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COMUNIDAD RECICLADA

El ser reciclado y un tesoro en la basura.

Nada puede reciclarse sin reciclarse a uno mismo; la idea de consumir lo mínimo utilizando lo que “ya está y fue desechado” aparece como una alternativa de consumo saludable para el planeta, más aún si el consumo es socialmente compartido. Por eso hablaré de Comunidad Reciclada,  pero ¿puede suceder en grande si no ha sucedido en pequeño?

La crisis global energética y el problema de la basura (la generación constante de toneladas de desechos fabriles y hogareños) hacen imprescindible empezar a torcer el rumbo del sobreconsumo y generar ideas alternativas. Replantearnos como consumistas puede ser el primer paso.

Somos seres sociales, compartimos sistemas de vida, generamos basura conjunta… pero, ¿la reciclamos en común?

Simultáneos, en el mismo tiempo y espacio, transcurren diferentes estilos de vida, pero aunque los actores estén viviendo al unísono, la relatividad de los hechos diferencian a unos y a otros.

Existe una estructura productiva que nos rodea, veloz, eficiente, fría y calculadora. Una estructura en la que estamos inmersos de un modo u otro. Pero emana de esa estructura otra que nace por comparación y en consecuencia: allí estamos los que vamos más lentos recorriendo el mismo camino. Una especie de contraste, la tendencia de una búsqueda del equilibrio.

ABRIR EL COFRE

Una comunidad reciclada como idea o proyecto aspira que sea posible una elección de vida donde reciclemos, recuperemos y reutilicemos, revalorizando e imitando lo que la madre natura hace tan sabiamente: transformar, generar, integrar, en constante y equilibrado flujo. Intenta restaurar valores como el respeto por la naturaleza, en todas sus manifestaciones y sin considerar el hombre como eje, sino como parte.

Esta estructura en la que vivimos, aparentemente perfecta (para algunos), impera y se impone; sin embargo desconoce el tesoro de origen como tal y lo maltrata, lo devasta. Terminamos comiéndonos la cola como gato loco, en un paranoico sistema consumista.

La meta de esta Comunidad sería reacomodar lo que está en desuso dándole un nuevo fin para que no se transforme en basura y para no generar más basura al construir o fabricar del modo tradicional, o simplemente vivir como vivimos. Un desafío ecológico y de reutilización del espacio en pos de generar trabajo, dignidad y un medio ambiente más sano y ordenado. Hay vastos ejemplos de comunidades similares en el mundo que surgen ante la crisis de sobreconsumo del planeta.

Para concretar esta idea se necesita solamente tierra y las mismas energías que tuvieron los pioneros que vinieron a quedarse a este hermoso valle; pero también se necesitan autoridades e instituciones con la “cabeza abierta” despojados de prejuicios con la capacidad de absorber y analizar nuevas ideas.

ZAPATERO A SU ZAPATO

En nuestra sociedad hay escuelas sin bancos y por otro lado hay sillas que sobran o están rotas. Hay computadoras viejas para algunos, nuevas para otros. Vidrios en desuso y gente con ventanas tapadas con cartón. Hay gente sin oficio y gente que quiere transferir su arte. Solo hay que ordenar algunas cosas ¿Por qué un hombre que sabe y disfruta haciendo una huerta y crando animales debe manejar un taxi? ¿Por qué una mujer que sabe hilar y tejer debe trabajar de empleada doméstica? Si son más productivos en sus oficios y se sienten mejor… ¿Por qué deben cumplir otra función?

Todo este mundo puede existir y, aunque no lo parezca, muchos pensamos parecido. Se puede ir en paralelo y se puede bajar la velocidad ¿Quién no se quiere bajar del tren?

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    Cada vez que cambia un siglo o un milenio reaparece la misma pregunta: ¿hubo un “año cero” entre el 1 a. C. y el 1 d. C.? La respuesta corta es no. Pero la historia detrás de esa ausencia revela una compleja mezcla de religión, matemáticas, astronomía y tradición historiográfica que todavía genera debates entre especialistas.

    Por Alcides Blanco para NLI

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    En el calendario que domina la vida moderna —el gregoriano, heredero del juliano romanono existe el año cero. Después del 31 de diciembre del año 1 a. C. siguió directamente el 1 de enero del año 1 d. C..

    Esta particularidad tiene una explicación histórica. El sistema de datación “Anno Domini” (Año del Señor) fue elaborado en el siglo VI por el monje Dionisio el Exiguo, quien intentó calcular el año del nacimiento de Jesús para reemplazar los calendarios basados en emperadores romanos. Pero Dionisio no incluyó el cero, porque en la cultura matemática europea de su tiempo los años se contaban empezando en uno. En la mentalidad latina, el cero no existía como concepto: los romanos no tenían símbolo para el vacío y contaban los años como posiciones en una lista ordinal. Antes del “primer” año, simplemente no había nada.

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    La mayoría de los historiadores coincide en que el año cero nunca existió en la cronología histórica tradicional, pero el debate surge cuando se comparan disciplinas. El historiador del tiempo Anthony Aveni señala que los sistemas cronológicos antiguos no eran matemáticos sino narrativos, por lo que “los años se numeraban como reinados o ciclos, no como secuencias abstractas”.

    Los astrónomos, en cambio, sí utilizan un año 0 en sus cálculos modernos. En la cronología astronómica, el año 0 corresponde al 1 a. C., el año −1 al 2 a. C., y así sucesivamente. Este sistema facilita los cálculos matemáticos con fechas antiguas. El historiador de la ciencia Jacques Le Goff resumía la situación con ironía:“La historia vive sin el año cero; la astronomía no puede trabajar sin él.”


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    Algunos calendarios modernos o científicos —como ciertas cronologías astronómicas o calendarios reformados— lo utilizan porque facilita las operaciones matemáticas y la continuidad numérica.

    Incluso hay calendarios históricos que comienzan explícitamente con un año 0, como algunas eras astronómicas o sistemas de datación modernos diseñados para evitar el salto entre el 1 a. C. y el 1 d. C. Pero la tradición occidental heredada de la Edad Media nunca adoptó ese criterio.


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    Notas

    1. La cronología “Anno Domini” fue creada en el siglo VI por Dionisio el Exiguo.
    2. El sistema se difundió en Europa gracias a la obra histórica de Beda el Venerable en el siglo VIII.
    3. El calendario gregoriano —vigente desde 1582— heredó la ausencia del año cero del calendario juliano y del sistema medieval de datación.

     

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