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ALGUIEN, NADIE Y LOS QUIPUS

Nadie se dirige a la ferretería, sus pasos son ligeros aunque no tiene prisa. Él pretende comprar ocho cuerdas de diferentes colores. Pero, no lo consigue, solo encuentra siete. De todas formas las compra. 

A Nadie le apasiona hacer quipus. Los descubrió en un viaje que hizo al Machu Picchu. Nadie piensa en las posibilidades del quipu, un nudo que pueda sujetar, sostener, salvar, y comunicar. 

Alguien elabora un plan para arrebatarle los quipus a Nadie. No está de más decir que, todo lo que haga Nadie, Alguien está al asecho para arrancárselo.

A Alguien no le basta con ser alguien. Nadie y Alguien son vecinos. A Nadie no le gusta la forma de ser de Alguien (y a la inversa), aunque no por eso se dejan de saludar cada vez que se ven. Alguien da la impresión de estar muy intacto, infalible, resoluto, pero le cuesta mucho sonreír.

Nadie intuye que Alguien trama robarle los quipus. Y lo intuye con fundamentos, ya que le robó con anterioridad: tres nadas, un espléndido pozo sin fin, una falta fisurada por su propia falta, cinco acertijos y una muela picada. Por eso, y para su defensa, Nadie idea un plan.

Los quipus ya están listos, como por ejemplo: el quipu negro con nudos en ocho, escondiendo algo de tiempo. 

Alguien observa que Nadie se va de su casa. Considera que es el momento de robarle los quipus. Salta la tapia y entra por la puerta de atrás. Los quipus están servidos arriba de la mesa, como esperándolo. Los agarra rápidamente y huye…

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Entretanto, y mientras Alguien comete el robo…;  Nadie esboza una alegre mueca, y, recuerda el mensaje oculto en los quipus: «podrás robar y desatar estos nudos, pero no el atado a tu alguien».

 

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