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Árida, un nuevo proyecto editorial del IUPA.

Árida es un proyecto de diseño editorial digital que tiene por fin crear una revista de circulación en internet, destinada al público en general y la comunidad educativa del IUPA, y dispuesta para narrar la esfera cultural local, regional, nacional e internacional desde los recursos que permite la conectividad global, el acceso a los productos culturales y los procesos de creación artística.

Árida nace en el medio de la cuarentena y busca cumplir con el objetivo de pensar contenidos divulgativos que contribuyan a la formación artística y permitan reponer lo que ocurre extra curricularmente: la formación fuera del aula como lema. 

La revista se funda sobre el manifiesto expreso de que “En algún árido sur nace un río que llega al mar. Rodeando pueblos y ciudades, que son testigos de su pasar, el río avanza surcando al tiempo. Porque el tiempo pasa y el río, con su danza y su música, es el mismo. A su alrededor, un valle de colores acompaña las pinceladas de otoños primaverales y veranos con viento sur.  La danza y la música del río, las pinceladas sobre el valle y la letanía del viento sur se hacen uno en el gran escenario patagónico que, visto así, de árido no tiene nada. O quizás, lo tiene todo.”

A partir del martes 25 de agosto estará disponible la primera edición de la revista digital desde este enlace

http://iupa.edu.ar/

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  • Endeudados pero fieles

     

    G. debe once millones de pesos en la tarjeta. Durante meses pagó el mínimo, después se atrasó y tuvo que refinanciar. Una de sus hijas perdió el trabajo y también quedó endeudada. A las dos las llaman los acreedores. “Tenemos una persecución ahí”, cuenta. Maestra de San Miguel, en el conurbano bonaerense, y dueña de un pequeño emprendimiento familiar, usó la tarjeta para sostener el colegio de sus hijas y el auto con el que va a trabajar: el nivel de vida. Hoy el pago mensual de la deuda equivale a la mitad de su sueldo.

    La situación le produce angustia, pero no modifica su apoyo a Javier Milei ni la lleva a reclamar que el Estado intervenga. “A mí nadie me puso una pistola en la cabeza y me dijo que pida préstamos o me financie”, dice, retomando casi literalmente la respuesta del presidente cuando le preguntaron por las familias endeudadas. Reconoce que “el problema base es que uno no llega a fin de mes”, pero se responsabiliza por haber usado demasiado la tarjeta y confía en que Milei arreglará una economía destruida por los gobiernos anteriores: “El presidente no tiene la culpa, el Estado no tiene la culpa. Sé que se está arreglando este desastre en el que estábamos todos hundidos”.

    A muchos de ellos, según nos contaron a fines de agosto, la deuda los afecta, a veces de manera dramática. ¿Cómo impacta esto en su adhesión política?

    La historia de G. condensa una paradoja que atraviesa a una parte de los votantes del “núcleo duro”, es decir, quienes eligieron a Milei en primera y segunda vuelta. Esta conversación es parte de una investigación que iniciamos en julio de 2024. Seguimos a cinco grupos de estos votantes mediante contactos periódicos a través de grupos de Whatsapp. A muchos de ellos, según nos contaron a fines de agosto, la deuda los afecta, a veces de manera dramática. Reconocen que dejó de ser una decisión excepcional para convertirse en el recurso con el que se pagan alimentos, servicios y gastos cotidianos. Pero ese reconocimiento no conduce necesariamente a pedir una regulación estatal ni a revisar su adhesión política.

    No se trata de votantes indiferentes a lo que ocurre. En los grupos hablan de salarios que no alcanzan, de clientes que dejan de pagar, de familiares perseguidos por financieras y de préstamos digitales tomados para cubrir otros préstamos. La novedad está en cómo ordenan esas experiencias. Un mismo participante puede describir una economía que empuja a las familias a endeudarse y, pocos minutos después, defender que cada deudor se haga cargo de esa situación sin ayuda pública. Muchos de estos votantes cruzaron un puente: dejaron atrás la expectativa de que el Estado se ocupe y llegaron a la orilla de una crítica radical a su intervención. Del otro lado, la deuda aprieta pero no basta para desandar el cruce.

    ***

    La morosidad de los hogares creció con rapidez y el tema se instaló en la agenda pública. El Banco Central informó que la mora de las financiaciones a las familias pasó del 2,94% en febrero de 2025 al 12,8% en junio de 2026. En el Congreso se acumularon proyectos de refinanciación, regulación del crédito y desendeudamiento. El Gobierno rechazó intervenir: “¿Les pusieron una pistola en la cabeza?”, preguntó Milei. Para el presidente, las deudas son acuerdos entre privados, y asistir a quienes no pueden pagarlas significaría trasladarles el costo a los demás.

    La Argentina conoció otras coyunturas en las que las deudas ingresaron en la esfera pública. Durante la expansión del consumo de 2003–2015, el crédito fue vivido principalmente como una vía de acceso a bienes y bienestar. Mientras las cuotas pudieran integrarse al presupuesto doméstico, la deuda se narraba como inclusión y movilidad, no como agravio, y no produjo un movimiento nacional de deudores de consumo, como investigaron Mariana Luzzi y Ariel Wilkis.

    Los hipotecados UVA muestran una trayectoria diferente. Aunque la mora se mantuvo comparativamente baja, la indexación del capital, la pérdida salarial y la sensación de pagar sin dejar de deber alimentaron una organización nacional. La politización se apoyó en una figura moralmente legítima, el deudor que seguía pagando; un bien socialmente valioso como es la vivienda única y una responsabilidad identificable: haber confiado en una política estatal cuyas condiciones se volvieron insostenibles. La politización feminista realizó otra operación. La consigna “Vivas, libres y desendeudadas nos queremos” reunió obligaciones heterogéneas como tarjetas, alquileres, servicios, créditos informales y deudas familiares para mostrar sus efectos comunes sobre la autonomía y los cuidados. Su intervención buscó “sacar la deuda del clóset”: volver colectiva y narrable una experiencia habitualmente procesada mediante vergüenza y culpa, como investigaron Luci Cavallero y Verónica Gago en Una lectura feminista de la deuda: ¡Vivas, libres y desendeudadas nos queremos! (Tinta Limón)..

    Estos antecedentes muestran que endeudarse no conduce por sí mismo a la politización. Es necesario que la experiencia se desprivatice, que aparezca una interpretación compartida de sus causas, que se identifiquen actores responsables y que alguna organización traduzca la experiencia en una demanda. La coyuntura actual combina una extensión potencialmente mayor con una articulación más difícil: no existe un único contrato ni un bien visible que defender, sino tarjetas, préstamos personales, billeteras virtuales, servicios impagos y deudas informales destinadas, cada vez más, a sostener gastos corrientes. Esta dispersión dificulta la construcción de una identidad común, pero también vuelve menos plausible que todas las deudas puedan explicarse como decisiones plenamente libres.

    Gobierno y oposición suelen extraer conclusiones opuestas de esta situación. El oficialismo confía en que la deuda es un asunto individual que no erosiona su base. Parte de la oposición imagina que las cuotas impagas y los resúmenes de tarjeta contienen el principio de un desencanto. Nuestro seguimiento longitudinal de votantes mileístas muestra un panorama menos lineal. El Gobierno subestima la preocupación: la mayoría considera que el endeudamiento es un problema, lo padezca directamente o no. Pero la oposición saca conclusiones apresuradas: reconocer un problema común no implica compartir sus soluciones.

    Endeudarse para vivir

    De las respuestas de los participantes surgen tres maneras de experimentar y juzgar la deuda. No son perfiles sociales rígidos, sino posiciones construidas a partir de la situación material, la experiencia del entorno y ciertas ideas sobre responsabilidad y justicia.

    Diez de las veintinueve personas que respondieron sobre su experiencia personal o cercana describieron una situación crítica. Para ellas, el crédito dejó de financiar mejoras o consumos extraordinarios: sirve para comprar comida, pagar servicios o sostener aspectos básicos de la vida familiar.

    S, una enfermera sanjuanina de 50 años que realiza cuidados a domicilio, lo cuenta sin rodeos: “En mi familia la estamos pasando todos bastante mal: endeudados, no llegamos a fin de mes con el sueldo, hay cuentas que no se terminan de pagar, porque alcanza para comer y hasta ahí”. Para poner un plato en la mesa recurren a la tarjeta, a Mercado Pago, a préstamos y a aplicaciones de cuotas como Goucuotas.com..

    Entre estos participantes se repiten las quejas por las tarifas (que además tienen grandes diferencias regionales en el país) y por los salarios, muy por debajo del costo de vida. Un empleado chaqueño pide adelantos para pagar facturas de electricidad de 260.000 o 300.000 pesos. Una trabajadora informal de Villa María, Córdoba, resume: “Hay poco empleo, el poco empleo que hay te lo pagan chirolas y la luz te viene una fortuna”. La deuda no aparece como un contrato abstracto elegido en libertad, sino como la consecuencia de ingresos insuficientes.

    G., la docente citada al comienzo de la nota, explica esto con cifras. Durante meses pagó el mínimo de una deuda de cinco millones de pesos. Cuando dejó de hacerlo, refinanció y el monto ascendió a once millones. El crédito, que primero le permitió sostener consumos cotidianos, comenzó a absorber sus ingresos. Aun así conserva expectativas sobre el futuro: “Sí, me preocupa, pero tenemos la fe y la esperanza de que esto va a mejorar. Queremos que el país mejore”. La esperanza política no elimina la angustia económica; convive con ella.

    La Argentina conoció otras coyunturas en las que las deudas ingresaron en la esfera pública. La deuda se narraba como inclusión y movilidad, no como agravio.

    Un segundo grupo (ocho de los veintinueve) no atraviesa deudas críticas, pero observa el problema y lo considera grave. Algunos lo conocen por su trabajo: comerciantes que escuchan a sus clientes, empleados de agencias de cobro o profesionales en contacto con hogares morosos. “Sé de mucha gente que tiene que comprar comida con tarjeta o sacar crédito para pagar luz y gas”, dice una comerciante de Alta Gracia,  Córdoba.

    V., una joven trabajadora freelance, no conoce personalmente a nadie en esa situación, pero no la atribuye sólo a malas decisiones: “Se endeudan simplemente para llegar a fin de mes con los gastos cotidianos. Creo que es un problema más estructural”. En varias respuestas aparece también la preocupación por los préstamos ofrecidos desde billeteras virtuales. La rapidez y la escasa burocracia facilitan el acceso, vuelven más sencillo tomar deudas sin comprender sus tasas y condiciones.

    El tercer grupo (once de los veintinueve) interpreta el endeudamiento desde una moral de la responsabilidad individual. No registra deudas críticas propias ni cercanas. Algunos relativizan el problema o desconfían de las cifras, que consideran infladas por “los kirchneristas y la izquierda”. “El que se endeuda sabe dónde se mete; después verá cómo sale”, afirma un trabajador de mantenimiento. Haber atravesado deudas y pagarlas sin ayuda se convierte en la prueba de que los demás también pueden hacerlo.

    En estos relatos, el buen deudor ajusta sus gastos, busca otros ingresos y cumple sus compromisos; el mal deudor consume por encima de sus posibilidades y pretende trasladar las consecuencias de sus actos a otros. Una jubilada recuerda que su familia sólo se endeudó para comprar la casa: “Éramos muy conservadores y conscientes: si no teníamos, no gastábamos”. La preocupación por las aplicaciones reaparece, pero ahora como señal de falta de educación financiera o imprudencia personal.

    La distinción no es sólo económica. Es también moral: separa a quienes se adaptan, se privan y cumplen de quienes habrían gastado sin medir las consecuencias. Un jubilado de Lanús, en el Gran Buenos Aires, formula la pregunta que organiza esta mirada: “Yo no me endeudé, ¿por qué hay gente que está endeudada?”. La estabilidad propia se convierte en parámetro para juzgar situaciones muy distintas. Quedan aquí en segundo plano la informalidad laboral, las tasas, la caída de ingresos o la necesidad de financiar gastos básicos.

    La experiencia importa: quienes están asfixiados o ven de cerca la ruptura de la cadena de pagos reconocen con mayor facilidad su dimensión colectiva. Pero no determina por sí sola la posición política. Incluso entre quienes describen un problema estructural persisten el valor del esfuerzo, el rechazo al consumo superfluo y la desconfianza hacia el Estado.

    ¿Quién debe hacerse cargo?

    ***

    Cuando la pregunta pasa del diagnóstico a las soluciones, la posición más extendida es la no intervención. Diecinueve de los treinta participantes que se pronunciaron sobre qué debería hacerse rechazaron que el Estado regule las tasas o refinancie las deudas. Siete defendieron alguna forma de regulación, mediación o prevención pública. Los cuatro restantes describieron el problema, pero no lograron formular una salida clara.

    Para la mayoría antiintervencionista, la deuda es un acuerdo libre entre privados. Rescatarla sería injusto con quienes pagan con esfuerzo y podría reducir la oferta de crédito. F., un estudiante universitario porteño que busca trabajo, advierte: “Regulando las tasas van a lograr que no existan más préstamos, porque los bancos, ¿para qué van a prestarle plata a la gente si después no pueden tener ganancias?”. Teme que, sin crédito formal, sólo queden los usureros.

    C., un albañil cordobés, reconoce que los servicios cuestan demasiado respecto de los salarios, pero insiste en la responsabilidad personal: “No creo que el Presidente sea quien deba hacerse cargo de la deuda de las personas. Cada uno sabe lo que hace, cómo administra su plata”. Otro participante lo formula como principio de justicia: “No tiene por qué el Estado -que somos todos- pagar la indulgencia de otra gente”.

    Esta posición no siempre implica negar la crisis. Algunos participantes aceptan que la gente se endeuda para llegar a fin de mes, pero sostienen que la tarea del Gobierno consiste en estabilizar la economía, bajar impuestos y recuperar los salarios, no en intervenir sobre contratos particulares. La solución es general y futura; las deudas son individuales y presentes.

    Quienes reclaman alguna acción estatal tampoco forman un bloque homogéneo. Sus propuestas van desde regular intereses abusivos y facilitar refinanciaciones hasta incorporar educación financiera en las escuelas. Una psicopedagoga de Lomas de Zamora en el Gran Buenos Aires rechaza la condonación, pero pide protección frente a bancos y prestamistas: “Muchas veces se desconoce cómo el interés va acrecentando la deuda. No que se condonen, pero sí que intervengan en cuanto a los intereses, que son exorbitantes”.

    Las vacilaciones de este grupo son reveladoras. Varias respuestas comienzan aceptando el principio oficialista -el Estado no debería “hacerse cargo”- y luego agregan excepciones. Un joven rosarino reclama campañas de prevención y educación económica. Otros diferencian entre perdonar una deuda y limitar intereses que juzgan abusivos. No abandonan el lenguaje de la responsabilidad individual: intentan complementarlo con alguna forma de protección.

    Gobierno y oposición suelen extraer conclusiones opuestas de esta situación. El oficialismo confía en que la deuda no erosiona su base. Parte de la oposición imagina que contiene el principio de un desencanto. Nuestro seguimiento muestra un panorama menos lineal.

    Otro participante ensaya una distinción: si alguien se endeuda para comprar algo que no puede pagar, el Estado no tiene por qué intervenir; si el crédito se usa para comer o pagar servicios, el problema ya no es sólo individual. En ese caso, propone regular las tasas o facilitar una refinanciación razonable. La responsabilidad personal no desaparece, pero deja de alcanzar como explicación.

    Los cuatro participantes sin una postura definida hablan de informalidad laboral, tarifas, apuestas en línea y falta de acceso al crédito formal. El problema existe y los preocupa, pero no encuentran palabras para convertirlo en una demanda. Esa dificultad también es políticamente significativa: entre vivir una crisis y reclamar una solución hay un trabajo de interpretación que no siempre llega a completarse.

    La deuda y la fidelidad política

    ¿Qué ocurre cuando la deuda afecta directamente a quienes continúan apoyando a Milei? Seis de los diez participantes que describen una situación crítica rechazan la intervención estatal. No niegan el agobio. Lo procesan mediante tres recursos que suelen combinarse: la responsabilidad personal, la confianza en que el plan de Milei dará resultados y la atribución retrospectiva de la crisis al kirchnerismo.

    G., la docente fuertemente endeudada, encarna esa combinación. Sabe que su familia no llega a fin de mes y que la deuda dejó de ser una excepción. Pero retoma el encuadre presidencial: nadie la obligó a usar la tarjeta. Su explicación es individual y colectiva a la vez. Se culpa por no haber administrado mejor las cuentas, pero atribuye la insuficiencia general de los ingresos al “desastre” recibido. El presente la afecta; la esperanza sigue puesta en el Gobierno.

    Otros participantes adoptan el lenguaje de la adaptación. M., trabajador de la industria del plástico, vive al día y recortó salidas y consumos para no entrar en default. Tiene una pequeña deuda por gastos imprevistos, pero se corrige cuando está a punto de lamentarse: “Seguiré viviendo al día, lamentablemente. Bah, lamentablemente no: es el camino también, hay que ser realista”. La rectificación condensa el esfuerzo por integrar la dificultad a una narrativa de sacrificio necesario.

    La identidad negativa, que activa una oposición tajante a todo lo que se asocie con el kirchnerismo, también organiza las responsabilidades. En un trabajo anterior mostramos que muchos votantes de Milei fueron acercando sus interpretaciones a las del Gobierno cuando un tema pasó a ser bandera de la oposición. Ocurrió con los jubilados: aun reconociendo la gravedad del problema, varios respaldaron el veto presidencial a un aumento porque lo leyeron como una maniobra opositora para desestabilizar. Con la deuda sucede algo semejante. La intervención estatal se asocia con el asistencialismo, los planes y el “regalar dinero”; rechazarla confirma la distancia con el kirchnerismo.

    Esto no significa que todos repitan mecánicamente al Gobierno. Los encuadres oficiales resultan eficaces porque se apoyan en disposiciones anteriores: el valor de cumplir, la memoria de crisis pasadas, el enojo con quienes reciben ayudas y el rechazo al kirchnerismo. La imagen de “la pistola en la cabeza” ofrece una forma breve de articular esas disposiciones. Permite reconocer el problema sin trasladar la responsabilidad al Gobierno y mantener abierta la promesa de que el orden macroeconómico terminará mejorando la vida cotidiana.

    Pero el alineamiento no es total ni irreversible. Algunos buscan soluciones intermedias que les permitan sostener el principio de responsabilidad sin aceptar tasas abusivas o salarios insuficientes. Proponen que el Estado ofrezca créditos razonables sin intervenir en los contratos privados. “No digo que regalen la plata”, aclara un trabajador, “sino una tasa normal para la situación actual de la mayoría”.

    S., la enfermera sanjuanina antes citada, tampoco quiere que el Estado pague las deudas familiares, pero exige una relación posible entre salarios y precios: “No podemos estar ganando 3.500 pesos la hora y pagar 16.000 el kilo de carne. No podemos ganar eso y pagar 70.000 o 100.000 pesos de luz, porque el sueldo no alcanza para nada”. Su respuesta no rompe con el ideal de hacerse cargo, pero redefine el problema: la responsabilidad individual sólo puede ejercerse si el trabajo permite vivir.

    La deuda, entonces, abre tensiones dentro del electorado de Milei, pero no produce por sí sola una ruptura. Para una parte de estos votantes, la experiencia negativa se acomoda dentro de marcos ya disponibles: la responsabilidad individual, la herencia recibida, el sacrificio transitorio y la confianza en un futuro ordenado. Para otros, obliga a buscar un punto intermedio entre la no intervención y la necesidad de protección.

    Las condiciones materiales importan, pero no hablan solas. Entre una factura impagable y una demanda política intervienen identificaciones políticas, encuadres asociados a esas identificaciones, ideas de justicia y formas de atribuir responsabilidades. Graciela sabe que no puede seguir pagando la tarjeta y sabe también que no es la única. Aun así, cuando piensa quién debe resolverlo, vuelve a la frase de Milei: nadie le puso una pistola en la cabeza. En esa distancia entre la experiencia compartida y la solución imaginada se juega, por ahora, una parte de la persistencia del apoyo libertario.

    Desde julio de 2024 seguimos periódicamente, mediante cinco grupos de WhatsApp, a votantes que apoyaron a Milei en ambas vueltas de 2023 y en su gran mayoría continuaban respaldándolo en agosto de 2026. Para esta nota analizamos las respuestas de 29 participantes a una consigna sobre endeudamiento y de 30 a otra sobre la posible intervención estatal. Los conteos son descriptivos y no buscan representar estadísticamente al electorado mileísta. 

    La entrada Endeudados pero fieles se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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  • El mendigo millonario

     

    Una investigación producida por Dromómanos con el apoyo del Pulitzer Center.

    En algunos pueblos del norte de Argentina se cuenta la historia de un millonario que vivía como un mendigo. Un hombre que había llegado desde una aldea montañosa de Italia y que se instaló en un rancho al que no llegaban los caminos. Un hombre parco y sin amigos, que apenas se alimentaba y dormía en una cama de hierro oxidada. Un hombre que viajaba en un jeep desguazado y tapizado con bolsas de arpillera hasta su pequeño aserradero, lo único que parecía importarle en el mundo. Un hombre que desaparecía en el monte durante semanas cuando el río crecía. 

    Ese hombre era el dueño de La Fidelidad: una estancia que duplicaba el tamaño de Roma y que valía quinientos millones de dólares. 

    Se llamaba Manuel Roseo. 

    En la mañana del 13 de enero de 2011 fue torturado y asesinado. 

    Quienes cuentan su historia aseguran que nadie llegó a conocerlo en verdad. Y que los enigmas de su vida apenas se comparan con los que dejó su muerte.  

    * * *

    Catorce años después del asesinato de Manuel Roseo me entregan una carta. Es una hoja mecanografiada que se volvió amarillenta y rugosa con el tiempo. Tiene varios nombres tachados y luego escritos a mano con tinta roja. Sobre el costado derecho hay un manchón de algo que parece café volcado. El título es una pregunta: ¿Quién es Manuel Roseo?

    —La escribió el que quizás fue su único amigo —me dice Vidal Mario, un veterano periodista del norte de Argentina—. Poco después de que lo mataran. 

    ¿Es un mendigo o es en realidad un prestanombre? ¿Una víctima o un personaje taimado y ladino? ¿Cómo es que vive míseramente teniendo cultura y fortuna? ¿Será un falso informador de su realidad o un hábil maquillador de la misma? Demasiadas incógnitas si se considera que, según él, desciende de una noble familia patricia romana ya que su madre era vecina y ciudadana del Vaticano. Según dijo conoció allí sobre las intrigas palaciegas tanto como las dudosas muertes de los Papas. Además de ello, fue “enviado” a América para “cuidar intereses” sin saber de qué se trataba…

    La casa de Vidal Mario está en las afueras de Resistencia, la capital de la provincia de Chaco, sobre una calle de tierra ocre que se pega a la chatarra acumulada en los patios. En la entrada a la ciudad hay un tótem de granito que sostiene una inmensa placa de metal grabada con imágenes de serpientes, cóndores e indígenas. Y una frase: Chaco. El secreto de Argentina. Para mayo de 2025 los registros oficiales aseguran que casi tres cuartos de los habitantes de Resistencia viven bajo la línea de la pobreza. En el resto del Chaco los datos escasean. En el norte de la provincia más pobre de Argentina vivía como un ermitaño Manuel Roseo. 

    —Esta historia es algo distinto a todo —dice Mario, que pasa las páginas de un libro donde guarda recortes de sus entrevistas: Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, René Favaloro—. Un millonario viviendo como un linyera, harapiento, no puede ser real. Y, sin embargo, ocurrió. 

    Sobre Manuel Roseo apenas se escribieron un puñado de notas, que se pierden entre rumores y pistas falsas. Dio una sola entrevista, al Diario Norte en el 2000, titulada Hombre rico, hombre pobre. Se lo describe como “una persona con estatura mediana, delgado (como si eso lo ayudara a ser más anónimo), que vestía siempre ropa de operario, zapatos de carpintero y portaba un rostro con un bigote espeso y el cabello entrecano y ordenado con un peinado neutro de raya a un lado”. Al final de esa entrevista, Roseo dijo: “Yo, como no tengo hijos, me puedo dar el lujo de vivir mal”. 

    Manuel Roseo, el mayor terrateniente del norte de Argentina, era un perfecto desconocido.  

    Vidal Mario publicó la única investigación que reúne datos sobre la improbable compra de la estancia La Fidelidad, que a principios de los setenta fue entregada a Roseo por la corporación Bunge & Born, una de las mayores compañías agrícolas y alimentarias de Latinoamérica. Y sobre los préstamos que diez años después el Banco de la Nación Argentina le dio a Roseo y que él nunca pagó. “Un decreto del presidente Carlos Saúl Menem —escribió Mario en esa nota— lisa y llanamente le perdonó a Manuel Roseo una deuda de cinco millones de dólares”. 

    —El hombre que me dio esa información es el mismo que escribió la carta. Roseo le había prometido poderes absolutos para administrar sus campos, pero lo traicionó. Tiempo después lo volví a ver. Estaba muy asustado. Vino a mi casa y se llevó todos los documentos. Ahora está enfermo. Dice que esta historia y esas tierras lo enfermaron. 

    —¿No volviste a hablar con él?

    —Nadie quiere hablar de Manuel Roseo. Hay demasiado en juego. Quién sabe cuántos millones de dólares valen hoy las tierras. Esa carta es un mapa. Pero yo no quise seguirlo.  

    —¿Por qué?

    —En cierta oportunidad recibí una llamada anónima con este mensaje: «Si en algo aprecia su paz y tranquilidad, le conviene que no siga jodiendo con el tema Roseo». Eso fue todo. Me inquietó tanto ese mensaje que nunca más atendí llamadas de un número desconocido. No puedo ayudarte en otra cosa. Llevala, no quiero tenerla más.  

    * * *

    La Fidelidad era uno de los últimos refugios de tierra virgen del bosque Impenetrable, donde hoy funciona el Parque Nacional más grande del norte de Argentina. Doscientas cincuenta mil hectáreas de palosanto, quebrachos y algarrobos repartidas entre las provincias de Chaco y Formosa. Era una fortaleza natural en el Gran Chaco Americano: el bosque seco más grande del mundo, que se extiende hacia Bolivia, Paraguay y Brasil. El río Bermejo, una serpiente de color cobrizo que desemboca en el Paraná, atravesaba  aquella estancia perdida y la conectaba con el océano Atlántico.  

    A finales del siglo XIX, cuando el Chaco no existía como provincia, las tierras pertenecían a Natalio Roldán, un explorador obsesionado con abrir las rutas fluviales que escondía el Bermejo. El Congreso Nacional se las había entregado durante la Conquista del Chaco, la campaña militar que masacró y desplazó a los pueblos originarios del norte de Argentina. Pero Roldán terminó envuelto en una serie de préstamos e hipotecas con su Compañía de Navegación a Vapor del Río Bermejo y en 1913 las tierras fueron rematadas. Las compró Jorge Born, socio fundador de la corporación multinacional Bunge & Born y uno de los hombres más ricos de Argentina. 

    Jorge Born levantó un inmenso casco de estancia en medio del monte, con aljibes y galerías techadas, y casonas para el personal alrededor. Frente al casco, paralela al río, mandó a construir una larga pista de aterrizaje. Llamó a esas tierras con un nombre que en los parajes del Impenetrable se convirtió en un estigma: La Fidelidad. 

    “Mi padre [Jorge Born II] la recorrió varias veces a caballo, durante días. Era tierra de indios. Su propósito era saber si había tierras cultivables. La zona era impenetrable por falta de caminos y era prácticamente imposible combatir el vinal, una plaga arbórea. Los caballos se hacían salvajes. Por eso la vendió a un dólar la hectárea”, dijo Jorge Born III al diario El País en 2017, en una nota titulada La última región salvaje de Argentina

    Un dólar la hectárea. Eso pidió Jorge Born II por una estancia que era una de las mayores reservas de quebrachos colorados y algarrobos del norte argentino, de donde salía la madera para los durmientes que sostenían los ferrocarriles y el tanino que abastecía a las curtiembres de todo el mundo. Una tierra que también alimentó otra clase de ambiciones. 

    Alrededor de La Fidelidad se multiplicaron las perforaciones que buscaban el petróleo que brotaba del Chaco boliviano. Aún hoy se investiga si debajo de ese inmenso territorio se esconde el último tramo del Acuífero Guaraní, la tercera reserva de agua dulce más grande del mundo. En los pueblos del norte se repite que el bosque se volvió impenetrable porque fue comprado y cerrado por políticos y empresarios. 

    En 1972 la estancia pasó a manos de Luis y Manuel Roseo, dos hermanos italianos cuyo único capital era un pequeño taller textil en Buenos Aires. Según una nota del diario Página 12, en una carta enviada a su familia dijeron que tenían un campo tan grande como la Italia. Luis murió en 1984 por una afección cardíaca y Manuel se quedó con La Fidelidad. Desde que la compraron los Roseo, permaneció intacta. 

    A fines de los sesenta, los hermanos Roseo se instalaron en un rancho en El Impenetrable, allí donde no llegaban los caminos.

    A fines del siglo XX, la tala indiscriminada y los incendios en el Gran Chaco dejaron la estancia aislada en medio de un desierto de soja. Los parajes que la rodeaban se convirtieron en pistas de aterrizaje para vuelos clandestinos, que cruzaban desde Bolivia y Paraguay y descargaban cocaína en los montes cerrados. La Fidelidad, uno de los últimos refugios de tierra vírgen del bosque Impenetrable, quedó atrapada en el centro de la lluvia blanca que aún hoy cae sobre el norte de Argentina. 

    * * *

    Antes de que lo asesinaran, Manuel Roseo aseguraba que tenía tantos interesados en sus campos como enemigos. 

    El gobernador de la provincia de Chaco, Jorge Milton Capitanich, había dejado firme la expropiación de una porción de sus tierras y, bajo su nombre, llegaban emisarios para negociar el resto. 

    El millonario y conservacionista estadounidense Douglas Tompkins había puesto sus ojos en La Fidelidad y planeaba convertir la estancia en un Parque Nacional. 

    En la provincia de Santa Fe, Claudio Gómez —”un gitano vendedor de autos”, como lo llamaba Roseo—, había presentado boletos de compraventa con firmas originales, asegurando que la hacienda era suya. 

    Y hasta su casa había llegado Luis Raúl Menocchio, un empresario perseguido por la Justicia de Argentina y de Paraguay por múltiples asesinatos. 

    Manuel Roseo se lo repetía a Nélida Eva Cuellar, la mujer que visitaba por las noches en Juan José Castelli, la última ciudad antes de alcanzar el bosque Impenetrable. En la casa de Nélida, construida gracias a un plan de viviendas sociales, terminaba hablando solo: “Todos quieren La Fidelidad”. 

    Después del asesinato, los vecinos le aseguraban a Nélida: Ustedes son los que siguen. Ella y sus dos hijos: Lucía y Emanuel. En Castelli era un secreto a voces que Lucía y Emanuel eran hijos de Manuel Roseo, el mayor terrateniente del norte de la Argentina. 

    Un perfecto desconocido.  

    * * *

    La mañana del 13 de enero de 2011, el calor brotaba del suelo en Juan José Castelli, una ciudad de veinte mil habitantes en el noroeste de Chaco. Aunque todos los que viven allí aseguran que es un pueblo: los caballos pastan al borde de las calles, los niños juegan a la pelota solos en la noche y los secretos no tienen dónde esconderse. Ese verano la temperatura había superado los cuarenta y cinco grados y la noche no alcanzaba a enfriar la tierra. 

    Lucía Roseo llegó a trabajar unos minutos antes de las ocho de la mañana a la casa donde vivía su papá, en la calle España 365. Era una casa baja con el frente rojo despintado. Al costado tenía una entrada para autos que daba a un jardín donde el pasto siempre estaba crecido. No había rejas y las puertas quedaban sin llave. 

    Hacía una semana que Lucía trabajaba dentro de una habitación en la que apenas había una mesa, un teléfono y algunos cuadernos. Tenía diecisiete años y su papá le había dicho que llevaría las cuentas del aserradero. Tocó la puerta pero nadie atendió. Lucía tenía prohibido entrar si Manuel no estaba. La dueña de casa era una mujer llamada Nélida Bartolomé. Se llamaba igual que su mamá y eso a veces la sorprendía porque esa mujer la odiaba. “Para mí ustedes no son nada de Manuel —le había dicho el primer día—. Si él te quiere hacer trabajar, que te abra la puerta”.

    Esperó sentada en el cordón de la vereda, debajo de una palmera que la protegía del sol. Escuchó la puerta que se abría detrás de ella y vio a un hombre calvo y corpulento, vestido completamente de blanco. “Como si fuese un carnicero”, le diría a la fiscal Juana Rosalía Nis unas horas más tarde.  

    —Buenos días —la saludó el hombre. Se subió al jeep de su papá, que estaba estacionado en la entrada, y encendió un cigarrillo. 

    Unos minutos después otro hombre salió por la puerta. Era morocho y tenía el pelo largo. También iba vestido de blanco. El que estaba adentro del jeep tiró el cigarrillo y los dos entraron en la casa. Ella se enojó y le mandó un mensaje de texto a su mamá: “El pa no me abre la puerta”. Entonces vio el auto de Sergio “Keko” Berg, el secretario de Roseo. Era un joven pequeño y esmirriado que le enseñaba el trabajo. 

    —Ahora te abro —le dijo y se perdió detrás del jardín. 

    Lucía le contaría a la fiscal que escuchó gritos y que por eso se fue. También diría, en otras declaraciones, que no escuchó nada, que tuvo un horrible presentimiento y que por eso volvió en la moto a su casa. 

    Eran las nueve y media de la mañana cuando llegó la policía a buscarla. La subieron a un patrullero junto a su mamá y las llevaron a la Fiscalía de Investigación Penal Nº1 de Juan José Castelli. Antes de dejarlas incomunicadas, les dijeron a secas: “Lo mataron a Manuel”. 

    * * *

    La casa de Nélida Bartolomé, donde fue asesinado Manuel Roseo. 

    Las muertes ocurrieron en un período temporal que se extiende entre las 07.30 y las 08.50. Un número no inferior a tres personas actuaron con violencia extrema sobre la integridad física de las víctimas, quienes se hallaban indefensos y solos en su domicilio. Ese accionar se dio en un intervalo de tiempo prolongado, que causó sufrimiento adicional y una lenta agonía a las víctimas —se lee en el Expediente Nº 56/11-6 del Poder Judicial de Chaco—. Los cadáveres del Sr. Roseo (75 años) y la Sra. Bartolomé (74 años) se encontraron en distintas habitaciones, rodeados de abundante sangre. Las manchas en el piso indicaban que los cuerpos fueron arrastrados. La tortura se concretó con golpes en la zona de la cabeza y el pecho con un objeto contundente, presumiblemente un martillo engomado encontrado en el lugar, que produjeron desgarro del cuero cabelludo, hundimiento y fractura de huesos y la pérdida de piezas dentales. La Sra. Bartolomé murió durante la tortura, maniatada con cables de electricidad, presumiblemente frente al Sr. Roseo. Los ojos y las bocas de las víctimas fueron obturados por la colocación de cinta engomada, para proceder los agresores a la colocación en la cabeza de bolsas de plástico anudadas al cuello con un cinto de cuero, para luego terminar con la vida del Sr. Roseo mediante el procedimiento de estrangulación mecánica. Dicho accionar tuvo el fin de cometer otro delito: el de obtener ilícitamente una firma o impresión digital de Manuel Roseo y la confesión del lugar donde guardaba las Escrituras Públicas de dominio sobre los inmuebles de Chaco y Formosa, la vasta estancia conocida como La Fidelidad. 

    * * *

    Lucía Roseo guarda solo dos fotos junto a su papá, que fueron tomadas el mismo día. En una de ellas observan un álbum familiar, apoyado sobre un mantel de plástico. Las paredes blancas de la habitación están ennegrecidas por la humedad. Sus rostros quedan ocultos. En la otra, los dos miran a cámara. Manuel Roseo tiene la piel clara y un rostro alargado con unos pequeños ojos pardos escondidos. El pelo canoso y el bigote gris recortado con prolijidad. Lleva una campera de lluvia y abajo una camisa marrón de trabajo. Lucía debe tener menos de diez años. El pelo negro recogido y una sonrisa amplia. Él la abraza. Ella parece inquieta y divertida. 

    La segunda de esas fotos estuvo algunas semanas en el perfil de la cuenta de X de Lucía. En uno de sus pocos posteos, del 10 de julio de 2025, escribió: La publicidad en la radio donde invitan a visitar el parque nacional el impenetrable al finalizar dice “nuestro orgullo”. ¿Orgullo de qué? ¿De la mayor estafa de esta provincia? Si es que no es de todo el país. Parque flojo de papeles, manchado con sangre y atropello a los DD HH”. 

    Manuel Roseo y su hija Lucía Roseo, en las únicas dos fotos que ella conserva junto a su padre. 

    En julio de 2011, seis meses después del asesinato de Manuel Roseo, mientras ella y su familia se escondían en hoteles y departamentos alquilados, el gobierno de Chaco expropió las ciento cincuenta mil hectáreas de La Fidelidad que estaban dentro de la provincia. A los pocos días se inició el proyecto liderado por Douglas Tompkins y su fundación Rewilding Argentina —entonces llamada The Conservation Land Trust— para construir allí el Parque Nacional El Impenetrable, la joya de la conservación en Argentina. Fue inaugurado en agosto de 2017 y las autoridades de Rewilding Argentina aseguraron que estaba destinado a convertirse en “el epicentro del corredor ecoturístico más grande de Sudamérica”. 

    Llevo casi dos semanas en el Chaco cuando recibo un mensaje de Lucía Roseo a través de X: “Si quiere, podemos hablar junto a nuestros abogados”. 

    * * *

    La luz del cielo está sucia y gris cuando llego a la ciudad de Sáenz Peña, ciento setenta kilómetros al norte de Resistencia siguiendo la Ruta 16, que en ese trayecto es una fina línea rodeada de monte y edificaciones sin terminar. Las calles están vacías y carcomidas por las aguas termales. Aquí se ocultaron Nélida y sus hijos cuando mataron a Manuel Roseo. 

    El estudio de abogados Olivieri & Pugacz, donde me citaron, es una construcción de dos plantas con ladrillos pulidos y palmeras que asoman desde un jardín interior. Un pequeño castillo rodeado de casas bajas, perforadas por un sol blanco y terrible.  

    Lucía Roseo llega a la entrevista junto a su madre Nélida. Su hermano Emanuel prefirió no ser parte. Me explican que nació con mielomeningocele, una malformación congénita que está tipificada como la forma más grave de espina bífida. Cuando mataron a Manuel Roseo tenía ocho años. “Todavía le hace muy mal este tema”.     

    Lucía y Emanuel Roseo entran a La Fidelidad por primera vez en 2012, un año después del asesinato de su padre.

    Luego de contarles sobre mi trabajo, aceptan que conversemos los tres solos. Lucía tiene treinta y dos años y es abogada. Acaba de abrir un estudio donde tramita causas civiles y familiares. Es una mujer esbelta, de piel trigueña y perlada. Lleva zapatos, un jean suelto y una remera beige que hace juego con un chaleco azul marino. El pelo negro cae suave y resalta una frente despejada. En sus ojos amplios y redondeados se percibe una dignidad contenida. Durante toda la entrevista, Lucía le cebará mate a su madre.    

    —Hubo un plan para matar a mi papá y para sacarle sus tierras —dice con una voz endurecida que se irá revelando dulce y tímida—. Ese plan salió mal porque aparecimos los hijos. El gobierno y Tompkins hicieron un Parque Nacional en una estancia que es nuestra. Hoy seguimos en juicio y ellos no pueden pagar lo que nos sacaron. Desde que mataron a mi papá a nosotros nos quieren borrar del mapa. La gente cree que yo descubrí que era mi papá cuando lo asesinaron. Pero fue mi papá siempre. A pesar de que no teníamos el apellido de él. 

    —¿Por qué no tenían su apellido? 

    —Yo siempre le pregunté, porque cuando iba a la escuela todos mis compañeritos tenían el apellido del papá y yo el de mi mamá. Él nos decía que tenía muchos enemigos y que era mejor si estábamos lejos. Pero venía todos los días a mi casa y hacíamos la tarea y nos llevaba al aserradero. Cuando cumplas los dieciocho te voy a poner mi apellido, me había prometido. Era como mi regalo de cumpleaños. Pero a él lo mataron un mes antes de mi cumpleaños. 

    —¿Qué pasó esa mañana? ¿Por qué te fuiste de la casa? 

    —Yo sentí que tenía que irme. ¿Por qué? No sé. Después me castigué mucho. ¿Por qué no avisé a un vecino? ¿Por qué no llamé a la policía? Pero si yo entraba en la casa a mí me mataban. De ahí no salía nadie. Por eso a mí siempre me llamó mucho la atención que no se investigara más al secretario de mi papá. Fue el único que quedó vivo. 

    Nélida Eva Cuellar se acerca a su hija y le dice algo al oído. Es una mujer de rostro moreno y amplio, que parece maleable cuando sonríe con vergüenza y los ojos negros se le achican. Al comienzo de la entrevista lloró, cuando le pregunté cómo había conocido a Manuel Roseo, y se quedó en silencio hasta ahora. 

    —Mi mamá te quiere contar —me dice Lucía.   

    * * *

    A las nueve y media de la mañana del 13 de enero de 2011, la policía de Juan José Castelli cerró los ingresos a la ciudad. Media hora antes habían recibido el llamado de una mujer que hacía trámites para Nélida Bartolomé y que encontró los cuerpos en la casa. “El auto de Keko se iba cuando yo llegué”, dijo en ese llamado. Al mismo tiempo que se aceleraba un cerrojo en toda la provincia, la policía emitió un pedido para “localizar y secuestrar el automóvil Chevrolet Aveo negro patente JEO137 y la aprensión de sus ocupantes”. 

    A las diez de la mañana recibieron un llamado desde la comisaría de Tres Isletas, un pueblo ubicado cincuenta kilómetros al sur de Castelli. El auto que buscaban estaba abandonado en un camino rural que bordeaba una plantación de algodón. Al costado habían cavado una fosa. 

    Sergio Berg apareció caminando con una bolsa negra de plástico atada en el cuello. Respiraba con dificultad y tenía una herida abierta en la cabeza. La policía lo llevó esposado en una ambulancia hasta el Hospital General Güemes de Juan José Castelli. 

    Cuando llegué a la casa la saludé a Lucía y me fui a la puerta de atrás. Intenté abrir pero estaba cerrada con llave. Me abrieron desde adentro y cuando entré recibí un golpe muy fuerte en la cabeza —relató Sergio Berg a la fiscal Juana Rosalía Nis en su declaración judicial, al día siguiente de ser encontrado—. Me caí al piso y me pegaron varias veces más con una especie de martillo de goma y yo grité. Me encintaron los ojos, las manos y la boca y me dejaron ahí tirado. Yo escuchaba voces que decían “Raúl, Raúl, ¿la metemos a la piba?”. Y escuchaba la voz tartamuda del hombre que daba las órdenes. Después me desmayé. 

    Me desperté adentro de un baúl, que me di cuenta que era mi auto por las cosas que llegué a tocar. “Hay que hacer un pozo y enterrarlo”, dijo alguien que iba en el auto. Me bajaron y yo ya no podía respirar porque tenía la bolsa pegada a la cara y ahí me tiraron en un pozo. Escuché que uno decía por teléfono: “El hijo de puta de Raúl no atiende”. Y se fueron. Sentí que me estaba por desmayar de nuevo. Pude romper la bolsa con los dientes y la lengua y cuando pude respirar me levanté. Yo sabía quién era ese Raúl. Raúl Menocchio había estado hacía una semana en lo de Manuel y quería comprar La Fidelidad. Y tenía esa misma voz, la voz tartamuda que daba las órdenes. 

    * * *

    Nélida Eva Cuellar conoció a Manuel Roseo en la misma casa donde lo mataron: la casa de Nélida Bartolomé. Había llegado a Juan José Castelli desde una localidad rural llamada Villa Río Bermejito, en el interior del Impenetrable. Buscaba trabajo y tenía el sueño de terminar la escuela primaria. Nélida Bartolomé la contrató para cuidar a su madre. 

    —Allá en el ranchito a nosotros solo nos llegaba la radio y yo quería aprender a leer y a escribir y me fuí —dice Nélida—. Empecé a cocinar y a estar con la señora y a veces venían familiares y yo me tenía que salir para afuera y sentarme sola. Y Manuel se salía para afuera también. Y así charlábamos, aunque casi siempre hablaba él solo. Igual nos fuimos entendiendo. Él era más grande. Me llevaba como treinta años. 

    Manuel Roseo nació el 14 de febrero de 1935 en la ciudad de Roma, Italia. Su familia provenía de San Gregorio da Sassola, un pueblo de mil quinientos habitantes escondido entre montañas y volcanes en la región de Lazio: el antiguo corazón del Imperio romano. Los datos que conseguiré en la Dirección Nacional de Migraciones indican que ingresó en Argentina el 25 de enero de 1957, poco antes de cumplir veintidós años. Lo que sigue, lo que me contarán Lucía y Nélida y lo que escucharé de abogados, fiscales y jueces y de aquellos que lo conocieron, podría llamarse la historia oficial. 

    Luis Roseo, el hermano mayor de Manuel, es el primero en llegar a la Argentina. Un hombre “visionario” que a principios de los cincuenta abre un taller textil en San Martín, provincia de Buenos Aires. Manuel llega de Italia para trabajar con él. A fines de los sesenta Luis lo convence para “cambiar de vida”. Entregan su taller textil a la corporación Bunge & Born, a cambio de La Fidelidad. Viven en el casco de la estancia durante algunos años. Luis se pone en pareja con Nélida Bartolomé y los hermanos se instalan en su casa. Intentan cosechar algodón en La Fidelidad pero el río inunda sus cultivos. Luego piden préstamos bancarios y compran miles de vacas y toros de raza y los pierden en el monte. Luis muere en agosto de 1984, producto de una enfermedad cardíaca. Manuel decide seguir el sueño de Luis y se queda con las tierras, pero las mantiene vírgenes. Consigue permisos para talar una porción mínima de quebrachos y algarrobos y abre un aserradero con el que apenas subiste. Recibe ofertas millonarias de empresarios, políticos y magnates, pero nunca vende La Fidelidad.  

    —Hay muchas preguntas sobre mi papá —dice Lucía—. ¿Por qué teniendo tanto patrimonio llevaba la vida que llevaba? ¿Por qué no vendió y con esa plata prosperaba? Eso solo lo sabía él.  

    —¿No se lo preguntaste?

    —Antes de que lo mataran él decía que quería vender, pero que nadie le iba a pagar lo que valían las tierras. Él le había prometido al hermano sacar adelante La Fidelidad. Yo creo que no se podía desprender de las tierras por esa promesa. 

    Lucía me ofrece un mate y le paso la carta que me entregó Vidal Mario. La lee y me la devuelve en silencio.  

    —¿Quién era tu papá? 

    —Yo de esto del Vaticano no sé nada. Yo lo que te puedo contar es que él era muy solitario y con nosotros venía y se descargaba. Todo es plata, plata, plata, decía. Y que la plata se le iba toda en pagar impuestos. Me decía que estudie porque lo que yo tenía acá (se señala la cabeza) no me lo podían sacar. Él nunca quería estar presente en navidades, cumpleaños. Le decías feliz cumpleaños y te respondía no, no. Una vez le compré una libreta por el día del padre y ni siquiera me la recibió. Es como que quería pasar desapercibido. 

    —¿Nunca les habló de su familia en Italia?

    —Contaba que pasaron mucho hambre en la Segunda Guerra Mundial, siendo él muy chico, y que allá en Italia iban a un campo a cosechar fresas. Él quería estudiar ingeniería. Lo que no me ayudó fue la cabeza, decía. De Italia vino a Argentina en un barco que pasó por África. Yo nunca lo vi rezar a mi papá. Me mandó a un colegio religioso porque no quería que yo pierda clases por los paros docentes. Yo conocí La Fidelidad después de que lo mataron. Nunca habíamos salido de Castelli nosotros. Así era nuestra vida. 

    Antes de ser interrogada en la sala de la Fiscalía de Investigación Penal Nº1 de Juan José Castelli, Lucía —que hasta ese momento solo llevaba el apellido Cuellar— le explicó a la fiscal Juana Rosalía Nis que ella era la hija de Manuel Roseo. La fiscal le contestó que necesitaba un abogado ese mismo día. 

    La herencia que dejaba Manuel Roseo, una tierra valuada en quinientos millones de dólares, equivalía a la que en septiembre de 2022 recibieron los príncipes y la princesa del Reino Unido, hijos de la Reina Isabel II. 

    Lo más caro que tenía Lucía Roseo era la moto con la que llegó a la casa de su padre el día del asesinato. 

    * * *

    Desde agosto de 2004 la Justicia de Paraguay perseguía a Luis Raúl Menocchio. Habían pedido su extradición de Argentina y era buscado por Interpol, acusado del doble asesinato de un empresario y una de sus empleadas en la ciudad paraguaya de Fernando de la Mora, cuyos cuerpos baleados fueron encontrados en dos tambores sellados con cemento. 

    El 10 de marzo de 2005 Menocchio fue detenido en la ciudad costera de Itatí, Corrientes, acusado de asesinar a Claudio “Tano” Nozzi, Director Comercial de HBO Argentina. El cuerpo de Nozzi —aseguraban los investigadores policiales— había aparecido fondeado en el río Paraná y comido por los peces. 

    Luis Raúl Menocchio pasó casi cuatro años encerrado en la Unidad Penal N.º 6 de San Cayetano y fue liberado por falta de pruebas el 15 de mayo de 2009. Durante la investigación judicial por el asesinato de Nozzi, la Justicia argentina comprobó que para fines de 2004 Menocchio contaba con diversos documentos y cédulas (incluso tarjetas de supermercados) con distintos nombres —dice el Expediente 7075/5 del Poder Judicial de Corrientes—. El plan para cambiar su identidad se había completado con una serie de cirugías estéticas con las que se modificó el rostro. 

    El 6 de enero de 2011, una semana antes del asesinato de Manuel Roseo, Luis Raúl Menocchio llegó a Juan José Castelli. Se reunió con Roseo, le dijo que quería comprar La Fidelidad y se sacaron una foto juntos. En esa imagen Menocchio abraza a Roseo con su brazo izquierdo. Le saca casi media cabeza. Tiene el pelo fino y un poco revuelto, los ojos claros y una sonrisa alargada. Roseo lleva una camisa a cuadros desgastada, el bigote prolijo y un leve gesto de sorpresa en la mirada, como si no supiera para qué está posando. Detrás de ellos hay dos puertas entreabiertas.

    Cuando terminó la reunión, Luis Raúl Menocchio almorzó con el secretario “Keko” Berg y por la tarde lo llevaron hasta La Fidelidad. 

    Luis Raúl Menocchio abraza a Manuel Roseo, una semana antes del asesianto.

    Unas semanas después, en el norte de Argentina, empezarían a llamarlo El asesino de las mil caras. 

    * * *

    En el camino de vuelta hacia el hotel, después de entrevistar a Lucía Roseo y su familia, recibo una llamada de Oscar “Caíto” Olivieri, uno de los dos abogados que trabajan para ellos. Esta noche nos juntamos con Los Leales, nuestro grupo de amigos, a comer asado. ¿Por qué no te venís? Media hora después estoy otra vez a la entrada de su estudio, que se conecta con su casa por una puerta interior. Tiene un jardín con pileta y detrás un quincho con parrilla, una televisión gigante y una cinta para correr. Sentados a la mesa están un importante juez provincial, un exdiputado nacional, otros dos abogados y Roberto “Cacho” Pugacz, socio de Olivieri. 

    —Esta causa es una caja de Pandora —me dice Olivieri sentado a la cabecera, con una copa de vino en la mano—. Tenés abogados de sicarios que vienen al juicio en aviones privados. Una cónyuge trucha. Los parientes italianos, que llegan con la Embajada de Italia atrás. Un intendente y un juez que trabajan con el asesino. El viejo de la bolsa con un testamento falso. Diputados y senadores que arman estafas. Y, según dicen algunos, terroristas ambientales. De lo que quieras, acá hay. 

    Oscar “Caíto” Olivieri (primero desde la izquierda) y Roberto “Cacho” Pugacz (primero desde la derecha), acompañan a Lucía Roseo y Nélida Eva Cuellar en un peritaje de La Fidelidad. 

    Olivieri es un hombre muy alto y de espalda amplia, encorvado por una leve joroba. Tiene las piernas y los brazos flacos y los ojos celestes cristalinos que se mueven sin parar en su rostro atravesado por cicatrices (Hace unos años me caí de un balcón. Tengo tres vértebras fracturadas y quedé como Scarface). En la ciudad de Sáenz Peña es una suerte de sheriff local, dicen sus colegas. Fue presidente del Consejo de la Magistratura del Chaco, abogado del Partido Justicialista —el más influyente en la historia argentina— y de la Iglesia Católica. 

    —Acá hay algo de lo que nadie quiere hablar. Atrás del Parque Nacional El Impenetrable tenés la estafa procesal más grande de la historia argentina.  

    Para expropiar las ciento cincuenta mil hectáreas de La Fidelidad que estaban en la provincia de Chaco, el gobierno provincial primero debía pagarlas. En julio de 2011, la Junta de Valuaciones de Chaco hizo una tasación que le daba a las tierras un valor aproximado de diez millones de dólares, a razón de sesenta y cinco dólares la hectárea. Pagando ese precio, pasarían a manos del gobierno. 

    —En una hoja escrita a mano, la Junta dijo que cada hectárea de La Fidelidad, con un grado de conservación que no existe en Sudamérica, valía lo mismo que una pizza con fainá —dice Olivieri y se acerca a controlar el fuego en la parrilla. 

    Una coalición de ONGs que incluía a Greenpeace, Banco de Bosques y la Fundación Vida Silvestre lanzó una campaña de recolección y venta de botellas de plástico para juntar el dinero. “Con dos botellas salvamos un metro cuadrado”, decía la consigna. Para salvar La Fidelidad se necesitaban tres mil millones de botellas de plástico: puestas en fila, alcanzarían a darle veinte veces la vuelta al planeta. El filántropo Douglas Tompkins y su fundación The Conservation Land Trust realizaron una donación que cubría casi la totalidad del dinero. En 2014 el Gobierno de Chaco expropió las tierras de La Fidelidad y las cedió para la creación del Parque Nacional El Impenetrable, donde la fundación de Douglas Tompkins —hoy llamada Rewilding Argentina— desarrolla proyectos científicos y de conservación. 

    —Hace quince años estamos en juicio para que paguen el valor real de La Fidelidad. Lo que pagaron no alcanza ni para comprar la tierra de las macetas —asegura Olivieri, mientras un exinvestigador de la policía que está haciendo el asado sirve chorizos en todos los platos—. Esto va a tener un final trágico para Chaco. 

    En octubre de 2025, los peritos oficiales que trabajan dentro de la causa por la expropiación de La Fidelidad tasaron cada hectárea en mil setecientos dólares. Cuando esa cifra sea confirmada judicialmente, el gobierno de la provincia más pobre de Argentina pasará a deberles doscientos cincuenta millones de dólares a los herederos de Manuel Roseo. Eso equivaldría al sueldo de tres meses de todos los médicos, policías, maestros y empleados públicos de Chaco. 

    —Todos los funcionarios tendrían que vender hasta los órganos para pagar y ni siquiera así alcanzaría la plata —dice uno de los comensales y levanta su cuchillo para señalar a Roberto Pugacz—. Cacho, ¿le contaste lo de la momificación?

    * * *

    La Fiscalía de Investigación Penal Nº1 de Juan José Castelli se convirtió en un desfile de abogados. No habían pasado doce horas del asesinato de Manuel Roseo cuando Carlos del Corro se sentó frente a Lucía Roseo. Era un hombre muy bajo con un vozarrón espeso. Había llegado a Juan José Castelli desde la provincia de Salta a fines de los noventa, trabajaba en casos de usurpación de tierras y mantenía vínculos estrechos con la policía. Sus colegas lo llamaban despectivamente el sacapresos del pueblo. Lucía todavía no había logrado hablar con su mamá. Hasta ese momento eran sospechosas del asesinato. Del Corro consiguió lo único que querían. Esa noche las sacó de ahí. 

    Si podía demostrar que Lucía y Emanuel eran los hijos de Roseo, se haría millonario. Algunos años después, en la intimidad, diría que esa noche encontró La gallina de los huevos de oro. Antes de sacarlas de la fiscalía, Del Corro se convirtió en apoderado de la familia. 

    Al día siguiente llamó a un estudio de abogados que tenía fuertes conexiones dentro del Poder Judicial de Chaco: el estudio Olivieri & Pugacz. Escondió a Nélida Eva Cuellar y sus dos hijos en un hotel de Sáenz Peña y pagó a una agencia de seguridad privada para que tengan custodia día y noche. Consiguió una órden de allanamiento para entrar a la morgue de Castelli y junto con “Caito” Olivieri y “Cacho” Pugacz llevaron a Nélida Eva Cuellar hasta Buenos Aires en un avión de línea. Era la primera vez que ella salía del pueblo. Lo único que llevaba, apretado contra su pecho, era una pequeña nevera de plástico.  

    Los tres abogados y Nélida llegaron hasta la Fundación Favaloro, una institución de prestigio internacional que desde 1981 lleva analizadas y comparadas más de cien mil muestras de ADN. Entraron en un laboratorio donde lo único que se escuchaba era el zumbido de las máquinas. Una mujer con guantes y barbijo cortó la faja de seguridad de la nevera y corrió las bolsas de gel congelado.  

    —¿Solo trajeron esto?   

    La noche anterior, en la morgue de Juan José Castelli y delante de los abogados, un médico forense había preparado la muestra. Dentro de la nevera, Nélida llevaba un dedo índice amputado. El dedo de Manuel Roseo. 

    Las muestras cadavéricas de Manuel Roseo que se usaron para determinar que tenía dos hijos no reconocidos: Lucía y Emanuel. 

    Entonces, como me dirá Gustavo Del Corro cuando lo entreviste en su estudio, se desató la tormenta. 

    * * *

    —Unos días después del asesinato fue que nos enteramos de un pedido de… ¿Cómo se decía? —”Cacho” Pugacz hace una pausa y medita mientras mastica un pedazo de chorizo—. ¡Tanatopraxia! Es como una momificación del cuerpo. Así iban a borrar todos los datos genéticos. 

    —¿Quién hizo ese pedido?

    —Creemos que el pedido llegó desde Italia. De las hermanas de Manuel Roseo. La fiscal me quiso meter preso antes de sacar las muestras de la morgue. No sé ni cómo pasamos por el escáner del aeropuerto con un dedo congelado. Nadie esperaba lo que conseguimos. Lucía y Emanuel sacaron del medio a todos los que podían reclamar La Fidelidad. Pero acá no dejan de aparecer conejos. 

    Cuando el gobierno de Chaco hizo el depósito por la expropiación de las tierras y se inició el proyecto del Parque Nacional El Impenetrable, el dinero quedó en custodia judicial. ¿A quién se le debía pagar por La Fidelidad? 

    En la ciudad de Sáenz Peña, Carlos Del Corro había abierto la sucesión de Manuel Roseo a favor de sus hijos no reconocidos: Lucía y Emanuel.  En la ciudad de Juan José Castelli, la Embajada de Italia —a través del abogado Bernardo Saravía Frías, que llegaría a ser Procurador del Tesoro de la Nación— abrió otra sucesión en favor de las dos hermanas y los tres sobrinos de Manuel Roseo, que vivían en la ciudad de Roma. Durante los siguientes años se desataría una guerra judicial por la herencia que hasta el día de hoy sigue abierta. Y donde la familia Roseo no estaría sola. 

    Esther Franchini, la cónyuge trucha según Olivieri, una jubilada de Buenos Aires, presentó un acta de matrimonio con la que aseguraba haberse casado con Manuel Roseo en 1963. Francisco “Pancho” Echeverría, el viejo de la bolsa, un contratista del norte de Argentina, presentó un testamento firmado por Manuel Roseo en el que recibía sesenta mil hectáreas. Y el propio Luis Raúl Menocchio, El asesino de las mil caras, se presentó en el juicio asegurando que, antes de cualquier sucesión, él había comprado La Fidelidad. 

    —Fuimos comprobando todas esas estafas. Cuando sacábamos a uno, aparecía otro. Entonces te das cuenta que atrás hay algo muy grande —dice Pugacz—. La sucesión sigue bloqueada. 

    “Caíto” Olivieri levanta un trozo de carne gruesa y jugosa y la examina.  

    —Allá en Buenos Aires te ponen una carne finita, “banderita” le dicen. Esto es carne de verdad… Como la que le preparaban a Menocchio en la cárcel —se ríe Olivieri.  

    Diez días después del asesinato de Manuel Roseo, Luis Raúl Menocchio fue detenido en La Alondra —”un hotel de diseño recomendado por la Guía Michelin”, como se aclara en su web—, en la ciudad de Corrientes. La policía había intervenido su teléfono y sabía que llegaría allí desde la ciudad de Pinamar, el balneario más exclusivo de la costa argentina. Fue encerrado en la Alcaidía de Sáenz Peña, ubicada en ese momento frente al estudio Olivieri & Pugacz, acusado por el asesinato de Manuel Roseo y Nélida Bartolomé. En pocos días se hallaron en su celda tres teléfonos celulares, una tablet, una televisión con instalación de cable, una ducha y un pequeño mueble vidriado con bebidas alcohólicas. Uno de sus guardiacárceles sería cesanteado por prepararle asados y permitir el ingreso de prostitutas en la celda, que estaba adornada con alfombras.  

    —Hasta usaba la red de wi-fi de nuestro estudio, que nunca supimos cómo consiguió la clave. Un tipo así conseguía cualquier cosa —dice Pugacz, que parece recorrido por un leve temblor cuando habla sobre psicología criminal—. Era un gentleman. Siempre una persona atenta, respetuosa. Nunca manifestó violencia ni nerviosismo durante el juicio. Estaba distendido y se reía, que eso te da un profundo perfil psicópata. 

    En mayo de 2012, mientras permanecía encerrado, Luis Raúl Menocchio fue condenado a cadena perpetua por el asesinato de Claudio “Tano” Nozzi a partir de “nuevas pruebas que permitieron reconocer su cuerpo”, aseguraron los jueces del Tribunal Oral N° 1 de Corrientes. Un año después, el 7 de octubre de 2013, Menocchio —junto a Claudio Alfredo Gómez y Salvador Borda— fue condenado a cadena perpetua por el asesinato de Manuel Roseo y Nélida Bartolomé. Al asesino de las mil caras lo enviaron al Penal de Rawson, una cárcel de máxima seguridad en la provincia de Chubut, el corazón helado de la Patagonia argentina. 

    —¿Hablaste alguna vez con él? —me pregunta Olivieri. 

    —Le escribí una carta antes de este viaje, para entrevistarlo. Pero no me respondió. Nunca habló con los medios desde que está en Rawson.

    —Él se negó a declarar en el juicio. El testimonio de Berg fue la clave, pero quedaron muchas dudas sobre Berg. Creemos que fue un entregador. Los fiscales armaron el caso con él como testigo y no como imputado. Fue una investigación a la americana, que terminó con el homicida perfecto. Y caso cerrado. Pero nadie respondió para quién eran esas tierras. Menocchio, un asesino internacional, no podía ser el dueño. Es como que aparece Al Capone y dice «me voy a dedicar a cuidar a los monos». ¿Para quién estaba trabajando?

    —El abogado Carlos Del Corro se cansó de decir que era “un crímen por encargo” y acusó al exgobernador Capitanich de estar involucrado. 

    —Eso fue una pelotudez. Hace más de cuatro años que no trabajamos con Del Corro y estamos en un juicio, por lo que no voy a hablar al respecto. Pero sí te voy a decir que yo soy amigo personal de Coqui Capitanich.  

    —¿Y no tuviste ningún problema con tu amigo por este caso?

    —No tengo vínculo jurídico ni político, solo amistad. Él nunca me pidió ni me preguntó nada. Y yo tampoco a él. Son códigos. 

    El expolicía que maneja la parrilla apaga el fuego y sirve un helado almendrado y una copa de champagne para Los Leales. Antes de despedirnos, Olivieri me da un apretón de manos y me aclara: 

    —No tengas dudas. Nosotros somos los buenos. 

    * * *

    Después de casi un mes en Chaco acumulo causas judiciales, pericias, expedientes policiales, informes bancarios y una copia de las escrituras de La Fidelidad. Esos documentos muestran grietas aún más profundas en la historia oficial. 

    Según las escrituras de La Fidelidad, Luis y Manuel Roseo compraron las tierras a la Sociedad Anónima Explotación de Campos y Montes del Río Bermejo, una empresa agrícola y ganadera propiedad de la corporación Bunge & Born. La estancia figura como “propiedad de Don Jorge Born”. Los hermanos Roseo pagaron en efectivo. Entre 1969 y 1972, en distintas operaciones, escrituraron La Fidelidad a su nombre por un valor en pesos argentinos que equivalía a doscientos cincuenta mil dólares. Fijan su dirección en Boulogne Sur Mer 333, San Martín, provincia de Buenos Aires. Desde la municipalidad de San Martín, un suburbio fabril y de clase obrera, me informan que esa dirección ya no existe. Les envío el único documento presentado ante la Justicia en donde aparece el posible nombre del taller textil de los Roseo. Es un documento del Banco Nacional de Desarrollo, con fecha del 26 de junio de 1959, donde se indica que recibieron un préstamo de clase “Minero”. El taller podría llamarse “TAPP TEX SRL” o “TAPE TEX SRL”, la imagen está borroneada en ese punto. En la parte superior se aclara el rubro: “Retorcido y enconado de hilados”. 

    Luego de varios días me contactan desde la oficina de Catastro y me dicen: “No existen datos sobre talleres o fábricas textiles con ese nombre. Tampoco propiedades a nombre de Luis o Manuel Roseo”. Y me envían la numeración actual a la que corresponde la dirección fijada en las escrituras. 

    El taller textil que Luis y Manuel Roseo tenían en San Martín, provincia de Buenos Aires. 

    Una mañana fría de octubre estoy frente a un galpón derruido. Alrededor hay fábricas y casas bajas cerradas. Es una edificación de dos plantas ennegrecida por la humedad, que trepa hasta el techo. Las ventanas están rotas y tapadas con cartones. Golpeo varias veces un portón rojo oxidado pero nadie responde. Camino por la cuadra. Las pocas personas que me atienden, a través de las ventanas, me dicen que nunca escucharon el apellido Roseo. El pasado de Luis y Manuel en San Martín parece haber desaparecido por completo. ¿Cómo llegaron a este suburbio, si es que llegaron alguna vez? 

    —Durante la investigación que hicimos descubrimos que el taller que tenían estaba quebrado —me dice por teléfono “Caíto” Olivieri.  

    Cuando a Manuel Roseo le preguntaron por su infancia, en la entrevista que dio al Diario Norte, la describió con una sola anécdota: “Cuando era chico me enteré que en un bar de Roma se podía consumir azúcar libremente. Lo fui a ver, con la ñata contra el vidrio, como dice el tango. No podía creer que el imbécil que estaba en la mesa le ponía solo dos terrones a su café, en vez de veinte”.  

    Ese niño que no tenía plata para pagar una cucharada de azúcar compró una de las estancias más grandes de la Argentina. Cuando lo hizo, su único capital era un pequeño taller textil en Buenos Aires, posiblemente quebrado. En 1972, los hermanos Roseo pagaron por La Fidelidad—según las escrituras— un valor que al día de hoy equivale a dos millones de dólares. 

    Detrás de esa operación dejaron una telaraña de enigmas. 

    ¿Qué conexiones tenían los Roseo para hacer negocios con los dueños de Bunge & Born? ¿De dónde salió el dinero con el que compraron La Fidelidad? ¿Por qué mantuvieron las tierras vírgenes durante cuarenta años? ¿Acaso fueron “enviados para cuidar intereses”, como asegura la carta que me entregó Mario? ¿Por qué torturaron y mataron a Manuel Roseo? 

    * * *

    Semanas después de mi regreso a Buenos Aires recibo una llamada de un número desconocido. Se dispara un mensaje grabado. El tono mecánico y neutro de una mujer me adelanta: esta llamada proviene de un establecimiento penitenciario. 

    —Ho… Hola mi rey —dice una voz alegre, que se traba al principio y luego se acelera—. Soy Luis Raúl… Menocchio. ¿Vos querías hablar conmigo? 

    La entrada El mendigo millonario se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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  • DECLARACIÓN DE INTERÉS: PETITORIO

    Villa Regina, 06 de Octubre de 2020 A la comunidad local:Ante la crisis del sector cultural, agudizado en este contexto de pandemia, donde los trabajadores y trabajadoras de la cultura nos vemos imposibilitados de poder generaringresos genuinos en nuestros espacios de trabajos tanto individuales como colectivos.Los trabajadores de la Cultura de nuestra comunidad, nos reunidos…

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