A 25 AÑOS DEL ASESINATO DE CABEZAS

En un nuevo aniversario del crimen de José Luis Cabezas, FOPEA comparte un texto colaborativo que realizó junto a 25 periodistas para mantener su recuerdo latente y reflexionar sobre lo que su muerte representa para el periodismo argentino.

A 25 años del asesinato de Cabezas, 25 periodistas mantienen su recuerdo presente

El 25 de enero de 1997 el reportero gráfico José Luis Cabezas fue secuestrado, golpeado, asesinado e incinerado en un descampado de la costa atlántica. En el 25° aniversario de su crimen, desde el Foro de Periodismo Argentino (FOPEA), invitamos a 25 periodistas para que lo recuerden con anécdotas vividas junto a él y reflexiones sobre lo que su muerte representa para el periodismo argentino. 

1) Gabriel Michi, amigo y compañero de cobertura

25 años de aquel 25. Un cuarto de siglo de ese siniestro día de enero de 1997 en que nuestra historia cambió para siempre. La de mi compañero y amigo José Luis Cabezas, mi cómplice en tantas “aventuras” periodísticas. La de su familia desgarrada. La de sus compañeros devastados. La de todo el periodismo shockeado. La de una sociedad conmovida. La de un país golpeado. 

25 años en que en la Argentina ocurría el peor ataque a la Libertad de Expresión desde que regresó la democracia. Un ataque que pretendió silencio, pero que obtuvo todo lo contrario. Se transformó en un grito ensordecedor contra la barbarie, contra la injusticia, contra la corrupción, contra las mafias. 

Esas mafias que buscaron seguir construyendo poder desde la impunidad. Pero no pudieron. Porque José Luis, el mismo al que pretendieron ausentar, estuvo más presente que nunca. En cada uno de sus colegas comprometidos, en cada ciudadano de bien, en la mirada dolorosa y demandante de justicia de su familia. Todos fuimos, somos y seremos José Luis Cabezas. Porque nos duele hasta el desgarro su ausencia. Pero a ellos, sus asesinos, les pesa su presencia. ¡Cabezas, presente! ¡Ahora y siempre!

2) Alejandra Daiha, directora de la revista Noticias

Fue extraño para quienes compartimos redacción con él, aceptar que aquel José Luis divertido, cabrón, padrazo y empeñado en ser un gran fotógrafo, se convirtiera en una pancarta. Ese retrato suyo en blanco y negro que dio vueltas al mundo no debió ser más que una foto carnet, pero se hizo bandera y lo congeló en el tiempo. A los demás, que pudimos envejecer, su crimen nos plantó la tristeza de saber que  también en democracia el periodismo se puede pagar con la vida. Cabezas no era un kamikaze. Debió haber cumplido hace unos meses los 60. Me lo imagino igual. Subiéndose a mesas, sillas y escaleras para lograr esas fotos desde arriba que fueron su sello. No te olvidamos, “chabón”.

3) Pablo Sirvén, actual secretario de redacción del diario La Nación; por entonces, editor general de la revista Noticias

Bolsa de carbón encima de cajón de fruta vacío. Así me enseñó a hacer asados José Luis Cabezas en uno de los dos veranos que compartimos temporada en Pinamar haciendo notas para la revista Noticias. Cantaba fuerte «Dame un limón», de Divididos, que hacía sonar todo el tiempo en el auto en el que nos movíamos entre bosques y mares.

Divertido, protestón, hiperprofesional, buscaba la mejor luz en el primer y último sol del día para lograr sus fotos increíbles. Tenía conciencia de los peligros a los que se exponía, pero su dedo haciendo clic siempre pudo más.

4) Jorge Fontevecchia, presidente y CEO del Grupo Perfil

En el resto de América Latina el asesinato de periodistas es una práctica aún no desterrada. La reacción de la sociedad argentina ante la muerte de José Luis Cabezas, enseñó a los bárbaros que asesinar a un periodista terminaba teniendo consecuencias peores para ellos mismos. La impunidad que en otros crímenes aún se mantiene, se convirtió en imposible en el asesinato a un periodista por la enorme visibilidad que el hecho tendría. José Luis Cabezas con su vida salvo la de muchos periodistas durante el último cuarto de siglo. Y lo seguirá haciendo.

5) Paula Moreno Román, presidenta de FOPEA

A un año de la muerte de José Luis Cabezas, la ciudad de Esquel inauguró una de las primeras esculturas que tuvo el país homenajeando a nuestro querido colega y reclamando por la búsqueda de la verdad y la justicia.

Gabriel Michi, María Cristina Robledo y Daniel Das Neves (UTPBA) compartieron un conmovedor momento de unión alrededor de aquel monumento ubicado frente al edificio de los Tribunales de Esquel con los ojos de José Luis tallados en la piedra y la mirada profunda clavada en el símbolo de la justicia. 

Cabezas no es, fue ni será “un caso”. Es la lucha constante contra el olvido y la impunidad que ha logrado unir a la comunidad periodística de la Argentina. Desde este rincón del país cada 25 de enero se vuelve a gritar “Cabezas, Presente”.

6) Edi Zunino, condujo el equipo de la revista Noticias que investigó su homicidio

Siempre me resistí a convertir a José Luis Cabezas en bandera, primero porque fue una persona común y corriente; segundo, porque había sido un compañero de trabajo con el que valía la pena compartir horas y horas de creatividad (mis viajes laborales al exterior más inolvidables fueron “en pareja” con él); y tercero, tal vez, por suponer que pasarlo al terreno de lo simbólico le quitaria sustancia a mi propia vida. Claro que 25 años después de haber tenido 30 y pico, uno ha vivido el tiempo suficiente para ir tomando dimensión de la época histórica que le tocó vivir. La mía es la de la guerra de Malvinas, la recuperación democrática y el homicidio de Cabezas. No sé muy bien aún qué querrá decir todo eso junto, pero de tales materiales también estoy hecho y eso, en gran medida, soy. Cabezas está en mi modo de entender la Argentina y el periodismo. Todos los días. Sin falta. Es una marca de supervivencia. El efecto flash de un faro. Un tatuaje moral.

7) Guillermo Cantón, amigo y compañero de trabajo

Querido José Luis: Parece que hay mucha gente que quiere saber de vos, te diría que todos me preguntan. Sé que no te va a molestar, porque nos tenemos confianza y, seamos sinceros, te encanta. Hoy, para que te sientas orgulloso, todos hablan de vos. Les digo que eras bueno con tus hijos, malo con los malos, irremplazable con Cristina, ingenuo con los ojos, franco con la risa, incansable con la cámara, transparente de corazón, curioso de oficio, amplísimo de amigo y fraternal conmigo. Para los desmemoriados llevamos una cinta negra en tu memoria. Yo no llevo un luto. Llevo prendida una carcajada tuya de repuesto. Gracias por todo y hasta la próxima.

8) Norma Morandini, periodista y escritora. En la época era la corresponsal de la revista española Cambio 16 y el diario O’Globo de Brasil

El día que asesinaron a Jose Luis Cabezas, una amiga brasileña, Claudia Merian, casada con el entonces Agregado cultural de la Embajada de Francia, que fue quien introdujo a José Luis como fotógrafo de la embajada, me llamó para decirme que la fotografía en la que se nos ve juntas, la había tomado Cabezas. Fui a buscar la fotografía, y me impresioné porque el vidrio del portaretrato estaba partido a la mitad. Así la dejé. Tengo la foto en un lugar visible y cada vez que la miro, recuerdo a José Luis. 

9) Santo Biasatti, periodista de NET TV

No se olvide de José Luis Cabezas. Contra la impunidad siempre. El mejor homenaje que podemos hacerle es mantener con firmeza el principio de exigir justicia. No olvidamos a sus asesinos. Algunos conviven con nosotros. No olvidamos a los que callaron ni tampoco a los que renunciaron a brindarle todo su apoyo a la familia. Recordar no es un delito. Ocultarlo fue y es de miserables.

10) Ítalo Pisani, editor general del Diario Río Negro 

Los anticuerpos que nos dejó a todos la contundente reacción social por el crimen brutal de José Luis Cabezas 25 años atrás, no pueden -no deben- tener caducidad. Esta tragedia dio un giro en nuestra historia: desenmascaró a las mafias del poder, a la deleznable policía, a la impunidad. También cerró grietas entre trabajadores de prensa y puso en valor al periodismo profesional que busca la verdad cueste lo que costare. Jamás arriemos la bandera inspirada en el clamor de los papás de José Luis: “No se olviden de Cabezas”. 

11) Fanny Mandelbaum, periodista de Radio Conexión Abierta

Era enero de 1997. Yo estaba veraneando en Punta del Este y me entero del asesinato de Jose Luis. Me llaman del canal para avisarme que me mandaban una cámara porque venía el por entonces presidente Carlos Menem a presentar un libro de Emilio Perina y dar una conferencia de prensa. En el ínterin, Osvaldo Menendez, un colega de Radio Mitre que estaba cubriendo la temporada, me comenta que sería bueno que todos los periodistas fuéramos con una cinta negra para expresar nuestro dolor. Le dije que era una idea maravillosa. Compramos cinta, alfileres. Las corté y armé los lazos negros.

Uno de los jefes de noticias de Telefe me dijo que no hiciera preguntas inconvenientes. Yo le contesté que no había preguntas inconvenientes. Si no podía preguntar lo que yo quería, no iba a preguntar nada y así fue. Les conté esto a mis colegas, les dije que preguntaran ellos. Sólo puse el micrófono, pero fuimos todos con la cinta negra. 

12) Fernando J. Ruiz. Profesor de Periodismo y Democracia de la Universidad Austral. Expresidente de FOPEA (2019 – 2021)

Los ojos de Cabezas interpelan al periodismo, y no se sostiene la mirada. Los periodistas que en 1997 marcharon juntos, están desunidos. La discusión sobre dónde está el poder al cual hay que enfrentar y dónde está la verdad, confundió las brújulas. Aquel bloque profesional uniforme es hoy una comunidad quebrada y débil, casi sin referentes. No es distinto a lo que ha pasado otras veces en la historia y en muchos otros países, pero este ciclo de ruptura se alargó demasiado. José Luis y Gabriel Michi hacían periodismo, no política partidaria. A eso hay que volver. Sabemos los riesgos, pero la democracia lo exige.

13) Diego Pietrafesa,Telefe Noticias, Secretario de Derechos Humanos del Sindicato de Prensa de Buenos Aires, SIPREBA

Mirar y contar.

Vos, con tus ojos en ofrenda.

Vos, contra lo conveniente y lo cómodo. 

Vos, contra los dueños de todo.

Vos, con la más humana de las épicas: hacer lo que se pueda, cómo y dónde se pueda, pero nunca menos.

Vos, a golpes de cámara contra el falso glamour y otras vanidades de oropel.

Vos, oficio de lo cotidiano, relámpago de dignidad en la precariedad profesional, salarial, laboral y moral. 

Vos, compañero. 

Los trabajadores de prensa caminamos por tus huellas.

¡José Luis Cabezas, Presente!

14) Lorena Maciel, periodista de Todo Noticias

El crimen de Jose Luis Cabezas marcó un antes y un después en mi vida y, sin duda, en mi carrera profesional. Apenas había pasado los 20 años y Radio Mitre confíó en mí a la hora de ponerme al frente de la cobertura del caso. Yo me ofrecí, obvio, no quería perderme nada.

No me entraba en mi cabeza semejante crimen, no paraban de aparecer en mi mente la carita de Candela de 6 meses, de su mujer Cristina, sus otros dos hijos también chicos. El auto blanco, Gabriel Michi desconsolado, la fiesta en lo de Andreani, la cava, la bota quemada, la tapa de Noticias, y Yabrán, si claro, Yabrán caminando en traje de baño e inmortalizado por una foto de Cabezas.

No fue un año, fueron más de 3 años donde mi vida estuvo íntimamente ligada a la investigación. Pedí en la radio especializarme en judiciales y estar yo a cargo del caso. 

Gracias a la insistencia del periodismo y de la sociedad en general se llegó a la verdad o casi toda la verdad, estoy convencida que hay muchas cosas que nunca llegaremos a saber. Cabezas fue y es un emblema de hasta dónde puede llegar el periodismo independiente. Ese que no responde a ningún otro interés que el de informar con pruebas.

15) Oscar E. Balmaceda, periodista y escritor

Estuve en Dolores y aledaños 21 meses – desde febrero de 1997 hasta noviembre de 1998 – cubriendo para La Nación la investigación por el asesinato de José Luis Cabezas. Durante ese lapso, conocí hasta el último de los personajes del capítulo que cerró la saga criminal que incluye los homicidios de María Soledad Morales, en 1990, y del soldado Omar Carrasco, en 1994.

Y lo que sigue repicando en mi memoria son algunas de sus sentencias: “Yo soy delincuente, pero yo no maté a este muchacho” (Margarita Di Tullio, alias “Pepita la Pistolera); “Me tiraron un muerto” (Eduardo Duhalde, gobernador de Buenos Aires); “A Cabezas lo mataron por el trabajo que estaba haciendo” (José Luis Macchi, juez de la causa).

16) Fabio Ariel Ladetto, periodista de La Gaceta de Tucumán. Expresidente de FOPEA (2011 – 2015)

¿Dónde hubiese estado el 21 de diciembre de 2001, qué mirada hubiese captado de los nueve presidentes que ocuparon la Casa Rosada en este siglo, desde qué ángulo hubiera inmortalizado la pandemia?.

Una ausencia se puede medir por los vacíos que deja, los momentos que no se comparten, las preguntas sin respuestas…

Por eso, cada vez que se dice “José Luis Cabezas, presente” se trata de desafiar su muerte, de repudiar su crimen y de eludir el olvido.

17) Gabriela Carchak, periodista de C5N

No fue un asesinato. Fue el intento de amordazar a un periodista, a un medio, a un pueblo, a un país. Pero los argentinos gritaron y gritaron fuerte. Tanto, que ese fotógrafo asesinado por hacer su trabajo se convirtió en un símbolo de la libertad de expresión y la lucha colectiva por mantenerla. El crimen de José Luis Cabezas marcó un antes y un después no sólo en la toma de conciencia de lo que el periodismo significa, sino también, en la confianza en el  castigo, que aunque tarde, llega a quienes  se creen impunes y dueños de la vida de los demás.

18) Emilia Delfino, periodista de CNN en Español y elDiarioAR 

La fotografía que José Luis Cabezas tomó al empresario Alfredo Yabrán en febrero de 1996, un año antes de ser asesinado, la imagen por la que fue asesinado, fue y es una acción perfecta de periodismo de investigación: la exposición del poder real, del poderoso oculto, retratado, iluminado por el ojo de un fotoreportero, en base a un trabajo de investigación previo que Cabezas realizó con el equipo que integraba. Como su acción, Cabezas estará siempre presente, como el reclamo de justicia de su familia y amigos.

19) Gustavo Carabajal, periodista de La Nación

Nada fue igual en mi vida después del asesinato de José Luis Cabezas. Durante más de un año realicé la cobertura informativa del caso para el diario La Nación y recuerdo una imagen de su hija menor, Candela. Tenía poco más de un año y escuchaba por la televisión el grito de “Cabezas, presente” que retumbaba en una de las marchas. Ella en su inocencia miraba y escuchaba atónita, cómo desde la pantalla surgía con energía, el reclamo de Justicia por su padre.

20) Liliana Caruso, periodista de Policiales y Judiciales en América Noticias y A24

El asesinato de José Luis sacudió sin distinciones. Fue la muerte brutal de un laburante, fotógrafo sencillo que desenmascaró el poder. Y el caso movilizó a una sociedad que se enteraba de la manera más brutal de las operatorias de las bandas mixtas formada por delincuentes comunes y policías. Su muerte sigue doliendo porque queda la sensación de que los asesinos la sacaron barata. Una justicia a medias. Pero por suerte queda la memoria: como en una plaza de V. Domínico que lleva su nombre y sus ojos eternos, esos que tienen la capacidad de hablar.

21) Hipólito Sanzone, cubrió el caso para EL DIA de La Plata

El martirio de José Luis Cabezas trascendió su propio horror, por todo lo que le permitió a la sociedad ver que no había visto o no quería ver. Antes de ese final hubo una trama de aprietes, condicionamientos y mensajes pesados a otros periodistas de otros medios y en diferentes circunstancias y no siempre a cargo de los mismos actores. La muerte de Cabezas permitió ver que no todo en esa Argentina era la “alegría” de la pizza y el champagne. Personalmente, me involucré por la cobertura que me asignó el diario El Día de La Plata en un trabajo de largos meses, en el que me quedó la impresión de que todavía no se llegó a la verdad revelada. Que hay personajes todavía impunes y circunstancias nunca debidamente aclaradas. Puede pensarse que todo eso poco importa ante el recuerdo de la única víctima y su sufrimiento, pero también es posible que su memoria merezca esa verdad revelada que, en lo personal, sigo considerando esquiva.

22) Liliana Franco, periodista en Ámbito Financiero

El asesinato de José Luis Cabezas fue un antes y un después para el periodismo local. Fue tomar conciencia de que investigar, denunciar, podía costar la vida. Una foto, la prueba del buen trabajo periodístico, fue la causa de que hoy tengamos que recordar a José Luis. 

Creo que la mejor manera para que la muerte de José Luis no haya sido en vano, es que, nosotros los periodistas, apoyemos los trabajos de investigación de nuestros colegas, que reaccionemos colectivamente cuando desde el poder se intente menoscabarlos o ningunearlos. Que recordemos que José Luis fue mandado a matar por sacar una foto, es decir cumplir con su trabajo.

23)  César Sánchez Bonifato, periodista 

El asesinato de José Luis Cabezas ocurrió cuando Carlos Menem era Presidente y nuestro país fue vendido a espúreos intereses internacionales. Se liquidaron YPF, Fabricaciones Militares, cerraron puertos, paralizaron los ferrocarriles, se mantuvieron “relaciones carnales” con los EE.UU., barcos argentinos fueron enviados a participar de la invasión extranjera a Kuwait, se negoció con el libanés Kadhaffi, explotó la ciudad cordobesa Río Tercero dejando a muchos compatriotas muertos.

En dicho marco, hubo asimismo empresas argentinas involucradas en turbios acuerdos. Un consorcio manejado por el empresario entrerriano Alfredo Yabrán fue uno de los beneficiados. El colega Cabezas lo descubrió en la costa atlántica y su imagen se hizo pública. Al poco tiempo, fue asesinado.

Además, se informó que Yabrán “se suicidó”, pero su cuerpo nunca fue mostrado.

El caudillo riojano Menem terminó aliándose a los Kirchner y mantuvo una banca en el Senado, hasta su muerte. “El Caso Cabezas” conmocionó al periodismo argentino. Se trató de un emblemático episodio, jamás aclarado completamente por la Justicia.

24) Oscar Ángel Flores, periodista de Radio Universidad de San Luis

En San Luis, el suceso del asesinato de José Luis Cabezas generó conmoción entre el plantel periodístico general de la provincia. Aunque no conocí personalmente al compañero reportero gráfico, las publicaciones periodísticas originadas ese año me permitieron descubrir el perfil de José Luis. La figura más conocida de nuestro colega Gabriel Michi nos acercó a la historia completa de aquel suceso que conmovió al país y dejó al descubierto el entramado mafioso existente en el poder mismo de la Argentina.                                           

Así, los periodistas Puntanos se organizaron y dejaron instaurado en un pequeño monumento nuestro reconocimiento a José Luis Cabezas en pleno centro de la ciudad Capital. También se impulsaron actos cada año bajo la consigna “No nos olvidemos de Cabezas” para seguir procurando Justicia en contra de aquellos que persigan y pongan en peligro a las y los comunicadores que se exponen en la búsqueda de la verdad.

25) Alicia Miller, periodista e integrante de la Comisión Directiva de FOPEA

“Un hachazo invisible y homicida”. Miguel Hernández describía así el estupor ante una muerte de gigante significado. Sentí igual el asesinato de José Luis Cabezas, que pudo ser uno de mis colegas cercanos o yo misma. Del peor modo, supe que el coraje no es opción sino obligación. Y que la protección constitucional al periodismo en resguardo de los derechos ciudadanos no servirá de nada sin una democracia basada en el respeto hacia quien piensa distinto, sin un consenso de especial tolerancia hacia aquello que nos contraría, contradice o señala.

*****

Si querés profundizar en el caso de José Luis Cabezas, te recomendamos el libro “Cabezas: un periodista, un crimen, un país”, de Gabriel Michi. 

Por otro lado, compartimos estas producciones audiovisuales que profundizan en el caso: 

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    De las acusaciones vertidas, sólo me voy a concentrar en las que involucraron la relación entre la Argentina y el racismo. Fueron varias. Por una parte, se retomó la antigua acusación de que nuestro país está lleno de nazis y que cobijó a los criminales de la Segunda Guerra Mundial. Como ya expliqué en otro sitio, ese es un estereotipo falso, sembrado por Estados Unidos en la década de 1940 y replicado por el antiperonismo local. Desde entonces nos persigue, sin que haya motivos reales para eso. Al mismo tiempo, sin que a nadie le parezca contradictorio, esta vez también se acusó a la Argentina por estar bancando a Israel en el genocidio que lleva a cabo. En este caso, corresponde hacerse cargo: con Milei, nuestro país está apoyando activamente la mostruosidad en curso en Gaza, Cisjordania y Líbano. Somos el único país del mundo, junto a Estados Unidos, que todavía sostiene a Israel. Es triste, pero en esa acusación hay verdad y corresponde que nos avergoncemos. Incluso si la abrumadora mayoría de los argentinos condena las atrocidades de Israel.

    Pero la acusación de racismo más insidiosa es la que involucró el racismo argentino contra los afrodescendientes y, en menor medida, los pueblos originarios. Ya en el Mundial anterior había aflorado, con la pregunta de por qué nuestra Selección no tiene jugadores negros. En ese momento, escribí una nota explicando por qué era absurda. Tan absurda, que alcanza con invertirla: si en países como EE.UU., Inglaterra o Francia hay tantos jugadores negros, no es por la ausencia de racismo de sus sociedades, sino precisamente, por lo contrario. Es la espantosa historia colonial y de segregación de esos países lo que explica que vivan allí amplias poblaciones afrodescendientes, trasladadas a la fuerza u obligadas a migrar a sus antiguas metrópolis por la pobreza que ellas mismas trajeron a sus pueblos sometidos. Como expliqué en aquella nota, Argentina tuvo jugadores negros en su seleccionado bastante antes que casi todos los países europeos. Y siguió teniendo afrodescendientes luego, como lo era Maradona, solo que su aspecto físico no lo delataba. ¿Por qué? Porque sus ancestros africanos tuvieron descendencia aquí mezclándose con blancos. Algo que las leyes de segregación racial de EE.UU. o las costumbres de los europeos retrasaron mucho tiempo más.

    El racismo es una cuestión demasiado importante como para discutirla de la manera idiota en la que lo estamos haciendo. Les voy a proponer respuestas a dos preguntas diferentes. La primera: ¿Hay racismo en la Argentina? La segunda: ¿Es la Argentina un país particularmente racista por comparación con los demás?

    El racismo, ¿qué cosa es?

    Antes que nada, una definición. El racismo es una forma de acción discriminativa. Eso quiere decir que separa, ordena y jerarquiza a las personas. No es la única. En nuestras sociedades también se separa y jerarquiza a las personas según su clase social, sus hábitos, su género, etc. Lo característico del racismo es que la discriminación parte de la idea de que hay algo en el cuerpo de las personas discriminadas que las hace inferiores, algo que transmiten a su descendencia a través de algún vector biológico, como la sangre o los genes. 

    Termina un Mundial con Argentina demonizada en la prensa internacional, en redes sociales, en las conversaciones. No sabemos qué consecuencias tendrá a futuro: las fake news tienden a perdurar durante décadas.

    Decir que es una acción discriminativa significa que no es una mera opinión; quiere decir que jerarquiza a las personas de forma efectiva y sistémica. No hay racismo sólo porque un individuo opine mal de otro. El racismo no es una mera cuestión de palabras mal dichas, de ofender verbalmente a alguien. Existe cuando una comunidad entera es víctima de una discriminación que se plasma materialmente, de maneras reales y concretas, porque se la imagina racialmente inferior. 

    Una sociedad es racista cuando existen prejuicios sobre la ancestría de algunas personas que hacen que tengan menos oportunidades económicas, menos derechos civiles o políticos, o que sean violentadas. El racismo no se acaba cuando una sociedad aprende a no decir palabras incorrectas y a tratarse con amabilidad. Tampoco, cuando algún individuo excepcional de la comunidad discriminada consigue algún lugar de poder o de reconocimiento. 

    En Estados Unidos aprendieron a no usar la “N-word” y en 2009 eligieron un presidente negro. ¿Dejaron de ser racistas? En absoluto: la población afroestadounidense sigue siendo despreciada, sigue ocupando los peores trabajos y ganando menos, sigue siendo objeto de una violencia policial y judicial espeluznantes; las élites económicas siguen siendo abrumadoramente blancas. 

    El mundo moderno se estructuró en torno de la discriminación racial. Hasta donde sabemos, fue en la España medieval tardía donde apareció por primera vez el pensamiento racial, la idea de que ciertos cuerpos transmiten a su descendencia algún elemento que los hace inferiores. La usaron inicialmente para segregar a judíos y musulmanes. Luego, cuando colonizaron América, aplicaron ese mismo pensamiento para separar y jerarquizar a las personas según su color y su ancestría. Cuando otros países, como Francia e Inglaterra, se sumaron a España y Portugal en la empresa de colonizar territorios ajenos y secuestrar y esclavizar africanos, adoptaron y desarrollaron aún más ese racismo. 

    Buena parte del vocabulario racista de las lenguas inglesa y francesa deriva del castellano. La idea de la superioridad de una “raza blanca” se difundió por todo el mundo, junto con la asociación de lo negro o lo no-blanco con lo abyecto o inferior. Todavía hoy, por todas partes, esas nociones organizan jerarquías materiales, reales, entre las personas. Por todas partes, las personas de tez blanca y ascendencia europea gozan de privilegios. Los países del norte colonial siguen extrayendo recursos y trabajo barato del mundo que alguna vez colonizaron y de las personas no-blancas que deben migrar. Eso es racismo. Los pueblos no-blancos siguen siendo objeto de violencias interminables que les propina el “mundo libre”. Que caigan bombas con tanta facilidad sobre poblaciones negras y marrones: eso es racismo. Vivimos en un mundo profundamente racista. No hay país que pueda decir de sí mismo que está libre de racismo. Incluso las personas racializadas, a veces, internalizan el racismo como autodesprecio. Está por todas partes.

    ¿Es Argentina un país racista?

    Por supuesto que Argentina es un país racista, como lo son todos los de América Latina y del resto del mundo. Negarlo sería absurdo y, además, contribuye al estereotipo que hoy nos golpea. Ser incapaces de reconocer el racismo propio es signo de que ni siquiera lo ves. 

    Argentina surgió de una colonia española organizada, como las demás, según una jerarquía de “castas”. Buenos Aires fue un importante puerto para el tráfico de esclavos. Los hubo por todas partes en el territorio nacional. Como en toda América, los esclavizados fueron objeto de violencias espantosas. Lo mismo vale para los indígenas. Hacia 1830, los negros y mulatos eran el 30% de la población porteña y más en otras ciudades. Luego de 1860 ya todos libres, los negros siguieron siendo despreciados. También los indígenas y mestizos. A más tardar a fines del siglo XIX, además, nuestras clases altas comenzaron a transferir sobre la totalidad de las clases populares los estigmas que antes dirigían a los afrodescendientes. Desde entonces, se considera que un pobre es “un negro”, tenga o no la piel oscura. ¿Por qué? Porque se presupone que, aunque no la tenga, su cuerpo está “contaminado” por sus mezclas y contactos con cuerpos no-blancos. 

    Lo que importa es la materialidad del racismo, lo que padece un cuerpo no blanco en una sociedad dominada por blancos.

    La discriminación sobre base racial sigue siendo constitutiva de la sociedad argentina. Lo vemos en la distribución desigual de las oportunidades económicas: si uno toma una muestra del 10% más rico y el 10% más pobre de nuestra población, verá diferencias muy evidentes en los aspectos físicos. Tal como pasa en todo el mundo Atlántico, los cuerpos de tez oscura siguen teniendo las peores oportunidades y acceden con mucha menor frecuencia a posiciones de prestigio o poder. Los cuerpos de tez blanca siguen beneficiándose de su trabajo barato. En segundo lugar, lo vemos en la violencia: tal como sucede en todas partes, las personas no-blancas (o imaginadas como tales) tienden a sufrir maltratos mucho más severos por parte de la policía, el Poder Judicial y otras agencias del Estado y también en los ámbitos privados. En tercer lugar, lo vemos en los persistentes estereotipos negativos que circulan en las conversaciones, en la publicidad, entre los políticos, que representan a “los negros” (recuerden, no solo, ni particularmente a los afrodescendientes, sino más bien el conjunto de las clases populares) como una población de calidad inferior. Estos tres elementos son muy frecuentes en casi todos los países. 

    El cuarto elemento es más distintivo. Argentina es uno de los poquísimos países de América Latina, junto con Costa Rica, que se imagina como una nación racialmente “blanca” y culturalmente “europea”. Otros varios países se imaginan “blancos” pero no solamente europeos. En casi todos los demás países de la región, las élites propusieron narrativas de unidad que invitaban a sus ciudadanos a imaginarse como una nación mestiza o heterogénea en sus colores, y heredera de influencias culturales más variadas, incluyendo las africanas e indígenas. Esta fantasía de ser un país blanco agrega al racismo argentino un elemento más, que se ha hecho notar numerosas veces, sobre todo entre nuestros vecinos. Recuerden los revuelos que se armaron en toda la región cuando Macri y de nuevo Alberto Fernández, intentando diferenciarse y presentarnos como superiores, sostuvieron que “los Argentinos descendemos de los barcos”. En este último punto, es justo que al menos los hermanos latinoamericanos estén resentidos con nosotros. Es una fantasía insostenible y perniciosa, hacia adentro y hacia afuera. 

    ¿Es Argentina un país especialmente racista, más que otros?

    Esta pregunta es más difícil de responder, pero mi opinión es que definitivamente no si la comparación es con el hemisferio norte. Posiblemente un poco más que algunos países latinoamericanos, un poco menos que otros, pero tampoco aquí parecerían haber diferencias muy considerables, quitando la de los discursos oficiales de la nación, que por supuesto es importante.

    Hay pocas encuestas comparativas confiables que permitan responder sobre bases firmes. En las que hay, por ejemplo, los argentinos perciben en un porcentaje muy alto que en nuestro país sí hay discriminación étnica o racial. El porcentaje, sin embargo, es comparable al de otros países de la región y del mundo. Es decir: los argentinos no tenemos dificultades para percibir el racismo propio, incluso cuando individualmente muchos lo nieguen. Otra encuesta internacional preguntó “¿Te molestaría tener un vecino de otra raza?”: la Argentina dio uno de los porcentajes más bajos del mundo, por debajo de Estados Unidos o Francia y muy por debajo de México o España.

    Ahora, percepción no es realidad. ¿Cómo se comparan los países en términos de la materialidad de sus racismos? Si la comparación es con Estados Unidos, creo que no hay discusión posible. No es mucho decir, en verdad, porque el país del norte ha tenido una historia de violencia racista bastante extrema, sólo comparable a la de la Sudáfrica del apartheid o la Alemania nazi. De hecho, pocos lo saben, pero los nazis se inspiraron en el ejemplo estadounidense para poner en pie su sistema de segregación racial. 

    Estados Unidos abolió la esclavitud en 1866 luego de una guerra civil tremenda, porque los blancos del sur se oponían. Pero a eso no siguió la igualdad, sino un régimen de segregación racial que duró otros cien años. Se prohibió por ley el casamiento e incluso el sexo entre blancos y negros. En buena parte del país tuvieron escuelas, hospitales, transporte, barrios, espacios de sociabilidad, etc. separados. Incluso muchos sindicatos obreros eran segregados. En el siglo XIX y durante buena parte del siguiente existieron agrupaciones de blancos suprematistas con cientos de miles de militantes que perseguían y aterrorizaban a los negros. Todavía existen hoy, aunque con menos adherentes. Se documentaron más de 5 mil linchamientos y hubo decenas de episodios de motines en los que blancos atacaban poblados o barrios negros. Los afroestadounidenses del sur solo consiguieron desmantelar el sistema de segregación legal y acceder al derecho al voto efectivo luego de 1960. El último estado que retiró de su constitución la prohibición del casamiento interracial fue Alabama: lo hizo recién en el año 2000, tras un referéndum en el que 40% de los votantes todavía se manifestaron a favor de sostenerla.

    Que caigan bombas con tanta facilidad sobre poblaciones negras y marrones: eso es racismo.

    Todavía hoy en Estados Unidos la población negra está económicamente subordinada y es objeto de una violencia constante. La vida cotidiana de la gente común está por supuesto más integrada que en 1960, pero se siguen notando las formas espontáneas (y no tanto) de segregación. 

    Por contraste, Argentina comenzó a desmantelar la esclavitud apenas se independizó, sin que hubiese resistencias considerables. En 1831 concedió el derecho al voto a todos los varones libres, del color que fuesen. Los últimos esclavizados que quedaban, para entones no muchos, fueron liberados en 1860, y las leyes no hacían diferencias de color u origen étnico. Luego de esa fecha, Argentina no conoció formas de segregación racial, ni legales, ni informales o privadas que fuesen explícitas. A pesar de que los prejuicios raciales abundaban, al menos en Buenos Aires, la vida de sus clases populares estuvo bastante integrada. Los casamientos entre blancos y negros fueron muy comunes y la sociabilidad fue mixta desde muy temprano. No existieron las asociaciones suprematistas y los historiadores no han podido documentar ni un solo linchamiento o motín antinegro. 

    La población negra de la Argentina fue perdiendo visibilidad, un poco por la disminución de su número relativo cuando llegó el aluvión de inmigrantes europeos, otro poco porque los casamientos mixtos fueron atenuando las diferencias perceptibles, y bastante por la presión blanqueadora de los discursos oficiales de la nación.

    En los últimos pocos años, el Estado argentino tomó políticas de reconocimiento y reparación de esa invisibilización y hoy la Argentina exhibe el rostro de una mujer negra en uno de sus billetes (algo que en Estados Unidos proponen desde hace décadas pero todavía no avanzó).

    Respecto de Europa, la comparación también parecería favorable. En Inglaterra, por ejemplo, los motines de blancos contra población no-blanca fueron abundantes; todavía en 2026 hubo varios muy graves. Siendo uno de los países del mundo que más inmigración recibió, los episodios de violencia xenofóbica en Argentina fueron muy menores y hoy casi no se registran. Por supuesto que existen prejuicios y violencia policial contra inmigrantes, pero en sus actitudes la sociedad argentina ha sido bastante más receptiva que Francia, Italia o incluso España, donde los ataques organizados de blancos contra inmigrantes son muy habituales. 

    El supuesto “multiculturalismo” —la idea de una convivencia de etnicidades en pie de igualdad— es poco más que una narrativa de unidad. Es una fantasía, lo mismo que la de la “Argentina blanca” o la del Brasil “democracia racial”. No es en absoluto una descripción de la realidad. En muchos casos, de hecho, funciona como una sutil continuidad de las expectativas de segregación: todas las “razas” deben vivir en armonía y respeto mutuo, a condición de que no se mezclen. Cada una con su cultura, pero separadas.

    Queda, por supuesto, el aspecto más superficial de la cuestión: el lenguaje. Es cierto que, por la tensión en sus relaciones interétnicas, Estados Unidos y Europa se han habituado a erradicar de sus discursos públicos cualquier palabra o alusión que pudiese sonar racista. Por contraste, los argentinos son bastante incontinentes en esto, como en todo. Especialmente en contextos futboleros. Pero nuevamente aquí: que los argentinos no hayamos adoptado la fantasía del multiculturalismo para lidiar con nuestra heterogeneidad, ni el vocabulario que utilizan en el norte para nombrar sus diferencias, no significa que el racismo sea aquí mayor. 

    Discutir el racismo en nuestros propios términos

    Además de afectar la reputación del país, la campaña de demonización de la Argentina también está impactando negativamente en la lucha de los afroargentinos, los indígenas y los marrones. En estos días vimos replicarse decenas de posteos, con intención supuestamente antirracista, que afirmaban, por ejemplo, que en la Argentina “no hay negros” porque hubo una política deliberada de exterminio. El dato no solo es falso (nunca hubo tal exterminio), sino que, además, termina negando todavía más la existencia de los afroargentinos, que vienen luchando hace décadas para salir de la invisibilización. Por el foco en la presencia o no de personas afrodescendientes de piel muy oscura, omite completamente la consideración de los demás grupos racializados en nuestro país.

    Es fundamental que retomemos el debate sobre el racismo en nuestros propios términos, sin importar agendas pensadas para sociedades de otro tipo. El debate antirracista en Estados Unidos, por caso, suele omitir completamente la relación entre etnicidad y clase, sin la cual el racismo en América Latina es incomprensible.

    Recuerden: lo que importa, antes que nada, es la materialidad del racismo, lo que padece realmente un cuerpo no blanco en una sociedad dominada por blancos. Seguramente, los estadounidenses, europeos o latinoamericanos que hoy demonizan a la Argentina como “el país más racista del mundo”, encuentran útil desligarse de sus propios problemas endilgándoselos a otro. Lo peor que podríamos hacer nosotros es eso mismo: combatamos los estereotipos prejuiciosos que emergieron en este Mundial, sin negar los problemas que tenemos y sin dejar de trabajar para mejorar nuestra sociedad. En nuestros propios términos.

    La entrada Argentina, racismo y demonización se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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