La gorra sabe lo que puede. Siempre pudo y ahora sabe que puede un poco más, justo ahora que ni lo esperaba. Sabe cómo hacer que las pibitas se caguen de miedo cuando vuelven de noche, sabe cómo hacer que los guachos trabajen para ellos, sabe lo que puede un fierro. Saben descansar, verduguear, hacer crecer el miedo, mirar para otro lado. Saben qué calles esquivar cuando es necesario. Saben qué decirle a la novia linda del preso nuevo cuando llora toda triste en la comisaría. Saben hacer desaparecer.
La gorra sabe de política. ¿Cómo no saberlo? Sabe cuándo atacar, cuándo correrse, que decir, cuándo pueden ir un poco más allá. Saben del odio y desprecio de la política a lo que vagabundea, a lo que no obedece, a lo que se escapa, a lo joven, a la vagancia. La gorra sabe que los necesitan, saben que ciertos territorios hostiles ellos caminan para que no los caminen otros. Saben qué hacer, entienden las consignas, las interpretan, las patrullan. Sabe el valor de la política sobre la vida y la diferencia entre un militante y un guacho.
La gorra sabe y si se la banca sabe más. Sabe que mañana, cuando Facundo sea olvido, cuando el ministro siga ahí boqueando sin filtro, cuando las panelistas griten otra cosa, sabe que pueden dar unos pares de trompadas más. Apretar más tranquilos, verduguear lo más piola, disparar sin armar tanta escena, romper la noche en la lancha por la Rivadavia levantando a las chicas del cementerio de Morón, patear puertas, seguir despreciando madres que preguntan por sus hijos. También saben que ahora en el patrullero no están solos, los acompaña el miedo de Axel, la prepotencia de Berni, el silencio de la militancia, la complicidad de la justicia y ese odio bien manija y visceral de todos los que nacieron así, con el corazón ortiba.
Mucho antes de los cementerios-parque y de las grandes necrópolis suburbanas, Buenos Aires desarrolló una verdadera arquitectura de la muerte. El crecimiento de la ciudad obligó a trasladar cementerios, modificar costumbres y construir espacios monumentales donde las familias reproducían, incluso después de la muerte, las diferencias sociales de la vida cotidiana.
Por Redacción de NLI
Hay ciudades dentro de las ciudades que casi nunca miramos. Buenos Aires tiene una de ellas y está habitada por millones de personas que ya no están. Entre mausoleos, galerías, esculturas, árboles centenarios y calles perfectamente trazadas, los grandes cementerios porteños conservan una historia que excede ampliamente la cuestión funeraria. Son archivos arquitectónicos, sociales y políticos donde pueden leerse las transformaciones de la Argentina, desde la epidemia de fiebre amarilla hasta la inmigración masiva, el ascenso de las clases medias y la construcción de una identidad nacional.
El caso más conocido es el Cementerio de la Recoleta, pero su historia no comienza allí. Antes de que ese lugar se convirtiera en una de las necrópolis más famosas de América Latina, Buenos Aires había tenido otros cementerios ubicados mucho más cerca del centro urbano. El crecimiento demográfico y las sucesivas epidemias obligaron a las autoridades a replantear dónde y cómo debía enterrarse a los muertos.
El problema era sanitario, pero también profundamente cultural. Durante siglos, enterrar a una persona había estado ligado a iglesias y parroquias. La expansión de las ciudades modernas comenzó a separar progresivamente la muerte del espacio religioso y a convertir los cementerios en instituciones públicas, organizadas, reglamentadas y administradas por autoridades civiles.
La muerte también cuenta la historia de una ciudad
El traslado de los cementerios porteños estuvo estrechamente relacionado con las grandes epidemias que golpearon a Buenos Aires durante el siglo XIX. La fiebre amarilla de 1871, que provocó una de las mayores tragedias sanitarias de la historia argentina, aceleró una transformación que ya estaba en marcha: los cementerios ubicados dentro de zonas densamente pobladas comenzaron a ser considerados un problema para la salud pública.
La epidemia dejó decenas de miles de muertos y produjo una conmoción social enorme. Las autoridades comprendieron que la expansión urbana exigía nuevas políticas sanitarias, sistemas de agua y cloacas, hospitales y también una reorganización de los espacios destinados a los entierros.
Fue en ese contexto que adquirió importancia el Cementerio de la Chacarita, creado originalmente como consecuencia de la emergencia sanitaria. Lo que comenzó como una solución frente a una catástrofe terminó convirtiéndose en una de las principales necrópolis de la ciudad.
Pero mientras Chacarita adquiría una función más vinculada con el entierro masivo y popular, Recoleta desarrollaba otra característica: la monumentalidad.
En sus calles internas aparecen mausoleos familiares, esculturas, vitrales y obras realizadas por arquitectos y artistas de enorme prestigio. La explicación no es solamente estética. El cementerio se transformó también en un escenario donde las familias pertenecientes a los sectores más acomodados podían exhibir su posición social.
La ciudad de los vivos tenía sus palacios, sus avenidas y sus grandes edificios. La ciudad de los muertos también tenía los suyos.
Una sociedad entera quedó dibujada en sus mausoleos
Caminar por un cementerio monumental permite descubrir algo que los libros de historia muchas veces no muestran: cómo una sociedad quería ser recordada.
Los mausoleos familiares muestran apellidos vinculados con la política, la economía, las Fuerzas Armadas, la cultura y las grandes familias tradicionales. Pero entre esas construcciones también aparecen nombres de inmigrantes que lograron ascender socialmente y quisieron dejar una marca visible de ese recorrido.
La arquitectura funeraria se convirtió así en una especie de autobiografía colectiva.
Hay familias que eligieron monumentos sobrios; otras construyeron verdaderos templos en miniatura. Algunas encargaron esculturas de mármol importado y otras incorporaron símbolos vinculados con profesiones, creencias o acontecimientos familiares. Cada decisión transmitía una idea sobre quién había sido aquella persona y qué lugar había ocupado dentro de la sociedad.
El fenómeno no fue exclusivamente argentino. En las grandes ciudades de Europa y América, los cementerios monumentales se convirtieron durante los siglos XIX y XX en verdaderos espacios de representación social. Pero en Buenos Aires adquirieron una particularidad vinculada con la historia de una ciudad que recibió millones de inmigrantes y experimentó una transformación social extraordinariamente rápida.
En pocas generaciones, una familia podía pasar de la pobreza de los conventillos a la prosperidad económica. El mausoleo podía funcionar entonces como una declaración pública de ese ascenso.
La muerte, paradójicamente, se convirtió en otra forma de contar la movilidad social.
Cuando los cementerios dejaron de parecerse a una ciudad
Durante el siglo XX comenzó a cambiar nuevamente la relación de los argentinos con la muerte. La expansión de las ciudades llevó los cementerios cada vez más hacia las periferias. Aparecieron nuevas formas de entierro, nichos, bóvedas colectivas y, posteriormente, cementerios privados y parques.
También cambió la arquitectura. Los enormes mausoleos familiares dejaron de tener el protagonismo que habían alcanzado décadas atrás y comenzaron a ganar espacio soluciones más simples y funcionales.
La transformación no fue solamente económica. También cambió la relación cultural con la muerte. Las sociedades urbanas modernas tendieron a esconder cada vez más aquello que antes formaba parte visible de la vida cotidiana. Los antiguos velorios prolongados, las procesiones y determinadas ceremonias familiares fueron perdiendo presencia.
Los cementerios monumentales quedaron entonces como testimonios de una época en la que la muerte todavía ocupaba un lugar mucho más visible dentro de la vida social.
Y por eso resultan tan interesantes.
No son simplemente lugares donde descansan personas famosas. Son documentos históricos construidos en piedra. En ellos pueden estudiarse estilos arquitectónicos, transformaciones sociales, epidemias, migraciones, conflictos políticos, religiones, profesiones y hasta las aspiraciones de una sociedad.
Quizás por eso recorrer una necrópolis antigua produce una sensación extraña: uno camina por calles silenciosas, pero cada esquina cuenta una historia. Una escultura puede hablar de una tragedia familiar. Una fecha puede recordar una epidemia. Un apellido puede conducir hasta una empresa, un partido político o una institución que todavía existe.
Buenos Aires tiene varias de estas ciudades silenciosas. Y aunque millones de personas pasan cada año frente a sus puertas sin detenerse, detrás de ellas existe una parte fundamental de la historia argentina.
Porque los vivos construyen ciudades para vivir, pero también construyen lugares para ser recordados. Y cuando esas construcciones sobreviven durante más de un siglo, terminan contando una historia que ya no pertenece solamente a quienes fueron enterrados allí.
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YPF Luz dio un paso clave para convertirse en la primera empresa argentina en salir a la Bolsa de Nueva York en más de ocho años. La compañía presentó ante la Comisión de Valores de Estados Unidos (SEC) la declaración de registro necesaria para una eventual oferta pública inicial (IPO), una operación que también incluiría una cotización en Bolsas y Mercados Argentinos (BYMA).
La firma aclaró que el registro constituye un paso formal dentro del proceso y que la operación todavía depende de la aprobación regulatoria y de las condiciones del mercado. Además, precisó que no se trata de una emisión de nuevas acciones para captar fondos, sino de la venta de una participación perteneciente a uno de sus accionistas.
La empresa tiene como accionistas a YPF, con el 75,01% del capital, y a BNR Power -participada en partes iguales por GE Vernova y el fondo chino Silk Road Fund-, con el 24,99% restante.
La presentación de YPF Luz llega poco después de que Genneia iniciara el mismo trámite ante la SEC, un hecho que para los analistas refleja un cambio de escenario para las compañías argentinas.
«YPF Luz acaba de presentar su solicitud para cotizar en Nueva York y Buenos Aires, once días después de que Genneia hiciera lo mismo. Dos generadoras eléctricas argentinas peleando por la misma ventana de Wall Street en la misma quincena de julio», destacó Priscilla Sosa, asesora financiera en Bull Market Brokers.
La especialista recordó que un fenómeno similar no ocurría desde 2018, cuando Central Puerto y Corporación América debutaron en los mercados estadounidenses con pocos días de diferencia.
«El dato de fondo es que la ventana de equity argentino en Nueva York se abrió nuevamente», afirmó.
YPF Luz acaba de presentar su solicitud para cotizar en Nueva York y Buenos Aires, once días después de que Genneia hiciera lo mismo. Dos generadoras eléctricas argentinas peleando por la misma ventana de Wall Street en la misma quincena de julio.
En la misma línea, Damián Vlassich, líder de Estrategias de Inversión en IOL, sostuvo que, si la operación prospera, será la primera salida a bolsa de una empresa argentina en Wall Street desde 2018, un hecho que «por sí solo habla del renovado interés que despiertan hoy los activos locales».
Más allá del contexto favorable para las emisiones, los analistas destacan que YPF Luz llega al mercado con fundamentos financieros robustos.
Según Vlassich, tomando los últimos doce meses cerrados a marzo de 2026, la compañía registró ingresos por aproximadamente USD 709 millones y un EBITDA cercano a USD 450 millones, equivalente a un margen de alrededor del 63%.
Por su parte, Sosa señala un margen incluso superior, del 66,7%, y destaca que los ingresos se encuentran mayormente dolarizados y respaldados por contratos de largo plazo.
Otro de los aspectos que más valoran los especialistas es el bajo nivel de endeudamiento.
«La deuda neta equivale a apenas 1,6 veces el EBITDA anual. Para una compañía que viene invirtiendo en el desarrollo de centrales y parques, mantener el endeudamiento contenido es una virtud y refleja una administración financiera ordenada», explicó Vlassich.
Sosa destacó además que la empresa llega a la bolsa justo cuando comienzan a entrar en operación algunos de sus principales proyectos de inversión, como el paque solar El Quemado y CASA. «La inversión fuerte finalizó y teóricamente comienza la generación de caja», sostuvo.
Actualmente, YPF Luz cuenta con una capacidad instalada cercana a 3,8 gigavatios, abastece alrededor del 10% de la demanda eléctrica argentina y opera 17 activos entre centrales térmicas y parques renovables distribuidos en ocho provincias. Además, construye un proyecto de almacenamiento mediante baterías de 90 megavatios en la central Dock Sud.
Vlassich comentó que la capacidad instalada pasó de niveles muy reducidos hace una década a cerca de 3,7 GW, con proyectos que permitirían alcanzar aproximadamente 3,9 GW hacia fines de este año.
Asimismo, destacó que la facturación de 2025 fue más de siete veces superior a la registrada en 2017, reflejando una expansión sostenida del negocio.
Si bien los fundamentos aparecen como una fortaleza, los analistas coinciden en que el precio de salida será determinante para evaluar el atractivo de la inversión.
«Central Puerto y Pampa son el parámetro de referencia. Si sale en línea con CEPU, es una buena oportunidad de posicionarse en equity local. Por encima de estas, los buenos fundamentos no alcanzan para compensar una entrada sin margen», advirtió Sosa.
Vlassich agregó que la compañía posee otros atributos que fortalecen su perfil para los inversores: contratos de largo plazo con clientes como Toyota, Ford y FEMSA, ingresos mayormente dolarizados y el respaldo accionario de YPF y GE Vernova, además de proyectos encuadrados dentro del Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI).
«YPF Luz accede al mercado con fundamentos de primer nivel y un perfil defensivo infrecuente en un activo argentino, lo que la posiciona como un nombre a monitorear con atención», concluyó el especialista.
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