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LUIS Y LA BICICLETA #11

CAPÍTULO #11

Hace varios dias, semanas quizas, que Luis no habla. Es que se peleó con Eva. Discutieron. Bien discutido. Solos, sin los nenes. Ya ni sabe el por qué de la discusión. Una cosa llevó a la otra y ahí estaban enmarañados en réplicas. Que esto, que aquello y que más allá. Todas pálidas. Un presente oscuro que proyecta una sombra en el futuro. No saber qué hacer.

Solo en alguna vereda de su barrio después de tanto caminar entre dudas recordó sus palabras. Se recordó a él mismo hablándole a un Ernesto de 8 años a la salida de la escuela. Quizás en ese momento también las palabras eran para él. Ese hijo mayor había salido de la escuela triste por una mala nota. Triste por que no le habían salido las cuentas. Triste porque pensaba que iba a defraudar. En ese momento Luis tomó con la mano libre, esa que no llevaba la bicicleta, la mochila que cargaba el niño en su espalda y notó el peso que llevaba. También advirtió como liberó ese peso que era carga para su hijo.

Ves Ernesto – dijo Luis – la cosa es así, casi siempre llevamos una mochila cargada de problemas. A veces más liviana. Por momentos más pesada. En ocasiones con problemas que creamos nosotros mismos y en otras oportunidades con problemas que nos ponen. Y tenemos que cargarla. Llevarla con nosotros lo que sea necesario porque hay que saber resolver los problemas para poder ir sacándolos de la mochila y así hacer que pese menos. Porque si no los resolvemos no los vamos a poder sacar del todo nunca. Pero hay secretos Ernesto que te van a ayudar en el mientras tanto. Saber que podés descansar, aunque sea un ratito, para que la mochila no sea una carga constante. A veces, como ahora, saber dejar que quién te quiere la cargué un por vos. Compartir la carga es justo y necesario. Y también saber que hay un camino por recorrer y siempre un algún lugar donde llegar.

Se recordó y se vio hoy con la mochila más pesada. Muchos problemas de él. Y otros muchos más metidos por otros. Y ahí estaban los problemas de hoy. Desempleo, tarifas, inflación, educación. Y mil más. Y estaba ahí su propia respuesta. En esa vereda, sólo, y con la mochila a cuestas. Una camino por recorrer, una idea que llevar a cabo y un lugar a donde siempre llegar. Su hogar.

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Luis entró a la casa con otro espíritu. Al ingresar sintió también un aire especial. Quizás ayudaba la música ochentosa que sonaba en cada rincón. Eva estaba en la cocina. Aun no se había roto el silencio entre ellos pero la música ayudaba en el ambiente. Eva le cebó un mate. Luis lo fue a agarrar y su mano rozó la de ella casi sin querer. Con eso se dijeron todo. Se miraron a los ojos y entendieron, una vez más, la importancia de las palabras en el aire. Hoy estamos aquí no hay nadie más que vos y yo.

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