algo legal, supuso algún punto de ruptura. O bien porque no era claro que estuvieran uniformados. O porque tenían una fisonomía que llamó la atención. Según les atribuyen a propios camaradas de la Policía Federal que dicen que al menos uno de los policías atacados -tez clara ojos claros- tenían rasgos físicos que habrían sido llamativos.

    Gómez Villafañe, el policía herido tenía el vaso, diafragma e intestino grueso perforados. Está intubado, con gran pérdida de sangre y se le practicó una colostomía. «Fue un hecho gravísimo. Se ha perdido la vida de un efectivo de la Policía Federal Argentina que, además, formaba parte de un trabajo conjunto entre Nación y provincia. Acompañamos a su familia y a todas las fuerzas federales en este momento tan doloroso», dijo el ministro de Seguridad de Santa Fe, Pablo Cococcioni.

     

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  • Los ríos subterráneos

     

    Este es el país donde todos nuestros padres recibieron la bicicleta de manos de Evita y todos nosotros estuvimos en alguna Misa del Indio.

    Porque así se construyen las leyendas. Si no pasó, querés que haya pasado. Tanto lo deseás que al final pasó y tu cuerpo guarda ese recuerdo. La memoria del instante en que te volviste visible para alguien y que se corrió el velo del desamparo para sentirte parte de algo colectivo.

    Y digo desamparo porque fue la palabra que más escuché estos días de lluvia y funeral, en los pogos, en las filas, entre el llanto o las canciones. Los Redonditos llegaron a mi vida cuando yo estaba desamparado.

    ¿Desamparados de qué? ¿De quién?

    Estamos hablando de los años noventa, cuando Argentina tenía un gobierno peronista. El peronismo había sido, desde 1945, el gran contenedor de las clases populares, el movimiento que había inventado la idea misma de que los de abajo tenían derecho a ser nombrados, representados, incluidos. Y sin embargo, esa gente que lloraba en la fila del Gatica hablaba de desamparo. Porque en los noventa, hay que decirlo, fue el peronismo el que nos desamparó. Y junto al peronismo muchos músicos de rock y referentes de la protesta y la cultura que nos habían acompañado en los ochenta.

    En la primavera del uno a uno, cuando los trabajadores perdían el trabajo y sus hijos el futuro, Charly García almorzaba en Olivos, Andrés Calamaro se declaraba menemista acérrimo, Diego Maradona jugaba al fútbol con el presidente y Madonna se sacaba fotos en el balcón de la Rosada. Y en ese enorme vacío, una noche en Parque Sarmiento, los Redonditos de Ricota descubrieron que le estaban hablando a los invisibles, a los excluidos, y tomaron la decisión de irse del sistema junto con ellos. Y se convirtieron en su religión.

    El uno a uno y el rock sin focos

    Aquellos que habían votado peronismo esperando justicia social se hicieron adolescentes en una sociedad con desempleo estructural, viendo a sus padres perder el salario en silencio y a sus maestros ayunar en una carpa blanca frente al Congreso, alimentados a té y desesperación. Vieron morir a María Soledad en Catamarca, al conscripto Carrasco en un cuartel desértico, a Miguel Brú en una comisaría platense y a Sebastián Bordón al costado de una ruta mendocina. Y a Walter Bulacio en una razzia previa a un recital de los Redondos en Obras. Mataban a los pibes. Los mataba la policía y los mataban rubias en cuatro por cuatro: el pibe Acuña y María Victoria Mon. Los otros —los hijos del éxito del uno a uno— se acostumbraron a pasar los días en el country y las noches en las fiestas techno, aspirando cocaína pura sobre las barras VIP. Y se seguían muriendo: Carlos Junior al mando de un helicóptero de lujo y el hijo de Daniel Passarella estrellado contra un tren de carga. Porque de trenes y helicópteros iban los noventa.

    “Unos y otros, yuppies o villeros, son individualistas, no creen en la política, casi todo les da igual y solo esperan que les pase la vida. No tienen un Estado que los proteja ni una ideología que les invente el futuro. Se encuentran a veces, en esos estadios convertidos en una única iglesia para las dos religiones: el fútbol y el rock”, escribí en octubre de 1997, para la revista Tres Puntos. Hoy, veintinueve años después, no cambiaría una coma.

    En la primavera del uno a uno, cuando los trabajadores perdían el trabajo y sus hijos el futuro, Charly almorzaba en Olivos, Calamaro se declaraba menemista acérrimo, Diego jugaba al fútbol con el presidente.

    En el altar de la estabilidad, Menem firmó el decreto que reglamentó el derecho de huelga un 17 de octubre, firmó los indultos un Día del Inocente, y saludó con su pulgar en alto, impecable, al salir del entierro de su propio hijo. La militancia había sido declarada obsoleta. Julio Bárbaro, el peronista que había sido Secretario de Cultura de Menem, lo dijo en voz alta en una columna de esos años: Adiós a la militancia. El capitalismo necesitaba gerentes, y la política ya no era un lugar para construir identidad ni proveer sueños.

    Tampoco lo era la cultura ni el rock. El rock nacional que había sido nuestro hilo rojo durante la dictadura entró al star system con una naturalidad envidiable. Charly García —el mismo que había escrito “No bombardeen Buenos Aires” y “Los dinosaurios”— era, también, habitué de la Quinta de Olivos. Fito Páez que nos había hecho gritar “En esta puta ciudad” un poco antes, abrió en 1992 otros caminos con El amor después del amor, un disco de belleza real, luminoso, la voz legítima de una Argentina que después de tanto miedo necesitaba respirar, pero fue despedido del paraíso de lo contracultural por haber hecho un disco “comercial”. A veces siento que soy la única que lo recuerda aquellos días. Soda Stereo hizo su Unplugged para MTV en Miami y la música de protesta latinoamericana que nos había unido en los ochenta salió de las radios y pasó a ser, sencillamente, una grasada. Cuando se cayó el Muro de Berlín, los cascotes sepultaron demasiado.

    En ese preciso momento, en una casa de Parque Leloir sin teléfono de prensa, sin representante, sin cuenta en ninguna red que todavía no existía, Carlos Solari escribía letras a mano sobre hojas sueltas y Skay Beilinson tocaba la misma frase de guitarra durante horas hasta que sonara exactamente como el asfalto roto de la Ruta 3. Si querías saber cuándo tocaban Los Redondos, tenías que conocer a alguien que conociera a alguien. El cassette llegaba envuelto en papel madera con la fecha escrita a birome. La dirección, a veces, ni eso: solo el nombre de la ciudad, y el boca a boca hacía el resto. Una parte de la Argentina, Y en ese enorme vacío, una noche en Parque Sarmiento, los Redonditos de Ricota descubrieron que le estaban hablando a los invisibles, a los excluidos, y tomaron la decisión de irse del sistema junto con ellos. Y se convirtieron en su religión.muy minoritaria pero que llenaba aeropuertos y restaurantes, entraba con Carlos Menem al Primer Mundo mientras los ricoteros crecían como plaga, sin focos, con claves, con consignas, con desesperación.

    Soy una nerd de los noventa y el menemismo, pero no sé nada de procesos musicales así que dejo para los que saben el análisis del ídolo y del fenómeno. Solo recuerdo el asombro en la redacción de Página/12 tratando de entender por qué Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota elegían exactamente lo contrario de todo lo que el mercado ofrecía. No filmaron ningún video. No pisaron un set de televisión. No publicaron las fechas ni los lugares de sus shows. Editaron todos sus discos de manera independiente. Rechazaron las ofertas millonarias de las discográficas, los sponsors de marcas de cerveza, los festivales corporativos con palcos VIP. Construyeron su masividad desde la más estricta clandestinidad.

    En ese enorme vacío, los Redonditos de Ricota descubrieron que le estaban hablando a los invisibles, a los excluidos, y tomaron la decisión de irse del sistema junto con ellos. Y se convirtieron en su religión.

    Quedó claro en el Gatica que no fue una pose estética. Vio lo que otros no veían. Cuando no estábamos obsesionados por la Inteligencia Artificial pero ya creíamos que Internet era el fin del trabajo y los supermercados el enemigo de la aldea, Solari anunció que los psicópatas gobernarían el siglo XXI. El Indio veía lo que los demás no veían porque estaba parado donde nadie más quería estar.

    La misa y la sangre

    Los pibes que llenaban el pogo ricotero —los que el Indio llamaba «los de los barrios desangelados»— no eran militantes sin partido. Eran una generación que el sistema de representación había abandonado en todos sus niveles al mismo tiempo: el Estado, la política, la economía, la cultura. La misa ricotera era el único espacio donde existían como colectivo. El único lugar donde los cuerpos que la policía golpeaba en las esquinas por portación de rostro, y que el modelo económico declaraba excedentes, se volvían invencibles al chocar entre sí en el pogo. Era una marea humana compacta, sudorosa, donde nadie caía porque la masa te sostenía antes de tocar el piso. Había también profesionales, artistas y empresarios. Porque lo que une esa identidad no es estar adentro o afuera del sistema. Es saber que hay un adentro y un afuera. Y que no importa de qué lado de la mecha te encontrás, si lo que te duele es el que está afuera.

    Hay algo que las elites políticas y culturales nunca terminaron de entender sobre las clases populares: que no quieren lenguaje simple. Que les encanta la metáfora, el símbolo críptico, el código que hay que descifrar para entrar. Como les gustaban los vestidos bordados de Evita, les gustaban las metáforas del Indio. Los Redondos les dieron lo que ningún partido político se animaba a darles: una religión propia, con sus ritos, su lenguaje y sus símbolos, todos de una sofisticación que desmentía el prejuicio de que los desplazados solo podían consumir lo que alguien les masticaba. Descifrar una letra del Indio era un rito de iniciación. Pertenecer a la tribu que sabía el código era una forma de dignidad.

    La banda eligió el exilio geográfico y fundó el éxodo ricotero. Había que subirse a trenes cuando ramal que para ramal que cierra y los trenes eran cada vez menos y en las estaciones convivían los ricoteros con las ollas populares de la gran huelga ferroviaria.

    Aquellos que habían votado peronismo esperando justicia social se hicieron adolescentes en una sociedad con desempleo estructural, viendo a sus padres perder el salario en silencio y a sus maestros ayunar en una carpa blanca frente al Congreso, alimentados a té y desesperación.

    Era una peregrinación. Argentina hace política caminando desde que tiene historia: el 17 de octubre de 1945 inauguró esa gramática del cuerpo en movimiento que el país repite cada vez que algo importante tiene que decirse y no encuentra otro idioma. Las columnas a Luján, a San Cayetano: multitudes que caminan de noche, que llegan con los pies lastimados a arrodillarse ante algo más grande que ellas. El éxodo ricotero era eso. Los trapos al viento como estandartes, el pogo como comunión, y el estallido de “JiJiJi” como el momento exacto en que la tribu se volvía una sola carne, un solo grito, y el río subterráneo salía a la superficie y caminaba.

    En agosto de 1997 el Estado mostró sin disimulo lo que pensaba de todo eso. El intendente de Olavarría firmó un decreto prohibiendo los shows con fundamento en un informe de la inteligencia policial bonaerense que describía a la banda con la terminología reservada para los grupos subversivos: “Desde siempre, sus integrantes tuvieron una actitud combativa en cuanto a todo lo que podía llegar a identificarlos con el sistema”. Los analistas de inteligencia habían estado estudiando las letras del Indio como si fueran un manifiesto clandestino. “Si bien no tienen una estructura tradicional”, escribieron con la seriedad de quien desactiva una bomba, “el mensaje está, pero se necesita conocer el código para descifrarlo”. El Estado tenía miedo de esas canciones.

    Cuatrocientos ricoteros tomaron el tren igual. Llegaron a Olavarría, encontraron las puertas cerradas y cortaron las calles bajo la lluvia. Era el primer piquete ricotero de la historia. La única vez que el Indio habló en televisión en toda su vida fue esa tarde, en vivo por Crónica TV, para decir que esos pibes que cortaban calles bajo la lluvia no eran una amenaza al orden público. Eran exactamente el orden que merecía ese país.

    Hay también tragedia en la historia ricotera. A Bulacio lo mató la policía en 1991. En 2017, en el barro de Olavarría, dos personas murieron aplastadas en el recital masivo del Indio Solari como solista. Hubo críticas feroces, pero el vínculo con su público no se rompió. Hay una encuesta realizada en el Gran Buenos Aires a mediados de los noventa: le preguntaban a chicos de quince años que vivían en villas cómo se imaginaban en una década. La enorme mayoría respondió dos cosas: presos o muertos. No es que ese público no sintiera el dolor de Bulacio o el de Olavarría. Es que ese dolor era la textura cotidiana del paisaje en el que vivían.

    Si querías saber cuándo tocaban Los Redondos, tenías que conocer a alguien que conociera a alguien. El cassette llegaba envuelto en papel madera con la fecha escrita a birome.

    Y el Indio nunca los protegió de eso con eufemismos. No les dio sermones: les dio un mito que transformaba el desecho en belleza. Los nombró. Cantó al pibe de los astilleros que nunca se rendía, a la pequeña novia del carioca, al bombero que se borraba en la niebla. «Violencia es mentir», gritaban miles de gargantas apretadas bajo el cielo de Olavarría, mientras los cuerpos chocaban con la violencia hermosa de los que se salvan juntos en la cornisa. Metió la muerte adentro de sus canciones, la procesó, la volvió épica colectiva. Le dio un estandarte al dolor para que no fuera solo sordidez de crónica policial de la mañana.

    El río y las calles

    El 4 de agosto de 2001, en el Estadio Chateau Carreras de Córdoba, ante 45.000 personas, Los Redondos dieron su último concierto sin que nadie lo supiera. El 2 de noviembre, en un comunicado escueto de dos párrafos en internet, anunciaron la separación. Veinticinco años de autogestión, disueltos en el frío del ciberespacio. Cuarenta y siete días después, el 19 y 20 de diciembre de 2001, el país estalló en mil pedazos. El show en Santa Fe que tenían prometido para diciembre nunca ocurrió. Algo de lo que Los Redondos habían hecho durante una década era darle a ese río subterráneo un cauce ritual. Ese cauce desapareció, paradójicamente o no, cuando otras organizaciones poblaron las calles: los piquetes, las asambleas barriales, el cacerolazo. El subsuelo, de alguna manera, había aprendido a moverse solo.

    «Gracias a esos hombros que me cargaron en tantos pogos», escribió mi sobrina Malena sobre una foto de su papá mientras caminaban bajo la lluvia en Avellaneda. Me trajo el eco de una imagen de mi hija sobre mis hombros la noche del Bicentenario, cuando sentí ese peso y pensé: alguna vez va a acordarse de esta noche, y qué felices éramos. Los hombros son el talismán que nos sostiene de generación en generación y nos va transmitiendo aquello que, está escrito, no podemos olvidar.

    Los Redondos elegían exactamente lo contrario de todo lo que el mercado ofrecía. No pisaron un set de televisión. No publicaron las fechas ni los lugares de sus shows. Editaron todos sus discos de manera independiente. Construyeron su masividad desde la más estricta clandestinidad.

    La alegría de aquella noche del Bicentenario iba a ser llanto colectivo solo algunos meses después. El 27 de octubre murió Néstor Kirchner y la Plaza de Mayo fue en minutos una marea de jóvenes que llegaron sin ser convocados, llevados por la desesperación de encontrar un lugar donde llorar juntos. El Indio Solari los vio por televisión desde su casa en Parque Leloir y llamó a Aníbal Fernández para decirle algo que no era un elogio político sino un reconocimiento casi antropológico: «Vi una magnitud de jóvenes involucrados que me conmovió.» Esos jóvenes habían aprendido a estar juntos en algún lugar antes de aprender a militar. Muchos de ellos, o sus hermanos mayores, o sus padres, habían hecho el viaje a Olavarría o a Mar del Plata o a Córdoba. Habían dormido en una plaza de pueblo con desconocidos. Habían cantado «Violencia es mentir» a las tres de la madrugada en el barro.

    El Gatica

    El azar, que ya se ha dicho que es el seudónimo de dios cuando quiere firmar, llevó a que el Indio fuera velado en el estadio que lleva el nombre del Mono Gatica, el boxeador de los descamisados al que la Revolución Libertadora de 1955 le quitó la licencia de pelear por el único delito de ser peronista, y que terminó vendiendo muñequitos de plástico y viviendo en una villa a pocas cuadras. Qué pena que ya no esté Leonardo Favio para la secuela.

    La fila llegó a ocho kilómetros. Lo que los altoparlantes anunciaron pasadas las siete como un millón de personas bajo un cielo plomizo recorrió el mismo camino que había recorrido treinta años antes para llegar a alguna misa: desde Jujuy en colectivo de noche, desde el fondo del conurbano caminando bajo la llovizna, desde pueblos del interior donde no había más que el recuerdo de haber hecho ese viaje alguna vez. Vinieron los que lo habían visto en Obras en los ochenta, canosos y con la mirada gastada, y pibes de veinte años que lo habían descubierto en el teléfono celular de sus padres. Vinieron familias enteras, jubilados con la remera descolorida de Huracán del 94. Vinieron los que lloraban solos contra una reja y los que se abrazaban con desconocidos durante horas en la lentitud de la fila, compartiendo un trago de vino de cartón para engañar al frío. A la policía casi no se la vio; nadie la necesitó porque la comunidad del aguante se cuida sola. Esta vez no había escenario ni música ni pogo. Pero el rito era el mismo: el cuerpo sabiendo el camino aunque la cabeza no terminara de entender.

    Hay algo que las elites nunca terminaron de entender sobre las clases populares: que no quieren lenguaje simple. Que les encanta la metáfora, el símbolo críptico, el código que hay que descifrar para entrar.

    La política de las derechas se construye sobre el olvido. La dictadura hizo propia la política de olvido del exterminio en el mismo momento en que lo estaba llevando adelante. El menemismo montó una fenomenal operación de olvido no solo de los horrores de la dictadura sino también de la memoria de lucha por los derechos que se transmite de generación en generación. La nueva derecha que gobierna la Argentina desde 2023 opera sobre el mismo principio pero en su versión más radicalizada: ya no borra episodios; borra la historia misma. Actúa a través de las pantallas como si la Argentina no tuviera pasado que procesar, ni memoria que transmitir, ni identidad colectiva que defender. Como si todo empezara de cero, cada mañana, en el presente efímero y cruel del mercado libre.

    Y la procesión de pelo blanco y caras arrugadas dice también algo que las elites prefieren no escuchar: que las operaciones de olvido fracasaron. Las generaciones se entrelazaron, transmitiendo identidad y lucha de cuerpo a cuerpo, de cassette en cassette, de padre a hijo en el teléfono celular.

    Ese funeral no pertenece a la historia del rock. Pertenece a una tradición argentina más larga, trágica y profunda. Es el hilo invisible que une el velatorio de Evita en 1952, con las flores populares tapando las veredas bajo la lluvia, el de Perón en 1974, y el desborde indomable de Maradona en la Casa Rosada en 2020. Se inscribe también en la serie devota de Gilda y Rodrigo: santos paganos de las clases populares cuyo dolor multitudinario traccionó la misma fibra de la Argentina que se sabe fuera del radar de la cultura oficial. No era duelo por un artista. Era la Argentina de abajo mirándose al espejo y diciéndose a sí misma que todavía existía.

    El subsuelo encendido

    Hay una Argentina subterránea que hoy vuelve a estar en la intemperie absoluta, no vista por nadie. Que no está representada por ningún partido político con personería jurídica ni por ningún movimiento social de los que hoy tienen oficinas y negocian contratos estatales. Una Argentina que no tiene solo pobreza sino también una profunda tristeza, esa melancolía húmeda que lleva la certeza de que el futuro ha sido cancelado. 

    El funeral en el Gatica explotó con esa urgencia desesperada porque el subsuelo no fue solo a despedir a un músico; fue a refugiarse en el último territorio donde supieron ser un colectivo invencible frente a la intemperie del presente. Esa Argentina subterránea lleva décadas emergiendo en forma de río cada tanto. El río va por debajo, silencioso, y brota cuando algo sagrado lo convoca. Lo escribió Leopoldo Marechal hace casi un siglo, pero sigue siendo hoy que cuando los ríos subterráneos brotan el establishment de la política, la economía y el periodismo lo vive como un tsunami irreconocible. Tanto tiempo sucediendo y aún nadie logra anticiparlo.

    La pregunta que me queda —la única que creo urgente en este momento de plataformas e individualismo— es quién está mirando ese subsuelo ahora. Quién está parado en el margen del sistema de visibilidad contemporáneo, del algoritmo de TikTok, del ciclo infinito de las redes, y desde ahí abajo puede ver lo que el sistema necesita ocultar. Quién está mirando al nuevo subsuelo con la misma honestidad sin anestesia con que el Indio miraba el suyo.

    No lo sé. Y esa ignorancia me parece el problema político más serio del presente argentino.

    Terminó el funeral, sigue la lluvia. El amplificador sigue encendido en la casa de Parque Leloir, acoplando en el silencio de la tarde. 

    Otro de mis sobrinos, Valentín, escribió esto tan bonito que no sé tiene respuesta a mis preguntas, pero tal vez sí a las de miles. Su papá, ricotero, murió hace algunos años. “Durante estos años, tuve la incesante lucha de volver a mi papá. De alguna forma lo buscaba incansablemente en recuerdos, en palabras y en lugares. En anécdotas de otro, en preguntas, en silencios. Me sentí mucho tiempo en falta con él, conmigo, y con lo que me quedó de su figura. Este 8 de junio lo encontré. Encontré el polvo y el olor a carbón. Encontré la remera agujereada y la boina verde. Encontré el dolor de su partida. Encontré el amor de su ausencia. Encontré el asado ricotero. Y por fin encontré lo que mi papá me había dejado: el espíritu de Patricio Rey”.

    Gracias, Indio.

    La entrada Los ríos subterráneos se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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  • La dicha no es una cosa alegre

     

    Una montaña de ofrendas crece bajo el féretro. Miles de camisetas de todos los clubes de fútbol. Banderas rojas, banderas negras. Remeras viejas, trapos gastados. Ramos de flores, atados de puchos por la mitad. Botellas. Bolsitas. Un médano construido por los cientos de miles que pasan por la capilla ardiente de Villa Domínico, Avellaneda, histórico polo industrial y hogar de trabajadores. Un lugar emblemático para la despedida. Y él siempre apuntó al pueblo con su antena. Lo que se ve en el montículo informe son retazos de vidas que se irán con Carlos Solari. 

    Hay cartas. Hay pañuelos de las Madres y Abuelas que dejaron los HIJOS. Y carteles. Uno dice Nadie es capaz de matarte en mi alma, evoca la canción “Pabellón Séptimo”, escrita para honrar a las víctimas de una masacre durante la dictadura en la cárcel de Devoto por el hombre que yace muerto allí. Verónica Sosa se conmueve al leer ese cartel entre el resto. Es su frase predilecta de la lírica de Indio. Su padre, Dante Sosa, fue masacrado en ese episodio, el más trágico de la historia carcelaria argentina. “Yo no era fanática suya. Y conocí el tema y me cambió todo”, dice. Su viejo era militante del ERP y fue uno de los más de 60 detenidos asesinados: “En los noventa me enteré que mi viejo no había muerto en un accidente, como mi familia me había hecho creer, sino que había sido en la cárcel; y no en un motín, sino en un crimen de lesa humanidad. Después, gracias a la abogada Claudia Cesaroni, fuimos al juicio. Y en ese período el Indio siempre nos acompañó, siempre nos mandaba mensajes. Por eso estoy acá, para darle las gracias”.

    Solari, guía hermético, autoridad moral, padre del misterio, profesor, ha muerto el viernes. Fue el sherpa de una comunidad. Mucho más que un hacedor de canciones. La noticia de su partida detuvo al país. Hubo un primer instante de silencio. Y luego el movimiento místico que supo construir activó sus resortes de duelo. Empezaron a sonar temas de Los Redondos y Los Fundamentalistas en las radios, en la tevé, su voz tomó las ciudades desde las ventanas de las casas, de los autos, en las veredas y en las pizzerías y kioscos de los barrios. La consolidación de algo que será para siempre.

    Hubo autoconvocatoria de la feligresía el viernes y también una especie de autogobierno el domingo, después de que el Gobierno nacional rechazara despedir a Indio en el Congreso porque no estaban dadas las condiciones de seguridad. Desde el Puente Pueyrredón hasta el Parque Domínico, en Avellaneda, la multitud mantuvo las cosas en orden, siempre entre la pena y la celebración de algo inexplicable. A la Policía casi no se la vio y nadie la necesitó. La gente usó un carril de avenida Mitre sin necesidad de vallas ni personal, al menos hasta los 600 metros finales los agentes custodiaban el corte de la avenida, antes del José María Gatica. 

    A la infinita lista de objetos ofrendados por los peregrinos, bajo el cajón asomaba incluso una carpa iglú enrollada en su estuche cilíndrico. Alguien seguramente clausuró así años de peregrinaciones ricoteras, de entrega total al culto, alguien dejó aquí el refugio donde soportó lluvias, viento, resacas y rocío. En Mendoza, en Tandil, en Olavarría. Habrá cerrado algún círculo para abrir otra cosa.

    Porque una nueva dimensión asoma en esta despedida ahora que Solari ya es una presencia total, parte de un misterio mayor que sobrevivirá a los tiempos. El mito crecerá. Un Gardel del nuevo siglo. Un Diego Armando Maradona de algo más que música que pocos pueden explicar. Una potencia popular como tal vez no exista en el mundo. ¿Quién puede mover multitudes así? 

    Lo sabe el treintañero que llora frente al féretro después de caminar horas. Se saca el gorro piluso ajado, se lo lleva a la cara, se aprieta contra él. Algo se rompe o nace en ese instante en el que se seca las lágrimas con el gorro, lo besa y lo lanza. Vuelan el sombrerito negro con la leyenda Patricio Rey en colorado hacia el cajón.

    También Joel Lerzundi, que llegó desde un barrio de Bernal a honrar a Solari, que lo salvó cuando en ausencia de su padre y de su madre la vida de la calle lo llevaba hacia el lado oscuro. “Me crié prácticamente así, mi viejo laburaba todo el día y mi vieja tenía problemas y el Indio me rescató apenas escuché por primera vez ‘Tarea fina’. Cuando oí eso de ‘le das la copa, al fin, al vencedor’, tenía 12 años y sentí que me hablaba”, dice. 

    Joel otorga al ídolo ese poder redentor que el arte logra si cala en un instante, como un rayo. Joel, aquí, en el velorio de Solari, empuja el carrito con su bebita de menos de un año y Martina, su pareja. Es un vencedor entre los desahuciados, entre los rotos, esos que se sintieron hablados por Solari. Antes de despedirse avisa: “Ahora soy maestro pastelero”.

    Y Diego Pignataro, de Gerli, 46 años, aterrizó anoche desde San Pablo, Brasil, donde vive hace década y media. El viernes sacó pasajes, quería estar e ir allí donde lo fueran a velar. El sábado, al llegar al aeropuerto de Guarulhos, se enteró de que sería en el Gatica, que la familia Solari, Máximo Kirchner y Axel Kicillof acordaron que se hiciera en Avellaneda (pudo ser Racing pero cancelada la chance el intendente Ferraresi finalmente propuso el Gatica). Diego volvió a Gerli y caminó la fila de ocho kilómetros desde su casa hasta el polideportivo. “No podía atravesar esta tristeza en soledad”, comentó ahí, en su lugar, con los pibes de siempre. “El Indio nos ponía la vara alta, nos elevaba esa necesidad de respetar. No lo veo como un padre, nunca lo vi así, pero sí lo veo como un profesor. En términos futboleros es como Bielsa. Cuando lo encarás, si no estás preparado, te comés un cachetazo cultural”, analiza. “El Indio nos enseñó a ir y volver de los conceptos, a usar la metáfora, el oxímoron —dice Diego—. Y eso llegó a Gerli, a mi barrio, el que se inunda, donde vivían los barras del Rojo, donde todos estábamos al borde de caer, pero esa orientación cultural de Los Redondos fue de profesor. Nos ponía a prueba, no era solamente chupar y drogarse en la esquina. Cuando nos decía ‘falopas duras en tipos blandos ahuecan corazones’, nos estaba diciendo que nos cuidemos”.

    La muerte de Solari abre un agujero negro de orfandad. Altera la dinámica elástica del tiempo. Es inevitable caer en la trampa de la nostalgia. Volver a la esquina, a los bordes de la botella mal cortada, a las mañanas tristes, a los viajes en bondi con los auriculares en Oktubre o Un baión. Tres o cuatro generaciones sienten el impacto y por eso se reúnen en Avellaneda. Para acompañarse, para estar. “Esta es la última misa”, reza Javiera Vela.

    Solari, Patria y Familia. Como Gardel, Evita, Perón, Kirchner y Maradona. Javiera llegó desde Azul, en el sur bonaerense, pero no tiene ningún interés en ver el cajón donde descansa Indio. “Quería estar acá, entre nosotros”, sintetiza bajo la pantalla que, sobre Mitre, emite imágenes de la multitud al pasar por delante del cajón. “En el 97 fui a ver a Los Redondos por primera vez y sentí una cosa distinta. Me dieron felicidad. Me dieron motivación. Me dieron una hermandad. Las letras nos pegaban. El Indio, como el Diego, como Néstor o como Cristina, me cambiaron la forma de ver la vida. Ir a verlo era estar feliz. No importa tu clase social, por eso agarré el auto y me vine, por lealtad y para que Milei sepa que somos muchos y no estamos solos, que tenga cuidado”.

    Carmela Martínez daba clases en la escuela de educación especial donde trabaja en Canelones, cerca de Montevideo, Uruguay, cuando leyó un mensaje de una amiga que le avisaba de la muerte del Indio. Apenas salió de su trabajo compró un pasaje en barco, cruzó el Río al otro día y llegó a Villa Domínico. “Allá tenía esa sensación de orfandad, no me podía quedar, tuve que venir. Se me fue el tipo que me cantaba a mí, el que al principio no entendía”, solloza.

    El ánimo de los peregrinos salta enloquecido, es inestable, va de llantos a risas, de abrazos al pogo. Cada 10 metros un parlante estalla en un himno redondo y de ricota. “Todo un palo”, “Un ángel para tu soledad”, “Toxi taxi”, “Preso en mi ciudad”. Están los que brindan y los que bailan. Avenida Mitre es una pasarela de carnaval, un cambalache, algunos improvisan un asado sobre el asfalto y otros pintan frases o rostros de Solari con tizas de colores. Los árboles tienen hombres trepados. Los puestos de colectivos también. Un flaco agita una inmensa bandera con el 10 de Maradona. Es una fiesta pagana, una celebración de la eternidad a la que entró Solari. Como la de otros dioses de la mitología argentina, su muerte tiene una luz de mentira. Algo también nace. 

    “El Indio nos explicaba el discurso” dice Nicolás Riquelme, rosarino de Central, “nos hizo pensar en el que tenés al lado, que es tu hermano, que no le tenés que pisar la cabeza, tu hermano es tu patria. El Indio es eso, y hoy el pueblo quiere llorar su patria porque el Indio le puso letra a cada lucha. Y la mecha está corta, en cualquier momento esto se prende fuego y el pueblo ricotero es un fuego, sostiene un ritual, que es el de encontrarse, como acá, esto es real, no los pajaritos libertarios”. Camina junto a su papá, Eduardo, cartero de 59 años, inoculador del virus ricotero en la sangre de su hijo. “Vi a los Redondos en los 80. A este le regalé la camiseta de Central y de los Redondos al mismo tiempo. Después creció y se me escapaba para ir a verlos, ¿qué le iba a decir?”. Ríen ambos. Riquelme padre continúa: “Es que el Indio nos dio elementos para saber oponernos al poder que nos oprime, como en ‘Nuestro amo juega al esclavo’, ‘Violencia es mentir’. Y ahora lo vivimos todos los días con esta gente y su ataque a los discapacitados, a los jubilados, a los informales. Hay que estar atento y escuchar lo que Solari tiene para decir”. Riquelme advierte así, en tiempo presente.

    Avanza la fila y alguien incita a la multitud. “Indio no se murió, que se muera el peluca, la puta madre que lo parió”: grita y todos se suman y se contagian. El canto se extiende como una sombra sobre la fila. Una médica rosarina pregunta si es cierto que Kicillof y Máximo se volvieron a hablar para organizar el velatorio. Alguien al lado afirma, dice que leyó eso. Otro se ilusiona. Medio en voz baja, comenta: “¿Será que el Indio va a terminar ordenando este quilombo?”. 

    Este texto es una coproducción entre Revista Anfibia y elDiarioAR.

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