El Intendente Marcelo Orazi participó esta mañana del acto de firma de convenios para el desarrollo de los talleres de formación laboral del Programa Emprender que implementa el Ministerio de Desarrollo Humano y Articulación Solidaria de Río Negro. La rúbrica de los mismos fue encabezada por el titular del Ministerio Juan José Deco.
En la oportunidad Orazi destacó que “es una gran noticia retomar el Programa durante este año ya que el contexto de pandemia del 2020 no permitió llevarlos adelante”.
“El desarrollo de estos talleres involucra a muchos actores, desde el Municipio hasta distintas instituciones, y por supuesto al Gobierno de la Provincia a través del Ministerio de Desarrollo Humano”, manifestó.
El Intendente agradeció al Ministro Deco por “el acompañamiento permanente durante este tiempo en el que logramos sostener y afianzar el trabajo conjunto”.
Por su parte, Deco señaló que “tenemos muchas expectativas en el desarrollo del programa. Estos talleres son muy importantes para nosotros, para las entidades intermedias y para todas las personas que se capacitan”.
La firma de convenios involucró a 15 instituciones para la puesta en marcha de 49 cursos.
Para conocer la disponibilidad de cupos, horarios y requisitos de los mismos, así como para llevar adelante la inscripción, los interesados pueden dirigirse a la institución que dicta la propuesta, o a la delegación del Ministerio de Desarrollo Humano local.
Durante el acto estuvieron presentes la Legisladora Silvia Morales, el Delegado del Ministerio Cristian Aristan, el presidente del Concejo Deliberante Edgardo Vega y los concejales Claudia Maidana, Silvio Rodríguez y Agustina Fernández.
En la madrugada del sábado y del domingo, fueron sustraídas varias luces led que habían sido cambiadas en el marco de remodelación de espacio público. Esta obra gestionada a través del Intendente, Marcelo Orazi, cuenta con el aporte del gobierno provincial para llevar a cabo no sólo las luminarias, sino también los arreglos en las…
El próximo sábado a las 17 horas se presentará la obra de títeres ‘Charles y el escarabajo gigante’ en el SUM de la Escuela de Arte de Villa Regina. La función es parte del Circuito Infantil de Teatro y Títeres para las Infancias 2021. La entrada es gratuita pero, debido a los cupos limitados, es…
En plena crisis económica europea y en un pequeño pueblo obrero de Bélgica, una advocación mariana surgió con un mensaje austero, directo y profundamente social. Nuestra Señora de Banneux, reconocida por la Iglesia en 1949, se presentó como “la Virgen de los Pobres” y dejó una huella religiosa que, con el paso del tiempo, adquirió también una fuerte lectura histórica y social.
Por Alcides Blanco para NLI
En el invierno de 1933, Europa todavía arrastraba las consecuencias devastadoras de la Primera Guerra Mundial y se encontraba hundida en la Gran Depresión. En ese contexto de pobreza estructural, desempleo y exclusión, una niña belga de once años, Mariette Beco, afirmó haber sido testigo de una serie de apariciones marianas en la localidad de Banneux, cerca de Lieja.
Las apariciones se extendieron entre el 15 de enero y el 2 de marzo de 1933, sumando un total de ocho encuentros. Según el relato de la niña, la Virgen se presentó con vestimentas sencillas y sin ornamentos, y pronunció una frase que marcaría definitivamente esta advocación: “Yo soy la Virgen de los Pobres”.
Un mensaje austero en tiempos de miseria
A diferencia de otras apariciones marianas más cargadas de advertencias apocalípticas o llamados penitenciales, el mensaje de Banneux fue sobrio, breve y profundamente humano. La Virgen pidió oración, especialmente por los enfermos, y señaló una fuente de agua que, según sus palabras, estaba destinada a “todas las naciones”.
Esa fuente —aún hoy centro de peregrinación— no fue presentada como un objeto milagroso inmediato, sino como un signo de consuelo, cuidado y esperanza, en un mundo atravesado por la escasez. En ese gesto simbólico, la Iglesia leyó con el tiempo una fuerte conexión entre fe y realidad social.
No es un dato menor que Mariette Beco provenía de una familia trabajadora y empobrecida, en una región industrial golpeada por el cierre de fábricas y la precarización laboral. El contexto social fue considerado clave por los investigadores eclesiásticos al evaluar la autenticidad del testimonio.
Reconocimiento oficial y proyección social
Tras años de análisis, interrogatorios y estudios teológicos, en 1949 la Iglesia católica reconoció oficialmente las apariciones de Banneux como dignas de fe. Desde entonces, el lugar fue elevado a santuario mariano internacional, con una particularidad: su pastoral quedó orientada de manera explícita hacia los pobres, los enfermos y los descartados.
Nuestra Señora de Banneux se convirtió así en una advocación no asociada al poder ni al esplendor, sino a la fragilidad humana. Lejos de palacios o centros de decisión, su mensaje emergió desde el margen, en un rincón olvidado de Europa, y dialogó con una época marcada por la desigualdad.
Con el paso del tiempo, la figura de la Virgen de los Pobres fue recuperada por sectores del cristianismo comprometidos con la doctrina social de la Iglesia, la opción preferencial por los pobres y una lectura crítica del orden económico dominante.
En Banneux no hubo promesas de grandeza ni advertencias espectaculares. Hubo, en cambio, una afirmación sencilla y contundente: la fe cristiana no puede desentenderse del sufrimiento material. Ese es, quizás, el legado más incómodo y a la vez más vigente de esta advocación mariana.
El ferrocarril no fue simplemente un medio de transporte más. A lo largo del siglo XIX se convirtió en una de las transformaciones materiales más profundas del capitalismo industrial, capaz de modificar economías, territorios, ritmos de vida y relaciones sociales. Allí donde apareció, alteró de manera irreversible la forma de producir, de comerciar y de habitar el espacio. Como explican Teresa Eggers Brass y Marisa Gallego en su manual Historia mundial contemporánea, el tren fue una de las herramientas centrales mediante las cuales la Revolución Industrial logró integrar espacios distantes a la economía nacional e internacional.
En los países extensos y con escasas vías fluviales navegables, el ferrocarril cumplió una función decisiva: redujo distancias que antes parecían insalvables, integró regiones aisladas y permitió articular economías locales con mercados nacionales e internacionales. En Estados Unidos, la unión ferroviaria del Este con el Oeste en 1869 selló la expansión territorial y la consolidación de un mercado interno continental. En la Argentina, el ferrocarril posibilitó el abaratamiento de los fletes y transformó a los cereales y las carnes en pilares del modelo agroexportador, incorporando vastas zonas productivas al circuito del comercio mundial.
Una infraestructura funcional a la especialización primaria de la economía
El ferrocarril fue introducido formalmente en la Argentina en 1857, con la inauguración del Ferrocarril del Oeste, que unía la ciudad de Buenos Aires con la zona de Floresta. A diferencia de una idea muy difundida, este primer emprendimiento no fue financiado por capitales extranjeros, sino principalmente por capitales locales y estatales. El Estado de la provincia de Buenos Aires, junto con comerciantes y estancieros vinculados al comercio exterior, impulsó esta inversión como una forma de modernizar el transporte y reducir los costos logísticos.
Sin embargo, esta etapa inicial dio paso rápidamente a una segunda fase. Desde la década de 1860 y, sobre todo, tras la consolidación del Estado nacional, la expansión ferroviaria quedó dominada por el capital británico. Bancos, empresas y fondos de inversión ingleses encontraron en la Argentina un destino rentable para el excedente de capital generado por la Revolución Industrial. El Estado argentino ofreció concesiones amplias, garantías de rentabilidad y beneficios fiscales, asegurando altas ganancias a los inversores extranjeros.
El resultado fue una red ferroviaria diseñada principalmente para servir al modelo agroexportador. El trazado adoptó una forma radial, con centro en el puerto de Buenos Aires, orientada a transportar materias primas desde el interior hacia el mercado mundial. A diferencia de lo ocurrido en los países industrializados, el ferrocarril argentino no fue concebido como una herramienta para integrar un mercado interno industrial, sino como una infraestructura funcional a la especialización primaria de la economía.
A todo vapor
Como todo producto de la Revolución Industrial, el ferrocarril no surgió plenamente desarrollado. Su evolución fue lenta en los comienzos y explosiva en las décadas posteriores, acompañando el proceso de acumulación de capital y la expansión industrial. Ya en el siglo XVII existían sistemas primitivos de rieles de madera por los que circulaban vagonetas tiradas por caballos, utilizadas para transportar carbón desde las minas hasta los puertos. Aquellas soluciones técnicas anticipaban una lógica que luego se profundizaría: organizar el transporte masivo de mercancías de manera regular y eficiente.
El verdadero salto tecnológico se produjo a comienzos del siglo XIX, cuando los rieles de madera fueron reemplazados por rieles de hierro y se diseñaron las primeras locomotoras a vapor capaces de arrastrar varios vagones al mismo tiempo. En un primer momento, el ferrocarril se utilizó casi exclusivamente para el transporte de cargas minerales en Inglaterra, ya que el traslado de pasajeros resultaba todavía demasiado costoso. Sin embargo, la reducción progresiva de los costos y las mejoras técnicas permitieron su rápida expansión como medio de transporte masivo.
La inauguración de la línea Liverpool–Manchester en 1829 marcó un punto de inflexión histórico. Por primera vez, dos grandes centros industriales quedaron unidos de manera permanente, acelerando la circulación de mercancías, personas e información. Para mediados del siglo XIX, Gran Bretaña ya contaba con miles de kilómetros de vías férreas y, hacia fines de ese siglo, transportaba millones de pasajeros de distintas clases sociales, consolidando una nueva experiencia del tiempo, el espacio y la movilidad.
La construcción de los ferrocarriles implicó una transformación profunda del territorio. No se trató solo de fabricar locomotoras, vagones y rieles, sino de levantar estaciones, talleres, depósitos y puentes, abrir túneles, cortar montañas y construir viaductos. El ferrocarril fue una obra integral de la modernidad industrial, una infraestructura que reconfiguró el paisaje y dejó marcas duraderas en la organización del espacio económico y social.
Trenes eléctricos
En las últimas décadas del siglo XIX, la incorporación de la electricidad abrió un nuevo capítulo en la historia ferroviaria. Primero aplicada a las señales y luego a la propulsión, la electricidad permitió ensayar alternativas al vapor. En 1842 se realizaron los primeros intentos de trenes eléctricos, aunque con resultados limitados. El perfeccionamiento del sistema llegó con la incorporación de un tercer riel conductor y, en 1881, esta tecnología fue aplicada con éxito en el ferrocarril de Berlín y presentada en la Exposición Internacional de Electricidad de París.
A pesar de estos avances, la electrificación no se impuso de inmediato de manera masiva. Durante mucho tiempo, el vapor siguió siendo predominante, especialmente en los trayectos largos y en el transporte pesado. La electricidad, sin embargo, se volvió indispensable en los trenes subterráneos, donde era necesario evitar la contaminación del aire, y en los sistemas de transporte urbano, como tranvías y trolebuses. Más adelante, el desarrollo del motor diésel ofreció una nueva alternativa para las locomotoras, combinando eficiencia y menor dependencia de infraestructuras complejas.
El caso argentino
Pero el ferrocarril no solo reorganizó el espacio y aceleró los intercambios: también consolidó modelos económicos desiguales. En el caso argentino, la red ferroviaria no fue pensada como una herramienta para integrar un mercado interno diversificado ni para impulsar un proceso de industrialización autónoma. Por el contrario, los rieles fijaron un patrón de desarrollo dependiente, subordinado a las necesidades del comercio exterior y a los intereses del capital que lo financiaba.
El trazado ferroviario respondió a una lógica clara: extraer y exportar. Las líneas se organizaron de manera radial, convergiendo en el puerto de Buenos Aires, desde donde partían las materias primas hacia Europa. Esta configuración no fue un accidente geográfico ni una simple elección técnica, sino la expresión material de un modelo económico basado en la especialización primaria y en la inserción subordinada en el mercado mundial.
Mientras en los países industrializados el ferrocarril articuló regiones productivas, estimuló la industria y fortaleció el mercado interno, en la Argentina funcionó como un instrumento de integración externa antes que nacional. El interior quedó conectado al puerto, pero no entre sí; los flujos económicos se orientaron hacia afuera y no hacia la construcción de un sistema productivo equilibrado.
Además, el predominio del capital extranjero en la expansión ferroviaria reforzó esta dinámica. Las decisiones sobre recorridos, tarifas y prioridades de inversión estuvieron guiadas por la rentabilidad de la exportación y no por las necesidades del desarrollo interno. El Estado argentino, lejos de corregir esta orientación, la consolidó mediante concesiones, garantías y beneficios que aseguraban la ganancia privada a costa de una planificación soberana del territorio.
De este modo, el ferrocarril se convirtió en una infraestructura estratégica del modelo agroexportador, pero también en un factor de reproducción de las desigualdades regionales y sociales. Los rieles acercaron los campos al puerto, pero alejaron al país de un desarrollo industrial propio. No integraron una economía nacional compleja: fijaron una estructura dependiente cuyos efectos se proyectaron durante décadas.
Así, la tecnología que prometía progreso y modernización terminó funcionando, en el caso argentino, como soporte material de una economía orientada hacia afuera, vulnerable a los vaivenes del mercado internacional y estructuralmente desigual.
Desde la Dirección de Obras Públicas de la Municipalidad, en la semana del 7 al 11 de febrero, se llevaron a cabo los siguientes trabajos: Se repararon 200 luminarias en distintos puntos de la ciudad y se realizaron cambio de las mismas, de sodio a tecnología LED en Calle 25 de Mayo. Dentro de las…
La visita a la granja ‘La Soñada’ fue todo un éxito. La propuesta de la Dirección de Turismo de la Municipalidad de Villa Regina se desarrolló el sábado pasado, donde 20 personas disfrutaron del recorrido guiado a través de la granja. Niños y niñas conocieron a los animales y, con el cuidado que corresponde, pudieron…
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