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GOLAZO EN CONTRA

El presidente Mauricio Macri oficializó mediante un Decreto de Necesidad y Urgencia (DNU) la creación de la Agencia de Deporte Nacional (ADN), en reemplazo de la Secretaría de Deportes, y estará bajo la órbita de la Secretaría General de Presidencia de la Nación, el decreto cosechó controversias incluso antes de publicarse.

Esta conversión no sólo marca un descenso en el organigrama del Estado sino además es un claro acto de desprecio hacia el deporte. La nueva Agencia tendrá autonomía para administrar sus bienes y recursos. Se convierte en una entidad mixta que lleva al deporte público a una potencial privatización, motivando negociados particulares.

El Decreto indica que se le otorgará a la Agencia el alquiler y venta de las instalaciones deportivas, terrenos o espacios físicos disponibles (se trata de  más de 700 hectáreas de tierras fiscales entre el Cenard, Parque Olímpico de Villa Soldati, Pista Nacional de Remo en el Tigre y Cenade de Ezeiza), también faculta a la tercerización de empleos; permite el arancelamiento de actividades recreativas e introductorias, al acceso a instalaciones y acepta el ingreso de terceros para la organización de espectáculos deportivos.

Además elimina la Confederación Argentina de Deportes (CAD), la entidad madre del deporte federado. Uno de los pocos espacios de fricción con el bloque de dirigentes que manejan el deporte nacional. Rodolfo Paverini, presidente de la CAD expresó su desacuerdo y su preocupación para el futuro, asegurando que esta medida esconde intereses millonarios por las tierras donde se encuentra el CeNARD.

En Argentina no se necesitan menos instalaciones deportivas, por el contrario se necesitan más. Sin embargo, como asegura Paverini, los rumores más fuertes indican que Ciudad (dueña del predio de la Villa Olímpica de los Juegos de la Juventud 2018), entregaría ese sitio a Nación a cambio del predio del CeNARD, propiedad del Estado Nacional. En el marco de una movida para que la Ciudad complete un plan inmobiliario multimillonario que incluye el CeNARD, el Tiro Federal (ya vendido), y la cancha de River. 

¿Estas son las razones por las que el presidente no puede esperar hasta el 1º de marzo para que el congreso debata un programa de gestión a 20 años como corresponde?¿Hacer un DNU en pleno enero para vender terrenos del Estado? ¿Se está apurando el negocio?

El deporte es como la educación y la salud, para todas se necesita inversión y programas profesionales a largo plazo. Los deportistas necesitan tener las mejores condiciones para exigirse en la máxima competencia para representar a nuestro país  pero a su vez no es solo deporte, sino el espacio y la contención que se le da a los chicos, que quizás viven en un contexto muy difícil, y necesitan de esa ayuda para poder tener una vida digna.

El sistema del deporte argentino se viene desfinanciando desde hace tres años. En esta situación compleja, es el área que más sufre los recortes ya que su participación en la torta global cayó un tercio en 2019. A eso hay que sumarle una inflación sideral. Se ha ido generando el espacio, allanando el camino, para presentar la Agencia como benefactora de los deportistas.

El deporte inculca valores tales como los que aporta el colegio. Ambos espacios (educación y deporte, en declive), vienen a fortalecer el proceso de formación que antes se forjaba en la casa y ya no. 

Intentarán convencernos que el éxito de la agencia estará ligado en gran medida, a la capacidad e integridad de los gestores. Que claro gestionarán bien como sucedió a lo largo de toda la gestión de Cambiemos, pero para intereses privados. Los deportistas de elite volverán a vender rifas como en los ´90.

Texto: Emiliano Piccinini
Portada: Germán Busin

Fuente:
LEY DEL DEPORTE-Decreto 92/2019
@EPHECTO

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  • ¿Por qué funciona el discurso anticomunista?

     

    En la campaña electoral de 2023, los gritos vehementes de Javier Milei denunciando el “zurdaje comunista” generaron incredulidad y hasta risas. ¿A quién le hablaba?, ¿a quién convocaba con ese discurso antiguo? pensamos muchos. Un asombro similar produjeron las declaraciones de Donald Trump, que en 2019 denunció el “Green New Deal” (la propuesta de un nuevo acuerdo ecologista) como “un Caballo de Troya para el socialismo en Estados Unidos”. Más lejano aun pudo parecer el lema “Comunismo o libertad” usado en la campaña electoral de 2021 por Isabel Díaz Ayuso, la actual Presidenta de la Comunidad de Madrid. Y desde luego, está el caso de Jair Bolsonaro, uno de los pioneros en reavivar la tradición anticomunista. Hasta hace poco tiempo, en su dispersión y heterogeneidad estas menciones podían parecer trasnochadas o anacrónicas, dada la desaparición del horizonte del comunismo soviético. Sin embargo, esos candidatos han llegado al poder. Entonces: ¿trasnochados ellos o ingenuos nosotros?

    Estos líderes forman parte de una lista más larga de quienes, con mayor o menor vehemencia, reclaman contra la conspiración comunista, socialista o colectivista que aqueja al mundo. De la ecología a las políticas de género, de los impuestos al cuidado humanitario de inmigrantes, o la educación sexual, hoy muchas de las causas y valores de la renovación de la cultura democrática de las últimas décadas han sido tachados de comunistas, como un avance totalitario y opresor. En el caso de los sectores ultraliberales, la educación y la salud públicas –y todas las políticas redistributivas o progresivas– son consideradas nuevas formas de comunismo. Así, la gran familia de las nuevas derechas parece estar viviendo otra vez la Guerra Fría, más cerca del delirio paranoide que de algún enfrentamiento real con opciones anticapitalistas.

    ¿Anacrónico?

    El primer dato a considerar es que el anticomunismo de estos líderes no es una novedad; tiene una larga historia de persecución política y pensamiento conspirativo que atraviesa todo el siglo XX de Occidente y que se remonta incluso a décadas anteriores a la Guerra Fría, al menos hasta la Revolución Rusa de 1917. Lo mismo sucede con la historia de estas derechas: la novedad que representan tiene profundas raíces en la historia del conservadurismo y el nacionalismo de cada país y a escala global (1). Por tanto, el anticomunismo es tan antiguo como la historia de las derechas que hoy tratamos de entender. Pero esto no significa que el fenómeno actual sea la mera continuidad de ese pasado o que pueda pensarse como la simple reverberación del fascismo de entreguerras. Hay en las derechas radicales una novedad indiscutible en la manera en que disputan sus intereses bajo el juego político de la democracia liberal, al mismo tiempo que la socavan por dentro, tal como han señalado agudos observadores (2). ¿Cuál es la novedad de su anticomunismo? ¿Por qué y para qué movilizar imaginarios en apariencia old fashioned, especialmente para las jóvenes generaciones a las que se dirigen?

    Se suele decir que el anticomunismo es un discurso anacrónico, en un mundo donde, desde la caída del Muro de Berlín (1989) y la disolución de la Unión Soviética (1991) el comunismo no existe más como opción política. Por esa razón, el componente antimarxista de las nuevas derechas suele ser relegado como un dato más de una retórica florida. Esta perspectiva tiende a descartar el problema, considerando como una mera estrategia discursiva al elemento ideológico que organizó buena parte del conflicto político del siglo XX. La dificultad reside en entender “comunismo” en términos geopolíticos literales, como si solo se refiriese al mundo soviético, a los partidos comunistas en Occidente o a la defensa de un modelo anticapitalista. Y tal vez ese no sea el ángulo más productivo para pensar el problema. La pregunta es, más bien, otra: ¿qué están diciendo cuando dicen “comunismo”, y qué potencial político tiene hoy volver a movilizar este término?

    Feminismo, género, diversidades sexuales, raciales o religiosas, educación sexual, cambio climático, migraciones, islamismo, redistribución del ingreso, protección de las minorías y de los sectores sociales más vulnerables… La lista de ideas, proyectos o sujetos tachados de “marxismo cultural” o “socialismo” –según las declinaciones de cada profeta– muestran, de una punta a la otra del mapa global, que “comunismo” designa hoy los valores del llamado mundo “progresista” de las últimas décadas (“woke”, en su versión despectiva). En otros términos, el anticomunismo es una declinación a la antigua del actual antiprogresismo, con la diferencia de que hoy la disputa se produce dentro del capitalismo y con variaciones muy relativas. Sin embargo, en esas variaciones relativas, que parecen marginales dentro del capitalismo, se juega la vida de millones de personas. Al apelar a la potencia simbólica del término “marxista” o “comunista”, los líderes de derecha buscan recuperar la fuerza mayor de ese combate en el Occidente liberal (de todas maneras, la evocación no es igual en todos, y de hecho algunos líderes, como Marine Le Pen o Giorgia Meloni, no recurren tanto a la batería discursiva anticomunista). En cualquier caso, todos defienden el mismo sentido antiprogresista que los vehementes antimarxistas Santiago Abascal o Javier Milei.

     

    Antiprogresismo

    El segundo dato clave –ya muy conocido– es que el antiprogresismo es hoy el centro de la batalla cultural de las nuevas derechas globales, que en cada país adquiere sus propios contornos –antiperonista y ultraliberal en Argentina, islamobófico y antimigratorio en Europa o Estados Unidos–. Esa guerra cultural de la “internacional reaccionaria” parte del supuesto de que la izquierda, a pesar de su fracaso en la construcción del socialismo, se impuso en el terreno cultural. La verdadera lucha debería apuntar, para las fuerzas conservadoras, a la hegemonía del progresismo que destruye la sociedad occidental con su pensamiento “políticamente correcto” (3). Por eso mismo, se presentan como la rebelión contra un sistema que suponen conquistado y dominado por el progresismo y la izquierda. Por muy anacrónico que parezca, el anticomunismo es coherente y está en el corazón del proyecto ideológico de las nuevas derechas.

    El anticomunismo propone respuestas fáciles en un mundo atravesado por miedos, incertidumbres y sentimientos de disolución social.

    Una mención aparte merece el combate contra el feminismo y la “ideología de género”, combate que va más allá de sus élites dirigentes. ¿Por qué el feminismo y la diversidad sexual están en el centro de la disputa y de la denuncia anticomunista sobre el “marxismo cultural”? En la actual configuración de las democracias liberales, pocas cosas –o casi ninguna– representan una amenaza real al orden social. Sin embargo, el feminismo, en su impugnación antipatriarcal (que incluye el cuestionamiento del orden heterosexual como norma), conserva un poder subversivo y antisistema que no tiene ningún otro factor del progresismo actual (independientemente de las corrientes dentro del feminismo). Así, estas derechas, que se proclaman antisistema, luchan en realidad por la preservación de un orden social blanco, masculino y colonial que sienten socavado. Tal como lo hacía el anticomunismo del pasado, que veía el orden occidental en peligro e imaginaba conspiraciones paranoicas de la Casa Blanca a la Casa Rosada, de los hippies a las guerrillas, de las minifaldas al peronismo. Es aquí, en la lucha por la preservación del sistema, donde la impugnación de “marxista” o “comunista” aplicada al feminismo encuentra todas sus resonancias pasadas.

    Si bien la batalla cultural antiprogresista unifica a las nuevas derechas radicales, sus diferencias no son menores, especialmente en cuestiones como la economía y el nacionalismo. Estas variaciones indican, también, que el florecimiento de fuerzas radicales de derecha debe ser explicado en función de procesos y tradiciones locales –y no meramente como una “ola global”–. Es aquí donde el anticomunismo de Milei adquiere su rasgo distintivo: no se trata de la impugnación de las agendas culturales del progresismo biempensante, sino de la destrucción de todo resabio de políticas orientadas a las grandes mayorías sociales entendidas como formas de estatismo y colectivismo. Se trata de la gestión desnuda en favor de los intereses del tecno-capitalismo concentrado internacional. Con ello, el neoliberalismo argentino –en la versión iracunda de Milei– retoma una larga tradición de nuestras derechas. Basta con evocar la última dictadura para constatar que las derechas fueron tan anticomunistas como neoliberales y autoritarias, y que su principal oponente fueron las políticas estatistas, keynesianas y redistributivas, en general asociadas al peronismo y al kirchnerismo. Desde luego, esto parece dejar a Milei lejos del proteccionismo de Trump, pero muy cerca de la defensa compartida del tecno-capitalismo. En todo caso, el anticomunismo neoliberal de Milei se alinea cómodamente con el de Bolsonaro o José Kast.

    Dentro de estas variaciones nacionales, algunos argumentos de orden geopolítico explican los tópicos anticomunistas de manera más concreta, sin los efectos anacrónicos que parecen tener en boca de líderes como Milei. El caso más claro es Trump y su batalla por la supervivencia del poder imperial estadounidense frente a China. Ello le permite, sin excesivos retorcimientos históricos, identificar su enemigo en el “comunismo oriental”. De la misma manera, su electorado de origen latino vota entusiasta la condena a la “troika de la tiranía”, tal como la llamó su Consejero de Seguridad Nacional en 2018, John Bolton, a los gobiernos de Cuba, Venezuela y Nicaragua. Por la misma razón estratégica pero en sentido inverso, en Hungría Viktor Orban dejó de lado su discurso anticomunista –que asociaba la Rusia de hoy con la Unión Soviética– para pasar a una cercanía más pragmática con Vladimir Putin.

    Significante vacío

    Volvamos a nuestras preguntas de partida: ¿por qué y para qué movilizar el imaginario anticomunista? Si, una vez más, dejamos de pensar el comunismo en términos literales, surge un último elemento clave: el potencial político-simbólico del discurso anticomunista en su larga historia. Con mayor o menor pregnancia según los países, “comunista” ha funcionado también como un potente significante vacío negativo, capaz de ser llenado con los más diversos contenidos y sujetos, como un otro absoluto, peligroso y amenazante. Tanto es así que Alice Weidel, la dirigente de la extrema derecha de Alternativa para Alemania (AfD), puede permitirse decir que Adolf Hitler era un “comunista”.

    La noción de significante vacío es particularmente útil para entender el peso del anticomunismo en Argentina, donde –salvo algunos momentos– no ha habido fuerzas de izquierda importantes, a diferencia de países como Brasil o Chile, donde el comunismo evoca miedos históricos bien reales. En Argentina “comunista” es, entonces, un sentido a ser llenado, que sirve para polarizar y designar un otro peligroso que pone en riesgo “nuestro” orden social y moral, nuestra comunidad. Es, por ello, un enemigo absoluto que debe ser eliminado (4). En la historia argentina, la denuncia del “peligro rojo” ha servido para generar miedos sociales y justificar la persecución de trabajadores, partidos de izquierda, peronistas y antiperonistas, mujeres, jóvenes, gays o artistas “transgresores”, cuyas prácticas, ideas o deseos parecían hacer tambalear el orden occidental y cristiano. Movilizado con fines instrumentales o con auténtica convicción ideológica, “comunista” o “marxista” ha funcionado en boca de las derechas como designación automática de un culpable de todos los males. Así, el anticomunismo finalmente propone certezas y respuestas fáciles en un mundo atravesado por miedos, incertidumbres y sentimientos de disolución social y amenaza sobre la comunidad de pertenencia. Esta potencia simbólica es la que sigue funcionando en el apelativo “comunista” aplicado en el presente. Por eso mismo, la pandemia de Covid –epítome máximo de la disolución final por venir– fue también un momento de renacimiento del anticomunismo.

    Es entonces este gran poder performativo de la acusación de “comunista”, tan sedimentado históricamente en el mundo occidental, lo que permite que las nuevas derechas –herederas al fin y al cabo de largas tradiciones conservadoras– sigan utilizando el término para arremeter en su batalla cultural. Sin duda, la movilización antiprogresista ha logrado dar una nueva vida al “miedo rojo” para las generaciones desencantadas de nuestro tiempo.

    1. Para el caso argentino, véase: Sergio Morresi y Martín Vicente, “Rayos en un cielo encapotado: la nueva derecha como una constante irregular en Argentina”, en Pablo Semán (coord.), Está entre nosotros, Buenos Aires, Siglo XXI, 2023.
    2. Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, Cómo mueren las democracias, Barcelona, Ariel, 2018; Steven Forti, Democracias en extinción, Barcelona, Akal, 2024.
    3. Pablo Stefanoni, “Las mil mesetas de la reacción: mutaciones de las extremas derechas y guerras culturales del siglo XXI”, en J. A. Sanahuja y Pablo Stefanoni (eds.), Extremas derechas y democracia: perspectivas iberoamericanas, Madrid, Fundación Carolina, 2023.
    4. Ernesto Bohoslavsky y Marina Franco, Fantasmas rojos. El anticomunismo en la Argentina del siglo XX, UNSAM, 2024.

     

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  • Se desplomó el Índice de Confianza del Consumidor y preocupa al Gobierno el impacto en la reelección de Milei

     

    Javier Milei se desplomó en el índice de confianza al consumidor que elabora la Universidad Di Tella. En el Gobierno hay preocupación por el impacto del malhumor social en la reelección del Presidente.

    Tras la publicación de los números, los libertarios buscaron llevar tranquilidad a sus filas. «Casi 41% el ICC de JULIO de la UTDT. Es lo que sacaríamos en primera vuelta si las elecciones fueran hoy. Un poquito menos que el mes pasado pero mucho mejor a otros presidentes a esta altura del mandato». El análisis del ex funcionario albertista y hoy fervoroso mileísta Antonio Aracre despertó toda clase de bromas en Twitter.

    Aracre saló a bancar al Gobierno en un momento delicado. Sin embargo, no logró generar demasiado entusiasmo. «Dejá de hablar huevadas, Macri fue a las aso 2019 con ICC en 42 y sacó 32 puntos», le respondieron en Twitter. Entre junio y julio de 2026, la confianza en el presidente disminuyó 4,78%.

    Como publicó LPO, la crisis pegó fuerte en todos los sectores. Incluso casi la mitad de los libertarios reconoce que su situación económica personal es peor que el año pasado. El principal problema para el gobierno es que la bonanza que festejan en el Ministerio de Economía no llega al bolsillo. Y ese malestar pone en peligro la reelección de Milei.

    Casi la mitad de los libertarios dice que su situación económica está peor que el año pasado

    Milei cae en todos los segmentos que abarca el índice de la Di Tella. La baja más importante es los sectores de menores ingresos, con 11, 47%, mientras que entre los de mayores ingresos la confianza disminuyó 1,45%.

    El desencanto tampoco diferencia en provincias con un electorado más o menos afín al oficialismo: los distritos donde Milei cayó más fuerte son la Provincia, con 6,34% y la Ciudad, con 6,24% de baja. En el interior la caída fue mucho más moderada, de 1,68%, pero en el interanual la baja fue marcada: 8,78% respecto de julio de 2025.

    Entre los subíndices que componen el Índice de Confianza del Consumidor «en julio se observaron disminuciones en todos los componentes. Situación Macroeconómica registró la mayor caída mensual (-8,49%) y se ubica 10,54% por debajo del nivel de julio de 2025», explican en el informe.

    Si bien Situación Personal disminuyó 3,89% en el mes, respecto de 2025 el derrumbe es notorio: se encuentra 14,98% por debajo del registro de julio de 2025.

     

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  • El modelo bate récords de exportación pero no logra reactivar la inversión y el crédito

     

     Mientras el Gobierno celebra el récord exportador que encuentra impulso en pocos sectores, la economía real sigue mostrando una postal muy distinta. De un lado avanzan el petróleo y la minería, el agro y los negocios financieros. Del otro quedan el consumo, la inversión y el empleo. 

    Las exportaciones volvieron a romper récords  históricos. Alcanzaron los USD 9.055 millones, un 24,5% más que en junio de 2025, mientras que las importaciones totalizaron USD 6.861 millones, con un incremento interanual del 7,3%. El superávit de balanza comercial fue de USD 2.194 millones en junio y lleva casi USD 14.000 millones en el primer semestre.

    Entre los productos más exportados en junio se destacaron el petróleo crudo, con ventas por USD 918 millones; la harina y pellets de soja USD 874 millones; el aceite de soja en bruto USD 769 millones; el maíz USD 639 millones y los vehículos automotores USD 463 millones.

    En conjunto, los diez principales productos representaron el 56,8% de las exportaciones del mes y sobresalió el crecimiento de las ventas de combustibles y energía, minería y el complejo agroindustrial.

    Preocupado porque la economía no levanta, el gobierno quiere que los bancos reactiven los créditos hipotecarios

    Pero lo interesante es que la contradicción también aparece dentro de los propios sectores ganadores. La caída del empleo en el sector de «petróleo y minería» a nivel nacional alcanzó los 8.735 puestos de trabajo formales. Esta pérdida representa una baja de casi el 9,2% en la dotación de personal de estas industrias respecto a noviembre de 2023, según datos del SIPA que elabora el Ministerio de Capital Humano. 

    El sistema financiero, mientras tanto, continúa cerrando sucursales físicas como parte de un proceso de digitalización y reducción de costos. Eso implicó la pérdida de más de 5.000 puestos, según datos de La Bancaria, quedan 94.325 trabajadores activos bajo el convenio bancario

    La inversión tampoco acompaña el discurso oficial. Pese a la aprobación del RIGI y a las expectativas generadas por algunos grandes proyectos energéticos y mineros, la inversión extranjera directa viaja en sentido opuesto. El último dato publicado por el BCRA, al cierre del 2025, confirma que la Inversión Extranjera Directa (IED) total anual se desplomó un 73,1% interanual, alcanzando apenas USD 3.134 millones. Según los datos mensuales de la balanza cambiaria de la IED, tocaron un histórico negativo de USD 797,73 millones durante el primer semestre del año 

    Respecto al potencial del RIGI para apuntalar inversiones, fue determinante Marina Dal Poggetto en diálogo con Clarin » El RIGI quivale al 1,5% de la inversión hoy. El total anunciado van USD 124.000 millones pero aprobados en el Boletín Oficial hay USD 21.300 millones y sólo USD 8.000 millones están comprometidos en los dos primeros años. Pero lo efectivamente invertido al día de hoy son apenas USD 1.800 millones, que es el 1,5% de la inversión. Con lo cual aún no vemos el impacto esperado y de hecho no alcanza para traccionar la inversión que este año cae», señaló una de las economistas más escuchadas por el establishment.

    El mayor cuello de botella aparece justamente allí. El impulso financiero no logra transformarse en consumo ni en inversión productiva. Marina Dal Poggetto definió esa situación con una frase que sintetiza el problema: «La cadena de transmisión de la economía está rota». La economista sostiene que el crédito no consigue traccionar ni el consumo ni la inversión porque el proceso de monetización encuentra múltiples obstáculos.

    Dal Poggetto explica que buena parte de los pesos disponibles continúan siendo absorbidos por el Tesoro. El Estado necesita ofrecer tasas elevadas para renovar su deuda en moneda local y esterilizar liquidez. Ese mecanismo termina compitiendo con el financiamiento al sector privado. Los bancos encuentran más rentable colocar recursos en títulos públicos que expandir el crédito a empresas y familias. El dinero gira sobre sí mismo como una rueda que nunca abandona el mismo surco.

     «El consumo está trabado y puede crecer poco teniendo en cuenta la lógica de este modelo: crecimiento basado en exportaciones e inversiones impulsadas por el esquema RIGI. Lo primero está ocurriendo y a tasas altas en un contexto donde por el parate de la economía, las importaciones no traccionan. Pero esto no alcanza para generar una expansión genuina de la economía cuando los salarios están básicamente estancados en términos reales y el empleo formal sigue cayendo compensado en parte con el empleo informal. Hubo un aumento de dos puntos en la tasa de desempleo desde que llegó Milei y un punto más cuando se suma el subempleo. Entonces hay insuficiencia de ingresos de los hogares y falta de rentabilidad de las empresas en los sectores que no están favorecidos por el cambio de precios relativos y el RIGI», apuntó Dal Poggetto.

    Dal Poggetto trazó el límete del modelo económico. «Estas dos velocidades no arrastran los niveles de actividad y empleo en su conjunto y a mi juicio es lo más complicado en términos de sostenibilidad del modelo porque así como está no hay rentabilidad en esta economía. La economía nueva tributa mucho menos que la vieja. Sé que para la lógica del Gobierno esto no es un problema pero son mis inquietudes si usted me pregunta», expuso Dal Poggetto. 

    Las consecuencias ya aparecen en las encuestas. El último informe de Giacobbe & Asociados muestra que el 54,7% de los consultados considera que la situación económica continúa empeorando. En paralelo, Javier Milei alcanza un 56,9% de imagen negativa. El estudio también encuentra un límite para la expansión electoral del oficialismo: el voto seguro del Presidente se ubica alrededor del 39%, mientras un 53% afirma que nunca lo votaría.

    Los datos de Opina Argentina, dirigida por Facundo Nejamkis y con trabajo de campo de Solmoirago, muestran un cambio todavía más significativo. El desempleo y los bajos salarios pasaron a encabezar las preocupaciones sociales con el 35%, desplazando a la inflación, que quedó en 17%. Además, el 61,9% de quienes desaprueban la gestión explican su posición por razones económicas vinculadas con la recesión, la caída del consumo y la pérdida de empleo. En intención de voto, La Libertad Avanza y el peronismo aparecen prácticamente empatados, con pisos cercanos al 35% y 34%, respectivamente.

    Otros relevamientos, como los de CB Consultora Opinión Pública, incluso muestran al peronismo encabezando algunos escenarios nacionales de cara a 2027. Según la medición, la coalición opositora oscila entre el 32% y el 33,7%, mientras La Libertad Avanza se mueve entre el 26% y el 34%, según el escenario evaluado. Cuando se pregunta por las razones del voto, el 47,2% identifica la recesión, la caída de las ventas y el desplome del consumo como el principal problema que condiciona su respaldo al Gobierno.

    En la Casa Rosada sostienen que el crecimiento terminará derramando sobre el resto de la economía una vez consolidada la estabilidad macroeconómica. 

    «Hay un error de base en toda esta discusión. Se habla de estabilidad macroeconómica como si fuera un estado permanente, cuando en realidad la macro es un terreno en disputa. Pensar que el sector externo, por sí solo, va a derramar sobre el mercado interno es una teoría que ya fracasó demasiadas veces en la Argentina», comentó un referente económico del kirchnerismo. 

    «La idea de un modelo exportador tampoco es nueva. Es un esquema que puede funcionar para economías con otra escala demográfica o productiva, como Australia, o con estructuras muy distintas, como Filipinas. Pero para un país de casi 50 millones de habitantes difícilmente alcance para generar empleo de calidad, consumo masivo y movilidad social. Es un modelo que, en el mejor de los casos, integra plenamente a una parte de la sociedad y deja al resto dependiendo de que ese crecimiento llegue algún día», observó este economista nostálgico. 

    «El problema de la oposición es que, aun cuando muchos de estos límites empiezan a hacerse visibles, todavía no logra ofrecer una alternativa económica sólida y creíble para las mayorías. Hay diagnóstico, pero falta liderazgo. Y sin liderazgo tampoco aparece un programa capaz de disputar el sentido común económico que hoy domina el debate», se lamentó. 

     

     

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