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Orazi, presente en la premiación de la Corrida Aniversario organizada por el Grupo Comahue

El Intendente Marcelo Orazi participó este domingo de la premiación de los ganadores de las distintas categorías de la cuarta Corrida Aniversario organizada por el Grupo Comahue. Estuvieron presentes también el Secretario de Coordinación Ariel Oliveros y el Director de Deportes Damián Álvarez.

La competencia reunió a unos 200 participantes de distintas ciudades del Valle y de otras provincias del país distribuidos en las tres categorías: 5, 10 y 21 kilómetros.

Además del acompañamiento de la Dirección de Deportes, cabe destacar el trabajo realizado por el personal de la Dirección de Tránsito durante el desarrollo de la misma.

Posiciones Generales 21 K Femenino:

1º Raquel Contreras (Villa Regina)

2º Mariela López (Ingeniero Huergo)

3º Agustina Martínez (Choele Choel)

4º Natalia Rossi (Villa Regina)

5º Viviana Poblete (Villa Regina)

Posiciones Generales 21 K Masculino:

1º Alexis Corrias (General Roca)

2º Mauro Fernández (Gral. Roca)

3º Alain Navarro (Villa Regina)

4º Martín Araya (Villa Regina)

5º César Pino (Villa Regina)

Posiciones Generales 10K Femenino:

1º Valeria Soledad Zalazar (Lamarque)

2º Milagros Kaiser (General roca)

3º Verónica Villegas (Gral. Roca)

4º Pamela González (Lamarque)

5º Silvana Castro (Lamarque)

Posiciones Generales 10 K Masculino:

1º Facundo Vázquez (Choele Choel)

2º Jacobo Silva (Godoy)

3º Pablo Salamanca (Chichinales)

4º Sergio Vega (Chichinales)

5º Santiago Escobar (Villa Regina)

Posiciones Generales 5 K Femenino:

1º Valeria Barras (Villa Regina)

2º Laura León (Villa Regina)

3º Rosa del Valle (Villa Regina)

4º Marianela Comes (Gral. E. Godoy)

5º Micaela Avila (Villa Regina)

Posiciones Generales 5 K Masculino:

1º Sebastián Ríos (Catriel)

2º Luciano Roa (Villa Regina)

3º Tobias Poblete (Villa Regina)

4º Omar Mora (Chichinales)

5º Mauro Valenzuela (Villa Regina)

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  • El fallo de la Corte Suprema de EEUU dejó a Argentina con más aranceles que Brasil

     

    El histórico fallo de la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos que declara la ilegalidad de la política de aranceles de Donald Trump abre un escenario de fuerte incertidumbre global  que impacta en la Argentina. 

    El New York Times publicó un detallado artículo que confirma que con la imposición de 15% de aranceles globales bajo Sección 122 la Argentina entra en el grupo de países que tendrán mayores aranceles que antes del fallo y pierde la ventaja que tenía con otros países que  tenían más aranceles para ingresar al mercado de Estados Unidos.

    Brasil es el gran ganador porque tenía 40% de aranceles pero había logrado la excepción de varios productos tras un acuerdo de Lula con Trump y se logró ingresar la carne brasileña. Con el fallo, quedó tiene 15%. 

    Un diplomático argentino explicó a LPO que «Argentina tiene una doble pérdida en el sentido de que no solamente sus bienes van a pagar más aranceles sino que se le redujo o se eliminó esa brecha que tenía Argentina con Brasil y otros países que tenían una tarifa recíproca más del 25% muchos negociando deals quedaron en el 20%». 

    ¿Cuánto afecta el fallo contra los aranceles en el liderazgo global de Trump?

    «También tiene un costo indirecto que es la pérdida de ese beneficio de que muchos productos que a lo mejor Argentina tiene competitividad vis a vis, un competidor con los aranceles elevado ahora se eso se niveló para abajo y pierde ese beneficio indirecto», remarca.

    De esta manera, bajo la Sección 122 el Ejecutivo no puede bajar o discriminar líneas arancelarias específicas para países específicos de manera selectiva. La aplicación de aranceles es uniformes y no discriminatorias.  

    Brasil es el gran ganador porque tenía 40% de aranceles pero había logrado la excepción de varios productos tras un acuerdo de Lula con Trump y se logró ingresar la carne brasileña. Con el fallo, quedó tiene 15%.

    En este contexto, la doctora en Relaciones Internacionales Julieta Zelicovich dijo a LPO que «a los aranceles anunciados el día viernes de esta sección 122 le falta todavía madurar en términos de mecanismos de aplicación, ver cuáles son las excepciones que van a ir otorgando para comprender de manera definitivamente su impacto o el impacto que va a tener en los próximos meses». 

    Según Zelicovich, «lo que vemos es alto nivel de incertidumbre. Y si nos basamos en las experiencias anteriores de Trump, es esperable que esta nueva política, este nuevo anuncio de aranceles, dé lugar a lobbies domésticos para pedirles excepciones y todo es un gran negocio de gestión de la política».  

    Entonces, agrega la académica que «todavía a estos aranceles anunciadas el viernes les falta una vuelta de tuerca para terminar de poder dimensionar su impacto concreto sobre la economía. Así que es esperable que haya aranceles y que los aranceles más importantes que afectan a Argentina, que son los que derivan de las secciones 232 y 301 antes que los que eran del IEPA, siguen vigentes».

     En el caso del acuerdo de Argentina con Estados Unidos, Zelicovich dijo que «hoy está en un limbo porque los compromisos que Estados Unidos asumió con Argentina en ese acuerdo dejaron de tener validez jurídica dentro de los Estados Unidos. 

    (El acuerdo) hoy está en un limbo porque los compromisos que Estados Unidos asumió con Argentina en ese acuerdo dejaron de tener validez jurídica dentro de los Estados Unidos

    «Le había aceptado algunos de los aranceles de ese 2 de abril promovidos por el IEPA que el Tribunal de Justicia norteamericano declaró inconstitucional y ante la ausencia de esa regla que había subido el arancel, esas excepciones desaparecen y lo que resta ver es si Estados Unidos, va a incluir a Argentina, va a replicar esas excepciones frente a las nuevas legislaciones, algo que todavía no ha sucedido», detalló. 

    Trump dijo que volverá a poner aranceles y atacó a la Corte: «Me dan vergüenza, los doblaron»

    En este contexto, la especialista afirmó que «Argentina puede de manera subordinada decir que siguen vigentes pero lo cierto es que la contraparte de Estados Unidos no está este acuerdo siempre fue un acuerdo simétrico donde a Argentina se le piden reformas legislativas profundas y lo que Estados Unidos ponía sobre la mesa no son más que unos decretos de baja calidad jurídica e institucional dentro del andamiaje de Estados Unidos. Es la precariedad misma del acuerdo». 

    Por último, Julieta Zelicovich sostuvo que «Argentina no está sola en eso, sino que es una decena de acuerdos que Estados Unidos fue firmando entre mitad del año pasado, mitad de 2025 y comienzos de 2026, donde todos los países hoy se encuentran preguntándose qué es lo que ha pasado con esas concesiones arancelarias y cuánto de eso va a ser en vigor o no. Siempre pensando que estos aranceles del 2 de abril eran aranceles ilegítimos». 

     

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  • ¿Cómo enfrentar el “contragolpe cultural”?

     

    Así como las afirmaciones terraplanistas no modifican el hecho de que la Tierra sea redonda, así como los movimientos antivacunas no cambian la naturaleza contagiosa del Covid, el conservadurismo cultural, expresado hoy por fuerzas como las que lideran Javier Milei y Donald Trump, no modifica esta realidad: las sociedades humanas son constitutivamente diversas, heterogéneas y desiguales; en todas las comunidades humanas, pero aun más en aquellas donde existen el dinero y el Estado, hay multiplicidades y hay disparidades.

    Qué hacer con esta diversidad es un debate que viene concentrando la mayor parte de la historia ideológica, filosófica y política, y que por supuesto no está saldado. Dentro de estas controversias, uno de los capítulos centrales es el concepto de libertad, que ha sido utilizado por la extrema derecha como una de sus banderas. Para los conservadores, hoy llamados libertarios, la libertad se basa en la idea de que somos todos iguales: un rico y un pobre son consecuencia del modo distinto en que cada uno usó sus posibilidades. En esta mirada, la desigualdad fáctica es una consecuencia de una igualdad ontológica. Para las corrientes conservadoras, la libertad agiganta desigualdades. El rol del Estado, además de garantizar seguridad y justicia, debe ser restringir la diversidad: el Estado, que no debería cobrar impuestos, sí debe decretar que hay dos géneros, que la familia debe estar constituida de cierta manera y que las mujeres no pueden disponer de sus cuerpos.

    Desde una mirada democrática y progresista que asume que las sociedades son por naturaleza diversas, en cambio, la igualdad es algo a construir. Pero esa perspectiva hoy está a la defensiva. A través de una serie de subterfugios de ingenieros del caos, la posición histórica que conjuga liberalismo cultural, pluralismo político y justicia social ha sido estigmatizada como “woke” o “progresista”. La expresión “woke” surgió en Estados Unidos, un territorio de alta intensidad en la batalla cultural, en referencia a “despertar” (awake) ante la discriminación (“despierto” en el sentido de “concientizado”); pero hoy se usa de modo despectivo, que es la connotación que le dio Milei en su discurso en Davos. Como si las personas que descienden de esclavos o de pueblos originarios, como si las mujeres, que hasta hace setenta años no podían votar, hoy, justamente porque se reconocieron algunas de esas desigualdades, contaran con privilegios.

    La derecha conservadora está presente en distintas corrientes políticas, del mismo modo que la corriente que defiende las diversidades está presente –aunque no de modo uniforme– en partidos distintos. En Argentina, el peronismo, el radicalismo, el socialismo y la izquierda cuentan entre sus integrantes con personas que defienden este punto de vista. Se trata de una corriente que busca principalmente dos metas: que las personas y los grupos sean cada vez más libres, y que esa libertad se sostenga en formas igualitarias que la hagan real y no puramente declarativa o formal. Es una corriente de opinión que pone en escena grandes tradiciones culturales de la modernidad, heredadas de la Revolución Francesa y la Estadounidense, y que no tiene una única posición en materia de desarrollo económico, justicia distributiva o lucha por la igualdad. Ese “progresismo” no está en contra de ninguna religión, pero sí lucha por una separación completa de cualquier religión y del Estado. Ninguna ley puede sustentarse en creencias religiosas. Pero sí debe haber leyes que, por motivos universalistas, exijan el respeto de todas las religiones. Esta perspectiva, sometida hoy a una fuerte ofensiva, merece una reflexión autocrítica.

    Acerca de la autocrítica

    La hegemonía cultural de la extrema derecha impacta en el campo progresista. ¿Los movimientos por la libertad de las diversidades se “pasaron de rosca”? La ofensiva cultural de Milei y las derechas extremas, la derrota electoral del peronismo y los niveles de inflación y pobreza que dejó el gobierno de Alberto Fernández han planteado ese debate. ¿Hay una incidencia de la lucha por las diversidades en el oscurantismo que estamos viviendo hoy? ¿No habremos ido demasiado lejos? ¿Se puede seguir sosteniendo la defensa del colectivo LGTBQi+ en el contexto actual?

    Los procesos sociales y políticos siempre son imperfectos. Conocer esas imperfecciones, practicar la autorreflexión, es clave para mejorarlos. Por otro lado, se trata de movimientos profundos y de larga duración. En Argentina, por ejemplo, el movimiento masivo de mujeres de los últimos años comenzó en 2015 con el “Ni Una Menos”, una gigantesca movilización contra la violencia de género. ¿Frenar el reclamo contra los asesinatos de mujeres hubiera sido “menos radicalizado”? Y hoy, ¿qué está más vigente? ¿El reclamo de que no mueran más mujeres por el hecho de ser mujeres o la propuesta oficial de retirar del Código Penal el agravante por femicidio?

    La autocrítica no equivale a autoflagelación; debe ser una reflexión sobre prácticas y políticas que nos implican. Entre las múltiples causas que produjeron esta nueva etapa histórica global de las derechas extremas están, en efecto, los profundos déficits de la izquierda, la centroizquierda y los partidos tradicionales. Pero no coincido con quienes, subidos a la marea reaccionaria, afirman que la culpa es del progresismo, de un supuesto “wokismo” o de una “excesiva” ampliación de derechos civiles. Ese argumento puede terminar en diputados que voten con Milei regresiones culturales o puede llevar a un catolicismo de gobierno en contra de la libertad de las personas y los grupos. Empieza cuestionando el DNI no binario y termina aboliendo el divorcio.

    Pero entonces, ¿cuáles son esos errores de la izquierda? Si hubiera que elegir uno, diría lo siguiente: mientras las vocaciones igualitarias y de justicia social se tornaban cada vez más difíciles de lograr, en gran parte por no tener una alternativa concreta al capitalismo neoliberal, la izquierda avanzó con leyes y políticas tendientes a garantizar derechos civiles. Dependiendo de los países, se avanzó en materia de identidad de género, aborto, discriminación positiva, educación sexual, matrimonio igualitario, derechos de los pueblos originarios y los migrantes. Cuantas más dificultades aparecían en materia económica y social, cuanto más complicado se hacía sostener el horizonte de movilidad social, más se acentuaron estos derechos como compensación.

    La autocrítica no equivale a autoflagelación: debe ser una reflexión sobre prácticas y políticas que nos implican.

    Ese fue el gran problema. Las libertades civiles no pueden compensar el fracaso económico o social. Si son las únicas banderas que se agitan cuando se desfinancia el Estado de Bienestar, se retiran regulaciones públicas o se producen escaladas inflacionarias, como en el caso argentino, se corre el riesgo de que las fuerzas democráticas queden reducidas y debilitadas. Los límites para corregir o superar el neoliberalismo los terminan pagando los avances en materia de diversidad o pluralismo.

    Mi primera tesis es que, frente a quienes creen que la ampliación de libertades favoreció a la derecha extrema, creo que su causa es el fracaso económico.

    En segundo lugar, la cuestión de los particularismos. Mientras Martin Luther King buscó cambios que mejoraran la desigualdad estructural de la sociedad norteamericana, muchas políticas de la identidad del siglo XXI se concentraron en derechos particulares. Y es difícil pedirles algo más que simpatía pasiva o inactividad a quienes no están directamente involucrados en la conquista de un derecho. Esto no implica que movimientos como “Ni Una Menos”, “Black Lives Matter” o la “Marcha anti-fascista” de febrero de 2025 no hayan sido señales contundentes en la dirección correcta, sino simplemente llamar la atención sobre cuál puede ser el alcance de esas convocatorias.

    Algo similar ocurre con el “lenguaje inclusivo”. Se trata de un cambio cultural crucial, que busca ampliar libertades e incluir diversidades. Pero debe expandirse a partir de la posibilidad, no como imposición. Los mayores fracasos del cambio cultural ocurrieron cuando se pretendió imponer a través de prescripciones. El liberalismo cultural busca ampliar, no restringir, las posibilidades de las personas.

    El caso de las cuotas

    Muchas veces, en lugar de luchar por cambiar una legislación, una política o un presupuesto, las reivindicaciones progresistas se enfocaron en personas concretas: los varones blancos, incluyendo casos de punitivismo extra-judicial, como escraches a adolescentes, altamente polémicos. En aquellos casos, hubo voces feministas potentes que alertaron que el feminismo no surgió para cambiar al dueño del poder del patriarcado, sino para modificar un tipo de poder y de dominación. El punitivismo y la cultura de la cancelación fueron algunos de los errores más graves. Pero no es verdad que sean inherentes a los reclamos por la diversidad y la libertad: fueron casos minoritarios en causas justas.

    Detrás de este tipo de cuestiones aparece un problema que vale la pena debatir a futuro: la tensión entre lo particular y lo universal. Si cada uno de los grupos discriminados reclamara sólo para sí mismo, si todo se tradujera en una simple cuota por grupo, a largo plazo se terminarían socavando algunos de los consensos culturales necesarios para mantener las políticas de acción afirmativa. Un ejemplo es el de las universidades. En la mayoría de los países del mundo existe un sistema de examen de ingreso a la universidad y cupos por carrera. Al observar las universidades se hacía evidente que la abrumadora mayoría de los alumnos eran varones blancos. Eso llevó a reclamar políticas de cuotas raciales, étnicas y nacionales, como las que se terminaron concretando en Estados Unidos y Brasil. Este sistema garantizaba una mayor presencia de diversidades, restando lugares a los blancos. Pero, ¿qué quedaba, por ejemplo, para los blancos pobres? ¿Quién se preocupó de su situación? En muchos casos fueron los grandes olvidados, lo que contribuyó a que volcaran su respaldo a fuerzas políticas conservadoras que dicen defenderlos. ¿Qué hubiera ocurrido si se hubiera incluido una cuota general para los estudiantes de colegios públicos de bajos recursos en el ingreso a la universidad? Mientras en un terreno puramente cultural la especificidad por grupo es adecuada, en cuotas vinculadas a desigualdades puede no producir las consecuencias buscadas.

    En un mundo dominado por la incertidumbre económica, en el que se achican los recursos públicos, muchos países optaron por un modelo de cuotas para asegurar la presencia de los grupos discriminados no sólo en el acceso a la universidad sino también al empleo público –y en ocasiones al empleo privado–. Esto implica que los logros de la ampliación hacia los sectores discriminados se hicieron sobre la base de una reducción relevante de la participación de los sectores anteriormente privilegiados. Y esta estrategia, correcta desde un punto de vista filosófico, se topa con un problema político. Las personas de carne y hueso que se ven afectadas, que no logran ingresar a la universidad o no consiguen empleo, se van pasando en masa al ejército del “contragolpe cultural”, esperando el surgimiento de un Trump, un Milei o cualquier otro líder que proponga revertir la situación.

    Se trata de un error recurrente del progresismo: no percibir el dolor de las víctimas de sus políticas, y no elaborar una respuesta. Mi punto es sencillo: si se presuponen las restricciones económicas, como de hecho las aceptaron la mayoría de las fuerzas de centroizquierda en Europa y América, que los perdedores de la discriminación positiva pasen al otro lado es inexorable. Pero si se cuestiona un modelo que reduce los impuestos a la riqueza y desfinancia al Estado, y se usa ese dinero para ampliar el acceso a la universidad y el empleo, logrando mejorar la diversidad sin afectar drásticamente los espacios previos, la base política de la derecha extrema quedará reducida. Es cierto que esto no es posible para los varones privilegiados, que inexorablemente se verán afectados: será necesario pensar una política cultural específica para ellos.

    La defensa de la libertad

    Estamos ante un feroz ajuste a las libertades y es urgente emprender una fuerte defensa de políticas por la libertad basada en igualdades. La libertad, convertida en el eslogan hueco de la extrema derecha, no puede ser resignada por las fuerzas democráticas y progresistas. El principio básico de la lucha por la libertad es maravilloso: que las personas y los grupos puedan autorrealizarse en todas las dimensiones de la vida. Esto incluye su identidad de género, étnica, nacional, local, religiosa, así como su libertad de expresión, en la familia, en el trabajo…

    Esas libertades tienen un requisito: un piso de igualdad, porque quien sufre desnutrición no puede ser libre, quien no puede acceder a la escuela no puede ser libre. Una comunidad libre es aquella que garantiza un piso de igualdad para todos sus miembros.

    Los libertarios conservadores de la extrema derecha afirman que ser iguales es que cada uno se las arregle como pueda. Es una propaganda basada en la negación de la historia tal como sucedió. Los esclavos existieron hasta el siglo XIX bajo el imperio de la ley, y los afrodescendientes continúan siendo discriminados en prácticamente todos los países de América y Europa hasta hoy. La conquista colonial existió. El patriarcado y la desigualdad de géneros existieron… y todavía existen. En muchos países las mujeres votan recién desde hace algunas décadas. Y en la mayoría de los países europeos y americanos jamás hubo una presidenta o una primera ministra mujer. El capitalismo, por su parte, tiene mecanismos poderosos para reproducir la desigualdad de clases entre generaciones: a través de la herencia y también de la “herencia de clase”. La mayoría de los hijos de personas pobres son pobres. La movilidad social ascendente está en crisis en la mayoría de los países, y los mecanismos sociales que la hacían posible se están debilitando a un ritmo vertiginoso. Los libertarios conservadores quieren liquidar esos mecanismos, del mismo modo que se proponen atacar las leyes que tienden a asegurar libertades vinculadas a la diversidad y la disidencia. Esto implicará también contrarrestar su ofensiva individualista poniendo en valor la solidaridad, lo común y lo público. Enfrentar políticamente aquel proyecto exige autorreflexión y determinación.

     

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