Una excursión a los farmeadores de aura

Una excursión a los farmeadores de aura

 

En la Plaza Grigera, en Lomas de Zamora, la primavera asoma el hocico. El sol dejó la hibernación y se decidió a laburar después de tres meses tapado de nubes. Como alentados por Billy Bond, los vecinos salen al sol. Buscan unos rayitos, como queriendo suplir la vitamina D que, dicen, se agotó en las farmacias. En la plaza hay una feria de emprendedores que emprenden contra la voluntad de una economía decadente, hay juegos para infancias con mamis y papis que tratan de agotar las energías de sus criaturas antes de volver a casa y hay un caminito cubierto por una glorieta. La glorieta, milagro de la física, aguanta el peso de unos cincuenta adolescentes que le dan la espalda a la plaza y a los juegos con los papis, las mamis y las criaturas. Miran, en cambio, a la cancha de básquet con un solo aro. Tienen la vista privilegiada de los plateistas, porque alrededor de la cancha hay un círculo imperfecto de varios cientos de personas que vino a buscar la última moda, el rocanrol de la generación Z, los floggers de las postpandemia. Rodeando la cancha de básquet, niñas, niños, madres, padres, otakus, hinchas de Los Andes, pibes vestidos con ropa de pibas y pibas con cruces pintadas en la cara, observan a dos personas. Esperan que de alguno de ellos brote esa cosa rara llamada aura.

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—Lo bueno de esto es que la gente está empezando a salir, que se juntan. Que salen y eso. Después de una época muy dura, la del coronavirus, donde los chicos no salían… que salgan ahora está buenísimo.

La idea apareció como las mejores ideas: en joda. En estos tiempos de hibridación entre lo digital y lo tangible, las jodas cobran vida propia.

La frase podría ser el análisis de un sociólogo en un stream, pero no. La dice una de las tres organizadoras de la batalla de farmear aura en Lomas. Tienen quince y dieciséis años. Sus usuarios de Instagram te hacen dudar si son de este planeta: Lissufuerabasadda, _Sleepyblunt y Vhh4a. No tienen solo nombres de personaje de Mad Max, las ropas también van por ahí. No entenderlas solo significa una cosa: andá a hacerte un chequeo médico. 

La idea apareció como las mejores ideas: en joda. Vieron por las redes que las batallas se estaban viralizando por las plazas de Argentina y pensaron lo obvio: “¿Por qué no hacemos una acá?”. En estos tiempos de hibridación entre lo digital y lo tangible, las jodas cobran vida propia. Terminator llora y lo que pasa en las redes sale a la calle. El flyer salió de su círculo, se llenó de likes, comentarios y reposteos. La invitación también parece venida de otro planeta: del planeta IA de donde viene el poster con la promo de la fiambrería, los horarios de la profe de yoga y una batalla para farmear aura. El desafío era simple. ¿Tenés aura? Demostralo y hace historia. Los premios, tentadores: un pancho para el primer puesto, un chupetín para el segundo y un caramelo para el tercero.

Cuando las batallas terminan, una de las organizadoras se acerca al centro del ring, se para entre los competidores, los toma de las manos y levanta la del ganador. Como en el boxeo, pero sin tocarse ni hablarse. Solo haciendo movimientos que solo ellos parecen comprender.

—Determinamos quién ganó por la presencia y por los aplausos de la gente. Vimos que muchos se copiaban entre ellos y eso es como… estás copiando el aura. Y el aura tiene que nacer.

Para las tres organizadoras, cuando la repetición aparece, el aura se aleja. Pero, un momento: esto ya lo leímos. Hace noventa años, en La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, el crítico alemán Walter Benjamin llegó a una conclusión similar sobre las copias artísticas. “Podría afirmarse que en la era de la reproducción técnica de la obra de arte, lo que se atrofia es aura”, escribió. Para él, aura es “la manifestación última de una lejanía, por cercana que pueda estar”. En la distancia emana el aura, así como para la escritora Rebecca Solnitt en la lejanía habita el anhelo que nos da vida. Bejamin no conoció TikTok ni la inteligencia artificial ni Lomas de Zamora y difícilmente las organizadoras de la batalla hayan estudiado El libro de los pasajes. Pero todos ellos coinciden en algo que contradice a la época: en la repetición el aura estalla y se rompe. 

***

Brazos flexionados, codos pegados a las costillas y palmas levantadas. Cuando una mano sube, la otra baja, como una balanza. Con la cabeza levantada, mira hacia donde está su oponente. Repite el movimiento y sonríe. Ahora es el turno del otro. Levanta la mano y se lleva el índice de la mano derecha a la punta del maxilar. Inclina levemente la cabeza hacia su hombro izquierdo mientras el dedo baja lentamente hasta la mandíbula. Cuando llega a la boca, retira unos centímetros el índice, lo centra entre sus labios y hace un movimiento hacia atrás y hacia adelante. El significado es universal: silencio, callate la boca. Cada gesto es acompañado por el grito del público. Un círculo que reúne a cientos de personas. Gritan ooooooh. Gritan uuuuuh. Aplauden.

A ese primer movimiento le llaman six seven. Seis siete en criollo. Hay quienes dicen que viene de una canción del rapero Skrilla, otros explican que su origen está en el video de un basquetbolista de la NBA. En la plaza de Lomas, esta pregunta, como muchas otras, tiene una respuesta simple —que viene acompañada de esa cara que te hace sentir que hiciste la pregunta más boluda de todas, esa que solo los adolescentes pueden poner—: de TikTok. TikTok farmea aura. O, al menos, de ahí vienen la mayoría de los movimientos que hacen en las batallas.

No sé si Dios será digital, pero es interesante ver como se cruza lo que ocurre en las pantallas con lo que pasa en las calles. Como si “Tlon Uqbar Orbis Tertius” hubiera cobrado una deriva inesperada. Farmear viene del inglés to farm, algo así como cosechar, un término propio de los videojuegos como el Age of empires. Sí, el que jugaba Manuel Adorni antes de mandarse a construir casas con cascadas de un discutible criterio estético. El origen de la palabra aura es más complejo. Para la Real Academia Española tiene cuatro significados: 

1. Viento suave y apetecible. 

2. Hálito, aliento, soplo. 

3. Favor, aplauso, aceptación general. 

4. Halo que algunos dicen percibir alrededor de determinados cuerpos y del que dan diversas interpretaciones.

Para las organizadoras de la batalla la respuesta es otra: 

—Farmear aura es presencia, actitud. Es alguien que impone, que impone mucho poder. 

***

Iván Alejo Paz es de Villa Albertina y se considera el campeón de farmear aura de la jornada. Tiene un punto: de todos los que pasaron a lo largo de la tarde, es el que más levantó a la gente. El pico de su pedo fue cuando, después de hacer flexiones de brazo aplaudiendo luego de cada estiramiento, se acercó a su mochila, metió la mano como quien va a extraer un arma, una bomba o una rosa, esperó, siguió esperando y sacó un Minion. Después de la batalla le pregunto si fue su primera vez farmeando aura. 

—Se hace ya desde nacimiento. Yo vengo intentando destacar en la sociedad desde siempre. Esto de llamar la atención para mí no es desde hace poco, yo desde chiquito quiero llamar la atención y esto es una muy buena oportunidad —me dice. 

Iván Alejo también tiene un nombre a lo Mad Max en sus redes: Nae Plug. Habla, como buen adolescente, como si tuviera la eternidad por delante. Del cuello le cuelgan dos rosarios: uno corto, por debajo de la garganta; el otro largo, hasta la boca del estómago. 

—Bueno, no sé. Es que ahora por Agus Fortnite está de moda. Además me queda fachero —me contesta cuando le consulto si es religioso.

Conocido en sus redes como @agusfortnite2008, es un músico de dieciocho años que hace una mezcla de trap, hip hop y electrónica. Su estética cruza la psicodelia con la religión. Hace un mes sacó Perdiendo rasgos adolescentes, uno de los comentarios en Youtube dice: “así se sintieron mis abuelos cuando Spinetta sacó Artaud”. En 2022, en una entrevista en Página/12, le preguntaron por qué se llamaba así y respondió: “Porque me llamo Agustín, y me gusta mucho el Fortnite. Vi que nadie se llamaba así, y decidí hacerlo. Y el 2008 fue porque me parecía un buen año, una gran época para los floggers y emos”. 

Iván Alejo Paz o Nae Plug también quiere ser trapero. Como Benjamin y las organizadoras de la batalla, entiende el aura relacionada con la autenticidad. 

—Vengo practicando esto desde hace una semana, sabiendo lo que voy a hacer. Quise meterle un poco de originalidad y no ver lo que hacían los otros participantes. Farmear aura es ser uno mismo, demostrar cómo sos. Yo creo que es eso.

***

Hace unos minutos, alguien disfrazado de caja cruzó por el espacio en el que un niño y una niña descubrían qué se siente ser observados por muchas personas a la vez. No fue la única batalla entre menores de diez años, ahí el aura se traduce en ternura y risa fácil, aun cuando caen en la cuenta de lo que están haciendo y se los come la vergüenza. Te invito a farmear timidez, no faltes. Cuando pasan niños, el chupetín es para ambos.

La persona disfrazada de caja aparece en la siguiente batalla. Se le ven las piernas y los brazos, de la cintura para arriba es un rectángulo de cartón amarillo. “Bob Esponja, Bob Esponja”, le gritan los pibes que están subidos a la glorieta. La persona disfrazada de caja intenta negar con las manos, pero nadie le da bola. Parece Bob Esponja pero no es Bob Esponja. Es lo que vemos: una caja de color amarillo rabioso con una cara, demasiado chica, pegada en el medio. Es una cara de esos primeros memes que se viralizaron hace no sé cuántos años. Esos dibujos de pocos trazos que intentaban representar expresiones exageradamente deformes, muy usadas en la primera hora de las redes sociales. En la batalla, la caja está perdiendo. En un intento de gesto heroico, la persona que hay debajo intenta sacarse el disfraz para buscar su aura con mayor comodidad. Aparece una adolescente vestida con un saco negro. Al mismo tiempo que tira la caja, se da vuelta para pedir algo entre el público. Alguien le acerca una boina estilo mafioso gitano de Birmingham. Pero es tarde, pasó el tiempo y no hizo ningún movimiento. Se quedó sin tiempo y sin aura.

Desde la gente salta un enmascarado. Tiene sobre la cara una de esas máscaras hiperrealistas que, bien puestas y con una capucha, pueden lograr que tu tía te confunda con Brad Pitt o con Leandro Paredes. En este caso el efecto no es tan realista, a menos que estemos ante un resucitado: la máscara es de Diego Armando Maradona. De la glorieta baja el “Diegoo, Diegoo”. Sí, viejo maradoniano, se puede quedar tranquilo, las nuevas generaciones conocen a D10S. El Diego no va a batallar solo. Por primera vez en la tarde, la disputa se hace en parejas. Dos contra dos. Poder de los gemelos fantásticos, actívese: en forma de cubeta de agua, en forma de trapo de piso. El aura solo es real cuando es compartido, podría decir el protagonista de Into the wild. El aura es colectivo, coincide El Eternauta. Los competidores hacen los mismos movimientos pero ahora subidos uno arriba del otro o tratando de coordinar las manos entre sí. No parece fácil. No hay una pareja ganadora por unanimidad. Las organizadoras eligen a los ganadores. ¿Qué pasa si eligen a uno distinto al favorito del público? 

—Elegimos a un ganador y como que a la gente no le gustó. Pero los otros, tipo, habían dicho muchas cosas. Tipo cosas que no daban. Le dijeron que tenía papada y eso son cosas que no. Farmear aura es algo para divertirse y para atacar a la gente la verdad que no.

El aura no opina de cuerpos ajenos.

***

A la siguiente batalla nadie le presta atención. Porque de la glorieta empieza a bajar una invocación. Alguien la vio, entre el público, en primera fila. Los dos pibes siguen tratando de farmear algo pero no consiguen que nadie les dé bola. Uno tiene el pelo como un flogger y la camiseta de Paraguay. Puede resultar extraño, pero hoy el peinado flogger es un estilo retro. Los de la glorieta gritan, piden, imploran. Corean: abueeeeela, abueeeeela. En primera fila una señora rubia, de pelo corto, con un pequeño rosario en el pecho y buzo de la selección, observa con atención. Primero no responde al llamado. Después dice que no, que de ninguna manera. Entonces el público comprende que tiene una tarea: que esa tarde, en esa plaza, la señora farmee aura. Sale la melodía de Pet Shop Boys a la cancha y con ella cantan, como durante el Mundial en Qatar: abuela lalala lala.

La batalla a la que nadie presta atención termina sin que nadie se entere. Ahora la señora responde a los gritos de la tribuna. Levanta la palma de la mano izquierda, cierra el puño de la derecha y golpea una contra la otra. Paguen. Lo que ofrece la otra parte son más gritos: abueeela, abueeela. Y otra vez la melodía de Pet Shop Boys. La señora sigue firme y hace el mismo gesto. Así no hay negociación posible. Entonces alguien sale de entre la gente y se acerca corriendo. Enlas manos lleva algo que podría ser un pájaro herido o una flor exótica. Lo que tiene es un rejunte de billetes mal acomodados. Los pibes de la glorieta hicieron una vaquita para convencer a la señora. Pero ella dice que no. Ahora está en un problema. Se acerca otra persona con más billetes, se los ve naranjas como los de mil. El mundo sigue dándole la razón a Darín en 9 reinas: lo que faltan son financistas. La señora parece no tener escapatoria. 

Al centro de la escena salta otro enmascarado. Le cuesta hacerse ver, porque toda la energía, todo el aura, está puesto en convencer a la señora. Hasta que todos juntos ven la máscara del retador: es Cristina. Dos días antes de que se cumplan cuatro años de la noche en la que le gatillaron y la bala no salió, su cara aparece entre adolescentes que farmean aura. A la tribuna le encanta esa aparición. Y más todavía si el enfrentamiento es entre Cristina y la señora que todavía se niega a participar. Ya no tiene mucho margen, ella lo sabe y ellos también. Los gritos se vuelven más fuertes. Y dice que sí. Y el estruendo hace pensar que acaba de llegar Messi con Dibu Martínez. 

A la señora le explican de qué va la cosa y ella dice que sí, que claro. Tres, dos, uno, a farmear aura. Arranca la señora que abre las piernas, bien estiradas, como haciendo un puente, deja caer el torso, con las manos toca el piso y espera. Gritos y aplausos. Es el turno de Cristina. Se acerca el índice a la boca —a la boca de la máscara— y lo aleja. Repite la acción. Ooooh, grita la gente. La señora cruza el brazo derecho por sobre su pecho como si quisiera señalar algo que está por encima de su hombro. Con la mano horizontal, cruza de punta a punta su cuello. Y el público enloquece. Cristina se acerca y recorre toda su mandíbula con el índice. No es suficiente. La señora se le acerca. Quedan cara a cara. Se lleva el dedo a los labios como diciendo que se calle, que vuelva otro día. Pero Cristina, con la máscara desacomodada, no se rinde. Alguien se acerca a separar, porque según las reglas no se pueden tocar. La señora vuelve a su posición original, con las piernas abiertas, bien estiradas. El público enloquece. La batalla termina. Una de las chicas organizadoras pasa al frente y les da las manos a ambos. Otras dos chicas corren y dan saltos alrededor de la señora, como si estuvieran en el ballet de Alicia en el país de las maravillas. La chica jurado espera unos segundos, pero sabe lo que quieren todos. Agarra la muñeca de la señora y la levanta. Ahora se abrazan con Cristina y el delirio es total. 

La señora se llama Nora Quiroga, tiene sesenta y seis años. Dice que terminó en la plaza por una casualidad. Fue a hacer una denuncia a la comisaria porque le robaron los documentos pero no se la quisieron tomar. En cambio, la mandaron a tomar sol a la plaza. Ahí se encontró con los pibes que se habían juntado a farmear aura. Un vecino ya le había contado que había chicos que se estaban juntando para eso y, un poco en joda, le dijo que por qué no iba. Dice que le gusta hacerse rogar, que por eso hacía el gesto de pedir plata cuando le gritaban. “Igual yo no agarré la plata. Me gusta hacerme rogar”, aclara por las dudas. Es jubilada, pero —oh, sorpresa— sigue trabajando. Vende bijouterie, hace natación, boxeo y estudia idiomas.

—Hago de todo. Cuando tenía treinta me sentía una vieja chota; ahora que tengo sesenta y seis me siento re joven.

Nora tiene los ojos claros y habla sin quejarse. Se ríe de los policías que estaban tomando mate y le dijeron que el sistema estaba caído. Se ríe de la ovación que le dieron en las dos batallas en las que participó, la segunda junto a Iván Alejo Paz, Nae Plug. Todo terminó cuando un grupo empezó a saltar con ella al grito de abuela lalala lala. Terminaron un montón saltando con Nora por toda la cancha de básquet. Después los pibes y las pibas se acercaron a pedirle fotos o autógrafos. Ella, chocha. 

—Mirá, no es soberbia pero estoy acostumbrada a ser el centro de atención. Según unas canciones que me dedican tengo actitud. Pero no, es lindo, es lindo. Me parece que es algo que viene de arriba ¿Entendés? Es algo que me manda Dios del cielo, porque he sufrido mucho en mi vida. Estuve veinticinco años tirada en una cama. No, no te pongas triste. Por un problema afectivo. Pero estoy bien ahora y disfruto de la vida. Tengo que recuperar todo lo que perdí y mi meta es vivir hasta los ciento cinco años por lo menos.

Walter Benjamin no conoció a Nora, si lo hubiera hecho afirmaría, como yo, que tiene aura.

La entrada Una excursión a los farmeadores de aura se publicó primero en Revista Anfibia.

 

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    Cuatro millones quedaron afuera del subsidio a las garrafas: el ajuste también se cocina en los hogares más vulnerables

     

    Casi cuatro millones de personas quedaron fuera del subsidio para comprar garrafas tras el reemplazo del Programa Hogar por el nuevo esquema de subsidios focalizados del Gobierno.

    Por Celina Fraticiangi para NLI

    El Gobierno de Javier Milei decidió reemplazar el Programa Hogar por un nuevo esquema de subsidios energéticos focalizados y, en el proceso, dejó a casi cuatro millones de personas sin poder acceder al beneficio para comprar garrafas, según el reclamo formulado por la asociación Defensa de Usuarios y Consumidores (DEUCO). El problema no es solamente administrativo: detrás del reempadronamiento obligatorio y de la exigencia de completar nuevamente los datos aparece una transformación profunda de la política energética, en la que un derecho que alcanzaba a millones de hogares pasó a depender de un registro digital, de la evaluación individual de cada familia y de mecanismos de pago que no todos los usuarios están en condiciones de utilizar.

    La situación adquiere una dimensión particularmente grave porque la garrafa no es un consumo suntuario ni una alternativa elegida por comodidad, sino la única fuente de energía disponible para millones de hogares que no cuentan con conexión a la red de gas natural. De acuerdo con datos difundidos por DEUCO, existen alrededor de 4,8 millones de hogares sin acceso al gas por redes, mientras que el antiguo Programa Hogar tenía aproximadamente 3,9 millones de inscriptos que recibían una asistencia para afrontar la compra de garrafas. La sustitución del programa por un sistema de inscripción y evaluación focalizada convirtió, así, un universo de beneficiarios previamente identificado en una población que debe volver a demostrar que merece recibir una ayuda estatal.

    Del Programa Hogar al laberinto del reempadronamiento

    El cambio fue formalizado dentro del nuevo esquema de Subsidios Energéticos Focalizados (SEF), creado después de la eliminación del Programa Hogar. La normativa establece que los usuarios de garrafas deben inscribirse en el Registro de Subsidios Energéticos Focalizados (ReSEF) y ser admitidos para recibir el reintegro correspondiente. El mecanismo contempla una bonificación de $9.593 por garrafa de 10 kilos, con un máximo de dos unidades mensuales durante el período invernal y una durante los meses restantes.

    Sobre el papel, el Gobierno presenta el nuevo sistema como una herramienta de mayor eficiencia y focalización. En la práctica, el cambio supone que miles de familias que ya estaban identificadas dentro del Programa Hogar deben atravesar nuevamente un proceso administrativo para acceder a una ayuda que, además, ya no funciona como el esquema anterior. El propio presidente de DEUCO, Pedro Bussetti, reclamó que el trámite pueda realizarse presencialmente, justamente porque la digitalización obligatoria puede transformarse en una barrera adicional para quienes tienen dificultades de conectividad, acceso tecnológico o manejo de plataformas digitales.

    La propia reglamentación muestra hasta qué punto se sofisticó el mecanismo burocrático. Para determinar quién recibe el beneficio, la Secretaría de Energía cruza información con ANSES sobre los ingresos de los integrantes del hogar, mientras que la inscripción y actualización de datos se realiza mediante el ReSEF. Una vez admitido, el usuario debe efectuar la compra utilizando mecanismos de pago vinculados a billeteras digitales interoperables, entre ellas BNA+ y MODO, para recibir posteriormente el reintegro.

    El problema aparece cuando se observa la distancia entre la lógica administrativa del sistema y la realidad cotidiana de las familias que necesitan una garrafa para cocinar o calefaccionarse. Una política social puede ser perfectamente focalizada en sus objetivos y, al mismo tiempo, fracasar en su implementación si convierte el acceso en una carrera de obstáculos. La vulnerabilidad económica no siempre viene acompañada de conectividad permanente, dispositivos adecuados, cuentas bancarias, billeteras virtuales o capacidad para completar trámites digitales, y precisamente por eso los sistemas de protección social históricamente combinaron mecanismos automáticos con canales presenciales.

    Una ayuda que además perdió poder de compra

    Hay otro aspecto que no debería quedar oculto detrás de la discusión administrativa: el monto del subsidio también merece ser observado frente al precio real de la garrafa. El Gobierno fijó el reintegro en $9.593 para cada unidad de 10 kilos y estableció que ese valor podrá actualizarse tomando como referencia determinados costos vinculados al butano.

    Sin embargo, estimaciones difundidas por organizaciones vinculadas al sector ubican actualmente el precio de una garrafa de 10 kilos en torno de los $30.000 en algunos puntos del Gran Buenos Aires, lo que significa que el reintegro puede representar apenas una fracción del costo que debe afrontar una familia. Incluso antes de la actual discusión, el esquema había sido cuestionado porque el nuevo subsidio no acompañaba necesariamente la evolución del precio final que pagan los consumidores.

    La comparación histórica permite dimensionar todavía mejor el cambio. El Programa Hogar había sido diseñado para subsidiar de manera directa la compra de garrafas en hogares de menores ingresos que no contaban con gas de red. El nuevo esquema abandona esa estructura y la reemplaza por una modalidad en la que el Estado primero identifica, registra, evalúa y finalmente reintegra, siempre que el usuario cumpla con todas las condiciones establecidas. El discurso de la eficiencia puede esconder, en este caso, algo mucho más concreto: una reducción del universo efectivo de personas que logran llegar hasta el beneficio.

    Cuando el ajuste llega a la cocina

    La discusión sobre las garrafas permite observar una de las dimensiones menos visibles del programa económico de Milei: el ajuste no solamente aparece en grandes partidas presupuestarias, organismos estatales o programas nacionales, sino también en decisiones que determinan cuánto le cuesta a una familia cocinar, calefaccionarse o sostener las condiciones mínimas de una vivienda.

    Para quienes tienen gas natural por red, la discusión sobre una garrafa puede parecer lejana. Para millones de argentinos que viven sin infraestructura de gas, en cambio, se trata de un gasto cotidiano e inevitable. Por eso la eliminación del Programa Hogar y la posterior creación de un sistema de subsidios focalizados no puede analizarse solamente como una modificación técnica de los mecanismos de asistencia: implica redefinir qué responsabilidad asume el Estado frente a quienes quedaron fuera de la infraestructura energética básica.

    El dato de los casi cuatro millones de personas que hoy no consiguen acceder al subsidio expone precisamente esa contradicción. El Gobierno puede afirmar que el beneficio continúa existiendo, y formalmente es cierto: existe un reintegro de $9.593 por garrafa para quienes logren ingresar al nuevo esquema. Pero una política pública no se mide únicamente por su existencia normativa, sino también por su capacidad efectiva para llegar a quienes la necesitan. Cuando millones de personas que antes estaban dentro de un programa deben atravesar un nuevo proceso de inscripción y una parte importante queda afuera, el problema deja de ser burocrático y pasa a ser político.

    Porque detrás de cada formulario incompleto, cada usuario que no consigue registrarse y cada familia que debe pagar una garrafa a precio completo hay una escena mucho más sencilla y brutal: una persona intentando encender la cocina de su casa. Allí es donde las palabras “eficiencia”, “focalización” y “reordenamiento” encuentran su verdadera medida. Si el resultado del ajuste es que millones de hogares vulnerables tienen más dificultades para acceder a una fuente básica de energía, entonces el debate ya no es sobre la modernización de un subsidio, sino sobre qué modelo de Estado está dispuesto a garantizar las condiciones materiales de una vida digna.

     

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