A Mauricio Macri se le quemaron los papeles para condicionar su primo, Jorge Macri, en la pelea por la sucesión en la Ciudad de Buenos Aires. El ex presidente se queja en privado de que el jefe de Gobierno no lo consulta ni lo considera como él esperaba cuando, en rigor, su aspiración era manejarle el gobierno desde afuera.
Con esa frustración a cuestas, el líder del PRO tanteó tanto a María Eugenia Vidal como a Guillermo Dietrich para que pelearan por el sillón de Uspallata pero ambos declinaron su ofrecimiento. Incluso, le ofreció los mismos honores a su ladero y secretario general del partido, Fernando De Andreis, quien en los últimos días aceptó públicamente que «los mejores candidatos» serían Jorge en la Ciudad y Diego Santilli en la provincia de Buenos Aires.
Acaso resignado, Macri se lamenta evocando los tiempos en que el actual jefe de Gabinete y Edgardo Cenzón ocuparon el Ministerio de Espacio Público en la Ciudad de Buenos Aires. Cenzón, además, llegó a ser ministro de Infraestructura de Vidal en el gobierno bonaerense. «Cuando estaban Santill y Cenzón, me iba mejor que con Jorge», habría confesado en la intimidad el ex Jefe de Estado.
El problema de Mauricio es que no puede condicionar a Jorge sin un candidato competitivo que pueda pisar el distrito porteño. En efecto, el razonamiento de aquellos a los que convidó con esa faena fue que el jefe de gobierno es, a su vez, el presidente del PRO en Capital Federal y tiene potestad como autoridad de la Ciudad para ponerle fecha a las elecciones: «son dos herramientas que hacen imposible que Macri pueda correrlo a Jorge», dijo una fuente al tanto de las conversaciones a LPO.
Por otra parte, las encuestas que reciben en el entorno del ex intendente de Vicente López es que habría mejorado su imagen por la obra pública y sus campañas agresivas en materia de seguridad. «Es el candidato del PRO que mejor mide», dicen, y esa es otra razón para que ni Vidal ni Dietrich se animen a competir.
Lo paradójico es que a Karina Milei le sucede algo parecido. Después de asediar a Jorge sin piedad, la caída en desgracia de Manuel Adorni y la pelea contra Patricia Bullrich, que dice que no está para cambiar baldosas, se quedó sin una figura que amenace con hacerle sombra al primo de Mauricio.
Jorge Macri, en la Rosada.
Por eso, la hermana presidencial se vio forzada a lanzar recorridas con la legisladora Pilar Ramírez, que esta semana irá a la heladería Luciano’s y la reconocida fábrica de muebles Fontenla con su diputada predilecta. «Karina no tiene un candidato como para presionar a Jorge y se vio forzada a hacer la gira con Pilar», comentaron a LPO.
La apuesta de la secretaria general de la Presidencia sería fortalecerse para negociar lugares en las listas de legisladores o espacios en el gabinete que se pueda conformar ante un eventual triunfo compartido.
Como sea, Macri y Karina transitan la misma suerte frente al jefe de gobierno: sin un candidato fuerte, sería difícil que se impongan en la discusión por el distrito.
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Mucho antes de los cementerios-parque y de las grandes necrópolis suburbanas, Buenos Aires desarrolló una verdadera arquitectura de la muerte. El crecimiento de la ciudad obligó a trasladar cementerios, modificar costumbres y construir espacios monumentales donde las familias reproducían, incluso después de la muerte, las diferencias sociales de la vida cotidiana.
Por Redacción de NLI
Hay ciudades dentro de las ciudades que casi nunca miramos. Buenos Aires tiene una de ellas y está habitada por millones de personas que ya no están. Entre mausoleos, galerías, esculturas, árboles centenarios y calles perfectamente trazadas, los grandes cementerios porteños conservan una historia que excede ampliamente la cuestión funeraria. Son archivos arquitectónicos, sociales y políticos donde pueden leerse las transformaciones de la Argentina, desde la epidemia de fiebre amarilla hasta la inmigración masiva, el ascenso de las clases medias y la construcción de una identidad nacional.
El caso más conocido es el Cementerio de la Recoleta, pero su historia no comienza allí. Antes de que ese lugar se convirtiera en una de las necrópolis más famosas de América Latina, Buenos Aires había tenido otros cementerios ubicados mucho más cerca del centro urbano. El crecimiento demográfico y las sucesivas epidemias obligaron a las autoridades a replantear dónde y cómo debía enterrarse a los muertos.
El problema era sanitario, pero también profundamente cultural. Durante siglos, enterrar a una persona había estado ligado a iglesias y parroquias. La expansión de las ciudades modernas comenzó a separar progresivamente la muerte del espacio religioso y a convertir los cementerios en instituciones públicas, organizadas, reglamentadas y administradas por autoridades civiles.
La muerte también cuenta la historia de una ciudad
El traslado de los cementerios porteños estuvo estrechamente relacionado con las grandes epidemias que golpearon a Buenos Aires durante el siglo XIX. La fiebre amarilla de 1871, que provocó una de las mayores tragedias sanitarias de la historia argentina, aceleró una transformación que ya estaba en marcha: los cementerios ubicados dentro de zonas densamente pobladas comenzaron a ser considerados un problema para la salud pública.
La epidemia dejó decenas de miles de muertos y produjo una conmoción social enorme. Las autoridades comprendieron que la expansión urbana exigía nuevas políticas sanitarias, sistemas de agua y cloacas, hospitales y también una reorganización de los espacios destinados a los entierros.
Fue en ese contexto que adquirió importancia el Cementerio de la Chacarita, creado originalmente como consecuencia de la emergencia sanitaria. Lo que comenzó como una solución frente a una catástrofe terminó convirtiéndose en una de las principales necrópolis de la ciudad.
Pero mientras Chacarita adquiría una función más vinculada con el entierro masivo y popular, Recoleta desarrollaba otra característica: la monumentalidad.
En sus calles internas aparecen mausoleos familiares, esculturas, vitrales y obras realizadas por arquitectos y artistas de enorme prestigio. La explicación no es solamente estética. El cementerio se transformó también en un escenario donde las familias pertenecientes a los sectores más acomodados podían exhibir su posición social.
La ciudad de los vivos tenía sus palacios, sus avenidas y sus grandes edificios. La ciudad de los muertos también tenía los suyos.
Una sociedad entera quedó dibujada en sus mausoleos
Caminar por un cementerio monumental permite descubrir algo que los libros de historia muchas veces no muestran: cómo una sociedad quería ser recordada.
Los mausoleos familiares muestran apellidos vinculados con la política, la economía, las Fuerzas Armadas, la cultura y las grandes familias tradicionales. Pero entre esas construcciones también aparecen nombres de inmigrantes que lograron ascender socialmente y quisieron dejar una marca visible de ese recorrido.
La arquitectura funeraria se convirtió así en una especie de autobiografía colectiva.
Hay familias que eligieron monumentos sobrios; otras construyeron verdaderos templos en miniatura. Algunas encargaron esculturas de mármol importado y otras incorporaron símbolos vinculados con profesiones, creencias o acontecimientos familiares. Cada decisión transmitía una idea sobre quién había sido aquella persona y qué lugar había ocupado dentro de la sociedad.
El fenómeno no fue exclusivamente argentino. En las grandes ciudades de Europa y América, los cementerios monumentales se convirtieron durante los siglos XIX y XX en verdaderos espacios de representación social. Pero en Buenos Aires adquirieron una particularidad vinculada con la historia de una ciudad que recibió millones de inmigrantes y experimentó una transformación social extraordinariamente rápida.
En pocas generaciones, una familia podía pasar de la pobreza de los conventillos a la prosperidad económica. El mausoleo podía funcionar entonces como una declaración pública de ese ascenso.
La muerte, paradójicamente, se convirtió en otra forma de contar la movilidad social.
Cuando los cementerios dejaron de parecerse a una ciudad
Durante el siglo XX comenzó a cambiar nuevamente la relación de los argentinos con la muerte. La expansión de las ciudades llevó los cementerios cada vez más hacia las periferias. Aparecieron nuevas formas de entierro, nichos, bóvedas colectivas y, posteriormente, cementerios privados y parques.
También cambió la arquitectura. Los enormes mausoleos familiares dejaron de tener el protagonismo que habían alcanzado décadas atrás y comenzaron a ganar espacio soluciones más simples y funcionales.
La transformación no fue solamente económica. También cambió la relación cultural con la muerte. Las sociedades urbanas modernas tendieron a esconder cada vez más aquello que antes formaba parte visible de la vida cotidiana. Los antiguos velorios prolongados, las procesiones y determinadas ceremonias familiares fueron perdiendo presencia.
Los cementerios monumentales quedaron entonces como testimonios de una época en la que la muerte todavía ocupaba un lugar mucho más visible dentro de la vida social.
Y por eso resultan tan interesantes.
No son simplemente lugares donde descansan personas famosas. Son documentos históricos construidos en piedra. En ellos pueden estudiarse estilos arquitectónicos, transformaciones sociales, epidemias, migraciones, conflictos políticos, religiones, profesiones y hasta las aspiraciones de una sociedad.
Quizás por eso recorrer una necrópolis antigua produce una sensación extraña: uno camina por calles silenciosas, pero cada esquina cuenta una historia. Una escultura puede hablar de una tragedia familiar. Una fecha puede recordar una epidemia. Un apellido puede conducir hasta una empresa, un partido político o una institución que todavía existe.
Buenos Aires tiene varias de estas ciudades silenciosas. Y aunque millones de personas pasan cada año frente a sus puertas sin detenerse, detrás de ellas existe una parte fundamental de la historia argentina.
Porque los vivos construyen ciudades para vivir, pero también construyen lugares para ser recordados. Y cuando esas construcciones sobreviven durante más de un siglo, terminan contando una historia que ya no pertenece solamente a quienes fueron enterrados allí.