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Actividad en el ‘Día de los Museos’

En el marco del Día de los Museos, se llevó a cabo una actividad junto al Consejo Local de las Personas con Discapacidad organizada por Magalí Catriquir a cargo del Museo local Felipe Bonoli.

En la oportunidad, la museóloga ofreció a los visitantes una charla informativa sobre la historia de la casa que hoy alberga gran parte de la historia de Villa Regina. Además realizó una visita guiada por una de las primeras construcciones que se levantaron en lo que fue la colonia Regina Paccini de Alvear.

Además, Catriquir les presentó la maqueta realizada para que las personas con discapacidad visual puedan apreciar las características de la Casa Museo, tanto en sus dimensiones como en materiales.

Por otro lado, durante este mes el Museo estará abierto al público de lunes a viernes en el horario de 14 a 18 horas para que quienes lo deseen puedan visitarlo, siempre respetando los protocolos establecidos.

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    San Martín y la Patria Grande: el proyecto político detrás del Libertador

     

    José de San Martín no pensaba la independencia como un proyecto aislado para cada territorio. Su estrategia militar y política apuntaba a una América del Sur libre y capaz de decidir su propio destino.

    Por Alcides Blanco para NLI

    Hay una imagen de José de San Martín que la escuela argentina repitió durante generaciones: el general sobre su caballo, cruzando los Andes, espada en mano, conduciendo al Ejército de los Andes hacia la liberación de Chile y, después, del Perú. Es una imagen verdadera, pero incompleta. Porque detrás de aquella extraordinaria operación militar existía una concepción política mucho más amplia que la simple independencia de las Provincias Unidas. San Martín no estaba pensando solamente en liberar un territorio; estaba pensando en impedir que América del Sur quedara nuevamente sometida a una potencia extranjera y en construir las condiciones para que los nuevos Estados pudieran sostener su propia soberanía. Su proyecto no puede separarse de la idea de una independencia continental, de la necesidad de coordinación entre los pueblos americanos y de su permanente preocupación por evitar que las disputas internas destruyeran aquello que la guerra contra España había permitido conquistar.

    Por eso, cuando hoy utilizamos la expresión Patria Grande para interpretar el pensamiento sanmartiniano, no estamos diciendo que San Martín utilizara ese término en el sentido político contemporáneo. Estamos empleando una categoría posterior para describir una idea que aparece de manera reiterada en su actuación: las nuevas repúblicas americanas no podían pensarse completamente aisladas unas de otras. La frontera entre los proyectos independentistas no era para él una frontera política definitiva, sino una circunstancia dentro de una lucha mucho más amplia contra el dominio colonial. El Ejército de los Andes, la liberación de Chile y la expedición al Perú forman parte de una misma estrategia porque, desde su perspectiva, la independencia de una provincia o de un solo país no servía de mucho si el poder español conservaba capacidad militar suficiente para reconquistar el resto del continente.

    La independencia como proyecto continental

    San Martín había comprendido algo que resulta fundamental para entender su estrategia: España podía perder una batalla y seguir siendo una potencia capaz de recuperar territorios. Mientras el centro del poder colonial permaneciera intacto en el Perú, la independencia de los territorios del sur continuaría amenazada. Por eso su plan no consistió en avanzar directamente hacia Lima atravesando el Alto Perú, sino en buscar una vía alternativa: organizar el Ejército de los Andes, cruzar la cordillera, liberar Chile y desde allí avanzar por el Pacífico hacia el corazón del poder español en Sudamérica.

    La operación implicaba una concepción política antes que militar. No se trataba simplemente de ganar batallas; se trataba de modificar el mapa estratégico de todo el continente. San Martín necesitaba que Chile fuera independiente porque necesitaba sus puertos, sus recursos y su posición geográfica para continuar la campaña hacia Perú. Necesitaba que Perú dejara de ser el principal bastión realista porque mientras allí existiera un poder español organizado, la independencia sudamericana permanecería incompleta.

    La correspondencia de San Martín muestra que esta preocupación por la dimensión continental de la guerra era permanente. En sus comunicaciones con otros dirigentes insistía en la necesidad de coordinar esfuerzos y concentrar recursos para terminar con el poder español. Su famosa frase acerca de que la independencia del Perú era necesaria para asegurar la de Chile y la de las Provincias Unidas sintetiza una lógica que atraviesa toda su estrategia: la libertad de cada territorio dependía también de la libertad de los demás.

    Por eso resulta difícil encerrar su pensamiento dentro de las fronteras nacionales que terminarían consolidándose décadas después. San Martín fue argentino, por supuesto, pero su actuación política y militar fue esencialmente americana. Combatió por las Provincias Unidas, pero también organizó la liberación de Chile y condujo la campaña libertadora del Perú. Su horizonte político era necesariamente mayor que el territorio de las Provincias Unidas.

    Contra España, pero también contra cualquier dominación extranjera

    Existe otro aspecto menos difundido de su pensamiento: para San Martín, la independencia no podía reducirse a cambiar una bandera por otra. Una nación que expulsara a un poder colonial para quedar inmediatamente sometida a otra potencia no habría conquistado una verdadera soberanía.

    La cuestión era especialmente delicada porque las guerras de independencia sudamericanas coincidieron con una profunda transformación del equilibrio internacional. Gran Bretaña había adquirido una enorme importancia económica y naval; Francia mantenía ambiciones internacionales; España intentaba recuperar sus antiguas posesiones y Estados Unidos comenzaba a proyectar con mayor fuerza su influencia sobre el continente. Las nuevas repúblicas americanas nacían, por lo tanto, en un escenario internacional en el que su debilidad podía convertirlas rápidamente en objetos de disputa entre potencias.

    San Martín observaba ese escenario con preocupación. Su correspondencia demuestra una permanente atención hacia la situación europea y hacia las posibilidades de intervención extranjera en América. La independencia política debía estar acompañada por capacidad para defenderla. De poco servía proclamar una república si no existían fuerzas capaces de proteger su territorio, sus recursos y sus decisiones.

    En este punto aparece una idea profundamente moderna: la soberanía no consiste solamente en tener un gobierno propio, sino en disponer de la capacidad material para sostener las decisiones propias. Un país políticamente independiente pero económicamente vulnerable, militarmente indefenso o completamente dependiente de potencias extranjeras podía convertirse nuevamente en un territorio subordinado, aunque ya no existiera un virrey español.

    Esa concepción ayuda a comprender por qué San Martín otorgó tanta importancia a la organización militar, a los recursos propios y a la coordinación entre los territorios americanos. La independencia debía poder defenderse.

    El encuentro con Bolívar y el sueño que quedó incompleto

    El episodio que mejor permite observar la dimensión continental del pensamiento sanmartiniano es, probablemente, su encuentro con Simón Bolívar en Guayaquil, en julio de 1822.

    Ambos habían llegado a conclusiones estratégicas similares desde caminos diferentes. Bolívar había impulsado la independencia del norte de Sudamérica y San Martín había construido la campaña desde el sur. Los dos entendían que la derrota definitiva del poder español exigía terminar con el último gran bastión colonial en el Perú.

    Lo que ocurrió exactamente durante aquellas conversaciones sigue siendo objeto de debate histórico. No existe una transcripción completa del encuentro y muchas de las versiones posteriores fueron construidas a partir de cartas, testimonios y reconstrucciones. Pero existe un dato que no necesita de ninguna leyenda: San Martín decidió retirarse del escenario peruano y dejó a Bolívar la conducción militar que terminaría derrotando definitivamente a las fuerzas españolas en Ayacucho en 1824.

    La decisión es extraordinaria porque San Martín no abandonó Perú después de una derrota. Se retiró después de haber construido las condiciones para la independencia y cuando todavía podía aspirar a conservar una enorme influencia política.

    La explicación se encuentra también en su concepción de la independencia. No quería transformar la guerra libertadora en una disputa personal por el liderazgo continental. Había diferencias políticas entre ambos dirigentes y existían cuestiones complejas respecto del futuro institucional del Perú, pero San Martín terminó priorizando una cuestión que consideraba superior: que la independencia pudiera completarse aunque él dejara de ser el protagonista.

    Ese gesto tiene una dimensión política enorme. La historia suele recordar a los grandes líderes por su voluntad de poder. San Martín ofrece una imagen diferente: un dirigente que, después de haber construido una campaña militar extraordinaria, aceptó abandonar el centro de la escena cuando consideró que su permanencia podía dificultar el objetivo principal.

    La Patria Grande que aparece en su pensamiento, entonces, no era solamente una consigna sentimental de unidad latinoamericana. Era también una estrategia concreta de supervivencia política frente a las potencias coloniales y frente a la fragmentación interna.

    Una América unida, pero no necesariamente idéntica

    Hablar del proyecto continental de San Martín tampoco significa convertirlo retrospectivamente en defensor de un único Estado sudamericano. Esa interpretación sería tan simplificadora como la visión puramente nacionalista que lo presenta exclusivamente como héroe argentino.

    San Martín entendía que los territorios americanos tenían realidades políticas diferentes. Su preocupación principal era que pudieran constituirse como naciones soberanas y evitar el retorno del dominio colonial. El objetivo era la independencia, no necesariamente la desaparición de las identidades políticas particulares.

    Por eso su pensamiento puede ser leído como una tensión entre unidad estratégica y diversidad política. Los pueblos americanos podían organizar sus propios gobiernos, desarrollar sus propias instituciones y mantener sus particularidades, pero necesitaban comprender que compartían intereses fundamentales frente a las potencias extranjeras.

    Esa concepción resulta particularmente interesante porque anticipa una discusión que atravesaría toda la historia latinoamericana: ¿cómo construir soberanía nacional sin caer en un aislamiento que vuelva vulnerable a cada país por separado?

    San Martín parecía haber entendido que una América fragmentada podía ser más fácil de dominar que una América capaz de coordinar sus intereses.

    El legado que quedó después de su muerte

    San Martín murió en Boulogne-sur-Mer el 17 de agosto de 1850, cuando las nuevas repúblicas sudamericanas ya llevaban varias décadas de vida independiente. Para entonces, sin embargo, el proyecto continental que había contribuido a construir estaba atravesado por profundas divisiones. Las guerras civiles, las disputas territoriales y las rivalidades entre las nuevas dirigencias habían reemplazado al enemigo colonial como principal fuente de conflicto.

    Aquello que San Martín había intentado evitar se convirtió en una de las grandes tragedias políticas del siglo XIX americano: la independencia no produjo automáticamente unidad, desarrollo ni soberanía económica.

    Las nuevas repúblicas quedaron insertas en un sistema internacional profundamente desigual y muchas de ellas desarrollaron economías orientadas hacia la exportación de materias primas y la dependencia de mercados y capitales extranjeros. La ruptura política con España no significó el final de todas las formas de subordinación.

    Allí es donde el pensamiento sanmartiniano adquiere una dimensión que excede la efeméride.

    Su proyecto no puede ser utilizado como una doctrina política cerrada para el presente, porque San Martín perteneció a otro tiempo, enfrentó otros problemas y no dejó un programa económico moderno en el sentido actual. Pero sí dejó una serie de principios que permiten discutir la idea de soberanía: la independencia como condición indispensable, la defensa de los recursos propios, la coordinación entre los pueblos americanos y el rechazo a que las nuevas naciones fueran simples piezas de las disputas entre potencias.

    Por eso la expresión Patria Grande puede resultar útil si se utiliza con rigor histórico. No para inventarle a San Martín pensamientos que pertenecen al siglo XXI, sino para describir una dimensión real de su acción política: nunca entendió la emancipación americana como una colección de pequeñas independencias completamente desconectadas entre sí.

    Su ejército cruzó los Andes porque la geografía no podía convertirse en una frontera para la libertad. Su campaña continuó hacia Chile porque la independencia argentina era vulnerable mientras existiera un poder español fuerte en el Pacífico. Avanzó hacia Perú porque allí estaba uno de los principales centros del poder colonial. Y finalmente aceptó retirarse porque entendió que la causa podía ser más importante que el hombre que la conducía.

    Tal vez allí se encuentre la parte más profunda de su legado.

    San Martín no imaginó una América Grande solamente porque quisiera verla unida en un mapa. La imaginó capaz de decidir su propio destino.

    Y esa diferencia es fundamental.

    Porque la Patria Grande, entendida desde su experiencia histórica, no significa que todos los países deban ser iguales ni que deban renunciar a sus identidades. Significa comprender que la soberanía de cada uno puede ser más sólida cuando existe cooperación con los demás y que la independencia política pierde buena parte de su sentido cuando las decisiones fundamentales continúan tomándose desde afuera.

    Doscientos años después, el mapa sudamericano sigue dividido en Estados diferentes. Pero aquella pregunta que atravesó la vida de San Martín continúa abierta: si los pueblos que conquistaron juntos su independencia pueden también construir juntos las condiciones materiales para defenderla.

    Ese fue, quizás, el verdadero horizonte político del Libertador.

    No solamente liberar territorios.

    Liberar a un continente de la idea de que su destino debía ser decidido por otros.

     

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    La ciudad argentina que desapareció bajo el agua y nunca volvió a ser la misma

     

    Durante décadas fue uno de los pueblos más prósperos del interior bonaerense. Tenía hoteles, comercios, una intensa actividad turística y miles de visitantes cada temporada. Pero una inundación extraordinaria cambió para siempre su historia y convirtió a Villa Epecuén en una ciudad fantasma que hoy atrae visitantes de todo el mundo.

    Por Redacción de NLI

    Las ruinas de una ciudad suelen asociarse con civilizaciones antiguas o con guerras devastadoras ocurridas a miles de kilómetros de la Argentina. Sin embargo, existe un lugar donde el tiempo parece haberse detenido hace apenas unas décadas. Calles que ya no conducen a ningún sitio, árboles convertidos en esqueletos blancos por la sal, edificios sin techos y automóviles deformados por el agua conforman un paisaje que muchos comparan con un escenario posapocalíptico. Se trata de Villa Epecuén, en el partido bonaerense de Adolfo Alsina, una localidad cuya historia resume tanto la capacidad de progreso del interior argentino como la fragilidad de las obras humanas frente a la naturaleza.

    Un pequeño pueblo que soñó con convertirse en un gran centro turístico

    La historia de Villa Epecuén comenzó a principios del siglo XX alrededor de un recurso natural excepcional: las aguas hipersalinas de la laguna Epecuén, cuya concentración de sal supera ampliamente la del mar. Desde muy temprano se difundió la idea de que esos baños poseían propiedades terapéuticas para aliviar enfermedades reumáticas, afecciones dermatológicas y distintos trastornos musculares. Más allá de las discusiones científicas sobre la magnitud de esos beneficios, el fenómeno alcanzó una enorme popularidad y transformó a la localidad en uno de los principales destinos turísticos del país.

    Durante las décadas de 1940, 1950 y 1960, miles de familias llegaban cada verano para disfrutar de los baños salados. La ciudad creció al ritmo de esa actividad. Se construyeron hoteles, hosterías, restaurantes, comercios y centros recreativos que generaban empleo para buena parte de la región. En su mejor momento, Villa Epecuén llegó a contar con más de un centenar de establecimientos hoteleros y una infraestructura capaz de recibir decenas de miles de visitantes por temporada. Era uno de esos ejemplos de desarrollo regional que demostraban cómo un recurso natural podía convertirse en el motor económico de toda una comunidad.

    Sin embargo, ese crecimiento convivía con un riesgo conocido desde hacía décadas. La laguna formaba parte de un complejo sistema hídrico del sudoeste bonaerense donde las variaciones climáticas podían modificar considerablemente el nivel del agua. Ingenieros y especialistas advertían periódicamente sobre la necesidad de mantener y reforzar las defensas que protegían al pueblo, aunque durante años la amenaza pareció lejana.

    La inundación que borró una ciudad del mapa

    A comienzos de la década de 1980, una sucesión de lluvias extraordinarias alteró el equilibrio de toda la cuenca. Los niveles de agua aumentaron de manera constante y comenzaron a ejercer una presión cada vez mayor sobre el terraplén que protegía Villa Epecuén. Finalmente, el 10 de noviembre de 1985, una parte de esa defensa cedió y el agua avanzó sobre la localidad.

    Lo que inicialmente parecía una inundación más terminó convirtiéndose en una catástrofe sin precedentes. En cuestión de semanas, el nivel del agua siguió creciendo hasta cubrir completamente calles, viviendas y edificios públicos. La evacuación de la población evitó una tragedia humana de mayores dimensiones, pero significó el abandono definitivo de una ciudad que había tardado más de medio siglo en construirse.

    Con el correr de los años, la laguna llegó a cubrir Villa Epecuén con varios metros de agua. Allí quedaron automóviles, muebles, hoteles enteros y recuerdos de miles de familias que nunca pudieron regresar. Durante casi dos décadas, el pueblo permaneció oculto bajo la superficie, convertido en una especie de Atlántida bonaerense cuya existencia sobrevivía únicamente en fotografías y relatos de antiguos habitantes.

    El regreso de las ruinas y la memoria de un pueblo

    A partir de los primeros años del siglo XXI, un prolongado descenso del nivel del agua comenzó a revelar lentamente las estructuras que habían permanecido sumergidas durante años. El paisaje que emergió sorprendió incluso a quienes habían vivido allí. La acción combinada del agua y de la sal había transformado completamente la ciudad. Los árboles aparecieron blanqueados como esculturas minerales, las paredes conservaron apenas sus esqueletos de hormigón y muchos objetos quedaron cubiertos por gruesas capas de cristales salinos.

    Lejos de desaparecer del imaginario colectivo, Villa Epecuén encontró una nueva forma de existencia. Fotógrafos, documentalistas, historiadores y turistas comenzaron a visitar las ruinas atraídos por un escenario único en América Latina. Incluso deportistas de reconocimiento internacional eligieron ese paisaje para filmaciones y producciones audiovisuales, contribuyendo a que las imágenes del antiguo pueblo recorrieran el mundo.

    Pero detrás del atractivo turístico permanece una historia profundamente humana. Las ruinas no representan solamente una curiosidad paisajística; son el recuerdo de una comunidad que perdió su lugar de pertenencia, de comerciantes que vieron desaparecer su trabajo y de familias que debieron reconstruir su vida lejos del sitio donde habían nacido. Al mismo tiempo, la experiencia de Villa Epecuén continúa alimentando debates sobre la planificación territorial, las obras hidráulicas, el impacto de los eventos climáticos extremos y la necesidad de pensar el desarrollo con una mirada de largo plazo.

    Hoy, caminar por las calles de Villa Epecuén significa recorrer una ciudad donde el tiempo parece haberse detenido en 1985. Cada pared derruida y cada árbol petrificado por la sal recuerdan que el progreso nunca está completamente garantizado y que la relación entre las sociedades y la naturaleza exige planificación, inversión y conocimiento. Tal vez por eso su historia siga despertando fascinación: porque demuestra que incluso en la inmensidad de la llanura bonaerense existen lugares capaces de condensar, en unas pocas cuadras, la grandeza y la fragilidad de toda una comunidad.

     

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