La gorra sabe lo que puede. Siempre pudo y ahora sabe que puede un poco más, justo ahora que ni lo esperaba. Sabe cómo hacer que las pibitas se caguen de miedo cuando vuelven de noche, sabe cómo hacer que los guachos trabajen para ellos, sabe lo que puede un fierro. Saben descansar, verduguear, hacer crecer el miedo, mirar para otro lado. Saben qué calles esquivar cuando es necesario. Saben qué decirle a la novia linda del preso nuevo cuando llora toda triste en la comisaría. Saben hacer desaparecer.
La gorra sabe de política. ¿Cómo no saberlo? Sabe cuándo atacar, cuándo correrse, que decir, cuándo pueden ir un poco más allá. Saben del odio y desprecio de la política a lo que vagabundea, a lo que no obedece, a lo que se escapa, a lo joven, a la vagancia. La gorra sabe que los necesitan, saben que ciertos territorios hostiles ellos caminan para que no los caminen otros. Saben qué hacer, entienden las consignas, las interpretan, las patrullan. Sabe el valor de la política sobre la vida y la diferencia entre un militante y un guacho.
La gorra sabe y si se la banca sabe más. Sabe que mañana, cuando Facundo sea olvido, cuando el ministro siga ahí boqueando sin filtro, cuando las panelistas griten otra cosa, sabe que pueden dar unos pares de trompadas más. Apretar más tranquilos, verduguear lo más piola, disparar sin armar tanta escena, romper la noche en la lancha por la Rivadavia levantando a las chicas del cementerio de Morón, patear puertas, seguir despreciando madres que preguntan por sus hijos. También saben que ahora en el patrullero no están solos, los acompaña el miedo de Axel, la prepotencia de Berni, el silencio de la militancia, la complicidad de la justicia y ese odio bien manija y visceral de todos los que nacieron así, con el corazón ortiba.
Hay gestos simples en apariencia que pueden encender la luz para iluminar el mundo. O la mecha de una pequeña revolución que hacen de cierto rincón del planeta un lugar más justo y amable, o simplemente más habitable para vivir, soñar y amar.Gestos como el de Rosa Parks, la costurera afroamericana que el 1 de diciembre de 1957 en Alabama no cedió su asiento de colectivo a un pasajero blanco y desató en Estados Unidos la subversión en pro de los derechos raciales. O el del joven hippie gay George Harris cuando, en medio de una movilización pacífica contra la guerra de Vietnam en Washington el 21 de octubre de 1967, colocó un clavel en el cañón del rifle de un militar y fue inmortalizado por la fotografía de Bernie Boston como el símbolo del Flower Power. O el de las trans y las travestis que dijeron “NO” y se rebelaron contra las razias policiales en las célebres gestas del bar neoyorkino de Stonewall. No es grandilocuente afirmar que el gesto de Ignacio “Nacho” Lago, el extremo de Colón de Santa Fe, de salir del clóset y presentar a su novio en público pertenece a esa tradición.
Es un hito en la historia del fútbol argentino: el primer futbolista en actividad de un club profesional en visibilizar públicamente su homosexualidad, rompiendo con más de un siglo de temores, vergüenzas, silencios y tragedias en ese deporte. Un gesto que, además, trasciende el fútbol. Por dos motivos: primero, porque subvierte uno de los lugares paradigmáticos a partir de los cuales se construyó la masculinidad hegemónica local, es decir, el machirulismo sobre el que se asienta la dominación masculina, la inequidad y las violencias por razones de género en Argentina. Y segundo —y no es un dato menor— porque lo hace en un momento histórico del país en donde el ultraderechista discurso oficial del gobierno nacional institucionaliza discursos de odio contra la comunidad LGTB+.
2.
El contexto fue Sangre y Luto, un programa dedicado al Club Colón de Santa Fe. En ella, el joven de veintitrés años recibió una sorpresa de la producción con breves testimonios de sus seres queridos que le manifestaban su apoyo, cariño y admiración. Entre ellos, sorpresivamente, las intervenciones incluyeron la del fotógrafo Gonzalo Huser, novio de Lago, que apareció con un mensaje personal aludiendo a la victoria por tres a cero de Colón sobre San Miguel y al tercer gol definitivo que tuvo como autor a Nacho:
“Hola, gordo, espero que te haya gustado la sorpresa. No me queda más que felicitarte y agradecerte por la excelente persona y el excelente profesional que sos. Sé toda la garra que le ponés a esto, sé que tenés un sueño. Te quiero mucho y gracias por defender los colores de mi ciudad”.
Un paralelismo sin precedentes entre la pasión por el deporte y la pasión amorosa entre varones. Si este hecho presenta un antecedente inédito para el fútbol local, no es menos la reacción de un Lago visiblemente emocionado que confesó sin rodeos la naturaleza del vínculo: “Es un amor irracional, lo vivimos de esta manera, igual que con el fútbol. Lo que sentimos, lo tratamos de expresar”. A su vez, Nacho alegó no sospechar siquiera de que su amado iba a aparecer en cámara: “No sé cómo no me di cuenta, vivo adentro de casa. Es muy atento y da sus muestras de cariño de manera muy especial”.
3.
¿Por qué debería importar, aún en pleno siglo XXI, la sexualidad de lxs deportistas? Porque el deporte en general —y particularmente el fútbol— sigue siendo uno de los últimos reductos del secretismo, la discriminación sexual y las acciones homo-lesbo-trans odiantes.
Hay y hubo historias dramáticas e incluso trágicas que de tan recientes todavía queman. El inglés Justin Fashanu (1961-1998) fue el primer futbolista abiertamente gay cuya vida terminó en el suicidio tras una existencia marcada por lesiones en el cuerpo, insultos en los ámbitos públicos y la doble discriminación por gay y negro. El uruguayo Wilson Oliver (1966) vio truncado su sueño de llegar a la primera división de su país porque la homofobia del ambiente lo obligó a recluirse. Y tantas y tantos otros seres anónimos vivieron o viven en silencio sus preferencias eróticas porque parecen discrepar o entran en contradicción con los ideales de los universos deportivos. Quizás quien mejor resumió en una frase las dramáticas vicisitudes de no tener una identidad heteronormativa y ser deportista fue el boxeador estadounidense Emile Griffith: “Maté a un hombre y el mundo me perdonó. Pero amé a un hombre y el mundo quiso matarme. Aunque nunca fui a la cárcel, estuve en prisión toda mi vida”. Se refería al asesinato de su rival en el ring, Benny Paret, luego de que este le dijera “maricón” al oído.
Cuando se piensa en y frente a estas tristes historias, las salidas del clóset cobran su verdadera relevancia: el hecho de que, más que afirmaciones individuales y subjetivas, son de naturaleza social y política. El concepto de “clóset” fue central en la construcción de las identidades homosexuales desde el siglo XIX porque ese “armario” donde se guardan secretos se construye al mismo tiempo que la identidad y el personaje homosexual.
Una de las grandes discusiones que plantea el clóset es la de la división entre la vida pública y la vida privada. Es decir, una de las defensas para continuar en el armario es la defensa de la vida privada. Quizá la respuesta es que el armario no es una estructura meramente individual, no pertenece estrictamente al ámbito privado de las personas. Salir del clóset, decir abiertamente que se tienen deseos y sentimientos amorosos hacia personas del mismo sexo, no es revelar la vida privada, sino ser parte de un proyecto colectivo que contribuye a cambiar concepciones negativas sobre la homosexualidad. Por ejemplo, la salida del clóset de algunos personajes públicos, como la de Lago, puede colaborar a que se dejen de hacer chistes ofensivos en los vestuarios, nominaciones injuriantes en las tribunas y en los espacios públicos. A erradicar definitivamente esa idea de hombría, de machirulo, de masculinidad hegemónica que, construida especialmente desde el fútbol, ha despreciado la vida de tantos seres humanos.
En contraposición al insulto y al odio que arruinó tantas existencias, es necesario salir del clóset y, de esa manera, construir una genealogía del orgullo que contribuya a nuevos proyectos de vida. En esa línea, la imagen de Nacho Lago declarando orgullosamente su “amor irracional” por su pareja se suma a la foto del año pasado del jugador de Boca, Sebastián Vega, subido al aro de básquet con la bandera multicolor. Y a otras tantas imágenes: la de la tenista francesa Amelie Mauresmo besándose con su novia tras consagrarse campeona en el Abierto de Australia de 1999; la del jugador de rugby Gareth Thomas sonriendo junto a su novio desde las tapas de la revista gay Attitude; la de Jason Collins, el jugador de básquet que desde la portada de Sports Illustrated afirmaba en 2013: “Soy negro, juego en la NBA y soy gay”. O la del boxeador puertorriqueño Orlando Cruz repartiendo trompadas en el ring luciendo el short multicolor.
4.
Desde sus orígenes asociados a inmigrantes que construían los ferrocarriles y su traslación a los potreros, el fútbol fue considerado en Argentina un espacio que definía a la masculinidad hegemónica y un ritual de ocio exclusivamente practicado por los “varones de verdad”.
En su estudio pionero sobre las masculinidades en Argentina, el antropólogo Eduardo Archetti indicó que el fútbol era el lugar de la masculinidad de los estratos populares y el polo el deporte paradigmáticamente rural asociado a los estancieros y las clases privilegiadas. Con el tiempo, en las figuras ejemplares de Maradona y Messi el fútbol se consolidó como aquel que podía dar lugar a la masculinidad tanto en la variante del mujeriego empedernido que reivindica sus orígenes populares como en la del esposo y padre ejemplar que ostenta una identidad empresarial que se codea con la ultraderecha estadounidense. Parafraseando al sociólogo Enrique Gil Calvo, desde el fútbol, Maradona y Messi podían encarnar alternativamente las máscaras masculinas de héroes, patriarcas y monstruos.
La salida del clóset de Nacho Lago es la construcción de un nuevo tipo de héroe, de una nueva forma de vivir la masculinidad donde cobra nuevamente valor el amor irracional en desmedro de otras relaciones viciadas por el poder o el dinero. Es la épica de un joven gay nacido en Isidro Casanova y encumbrado a las altas esferas de los deportistas de élite. Es decir, contrariando el viejo antagonismo entre masculinidad subalterna y éxito profesional, Lago se erige en futbolista prestigioso y popular sin necesidad de usar ninguna motosierra.
Es allí donde el discurso de la sexualidad, tan devaluado en los últimos tiempos, vuelve a cobrar el carácter renovador de la sociedad asociado a las gestas de los años sesenta y expresado en los grafitis de estudiantes en mayo del 68: “Cuantas más ganas tengo de hacer el amor, más ganas tengo de hacer la revolución”. O “Abran el cerebro tan a menudo como la bragueta”.
5.
En Masculinidades: fútbol, tango y polo en Argentina, Archetti supo explicitar las múltiples maneras en que el fútbol se erigió en espacio privilegiado para construir el machirulismo argento. Por un lado, en clave histórica, constituyó un universo típicamente masculino, un mundo “de varones sin mujeres” que se incluirían en lo que Eve Kosofsky Sedwick llama homosocialidad. Las comunidades homosociales se caracterizan por lazos vinculares —basados en la amistad, la fascinación o la admiración— exclusivamente entre varones. Con frecuencia, en la homosocialidad los varones están unidos por una fuerte intensidad afectiva que lo diferencia de la homosexualidad por su virulenta homofobia y desprecio a los homosexuales.
Eso más allá de la intensidad erótica que pueden alcanzar las relaciones entre varones que comparten la vida en espacios íntimos como el dormitorio y el vestuario. O de las fascinaciones eróticas entre los fanáticos de fútbol y ciertos jugadores que tan bien supo reflejar la película El hincha (1951) de Manuel Romero, interpretada por Enrique Santos Discépolo. O más allá de las freudianas sublimaciones y connotaciones homosexuales presentes en el propio objetivo del fútbol —ya señaladas por Juan José Sebreli—, consistente en meter el gol en el arco del patio trasero del adversario. O de la costumbre arraigada de tocar y abrazar al goleador del propio equipo. Más allá de apilarse los cuerpos masculinos como en una orgía con la excusa del festejo del gol, o tocando las nalgas de un compañero, la homosexualidad aparecía en el espacio de lo prohibido, de lo antinatural, de lo que no debía y no podía ser.
Por otro lado, la discriminación y exclusión de los homosexuales del mundo de los “hombres de verdad” podía expresarse en discursos de odio, bromas en los vestuarios, cánticos de las hinchadas o acciones violentas literales contra el cuerpo de los homosexuales. De esas y de otras maneras, las comunidades homosociales devenían centrales para reforzar la identidad masculina, el dominio social y las estructuras de poder patriarcales.
Por ello, el gesto ejemplar de Lago viene a socavar ciertas bases estructurales de la dominación masculina y, por lo tanto, de legitimación de la violencia simbólica y de la violencia física sobre las mujeres y las identidades alternativas a la heteronormatividad.
6.
No se suele analizar con demasiada frecuencia la relación existente entre los lenguajes políticos de Milei y sobre todo el uso recurrente del insulto personalizado con alusiones sexuales violentas —con particular obsesión con el sexo anal— y el lenguaje injuriante de las comunidades homosociales tales como las hinchadas de las canchas de fútbol o las barras de amigos y los vestuarios masculinos.
Una de las metáforas sexuales más recurrentes que utiliza el mandatario argentino para despreciar a sus opositores políticos es la del mandril, en referencia a los simios de nalgas desnudas y coloradss, donde sobrevuela la idea del sexo anal como una analogía del sometimiento corporal y político. Y que encontraron su vergonzante cúspide en el discurso de Davos en donde Milei asoció a la homosexualidad con el abuso infantil. Quizás gran parte de la popularidad del discurso mileísta pueda explicarse en el hecho de haber institucionalizado cierto lenguaje de larga data presente en el machirulismo de los sectores y las culturas populares.
La muestra pública de amor entre Nacho Lago y su novio en este contexto cobra importancia ejemplar y singular coraje. En tiempos en que se pretende desacreditar o bajar el precio de las luchas LGBT+, en devolvernos al armario o al lugar del secreto, la vergüenza, la condena y la enfermedad, Lago propone que no hay nada vergonzoso, pecaminoso o patológico en el amor entre varones, sino que puede ser algo digno de orgullo, bienestar y felicidad. Asimismo, desacredita viejas y anquilosadas concepciones sobre el fútbol y habilita a que otrxs deportistas puedan vivir de manera libre —la verdadera libertad, no la que propone el Gobierno— su sexualidad, su identidad y sus formas de amar y sentir. Hace realidad una escena que en algún momento pareció simplemente un sueño o una utopía: la de los futbolistas varones besándose apasionadamente en la boca en la cancha de fútbol al son de y en el video de la canción “Nunca quise”.
Que un joven bello, en la plenitud de la concupiscencia y de los atributos físicos, se presente frente a un Milei desvencijado tan solo con la frescura, la pureza y el lenguaje del amor irracional y de la legitimación del sexo anal, puede ser tan subversivo y nocivo para la ordalía neoliberal, como el Ángel-Demonio para la familia burguesa de Teorema de Pier Paolo Pasolini. Quizás baste con ese gesto para comenzar con el principio del fin de la larga noche de la infamia.
La Municipalidad de Villa Regina informa que el jueves 10 de junio se hará entrega de los lentes a las personas que fueron atendidas en el consultorio oftalmológico de los camiones sanitarios que estuvieron en la ciudad días atrás. Desde la organización, a cargo del Movimiento Evita, se indicó que la entrega se realizará en…
Esta nota es una coproducción de Revista Anfibia y elDiarioAR
Quirófano. Escena 1
Lo último que veo antes de que todo se apague es un par de ojos azules entre una cofia celeste y un barbijo del mismo color. Un conjunto de objetos de formas semicirculares perfectamente engamados.
Apenas me trasladaron al quirófano pregunté por el anestesiólogo (o dije anestesista, entonces no sabía la diferencia entre el médico y el auxiliar, una diferencia de formación y de clase), yo también con cofia, pero blanca, casi transparente, y ese horrible camisolín que expone humillantes extensiones de piel. Pregunté por él porque quería decirle que amo la anestesia general, aunque soporto muy mal los temblores del despertar. El anestesiólogo mira mi historia clínica resumida a su mínima expresión en la planilla enganchada en un cartón. Ahí están todas las cirugías por las que pasé. Supongo que por eso no pregunta cómo sé o cuántas veces me desperté temblando. Dice: no hay problema. Ya me puede desenchufar.
Tengo el catéter intravenoso clavado en una vena, en la fosa cubital. Mi vida cuelga de esos ojos azules que me miran, seguramente controlen el efecto de la anestesia. El resultado es inmediato. Para una insomne como yo, el placer de no sentir el habitualmente dificultoso pasaje al sueño es oro. Anoto mentalmente: el placer de no sentir. Nada mejor para un cerebro que da vueltas en la rueda del hamster enjaulado y cuesta tanto apagar.
Fundido a negro.
Empiezo por mí porque soy parte de la sociedad de la evasión, el mandato de “desertar” de Bifo Berardi me pegó fuerte y el deseo involuntario de apagarme es una fuerza contra la que lucho desde siempre (mi síntoma es el sueño).
Por eso, tal vez, jamás se me ocurrió preguntar cuáles eran las drogas que me suministraban en las cirugías, endoscopías, tratamientos de conducto o cualquier otro procedimiento invasivo que necesite anular la conciencia del dolor. Y también por eso, quizás, tampoco me había preguntado antes si los médicos experimentaban con esas mismas drogas en sus propios cuerpos.
Nunca tuve miedo de morir en una cirugía, ni de tener una alergia ni ninguna otra complicación causada por la anestesia. Solo me preocupaban los temblores.
Nunca, hasta que todo cambió. Fue a fines de marzo, cuando nos enteramos de que el anestesiólogo Alejandro Zalazar (31), residente del Hospital Rivadavia que hacía rotaciones en el Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez, había muerto por sobredosis de anestésicos, en su departamento en Palermo. El hecho había ocurrido el 20 de febrero. ¿Por qué se supo cuarenta días después? La noticia se conoció por un audio viral que vinculaba el caso con el robo de insumos en el Hospital Italiano y develaba una trama oscura, que incluía “viajes controlados” grupales de médicos con esas sustancias. Lo que conocimos como el lore de las Propofest.
Aquí un spoiler: si bien no hay una estadística de muertes de anestesiólogos en Argentina, esas muertes ocurren soto voce. Reflotar el caso de una técnica anestesista muerta en 2023 tal vez sea otra punta del mismo ovillo y habilita la pregunta: ¿qué ollas no se quieren destapar? En voz alta, en cambio, circula lo que algunos médicos llaman “el mito”: los anestesiólogos son “drogones”. Aquí se trata de desandar el prejuicio moralizante para intentar entender las causas de un fenómeno que sí está estudiado a nivel internacional.
Esta crónica-ensayo se escribe a partir de entrevistas a pacientes de cirugías y médicos de distintas especialidades, incluidos anestesiólogos, de quienes se reserva la identidad por lo delicado del tema, pero que además de experiencia aportaron bibliografía esclarecedora para entender una pregunta básica: ¿Por qué se droga un anestesista? ¿Qué busca con estas experiencias extremas? ¿Qué peligros encarna para los pacientes?
Antes, un repaso a vuelo de pájaro: la causa del hurto de insumos del Hospital Italiano involucra a un médico anestesiólogo con trayectoria, Hernán Boveri (45), experto en TIVA (Anestesia Total Intravenosa) y a la residente de tercer año (R3) Delfina Lanusse (31), Tini, ambos desafectados de la institución, además de a Chantal Leclercq, Tati, también R3 del Hospital Rivadavia y compañera de Zalazar. Su confesión en los últimos días la compromete: se tradujo en dos allanamientos en su vivienda en CABA y en la de sus padres en un barrio cerrado de zona norte y hace que el vínculo entre las dos causas paralelas deje de ser una mera hipótesis periodística.
El audio refiere un vínculo sexoafectivo entre Boveri y Lanusse -el jefe y la subalterna-, quien declaró que él la involuntarizaba para violarla. Rápidamente, esto se leyó como estrategia de la defensa de la joven. La Asociación de Anestesia, Analgesia y Reanimación de Buenos Aires (AAARBA), advirtió: «Boveri manifestó que la participación de la residente se habría dado en un marco de consentimiento pleno, pero ello debe ser juzgado teniendo en cuenta la asimetría jerárquica existente entre un médico anestesiólogo con mayor trayectoria profesional y una médica en formación, lo que implica un grado de subordinación».
El caso revela un desplazamiento: la recirculación de drogas legales de acceso altamente restringido en un circuito ilegal para un uso recreativo (o para su comercialización), concretamente, de dos anestésicos muy poderosos y utilizados en los procedimientos quirúrgicos y endoscópicos como son el fentanilo, un analgésico opioide 100 veces más poderoso que la morfina, y el propofol, un sedante que induce el sueño (Michael Jackson murió en 2009 por sobredosis de propofol que le medicaban para dormir; el médico que lo asistía fue condenado y cumplió dos años de prisión). De allí se desprende el nombre de Propofest o Fiestas del Propofol, que parecen distar bastante de bolas de espejos y bailes desenfrenados y se acercan mucho más a una modalidad epocal: la necesidad de evadirse completamente de lo real. El descanso, la quietud. Y bajar de las alturas (también, del efecto de otras drogas, un clona potenciado).
Los anestesiólogos son los médicos mejor pagos del sistema. Un residente cobra entre 1.5 y 1.8 millones de pesos. El bruto de un médico de planta promedia los 15 millones sin las retenciones.
Se trata de un consumo de élite: los anestesiólogos son los médicos mejor pagos del sistema. Mientras el sueldo de un residente oscila entre 1.5 y 1.8 millones de pesos, el bruto de un médico de planta promedia los 15 millones sin las retenciones, lo que los posiciona séptimos en el ranking de las 10 profesiones mejor pagas del país. Constituyen un bien escaso: de casi 200 mil médicos matriculados en Argentina, casi 6.000 se dedican a la anestesiología: la escasez de oferta implica una sobrecarga laboral que lleva a situaciones de estrés extremo. La selección que realiza la entidad que los agrupa, la Federación Argentina Asociaciones, Anestesia, Analgesia y Reanimación (FAAAAR), es muy estricta: se abren 168 puestos anuales para todo el país, y en los primeros años están obligados a prestar servicio adicional en instituciones públicas, algo que aumenta la carga horaria. De todas las ramas de la medicina, es una de las que recibe más demandas judiciales por malas praxis. Alguien que gana mucho y puede perderlo todo en un tris. Cómo no buscar, al menos, la evasión. Cómo no anestesiarme, si además tengo el acceso fácil. Es sólo cuestión de estirar la mano. La tentación de la élite es absoluta.
En esta trama, el apellido Lanusse lleva estampada la marca de clase (Alejandro Agustín Lanusse, de paso, fue presidente de facto entre 1970 y 1972). La foto de las milipilis (las chetas del audio del lore), la rubia y la castaña egresadas de la Universidad Austral, sedadas, con las vías colgadas de una rama de árbol, sumaron morbo al morbo. Surrealismo a la realidad. Incomprensión a un hecho delictivo enmarañado.
Mientras esta versión moderna hipertecnologizada y aristocrática de los antiguos fumaderos de opio ocurre en un piso de Palermo o en un country, en la calle (donde el adicto roba, no es novedad), y en un contexto donde alucinógenos y estimulantes son reemplazados por drogas de diseño, el fentanilo aparece como una amenaza seria: una droga hospitalaria que baja al asfalto por la puerta del narcotráfico. En otros países ya es un problema grave de salud pública, en Argentina resuena por la causa reciente de la droga adulterada que provocó muertes hospitalarias en distintas provincias y escaló políticamente. La reciente muerte de un enfermero en Palermo suma nuevas aristas a la tragedia. Y lleva a la pregunta sobre las responsabilidades institucionales y del Estado, sobre todo en lo que aparece como ¿falla? en los controles.
Quirófano. Escena 2
Esto pasó antes. También hay dos ojos, los del anestesiólogo. El obstetra masajea mi útero después de la cesárea para que vuelva a su tamaño normal. Duele mucho. Me aferro a esos ojos como garrapata, implorando: más anestesia. La epidural no alcanza. Me dice: hasta ahí no llego.
La omnipotencia médica se hace trizas. Y el dolor se olvida. ¿Hay una droga para cruzar el Leteo, el río del olvido? Seguramente, pienso, es el anestesiólogo quien necesita olvidar, dormir en paz (y para eso, nada como el propofol).
El miércoles 1 de abril, millones de ojos miramos el despegue de la nave Artemis II a la Luna. Había leído con orgullo que científicos de tres universidades públicas locales, Buenos Aires, La Plata y San Martín, fabricaron un satélite made in Argentina, Atenea, con la función de estudiar y mejorar los registros en los vuelos espaciales. Además, es la primera vez que una mujer (Cristina Koch) participa de una tripulación al espacio. Mientras los astronautas emprendían su viaje 50 años después del primer alunizaje y en las pantallas veíamos alejarse el cohete a la Luna desde el Centro Espacial Kennedy, nos enterábamos de que un grupo selecto de médicos de élite se inyectaban con sustancias que garantizaban una huida a Plutón, el planeta enano, el noveno en la galaxia, donde no llegan naves tripuladas. No calculaban la posibilidad de que solo fuera un viaje de ida. O sí, y jugaban con ese fuego. ¿Cómo se reparten las fichas de la ciencia de excelencia? No está tan lejos el ritual de los aplausos en la pandemia, cuando otorgamos categoría de superhéroes y superheroínas a médicos y auxiliares de la salud que arriesgaban sus vidas y eran explotados al mango. Lejos del tiempo del orgullo por las primeras generaciones de médicos en un país que fue conformando su perfil a partir de capas de inmigrantes pobres que escapaban de las guerras, hoy los médicos son personal precarizado, sobreexplotado y con limitada contención desde la salud mental. ¿Y los anestesiólogos, los presuntos millonarios de la historia? ¿qué sabemos de ellos?
Un lugar común: los médicos son humanos que también se drogan y eso es así desde que existe la medicina. En 1884 Freud publicó un artículo, Sobre la coca, en el que defendía el uso de esta droga con la que él mismo experimentó y que, hacia fines de siglo XIX, se empezaba a utilizar como anestésico (en primer lugar, en oftalmología). Freud alentó su uso para curar la adicción a la morfina en un médico amigo, Ernst Fleischl-Marxow, quien sufría de dolores agudos. El final es trágico: Fleischl-Marxow murió de sobredosis por consumo de cocaína. No hay una relación de causalidad, pero ya en el siglo XX, Freud reemplaza los tratamientos con sustancias por la cura por la palabra. Un cuento corto para aventurar el nacimiento del psicoanálisis.
La imposibilidad de hablar de las propias adicciones por miedo a perder el trabajo es algo que sin duda les juega en contra a los médicos. Hay equipos de salud mental y en algunas instituciones reciben charlas, pero, en voz de un médico intensivista, el verdadero lugar de contención son los compañeros de trabajo y, a veces, las parejas. No siempre alcanza.
Intermedio. Jugar a ser Cristo
En los últimos días, una nueva palabra se instaló en nuestro lexicón: ambucear, una maniobra de rescate que consiste en la ventilación para las apneas que pueden provocarse en la sedación y llevar a una depresión respiratoria si no se controla. También escuchamos hablar de bomba de infusión para suministrar la droga inyectable por suero. Y supimos que R3 era residente de tercer año. Una mínima jerga médica se coló en nuestro vocabulario. Antes no sabíamos. Ahora, ¿qué sabemos?
En la película Línea mortal (hay dos versiones, de 1990 y de 2017), cinco estudiantes de medicina de universidades caras juegan a anestesiarse en un sótano del hospital en el que trabajan como residentes en el área de terapia intensiva. Buscan transgredir la frontera que separa la vida y la muerte para experimentar qué hay más allá, controlados por sus compañeros, que los hacen regresar a través de drogas como la epinefrina y maniobras de resucitación. Qué tentación, jugar a ser Cristo. Qué borde tan finito cuando el costo real puede ser la muerte.
Hoy, cuando la realidad se ha vuelto un territorio insoportable, anular todos los sentidos parece ser una vía de escape extrema pero posible para quienes tienen los recursos y el acceso. Da miedo pensarlo, impresiona saber que los profesionales encargados del cuidado de los cuerpos de los otros buscan autodestruir el propio. ¿O el conocimiento científico es lo que les da la seguridad de que van a controlarlo todo siempre, la hybris del amigo de Freud?
En un estudio de casos, el experto Gustavo Calabrese define la farmacodependencia como una enfermedad devastadora, crónica y recidivante que el adicto suele no aceptar. Estima que entre el 10% y 15% de los anestesiólogos se encuentra en riesgo. Identifica factores como el acceso fácil, el estrés ambiental y la «exposición pasiva» (inhalación). Calabrese es coordinador de la Comisión de Riesgos Profesionales de la Confederación Latinoamericana de Sociedades de Anestesiología. Según esta entidad, la adicción principalmente a opiáceos como el fentanilo incluye altas tasas de mortalidad por sobredosis (24 muertes reportadas en un informe CLASA 2003-2005), suicidio, problemas familiares y errores médicos.
Los médicos consultados de distintas áreas críticas mencionan un acceso facilitado por los “robos hormiga” (a veces para asegurar un suministro en el ámbito público desde el privado, otras para consumo), enfatizan el burnout laboral provocado por el exceso de horas y las condiciones laborales precarias, la relación diaria con la muerte, y la extrema responsabilidad que eso conlleva. Los anestesiólogos suelen ser profesionales que no participan en equipos en la tarea diaria: llegan, aplican la anestesia, se van. Como lobos y lobas solitarias. Dicen que a veces hay resentimiento por las grandes diferencias salariales y la escasez de oferta que impone la FAAAAR. La entidad emitió un comunicado institucional donde aclara “que los hechos que han tomado estado público pertenecen al ámbito privado y bajo ningún concepto al ejercicio profesional ni a la práctica asistencial”. Ámbito privado puede ser el Hospital Italiano (que también hizo su descargo institucional) o puede ser referido a la vida privada de las personas involucradas en los casos. De todos modos, los hechos cuestionan esta afirmación.
Pero hay más. Y eso otro más hay que buscarlo por el lado del placer (y del goce, eso que ningún médico controla).
Quirófano. Escenas 3, 4, y 5
“¡Quiero más!”, grita, todavía semiconsciente, un paciente que recién se despierta de una colonoscopía.
Otra paciente, después de una cirugía estética, invadida por una sensación de placidez que provoca el propofol, todavía bajo efectos de la droga, le pregunta al anestesista: “Decime la verdad, ¿vos también lo probás en casa?”
Ver la paz reflejada en las caras de los pacientes el despertar provoca curiosidad y ganas de probar, reconocen algunos anestesiólogos.
Una paciente con leucemia, luego de una nueva punción de médula que la lleva a internarse a intervalos regulares durante un mes, confiesa que a veces exagera el dolor para recibir una dosis mayor de fentanilo. Una anestesista “cómplice”, le ofrece: “Acá tenemos de la buena, te la paso despacito así disfrutás”.
Ese disfrute consiste en no sentir, flotar en silencio, levitar, suspender todo en el aire del quirófano. Un aire, por otra parte, no tan inocente. Distintas publicaciones internacionales como las de la Asociación de Anestesistas de Gran Bretaña e Irlanda y otras, que consideran la dependencia una enfermedad y no un crimen, señalan que la inhalación continua de fentanilo y propofol en los quirófanos la mencionada “exposición pasiva” estimula la adicción.
Un dato que traslada el eje de las “decisiones” personales o cuestiones privadas a un factor más del riesgo laboral y por lo tanto, un llamado de atención al ámbito institucional público y privado, y al estado. Algo a tener en cuenta para evitar estigmatizaciones: según el New England Journal of Medicine, la adicción no es falta de voluntad, es un cambio profundo en el cerebro, donde el sistema de recompensa queda alterado y el consumo se vuelve compulsivo.
A mediados del siglo XIX, cincuenta años antes de que Freud experimentara con la cocaína, grupos de estudiantes de medicina y químicos se reunían en las «Fiestas del éter», en las que experimentaban inhalando éter dietílico. En una fiesta en Jefferson, Georgia, Estados Unidos, un médico, Crawford Williamson Long, se golpeó y advirtió la falta de dolor, y así, con un accidente que emula la manzana en la cabeza de Newton, descubrió el poder anestésico del éter.
De casi 200 mil médicos matriculados en Argentina, casi 6.000 se dedican a la anestesiología. La escasez de oferta implica una sobrecarga laboral que lleva a situaciones de estrés extremo. De todas las ramas de la medicina, es la que recibe más demandas por malas praxis.
En los “viajes controlados” de la Propofest, el destino buscado es el del goce perfecto (una perversión), que no existe en la realidad porque nunca se llega. Plutón, tan pequeño, tan lejano. Como en el crimen que nunca es perfecto, lo que impacta es la muerte, las agujas, los cuchillos, eso que corta los cuerpos, los abre, los desgarra, los invade, el daño donde se espera la cura. El médico es el que tiene que lidiar con eso: hacerlo, o mirarlo. El anestesiólogo se convierte en una especie de voyeur panóptico de los efectos de las invasiones médicas en los cuerpos de los pacientes. Él, finalmente, sólo clava un catéter en una vena, proporciona una máscara con oxígeno, monitorea, vigila los signos vitales. A partir de hoy, ha dejado de ser un fantasma, unos puros ojos cavados en una sábana, para convertirse en alguien que sufre, que goza, que se adicciona, vive y muere, puede o no puede, delinque, se equivoca, puede llegar a matar o al suicidio, quiere escapar. Alguien muy real, más allá del lente de mi mirada suplicante.
La agenda del 06 al 09 de enero prevé diversas actividades en la localidad balnearia y en distintos puntos de la provincia La inauguración del nuevo local del Mercado Artesanal se realizó ayer a las 20 hs en la Galería Antares. Allí, se exhibieron y se pusieron a la venta productos de artesanas y artesanos…
En su día, el día del SOMMELIER, Facu Gagliano nos acerca esta columna donde nos explica que es ser un sommelier profesional y cuáles son sus funciones y objetivos. También nos cuenta un poco de historia. Junio es importante para los sommeliers del mundo, ya que el día 3 se celebra internacionalmente el “día mundial…
Las Plazas de los Próceres, de los Inmigrantes y La Estación lucen desde el jueves con una renovada iluminación a partir del recambio de artefactos de sodio a modernos equipos LED. Los trabajos se habían puesto en marcha a fines de septiembre y consistieron en la instalación de luminarias de tecnología LED de 50 Watts…
Difunde esta nota
Deja una respuesta
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.