Sensible coral sobre un océano de baba, ha de llamarse a esa lengua zigzagueante que los tantea de vez en cuando, y así también poder acariciar cuando lo desea a la prometida tierra de encía, en donde ellos echan sus flamantes raíces…

Poder delimitar su textura, su espesor, su manera de estar en el inicio del tubo digestivo; y sí, diente, tú eres el único hueso que te atreves a salir a la intemperie de una realidad a veces cruel, a veces amena, pero casi siempre mortífera.

Resistir a las bacterias dañinas, a las caries, a las quebraduras, a putrefactas gingivitis, y a las caídas más abruptas por un tiempo que pasa con su serrucho de pardos segundos.

¡Oh, diente! Tú que haces incisiones, que puedes moler, rasgar, apretar, tener y retener, y hasta elaborar un juicio crítico sobre lo que hay o no hay que comer, allá en los lisos confines de tu boca.

Manuales de Odontología para aprender a saber si un diente se comporta de forma lógica en su entramado nervioso; o sea, si es un premolar tan obsesivo que se lava el esmalte cada cinco minutos, o si el canino es un psicópata que tiene una cuenta bancaria en un paraíso fiscal y encima todos lo saben pero igual lo votan como presidente, o si esa muela perdió la cabeza por un tipo muy ardiente, o si el de leche alucina con que Boca sale campeón de la Supercopa, e incluso si el incisivo es un anarquista que tira granadas, manzanas o bombas…

Podemos intuir que gracias a ti, ¡oh, diente! Han aparecido: vampiros, sofisticados dentífricos, vasitos de plástico para el consultorio odontológico, bonitos espejos, ultrablanqueadores, precisos tornos y pinzas, sonrisas capciosas, mecánicos dentales, entes para el estudio de la Filosofía Analítica, hilos dentales o palillos, incisos imperativos que forman parte de algún protocolo, boxeadores de buena pegada, dentaduras postizas, arquitectos afines, chanchos que intuyen la muerte, oportunos soplidos, sensuales mordiscos y un muy caro tratamiento de conducto.

Y no te creas diente que voy a terminar este circunloquio con un enfoque antropodentario, porque si aquel pájaro voló muy alto y perdió los dientes en su plumífero viaje; allá abajo…, un tiburón espera con ansias para mostrarle al hombre que tiene mejores dientes, y que además puede triturar cualquier despiadado egocentrismo antropológicamente humano.

Imagen de portada: Salvador Dalí. Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes de despertar, hacia 1944. Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid. © Salvador Dalí, Fundació Gala-Salvador Dalí

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