Fiona Apple corta el alambrado
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Fiona Apple corta el alambrado

El lanzamiento del anteúltimo disco de Fiona Apple (editado hace 8 años) se retrasó algunos meses porque su autora esperó a que su compañía discográfica cambiara de presidente. El anterior a ese se había atrasado mucho más: lo empezó a grabar en 2002 y fue editado recién en 2005, gracias a la presión de una agrupación llamada Free Fiona, que protestó en la puerta de Sony. Esta tendencia al retraso cambió con el último disco. En marzo de este año Apple anunció a través del Instagram de una amiga (porque ella no tiene cuenta oficial) que su disco ya estaba terminado. La discográfica quería lanzarlo en octubre, pero su autora, contrariando su costumbre de no apurarse para nada, presionó para que saliera antes, y el 17 de abril de este año Fetch the Bolt Cutters (algo así como “Agarren las pinzas cortacadenas”) empezó a circular en las plataformas digitales. A pocos días de su lanzamiento, Rolling Stone lo definió como “el mejor trabajo de su carrera” , mientras en Pitchfork lo consideraron “una inquebrantable obra maestra”.

Muchas de las letras de este disco vuelven a poner en escena las contradicciones del amor y el deseo con las que su autora ya venía trabajando, pero hay ambientes y temas que no había abordado hasta ahora: “Shameika”, por ejemplo, es un hermoso y vívido recuerdo de la opresión de la escuela, de esa gran pérdida de tiempo que es la secundaria. El recuerdo se construye a partir del detalle (“usaba mis pies para aplastar hojas muertas como si hubieran caído de los árboles / solo para mí”), y una vez desplegado ofrece su experiencia: ya entonces todo estaba dicho. La canción que le da título al disco vuelve a ambientes similares a los de “Shameika”, donde sitúa el origen de viejas heridas, pero esta vez la reminiscencia desemboca   en el deseo de abandonar la jaula de la melancolía y la depresión para pasar a otra cosa. Claro que, con una personalidad como la que Apple viene poniendo en escena hace 20 años, esta apertura es dificultosa y contradictoria.

Foto de la herramienta a la que se refiere el título del disco, de incierto nombre en español (cortacadenas? cizalla?)

No solo hay cambios en la temática de las canciones. A diferencia de sus canciones anteriores, todas las letras están basadas en la repetición de uno o varios versos. Esto genera una expansión que termina rompiendo los límites de la canción y puede desembocar en una coda en la que aparece una melodía nueva (como en “Relay”). Apple rompe así con la forma que tenían sus letras hasta ahora (similares a un poema), abriéndolas a una expansión sólo posible en el canto, rompiendo los límites de la forma canción más tradicional. Este procedimiento ya había asomado en “Hot knife” de su disco anterior (The Idler Wheel). Pero allí la sobregrabación de los versos que se repiten al final genera un solapamiento que limita la expansión, y el final es un corte abrupto, después de escuchar un último suspiro. Además, si en «Hot Knife» la herramienta cortante es una metáfora del deseo («Si soy manteca, entonces él es un cuchillo caliente», canta una y otra vez, para al final invertir los roles) en la canción que le da título a este disco la herramienta aludida es necesaria para liberarse («Alcanzame la pinza cortacadenas / estuve demasiado tiempo acá adentro»).

Más allá de las letras, este disco continúa y profundiza algunos aspectos de la música que ya aparecían en The Idler Wheel, como el protagonismo de la percusión y la desnudez de las canciones, aunque no sumándole cierto sentido del humor. Pese a estas similitudes, en el disco mencionado y los anteriores los arreglos no aparecen tan disruptivos dentro de la tradición de la canción de las grandes producciones de la industria discográfica. La dedicación puesta en cada detalle y el uso de instrumentos orquestales, que caracterizaba a los primeros discos de Apple, en Fetch the Bolt Cutters  es reemplazado por un mayor énfasis en la percusión, voces, piano, vibráfono, contrabajo y silencios. Uno puede llegar a pensar que una pieza así se podría conseguir sacando armonías, instrumentos y todo lo que no es esencial hasta llegar a construir una perfección tan llena por sus vacíos como en una pintura de Caravaggio y es es tal vez por eso que este disco tan minimalista como una diapositiva ha sido tan celebrado por la crítica musical. 

El disco empieza con un bajo y una batería de un teclado Casio, uno de esos comunes y baratos que se usan para empezar a aprender a tocar. Esta intro, que no tiene nada que ver con el resto de la canción (“I want you to love me”), ya muestra la actitud indie y ecléctica del material.  Sobre el final del mismo tema Fiona comienza a jugar con su voz y la deja llegar hasta unos vibratos alocados (una manera de cantar que Apple nunca había mostrado hasta ahora), mientras todos los instrumentos se amontonan y aceleran, llegando hasta desfasar en tempo. Este desfasaje, en una compositora como Fiona Apple, no se debe entender como un descuido, sino más bien como una decisión puramente artística, que tal vez se podría interpretar como un no dejarse enfrascar por los cánones de lo que es “correcto” y hacer una elección en favor de lo que es único porque contiene su error.

Un aspecto en el que se nota un agudo trabajo es el uso de la profundidad del espacio y la dimensionalidad de la que están rodeados los instrumentos y cómo esto forma parte del arreglo. En “Rack of his”, por ejemplo, parecen establecerse 3 planos principales: a la derecha tenemos un tom que parece alejado, mientras el resto de la batería suena como si estuviera en un pequeño cuarto en primer plano. La voz, que parece sobrevolar todos los instrumentos, por su reverberación nos hace imaginar que suena en un ambiente más amplio. También hay un juego de espacialidad en la melodía que ejecuta un mellotron con diferentes timbres. En “Relay”, mientras una voz en el campo derecho suena casi como cantada al oído, las otras, que ocupan el centro del paneo, parecen estar al otro extremo de una habitación de varios metros.

El aspecto casero, y hasta algo desprolijo, del arte de tapa (especie de collage hecho con  papel glasé y voligoma) resume bien el espíritu personal, travieso e indie de la música de este álbum, grabado en parte en la casa de Venice Beach donde Fiona Apple vive con una amiga. Aunque Apple apuró su lanzamiento, se tomó unos cuantos años para grabarlo, como hizo con todos sus discos anteriores. Los ensayos con Amy Aileen Wood (batería) y Sebastian Steinberg (bajo) y David Garza (intrumentos varios y producción) empezaron en 2015 en la casa de Apple. Hubo un intento de continuar grabando en Sonic Ranch, el mítico estudio ubicado en una chacra de nueces Pecan de Texas, pero se frustró porque Apple y sus músicos se distrajeron comiendo hongos alucinógenos y mirando películas. Grabaron también en un par de estudios de Los Ángeles, pero después de posponer el trabajo varias veces, Apple quiso controlar mucho más directamente la producción del disco y se decidió a grabarlo con GarageBand en una habitación de su casa que solía usar como dormitorio, con la intención de usar la misma casa como un instrumento más, golpeando muebles y paredes, dejando que se escuchen los ladridos de sus perros. Finalmente, el disco estaba terminado en enero de este año. 

Lo intrigante, ahora, es cómo van a conseguir en los shows en vivo esa profundidad y contraste de planos tan bien logradas en el disco. 

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