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LO QUE «DÍA DE MUERTOS» ME DEJÓ

Si vieron la película “El Coco” seguramente les generó algo de curiosidad por saber más sobre la “Celebración de Días de Muertos” en México, donde la gente espera con ansias el regreso de sus difuntos familiares y amigos de la vida eterna.

Ellos creen que los espíritus regresan del más allá para reencontrarse con su familia. “Los dejamos bajar un ratico, luego vuelven a subir y para que no se pierdan hacemos estos caminitos con velas y pétalos”, dicen los lugareños.

La ciudad está decorada con papel picado y es normal verlos maquillados de calavera, especialmente los niños.

La celebración inicia la última semana de Octubre e involucra a toda la comunidad, las familias trabajan en conjunto para hacer de ésta una gran celebración. Los mercados locales ofrecen flores, pan de muerto, inciensos, calaveras de dulce, y todo lo necesario para construir altares.

Concurso de Altares y Tapetes

El 1 de noviembre es el día dedicado a los niños más pequeños, incluso los que murieron sin haber sido bautizados “limbitos” y el 2 de noviembre es el llamado Día de los Muertos y es para todos!

La celebración comienza desde la madrugada con el repique de las campanas de las iglesias y la práctica de ciertos ritos, como adornar las tumbas y hacer altares sobre las lápidas. Estos ritos tienen un gran significado para las familias porque –dicen– se ayuda a conducir a las ánimas y a transitar por un buen camino tras la muerte.

Durante la mañana del 2 de Noviembre, familiares de los difuntos llevan flores a las tumbas en un rito que comienza en la madrugada, nada es tan diferente a lo que se acostumbra desde hace mucho tiempo en todos los cementerios de México.

Familia dedicando una serenata al difunto

El ambiente festivo no deja de sorprenderme y maravillarme, es tan diferente a lo que nos genera la muerte a nosotros… Hay mariachis, música norteña, bandas, cantando y tocando entre tumba y tumba. Todo el mundo acude a los panteones; niños, adultos, ancianos, toda la familia cantando, alegres, riendo al recordar anécdotas y comiendo junto a las tumbas de sus seres queridos.

Mariachis

SI VISITÁS MÉXICO, AGENDÁ.

  • México es un país con mucha diversidad étnica y como ven ésta celebración adopta diferentes representaciones y alusiones de acuerdo al pueblo indígena o grupo social que la practique.
  • Puebla se encuentra a sólo 130 km de México DF y para llegar tomé un bus ADO desde el aeropuerto (y recorrí todo el país con esa compañía)
  • La mayoría de las veces me alojé por medio de Couchsurfing, es la mejor manera de tener una experiencia local más auténtica
  • Consulten previamente la agenda cultural para no perderse de nada y reserven con mucha anticipación.
  • El 28 de octubre recuerdan a los que fallecieron atropellados
  • El 29 de octubre a los que perdieron la vida violentamente
  • El 30 de octubre a los que murieron ahogados
  • El 31 de octubre a los niños muertos
  • El 1 de noviembre se cree que las almas de los niños regresan de visita
  • El 2 de noviembre regresan los adultos

UN POCO DE MI VIAJE

PUEBLA

A 130 km del Distrito Federal de México se encuentra la ciudad de Puebla, donde hacen una gran celebración en el zócalo, con bandas, bailes, mariachis, gente disfrazada y variedad de comidas populares y dulces temáticos.

Los artistas construyen altares en toda la ciudad, en veredas, galerías

Cholula «Pueblo Mágico»

A sólo 22 kilómetros de Puebla se encuentra Cholula y es considerada la ciudad viva más antigua de América, su fundación data del año 500 A.C. y es famosa por sus 365 iglesias, una por cada día del año.

Cholula «Pueblo Mágico»

San Salvador Huixcolotla

Por la noche fuímos a San Salvador Huixcolotla, pueblo declarado en 1978 Patrimonio cultural del estado de Puebla debido al tradicional golpeteo manual con cinceles con que realizan el famoso papel picado utilizado para adornar las ofrendas

“No mires el precio de una artesanía sin ver antes las manos del artesano” E. Molina

En éste pueblo se acostumbra a visitar los altares de las casas particulares y los anfitriones te reciben con panes, tamales y chocolate caliente. Frente a los altares hay dispuestas sillas para sentarse a dedicarle una oración al difunto homenajeado, y luego comparten historias y anécdotas. Lejos de ser una ocasión triste, ellos los recuerdan con alegría y los visitantes se comportan con mucho respeto.

La sensación de intromisión es grande y afuera está helando… (San Salvador Huixcolotl)

Entrar a sus casas es una experiencia fuera de lo común, flores amarillas del cempasúchil y púrpuras de la cresta de gallo perfuman la atmósfera, mientras que las ondulantes llamas de las velas forman caprichosas sombras y crean una atmósfera de intimidad y misterio.

Altares San Salvador Huixcolotl

Los altares tienen tres niveles: el cielo, la tierra y el inframundo, y los difuntos deben bajarlos para llegar al mundo de los vivos, luego, los muertos seguirán el camino 
de velas y pétalos que los devolverá al más allá hasta el próximo año, en el que vendrán con un renovado consentimiento para bajar. Colocan en él una foto del familiar muerto, la comida y bebidas que el difunto disfrutaba en vida: chocolate, mezcal, cerveza, mole, cacahuates, frutas, pan de muerto, caña, calaveras de dulce, flores, y por supuesto, velas y cruces formadas con flores.

La celebración comienza desde la madrugada con el repique de las campanas de las iglesias y la práctica de ciertos ritos, como adornar las tumbas y hacer altares sobre las lápidas. Estos ritos tienen un gran significado para las familias porque –dicen– se ayuda a conducir a las ánimas y a transitar por un buen camino tras la muerte.

OAXACA

Continúo mi viaje rumbo a Oaxaca y por la noche visito el panteón general. Las tumbas de los panteones se decoran con flores de cempasúchil y comida. Mucha gente acostumbra a pernoctar esas noches en las tumbas de sus familiares.

Panteón de San Miguel

Es un espectáculo lo que se vive en los panteones; los nichos del San Miguel están adornados con más de 2 mil veladoras! o qué decir del Concurso de Altares de Muertos, de los magníficos adornos de las tumbas, del ingenio y esmero de los familiares para agradar a los ya finados y de toda esta expresión de amor terrenal.

Ver una Obra de teatro parada sobre en una tumba en el cementerio de Oaxaca, fue una de las experiencias más bizarras que he tenido.

Obra de teatro en el Cementerio

Los típicos tapetes monumentales de Oaxaca, algunos de 10 por 10 metros o más, son realizados con arena y pigmentos en la Alameda de León durante los festejos y muestran, a veces con ironía, las creencias de nuestros antepasados.

Exhibición de tapetes monumentales, bajo el lema “Manjares de Todos Santos».

Viajar a Mexico fué una de las experiencias más increíbles y eriquecedoras que tuve, quedé fascinada y muero por volver en el futuro! Lo super recomiendo!!! Si quieren conocer más, los invito a visitar el post completo en viajera-activa.com y mi  álbum de fotos de méxico.

Hasta la próxima amigos, nos vemos en el más allá! … o acá nomás, quien sabe… La Catrina

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  • El tiempo violentado

     

    Desde hace dos años vivimos con un ruido persistente. Es el bajo continuo de una casa en demolición. Un crujido que viene de estructuras que creíamos sólidas y que ahora se desmoronan. Junto al estruendo del Estado atacado hay otro sonido más sutil pero constante: el del tiempo violentado. El pasado se convierte en arma, el futuro es secuestrado, y el presente se vuelve eterno e inmutable. Es un fenómeno global, pero en Argentina toma forma concreta en el gobierno de Javier Milei. Desde que asumió en 2023, el presidente de la motosierra y sus acólitos han hecho de los historiadores y de su disciplina un blanco preferencial de sus ataques. Buscan instalar una Historia plana y maniquea mediante la “denuncia” de supuestas manipulaciones y tergiversaciones previas del pasado.

    La reemplazan con una puesta en escena de símbolos imperiales romanos, con imágenes y retóricas de evidentes reminiscencias fascistas, como se pudo ver en los estandartes de las agrupaciones de las “Fuerzas del Cielo” y en la misma escenografía del reciente acto de cierre de campaña en Rosario de La Libertad Avanza. Reviven el “Día de la Raza” para blanquear su racismo elitista y homenajean a represores como si fueran héroes, como hizo recientemente la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, durante un acto de la Policía Federal: en un solo movimiento, reinstaló la figura de Ramón Falcón, represor y asesino de obreros a comienzos del siglo XX, y la de Alberto Villar, uno de los organizadores de la Triple A y seguramente responsable del asesinato de muchos compañeros de militancia de cuando la ministra era una revolucionaria montonera en los setenta. Son operaciones banales, pero para nada ingenuas. Abrevan en el pasado para hacer una cuidadosa selección de momentos de la historia en los que se reconocen y anclan su relato fundacional. Momentos en los que se emocionan y con los que se encandilan, lo que les permite correr argumentalmente —sin demasiada precisión— la frontera del “comienzo de la decadencia argentina”.

    Reviven el “Día de la Raza” para blanquear su racismo elitista y homenajean a represores como si fueran héroes.

    Frente a este embate, la pregunta no es solo cómo defendernos, sino cómo recuperar el potencial político de pensar un sentido para la Historia mientras todo parece derrumbarse. ¿Para qué sirve? La respuesta no puede ser un lamento. Tiene que ser una trinchera. Giuliano da Empoli, en su libro La era de los depredadores, describe un mundo donde los señores de la tecnología ya no necesitan ni a la “casta” política ni al Estado. Tampoco a la Historia ni a la democracia. No es que no usen el pasado, sino que, además de maleable, lo vuelven algo volátil. Los sectores dominantes apuestan por memorias difusas que les permiten reescribir la Historia y reactivar las pasiones antidemocráticas del siglo XX. Los gurúes tecnológicos hacen de su ignorancia histórica una estrategia de marketing. En ese cruce entre la nostalgia distópica y la amnesia digital, pensar históricamente se vuelve un acto de resistencia. No como un mero refugio, sino como una forma de recuperar su condición de herramienta política. Preguntarse por el pasado es, en el fondo, preguntarse por el futuro. ¿Qué sociedad queremos? ¿Cómo la construiremos? ¿Qué utopías imaginaron otros antes que nosotros? ¿Cuáles son las nuestras?

    Para responder, necesitamos afilar nuestras herramientas conceptuales y convertirlas en gestos de insubordinación. Investigar, enseñar y escribir Historia implica la práctica de un anacronismo consciente. En la disonancia, en lo incomprensible y exótico, anuda la pregunta por la realidad en la que vivimos, y cómo enfrentarla. Anacronismo que no es para juzgar el pasado con los ojos del presente (lo que sería un error analítico), o tomarlo sin más como brújula (lo que sería un endiosamiento), sino para traer al presente discusiones y proyectos aún inconclusos y ver qué formas tienen hoy nuestros propios sueños. El anacronismo no es un error metodológico. Es una estrategia para mostrar que el pasado es un territorio en disputa. Una tierra viva, hecha de capas de luchas y conflictos que, a veces, tiembla. Y cuando la hacemos temblar, desde nuestro pequeño lugar, tratamos de revalidar la idea de que tenemos que pensar en los usos que le damos al pasado. No se trata de traer sin más, nostálgicamente, las luchas del pasado, los nombres respetados y queridos, sino el gesto rebelde, el principio básico de la indignación, que movió a las mayorías populares a lo largo de la historia.

    ***

    En primer lugar, la crítica histórica debe ser anticlimática. Debe oponerse al clímax vacío del “momento histórico” agonal en el que nos quieren hacer creer que vivimos, y a la promesa de un destino manifiesto que, “esta vez sí”, alcanzaremos, obviamente si aceptamos “la única solución posible”: ser de derechas, ser como ellos. Consideran, como expresó en un reciente tuit Agustín Laje, uno de los propagandistas cercanos a Milei, que están ganando la “batalla cultural”: “Qué lindo que se ha puesto todo (…) Pensar que, hace dos décadas, cuando iba al colegio, decir que no eran 30.000 te costaba una sanción; el Che era un santo laico que estampaba camisetas; Néstor y Cristina encabezaban una revolución ‘nacional y popular’ (…) y decir que uno era de derecha, en cualquier rincón, era tabú (…) «Veinte años después nos cagamos en las mentiras del setentismo, y afirmar que no fueron 30 mil se convirtió en un lugar común; ya nadie usa las remeras del Che: el socialismo revolucionario ya no está de moda (…) La agenda woke está en crisis, y la juventud occidental empieza a girar rápidamente a la derecha”. 

    No son buenos tiempos para pensar a la Historia y al pasado como lo que son: conceptualizaciones densas, la acumulación de procesos sociales, con sus flujos y reflujos. Al achatar el tiempo, intentan quitarle a la Historia su razón de ser: no se puede aplicar la crítica a algo que cambia todo el tiempo o es plano.

    El pasado está allí para avisar que quizás se apresuren en cantar victoria. Más allá de esa provocadora fanfarronada, la historia en sus distintas formas puede mostrar que la experiencia humana es lenta, compleja, llena de idas y vueltas, pactos oscuros y victorias pírricas. No hay fechas fundacionales puras, sino procesos largos donde lo nuevo convive con lo viejo, donde las revoluciones terminan administrando lo que juraron destruir. En esa complejidad está su fuerza: desactiva los relatos épicos y simplificadores. Si los poderosos la banalizan y la convierten en cotillón, nosotros, los estigmatizados, no podemos darnos ese lujo. Frente a la voluntad monolítica del nazismo, hubo quienes resistieron. Frente al discurso estigmatizador contra los sindicatos, por ejemplo, es en la historia donde encontramos tanto ejemplos de dignidad, como la certeza de que cada vez que los más débiles se dividieron, los poderosos avanzaron sobre ellos. Puede decirse que son cuestiones de sentido común, pero en un momento en que alguien puede afirmar algo y contradecirse en minutos, balbucear explicaciones insuficientes para salir indemne de una denuncia por corrupción, no está de más recuperar una idea: frente a tantas certezas y verdades tajantes, frente a tanta fragmentación condenatoria (“mandriles”, “comunistas”, “kukas”, wokes”), la mera duda y la argumentación son anticlimáticas y, en el mediano plazo, poderosas. ¿Cuántos de quienes abrazan “las ideas de la libertad” sabrán que se la deben, en gran medida, al enorme sacrificio de “los comunistas” que resistieron en la Europa ocupada o fueron parte del Ejército Rojo?

    No son buenos tiempos para pensar a la Historia y al pasado como lo que son: conceptualizaciones densas, la acumulación de procesos sociales, con sus flujos y reflujos. Al achatar el tiempo, intentan quitarle a la Historia su razón de ser: no se puede aplicar la crítica a algo que cambia todo el tiempo o es plano. En segundo lugar, y en un presente perpetuo, debemos aprender a ser anaeróbicos, a vivir como si existiera el tiempo histórico, cuando la realidad y la política en las redes lo niegan. Todo es instantáneo: tanto que pasado, presente y futuro son lo mismo. En consecuencia, debemos ser como bacterias que sobreviven sin oxígeno en ambientes hostiles, necesitamos mantener viva la conciencia del tiempo. Separar pasado, presente y futuro en un contexto que los mezcla y los niega. Esto es tan vital como respirar, y sin esa división en tres tiempos, no hay experiencia histórica ni política posibles. ¿Hacia donde proyectar, si las líneas del presente y el futuro se superponen hasta ser la misma?

    En tercer lugar, y sobre todo, debemos ser anamnésicos. Recordar no como un acto de nostalgia, sino como exploración de lo humano. Ver cómo otros enfrentaron sus circunstancias y construyeron caminos hacia los futuros que imaginaron. La anamnesis no es solamente el “rescate del olvido”, sino que es un prolijo trabajo de selección de temas y preguntas orientados por una mirada política. Hay una tarea en recuperar palabras que la ultraderecha reaccionaria se ha apropiado hasta vaciarlas de significado: “libertad”, la más notoria de ellas. Pero ¿qué es un proyecto político sino un pensamiento apoyado en una tradición de lucha y de ideas, adaptadas a su tiempo? 

    La anamnesis nos da la posibilidad de encontrar en el pasado señales de que nada es permanente, de que todo orden puede cambiar. Sobre todo, pensar históricamente no es visitar un santuario, sino prepararse para una batalla. Exhumamos para interrogar, no solo para venerar. La lucha contra la desmemoria es también contra el olvido de las ideas que movilizaron a otras personas antes que a nosotros. Olvido que, gradualmente, llevará a que no nos reconozcamos capaces de construir nuestros propios proyectos; que podemos elaborar nuestro plan de acción en función de un futuro.

    ***

    Hace poco, ante las denuncias del gobierno sobre “adoctrinamiento” en escuelas, circulaba en broma la idea de que, si tan eficaz hubiera sido ese trabajo de propaganda, los libertarios no habrían ganado las elecciones. En ese chiste subyace una idea tan limitada como la de los libertarios sobre el uso político de la historia. Les ha parecido a muchos que con instalar ciertas fechas, recuperar algunos lugares para la memoria, era suficiente. Y eso fue un gran error que llevó a una ritualización excluyente. De allí que los simpatizantes de LLA se sientan excluidos y ahora simplemente piensen en reemplazar el clavo que sacan con otro (obviamente, verdadero). El ejercicio de la memoria histórica es algo vivo, el pasado no es una religión. A los luchadores se los recuerda luchando. A los seres humanos, por su imaginación, su razón, su capacidad de distinguir lo correcto de lo incorrecto. Por sus posicionamientos éticos, construidos a partir de una imaginación de sociedad. Por sus proyectos comunitarios. Porque un ser humano, antes que nada, es alguien a quien no le da todo lo mismo. Y por eso decide. Decide, por ejemplo, decir que no. El acto más profundo de resistencia.

    Sin aislarnos, debemos abstraernos. Bajar de la rueda, practicar cierto analfabetismo digital, volver a la carne y el hueso. Nos arrastraron a un campo de juego donde podemos perder todo lo que nos hace humanos. Frente a la virtualización de la existencia y la distorsión digital del tiempo, la memoria se ancla en lo corpóreo.

    La batalla también es en los cuerpos. Sin aislarnos, debemos abstraernos. Bajar de la rueda, practicar cierto analfabetismo digital, volver a la carne y el hueso. Nos arrastraron a un campo de juego donde podemos perder todo lo que nos hace humanos. Frente a la virtualización de la existencia y la distorsión digital del tiempo, la memoria se ancla en lo corpóreo. Es el hueso que no se disuelve, la herida que cicatriza pero no desaparece, el abrazo que perdura. La Historia no se escribe solo en papeles; se inscribe en los cuerpos. En el cansancio del maestro que siembra en el aula. En los gestos cotidianos que tejen comunidad. Volver a la carne y el hueso es resistir el desarraigo. Es recordar que la patria es un territorio compartido por seres que sienten, aman, luchan y construyen.

    La batalla por la memoria se libra en dos frentes inseparables: la reflexión serena y la acción urgente. Y sucede en bibliotecas, universidades y aulas, allí donde se examinan fuentes y se practica la anamnesis contra el olvido programado. Un telegrama, una factura, una minuta pueden revelar la mecánica de decisiones que cambiaron vidas. Este trabajo silencioso, riguroso, es la base de toda afirmación creíble. Y es el que hoy se subestima.

    Debemos “embarrarnos”. Porque la batalla en redes es la manifestación actual de la batalla en las calles. En plazas, asambleas, aulas como ágoras, donde la Historia se socializa, se discute, se convierte en herramienta para leer el presente e imaginar futuros. Abandonar cualquiera de estos frentes es claudicar. La investigación sin anclaje en lo cotidiano está al borde de la erudición estéril, de lógica endogámica. A lo sumo, preserva, pero no construye. La calle sin archivo es presente efímero, manipulable, sin profundidad. Nuestra tarea es conectar ambos territorios. La calle da sentido al archivo; el archivo da profundidad a la calle.

    ***

    Recuerdo a mis estudiantes del Colegio Nacional en 2021, en plena pandemia, escribiéndose cartas para leer cuando terminaran su quinto año. Sin saberlo, realizaron una acción profundamente histórica. Le hablaban al futuro; inscribieron su presente en una línea de tiempo que proyectaban hacia adelante. Afirmaron, recién salidos de la pandemia, que habría un “después”. Que el tiempo seguiría. Hoy, al abrir esos sobres, imagino algunas de las preguntas que les surgieron. ¿Dónde estaba entonces? ¿Qué recorrí desde aquel adolescente encerrado? ¿Siguen vivos mis deseos? ¿Qué quiero construir ahora? Ese diálogo entre lo que fuimos, somos y queremos ser es el núcleo de la conciencia histórica. Pero para poder entablarlo, necesitamos que la experiencia del tiempo vuelva a ser multidimensional.

    Una de mis alumnas, al terminar de leer, me dijo: “Abracé a quien era entonces”. No es solo una metáfora. Es prueba de que el tiempo no es una línea recta, sino un diálogo permanente. Ese abrazo a través del tiempo es lo que hacemos cuando enfrentamos críticamente el pasado colectivo. Es negar esta realidad plana que nos quieren imponer como única.

    En un presente que busca clausurar el porvenir, vendernos consumo y resignación, afirmar que el futuro existe —y que podemos moldearlo— es revolucionario. La Historia no mira solo hacia atrás. Es un bucle, un eco que viaja en todas las direcciones. Interpretamos el pasado para habitar críticamente el presente y abrir la posibilidad de un futuro distinto.

    Más allá del sueldo mezquino, más allá de la derrota coyuntural de los valores que defendemos, el oficio de la Historia es sostener ese espacio de posibilidad. Ese lugar donde un pibe, en una escuela fría o en una casa humilde, pueda no solo imaginar su futuro, sino empezar a construirlo. Y lo hace preguntándose por su lugar en el tiempo, por lo que vino antes, por lo que puede venir después.

    Nuestra derrota más profunda no sería aceptar un relato histórico falso. Sería renunciar a la capacidad de imaginar y luchar por los futuros posibles que están ahí, como semillas dormidas en las lecciones del pasado. Porque en el teatro de lo político, la crítica al adversario se ha vuelto un ritual cómodo: un exorcismo que nos absuelve de toda culpa. Nos reunimos para denunciar al otro, ese espejo deformado de nuestros propios errores, y en esa condena encontramos una identidad rápida, sin esfuerzo. Pero esa práctica, tan común, es en realidad una forma de evasión. Al poner todo el error en el enemigo, evitamos mirarnos a nosotros mismos. La energía que debería ir a la introspección se gasta en fabricar monstruos externos. Y aunque eso genera el calor efímero de la indignación, nos deja vacíos, atrapados en un presente sin salida.

    Nuestra derrota más profunda no sería aceptar un relato histórico falso. Sería renunciar a la capacidad de imaginar y luchar por los futuros posibles que están ahí, como semillas dormidas en las lecciones del pasado.

    La autocrítica, en cambio, es incómoda. Nos obliga a sacarnos la armadura de la lucha partidaria y mirar de frente nuestros errores, nuestras complicidades, nuestras oportunidades perdidas. Duele, porque rompe la narrativa heroica que nos contamos. Señalar al otro nos confirma en nuestra virtud; mirarnos al espejo nos enfrenta a nuestra fragilidad. Esta reticencia no es ingenua: es la defensa de un aparato ideológico que teme más a la disolución interna que a los ataques externos. Prefiere la solidez de un relato incuestionable a la riqueza inestable de la revisión.

    El verdadero desafío no es solo superar esa comodidad de criticar al otro. Es redirigir esa energía hacia la imaginación del futuro. Porque si nos obsesionamos con el enemigo, nos volvemos reactivos. Definimos nuestro horizonte en oposición, nunca en afirmación. Si logramos reducir esa lógica de espejos, liberaremos una energía que puede alimentar algo mucho más difícil y más valioso: la imaginación. No como evasión utópica, sino como construcción política concreta. Diseñar instituciones, vínculos sociales, sentidos comunes para un porvenir que aún no existe.

    Ahí es donde la autocrítica se vuelve fértil. Limpia el terreno y nos permite construir, con humildad y audacia, sobre cimientos verdaderos. En este presente que quiere borrar las huellas y cerrar los caminos, la Historia —con sus herramientas críticas y su capacidad de recordar— no es un lujo académico. Es el terreno donde se libra la batalla más importante: la batalla por la posibilidad misma de un mañana.

    Y en ese abrazo a través del tiempo, en esa obstinación por la memoria, en ese cuestionamiento vital sobre nuestra trayectoria en el mundo, está la esperanza que nos impide rendirnos.

    La entrada El tiempo violentado se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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    Descubren un Australopithecus que convivió con Lucy

     

    Sus restos fueron hallados en Etiopía y se encontraban en estudio.

    Por Alcides Blanco para Noticias La Insuperable

    Un conjunto de fósiles hallados en Woranso-Mille, en la región de Afar (Etiopía), reescribe la historia evolutiva del Plioceno: un homínido contemporáneo de A. afarensis, pero más antiguo en su morfología, más dependiente de los árboles y con una dieta basada en alimentos vegetales de ambientes boscosos.

    Una especie que convivió con “Lucy”, pero no era “Lucy”

    Durante décadas, el relato más difundido sobre el Plioceno africano sostuvo que Australopithecus afarensis —la especie del célebre esqueleto “Lucy”— dominaba el paisaje evolutivo entre los 3 y 4 millones de años atrás. Sin embargo, hallazgos, recientes publicados en Nature, en la zona de Burtele (BRT), dentro del proyecto Woranso-Mille, muestran que había otra especie viviendo al mismo tiempo: Australopithecus deyiremeda.

    El nombre circula desde 2015, pero hasta ahora existían dudas sobre si ciertos fósiles —especialmente un pie parcial y varias piezas dentales— pertenecían a esa especie o incluso a algún linaje cercano a Ardipithecus.

    La aparición de nuevos mandíbulas, dientes y restos infantiles, todos en el mismo nivel estratigráfico que el famoso pie BRT-VP-2/73, cambia el panorama: todo pertenece a la misma especie, y esa especie es A. deyiremeda.


    Lo que dicen los dientes: una dieta más antigua que la de A. afarensis

    El estudio muestra algo clave: los dientes de A. deyiremeda son más “primitivos” que los de A. afarensis.

    ¿Qué significa eso?

    • Sus caninos tienen poca “relieve” en la cara interna, parecido a A. anamensis y distinto de A. afarensis.
    • Sus premolares (P3 y P4) presentan formas y crestas inclinadas que se parecen más a las de especies más antiguas, e incluso a las de grandes simios actuales.
    • Sus segundos molares deciduos (dientes de leche) son más pequeños que los de A. afarensis.

    Los análisis isotópicos (δ13C) de esmalte dental ofrecen otra pista fundamental: su alimentación estaba dominada por plantas C3, típicas de bosques y ambientes húmedos, una dieta similar a la de los más tempranos A. ramidus y A. anamensis.

    En otras palabras: vivían en ambientes más boscosos, comían alimentos “de sombra” y no estaban adaptados aún a las sabanas abiertas donde prosperó A. afarensis.


    Un pie que no miente: un homínido que seguía trepando

    El pie BRT-VP-2/73 dio que hablar en toda la paleoantropología, porque tenía rasgos extraños:

    • articulaciones más flexibles,
    • estructuras que recuerdan a especies arborícolas,
    • y una capacidad de agarre del dedo gordo del pie que no coincide con la locomoción totalmente bípeda de A. afarensis.

    Como no correspondía a Lucy ni a homínidos más tardíos, algunos investigadores propusieron que tal vez fuera un Ardipithecus tardío. Pero las nuevas mandíbulas y dientes, encontrados exactamente en la misma capa geológica, zanjan la discusión:
    ese pie pertenece a A. deyiremeda.

    Esto prueba de manera directa que esta especie era parcialmente arborícola, una rareza para su antigüedad… pero no tanto si recordamos su dieta y su similitud morfológica con especies más antiguas.


    Un mundo con más diversidad de la que imaginábamos

    El trabajo confirma algo que cambia la narrativa del Plioceno: hace 3,4 millones de años, había más de una especie de australopiteco coexistiendo en el Cuerno de África.

    No solo existían diferencias en dientes y mandíbulas, sino también distintas soluciones evolutivas para moverse, alimentarse y adaptarse al entorno.

    Mientras A. afarensis se consolidaba como bípedo terrestre y ampliaba su dieta, A. deyiremeda mantenía una relación más estrecha con los árboles, consumía alimentos de bosque y conservaba rasgos anatómicos más antiguos.

    Esta convivencia entre formas de vida tan distintas en la evolución humana muestra que la línea evolutiva no era una escalera, sino un arbusto.


    ¿Por qué importa este descubrimiento?

    Porque redefine cómo entendemos la evolución del bipedalismo y de la dieta humana.
    Porque muestra que no hubo una sola forma de ser homínido en el Plioceno, sino varias.
    Y porque registra, con fósiles concretos, que el arborealismo persistió mucho más tiempo de lo que se creía.

    El hallazgo de Woranso-Mille no solo completa un capítulo evolutivo: lo reescribe.

     

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