La gorra sabe // Diego Valeriano

La gorra sabe lo que puede. Siempre pudo y ahora sabe que puede un poco más, justo ahora que ni lo esperaba. Sabe cómo hacer que las pibitas se caguen de miedo cuando vuelven de noche, sabe cómo hacer que los guachos trabajen para ellos, sabe lo que puede un fierro. Saben descansar, verduguear, hacer crecer el miedo, mirar para otro lado. Saben qué calles esquivar cuando es necesario. Saben qué decirle a la novia linda del preso nuevo cuando llora toda triste en la comisaría. Saben hacer desaparecer. 

La gorra sabe de política. ¿Cómo no saberlo? Sabe cuándo atacar, cuándo correrse, que decir, cuándo pueden ir un poco más allá. Saben del odio y desprecio de la política a lo que vagabundea, a lo que no obedece, a lo que se escapa, a lo joven, a la vagancia. La gorra sabe que los necesitan, saben que ciertos territorios hostiles ellos caminan para que no los caminen otros. Saben qué hacer, entienden las consignas, las interpretan, las patrullan. Sabe el valor de la política sobre la vida y la diferencia entre un militante y un guacho.

La gorra sabe y si se la banca sabe más. Sabe que mañana, cuando Facundo sea olvido, cuando el ministro siga ahí boqueando sin filtro, cuando las panelistas griten otra cosa, sabe que pueden dar unos pares de trompadas más. Apretar más tranquilos, verduguear lo más piola, disparar sin armar tanta escena, romper la noche en la lancha por la Rivadavia levantando a las chicas del cementerio de Morón, patear puertas, seguir despreciando madres que preguntan por sus hijos. También saben que ahora en el patrullero no están solos, los acompaña el miedo de Axel, la prepotencia de Berni, el silencio de la militancia, la complicidad de la justicia y ese odio bien manija y visceral de todos los que nacieron así, con el corazón ortiba. 

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    Entre las mas destacadas aparecen el triunfo de Claudio Román, candidato de Lucas Ghi en Morón contra la lista apoyada por Martín Sabbatella. De todas formas, el sabbatellismo logró la minoría en una disputa que seguirá en 2027. 

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    Las listas de Axel también ganaron en los municipios de la segunda sección electoral donde se disputó la interna. En San Nicolás ganó Sebastián Vignoles frente a la camporista Cecilia Comerio, en San Antonio de Areco se impuso el kicillofista Matín Lobos frente a Ramiro Ramallo de La Cámpora y en Zarate, Leandro Matilla derrotó a la lista impulsada por Sergio  Berni y Agustina Propato.

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    En el caso de La Campora, de las tres internas las mas resonantes son dos. En Mar del Plata, Fernanda Raverta ganó con comodidad la interna del Partido Justicialista en la ciudad de Mar del Plata. 

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  • El primer año del resto de su vida

     

    Cuando Jorgito y Nicolás tocan la puerta de su casa en Escalada, Lanús, Pablo Grillo está durmiendo. Es un sábado de febrero por la mañana y el reloj marca pasadas las 10. María del Carmen Bucceroni —Mary, la madre de Pablo, que vive en la casa de arriba— les abre la puerta y se escuchan los ladridos de Túpac, el callejero con cruce de ovejero alemán que vive con él. 

    Jorgito y Nicolás atraviesan la cocina y se asoman a la habitación. A la derecha está la cama de una plaza y un estante. El fotorreportero de 36 años está haciendo una siesta de media mañana.

    –Uh… ¡Mirá qué banda! —les dice a sus amigos entre risas—. Ya me levanto.

    Mary les abre la cortina y sube a su casa. Al rato baja con agua caliente para el mate. Jorgito y Nicolás trajeron medialunas de la panadería El Ángel de Banfield, “las más ricas de la zona”, según Nicolás. 

    Desde que a Pablo le abrieron la cabeza con una granada de gas lacrimógeno el 12 de marzo de 2025, el departamento de dos ambientes —una cocina-comedor, una pieza, antebaño y baño, y un patio— parece suspendido en el tiempo. La heladera Siam vieja está desenchufada, las hornallas siguen sin prenderse, y entre la cocina y el cuarto aún se reparten materiales de una carpintería casera que Pablo había montado antes de la represión para hacer un entrepiso de madera en su habitación. La obra está casi terminada pero todavía se ven por allí una mesa de trabajo y una sierra circular, entre otras herramientas. Pablo duerme en ese departamento de Escalada los fines de semana, cuando sale de la rehabilitación en el hospital Rocca, hoy su segunda casa. 

    La conversación entre Pablo, Jorgito y Nicolás va por caminos indefinidos sin tocar temas sensibles como la rehabilitación, el gendarme Héctor Guerrero, la represión que ordenó Patricia Bullrich, los planes a futuro. “Hablamos de boludeces, nada serio, nos reímos un rato”, dirá uno de sus amigos. Los médicos recomiendan evitar las emociones fuertes.

    Más allá de la escenografía de carpintería, algunos adornos le dan al departamento un toque personal. Sillas plegables con los caños blancos, lona roja y el escudo de Independiente. Un recorte de revista con la cara de Eva Perón y la consigna Eterna en el corazón del pueblo. Una estampita con un dibujo de Luca Prodan y la frase No sé lo que quiero, pero lo quiero ya. Una taza con el escudo del PJ. Un sombrero mexicano en miniatura. Un guante y una pelota de béisbol. Banderines del Club Social y Deportivo Unión Escalada Villegas.

    —Che, Pablito, ¿querés ir al baño?

    —No, no —responde Pablo, que tiene puesto un pañal de adulto.

    —Dale, andá —le insisten.

    Pablo piensa un momento. Aún no controla totalmente sus esfínteres. Es una de las secuelas neuronales que le quedaron. Lleva tanto tiempo usando pañal, que su cerebro tiene que reaprender a gestionar esa necesidad fisiológica. “Dale, no seas pelotudo, sentate en el inodoro”, lo retó una vez un familiar.

    —Bueno, sí, voy a ir un toque.

    ***

    Jorgito y Nicolás le salvaron la vida a Pablo aquella tarde de marzo del año pasado, cuando Gendarmería reprimió a jubilados, hinchas de fútbol y periodistas frente al Congreso. 

    Jorgito es Jorge Taranto, amigo de Pablo desde hace veinte años. Comparten la pasión por Independiente y el peronismo. Jorgito estaba a pocos metros de Pablo cuando lo vio caer a las 17.18 de ese miércoles en Yrigoyen y Solís. Hacía semanas que iban a las marchas de los jubilados y ese día quedaron en encontrarse cerca de las 15 donde siempre: Yrigoyen y Virrey Ceballos, la esquina de la sede de Madres de Plaza de Mayo. Pero Jorge se demoró al salir de su trabajo en el gremio de la sanidad y Pablo nunca le contestó los mensajes. Desde que le robaron el celular el día de los festejos del Mundial 2022, cuando saca la cámara guarda el teléfono. Finalmente se encontraron poco antes de las 17 en un supermercado chino a la vuelta del punto de encuentro. Jorgito estaba tomando unas cervezas con otro amigo, y apareció Pablo.

    “Fue nada lo que nos vimos —recuerda—. Enseguida Pablo me dice de ir para adelante. Y yo siempre que veía que él estaba con la cámara trataba de no perderlo de vista. Pero en un momento lo pierdo y cuando lo ubico estaba en cuclillas sacando las fotos. Lo veo que cae. Yo pensé que se había desmayado, pero cuando cruzo la calle ya veo la sangre.”

    Los primeros que asistieron a Pablo fueron su amigo, un muchacho con una camiseta de Sacachispas y otro que tenía la bandera de la agrupación social La Dignidad. Lo llevaron en andas hacia la plaza hasta que apareció Nicolás. 

    Nicolás es Nicolás Chiarini, un cartero de 34 años de Lomas de Zamora, bombero voluntario y militante del Frente Popular Darío Santillán. Está por empezar a estudiar enfermería y rinde un examen de ingreso justo este 12 de marzo. Él vio la secuencia mientras atravesaba la plaza desde el cine Gaumont, sobre la calle Rivadavia. Nunca se imaginó que ese día iba a salvar una vida pero estaba preparado: su padre y su abuelo fueron bomberos, él vivió en un cuartel después de la secundaria, ganó una medalla por socorrer a vecinos, y días antes del 12 de marzo —mientras estaba en Córdoba— sintió que “tenía que volver”. Antes de encontrarse con Pablo, durante la manifestación, estuvo pidiendo guantes en una posta de salud. “Ese día estaba con buen espíritu y sabía que podía aportar mi granito de arena —dice Nicolás—. Y cuando cruzo la plaza desde el Gaumont veo que traen a alguien herido y me acerco a ver qué había pasado. Me agacho y le pongo la mano en la herida. Lo toqué y ya sentí que estaba todo quebrado. Sentí el hueso del cráneo. Levanté un centímetro la remera y era un horror. Era como una película de terror. Veía el cráneo, cerebro, grasa”.

    ***

    Pablo Grillo se acuesta en una colchoneta de un azul percudido. Los azulejos del piso son amarillos. Las cortinas blancas dejan pasar la luz del sol por las ventanas de la sala. En un costado hay dos plataformas con barandas de caño para los pacientes que están en rehabilitación. En un rincón hay un canasto con pelotas de goma y de básquet, palos, mancuernas color rojo y una pesa de 12 kilos color rosa chicle. Pablo tiene que conseguir levantarse por sí solo de la colchoneta. Apoya un codo, gira el cuerpo, dobla las piernas y se impulsa. Logra pararse. Lo hace otra vez. Lo repite. Transpira por debajo de su gorra blanca con visera roja, que lleva el escudo de Independiente en rojo y la inscripción “Los pibes del sur”. Otro día tendrá que hacer jueguitos con una pelota. Terminará trotando un rato. 

    “Su evolución física es muy buena Los médicos le ponen puntaje por sus ejercicios y digamos que está casi 10 puntos”, cuenta Fabián, que acompaña a su hijo casi a diario en el Rocca. “Su tema es el equilibrio. Pero a pesar de que estuvo tanto tiempo en cama lo lleva muy bien. En el punto de vista motriz está mucho mejor”. A un año del ataque, Pablo permanece internado en el hospital de rehabilitación de domingos a viernes. Desde el primer fin de semana de febrero duerme en su casa los viernes y sábados. El alta médica está cada vez más cerca, asegura Fabián. Podría ser la semana que viene. A partir de ese momento el fotorreportero dormirá todas las noches en su casa y sólo irá al hospital algunos días de la semana para la rehabilitación.

    En el Rocca Pablo tiene sesiones diarias de terapia ocupacional y kinesiología en dos turnos –mañana y tarde–. También tiene la visita de un psicólogo y otros especialistas. Las actividades varían: desde hacer ejercicios físicos y motrices (levantar pelotitas con una cuchara) a escribir o afeitarse. Hay pacientes que cocinan o hasta salen a hacer las compras.

    En una de las alas del hospital comparte con otros dos pacientes una habitación de cuatro camas en el segundo piso. Además de dormir, en los ratos libres escucha música desde su celular —Divididos y La Renga, sus favoritos—, dibuja o lee. Recreó el plano de su casa. Escribió un proyecto fotográfico para el hospital. Leyó El Principito y libros de fotos. Hasta hace poco tenía en la mesa de luz Perón y el Peronismo en la historia contemporánea, de Fermín Chávez (1975). También El Vaquerito, del cubano Larry Morales, y otro libro sobre la historia de Darío Santillán, que le regaló Nicolás. Los médicos le recomendaron que trate de no leer, que guarde toda su energía para los momentos específicos de la rehabilitación.

    Por fuera de la terapia, Pablo se mueve en silla de ruedas. Los camilleros lo trasladan de la habitación a la terapia como norma de cuidado interno para evitar riesgos. Un día lo encontraron caminando y empujando la silla de ruedas de otro paciente. Otra mañana Fabián se lo cruzó en la planta baja yendo solo a terapia una hora antes del horario pautado.

    –Pensé que llegaba tarde –le explicó Pablo. 

    Ni siquiera había desayunado.

    ***

    Ey, chaval / Siempre a la sombra de la sociedad / Somos la causa de su malestar / Escúpele al sistema y nunca dejes de molestar.

    El estribillo de Mis colegas, de la banda española Ska-P, suena dentro de la casa de Pablo desde el celular de Nicolás y el fotorreportero sigue la letra con su cabeza. Repite las palabras, las recuerda. Luego suenan A la mierda y Cannabis, y también las canta. 

    –¿Viste el mensaje que te mandó Pulpul? — pregunta Nicolás.

    Pablo niega. Si lo vio, no lo recuerda. Se lo había mostrado Jorgito en su momento.

    Entonces el bombero busca en su celular y le muestra un video del cantante de Ska-P, Roberto Gañán Ojea, que el 8 de septiembre –cuando Pablo estaba en la terapia intensiva del Ramos Mejía– le mandó un mensaje a través de un amigo en común: “Te envío este vídeo para llenarte de energía y que salgas de una vez de esta situación, y aprovecho para cagarme en el hijo de la gran puta de Milei”.

    De repente a Pablo se le empieza a mover un pie. Como un zapateo involuntario. No lo puede controlar. A veces le fastidia pero esta vez se ríe. Los médicos entienden que puede ser alguna secuela nerviosa. Por eso son insistentes en evitar la sobreestimulación y las emociones fuertes o sensibles. 

    ***

    El 12 de marzo, después de las 17.18, Nicolás sostuvo con su mano izquierda el cráneo destrozado de Pablo y no lo soltó durante diez minutos. En medio de la calle, donde ya se había formado un círculo de gente alrededor de Pablo, desplegó toda su preparación de bombero y tomó las riendas de la situación: pidió gasas y vendas, una tijera para cortarle la mochila, y una tabla o una camilla. Entre el tumulto, Jorgito exigió que no lo muevan mucho y luego salió corriendo por Virrey Ceballos hacia Alsina –paralela a Yrigoyen– para buscar una ambulancia. Como no la encontró, dio vuelta la manzana y regresó.

    Pablo empezó a vomitar, lo pusieron de costado y perdió el conocimiento. Entonces llegó una ambulancia. Nunca supieron quién la buscó. Cuando bajó la médica, Nicolás pidió a los gritos una tabla. Lo subieron a la ambulancia y se fueron con él. Le pusieron oxígeno y le ataron los pies a la camilla para que cuando llegara al hospital no se cayera al suelo. Escucharon perdigones de la policía que dieron contra la chapa de la ambulancia. Jorgito lo relata así:

    “Cuando Nico estaba asistiendo a Pablo me quedé haciendo un cordón de seguridad porque la policía seguía tirando. La cabeza en ese momento se te pone en blanco. Yo me doy cuenta que siguen tirando hacia nosotros cuando estaba dentro de la ambulancia. Ahí escucho contra la chapa los perdigones de goma –recuerda Jorgito–. Desde que lo levantaron del piso y lo bajaron en realidad pensaba que estaba muerto. Si vos le veías la cabeza no podías creer. Me doy cuenta que está vivo arriba de la ambulancia. Yo estaba actuando de pura inercia y adrenalina”.

    Pablo fue herido a las 17.18 y a las 17.27 ya estaba en la ambulancia. De la sede de las Madres al Ramos Mejía hay 2.7 kilómetros, que se pueden recorrer en ocho minutos en un día no laborable. Según el parte médico en la causa judicial que tramita el juzgado federal de María Servini, Grillo entró al shockroom del hospital con una “herida contuso compleja en rostro región mediofrontal; una fractura expuesta de cráneo fronto temporo parietal izquierda; un hematoma subdural derecho, y un hematoma epidural izquierdo”. Traducido: tenía una herida en la frente, una fractura extensa en el costado izquierdo de la cabeza y dos hemorragias intracraneales en lados opuestos del cerebro.

    “El pronóstico que nos dieron los médicos era muy malo –dice Fabián–. La posibilidad era estado vegetativo o algo así. De entrada era ver si zafaba. Él estaba más cerca de la muerte que de la vida. Lo salvó Nicolás, el bombero, que estaba justo ahí cuando le pegaron. Lo salvó la rapidez con la que fue atendido en la calle. Y que lo trasladaron al toque y que el hospital estaba cerca. Y fueron los profesionales del Ramos Mejía, que tiene los mejores médicos de urgencias del país”. 

    Esa noche a Pablo lo intervinieron de urgencia por varias horas: una cirugía de descompresión, una craniectomía y una toilette quirúrgica –un procedimiento médico esencial para limpiar, desbridar y eliminar tejidos muertos, infectados o extraños–. Menos de 48 horas después, le hicieron otra craneotomía de descompresión. En los meses siguientes lo operaron al menos cinco veces más.

    “Cuando llegamos al hospital nunca pensé en soltarle la cabeza–cuenta Nicolás–. Hasta que un médico me dice ‘correte’. Ahí hice un click. ‘Llegó con vida’, pensé. Y me fui. Me lavé las manos y pedí disculpas, porque por la adrenalina le había gritado a todo el mundo. A mí me tocó algo relevante, pero fuimos muchos. Nadie fue a la plaza pensando que iba a salvar una vida. Mientras lo asistíamos había un cordón de seguridad de gente: ellos ponían el cuerpo para salvarlo a Pablo. Si la gente no hubiera resistido, capaz la policía hubiera avanzado. Lo salvó el pueblo”. 

    ***

    La Justicia procesó a  Guerrero y confirmó que el gendarme disparó al menos seis veces de manera antirreglamentaria, es decir, por debajo de los 45 grados que ordena el protocolo de la fuerza federal para las pistolas lanzagases –calibre 38.1mm, modelo unic tipo lanzagases serie n° 00660–. El cuarto disparo fue el que impactó contra Grillo. “Fue un tiro bien hecho”, declaró Bullrich el 28 de enero pasado en el streaming del diario El Cronista, contradiciendo el peritaje que hizo la Unidad de Balística de Policía de la Ciudad, que actuó como fuerza auxiliar de la Justicia. 

    El Gobierno mantiene una defensa cerrada de Guerrero. El ministerio de Seguridad puso a su disposición los abogados Martín Luis Sarubbi y Claudio Pedro Nuncija –especialistas en defender a policías acusados de gatillo fácil– y designó como domicilio la sede de la dirección de Asuntos Jurídicos de la Gendarmería Nacional: Avenida Antártida Argentina 1480, piso 6 (Edificio Centinela). En el mes siguiente a la represión, la Gendarmería cerró dos expedientes administrativos contra Guerrero: concluyó que no existía reproche disciplinario alguno, que el disparo que puso en riesgo la vida de Pablo fue un “hecho fortuito”, producto de la mala visibilidad y de la imprudencia de la víctima por ubicarse “en la línea de tiro”. 

    Hoy el cabo Guerrero continúa en funciones pero no en Buenos Aires. Fue destinado a Santiago del Estero, lejos del centro mediático. Tiene que presentarse ante un policía una vez al mes. Una fuente judicial con acceso directo a la causa dijo sobre el rol de los defensores oficiales del gendarme: “Ponen mil peros. Son de terror”.

    El 9 de febrero de 2026 Pablo asumió como querellante en la causa judicial contra Guerrero. También exigió que se investigue la cadena de mando durante la represión que comandó la entonces ministra Bullrich. Para elevar el expediente a juicio oral, a la jueza Servini sólo le falta un informe actualizado del Cuerpo Médico Forense de la Corte Suprema de Justicia sobre el daño neurológico y el estado de salud de Grillo.

    ***

    Siete días después del disparo, el 19 de marzo de 2025, los médicos decidieron sacarle el respirador artificial a Pablo, que por primera vez manifestó reacciones a estímulos y movimientos bilaterales. 

    Lo primero que hizo fue abrir los ojos y mover las extremidades. Internado en terapia intensiva empezó a escribir y dibujar. Pablo fue lo primero que anotó cuando un médico le preguntó su nombre. Abuelos escribió cuándo le preguntaron si se acordaba de lo que le había pasado. 

    Hasta que un día habló.

    –Che, habla este chico –le dijo una enfermera a Fabián cuando entró a la habitación en el horario de visitas.

    –¿Cómo que habla? –se sorprendió el padre. 

    Pablo miró a su papá y, como lo acababan de desentubar, con la voz ronca soltó sus primeras palabras.

    –Hola, viejo.

    La familia le contó a Pablo lo que le pasó a cuentagotas, siguiendo la recomendación médica de que lo informaran a demanda. Hasta que un día una chica le llevó al hospital una cerámica con un dibujo suyo y Pablo demostró más curiosidad.

    –¿Por qué estoy acá? –le preguntó una vez a Mary, todavía en terapia intensiva. 

    –¿Te acordás dónde estabas? –le respondió su madre y le mostró un video de Ricardo Mollo hablando de él.

    –Estaba en la movilización.

    –¿Y qué te pasó ahí?

    –Se me apagó la tele.

    Entonces Mary le contó de la manifestación de los jubilados con los hinchas de fútbol. Le contó de la represión del Gobierno. Y le contó puntualmente del gendarme Guerrero. 

    Pablo se largó a llorar.

    Otro día aprovechó la visita de dos amigos de la hinchada de Independiente para pedirles que le mostraran el video del Mapa de la Policía que reconstruyó la secuencia de la represión. Él ya sabía que estaba circulando por las redes pero no lo había visto. 

    –Uy, como me dieron –se rió.

    Los médicos le anticiparon a la familia que la frontalidad, la desinhibición y la picardía –características que, según varios conocidos suyos, ya tenía en su personalidad– podrían ser secuelas de la lesión cerebral sufrida. Pero los doctores festejan su manejo de la ironía y del humor porque entienden que es una señal de que sus conexiones neuronales están en recuperación.

    ***

    El sábado 10 de mayo, tres meses después de la represión, Pablo celebraba en el Ramos Mejía que lo trasladaban al Rocca. Había pasado cuatro operaciones y los médicos entendían que ya estaba en condiciones de comenzar su rehabilitación hasta que pudieran colocarle una prótesis en la cabeza. El jefe de neurocirugía, Eduardo Seoane, notó que a Pablo le caía una gotita por la fosa nasal izquierda. Fabián se dio cuenta por la mirada extraña del especialista, que no le quitaba los ojos de encima a su hijo, mientras los demás médicos y enfermeros hablaban de otras cosas. Seoane señaló entonces al piso y se lo comentó a su par, el doctor Fernando Latorre, jefe de la Unidad de Internación. Tomó una servilleta para recoger la gota y llevarla a analizar. Era líquido cefalorraquídeo (LCR). El LCR es un fluido claro e incoloro que baña el cerebro y la médula espinal. Funciona como amortiguador, proporciona flotabilidad, transporta nutrientes y elimina desechos.

    “Pablo tenía la cabeza como una pelota desinflada. Una pelota desinflada que tenía un poco de hueso en la parte central, que es lo que salva del todo. El cráneo estaba como hundido”, grafica Fabián.

    Pablo perdió el LCR casi por completo debido al impacto de la granada de gas lacrimógeno y gran parte de las intervenciones que tuvo fueron para cerrar las heridas y que el cerebro pueda volver a flotar en ese líquido. 

    El 3 de junio finalmente fue derivado al Rocca para comenzar su rehabilitación. Llegó con un casco de bicicleta en la cabeza. Recién el 13 de agosto –otra vez en el Ramos Mejía– pudieron colocarle una prótesis en ambos hemisferios, fabricada especialmente a medida como restauración de su anatomía craneal –una craneoplastia–. La operación salió bien pero Pablo tuvo otra vez problemas con la válvula para drenar el LCR –un cuerpo sano suele absorber el excedente– . El 26 de agosto, como no terminaba de llenarse adecuadamente el espacio de su cerebro, le cerraron la válvula manualmente con una pequeña incisión. 

    El 9 de septiembre, seis meses después de la represión, fue trasladado nuevamente al Rocca. Pero un mes después volvió al Ramos Mejía por un cuadro de febrícula. El martes 4 de noviembre, como ya estaba en el hospital, le hicieron una operación reparadora que no era urgente pero sí necesaria y correctiva: le rellenaron con su propio tejido un hueco que se le había hecho debajo de la prótesis en la cabeza. “Tenía la piel muy tensa ahí y era un riesgo, porque al estar cerca de la prótesis se le podía quebrar”, explicó Fabián.

    El 27 de noviembre Pablo volvió al Rocca y se aceleró su recuperación. El 23 de enero de este año comenzó a tomar mate. El primer fin de semana de febrero volvió a dormir a su casa en Escalada. La segunda semana de febrero comió su primer sándwich de milanesa en casi un año.

    Este jueves la Bersuit encabeza un festival por Pablo en la plaza del Congreso y en el hospital Evita de Lanús se estrena una muestra de fotos del reportero realizadas entre 2020 y 2023 titulada “Para que el cuidado sea visible”.

    ***

    Pablo termina un mate, se para y toma la bolsa de facturas.

    –Dale –le dice a Nicolás, que había comido un par rápido–. Agarrate una medialuna que le voy a llevar a mi vieja.

    La visita de sus amigos –Jorgito, el de toda la vida; Nicolás, el que se la salvó– no va a durar mucho más. El protocolo de visita en su casa es estricto con los horarios. Buscan no agobiarlo –dirá Fabián– porque cuando está muy estimulado se cansa. “Necesita que el cerebro descanse”, dirá Jorgito. Por eso tiene una especie de agenda de visitas con dos horarios distintos para estos fines de semana que pasa en su casa: a media mañana, antes del almuerzo, o a la tarde, después de las 16. Pablo come con sus padres, que tratan de hablarle poco o evitan prender la televisión para no sobrecargarlo sensorialmente. Duerme siesta y se acuesta temprano por la noche. A la mañana se puede llegar a despertar después de las 10 o más temprano. Después hace una siesta, como este sábado de febrero.

    Hoy Pablo está activo. Sale de su casa y encara hacia la escalera. Hasta hace poco colocaba los dos pies en un mismo peldaño antes de encarar el siguiente. Ahora se toma de la baranda y levanta un pie. Cuando lo apoya, levanta el otro y lo coloca en el escalón de más arriba. La recomendación de sus médicos es que se mueva poco, “pero él se manda”, dirá Fabián: un fin de semana casi se cae por sacar a pasear al perro. 

    Llega con esfuerzo al piso de arriba. Toca la puerta y Mary le abre. Atrás está Fabián. Pablo les sonríe y le ofrece la bolsa de medialunas.

    –¡No, por favor! –escuchan desde abajo Nicolás y Jorgito que Mary le dice a Pablo–. Hubiese bajado yo, ¿cómo vas a subir vos solo?

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    Fotos Prensa de Justicia por Pablo Grillo

    La entrada El primer año del resto de su vida se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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  • La esposa de Adorni trabaja con la empresa cercana a Karina que quiere quedarse Tecnópolis

     

    La esposa de Manuel Adorni trabaja con la empresa de la mano derecha de Karina Milei que busca quedarse con la concesión de Tecnópolis por los próximos 25 años.

    LPO anticipó que el grupo Foggia, que puja por adjudicarse el predio, es una productora muy cercana a Karina Milei. Mara Gorini, mano derecha de la hermana presidencial, fue dueña de la empresa hasta que se la cedió a su pareja, Marcelo Dionisio.

    Este medio explicó que la concesión de Tecnópolis estuvo teñida de irregularidades. El gobierno solo dio un mes para presentar los proyectos para un predio de 54 hectáreas y hubo sospechas de direccionamiento. El gobierno dio 20 días de prórroga para presentar los dossiers, pero, a pesar de los pedidos de varias productoras, decidió cerras las inscripciones el 9 de febrero.

    Foggia se asoció con el grupo Werthein, una rama de la familia distanciada del ex canciller, que tiene en sus manos el control de DirecTV. Compiten contra La Nación y Fénix Entertainment de Marcelo Fígoli, el dueño de la oficialista Radio Rivadavia.

    Guerra de arenas: los Werthein, La Nación y Fígoli compiten por quedarse con Tecnópolis

    Según reveló El Disenso, Foggia contrató la Consultora «+Be», cuya dueña es Bettina Angeletti, la mujer de Adorni. Angeletti se subió al avión presidencial que viajó a Nueva York, una maniobra por la que Adorni ya es investigado por la Procuraduría de Investigaciones Administrativas (PIA). La PIA también investiga a Adorni por el viaje que hizo con su esposa en un avión privado a Punta del Este. Entre ambos viajes, sólo en pasajes gastaron 15 mil dólares.

    La decisión final de la concesión de Tecnópolis quedará en manos de la Administración de Bienes del Estado (AABE), un organismo que depende de la Jefatura de Gabinete que conduce Adorni.

     

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    En medio de la locura bélica impulsada por EEUU, Messi visita a Trump

     

    Mientras crecen las tensiones internacionales y el gobierno estadounidense profundiza su agenda militar en distintos frentes del mundo, una imagen inesperada sacudió la escena política y deportiva: Lionel Messi visitó la Casa Blanca y participó de un acto junto a Donald Trump. La postal generó polémica y reavivó el debate sobre el vínculo entre el deporte, el poder y la política global.

    Por Ignacio Elfrantini para NLI

    Una visita que no pasó desapercibida

    El capitán argentino Lionel Messi participó este jueves en Washington de una ceremonia oficial en la que el presidente estadounidense Donald Trump recibió al plantel de Inter Miami CF para homenajear al equipo campeón de la Major League Soccer 2025.

    El encuentro forma parte de una tradición estadounidense: los campeones de las principales ligas deportivas suelen ser invitados a la Casa Blanca para recibir un reconocimiento institucional.

    Sin embargo, el contexto político convirtió la escena en mucho más que un acto deportivo.

    El contexto internacional que vuelve incómoda la foto

    La visita ocurre en un momento en que el gobierno de Estados Unidos atraviesa un período de fuerte tensión internacional y escalada militar en diversos conflictos, lo que ha llevado a numerosos analistas a hablar de una nueva fase de confrontación global impulsada desde Washington.

    En ese marco, la imagen del máximo ídolo del fútbol argentino compartiendo una ceremonia con Trump generó incomodidad y debate en redes sociales y medios políticos, especialmente en América Latina.

    Para muchos, la postal exhibe cómo el deporte de élite termina orbitando inevitablemente alrededor del poder político y económico global, incluso cuando se trata de figuras que suelen mantenerse al margen de posicionamientos públicos.

    El motivo formal del encuentro

    Desde el punto de vista institucional, el evento fue organizado para celebrar el título que Inter Miami conquistó en diciembre de 2025, cuando venció 3-1 al Vancouver Whitecaps y levantó por primera vez la MLS Cup.

    Messi fue además una de las grandes figuras de esa final y terminó siendo elegido jugador más valioso del partido, consolidando su impacto en el fútbol estadounidense desde su llegada al club de Florida.

    La visita a Washington también coincidió con el viaje del equipo a la capital estadounidense para disputar un partido de la liga contra D.C. United en los próximos días.

    Una primera vez en la Casa Blanca

    La ceremonia marcó la primera visita oficial de Messi a la Casa Blanca, algo que ya había quedado pendiente anteriormente. En 2025, el rosarino había sido invitado a recibir la Medalla Presidencial de la Libertad durante la administración de Joe Biden, pero no pudo asistir por cuestiones de agenda.

    Esta vez sí se concretó la visita, aunque el contexto político hizo que la escena adquiriera una dimensión mucho más polémica de la que suele tener este tipo de eventos deportivos.

    Cuando el fútbol se cruza con la geopolítica

    La visita vuelve a plantear una pregunta incómoda: ¿puede el deporte mantenerse neutral cuando entra en contacto con el poder político?

    A lo largo de la historia, las grandes figuras deportivas han sido utilizadas como símbolos de prestigio internacional por gobiernos de todo signo. En Estados Unidos, la Casa Blanca convirtió esos encuentros con atletas y equipos campeones en una herramienta de soft power.

    Pero en tiempos de polarización global y tensiones geopolíticas, incluso una ceremonia protocolar puede transformarse en un gesto político.

    Y por eso la imagen de Messi junto a Trump —en medio de un escenario internacional cada vez más convulsionado— ya no es solo una anécdota deportiva. Para muchos, es también una postal del vínculo inevitable entre espectáculo, poder y geopolítica.

     

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