La Dirección de Turismo de la Municipalidad de Villa Regina informa que durante enero continuará el ciclo de capacitaciones ‘Sabores del Valle’.
Por un lado, a partir del 12 de enero se pone en marcha ‘Bar kids’, destinada a niños y niñas de 8 a 12 años, una propuesta especial para el verano donde aprenderán a utilizar las herramientas para hacer cócteles refrescantes sin alcohol de una manera súper divertida.
El curso tiene un costo de $1800 y se dictará miércoles y viernes de 19 a 20,30 horas.
Por otro lado, el 13 de enero comenzará la segunda edición de ‘Coctelería en casa’, propuesta que apunta a fortalecer los sabores típicos de nuestra región.
El curso tiene un costo de $2.200.
En ambos casos, los cupos son limitados. Los interesados pueden dirigirse por consultas o inscripciones a la Oficina de Turismo o al teléfono 2984904350.
La irrupción de Javier Milei en la política argentina no puede explicarse únicamente como un fenómeno electoral ni como el simple ascenso de una nueva derecha. Hay algo más profundo ocurriendo en el modo en que el poder se legitima, organiza el lenguaje público y redefine quién merece reconocimiento dentro de la comunidad política. Allí es donde una lectura atravesada por las categorías de Michel Foucault adquiere una potencia singular: no para reducir el mileísmo a una fórmula académica, sino para comprender cómo un discurso de ruptura moral puede transformarse en una tecnología eficaz de gobierno.
El núcleo de esa construcción no es económico. Tampoco estrictamente ideológico. Es moral.
Por Ignacio Álvarez Alcorta para NLI
Milei no llegó al poder solamente prometiendo bajar la inflación o destruir regulaciones estatales. Llegó construyendo un antagonismo ético absoluto entre “la casta” y “los argentinos de bien”. Ese lenguaje, repetido hasta el agotamiento mediático, terminó produciendo algo mucho más relevante que un slogan: fabricó una identidad social.
Porque “argentino de bien” no funciona como una descripción objetiva. No existe un criterio verificable que permita determinar quién pertenece realmente a esa categoría. Su eficacia reside precisamente en su ambigüedad. El concepto opera como una consagración moral difusa donde cada adherente puede reconocerse a sí mismo como parte de un grupo virtuoso amenazado por enemigos internos.
Allí aparece uno de los mecanismos centrales del poder contemporáneo: la administración de legitimidades.
La pureza como herramienta de poder
Foucault entendía que las sociedades modernas no se organizan únicamente mediante leyes o coerción física. El poder necesita producir discursos verdaderos, clasificar sujetos y establecer qué formas de vida son consideradas normales, productivas o deseables. Gobernar implica también ordenar moralmente la sociedad.
En la Argentina de Milei, esa lógica aparece de manera descarnada.
El “argentino de bien” es presentado como alguien que trabaja, paga impuestos, soporta sacrificios y rechaza cualquier forma de mediación colectiva asociada al Estado. Del otro lado emerge una masa difusa de sospechosos: sindicalistas, militantes, empleados públicos, movimientos sociales, periodistas críticos, universidades, artistas subvencionados, organismos de derechos humanos o cualquiera que cuestione el nuevo orden moral libertario.
No se trata simplemente de adversarios políticos. Se los construye discursivamente como sectores parasitarios, degenerados o moralmente inferiores.
Ese desplazamiento es decisivo. Porque cuando la política abandona el terreno del conflicto democrático y pasa a estructurarse sobre categorías morales absolutas, el opositor deja de ser alguien con quien se disputa el poder para convertirse en alguien cuya existencia misma aparece como ilegítima.
En otras palabras: ya no hay diferencias políticas; hay sujetos “sanos” enfrentados a elementos contaminantes.
La obsesión mileísta con palabras como “parásitos”, “zurdos de mierda”, “empobrecedores” o “casta” no responde solamente a un estilo agresivo. Constituye una forma de clasificación social. Una maquinaria simbólica destinada a dividir la población entre quienes merecen reconocimiento y quienes pueden ser humillados públicamente sin costo moral.
El outsider y la ficción de la excepción
La fuerza inicial de Milei provino de una promesa de exterioridad. Su legitimidad surgía de aparecer por fuera del sistema político tradicional, incluso cuando rápidamente comenzó a tejer alianzas con actores históricos del poder económico, mediático y judicial argentino.
Pero el outsider moderno no necesita estar realmente afuera del sistema. Le alcanza con conservar la narrativa de la excepción moral.
Ahí reside una de las grandes paradojas del mileísmo contemporáneo. Incluso frente a denuncias, escándalos, negociaciones opacas o evidencias de privilegios dentro del propio gobierno, parte importante de su electorado sigue interpretando esos hechos como secundarios frente a una supuesta batalla histórica contra enemigos mayores.
Ese fenómeno revela algo incómodo sobre el funcionamiento real de las democracias contemporáneas: los ciudadanos no adhieren solamente a programas racionales; adhieren a sistemas emocionales de interpretación del mundo.
Cuando un gobierno logra construir una identidad moral fuerte, la evidencia objetiva pierde centralidad. Los hechos dejan de evaluarse en sí mismos y pasan a interpretarse según quién los denuncia y desde qué lugar político se enuncian. Por eso la corrupción puede relativizarse. No porque deje de existir, sino porque el discurso oficial logra reorganizar su significado. Si el líder continúa siendo percibido como quien combate a “los verdaderos corruptos”, entonces las contradicciones internas pueden absorberse dentro del relato épico de transformación nacional.
La pregunta deja de ser “¿hubo corrupción?” y pasa a ser “¿quién está denunciando y con qué intención?”.
La batalla cultural como disciplina
Uno de los aspectos más sofisticados del fenómeno Milei es haber convertido la confrontación permanente en una forma estable de gobierno. La agresión constante no constituye una anomalía comunicacional ni una pérdida de control emocional. Funciona como una pedagogía política.
Cada ataque presidencial contra periodistas, economistas, artistas o dirigentes opositores produce un efecto disciplinador sobre el resto de la esfera pública. El mensaje implícito es transparente: cualquiera que cuestione el relato oficial puede ser expuesto, ridiculizado o transformado en enemigo colectivo.
Foucault estudió precisamente cómo el poder moderno ya no depende exclusivamente del castigo físico espectacular. El control más eficiente es aquel que induce autocensura, vigilancia mutua y adaptación preventiva. Las redes sociales radicalizaron ese mecanismo hasta niveles inéditos. El ecosistema digital mileísta opera muchas veces como una estructura de disciplinamiento distribuido donde miles de usuarios reproducen hostigamientos, campañas de señalamiento y persecuciones simbólicas contra figuras disidentes. El resultado es un clima político donde la violencia verbal deja de ser excepcional y pasa a constituir la atmósfera cotidiana del debate público.
En ese contexto, la idea de “argentinos de bien” cumple una función central: ofrece legitimidad moral anticipada para la agresión. Si el adversario es presentado como corrupto, degenerado o enemigo de la nación, entonces la violencia discursiva aparece justificada como una forma de defensa social.
El sacrificio como virtud
Otro rasgo distintivo del mileísmo es la moralización del sufrimiento económico. En condiciones normales, una caída abrupta del salario, el consumo o el empleo debería erosionar rápidamente la legitimidad gubernamental. Sin embargo, Milei logró transformar el ajuste en una prueba ética.
El sacrificio ya no aparece como consecuencia de una política económica concreta, sino como evidencia de madurez social. “Había que pasarla mal”. “No hay plata”. “Estamos pagando décadas de populismo”. El dolor se resignifica como purificación. Ese mecanismo conecta profundamente con la subjetividad neoliberal contemporánea: el individuo debe aceptar precariedad, pérdida de derechos y deterioro material como demostración de responsabilidad personal.
El ciudadano deja entonces de percibirse como sujeto de derechos colectivos y comienza a entenderse como emprendedor moral de sí mismo. Aguantar se vuelve una virtud. Resistir el ajuste se convierte en signo de pertenencia identitaria.
La política ya no promete bienestar inmediato. Promete redención futura a cambio de obediencia presente.
La nueva legitimidad autoritaria
Quizás el aspecto más inquietante de la experiencia argentina actual sea que gran parte de estas transformaciones ocurren dentro de procedimientos democráticos formales. No hace falta clausurar elecciones para producir dinámicas autoritarias. Basta con erosionar sistemáticamente la legitimidad de toda institución intermedia capaz de limitar el poder presidencial.
La demonización del periodismo, el desprecio por el Congreso, el ataque permanente a las universidades, la ridiculización de organismos científicos y la construcción de enemigos internos constantes forman parte de una lógica más amplia: vaciar de autoridad simbólica cualquier espacio que pueda disputar la producción de verdad oficial.
Allí aparece una intuición foucaultiana fundamental: el poder más eficaz no es necesariamente el que prohíbe, sino el que logra que una sociedad naturalice sus propias formas de sometimiento. Tal vez por eso el fenómeno Milei no pueda analizarse solamente como una anomalía argentina ni como una excentricidad mediática. Expresa una mutación más profunda de las democracias contemporáneas: la transición desde sistemas políticos organizados alrededor de consensos institucionales hacia regímenes de legitimidad emocional, identitaria y moral.
En ese nuevo escenario, la verdad importa menos que la pertenencia. La coherencia menos que la fidelidad. Y la corrupción menos que la capacidad de seguir convenciendo a millones de personas de que, pese a todo, continúan formando parte de “los buenos”.
Deseamos un mundo, o muchos mundos, donde las infancias puedan ser pensadas en su pluralidad, en sus diferencias y singularidades. Reconocer a las infancias desde las múltiples vidas que construyen ese tiempo tan particular. Elogiarlas. Abrigarlas. Escucharlas. Albergar y expandir sus deseos. Pensar y sentir las infancias en su fragilidad requiere de tiempo hondo disponible,…
La ruta nacional 22 fue inaugurada hace más de ocho décadas, en ese entonces de ripio, hace más de 50 que se asfaltó en su totalidad. Y lleva más de diez años desde que empezó a construirse la autovía que luego mutó a autopista y por ahora es incalificable. La zona del Alto Valle rionegrino…
Julio Alak profundiza las acciones en línea con su llamado a construir un «frente amplio» para confrontar a los libertarios en 2027.
En clave transversal, el intendente de La Plata sumó a su gabinete al ex diputado PRO Daniel Lipovetzky y a Marcos Urtubey, hijo del ex gobernador salteño, Juan Manuel Urtubey, que estuvo presente durante la asunción.
«Ustedes tienen un intendente que es uno de los dirigentes más reconocidos de la Argentina. Es un lujo que tiene La Plata y créanme que los bonaerenses lo tienen que compartir y los argentinos también», dijo Juan Manuel para evidenciar un fuerte respaldo a Alak, que se muestra lanzado a la carrera por la Gobernación.
El ex gobernador de Salta definió a Alak como «un dirigente que admiré toda mi vida» y sostuvo que «la Argentina necesita dirigentes formados, esclarecidos, con clara conciencia social, pero con profunda formación para que ese tipo de responsabilidades pueda realmente lograr un cambio».
Tanto Marcos Urtubey como Daniel Lipovetzky estarán a cargo de la agenda relativa a los vínculos internacionales del municipio platense.
El desembarco en el gabinete del ex diputado PRO también tiene su gravitación política en el plano legislativo, ya que la concejal Melany Horomadiuk responde a Lipovetzky y ya votó con el oficialismo en la aprobación de la rendición de cuentas.
Alejado del PRO, Lipovetzky integró en 2025 «Ahora La Plata», un armado de centro con radicales, lilitos y otros espacios que fueron parte de Juntos por el Cambio y que nada querían saber con acercarse a Milei. Pero ese esquema se licuó en Somos Buenos Aires durante las pasadas legislativas.
Este año, las charlas con Alak avanzaron al punto de materializarse con un desembarco en el gabinete que también tiene su gravitación política en el plano legislativo, ya que la concejal Melany Horomadiuk responde a Lipovetzky y ya votó con el oficialismo en la aprobación de la rendición de cuentas.
En el acto de asunción de este miércoles en el salón dorado del palacio municipal, participaron dirigentes de múltiples espacios políticos, una foto en la que se empeña por construir Alak que, ya en marzo, le hizo un guiño a los radicales durante un acto en homenaje a Raúl Alfonsín. Ahí pidió construir «consensos amplios» contra Milei.
Además, durante los últimos meses Alak coleccionó fotos con intendentes y dirigentes de diversos sectores internos del peronismo, desde Fernando Gray hasta Miguel Ángel Pichetto y Emilio Monzó. Ahora, fue el turno de los Urtubey.
Ustedes tienen un intendente que es uno de los dirigentes más reconocidos de la Argentina. Es un lujo que tiene La Plata y créanme que los bonaerenses lo tienen que compartir y los argentinos también
Tanto Juan Manuel como su hermano, el ex senador nacional Rodolfo Urtubey fueron reconocidos con la distinción de Huésped de Honor de La Plata.
«En este acto hacemos honor al fundamento de esta ciudad, que es cuna de la Unión Nacional», dijo Alak frente a la dirigente de distintas extracciones.
Sobre la creación de la Secretaría de Relaciones Internacionales que estará a cargo de Lipovetzky, el intendente sostuvo: «Era indispensable dar respuesta a las sugerencias de los organismos financieros internacionales que, en momentos de dificultades, nos pueden ser muy útiles».
Dentro de ese esquema, Marcos Urtubey fue designado como subsecretario de Cooperación Internacional e Inversiones y Francisco García Montes como subsecretario de Relaciones Internacionales.
En la comuna señalaron que el objetivo es fortalecer el posicionamiento de la ciudad en el plano internacional, promoviendo vínculos institucionales y potenciando oportunidades de desarrollo productivo, cultural, económico y educativo.
Tras asumir, Lipovetzky trazó su agenda en clara oposición a la alineamiento extremo de la administración Milei con Estados Unidos.
«Desde La Plata tenemos mucho para aportar; debemos aprovechar las oportunidades que nos da el mundo y ser amplios en cuanto a los vínculos, no enfocándonos en hacer seguidismo hacia un país determinado», dijo.
Y agregó: «La agenda internacional ha dejado de ser un tema exclusivo de los Estados nacionales. El desarrollo de los municipios y de las regiones hace que la integración sea un tema de importancia para las ciudades. Las relaciones internacionales son amplias y debemos priorizar el interés platense y bonaerense».
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