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VILLA REGINA: NO ERA EL NOMBRE ORIGINAL, NI NACIÓ UN 7 DE NOVIEMBRE.

Del sueño de Cipolletti a la obra de Bonoli, pasaron 25 años.

Hace 120 años, el 6 de septiembre de 1899, el Ing. Cesar Cipolletti entregaba al Sr. Emilio Civit, Ministro de Obras Públicas de la Nación, su informe “Estudio de Irrigación – Ríos Negro y Colorado”, en el cual dice: «En cuanto al agua, la hay suficiente para regar más de un millón de hectáreas, es decir más de la mitad de todo el Egipto…». El sueño del Ing. Cipolletti era ejecutar las obras de riego en el Valle Superior del río Negro y posibilitar el asentamiento en la zona de varias colonias que albergara agricultores italianos.

1899 – El Ing. Cipolletti (primero a la derecha), junto a otros ingenieros colaboradores del Estudio de Irrigación.

Después de terminados los estudios del sistema hidráulico, Cipolletti retorna a su patria Italia y realiza una Conferencia en el Aula Magna del Colegio Romano, en Roma ante los soberanos y las destacadas persona-lidades parlamentarias de la Banca y el Comercio, buscando interesar a un Consorcio Bancario, para que con los Gobiernos de Italia y la Argentina, junto con la Empresa del Ferrocarril Sud, pudieran realizar los trabajos proyectados colonizando las tierras con familias italianas. Pero el Ingeniero Cipolletti, no tuvo la fortuna de encontrar el apoyo que necesitaba, políticamente no eran tiempos propicios. Igualmente el Gobierno Argentino lo reclama nueva-mente para que desarrolle su propio proyecto de regulación de aguas y canalización a través del Dique Cordero/Ballester, pero el 23 de enero de 1908, lo sorprende la muerte, en cercanía de las Islas Canarias, en el barco «Tommaso di Savoia» que lo traía a la Argentina. Pero la idea de formar en el Alto Valle varias colonias italianas continuó presente.

Felipe Bonoli, nació y se graduó en ingeniería en Roma. Formaba parte del grupo de ingenieros contratados por el Gobierno Argentino. Y en enero de 1908 viajaba junto a Cipolletti al momento de fallecer. Meses después se casaría con Benedicta, la hija de gran visionario. Ya en Argentina, el destino de Bonoli lo lleva a Mendoza, donde junto a sus cuñados instalan una empresa metalúrgica. Pero nunca pudo olvidar “el sueño” de su suegro y el desarrolla que él comprendía para Río Negro.

Colonia Regina a inicio o mediados de 1925.

Del deseo a la realidad. Todos los nombres.

Ottavio Dinalle entre 1922 y 1923 viajó por varias provincias argentinas (incluida Río Negro) buscando zonas aptas para la radicación de colonos italianos, en este largo recorrido también pudo constatar que la inmigración itálica ya establecida estaba expuesta a diferentes especulaciones económicas y en algunos casos se encontraba en peores condiciones de las que habían dejado en Italia. Era necesario planificar la llegada!

Dinalle realizó varios proyectos de colonización “planificada” para las provincias de Buenos Aires, La Pampa y Río Negro. Cuando en 1923 se encuentra con el Ing. Felipe Bonoli el reconocimiento de las ideas y proyectos de ambos fue inmediato. Bonoli tenía la capacidad técnica y la ventaja de ser el yerno de Cipolletti (excelentemente conceptuado en ambas naciones) y Dinalle contaba con línea directa a Roma y a Mussolini.

Los dos coincidieron que la mejor región para iniciar un proceso de colonización italiana era el Valle del Río. La primera colonia se ubicaría entre el Km. 1094 (hoy Chichinales) y el Km. 1120 (hoy Ing. L. A. Huergo), en la tierras  de los herederos de Manuel Zorrilla.

Para esta primera colonia, el nombre propuesto era “Vittorio Veneto”, pero el agradecimiento político pudo más y culmina llamándose “Colonia Regina Pacini de Alvear”.

Recordemos que solo cinco años antes, entre 23 de octubre y 2 de noviembre de 1918, se había desarrollado la batalla de Vittorio Veneto, que enfrentó a las fuerzas armadas del Reino de Italia con las del Imperio austrohúngaro durante la Primera Guerra Mundial y significó la derrota definitiva del Imperio.

También pensaron realizar una segunda colonia en cercanía de la Estación de Chimpay, esta se llamaría “Monte Grappa” (Montaña en la Región del Veneto que se convirtió en el pilar más importante de la defensa italiana durante la guerra del 1914 a 1918). Idea que no prosperó.

Pero volvamos. Idealmente Regina nace en la mente de sus creadores como “Vittorio Veneto”. En octubre de 1923, la CIAC ya conformada  como sociedad había iniciado los trabajos en los terrenos adquiridos a los Zorrila, pero para su completa legalidad solo faltaba la firma en el decreto aprobatorio del Presidente de la República, Marcelo T. de Alvear, quien estaba casado con la cantante de ópera, hija de italianos nacida en Portugal, Regina Pacini.

Sr. Presidente, gracias por la firma. Manden telegrama informando que cambiamos el nombre de la Colonia, desde ahora se llamará “Colonia Regina Pacini de Alvear”, si bien en la práctica era «Colonia Regina Alvear». Igualmente hasta que el nuevo nombre se fue haciendo conocido, era más fácil y sencillo ubicar al nuevo pueblo por su situación dentro del tendido del Ferrocarril Sud, es decir el “Km 1106”.

A principios del siglo XX, todos los países que pretendían mostrarse como potencias ante el mundo, debían poseer mínimamente colonias en el exterior. Italia no podía ni quería ser menos, si bien no contaba con el poderío militar y económico necesario para realizarlo. Pero si ya contaba con colonos italianos dispersos por todo el mundo. Entre ellos, los de Colonia Regina. Testimonio orales reginenses cuentan que no faltaron ideólogos que pensaron hacer del pueblo un enclave italiano en la Patagonia, como el Peñón de Gibraltar. Al parecer esta idea llegó a los oídos del Presidente M.T de Alvear, quien les recordó que estaban en territorio argentino. La respuesta reginense solo fue “literal”, procedieron a can-celar “Pacini de Alvear” quedando solo “Colonia Regina”. La colonia creció y en algún momento pasó a ser “Villa Regina”.

Otra particularidad, es encontrar reiteradas veces, en libros y artículos periodísticos de la época fundacional, esta cita: “Pueblo y Colonia de Villa Regina”. Donde el “pueblo” sería la parte céntrica y la “colonia” toda la zona de chacras. Hoy esta diferencia ya no existe, pero en aquellos años se ve que demarcaba dos mundos distintos, distanciados por algo más que un par de kilómetros.

¿¿¿Y si organizamos los festejossss????  Pero necesitamos poner una fecha!!!!

Como no había una data expresa de fundación, se seguía festejando el aniversario sin fecha cierta, hasta que en Octubre de 1958 se establece la fecha que todos recordamos. “La Municipalidad por resolución unánime de los Sres Concejales según consta en al Acta 25 / 58, decidieron fijar como fecha de Fundación de Villa Regina, el 7 de Noviembre de 1924, tomándose en base para ello que en dicho día, el señor Presidente de la Nación Argentina, Dr. Marcelo T. de Alvear, firmó el Decreto Nro. 18.728 de aprobación de los Estatutos de Colonización de, la (C.IAC.) Compañía Italo Argentina de Colonización”.

Con esta resolución los reginenses unificaron los festejos en un solo día, y dejaron de realizarlo en cualquier momento del año. Al parecer, algunos chacareros colonos no quedaron conformes con fecha elegida. Para ellos, tenía mayor significancia, seleccionar un día relacionado al inicio de la producción, y no uno que evocara “el procedimiento administrativo” de la Compañía con la cual tuvieron serias diferencias.      

No deja de llamar a la atención,  que la fecha propuesta para el aniversario (que con el tiempo todos recuerdan como fecha de fundación), es decir, el 7 de Noviembre de 1924, pero para ese día… Regina ya estaba fundada!!

Siguiendo a Pantaleone Sergi dice: “De hecho, los trabajos se iniciaron el 23 de octubre de 1924: en esa fecha fueron levantadas una pequeña cabaña de madera y dos carpas para acoger a los primeros en llegar”.

Hoy es el 95º Aniversario de Regina. Pero hace 61 años, desde 1958, que se festeja todos los 7 de noviembre. Y los restantes 34 años en que día o días se celebraron??? Veamos que decía Franco González:

5 de marzo de 1925 –   “Durante varios años, el Pueblo y Colonia de Villa Regina recordó esta fecha como día de la inauguración de la «Colonia Regina Pacini de Alvear». Este día, se celebró una gran reunión en la Chacra 109, «Ex Isla San Alberto «, a la que asistieron entre otros, S.E. el Embajador de Italia en la Argentina, Conde Luis Aldrovando Marescotti Di Viano ; el Presidente de la Sociedad Italiana en la Argentina, Signore Vendemíatto ; el Commendatore, Héctor Valsecchi, Presidente de la C.I.A.C. ; Autoridades del Gobierno Argentino ; accionistas de los Bancos Italianos ; el Gerente de la Compañía, Ingeniero Felipe Bonoli ; Autoridades de la Comuna de Villa Regina ; Periodistas de los Diarios «La Prensa» y «La Nación» ; vecinos y colonos; imponiéndose a los visitantes del desarrollo de la Colonización”.

29 de Abril de 1945“Siendo Presidente de la Comuna Reginense, el Ing. Jorge Antonio Bonorino, se conmemora por primera vez un Aniversario de Villa Regina, debido a que la producción se inició ese día del año 1925, se celebró el 20 Aniversario”.

La figura del Ing. Felipe Bonoli. Casi olvidado por la ciudad que fundo???!!!

Iniciábamos diciendo: “Del sueño de Cipolletti a la obra de Bonoli, pasaron 25 años”. Cuando Bonoli asume la Gerencia de CIAC en 1924 tenía 41 años, pero desde 1908 conocía y compartía la visión del Ing. Cipolletti.

Con la llegada al poder del fascismo en Italia, es probable que Bonoli haya detectado que era el momento justo para intentar formar una colonia italiana en el Alto Valle. Sin contactos políticos es impensable que haya podido trasladar desde Italia 400 familias para fundar Regina. Probablemente fue más oportunista que fascista.  

En enero de 1930 (solo 6 años luego de la fundación) Bonoli renuncia a la Gerencia de la CIAC. Pantaleone Sergi dice: “dejó el trabajo porque no estaba de acuerdo con la actitud vejatoria de la sociedad con respecto a los cesionarios” .Regresó por primera vez en 1949, por la inauguración del Busto al Ing. Cesar Cipolleti, emplazado en la esquina de 25 de Mayo y Don Bosco. Y volvió en 1960 con motivo de celebrarse el 36º Aniversario de la Ciudad, de esta su última visita tomamos parte de su discurso transcripto por Franco González.

(…) “después de largo periodo que duró mi ausencia.. -si se me permiten usar esta palabra- ya que circunstancias adversas y dolorosas, me habían obligado a alejarme de este lugar, en que había consagrado todo mi entusiasmo juvenil, todas mis energías, toda mi pasión. (…) Han pasado ya 36 años de la fundación de la Colonia, deseo recordar en estas circunstancia mis primeros pasos,  para llevar a cabo la obra que me había propuesto, con el propósito de demostrar cómo se había podido encarar el problema de Colonización, con familias de agricultores italianos, inmigrados, contando con los medios financieros necesarios. (…) La emoción que me invade desde ayer, es tan grande, que no tengo palabras para describirla. Igual es la satisfacción de encontrar a todos los colonos contentos, por haber triunfado en la lucha.

Me propongo visitarlos en sus propias chacras, y es cierto que mucho de ellos ya dejaron para siempre esta tierra de lágrimas, encontraré a los hijos y nietos que seguirán, en perfección, cuanto hicieron sus padres, son éstos que están llamados no solo a intensificar siempre más los trabajos, sino a compenetrarse de la gran misión que se le ha confiado, de una estrecha unión en esta nuestra segunda patria

(…) Desgraciadamente nos sorprendieron los años de crisis, empezando en el año 1928, cuando los productos ya no tenían valor alguno.

El desaliento entre los colonos empezó a cundir, empezando también mi lucha con los Banqueros y Directores de la Compañía por una parte, para conseguir mayor apoyo financiero, más necesario que nunca.

Había que defender de cualquier forma la producción, renunciando por el momento al cobro de los intereses y cuotas de amortización, de las deudas contraídas por los colonos.  

(…) No obstante todos mis afanes, la mayoría de los colonos no me demostraron ya la confianza necesaria, creyendo haber sido objeto de un engaño.

(…)…”El Directorio de la C.I.A.C, influenciado por la decisión del I.C.L.E, consideraba que el Ingeniero Bonoli no se cansaba de pedir siempre mayores ayudas a favor de los colonos, no era ya persona grata y adoptó actitudes que me obligaron a retirarme definitivamente de la colonia…”

Desde que dejara Villa Regina en 1930 hasta que falleciera en 1967, Bonoli continuo con su espíritu de colono fundador trabajando para otras empresas en Bolivia (1940), en Jujuy (1956), en Colombia (1956) y a los 84 años lo sorprende la muerte cuando trabajaba en “otro proyecto más” de colonización con italianos en Senillosa. Sí, a solo 116 km. de Villa Regina!!! No habría nada de casualidad si vemos que el COPADE neuquino se fundó en 1963, y uno de los primeros integrantes del mismo fue el Ing. Felipe Bonolli Cipolletti, hijo del fundador de Regina.

Monumento recordatorio del Ing. Felipe Bonoli, ubicado en la Plaza de Jubilados.

Bonoli descansa en el cementerio local. Y su recuerdo apenas perdura en el nombre de una calle que tiene 2 cuadras y ½, cuadras que no llegan ni a los 100 metros cada una!!! Y un monumento pequeño y casi hecho a “mitad” en una plaza. Para él, no hubo ni una avenida, ni un barrio, ni una plaza, con su nombre! Demasiado poco para quien diera el impulso primero y fundamental para que hoy exista Villa Regina.      


En el año 2012, desde el lunes 5 al miércoles 7 de noviembre, nos visitó Pantaleone Sergi, historiador, escritor y periodista italiano, autor del extenso artículo de investigación “Un modelo fascista de emigración italiana en Argentina. Así nació Villa Regina, en Alto Valle de Río Negro”, realizado en base a documentos encontrados en la Fundación Ugo Spirito de Roma. Con total razón Pantaleone Sergi, propone en su artículo, que la historia conocida de Regina es solo el segundo capítulo, y él con gran estilo nos propone leer el primero!! Aquí lo dejamos en descarga. Buena lectura!!!    

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  • Operación rescate del sable de San Martín

     

    Nos alertó el tío Ronnie. Escribió en el grupo de Whatsap de la familia: “Si quieren llevarse el sable de San Martín, nosotros quizás podamos evitarlo. Al fin y al cabo somos los herederos de Manuelita Rosas”. 

    Con el mensaje, el link a una nota que contaba la intención de Javier Milei de trasladar el sable corvo de José de San Martín al Regimiento de Granaderos. Como esa, en los últimos días varias más avivaron la polémica. “El sable corvo de San Martín irá en helicóptero para un acto de Milei” decía el título de la nota de Susana Reinoso publicada en Clarín. Explicaba que el sable saldría del Museo Histórico Nacional sin custodia de integrantes de la institución y sin comunicación oficial. Querían recrear la Batalla de San Lorenzo con el sable original. Otra nota agregaba que el arma sería presentada en este acto oficial para luego ser trasladada al Regimiento de Granaderos. Una nota de opinión, escrita por el Jefe de Gabinete del Ministerio de Defensa, calificó el traslado del sable como “un acto de reparación histórica”. Algunos decían que se lo estaba utilizando como botín de viejas disputas políticas, como un pedazo de utilería en la devaluada batalla cultural. Varios artículos mencionaban la intención del presidente de empuñar él mismo la espada del Libertador, en un momento del acto oficial y la reconstrucción del próximo fin de semana. Falta, para ello, el decreto oficial que buscarían que avale el traslado.  

    La misión familiar que vendría en los días que siguieron al mensaje del tío Ronnie empezó con una conversación en el grupo de Whatsapp —el mismo que usamos para anunciar fechas de cumpleaños, definir quién hará la ensalada rusa en las fiestas o quién lleva el postre— donde empezamos a compartir todos los artículos y la información disponible sobre el sable. Los leí entre mates en la redacción donde trabajo. Seguíamos sin tenerlo claro. ¿Por qué el traslado del sable? ¿Y  con qué fin?

    Un breve racconto histórico: el sable lo adquirió San Martín en Inglaterra, en 1811. Es un arma sin ostentaciones: no posee piezas de oro ni brillantes, es austera y sencilla. Tiene una curvatura irregular, que en su momento le daba gran capacidad de daño al adversario. No se sabe a cuánta gente mató o hirió San Martín con ese sable. Sí que lo usó San Lorenzo y en las campañas de Chile y  Perú, en las batallas clave por la independencia. En 1844, desde el exilio en Francia San Martín le envió su sable corvo a Juan Manuel de Rosas, aún en el poder. Escribió que se lo legaba “como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que tentaban de humillarla”. En 1852, después de perder la Batalla de Caseros, Rosas huyó de Buenos Aires. El sable fue con él, al exilio en Southampton. Y cuando murió, en 1877, lo heredó su yerno Máximo Nepomuceno Terrero, esposo de Manuelita, e hijo de José Nepomuceno Terrero, que había sido en vida el hombre de máxima confianza y administrador de los negocios de Rosas. Los Terrero —y la propia Manuelita— son, además, mis antepasados.

    En 1896, Manuela y su marido decidieron donar el sable. Lo enviaron a Buenos Aires con una carta dirigida al fundador y primer director del Museo Histórico Nacional, Adolfo Carranza. Ahí quedó el sable entonces por decisión de la familia, junto con todo el patrimonio sanmartiniano que fue donado por las nietas de San Martín.

    Durante sesenta años el sable permaneció en una vitrina del museo en Parque Lezama, hasta que empezaron los tironeos. Dos veces lo robaron militantes de la Juventud Peronista —en 1963 y en 1965— en reclamo de que se levantara la proscripción contra el partido. La primera vez, lo recuperó un oficial del Ejército después de unos meses. La segunda vez demoraron un año en recuperarlo: ya había tomado el poder Onganía, y se llevaron el sable al Regimiento de Granaderos, alegando que no estaba seguro en el museo. Cuentan que la negociación entre militares y peronistas fue en un restaurante chino en Balvanera, comiendo chow fan con el sable sobre la mesa. 

    El museo reclamó durante años la devolución del sable. Recién en 2015 se restituyó a la sala por decreto presidencial de Cristina Fernández de Kirchner, esta vez custodiado por tres Granaderos en un gesto al Regimiento. 

    Ahora, trasladar otra vez el sable de San Martín pone en jaque el acceso público a la reliquia e implica una apropiación política del símbolo patrio. Y se plantean también dos escenarios: el sable podría estar custodiado en un ámbito militar o mantenerse en un ámbito civil y de carácter cultural, como el museo. 

    Solo una de las notas que había compartido mi tío Ronnie en Whatsapp decía que el sable había sido donado por la familia Rosas-Terrero al museo. 

    “¿Esto es así? ¿El sable lo donó la familia Terrero, nuestra familia?”, le escribí a Ronnie. “Sí, es así”, me contestó él.

    Aunque somos descendientes de una familia de estirpe, no tenemos campos, ni joyas, ni caballos, ni pieles. Nada. Sí hay charlas de cómo se llega a fin de mes, trabajos múltiples, vacaciones gasoleras, gente que se levanta temprano para salir a trabajar. Y no tenemos una mirada ideológica homogénea: en la mesa familiar hay conservadores, peronistas, socialistas, liberales. A veces discutimos bastante, otras nos abrazamos y todo sigue bien. 

    Y ahora de pronto, sin saberlo, nos encontramos en medio de una disputa por una reliquia histórica. Nos tocaba hacer nuestra parte. 

    ***

    En el Museo Histórico Nacional se conservan 30 mil piezas y obras distribuidas en salas, pasillos y recovecos. Todos los días  jubilados, niños y turistas se frenan ante cada objeto de la magnitud del catre que usó San Martín en el cruce de los Andes,  los anteojos de Balbín, o la capa de abrigo de Cecilia Grierson. Al fondo de un pasillo silencioso de paredes claras, reposa el sable corvo de San Martín. El que empuñó en la batalla de San Lorenzo y el cruce de los Andes, el que Rosas se llevó a Southampton y el que donó Manuelita. El que mi tío Ronnie, mi tía Mechi, mi prima Malena y yo intentamos preservar desde un improvisado equipo de rescate ahora que se lo quieren llevar.

    Ronnie, que nos lidera, es veterano de la guerra de Malvinas. Estuvo en las islas, vivió la muerte y la crudeza de un conflicto bélico en el que murieron miles de jóvenes como él. También hacía los asados con mi papá, está siempre que lo necesitan y tiene un tono tranquilo, que combina bien con la personalidad extrovertida de mi tía. Por eso su vehemencia al compartir la noticia del sable nos llamó la atención. 

    En medio de los mensajes de Whatsapp, mi tío me llamó por teléfono:

    -Tengo el acta de donación de Manuelita- dijo. 

    -¿El acta? ¿La verdadera?

    -Sí, es una foto, mirala. Estos son tus antepasados, Cande.

    Había emoción en su voz. En las fotos se veía el acta viejísima, firmada el 26 de noviembre de 1896. Varias páginas de un papel casi transparente por los años. La cursiva de Manuela. Las líneas dicen así: “Al fin mi esposo, con la entera aprobación mía y de nuestros hijos, se ha decidido en donar a la Nación argentina este monumento de gloria para ella, reconociendo que el verdadero hogar del sable del libertador debiera ver en el seno del país que libertó. Mandaremos también dos objetos históricos que pensamos serán de valor para el Museo Histórico Nacional”. 

    Supimos luego que esa acta, en realidad, nos otorgaba derechos. 

    ***

    Al día siguiente del primer mensaje de alerta logramos recopilar el acta, chequear decretos anteriores, revisar el recorrido del sable por nuestra historia. 

    —Tengo listo el árbol genealógico de tu familia. Por ahora somos vos y yo, no se sumó otro Terrero más —me dijo el tío Ronnie del otro lado del teléfono—. El martes podemos ir al museo.

    El primero en atendernos el teléfono fue un legislador del PRO, que resolvió cada duda que teníamos. ¿Se podría hacer algo para frenar el traspaso? Sí. ¿Valía la pena hacerlo? También. ¿Sobre qué fundamento legal nos podríamos amparar? 

    —Lo de tu familia fue una donación- me explicó el legislador —Hay que ver si fue con cargo, dirigida claramente al Museo Histórico. Si se retira de ese lugar se estaría incumpliendo el cargo de la donación y la voluntad de los herederos del sable. 

    El segundo fue un diputado del PJ, que atendió en medio de sus vacaciones, a las once de la mañana de un sábado. 

    —Sí, nosotros presentamos un pedido de explicación en el Congreso de la Nación, pero ustedes también pueden hacer algo- dijo. 

    Hacer algo, ¿qué?

    —Estamos haciendo lo correcto, Cande— dijo Ronnie —Es lo que corresponde. Cuando hay que hacer quilombo, no hay que hacerlo poquito. 

    Son complejos los vínculos familiares. Las dinámicas se construyen, muchas veces, sobre la diferencia. No hubo consenso alguno con mi tío abogado, Martín. Dudó si estábamos en el camino correcto, si no estábamos moviendo demasiado el avispero, molestando al poder de turno. Pero no teníamos mucho margen para pensarlo más, la urgencia nos corría.

    El tercero en atender, también un sábado, fue Rafael Bielsa, abogado constitucionalista y excanciller. Nos confirmó que la donación había sido una “donación con cargo”, es decir, una donación que no es totalmente gratuita, porque quien recibe el bien asume una obligación a cambio. En este caso, el cargo era mantener el sable en el Museo para que todas las personas que quisieran visitarlo pudieran tener acceso. 

    Pero, ¿por qué debería importar todo esto? ¿Qué cambia dónde esté el sable de San Martín?

    Un colega del diario me recomendó llamar a Gabriel Di Meglio, ex director del museo hasta el año pasado. Historiador, investigador de CONICET y profesor de la UBA. Durante su último año de mandato vivió bajo la amenaza del traslado del sable. “Sacarle al museo el sable es matarlo, es hacerle un agujero”, había dicho en una entrevista. 

    —El sable tiene que estar en el museo porque fue donado ahí, los museos hacen sus colecciones en base a donaciones —explicó en una llamada telefónica en medio de la ruta—. Lo importante es la voluntad de los donantes. Cuando en 2015 el sable vuelve al museo, llega con custodia de Granaderos, entonces la seguridad no puede ser un problema porque si son los mismos Granaderos los que lo cuidan, no debería existir diferencia donde esté, eso no es un argumento. El museo es el único que tiene la capacidad de conservar una pieza. Sacarselo es un hurto.

    Tanto Di Meglio como fuentes del museo remarcaron la importancia de que el legado de San Martín se mantenga ahí. 

    —Que esté en un regimiento militar implica que no es abarcador de toda la memoria nacional. Tiene que estar depositado en un lugar que sirva a la construcción de la memoria nacional. El fin pedagógico que tiene el sable en un lugar como el Museo Histórico no es comparable con ningún otro lugar— dijo un trabajador del museo, pidiendo no ser nombrado. Los últimos movimientos ya despiertan temores. 

    ***

    “Cande, tu tía Mechi se suma. Anotala. Vamos sumando porotitos” decía otro  mensaje de Ronnie que recibí por la tarde. Los encantos de mi tío surtían efecto. 

    Pero el llamado importante llegó entre góndolas en el supermercado. Llamaba un abogado, el único que respondió con la intención real de representarnos. Nicolás Rechanik estaba interesado en seguir la causa, interesado en el carácter histórico del sable y en las consecuencias negativas que podrían existir en caso de que el legado de San Martín se convirtiera en una pieza más de disputa política y del acto que intenta montar Milei. Explicó que la mejor estrategia era la que había adelantado Rafael Bielsa.

    —Esto se presenta ante la Cámara Contenciosa Administrativa Federal que va a sortear un juzgado —me explicó muy rápidamente—. Vamos a presentar una medida cautelar, no innovar, para que se preserve al sable corvo en el museo histórico nacional con el objetivo de evitar que el gobierno se lo lleve a otro lado, a partir de las declaraciones públicas y de la posibilidad de que salga un decreto.

    A los pocos minutos pidió documentación que nos obligaba a pisar el acelerador entre mi familia, intentando sumar cada vez más voluntades. 

    —Sumá a tu mamá a la cautelar, la convencí —dijo Ronnie, triunfante. 

    No fue un rejunte fácil, no todos estaban seguros de avanzar. “No voy a participar, no estoy de acuerdo”, dijo mi tío Martín en el grupo. Otra tía tampoco quiso. Mi prima del sur, Malena, fue la tercera en poner la firma. No me sorprendió: si de firmeza se trata, ella da el ejemplo. Le siguió su padre, Sebastián, trabajador social, uno de esos tíos que te cocinan rico y te hacen sentir bien. Y finalmente mi madre, de tradición conservadora. De a poco, con el correr de las horas, éramos cinco familiares con cinco cosmovisiones muy distintas del mundo, pero todos de acuerdo en esta. 

    Repasé nuestro árbol genealógico que hicimos en una página de internet que me había mandado mi tío y miré algunas fotos familiares: mi mamá con su vestido floreado y el pelo corto, la mirada dulce de mi abuela, el gesto pícaro de mi bisabuela en la foto donde estamos las cuatro; los nombres de tatarabuelas que sólo conocía por anécdotas lejanas, más nombres, más ramas, hasta llegar a José, el mejor amigo de Rosas.

    Es extraño rearmar el rompecabezas de quienes nos precedieron. Es aún más extraño saber que algunas de esas personas tuvieron un rol significativo en una historia colectiva. Es también extraño pensar que nosotros, un conjunto de tíos y sobrinas, podemos lograr algo, aunque sea pequeño, algo, que tenga un impacto positivo. 

    Esta mañana, el primer lunes de febrero de 2026, presentamos una medida cautelar buscando que el sable se quede en el destino que eligieron mis ancestros. No sabemos aún cuándo llegará el decreto ni cuál será la respuesta de la Justicia. Tal vez no pase nada, tal vez algo se mueva.

    Pienso en mi hijo que está por nacer. Pienso en la posibilidad de que algún día pueda visitar el museo conmigo y su papá, detenerse frente al sable, que podamos contarle las historias de su país, y que nosotros ganamos nuestra batalla.  

    La entrada Operación rescate del sable de San Martín se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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