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LUIS Y LA BICICLETA #4

LUIS Y LA BICICLETA #4

Invitad@ Especial

CAPÍTULO #4

Se despertó cerca de las 4 AM. En realidad no se despertó, se levantó, ya que no había podido pegar un ojo en ese lapso de la noche. La almohada no se amoldaba a su cabeza, las sábanas se percibían ásperas, sentía frío y calor de forma intermitente. Luis sabía que no se trataba ni de las sábanas, ni de la almohada, ni de la temperatura. Cuando se pierde el trabajo se gana una sola cosa. La incipiente depresión comenzaba a hacerse carne en ese primer síntoma.

El insomnio lo acompañó hasta la cocina. El motor de la heladera cortó justo en el momento en que se arrojó pesadamente sobre la silla de la punta de la mesa. Ese lugar le pertenecía. Según la tradición italiana de su linaje, la cabecera de la mesa debía ser ocupada por el proveedor de la familia. Luis no comulgaba con las ideas de un pasado vetusto, aunque en esa interminable noche no pudo dejar de creerse inútil.

Golpe y traqueteo desordenado. El motor arrancó a los pocos segundos. No era un buen momento para un gasto imprevisto. Inmediatamente después del despido había comenzado a cortar la salida de dinero. El ahorro es la base de la fortuna. Para los ricos, pensó. Los pobres lo tenemos como un sueño lejano. No más internet, cable, Netflix ni ningún otro lujo que no fuese para gente de su clase, tal como recomiendan los que mandan. Luis se apenó todavía un poco más. Entendió que la libertad de consumo no es más que otra prisión de puertas giratorias y celdas 5 estrellas que el capitalismo pone a disposición de quienes puedan (felizmente) pagarla.

Sabía que sin el vehículo del dinero jamás podría cumplir con el sueño que se habían jurado con su compañera al momento de decidir estar juntos hasta que la vida los sostuviera estables. Esa idea de escapar de la ciudad hacia un lugar donde la cobertura de celular solo fuese un recuerdo. Miró el tatuaje que cubría su antebrazo izquierdo. “La vida es decidir y pretender”. Romántico mensaje de quien almuerza en la quinta avenida. Sonrió. Inmediatamente se dio cuenta que era la primera vez que lo hacía desde el despido. No podía aceptar que además del trabajo le robasen su sarcasmo. Era el límite. No se toleraría a sí mismo.

El motor frenó de improvisto. Se oyó un goteo devenido en chorro al instante. La heladera estaba rota. El sonido del despertador llegó desde su habitación y le recordó que era hora de levantar a los nenes. Hoy iba a llevarlos él a la escuela. La situación lo dañaba pero no podía quebrarlo. Puso la pava y cruzó el pasillo hasta la pieza del fondo. Los niños dormían profundamente. El más chico sonreía en sueños, quizá se sentía gorrión esa vez.

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Ya sentados los cuatro alrededor de la mesa, entre chocolatada, tostadas y mates, fue cuando comunicó su decisión al clan. Vendrían días intensos. Días de construcción. De lucha. No se iba a dejar cazar como un chancho de corral. Mientras sus hijos se alistaban había enviado el mensaje a un compañero de trabajo. Las decisiones que se toman en momentos delicados son las que definen más cabalmente la personalidad de un ser humano.

Autores: Franco Inostroza, Andrés Linares, Juan Ferraro.

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