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HIJOS DEL PACO

Termino de almorzar.

El mozo me abre la puerta, salgo del restaurante y, a él lo veo sentado, duro como una estatua. El mozo me mira: “es un adicto al paco”. Miro sus cortes, sus lastimaduras, su herida, su caja de cartón roñosa con un pedazo de pan. Miro su remera, su musculosa, es pleno invierno y el no siente nada, como un objeto no siente nada. Tomo la foto y me voy a googlear “Paco”.

El paco genera adicción desde la primera vez que se consume. El paco es pasta de cocaína: el hermano pobre del Crack. Según el Sedronar (Secretaría de Políticas Integrales sobre Drogas de la Nación Argentina) ya hay chicos que se inician en esta adicción desde los 9 años. Las últimas estadísticas del 2017 indican que en Argentina, cada día se consumen cuatrocientas mil dosis. El paco asesina a unos 200 chicos por mes. Unos 2400 pibes al año. 

Hijos del paco.

Huérfanos de estado.

FOTO

Un adicto al paco tirado, en pleno invierno descansando o asoleándose en una vereda de la ciudad de Buenos Aires. 2022, Argentina.

Juan Moccagatta

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    Bajo tierra, intactos y olvidados: los barriles de hace 400 años que reaparecieron en Noruega y abrieron una ventana al pasado

     

    Una obra urbana rutinaria terminó en un hallazgo extraordinario: tres barriles de roble perfectamente conservados, enterrados hace cuatro siglos, que permiten reconstruir con precisión cómo se construía y se vivía en la Europa del siglo XVII.

    Por Alcides Blanco para NLI

    No es habitual encontrar restos de hace 400 años como unos barriles, que se supone deberían estar casi desintegrados, y además en suelo urbano.
    Gary Chalker

    Lo que empezó como una intervención técnica más en una ciudad de Noruega terminó convirtiéndose en un descubrimiento que fascina a historiadores y arqueólogos por igual. En pleno avance de obras urbanas —vinculadas a infraestructura moderna—, los trabajadores se toparon con algo que parecía menor, pero que rápidamente captó la atención de especialistas: tres barriles de roble enterrados, intactos pese al paso de más de 400 años.

    Lejos de tratarse de simples recipientes abandonados, los barriles revelaron un contenido revelador: materiales de construcción de la época, cuidadosamente preservados por las condiciones del suelo. La combinación de humedad, temperatura estable y aislamiento permitió que la madera no se degradara, generando una especie de cápsula del tiempo que hoy permite observar el pasado con una nitidez poco habitual.

    Un hallazgo que reconstruye la vida cotidiana

    El valor del descubrimiento no reside solo en la antigüedad de los objetos, sino en lo que cuentan. Los barriles, utilizados en el siglo XVII, formaban parte de prácticas habituales en la logística de obra: transporte, almacenamiento y conservación de insumos esenciales. Esto permite entender con mayor precisión cómo se organizaban los trabajos urbanos en aquella Europa preindustrial, en un momento donde las ciudades comenzaban a expandirse con mayor complejidad.

    Los especialistas destacan que este tipo de hallazgos aporta algo que los grandes monumentos no siempre logran: una mirada concreta sobre la vida cotidiana. No se trata de palacios ni de figuras de poder, sino de los materiales, las herramientas y las prácticas de trabajadores anónimos que construyeron las ciudades que hoy conocemos.

    Pero la historia no termina ahí. Debajo de los barriles aparecieron restos aún más antiguos, que se remontan al siglo IX, lo que sugiere que el sitio fue utilizado durante siglos con distintos fines. Este dato amplía el valor del descubrimiento y convierte al lugar en un punto clave para entender la continuidad histórica del asentamiento humano en la zona.

    Cuando el pasado emerge en medio del presente

    Este tipo de hallazgos pone en evidencia una tensión cada vez más frecuente: el avance de las obras modernas sobre territorios cargados de historia. Cada excavación urbana en Europa es, en potencia, una excavación arqueológica. Y en muchos casos, como este, lo que emerge obliga a repensar lo que se creía sabido sobre determinadas épocas.

    En un mundo atravesado por la velocidad y la lógica de lo inmediato, estos barriles enterrados durante siglos funcionan como un recordatorio material: el pasado no está muerto ni enterrado del todo, sino esperando el momento —a veces casual— para volver a la superficie.

    Lo ocurrido en Noruega no es solo una curiosidad arqueológica. Es una escena casi literaria: trabajadores excavando el futuro que, de pronto, tropiezan con el pasado. Y en ese cruce, la historia deja de ser un relato abstracto para transformarse en algo tangible, concreto y profundamente humano.

     

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