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Se firmó el contrato de obra para la provisión de servicios al loteo Barazzutti

El Intendente Marcelo Orazi participó esta mañana vía zoom del acto encabezado por la gobernadora Arabela Carreras en el que se firmó el contrato de obra con la empresa ING CO SRL que ejecutará los trabajos para dotar de los servicios de agua potable, red eléctrica y alumbrado público al loteo Barazzutti.

La obra beneficiará a 107 familias que, de esta manera, podrán empezar a construir sus viviendas, demanda una inversión del Estado provincial de $ 22.141.002,15 y está enmarcada en el programa ‘Suelo Urbano’.

El acuerdo fue suscripto por la interventora del IPPV Inés Pérez Raventos y el representante de la empresa Ernesto Pasaron.

En la oportunidad Orazi destacó “la decisión política de la gobernadora de impulsar y llevar adelante el programa ‘Suelo Urbano’ en la provincia y, a partir de las gestiones que hicimos desde el Municipo, Regina ha sido una de las primeras ciudades en oficializar su implementación”.

“En nuestro caso estamos regularizando la situación de estos lotes para que sus beneficiarios puedan comenzar a construir sus viviendas, después de muchos años de espera. Esta gestión se ha propuesto una planificación ordenada de la ciudad, no queremos más improvisación cuando nos referimos a una demanda tan seria y sensible como lo es la vivienda”, manifestó Orazi.

Por su parte, Carreras indicó que “Villa Regina ha sido uno de los Municipios muy proactivos en materia de diálogo y de trabajo en conjunto con el IPPV y logramos avanzar en la provisión de servicios para estos lotes”.

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  • Reaparecidos

     

    Cuando le sonó el celular, Soledad acababa de retirar a su hijo de la escuela, en Rosario. Siempre se alternaban con su compañero Carlos, nunca iban los dos a buscarlo. Pero ese día por suerte fueron juntos porque también tenían que retirar a una amiguita de Emiliano. Como en cualquier salida de colegio, la calle era un despelote de autos, bocinas, gritos de pibes y pibas. Cruzaron. Ya en la vereda, Soledad miró el teléfono: el que llamaba era su abogado, Ramiro Fresneda. Atendió, no hubo respuesta. Se habrá confundido, pensó. Era el mediodía del martes 10 de marzo de 2026. Yo sabía que ese día él tenía la audiencia con el juez. Pero, te juro, en ningún momento pensé en eso. Ni un ojalá, ni nada. El teléfono volvió a sonar. Fresneda, otra vez.

    —¿Podés hablar?     

    —Sí.

    —Sole, encontraron los restos de tu viejo— le dijo en un perfecto cordobés. 

    Soledad apoyó la espalda en una pared justo detrás suyo y se largó a llorar. Lo miró a Carlos, todavía con el teléfono en la mano. Él me hizo la cara de entiendo todo, sé lo que te están diciendo. 

    —¿Qué pasó, mamá? —preguntó su hijo. 

    —Encontraron al abuelo.

    A Emiliano se le iluminó la cara y dijo: 

    —¡Sus huesitos!

    Mario Nívoli fue el primero de los doce cuerpos identificados la semana pasada en el excentro clandestino La Perla, de Córdoba. 

    ***

    Fernando no sabía muy bien con qué se iba a encontrar. O, mejor dicho, con cuánto se iba a encontrar. La noche anterior había subido a un micro en Retiro para recorrer los 1250 kilómetros que lo separaban de los restos de su padre. Unas 18 horas después llegó a San Miguel de Tucumán. Fue directo a la dirección que le habían pasado. Una especie de depósito o galpón de color amarillo. Lo recibió Selva, del Equipo Argentino de Antropología Forense. Cruzaron un patio y llegaron a un anexo. Sobre una mesa, un esqueleto. Fue muy shockeante ver que mi viejo estaba entero.

    La primera reacción de Fernando fue buscar alguna señal. Una marca, algo que pudiera reconocer. Cuando de chico le contaban de su papá sentía que le estaban hablando de alguien muy lejano. Él no tenía una tumba donde llevarle una flor, sentarse a llorar y decir acá está. Ahora, casi pegado a esos huesos, rodeado de cajas con otros restos que esperan, Fernando lo ve, lo toca, lo siente.

    —¿Te dejo solo? — pregunta Selva.

    —No, por favor. Solo, no. Quiero saber.

    Y ahí Selva le empieza a contar: este orificio es un disparo, en este otro se ve que la bala rozó pero no entró, este hueso está así y este otro asá. 

    Mientras se enteraba de cómo y dónde mataron a su padre, con cuántas balas, acompañado de quiénes, Fernando lo supo: Este es mi viejo.   

    Raúl Ernesto Araldi fue identificado en 2010. Fue encontrado en el Cementerio Norte de Tucumán.

    ***

    Mucho antes de que Soledad Nívoli recibiera la noticia del hallazgo de los restos de su padre —49 años después de desaparecido— y de que Fernando Araldi Oesterheld pudiera tocar los huesos del suyo —35 años después—, hubo una investigación preliminar, una exhumación, un análisis de laboratorio y un análisis genético. Detrás de todas esas etapas está el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), que desde 1984 trabaja en la búsqueda, identificación y restitución de personas desaparecidas. Es un proceso largo. En muchos casos, como los de Nívoli y Araldi, puede llevar muchos años.

    Virginia Urquizu es coordinadora de la Unidad de Casos, el área que se encarga del vínculo con las familias. Es decir: son quienes están en contacto permanente con el pariente, desde que lo llaman para explicarle el proceso hasta la restitución de los restos. En medio de todo eso, los de Casos hacen la llamada tan esperada, la que confirma la identificación.

    Desde 1984, el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) trabaja en la búsqueda, identificación y restitución de personas desaparecidas.

    “Los familiares tienen la noticia de primera mano —dice Urquizu— Intentamos por todos los medios que esa noticia no sea de manera telefónica.” Lo que les dicen es que hay avances y los convocan a una reunión presencial, que puede ser en las oficinas del EAFF o en la casa del familiar. 

    El teléfono de Manuel Miguel sonó a fines de abril de 2011, a 33 años de la desaparición de su mamá, Lilia Mabel Venegas Ballarini. Le dijeron que iban a viajar a Mar del Plata y que querían charlar con él y su hermano para conocerlos. El encuentro fue el 2 de mayo, en la casa de Manuel. Nos reunimos con mi hermano y nuestras familias. Estuvimos charlando un rato largo de cómo es el trabajo de ellos… sin tener idea de lo que estaba pasando realmente. Y bueno, después de varios mates y cafés, nos dicen que habían encontrado los restos de mi vieja, y nos trajeron un expediente enorme. 

    El caso de Fernando Araldi Oesterheld fue distinto. Cuando recibió la llamada, lo supo. Me dijeron si podía pasar con mi primo por el EAAF, y yo les dije: Lo encontraron.  

    “Hay familiares a los que le anunciás que tenés novedades y te responden ok, cuándo nos vemos. Hay otros que te hacen preguntas e intentan sacarte información. Y hay otros que se dan cuenta enseguida”, dice Urquizu. Por eso ese vínculo es tan particular y cercano. “Al llamar, tampoco sabés con qué te vas a encontrar, en qué situación y en qué momento está la persona”, agrega.

    Manuel Miguel tenía seis meses y su hermano un año y medio cuando la triple A secuestró a su padre, Carlos Miguel. Fue en octubre de 1974, aún no había comenzado la dictadura militar. Lo interceptaron en La Plata, iba en un auto hacia Buenos Aires junto a su compañero Rodolfo Francisco “El turco” Achem. Ese mismo día sus cuerpos aparecieron acribillados en Sarandí, Avellaneda. 

    Cuatro años después, el 4 de mayo de 1978, secuestraron a Lilia Mabel en Mar del Plata. Y de ella no se supo nada más, hasta que el EAAF logró identificar sus restos.   

    Manuel y su hermano se criaron con sus abuelos maternos. No recuerda en qué momento le contaron que su mamá era una desaparecida. Lo supo siempre. Pero hasta el día que le dijeron apareció, sentía que no tenía un cierre de la historia. Había logrado reconstruir algo de su vida a través de lo que le contaban sus abuelos, otros familiares y sobrevivientes. Sabíamos que había sido desaparecida, pero nunca más supimos nada sobre qué había pasado con ella. Entonces haberla encontrado fue como encontrar la pieza del rompecabezas que nos faltaba. Y a mí ese día fue como que se me abrió la cabeza por completo. 

    Manuel es docente de Ciencias Naturales y preceptor en escuelas secundarias. En 2012, un año después de haberse encontrado con los restos de su mamá, sus alumnos le propusieron contar la historia en un trabajo de investigación que presentaron en Jóvenes y Memoria, un programa de la Provincia de Buenos Aires. A partir de ahí, cada año, para el aniversario del Golpe, recorren escuelas dando charlas. Todo lo que no había podido decir antes, lo pude expresar a partir de ese día. Es como una terapia para mí poder compartir lo que significó haber encontrado los restos. 

    Manuel no recuerda en qué momento le contaron que su mamá era una desaparecida. Lo supo siempre.

    “Para cualquier sujeto el problema de la muerte está anudado directamente al problema de la inscripción simbólica de esa muerte”, dice la psicoanalista Fabiana Rousseaux. Frente a la muerte los seres humanos necesitamos hacer una ritualización, un proceso simbólico en torno a ese acontecimiento. Pero para eso, se necesita la certificación. La certeza. “Cuando estamos ante una desaparición, el proceso es inverso, porque vos tenés que construir psíquicamente esa pérdida sin ninguna certificación que venga de la realidad”, explica Rousseau quien, además, coordinó el Plan Nacional de Acompañamiento a Testigos y Víctimas del Terrorismo de Estado y fundó el Centro de Asistencia a Víctimas de Violaciones de Derechos Humanos Dr. Fernando Ulloa.

    Lo dijo el genocida Rafael Videla en esa famosa conferencia de prensa de 1979: los desaparecidos “son una incógnita, no tienen entidad, no están ni vivos ni muertos».

    “Es muy tortuoso para los familiares, porque ¿cuándo es el momento donde uno dice bueno, no lo espero más, o dice bueno, se murió?”, explica Rousseaux.

    Fernando tenía 1 año al momento en que los militares secuestraron a su madre, Diana Irene Oesterheld, el 7 de agosto de 1976. A él lo dejaron en la Casa Cuna de Tucumán, de donde luego lo rescataron sus abuelos paternos. Diana es una de las cuatro hijas desaparecidas de Héctor Oesterheld, también desaparecido. 

    Lo dijo el genocida Rafael Videla en esa famosa conferencia de prensa de 1979: los desaparecidos “son una incógnita, no tienen entidad, no están ni vivos ni muertos».

    El papá de Fernando, Raúl Araldi, cayó un año después, también en Tucumán. Fernando es hijo, nieto y sobrino de desaparecidos. 

    Cuando la secuestraron, la mamá estaba embarazada de seis meses, por lo que busca a un hermano. También  a un primo.    

    Hasta los 9 años, Fernando pensaba que sus papás habían muerto en un accidente. Pero un día encontró, en una revista Humor, una entrevista que le habían hecho a su abuela materna, Elsa Sánchez de Oesterheld, reconocida abuela de Plaza de Mayo. Ahí ella contaba que toda su familia estaba desaparecida. Un tiempo después, en unas vacaciones en Villa Gesell con ella, Fernando se lo preguntó. Y ella le contó toda la historia.

    Mis abuelos paternos me parece que no asimilaron ni reconocieron nunca la muerte de su hijo. Pero supongo que era también un mecanismo de defensa, propio de un padre que inclusive hasta le han dicho que el desaparecido es una figura, no se sabe, no está ni muerto ni vivo, es un desaparecido. Ellos siempre pensaban que mi viejo podía estar en otro lado y que no quería volver.

    Ambos murieron unos años antes de que el EAAF identificara los restos de Raúl. De sus nueve desaparecidos, Fernando sólo recuperó los restos de uno, su papá.

    Soledad estaba dormida en brazos de su mamá Graciela cuando el 14 de febrero de 1977 un grupo de militares entró a la casa de Córdoba y se llevó a su papá, Mario Nívoli. A Graciela la sentaron en la cama con la bebé a upa y le dijeron:

    —Usted críe a sus hijos.

    Para Graciela, eso fue la sentencia de muerte de su compañero Mario.

    Cuando volvió la democracia, Soledad tenía 6 años. Su mamá los juntó a ella y a su hermano en una pieza y les contó la historia. Les dijo que a su papá se lo habían llevado, que estaba muerto pero no sabían dónde estaban sus restos. 

    Mi mamá tomó una decisión que no sé si fue sabia o no, pero fue su decisión, que fue la de comunicarnos siempre que mi papá estaba muerto. Y luego, cuando ella entendió que era el momento en que nosotros podíamos recibir la palabra desaparecidos, sí nos habló de eso. 

    Soledad cree que les transmitió la certeza de la muerte para que pudieran vivir en paz. Por supuesto que uno puede transmitir discursivamente esto y expresarlo racionalmente. Pero cada vez que sonaba un timbre en la madrugada, ella se sobresaltaba. Yo sé que ella lo esperó, yo sé que lo esperaba. 

    Su mamá los juntó a ella y a su hermano en una pieza y les contó la historia. Les dijo que a su papá se lo habían llevado, que estaba muerto pero no sabían dónde estaban sus restos.

    Para Rousseaux, “con la desaparición se produjo una cuestión interesante que es la presencia permanente. No es que se produjo la desaparición. Esos padres, esas madres o esos hijos, esas hijas se constituyeron en una presencia permanente”.

    ¿Pero qué pasa cuando lo incorpóreo, lo que para muchos sólo estuvo en fotos o en las historias de los otros, se materializa? ¿Qué ven los familiares en ese esqueleto o en esos huesos amontonados en una urna?

    Urquizu dice: “Es el momento de encuentro después de casi 50 años con la materialidad, sabiendo que esos restos pertenecen a su familiar”. 

    Es una mamá que se acuesta al lado del esqueleto de su hijo. Otra que agarra el cráneo y lo tiene un rato a upa. Es un nieto que saca la guitarra y le canta una canción a su abuelo. Es Fernando buscando señales, marcas, pero sabiendo que ese es su viejo. Es Manuel llorando ante lo poco que quedó de su mamá porque a ella la mataron con un explosivo. 

    Es también una hija que no quiso saber nada con los restos de su papá. Pero el día de la inhumación, un instante antes de enterrarlo, necesitó verlos. Entonces alguien del EAAF abrió la urna con un destornillador, ese que siempre llevan en la mochila por si acaso.  

    Para Soledad era casi imposible que en las excavaciones de La Perla encontraran a su papá, porque, según su propio razonamiento, la fecha del secuestro no coincidía con los entierros que se hicieron allí. Por eso la llamada de su abogado la tomó por sorpresa. Pero la razón y lo discursivo muchas veces no coinciden con lo corporal: hace un mes que Soledad está ordenando su casa como nunca antes. Haciendo lugar, dice ella. ¿Haciendo lugar para qué? ¿O para quién?

    El lunes 16, Soledad viajó a Córdoba con su compañero, su hijo y su tía, la hermana de su papá, a la audiencia oficial de notificación. Para encontrarse con los restos, todavía falta. Según los testimonios de la investigación preliminar, en ese lugar había fosas comunes que fueron removidas y los cuerpos, trasladados a otro lugar. Por eso lo que se encontró en las excavaciones fueron restos dispersos y desarticulados en sedimento de relleno. Queda a la espera ver qué cajita, qué algo, qué sobrecito nos entregarán de él, más allá de tener la certeza de que está, de que estuvo ahí. 

    Hace un mes que Soledad está ordenando su casa como nunca antes. Haciendo lugar, dice ella. ¿Haciendo lugar para qué? ¿O para quién?

    El camino de la Justicia es paralelo al del EAAF. Cuando a los familiares se les comunica la identificación y tienen la posibilidad de ver los restos, no se los pueden llevar en el momento. “La Justicia nos permite a nosotros este primer acercamiento, por ser quienes mantuvimos toda la comunicación con el familiar”, detalla Urquizu. El EAAF los pone en contacto con la dependencia judicial correspondiente, donde los familiares tienen que notificarse oficialmente. Es un trámite presencial que no tiene una duración estipulada. Y que muchas veces queda parado, porque los familiares no avanzan. No todos tienen los mismos tiempos.

    En el mientras tanto, pueden visitar los restos todas las veces que quieran. Como los huesos de su papá estaban en Tucumán, Fernando pidió que los envíen a Buenos Aires, donde él vive. Antes de poder llevárselos, lo fue a ver algunas veces más. Siempre ves un esqueleto y vos mentalmente le pones la carne a ese esqueleto y le pones el rostro, le pones todo. Me hubiera encantado ponerle una voz, pero no pude.

    Una vez que sale la notificación oficial, la que certifica el vínculo entre el familiar y el cuerpo, el EAAF le restituye los restos a la familia. Se los entrega en una urna. Las personas pueden elegir entre inhumarlos o cremarlos. En cualquier caso, no pueden llevárselos a sus casas. La mayoría de las veces, se entierran los huesos o se esparcen las cenizas en espacios específicos que tienen algunos cementerios para homenajear a los desaparecidos, como el de la Chacarita, el de Avellaneda o el de Lanús. O en parques, como el Bosque de la Memoria en Tucumán. También pueden enterrarse en nichos privados familiares. Muchas cenizas fueron esparcidas en parroquias, iglesias y también en el Río de la Plata.  

    “En la mayoría de las restituciones y de las inhumaciones que hemos tenido, tanto en cementerios como acompañando a familiares al Parque de la Memoria para esparcir las cenizas, todo el ritual se vive de una manera celebratoria”, dice Urquizu. La alegría es poder tener respuestas, certezas. Durante las ceremonias se leen poemas, se canta, se toca algún instrumento, se llevan fotos. Y en muchos casos funcionan también como reencuentro familiar o se suman compañeros de militancia, sobrevivientes, amigos de la infancia. Como esa despedida final, ese entierro simbólico en el cementerio de Flores que describe Sebastián Hacher en Cómo enterrar a un padre desaparecido (2012). 

    El porcentaje de desaparecidos identificados es muy bajo en relación a la cantidad de denuncias registradas. El EAAF logró recuperar 1652 restos o cuerpos, de los cuales más de 800 aún no pudieron ser identificados, porque ninguna muestra coincide con su perfil genético. Por eso es tan importante que quienes sospechan que pueden tener un familiar desaparecido entreguen una muestra de sangre. Con una gota, basta.

    La alegría es poder tener respuestas, certezas. Durante las ceremonias se leen poemas, se canta, se toca algún instrumento, se llevan fotos.

    ¿Qué pasa con la gran mayoría de familiares que aún no pueden encontrarse con los restos de sus desaparecidos? “Pienso que en estos casos, habrán buscado otras vías de ritualización”, dice Rousseaux y recuerda un acto histórico, en 2014, el día que Néstor Kirchner convirtió en casa de memoria a la ESMA. Esa mañana algunos familiares se acercaron y dejaron coronas de flores en las escalinatas con los nombres de sus desaparecidos. 

    Hace 20 años, cuando la idea de encontrar el cuerpo de Mario Nívoli era incierta, Soledad y su familia plantaron un lapacho rosado en el Bosque de la Memoria de Rosario. Florece cada primavera y es lugar de encuentro, de mates, de visita. Hasta le festejaron ahí un cumpleaños a su hijo. Cuando lleguen los restos de Mario hallados en la Perla, a los huesitos, como dijo Emiliano, los enterrarán ahí. 

    La entrada Reaparecidos se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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  • Blackrock y otros gigantes de Wall Street imponen un «corralito» ante el masivo retiro de fondos por la guerra

     

     El corazón financiero de occidente está herido. Todavía no es una crisis abierta. Pero los indicadores empiezan a alinearse de una forma inquietante. Wall Street camina sobre hielo fino. 

    Los jugadores más grandes de Wall Street tomaron una medida muy inusual que da cuenta del grave impacato de la guerra en la economía de Estados Unidos. BlackRock y otros gigantes de las finazas comenzaron a limitar los retiros de fondos de sus inversores, una suerte de «corralito» selectivo que día a día se expande a nuevas instituciones.

    En las últimas dos semanas se combinaron tres factores que según los analistas pueden explicar el fenómeno de los retiros masivos de dinero del sistema de Wall Street: la guerra con Irán y su impacto sobre el mercado del petróleo, el ruido que no afloja sobre una posible burbuja en torno a la inteligencia artificial y el enorme mercado de private equity y crédito privado que creció en las sombras después de la crisis de las subprime de 2008. 

    El nerviosismo se volvió visible cuando BlackRock limitó los retiros de su fondo HLEND, que administra junto a la gestora HPS, después de recibir solicitudes por alrededor de 1.200 millones de dólares, cerca del 9% de su valor neto. 

    Tras atacar tres buques, Irán advierte que el petróleo se irá a 200 dólares y se liberan reservas de emergencia 

    Otro de los casos relevantes ocurrió con Morgan Stanley, que restringió los retiros en su fondo North Haven Private Income Fund, un vehículo de crédito privado de unos 7.600 millones de dólares. Los pedidos de rescate superaron el 10% del capital, por encima del límite trimestral que permite el reglamento del fondo. El banco terminó devolviendo solo una parte del dinero solicitado, aplicando el clásico mecanismo de compuerta que se activa cuando los gestores temen tener que liquidar activos a pérdida. 

    Otro de los casos relevantes ocurrió con Morgan Stanley, que restringió los retiros en su fondo North Haven Private Income Fund, cuando los pedidos de rescate superaron el 10% del capital.

    Algo parecido ocurrió con Cliffwater, una firma especializada en medir el rendimiento de préstamos privados. Su fondo Corporate Lending Fund, que administra cerca de 33.000 millones de dólares, recibió pedidos de rescate por alrededor del 14% del capital. La firma limitó las devoluciones al 7%, lo que volvió a encender alarmas en el mercado. 

    La lógica es sencilla: cuando los inversores quieren salir al mismo tiempo, los fondos enfrentan el problema de vender activos que no tienen mercado líquido. Y ahí aparece otro dato que empieza a incomodar: el aumento de defaults y reestructuraciones en empresas muy endeudadas, donde ya entre el 8% y el 12% de los préstamos muestra signos de estrés. Un síntoma que trae el recuerdo de la crisis de los préstamos hipotecarios de la subprime. 

    No se trata de un colapso, pero sí de un síntoma. Cuando un fondo empieza a cerrar la puerta, el resto del mercado mira con desconfianza qué está pasando adentro. El gestor, George Noble, comparó los rescates limitados en fondos con «las primeras grietas que se veían en 2007».

    Para entender el problema hay que mirar qué es exactamente el crédito privado. Se trata de préstamos que no provienen de bancos tradicionales. Después de la crisis de 2008, las regulaciones redujeron el margen de los bancos para financiar empresas con riesgo medio o alto. Ese espacio lo ocuparon fondos de inversión que prestan dinero directamente a empresas. Ese mercado creció a una velocidad extraordinaria durante la última década, pero ahora enfrenta un punto de inflexión: menor liquidez, valuaciones bajo presión y creciente cautela de inversores institucionales que empezaron a revisar su exposición al sector. 

    El private equity, o P.E., es el otro engranaje de ese sistema. Son fondos que compran empresas, las reestructuran y las venden más caras algunos años después. Muchas de esas operaciones se financian con deuda. Y esa deuda muchas veces proviene justamente del crédito privado. 

    El resultado es una red muy densa de préstamos entre fondos, empresas adquiridas y vehículos financieros. Un operador financiero lo describió con una imagen bastante gráfica: «Una telaraña de deuda que funciona bien mientras nadie la sacuda demasiado».

    Ahí aparece el recuerdo inevitable de las hipotecas subprime, un universo de activos difíciles de valorar, empaquetados dentro de estructuras financieras complejas. 

    El crédito privado podría ser un Lheman silencioso.

    La diferencia es que ahora el sistema es todavía más opaco. Muchos de estos préstamos no cotizan en mercados abiertos. Los precios se estiman con modelos internos y cuando los inversores quieren salir, el mercado descubre que no hay compradores suficientes. El analista FluentInFinance, muy seguido por operadores de Wall Street, escribió en X que el crédito privado podría convertirse en «el próximo Lehman silencioso». 

    En paralelo, el contexto global se volvió hostil. La guerra en Medio Oriente empujó el petróleo y reaviva la inflación global.

    Al mismo tiempo, la fiebre por la inteligencia artificial infló las valuaciones de las tecnológicas y disparó inversiones gigantescas en centros de datos y chips. Ese entusiasmo empieza a generar preguntas incómodas sobre si esa inversión tendrá un retorno real.

    Por eso, el economista Mohamed El-Erian advirtió que las tensiones actuales pueden generar un «efecto contagio clásico» si los inversores empiezan a vender activos para obtener liquidez.

     

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