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Orazi participó de la mesa de trabajo convocada por el CREAR

El Intendente  Marcelo Orazi participó de la mesa de trabajo convocada por la Agencia de Desarrollo Económico CREAR Río Negro para compartir ejes y objetivos a desarrollar durante este año. En la oportunidad estuvo acompañado por el Secretario de Coordinación Ariel Oliveros.

En el encuentro estuvieron presentes la Subsecretaria en Coordinación Técnica Administrativa del CREAR María Eugenia Casi, el referente local del CREAR Atilio Caverzán, la Legisladora Marcela Ávila y representantes de las Universidades del Comahue y de Río Negro y de las Cámaras de Comercio y de Productores, Escuela Agraria, INTI entre otros.

En la oportunidad, el Intendente Orazi expresó que “el CREAR es un lugar donde los distintos actores económicos de la ciudad, empresarios, micro emprendimientos, Universidades, Escuela Agraria e instituciones pueden acercarse asiduamente  más teniendo en cuenta la conexión con el Parque Industrial y su inscripción en el RENPI y llevar adelante proyectos que nos permitan el desarrollo sostenido de la ciudad”.

“La presencia de cada uno de ustedes en este primer encuentro adquiere otra relevancia teniendo en cuenta los factores que hoy se nos presentan más que favorables para la concreción de proyectos productivos e innovadores”, señaló.

Por su parte, Casi indicó que “debemos empezar a pensar en un lugar físico y poder bajar todos los programas  que la provincia de Río Negro tiene y poder compartir con cada uno de ustedes lo que se está haciendo y poder aprovechar esta capacidad del Crear para desarrollar todas sus herramientas de inversión y desarrollo productivo. Poner en la mesa que viene aportando cada uno y que podemos aportar de cara a éste año de acuerdo a la realidad de cada uno”.

“En definitiva hay actores que no necesitan un crédito, pero sí un acompañamiento, que se asesore en determinados temas, que se capacite. Para ofrecer nuestros productos en el mercado interno y externo necesitamos que sean de calidad, indicó”.

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    Un scroll infinito de imágenes basura: frutinovelas; relatos ilustrados con personajes caricaturizados de manera grotesca; plantas y objetos de limpieza personificados que nos dictan cómo cuidarlos; campañas políticas realizadas con animaciones de estética Lego; gatos musculosos que prometen el éxito financiero; ancianos hiperrealistas que miran fijamente a cámara para revelar «el secreto que los médicos no quieren que sepas»; reconstrucciones históricas de «la verdad jamás contada», protagonizadas por personajes sintéticos de expresiones decadentes y gestos sobreactuados. Un flujo incesante de imágenes que combinan hiperrealismo, absurdo, sentimentalismo y espectacularidad, producidas para detener el dedo durante el scroll. Esta gramática visual constituye una de las expresiones más características del AI slop: contenidos generados con inteligencia artificial, producidos en serie para captar y sostener nuestra atención en pantalla. 

    Detrás de este nuevo hábito de consumir contenidos digitales en redes sociales con el uso de las imágenes generativas aparece una promesa recurrente de los discursos tecnológicos hegemónicos: producir con mayor velocidad, alcanzar más usuarios, optimizar recursos y aumentar la efectividad de los procesos creativos. Ya lo sabemos: la tecnología no es neutral y las inteligencias artificiales no pueden entenderse sólo como mera herramientas técnicas. La novedad es preguntarnos de qué manera su aplicación en la creación de dispositivos audiovisuales organizan nuevas formas de percepción y producción simbólica e hipnotizan nuestros modos de ver y desear.

    Hay vida más allá de las narrativas tecnocráticas. La cultivan distintas disciplinas. Tiene que ver con otras maneras de hacer mundo en la era digital, de imaginar relaciones entre tecnología, sensibilidad y creación. Desde las artes visuales nos preguntamos: ¿es posible imaginar otras narrativas dentro de las sociedades artificiales mediadas por el aceleracionismo de la IA? ¿De qué modo esa hegemonía visual afecta nuestra cognición y nuestras subjetividades latinoamericanas? ¿Habitamos una simulación digital de avatares en la que nuestros cuerpos, ideas y pensamientos son computados y reducidos a entidades calculables por las máquinas? ¿Cómo se configuran la circulación y el flujo de datos en la generación de imágenes? ¿Cuál es el carácter simbólico, social y político de nuestros datos?

    Las obras que analizaré a continuación habilitan un espacio de reflexión sobre cómo construimos mundo, cómo distribuimos la agencia creativa y qué porvenir imaginamos cuando la tecnología deja de ser un instrumento de aceleración para convertirse en un territorio de escucha, fricción y cohabitación. Proponen desajustes, fricciones y desplazamientos hacia otras formas de percepción, temporalidad y agencia. Un llamado a la descolonización y la experimentación en el arte y la tecnología del futuro.

    Imaginemos que le pedimos a una IA la fotografía de una mujer tomando un café en una cafetería un día de lluvia. A primera vista, la escena resulta perfectamente creíble hasta que la mirada descubre un sexto dedo, falanges que se entrecruzan y dedos que nacen unos de otros sin respetar ninguna continuidad anatómica. Estas inconsistencias, conocidas comúnmente como «alucinaciones de la máquina», dejan al descubierto la naturaleza probabilística de los modelos generativos: la imagen no comprende la anatomía de una mano, sino que calcula la forma más probable de representarla a partir de millones de ejemplos. Hoy, los modelos de IA generativa son pre-entrenados para borrar esos errores de la máquina. Nuestra mirada se adoctrina hacia una estética más plástica, bajo una retórica lisa y pulida, y se asocia al concepto de render hiperrealista.

    Los modelos ya no imitan el mundo físico, sino que operan a partir de imágenes sintéticas producidas por computadora: representaciones gráficas de modelos 2D y 3D conocidas como renders. Esta marca de agua digital —invisible pero persistente— se convierte en la hendija a través de la cual vemos, interpretamos y producimos mundo. La curadora y comunicadora especializada en arte, ciencia y tecnología Agustina Rinaldi retoma la noción de simulacro de Jean Baudrillard para señalar: “Creer que detrás del modelo que hoy rige la vida se encuentra el original, es no advertir que la realidad no es más que un flujo de signos validado en un tiempo y espacio determinado, imponiendo un modo específico sobre cómo debemos conducir nuestra existencia”.

    Los modelos de generación de imágenes mediados por máquinas operan a través de un progresivo borramiento de identidades. ¿Cómo aborda el arte digital esta hipótesis? La obra de lx artista peruana Claudix Vanesix habla de esto en su pieza Xenorealidad: Un manifiesto en movimiento. Explora realidades expandidas a través de la performance y la producción híbrida con IA desde un enfoque que se sitúa más allá de lo humano y del determinismo biológico. A partir del concepto de xeno, Vanesix establece un diálogo con las alucinaciones de la máquina, interviniendo un cuerpo digital proyectado mientras una voz en off problematiza el vínculo entre tecnologías, corporalidad y subjetividad. 

    En esta colonización del lenguaje biológico para nombrar estructuras tecnológicas, aparece la llamada arquitectura de las redes neuronales. En palabras del diseñador de IA Ebenz Augustave, es un algoritmo avanzado que «recuerda» o «piensa» visualmente, no en narrativas lineales, sino en redes de datos fragmentadas e interconectadas. 

    La configuración de datos basada en fluctuaciones algorítmicas produce una inconsistencia visual, por ende, narrativas, narrativas no lineales propias de las producciones audiovisuales generativas. En ellas, el sentido no se organiza a partir de una progresión temporal continua, sino mediante asociaciones, saltos, superposiciones y discontinuidades. 

    La imagen algorítmica se manifiesta como un campo inestable y mutable, en permanente reconfiguración, donde el error no desaparece sino que es administrado, redistribuido y normalizado por la lógica probabilística de la clasificación y filtración de datos. Este proceso abre nuevas preguntas: ¿Cómo son clasificados los datos? ¿Cuáles son filtrados y cuáles descartados? ¿Quiénes deciden qué es visible y qué permanece opaco? ¿Quiénes entrenan, curan y jerarquizan esos conjuntos de información? 

    Cuando los modelos comienzan a entrenarse sobre datos generados por ellos mismos se activa un bucle de retroalimentación en el que la distinción entre datos “originales” y datos generados se vuelve difusa. Esta imaginación artificial, de carácter no humano, no genera/inventa en un sentido radical, sino que recicla, recombina y repite. El filósofo Yuk Hui llama “recursividad” a este proceso, y lo describe como movimiento circular en el que cada salida vuelve a ingresar como entrada, condicionando lo que vendrá. En este giro continuo, la IA no avanza en línea recta hacia el futuro, sino que orbita sobre el pasado, acelerando un intervalo en el que la novedad se ve constantemente tensionada por la repetición.

    Robots que dominan el planeta, vigilancia 24/7 de los ciudadanos, confusión entre realidad e invención digital, catástrofes climáticas y desplazados ambientales… “Todo lo que nos está pasando lo habíamos visto en las películas, en los libros –decía Lucrecia Martel hace unos meses, en una conferencia en Bogotá-. Parte de esa angustia loca de nuestro tiempo, es que la profecía se cumplió. Yo digo, ¿no será que la profecía genera el cumplimiento? Como no tenemos muchas chances como especie y nos quedan pocos tiros para hacer, propongo que desde el cine, la literatura, el teatro y el microrrelato de las redes, inventemos el futuro para que dentro de cien años las cosas estén un poco mejor. La maravilla de nuestro trabajo es inventar el mundo, inventar el futuro.”

    ¿Cómo pensar otras formas de relación entre arte y tecnología que no se limiten a la reproducción automatizada de imaginarios dominantes? Nuria Rodríguez, doctora en Historia del Arte y máster en Ciencias Cognitivas trabaja en eso: invoca la noción de cocreación con máquinas, facilitando la emergencia de un nuevo paradigma cognitivo. Este paradigma se articula a partir de decisiones conceptuales y técnicas, y el resultado no es una obra cerrada, es un entorno dinámico en el que la producción estética surge del intercambio, la fricción y la negociación entre distintas lógicas de pensamiento: un nuevo espacio de hibridación conceptual. 

    Las artes electrónicas contemporáneas también usan la IA como medio de expresión artística y dispositivo relacional. En esa búsqueda, el artista ecuatoriano Angel Salazar propone un diálogo entre lo humano y lo no humano. En Rizomancias, su instalación bioelectrónica-generativa, mezcla el crecimiento del hongo micelio -sensada en tiempo real- con imágenes de IA generativa. Su obra deviene de una pregunta: ¿qué pasaría si nuestra existencia estuviese mediada por otros ciclos? 

    Experimentan con múltiples tecnologías —sensores, cámaras, redes neuronales generativas, sistemas de programación visual como TouchDesigner y herramientas de modelado 3D como Blender—, para desarrollar piezas contemporáneas no se reducen al uso de las IA como solución autónoma. En el proceso, evidencian que la construcción de una narrativa visual consistente requiere ecologías técnica complejas, decisiones conceptuales situadas y una mirada crítica sobre los sistemas que median nuestra percepción.

    En este marco, también emergen ficciones especulativas visuales que indagan las consecuencias materiales, simbólicas y sensibles de la acción humana sobre los ecosistemas. Mi propio proyecto en proceso, Organismos pseudoaleatorios: especulaciones de nuevos imaginarios sintéticos en la era digital, se sitúa en la construcción de espacios submarinos futuros, donde líquenes, algas y otras especies han mutado genéticamente al entremezclarse con desechos humanos, particularmente plásticos. 

    El arte observa y conversa sobre otras narrativas visuales que se desplazan de la masividad y propone prácticas contemporáneas de hacer mundo, comprendiendo a las tecnologías como dispositivos activos en la producción de sentido. Sitúa el foco en el carácter simbólico, político y sensible de la imagen en un contexto de construcción oculocentrista de lo real. 

    Pensar la IA desde el arte no sólo implica interrogar sus infraestructuras técnicas sino también disputar los regímenes visuales que organiza, las representaciones que habilita y las que deja fuera de campo.

    La entrada Cómo resistir al futuro sintético se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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  • Lijo estudia sumar las conversaciones grabadas de Nadia Beller con Cerimedo a la causa Andis

     

    En el juzgado de Ariel Lijo siguen con atención el avance del caso Cerimedo y analizan sumar a la causa Andis los audios reveladores que dijo tener en su poder Nadia Beller, la ex novia del consultor detenido en Bolivia por intento de homicidio.

    En una serie de entrevistas que concedió tras el atentado de dos sicarios que le pegaron tres tiros, Beller contó que tenía «horas de grabación» de conversaciones que comprometerían al propio Cerimedo. En su relato, planteó que él y Natalia Basil, su esposa, «filtraron los audios para que caiga la corrupción de Milei». La referencia apunta a los audios en los que se escuchaba al ex titular de la Andis, Diego Spagnuolo, contando la trama de las coimas y el presunto desvío del 3% para Karina Milei.

    La diputada Marcela Pagano pidió la semana pasada que Lijo le tome declaración a Beller. La intención de Pagano es que el material que la mujer atacada admitió que tenía en su poder se incorpore como prueba a la investigación. Fuentes con acceso al juzgado de Lijo admitieron a LPO que se está estudiando sumar el material que pueda aportar la boliviana.

    Hasta el momento, el fiscal Franco Picardi, que instruye en la causa Andis, no apeló a los audios de Spagnuolo para avanzar en la investigación del caso, algo que esperaban que sucediera desde el gobierno para poder impugnar lo actuado bajo la teoría del fruto obtenido del árbol envenenado. La Casa Rosada se movió ni bien estalló el escándalo para demostrar que los audios habían sido objeto de una operación de inteligencia y, por ende, no podían utilizarse para abrir una causa judicial.

    Por eso, Picardi se valió de la prueba construida a partir de la información que encontró en los operativos sobre la casa de la familia Kovalivker, los teléfonos y las computadoras. Pero el juez Lijo mandó a peritar los audios de Spagnuolo de todos modos. 

     

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    Esta mañana, el Intendente Marcelo Orazi encabezó la presentación del camión regador que fue adquirido por la Municipalidad de Villa Regina con fondos provenientes de las cámaras de transferencia con una inversión superior a los $8 millones. Esta maquinaria se suma a la motoniveladora que llegó el mes pasado y que había sido comprada a…

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  • ¿Cómo enfrentar el “contragolpe cultural”?

     

    Así como las afirmaciones terraplanistas no modifican el hecho de que la Tierra sea redonda, así como los movimientos antivacunas no cambian la naturaleza contagiosa del Covid, el conservadurismo cultural, expresado hoy por fuerzas como las que lideran Javier Milei y Donald Trump, no modifica esta realidad: las sociedades humanas son constitutivamente diversas, heterogéneas y desiguales; en todas las comunidades humanas, pero aun más en aquellas donde existen el dinero y el Estado, hay multiplicidades y hay disparidades.

    Qué hacer con esta diversidad es un debate que viene concentrando la mayor parte de la historia ideológica, filosófica y política, y que por supuesto no está saldado. Dentro de estas controversias, uno de los capítulos centrales es el concepto de libertad, que ha sido utilizado por la extrema derecha como una de sus banderas. Para los conservadores, hoy llamados libertarios, la libertad se basa en la idea de que somos todos iguales: un rico y un pobre son consecuencia del modo distinto en que cada uno usó sus posibilidades. En esta mirada, la desigualdad fáctica es una consecuencia de una igualdad ontológica. Para las corrientes conservadoras, la libertad agiganta desigualdades. El rol del Estado, además de garantizar seguridad y justicia, debe ser restringir la diversidad: el Estado, que no debería cobrar impuestos, sí debe decretar que hay dos géneros, que la familia debe estar constituida de cierta manera y que las mujeres no pueden disponer de sus cuerpos.

    Desde una mirada democrática y progresista que asume que las sociedades son por naturaleza diversas, en cambio, la igualdad es algo a construir. Pero esa perspectiva hoy está a la defensiva. A través de una serie de subterfugios de ingenieros del caos, la posición histórica que conjuga liberalismo cultural, pluralismo político y justicia social ha sido estigmatizada como “woke” o “progresista”. La expresión “woke” surgió en Estados Unidos, un territorio de alta intensidad en la batalla cultural, en referencia a “despertar” (awake) ante la discriminación (“despierto” en el sentido de “concientizado”); pero hoy se usa de modo despectivo, que es la connotación que le dio Milei en su discurso en Davos. Como si las personas que descienden de esclavos o de pueblos originarios, como si las mujeres, que hasta hace setenta años no podían votar, hoy, justamente porque se reconocieron algunas de esas desigualdades, contaran con privilegios.

    La derecha conservadora está presente en distintas corrientes políticas, del mismo modo que la corriente que defiende las diversidades está presente –aunque no de modo uniforme– en partidos distintos. En Argentina, el peronismo, el radicalismo, el socialismo y la izquierda cuentan entre sus integrantes con personas que defienden este punto de vista. Se trata de una corriente que busca principalmente dos metas: que las personas y los grupos sean cada vez más libres, y que esa libertad se sostenga en formas igualitarias que la hagan real y no puramente declarativa o formal. Es una corriente de opinión que pone en escena grandes tradiciones culturales de la modernidad, heredadas de la Revolución Francesa y la Estadounidense, y que no tiene una única posición en materia de desarrollo económico, justicia distributiva o lucha por la igualdad. Ese “progresismo” no está en contra de ninguna religión, pero sí lucha por una separación completa de cualquier religión y del Estado. Ninguna ley puede sustentarse en creencias religiosas. Pero sí debe haber leyes que, por motivos universalistas, exijan el respeto de todas las religiones. Esta perspectiva, sometida hoy a una fuerte ofensiva, merece una reflexión autocrítica.

    Acerca de la autocrítica

    La hegemonía cultural de la extrema derecha impacta en el campo progresista. ¿Los movimientos por la libertad de las diversidades se “pasaron de rosca”? La ofensiva cultural de Milei y las derechas extremas, la derrota electoral del peronismo y los niveles de inflación y pobreza que dejó el gobierno de Alberto Fernández han planteado ese debate. ¿Hay una incidencia de la lucha por las diversidades en el oscurantismo que estamos viviendo hoy? ¿No habremos ido demasiado lejos? ¿Se puede seguir sosteniendo la defensa del colectivo LGTBQi+ en el contexto actual?

    Los procesos sociales y políticos siempre son imperfectos. Conocer esas imperfecciones, practicar la autorreflexión, es clave para mejorarlos. Por otro lado, se trata de movimientos profundos y de larga duración. En Argentina, por ejemplo, el movimiento masivo de mujeres de los últimos años comenzó en 2015 con el “Ni Una Menos”, una gigantesca movilización contra la violencia de género. ¿Frenar el reclamo contra los asesinatos de mujeres hubiera sido “menos radicalizado”? Y hoy, ¿qué está más vigente? ¿El reclamo de que no mueran más mujeres por el hecho de ser mujeres o la propuesta oficial de retirar del Código Penal el agravante por femicidio?

    La autocrítica no equivale a autoflagelación; debe ser una reflexión sobre prácticas y políticas que nos implican. Entre las múltiples causas que produjeron esta nueva etapa histórica global de las derechas extremas están, en efecto, los profundos déficits de la izquierda, la centroizquierda y los partidos tradicionales. Pero no coincido con quienes, subidos a la marea reaccionaria, afirman que la culpa es del progresismo, de un supuesto “wokismo” o de una “excesiva” ampliación de derechos civiles. Ese argumento puede terminar en diputados que voten con Milei regresiones culturales o puede llevar a un catolicismo de gobierno en contra de la libertad de las personas y los grupos. Empieza cuestionando el DNI no binario y termina aboliendo el divorcio.

    Pero entonces, ¿cuáles son esos errores de la izquierda? Si hubiera que elegir uno, diría lo siguiente: mientras las vocaciones igualitarias y de justicia social se tornaban cada vez más difíciles de lograr, en gran parte por no tener una alternativa concreta al capitalismo neoliberal, la izquierda avanzó con leyes y políticas tendientes a garantizar derechos civiles. Dependiendo de los países, se avanzó en materia de identidad de género, aborto, discriminación positiva, educación sexual, matrimonio igualitario, derechos de los pueblos originarios y los migrantes. Cuantas más dificultades aparecían en materia económica y social, cuanto más complicado se hacía sostener el horizonte de movilidad social, más se acentuaron estos derechos como compensación.

    La autocrítica no equivale a autoflagelación: debe ser una reflexión sobre prácticas y políticas que nos implican.

    Ese fue el gran problema. Las libertades civiles no pueden compensar el fracaso económico o social. Si son las únicas banderas que se agitan cuando se desfinancia el Estado de Bienestar, se retiran regulaciones públicas o se producen escaladas inflacionarias, como en el caso argentino, se corre el riesgo de que las fuerzas democráticas queden reducidas y debilitadas. Los límites para corregir o superar el neoliberalismo los terminan pagando los avances en materia de diversidad o pluralismo.

    Mi primera tesis es que, frente a quienes creen que la ampliación de libertades favoreció a la derecha extrema, creo que su causa es el fracaso económico.

    En segundo lugar, la cuestión de los particularismos. Mientras Martin Luther King buscó cambios que mejoraran la desigualdad estructural de la sociedad norteamericana, muchas políticas de la identidad del siglo XXI se concentraron en derechos particulares. Y es difícil pedirles algo más que simpatía pasiva o inactividad a quienes no están directamente involucrados en la conquista de un derecho. Esto no implica que movimientos como “Ni Una Menos”, “Black Lives Matter” o la “Marcha anti-fascista” de febrero de 2025 no hayan sido señales contundentes en la dirección correcta, sino simplemente llamar la atención sobre cuál puede ser el alcance de esas convocatorias.

    Algo similar ocurre con el “lenguaje inclusivo”. Se trata de un cambio cultural crucial, que busca ampliar libertades e incluir diversidades. Pero debe expandirse a partir de la posibilidad, no como imposición. Los mayores fracasos del cambio cultural ocurrieron cuando se pretendió imponer a través de prescripciones. El liberalismo cultural busca ampliar, no restringir, las posibilidades de las personas.

    El caso de las cuotas

    Muchas veces, en lugar de luchar por cambiar una legislación, una política o un presupuesto, las reivindicaciones progresistas se enfocaron en personas concretas: los varones blancos, incluyendo casos de punitivismo extra-judicial, como escraches a adolescentes, altamente polémicos. En aquellos casos, hubo voces feministas potentes que alertaron que el feminismo no surgió para cambiar al dueño del poder del patriarcado, sino para modificar un tipo de poder y de dominación. El punitivismo y la cultura de la cancelación fueron algunos de los errores más graves. Pero no es verdad que sean inherentes a los reclamos por la diversidad y la libertad: fueron casos minoritarios en causas justas.

    Detrás de este tipo de cuestiones aparece un problema que vale la pena debatir a futuro: la tensión entre lo particular y lo universal. Si cada uno de los grupos discriminados reclamara sólo para sí mismo, si todo se tradujera en una simple cuota por grupo, a largo plazo se terminarían socavando algunos de los consensos culturales necesarios para mantener las políticas de acción afirmativa. Un ejemplo es el de las universidades. En la mayoría de los países del mundo existe un sistema de examen de ingreso a la universidad y cupos por carrera. Al observar las universidades se hacía evidente que la abrumadora mayoría de los alumnos eran varones blancos. Eso llevó a reclamar políticas de cuotas raciales, étnicas y nacionales, como las que se terminaron concretando en Estados Unidos y Brasil. Este sistema garantizaba una mayor presencia de diversidades, restando lugares a los blancos. Pero, ¿qué quedaba, por ejemplo, para los blancos pobres? ¿Quién se preocupó de su situación? En muchos casos fueron los grandes olvidados, lo que contribuyó a que volcaran su respaldo a fuerzas políticas conservadoras que dicen defenderlos. ¿Qué hubiera ocurrido si se hubiera incluido una cuota general para los estudiantes de colegios públicos de bajos recursos en el ingreso a la universidad? Mientras en un terreno puramente cultural la especificidad por grupo es adecuada, en cuotas vinculadas a desigualdades puede no producir las consecuencias buscadas.

    En un mundo dominado por la incertidumbre económica, en el que se achican los recursos públicos, muchos países optaron por un modelo de cuotas para asegurar la presencia de los grupos discriminados no sólo en el acceso a la universidad sino también al empleo público –y en ocasiones al empleo privado–. Esto implica que los logros de la ampliación hacia los sectores discriminados se hicieron sobre la base de una reducción relevante de la participación de los sectores anteriormente privilegiados. Y esta estrategia, correcta desde un punto de vista filosófico, se topa con un problema político. Las personas de carne y hueso que se ven afectadas, que no logran ingresar a la universidad o no consiguen empleo, se van pasando en masa al ejército del “contragolpe cultural”, esperando el surgimiento de un Trump, un Milei o cualquier otro líder que proponga revertir la situación.

    Se trata de un error recurrente del progresismo: no percibir el dolor de las víctimas de sus políticas, y no elaborar una respuesta. Mi punto es sencillo: si se presuponen las restricciones económicas, como de hecho las aceptaron la mayoría de las fuerzas de centroizquierda en Europa y América, que los perdedores de la discriminación positiva pasen al otro lado es inexorable. Pero si se cuestiona un modelo que reduce los impuestos a la riqueza y desfinancia al Estado, y se usa ese dinero para ampliar el acceso a la universidad y el empleo, logrando mejorar la diversidad sin afectar drásticamente los espacios previos, la base política de la derecha extrema quedará reducida. Es cierto que esto no es posible para los varones privilegiados, que inexorablemente se verán afectados: será necesario pensar una política cultural específica para ellos.

    La defensa de la libertad

    Estamos ante un feroz ajuste a las libertades y es urgente emprender una fuerte defensa de políticas por la libertad basada en igualdades. La libertad, convertida en el eslogan hueco de la extrema derecha, no puede ser resignada por las fuerzas democráticas y progresistas. El principio básico de la lucha por la libertad es maravilloso: que las personas y los grupos puedan autorrealizarse en todas las dimensiones de la vida. Esto incluye su identidad de género, étnica, nacional, local, religiosa, así como su libertad de expresión, en la familia, en el trabajo…

    Esas libertades tienen un requisito: un piso de igualdad, porque quien sufre desnutrición no puede ser libre, quien no puede acceder a la escuela no puede ser libre. Una comunidad libre es aquella que garantiza un piso de igualdad para todos sus miembros.

    Los libertarios conservadores de la extrema derecha afirman que ser iguales es que cada uno se las arregle como pueda. Es una propaganda basada en la negación de la historia tal como sucedió. Los esclavos existieron hasta el siglo XIX bajo el imperio de la ley, y los afrodescendientes continúan siendo discriminados en prácticamente todos los países de América y Europa hasta hoy. La conquista colonial existió. El patriarcado y la desigualdad de géneros existieron… y todavía existen. En muchos países las mujeres votan recién desde hace algunas décadas. Y en la mayoría de los países europeos y americanos jamás hubo una presidenta o una primera ministra mujer. El capitalismo, por su parte, tiene mecanismos poderosos para reproducir la desigualdad de clases entre generaciones: a través de la herencia y también de la “herencia de clase”. La mayoría de los hijos de personas pobres son pobres. La movilidad social ascendente está en crisis en la mayoría de los países, y los mecanismos sociales que la hacían posible se están debilitando a un ritmo vertiginoso. Los libertarios conservadores quieren liquidar esos mecanismos, del mismo modo que se proponen atacar las leyes que tienden a asegurar libertades vinculadas a la diversidad y la disidencia. Esto implicará también contrarrestar su ofensiva individualista poniendo en valor la solidaridad, lo común y lo público. Enfrentar políticamente aquel proyecto exige autorreflexión y determinación.

     

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