Libro: «Los llanos» de Federico Falco

Libro: «Los llanos» de Federico Falco

Federico Falco es un escritor cordobés radicado hace un tiempo en Buenos Aires, donde coordina talleres de escritura. Sus libros de cuentos y la elegancia de su narrativa le granjearon un lugar destacado en el ámbito literario contemporáneo.

Nació en General Cabrera, Córdoba, en 1977. Publicó los libros de cuentos 222 patitos(2004), La hora de los monos (2010) y Un cementerio perfecto (2016), la novela breve Cielos de Córdoba (2011) y el libro de poemas Made in China(2008).

Los llanos es su última novela, finalista del 38° Premio Herralde de Novela

La historia comienza poniendo en escena un sentimiento común en todas las personas que se conmueven con el contraste campo/ciudad:

«En la ciudad se pierde la noción de las horas del día, del paso del tiempo. En el campo es imposible».

Un escritor con residencia compartida en Buenos Aires, el narrador de la historia, rompe el vínculo amoroso con su novio y como terapia alternativa decide alquilar una casa en pleno campo. La idea es encontrar armonía a través de los trabajos que implican la planificación y el cuidado artesanal de una huerta. Necesita olvidar y volver a conectarse con su escritura y sus cuentos pendientes.

La vida en el campo no le resulta ajena, ya que antes de instalarse en la gran cuidad había transitado la mitad de su vida en un pueblo del interior. Su nuevo círculo social se ajusta a dos o tres vecinos y lo completa el almacenero del lugar.

La soledad y el silencio de su nueva morada funcionan como puntapié inicial en su reinicio:

«Un grupito de construcciones sólidas en medio del campo, sin reparo, al rayo del sol. Un pueblo apaisado y amplio, un tanto inverosímil, más baldíos que casas, más vacío que pueblo. Como si alguien lo hubiera empezado a levantar con la intención de desplazarlo a otro lugar y luego lo hubiera olvidado allí, al sol, cerca de nada, en medio de la tierra». (pág. 50)

En una entrevista televisiva, Federico Falco confiesa que el gran desafío en esta novela fue: «Contar el paso del tiempo». Para destrabar esta problemática decidió tomar la idea del armado de una huerta.

La historia comienza en verano, continúa durante otoño-invierno y culmina en primavera.

Preparar la tierra, cultivar en función del clima, combatir plagas, seguir el pronóstico de lluvias, procesar los infortunios y cosechar a tiempo son algunas acciones que pueden leerse como una metáfora en la vida de una persona que necesita cicatrizar heridas y apostar otra vez.

El aislamiento sumerge al protagonista en un letargo introspectivo. Durante este proceso emocional su mente disfruta de recuerdos familiares añejos que alimentan una especie de sincronización filosófica:

«En un pueblo, todos somos una biografía, una hilera de fotos, un hilo, la identidad está pegada a una historia. Tres, cuatro, cinco momentos en la vida de alguien que, de alguna manera, forman un dibujo, nos identifican. Desgracias, accidentes, encuentros, profesiones, amores, nacimientos, logros, anécdotas divertidas y anécdotas tristes. Hitos de una cronología. Puntos en esa vida, unidos por hilos en medio de la llanura, entre el viento, el sol y las tormentas. Un final, una necrológica.’¿Quién murió?’, pregunta la gente en el bar o en el almacén». (pág. 122)

Los días de campo del protagonista poseen un carácter taxonómico. A través de las sutiles descripciones, los lectores podrán recrear la fuerza de la fauna y la flora que terminarán subyugando al personaje.

«La vida en el campo consiste en mirar (…) la naturaleza tiene un lenguaje hecho de recurrencias. Aprender a leerlo implica saber detenerse, tomar nota, reconocer, mirar de cerca». (pág. 132)

Algunos animales, a partir de ciertas intervenciones, cobran relevancia en el entramado narrativo y el autor los utiliza para codificar ciertos significados.

Con el paso de los meses, la energía rural hace que el protagonista retome sus quehaceres literarios. Durante las horas muertas del día vienen a su cabeza diferentes citas textuales provenientes de su caudal de lecturas acumuladas. Mientras perdura este limbo artístico las reflexiones sobre el proceso de escritura son recurrentes:

«Escribir requiere caos, incertidumbre, ebullición. Es un poco como construir una casa, pero sin planos previos: cavar cimientos, establecer bases sólidas, intentar estructuras que den sentido y forma, de a poco ir levantando paredes, palabra tras palabra, ladrillo tras ladrillo y cuando no funciona, tirar todo abajo, demoler, empezar de nuevo. Hasta llegar por fin al revoque grueso, revoque fino, los pequeños detalles(…) Y así y todo siempre queda algo en mala escuadra, siempre aparece alguna gotera». (pág.182)

Los buenos libros, por lo general, comienzan bien y terminan mejor. Para dar cierre a esta invitación de lectura comparto unas líneas de la última página de esta excelente novela:

«Atarse a algo. A una huerta, un bosque, una planta, una palabra. Atarse a algo que tenga raíz, anudarse para no perderse en el viento que sopla sobre la pampa y llama».

Falco, Federico

Los llanos

Barcelona

Anagrama, noviembre 2020

Páginas 240

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