Con el objetivo de frenar el aumento de casos de COVID-19 durante el turismo, a partir de este lunes 3 de mayo entraron en vigencia los nuevos requisitos que deberán cumplir las personas que quieran ingresar o circular por Río Negro.
Las medidas resueltas por el Ministerio de Salud de Río Negro (Resolución Nº 2996), contemplan el requerimiento del test COVID negativo para quienes ingresen al territorio por transporte público de larga distancia, sea ómnibus o avión. Se permitirá la presentación de prueba PCR o test rápido siempre y cuando tenga la firma de un laboratorio habilitado.
En este sentido, quedarán exceptuados de presentar el test quienes arriben a Río Negro en vehículos particulares y los que circulen en transpote interurbano provincial e interprovincial. También estarán exentos de hacerlo los niños y niñas menores de 10 años que viajen en ómnibus o avión con acompañante.
Por otra parte, también se deberá presentar el permiso de Circulación RN aprobado. Para eso es necesario registrarse en https://circulacionrn.rionegro.gov.ar o en la app CirculaciónRN y seleccionar la solicitud para turismo.
En el caso de los grupos familiares, un solo responsable puede gestionar el permiso incluyendo al resto de los miembros de la familia. La aprobación del permiso puede demorar unas horas, por lo que se recomienda hacer el trámite con 72 horas de anticipación.
Una vez que el permiso esté aprobado, se tendrá que ingresar al mismo y completar la declaración jurada donde consta que no se presentan síntomas compatibles con el Coronavirus. El seguro/asistencia al viajero con cobertura para COVID-19 es opcional.
En caso de las personas que acudan a alguna localidad rionegrina a pasar el día, deberán solicitar el permiso de recreación que es de autorización inmediata. Además se recomienda en todos los casos tramitar el certificado nacional CUIDAR en https://www.argentina.gob.ar/circular
Respecto a las nuevas medidas, la ministra de Turismo y Deporte, Martha Vélez, manifestó que “desde el Ministerio acompañamos las medidas recomendadas y resueltas por el Ministerio de Salud ante el escenario particular que presenta la provincia con zonas de alerta como la región cordillerana y zonas de riesgo como los departamentos de General Roca y Adolfo Alsina”.
Además, la funcionaria agregó que “es urgente contener la situación y ahora es un buen momento para tomar medidas anticipadas y evitar que siga habiendo propagación del virus para que la situación sanitaria pueda mejorar de cara a la temporada de invierno, donde comienzan a emerger actividades turísticas en algunas regiones de la provincia, como la cordillera”.
Por último, Vélez sostuvo que desde la cartera que dirige “siempre acompañamos al sector turístico, tanto desde las gestiones ante Nación, como a la hora de pensar las aperturas y los protocolos para cuando la situación epidemiológica lo permitió, por lo que seguiremos trabajando en esta línea para que los daños sean lo más atenuados posible”.
Cabe destacar que la reapertura internacional está condicionada a las normativas que emane el Gobierno Nacional, tanto en el aspecto sanitario como de circulación en los diferentes medios de transporte y a los lineamientos a los que la provincia de Río Negro adhiera.
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El gobierno logró la media sanción en general de la reforma laboral, con una amplia mayoría de 42 votos a favor y 30 en contra, que dejó en evidencia la novedosa debilidad del peronismo en el Senado. Para obtener el apoyo mayoritario de los bloques, Patricia Bullrich tuvo que conceder a la CGT el carácter obligatorio de la cuota sindical, bien entrada la tarde del miércoles, pero mantuvo la creación del fondo de indemnizaciones que captura dinero de Ansés, la supresión de la ultraactividad, la negociación por empresas y la derogación de los estatutos. Un golpe importante al modelo sindical argentino.
Sobre un borrador del proyecto, que recibía sucesivas correcciones en rojo en plena sesión, el oficialismo terminó admitiendo la retención compulsiva de la cuota sindical, un reclamo de la central obrera contra el artículo que establecía que el aporte de los trabajadores fuera voluntario. Ese punto se sumó al sostenimiento del 6 por ciento para las obras sociales, otra demanda de los sindicatos. Ambos ítems son, apenas, la conservación de conquistas de antaño.
Pese a esa neutralización parcial que lograron los gremios, la Casa Rosada logró quebrarlos con un articulado que destroza regímenes de licencias y afecta el derecho de huelga a través de la declaración de una serie de actividades como esenciales. En la votación en particular se diluyó el plan de la CGT para desflecar la reforma laboral, tal como anticipó a LPO el líder de la central obrera, Cristian Jerónimo.
La CGT salvó herramientas que le permiten resguardar cierta defensa corporativa de la organización pero el gobierno se impuso en modificaciones de institutos centrales del modelo sindical peronista, como el derecho a huelga, la ultraactividad y las negociaciones colectivas por rama, retomando para de la senda de reformas de los 90 con Carlos Menem.
En la votación no hubo sorpresas y apenas en un puñado de títulos hubo algunas defecciones de los 42 que votaron a favor de la ley en general. El gobierno incluso sumó a los dos santacruceños en la votación del traspaso del fuero laboral a la Ciudad, una iniciativa que abrió una interesante batalla política entre los libertarios, en la que se jugó un primer round por la candidatura a jefe de Gobierno entre patricia Bullrich y Karina Milei, que busca imponer a Manuel Adorni. Villarruel la aprovechó para acercarse a los jueces nacionales.
La CGT salvó herramientas que le permiten resguardar cierta defensa corporativa de la organización pero el gobierno se impuso en modificaciones de institutos centrales del modelo sindical peronista, como la ultraactividad, el derecho a huelga y las negociaciones colectivas por rama.
El gobierno alcanzó la mayoría luego de quitar del proyecto la baja de cuatro puntos de Ganancias, como anticipó LPO, que había enardecido a los gobernadores aliados porque afectaba su ya maltrecha recaudación. Para evitarse sorpresas, Milei ordenó a toda la mesa política del gobierno que se traslade al Congreso hasta que se aprobara la norma. Karina, Santilli, Adorni y los Menem, se recluyeron en el despacho del riojano en Diputados.
La votación de hecho revela un trabajo político interesante de los libertarios, donde se notó la incorporación de Santilli, que desde que asumió se dedicó a cortejar a los gobernadores. A los 22 senadores libertarios -contando a Luis Juez- el gobierno logró sumar 20 votos más de provincias aliadas, que venían muy enojadas con la Casa Rosada.
El punto más debatido fue la creación del Fondo de Asistencia Laboral (FAL), pero el oficialismo únicamente perdió los votos de la salteña Flavia Royón, la cordobesa Alejandra Vigo y el radical Maxi Abad.
Acaso la crítica más contundente partió del peronista puntano Fernando Salino, cuando ya iban casi 12 horas de discusión. El hombre de Alberto Rodríguez Saá avisó sobre la judicialización que se avecina para la ley, toda vez que «a diez minutos de la votación en particular, todavía no se sabe qué texto se va a votar».
José Mayans y Sergio Uñac.
José Mayans, a su turno, atribuyó «al grupo de los 44», en referencia a los libertarios y sus aliados en el Senado, «un avasallamiento y una violación del reglamento», reabriendo la puerta de una eventual judicialización tanto por el contenido del proyecto como por la conformación de las comisiones diseñada por Bullrich.
«Nos robaron siete senadores», denunció el formoseño y agregó: «acá se hablaba de 28 modificaciones y vinieron con 50 modificaciones a las 7 de la mañana», dijo.
Mayans calificó el procedimiento como «una falta de respeto» porque la reforma modifica 41 leyes, que se tomó el trabajo de enumerar al filo de la medianoche. «¿Les parece que podemos tratar todo este paquete, una ensalada de leyes?», se quejó.
Para el cierre, Bullrich repasó «las frustraciones múltiples» cada vez que se intentó implementar reformas de este tipo en Argentina, una sutil corrección de lo que postuló al inicio de la sesión cuando dijo que esta iniciativa era la primera ley laboral de la democracia. «Nosotros no estamos prometiendo milagros, estamos trayendo soluciones concretas porque Argentina necesita generar trabajo y se genera cuando hay competitividad», argumentó.
Nosotros no estamos prometiendo milagros, estamos trayendo soluciones concretas porque Argentina necesita generar trabajo y se genera cuando hay competitividad.
La exministra reivindicó la eliminación de la ultraactividad y la prelación de la negociación por empresa. «Estamos rompiendo cadenas», se jactó.
El primero en objetar las pretensiones fundacionales de la senadora fue Mariano Recalde, quien calificó el proyecto como «revanchista» y negó que lo que se discutía fuera inédito. Además, sostuvo que en la Ley Bases «se habilitó la contratación de hasta tres colaboradores sin ningún derecho laboral, pero no se generó trabajo».
Al respecto, recordó que la jefa del bloque libertario dijo cuando era ministra de Trabajo del gobierno de Fernando de la Rúa que su cartera no era la encargada de crear empleo sino que esa tarea correspondía al Ministerio de Economía. «No crean empleo las normas laborales», advirtió el senador kirchnerista, apuntando al punto más delicado del relato libertario, que ha difundido que con esta nueva norma crecerá el empleo.
La senadora tucumana Beatriz Avila.
La radical Mariana Juri, por su parte, opinó que «una sola ley no genera empleo por sí sola, pero sin una buena ley laboral que se adapte a las situaciones actuales, el empleo no llega».
La catamarqueña Lucía Corpacci se quejó por la forma en que el oficialismo manejó la negociación de la ley. «No se dio ninguna oportunidad para que nuestro bloque pudiera hacer un aporte o algo que cambie al menos un poquito el daño que esta ley hace a los trabajadores», dijo.
La tucumana Beatriz Ávila, que responde al gobernador Osvaldo Jaldo, alertó que la reforma «no es suficiente», en sintonía con los planteos de sus antecesores en el uso de la palabra, aunque consideró que la ley en discusión «va a ayudar a ordenar y equilibrar las reglas de la economía y del mercado del trabajo».
La jefa de La Libertad Avanza, que tiene más transferencias que un Corsa, dijo que era la primera vez que se trataba una reforma laboral en Argentina… cuando ella misma era ministra de Trabajo en el 2001.
Joaquín Benegas Lynch mezcló la apelación a las transformaciones políticas y económicas con el cambio moral. «Esta ley no es una descripción técnica, es un pilar estructural y fundamental para mejorar el ámbito laboral», señaló. Y con la misma profundidad, catalogó al empleador y el empleado como «socios naturales».
La kirchnerista Anabel Fernández Sagasti fue la encargada de recordarle a Bullrich los episodios de las coimas en el Senado para aprobar la reforma laboral en el 2000. «Pasaron 25 años de la Ley Banelco y vienen con las mismas ideas y hablan de modernización», se burló.
«La jefa de La Libertad Avanza, que tiene más transferencias que un Corsa, dijo que era la primera vez que se trataba una reforma laboral en Argentina… cuando ella misma era ministra de Trabajo en el 2001», chicaneó y agregó «la desfachatez de algunos personajes de la política argentina me deja boquiabierta».
Juliana di Tullio y Anabel Fernández Sagasti.
Más tarde la jujeña Carolina Moisés barrió con las especulaciones sembradas por el kirchnerismo acerca de la chance que los integrantes del bloque de peronistas disidentes de Convicción Federal votaran a favor de la reforma, junto a los libertarios. Después de asumir que «es una pena que el peronismo, que tuvo al trabajador como columna vertebral del movimiento, no haya podido estar a la altura de las circunstancias», aclaró que «Argentina necesita una reforma laboral, pero no es esta».
El último orador antes que los presidentes de bloque hicieran los cierres fue Ezequiel Atauche, que cargó enfáticamente contra las organizaciones gremiales. «Los sindicatos son parte de una mafia que apañó el peronismo», dijo. También celebró que la reforma barrió con la ultraactividad y festejó: «Esa realidad se acabó, está extinta. Los argentinos ya no quieren más eso. El camino del verdadero progreso de la Argentina son las empresas».
Tum, tum, tum. ¡Ya llega el murgóóóón / que de Boedo es! Tum, tum, tum. ¡Así trae el fervoooor que ya sabés! Tum, tum, tum. ¡Se vienen a luciiiir los murgueros acá! ¡Alentándote a voooos, mirá el murgón! ¡Muy buenas noches! Ya está desfilando el centro murga Ilusiones de una noche, del barrio de Boedo. Rojo, negro, blanco y turquesa son los colores que llevamos en el corazón. ¡Fuerte el aplauso para ellos!
Las mascotas adelante, las fantasías detrás, murgueras y murgueros tiran los pasos prohibidos, las patadas en el aire, el cuerpo que parece caer pero se levanta, rebota, brilla. Tum, tum, tum. ¡Boedo! Los bombos y redoblantes completan el ingreso de este centenar de personas —esta familia— que lleva casi todo un año ensayando, igual que tantas otras, en una plaza de Buenos Aires.
“Suenen bombos y platillos Hagan el barrio vibrar Canten todos con más fuerza Ya comienza el carnaval”
El cielo encapotado de un septiembre que no entibia. Algunos pocos vecinos alrededor del anfiteatro. Parece mentira la promesa de un verano y de su fiesta en la calle. Y aunque todavía son pocos, ahí están: no más de quince chicas y chicos que bailan al compás de la percusión. Recuerdo haber estado alguna vez en un corso cuando era chico, en los ya lejanos años ochenta. Es una imagen borrosa y triste, como casi todo en la infancia. La murga me empezó a gustar de grande. Escucho la percusión y enseguida sigo el ritmo. Los veo bailar y sonrío; me encantaría moverme así, pero por el momento agradezco tener algo que me alegre. Por eso no entiendo que tanta gente no lo disfrute. Algunos hasta parece que la odiaran. Yo me mudé hace poco al barrio y uno de los motivos fue su identidad. Así que apenas escuché los bombos corrí a la plaza. Pregunté quién era el responsable de Ilusiones de una noche. Quería saber cómo es una murga más allá de los prejuicios que circulan en medios y en redes sociales, de la queja de los vecinos “por el ruido” y de las denuncias de violencia y aprovechamiento político. Qué tipo de gente la habita. Por qué nos gusta tanto a muchos y a otros les molesta tanto.
“Siempre fui murguero de un barrio de tango y entre conventillos aprendí a bailar”
Gastón “el Tonga” Vassallo tiene cuarenta y un años y es el director general de la asociación civil Ilusiones de una noche, que ya supera las dos décadas de vida. “Vomitar arte”, dice sentado en lo alto del anfiteatro de la plaza Mariano Boedo, atento a cada detalle, y aclara que usa esa palabra por la “virulencia” de haber transitado la juventud en los noventa. Me cuenta que estaba vivo cuando mataron a Walter Bulacio y recuerda cuando lo agarraron entre cuatro policías y le pegaron. “Esto es una expresión artística, pero es también una revancha de lo que nos pasa como pueblo”. Mientras a nuestro alrededor los murgueros y las murgueras se bambolean con sus pasos, es fácil imaginar la bronca contenida que hubo detrás de esa alegría.
En los orígenes de la murga porteña, igual que en los del tango, están los esclavos negros. Los arrancaban de países distintos, de tribus distintas, de idiomas que no servían para hablar entre ellos. El baile era su manera de comunicarse. En cuanto podían liberarse del trabajo de sol a sol, invertían roles: se ponían al revés los trajes de los patrones, ubicaban galera y bastón y bailaban para burlarse del amo. “Y todavía hay gente que hoy, en 2026, nos dice negros de mierda”, reflexiona el Tonga, que además de director de una murga está camino a recibirse de licenciado en Higiene y Seguridad en el Trabajo. Lo cierto es que en Boedo la convivencia es bastante pacífica, aunque más de una vez algunos vecinos hicieron denuncias por ruidos molestos. Los patrulleros llegan, pero no tardan en irse al comprobar que todo está en regla. En otros barrios, sí: hace poco hubo un enfrentamiento con una murga de San Cristóbal. Acusaciones cruzadas, insultos, golpes. Alguna vez, también, volaron huevos desde los balcones.
“La calle empedrada y el ritmo de un bombo que con su platillo me puso a soñar”
“Antes se llamaba murga al grupo de chicos de un barrio que salíamos disfrazados por las calles a ganarnos el mango —explica Enrique ‘Marciano’ Ausmeque, que a sus casi ochenta años ostenta el diploma de ser uno de los dos sobrevivientes de los fundadores de Los Cometas de Boedo, nacida en 1959—. El bombo lo hacíamos con una lata de galletitas Canale y los platillos, con dos tapas de cacerolas —cuenta, sentado en el living de su casa, este hijo de carpintero que trabajó toda su vida arreglando persianas—. Salíamos a las tres de la tarde por los bares del barrio. Los muchachos nos llamaban a las mesas para que nos acercáramos a cantarles canciones picantes. Después nos íbamos al subte, vagón por vagón, pasando la gorra. De a poco fuimos creciendo hasta que nos invitaron a participar de los corsos”. Entre los años cincuenta y sesenta, los carnavales en la ciudad eran multitudinarios, el público se disfrazaba, las murgas eran larguísimas. “En el mejor momento llegamos a ser más de trescientas personas —recuerda Marciano, sin pena y con nostalgia—. En el público eran miles, los corsos ocupaban diez cuadras. Pero cuando llegaron los militares cambió todo”.
“Yo llevo murga en el alma la rebeldía también si canto con entusiasmo los corsos saben por qué”
“Existe ese prejuicio de que el murguero es un negro cabeza que no estudia ni trabaja —dice Stella ‘la Peque’ Cabañas, de veintiocho años y una personalidad fuerte que asoma enseguida—, pero hay gente con título, gente sin trabajo, gente que gana fortunas y otros que no tienen para comer. Las puertas están abiertas. Lo que buscamos es que sea un círculo de contención”. La Peque es directora de percusión y directora general junto con el Tonga. Además, enfermera y empleada de un call center. Entró porque le insistieron las amigas. Primero, por edad, fue premurguera. Después se enganchó con la percusión. Algo poco usual: por lo general, los percusionistas son hombres. “Como directora, me fijo que todos tengan su bombo, que puedan tocar, que aprendan su ritmo —dice en su casa, rodeada de apliques con los que decorará su vestuario y el de sus compañeros—. Pero además acompaño, escucho, sé qué les pasa a los demás. Si alguien no aparece por mucho tiempo, se lo busca. Si hay un problema entre dos integrantes, se intercede. Sería algo así como la tía copada”.
“Señores, hoy criticamos con toda sinceridad por eso quieren prohibirnos nuestras calles y carnaval”
El tiempo pasa rápido entre un domingo de ensayo y el siguiente. El clima más benévolo de octubre invita a sumarse, pero para noviembre la murga ya es casi el doble de grande. Esta plaza —que supo ser una antigua estación de tranvías y fue espacio verde gracias a la lucha de los vecinos— y tantas otras en la ciudad empiezan a llenarse. Yo bajo con mi mate. Es la primera vez que vivo en un barrio con una historia tan rica —el tango, la literatura, el arte pintado en las calles— y pienso disfrutarlo. Hay otras siete murgas en Boedo, pero esta es la nuestra. Mamás y papás de las “mascotas” —los chicos entre cinco y doce años— hacen lo mismo que yo mientras sus hijos se divierten tirando pasos.
Nuevos integrantes de la familia hacen su entrada: Pablo Tozzo, que se ocupa de escribir las canciones que acompañan esta crónica. Tiene sesenta años, trabaja como chofer y se enamoró de la murga a los nueve, cuando bailaba en Los Viciosos de Villa Martelli. Hablamos por videollamada después de un ensayo. “Cuando volvió la democracia —dice Pablo, que además hizo cursos de quiropraxia y es el encargado de acomodar los huesos de sus compañeros—, cortábamos la calle por nuestra cuenta y salíamos, pero teníamos que correr cada vez que venía la policía”. Le pregunto por qué hay tanta resistencia en algunos sectores. “Lo que molesta es que el pueblo tenga algo de donde servirse sin tener que poner un peso”, responde con seguridad, aunque agrega que también hay cuestiones políticas en el medio.
“Señores, los jubilados seremos todos un día hoy te vetan un aumento y mañana la comida”
La entrada de la murga al corso se divide en partes: saludo, presentación, despedida. La más esperada es la crítica, el momento en que el pueblo canta contra el poder. Una forma colorida de reclamar y rebelarse. Sin embargo, los límites existen. “Si le llego a sentir olor a porro a alguno, lo bajo en cualquier lado”, asegura Marciano, con una convicción que inspira respeto. Dice que mucha gente cree que los murgueros son todos “negros borrachos”, pero que en carnaval compra mil trescientos litros de agua mineral para llevar en los micros. “Entonces, ¿qué hago? —pregunta y se responde él mismo—: dejo salir la murga y a mitad de camino me subo al primer micro. Me voy al tambor donde está el agua, a ver si no le echaron otra cosa. Si está todo bien, bajo en el siguiente semáforo y me subo al otro micro. Hay chicos en la murga. Están mis nietos. No voy a permitir desde ningún punto de vista que pasen esas cosas”.
“Siempre fui murguero de un barrio de tango y entre conventillos aprendí a bailar”
La familia es clave en este mundo de bailes alborotados y golpes de bombo. Ezequiel Cuomo es hincha de San Lorenzo (por eso prefiero hablar con él) y tiene diecinueve años. Toca el bombo, pero además es guitarrista de una banda que mezcla el heavy metal con el thrash. Su madre, sus dos tías y su abuela también fueron murgueras. La abuela le enseñó a coser su propio traje. Ezequiel también arregla sombreros funyi para otros murgueros. “Para entender a un murguero tenés que ser amigo o familiar de un amigo —dice sentado bajo un jacarandá—. Si tuviste un mal día y no encontrás una salida, venís acá y estás en familia. Eso no quiere decir que no giren cosas, pero la mayoría de las veces son cosas lindas”.
“Yo no entiendo a la gente —nos interrumpe una señora que nos escuchó hablar, debe andar por los setenta años, vive ‘justo enfrente de la plaza’ y lleva un caniche toy a cuestas—. Acá tienen un espectáculo gratis, una actividad para que los chicos hagan sin estar pegados al celular. Es ideal para toda la familia, pero en lugar de disfrutarlo, se quejan del ruido”. Se sorprende, y a mí me pone contento saber que tengo una vecina que piensa igual que yo.
“La calle empedrada y el ritmo de un bombo que con su platillo me puso a soñar”
Solo diez de aquellas primeras murgas porteñas sobrevivieron a la dictadura. La perseverancia de muchos vecinos y vecinas de la gran familia murguera mantuvo este pedazo de identidad de Buenos Aires de pie. En 1997, la Legislatura declaró al carnaval porteño Patrimonio Cultural de la Ciudad. En 2011 se restituyeron los feriados que habían sacado los militares. Hoy, más de cien de estos centros y agrupaciones participan de las actividades que organiza el gobierno de la ciudad. También hay una buena cantidad que funcionan por fuera del circuito oficial. ¿Y hay plata oficial?, le pregunto al Tonga, porque es lo que escuché que se hablaba en televisión por estos días, por el enfrentamiento entre una murga de San Cristóbal con un grupo de vecinos. “Hacer una salida cuesta alrededor de doscientos cincuenta mil pesos por micro. El presupuesto que asigna la ciudad por murga para todas sus presentaciones es de un millón ciento setenta mil pesos que recibiremos el próximo julio. O sea: como mucho, pagamos cuatro micros y lo cobramos seis meses después. Por eso la mayor parte la financiamos nosotros mismos con rifas o eventos a lo largo del año. También ponemos plata los directores”. Le pregunto si hay murgas bancadas por la política. Me dice que no es el caso de la mayoría, pero que “hay de todo, como hay de todo siempre”, y se levanta para sumarse a tocar el bombo.
“Yo soy un murguero reo Boedo es donde nacimos lugar de los carnavales bombo y platillo son mis latidos”
La de mi plaza es una murga joven, pero ya tiene su historia. Mariano “Marianito” Domínguez es uno de los fundadores. Aunque hoy es encargado de un edificio en Villa Crespo, nació y se crió en el barrio. Se acercó al mundo de la murga en un taller que daban en el colegio. Los Cometas de Boedo eran su inspiración; fue parte de La Gloriosa hasta que, junto con su hermano y un par de amigos, le dieron forma a Ilusiones de una noche. Aunque está alejado de la murga porque, dice, “para estar hay que estar”, algún que otro domingo viene a ver cómo va todo. Marianito pertenece a la misma generación que el Tonga y habla desde la madurez de haber tenido veinte años en una época difícil. “Durante mucho tiempo hubo rivalidades y peleas. Acá también se traían los problemas del fútbol. Nosotros no podíamos ir a Parque Patricios. Después nos dimos cuenta de que estábamos todos defendiendo nuestro arte, ¿cómo nos íbamos a pelear?” Le pregunto por qué cree que tanta gente siente rechazo por lo que hacen. “Hay mucha desinformación —dice sentado en un banco desde donde alcanzo a ver el balcón de mi casa—, mucho prejuicio y mucha gente que tiene dos pesos más que vos y pasa por acá y te mira de reojo. Pero todos vivimos en el mismo barrio, así que tan diferentes no debemos ser”. Y deja una frase: “El carnaval son las vacaciones de los pobres”, mientras el sol cae y los redoblantes serpentean en el aire.
“¿Cómo aguantás el ruido?”, me pregunta un vecino que me cruzo en el ascensor un domingo cualquiera. Le respondo que no me molesta, que son nada más que dos horas de ensayo por semana y que, al contrario, me gusta. El hombre, de unos sesenta años, perfume intenso y camisa abierta por el calor, me dice que él ya no sabe qué hacer, que no lo dejan dormir, que están todo el día dale que dale con el bombo. Le repito que son nada más que dos horas, de seis de la tarde a ocho, que tienen autorización de la ciudad y que el horario se respeta siempre. Le recuerdo que cuando se organizan encuentros de zumba en la plaza hacen más ruido y nadie se queja. Se baja del ascensor sin saludarme.
“Hoy me puse la levita vos me pediste que baile el corazón late fuerte y ahora no hay quien lo pare Llegamos hoy desfilando y desfilando nos vamos Que suenen fuerte los bombos y el murgón ya se está yendo”
Febrero en Buenos Aires. Mercedes Tozzo, Mechi, la hija de Pablo, revolea piernas, salta, baja la mano al suelo. “¡Boedo!”, grita con sus compañeras desde la columna de las murgueras. Tiene treinta y un años, cuatro hijos y está casada con un bombista de otra de las murgas del barrio. Llegó por herencia familiar: se emociona al acordarse cuando eran chicos y su papá los hacía saltar la valla a ella y a su hermano para que se sumaran a bailar. “La murga es mi lugar en el mundo, mi lugar de paz —dice, y los ojos se le llenan de lágrimas—. Ese sonido del bombo con platillo y redoblantes me lleva a cuando tenía cuatro o cinco años y con mi viejo jugábamos con espuma y bombuchas”. Para Mechi, “hay mucho odio y la resistencia viene por el desconocimiento de los orígenes de las murgas, nuestra historia y la posibilidad de expresar al menos un mínimo de esa sensación de sentirse libres”.
“Señora, nos retiramos y hay más cosas para contar les pido todos las griten a la hora de votar”
La primera noche de carnaval en Boedo deja atrás sus ecos de rebeldía, sus colores, su desfile de circo urbano. Al igual que otras tantas murgas, Ilusiones de una noche acaba de sacar a relucir seis meses de ensayo, pasos, golpes, patadas, letras contra los políticos que nos empobrecen. Murgueras y murgueros se suben exhaustos y satisfechos a los micros. Gastón, la Peque, Pablo, Mechi, Ezequiel y otros artistas que forman parte de la familia murguera dejarán caer ese cuerpo que tantas veces amagó con desarmarse frente a grandes y chicos, entre la espuma y la brisa del verano. Parten rumbo a la próxima presentación, en otro barrio porteño. Camino de regreso a casa, me alejo lo suficiente como para mezclarme otra vez con esa ciudad que le da la espalda a sus murgas. Probablemente el odio tenga que ver con ese asco que una parte de la sociedad le tiene a su propio espejo. Pero vuelvo a acordarme de manera difusa de aquel corso cuando era chico; quizás para muchos la infancia también sea un recuerdo ya demasiado borroso, y eso los pone tristes. Así como debían sentirse los esclavos de la Buenos Aires del siglo XIX. Una tristeza alegre que también es un baile de libertad. Esa palabra que en estos tiempos nos resuena tan contradictoria como necesaria.