Ucrania: una paz que avanza a la fuerza

 

En menos de 72 horas, la relación transatlántica cambió de naturaleza y todo parece indicar que los ucranianos han perdido la guerra. El 12 de febrero de 2025, el flamante secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, dio inicio a las negociaciones de paz en Ucrania. Ya desde un comienzo cedió ante las dos principales exigencias de Moscú: la no adhesión de Kiev a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y la ratificación de las “nuevas realidades territoriales”, es decir, la anexión de cuatro regiones ucranianas a Rusia, así como también de Crimea. Al día siguiente, tras una larga conversación telefónica con Vladimir Putin, el presidente Donald Trump anunció su intención de reunirse con su par ruso en Arabia Saudita –sin los ucranianos ni los europeos– y expresó su deseo de que pronto se organicen elecciones en Ucrania. Finalmente, el 14 de febrero, en un discurso pronunciado en una conferencia en Munich, el vicepresidente estadounidense, más que abordar la cuestión ucraniana, reprochó a los dirigentes europeos el hecho de que deshonraran las aspiraciones de sus propios pueblos restringiendo la libertad de expresión en las redes sociales o anulando las elecciones en Rumania por supuestas injerencias rusas (1).

Semanas antes, Trump había lanzado una ofensiva comercial al aumentar los aranceles a las importaciones de Canadá, México y la Unión Europea, y también había expresado sus intenciones anexionistas sobre Groenlandia (2). Sin embargo, de ahora en adelante, ya no se trata tan sólo de manipular a sus “aliados” para que compren más armas o para equilibrar la balanza comercial. Al declarar que Estados Unidos no les concedería garantías de seguridad ni a Ucrania ni a las tropas europeas que pudieran desplegarse para hacer cumplir un eventual alto el fuego, Trump inevitablemente sembró dudas sobre la solidaridad estadounidense en caso de un ataque al territorio de un miembro de la OTAN. Sin su contrapartida de seguridad, el vínculo transatlántico se parecería más bien a una completa relación de dependencia.

No obstante, desde 2022, Estados Unidos ha “invertido” un promedio de 35.300 millones de dólares por año en Ucrania (3). Mucho más que los 3.000 a 5.000 millones de dólares que Washington destinó cada año a Israel antes del ataque del 7 de octubre de 2023 y el equivalente a casi la mitad de los gastos militares anuales para Afganistán entre 2001 y 2019 –un esfuerzo para financiar una ocupación militar y operaciones directas–. El nivel de apoyo a Ucrania se sitúa, por lo tanto, en algún punto intermedio entre la ayuda brindada a un aliado histórico en Medio Oriente y el compromiso de una intervención directa en el campo de batalla en su propio nombre. Pero a Trump poco le importa todo eso: la guerra en Ucrania no es la de Estados Unidos, sino la de su antiguo rival Joseph Biden…

Errores de cálculo

Evidentemente, la magnitud de la ayuda occidental llevó a Kiev a cometer un error y la alentó a rechazar la negociación. En la primavera boreal de 2022, incluso antes de que Occidente le proporcionara su apoyo militar, la resistencia ucraniana podía enorgullecerse de haber frustrado la operación de cambio de régimen fomentada por el Kremlin y de haber minimizado las pérdidas territoriales. Después de cuatro semanas de combates, los beligerantes estaban cerca de llegar a un acuerdo. En Estambul, Kiev aceptó un estatus de neutralidad –es decir, renunció a adherirse a la Alianza Atlántica– y confirmó su intención de no dotarse de armas nucleares. A cambio, buscaba conseguir la retirada voluntaria de Moscú de los territorios que había ocupado desde el 24 de febrero. Sin embargo, Kiev necesitaba garantía de seguridad por parte de los líderes occidentales, quienes se la negaron. Boris Johnson se convirtió en el portavoz de la posición occidental durante una visita a la calle Bankova, sede de la Presidencia ucraniana. El Primer Ministro británico afirmó que nunca firmaría un acuerdo con Putin. Por eso, lo que ofrecían no eran garantías, sino armas (4).

Europa deberá pagar la reconstrucción de Ucrania y, al mismo tiempo, afrontar los costos de su seguridad.

Por un tiempo fue posible creer que dicha apuesta resultaría exitosa. Tras una primera contraofensiva, en noviembre de 2022, Kiev recuperó la ciudad de Jersón, ubicada en la orilla derecha del río Dnieper. Se desató la euforia. La palabra “negociaciones” se volvió tabú. No alinearse con los objetivos ucranianos –es decir, recuperar por la fuerza las fronteras de 1991– equivalía a firmar un pacto con el diablo. Los grandes medios de comunicación occidentales respaldaron el decreto ucraniano de octubre de 2022 que prohibía las negociaciones con Putin, a quien buscaban llevar ante la justicia internacional por crímenes de guerra (5).

Sin embargo, la segunda contraofensiva ucraniana de junio de 2023 resultó en una derrota. En los medios de prensa, los estadounidenses expresaron su descontento: Kiev habría escatimado demasiado sus hombres para privilegiar ataques tácticos dispersos a lo largo del frente en lugar de enviar soldados en masa a los campos de minas rusos con la esperanza de traspasar las defensas del adversario y cortar el puente terrestre entre Rusia y Crimea (6). Bajo la presión de Washington, Kiev redujo la edad de reclutamiento de 27 a 25 años en abril de 2024, pero en diciembre se negó a bajarla a los 18 años. Así, la apuesta hecha en base a las exhortaciones occidentales fracasó trágicamente. Tanto el costo humano –cientos de miles de muertos y heridos– como los sacrificios exigidos a la sociedad fueron en vano (7).

Como lógica consecuencia, durante el mismo período, Rusia experimentó una suerte inversa. El inicio de su “operación militar especial” resultó un fiasco. Los servicios de inteligencia rusos sobrestimaron los apoyos con los que contarían tanto por parte de la población como dentro de las élites ucranianas. El Ejército se estancó en los barrios periféricos de la capital ucraniana y fracasó en su intento de tomar el control del país. El Kremlin decidió entonces concentrar su dispositivo militar en el Donbass y Crimea. Concebida inicialmente como una expedición relámpago, la guerra fue cambiando de escala y de naturaleza. La movilización forzada decretada en septiembre de 2022 provocó una ola de protestas y exilios.

Atrapada en su propia guerra, Rusia agravó su situación en materia de seguridad. Su “operación militar especial” tenía como objetivo, por un lado, prevenir que Ucrania se rearmara –antes de que Kiev recuperara por la fuerza las regiones separatistas prorrusas– y, por otro lado, poner un freno a la expansión de la OTAN hacia el Este. No obstante, unos meses después del inicio del conflicto, Rusia enardeció el patriotismo de un adversario que recibía un flujo continuo de armas y que contaba con el respaldo de una Alianza Atlántica reforzada con dos nuevos miembros: Suecia y Finlandia, que limitan con la zona ártica, estratégica para Moscú. Los dirigentes europeos reforzaron los batallones enviados al flanco oriental de la alianza, incluida Francia, que hasta entonces se oponía a una presencia permanente. La fuerza de reacción rápida de la OTAN cuadruplicó su número de efectivos; también continuó la construcción de la nueva base antimisiles estadounidense en Polonia, en donde los norteamericanos elevaron su presencia militar a 10.000 soldados. Lejos de calmarse, en Rusia las preocupaciones respecto de la seguridad se intensificaron por no haber previsto la fuerza y la unidad de la reacción occidental. Empero, al apostar por la consolidación de sus defensas detrás del Dnieper, Rusia logró estabilizar el frente. Los avances territoriales, como la toma de Bajmut en mayo de 2023, se consiguieron a costa del sacrificio de numerosas tropas, en un país ya golpeado por su crisis demográfica.

El Presidente estadounidense parece elevar a Rusia al rango de nueva aliada.

Si bien Rusia mostró debilidades militares, la resiliencia de su economía resultó sorprendente. El Banco Central había acumulado suficientes reservas para asumir una confrontación financiera con Occidente. Logró sostener eficazmente el rublo y salvar su sistema bancario a pesar del congelamiento de sus activos en Europa y Estados Unidos. En cuanto a las sanciones energéticas, terminaron volviéndose en contra de los propios impulsores europeos: el aumento de los precios del gas compensó la pérdida de los volúmenes enviados al Viejo Continente, dando tiempo a Rusia para reorientar sus exportaciones de hidrocarburos hacia Asia (8). El fracaso de la estrategia de aislamiento se volvió evidente porque, si bien Moscú se vio obligada a recurrir a “Estados parias”, como Corea del Norte o Irán, para obtener armas o soldados, la realidad es que no le faltaron socios económicos interesados en sus descuentos energéticos. Los países que forman el núcleo del BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) vieron con preocupación la ofensiva punitiva financiera de Washington contra uno de sus miembros y profundizaron de forma preventiva su cooperación para reducir el uso del dólar en sus intercambios. En 2024, BRICS acogió a cinco miembros nuevos, entre los que destacan los Emiratos Árabes Unidos, un actor clave en las nuevas rutas del petróleo ruso (véase el artículo de págs. 12-14).

¿Acercamiento al hermano menor?

Al elegir negociar cara a cara con Moscú, Trump le ofrece una vía de escape al Kremlin. El Presidente estadounidense parece elevar a Rusia al rango de nueva aliada. Las concesiones, por ahora sólo verbales, resultan vertiginosas: reanudación de las negociaciones sobre el desarme, promesa de reincorporación al G7 y, a largo plazo, levantamiento de las sanciones. Aunque el Presidente estadounidense trate de morigerar estas promesas en las próximas semanas, la solidaridad transatlántica parece estar ya profundamente deteriorada.

Estas declaraciones podrían cerrar la era geopolítica que comenzó en 1949. Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos creó la Alianza Atlántica para imponer su influencia a la mitad de Europa, mientras que la otra mitad se alineaba primero con el bloque soviético y luego se unía al Pacto de Varsovia en 1955. Sin embargo, a fines de la década de 1980, el último líder soviético, Mijail Gorbachov, al frente de un país agotado por la carrera armamentista, se comprometió con una serie de concesiones unilaterales y desordenadas: aceptó la reunificación de Alemania y su adhesión a la OTAN sin obtener garantías escritas sobre la no expansión de la alianza occidental en Europa del Este. De este modo, el antiguo instrumento de seguridad sobrevivió a la Guerra Fría, y la Unión Europea, al expandirse, permaneció firmemente vinculada a Washington. Aunque en 1989 y 1990 se llegó a considerar por un momento la posibilidad de implementar un nuevo sistema de seguridad, no surgió ninguno alternativo tras la disolución de la URSS en 1991. Si bien el conflicto ruso-ucraniano tiene en parte su origen en esta oportunidad perdida, su resolución negociada está provocando una reconciliación ruso-estadounidense a espaldas de Europa.

En Munich, el vicepresidente James David Vance incluso señaló una nueva dirección estratégica de Estados Unidos: “A Putin no le interesa ser el hermano menor en una coalición con China” (9). ¿Se trata del regreso a la estrategia de triangulación que había puesto en marcha el presidente estadounidense Richard Nixon en 1971 al acercarse al “hermano menor” (en ese entonces, China) para aislar mejor al enemigo principal (la URSS)? Si este es el “plan”, Trump tendrá dificultades para romper el eje Rusia-China. Pekín, si bien se molestó por el hecho consumado de la invasión rusa y le ha reprochado a Moscú su abuso de la amenaza nuclear, no le ha retirado su apoyo. China suministra de manera discreta tecnologías necesarias para el complejo militar-industrial ruso, al mismo tiempo que profundiza su cooperación militar con Moscú. Aunque desequilibrada, esta relación se basa en una fuerte frustración compartida respecto de un orden internacional dominado por Estados Unidos desde el final de la Guerra Fría.

¿Y Europa?… Europa se encuentra en la peor situación posible: ya debilitada por la crisis energética que ella misma provocó al renunciar –a petición de Washington– al gas ruso barato y pronto golpeada también por la guerra comercial decretada por la Casa Blanca, ahora se ve obligada a gestionar en soledad las consecuencias del revés occidental en Ucrania. Mientras la confrontación con Rusia alcanza un nivel incandescente y sus arsenales se han vaciado en favor de Kiev, Europa se prepara para aumentar de forma urgente su gasto militar, lo que implica comprar armamento estadounidense. Washington le exigía un “reparto de la carga” de la financiación de la alianza. Ahora la carga es doble: pagar la reconstrucción de Ucrania (que, a esta altura, Rusia deja de buena gana en manos de la Unión Europea) y, al mismo tiempo, asumir su propia seguridad. El gasto parece simplemente inasumible para los presupuestos europeos y augura nuevas divisiones.

1. Benoît Bréville, “Liquidación electoral”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, enero de 2025.
2. Philippe Descamps, “Affoler la meute”, Le Monde diplomatique, París, febrero de 2025.
3. “Ukraine support tracker”, Kiel Institute for the World, 2024.
4. Samuel Charap y Sergueï Radchenko, “¿Podría haber terminado la guerra en Ucrania?”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, julio de 2024. Volodimir Zelensky se esfuerza en negar el papel que habría desempeñado así Johnson; véase también Shaun Walker, “Zelensky rejects claim Boris Johnson talked him out of 2022 peace deal”, The Guardian, Londres, 12 de febrero de 2025.
5. Véase, por ejemplo, “Soutenir l’Ukraine pour assurer la paix”, Le Monde diplomatique, 10 de enero de 2023.
6. Alex Horton y John Hudson, “US intelligence says Ukraine will fail to meet offensive’s key goal”, The Washington Post, 17 de agosto de 2023.
7. Hélène Richard, “Ucrania, una sociedad dividida por la guerra”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, noviembre de 2023.
8. Hélène Richard, “Sanciones de doble filo”, Le Monde diplomatique, noviembre de 2022.
9. Bojan Pancevski y Alexander Ward, “Vance wields threat of sanctions, military action to push Putin into Ukraine deal”, The Wall Street Journal, Nueva York, 14 de febrero de 2025.

 

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  • No lloren por mi, yo no voy a llorar

     

    Sanatorio Mater Dei, Palermo Chico, Ciudad de Buenos Aires. Miércoles 17 de junio de 2026. Apenas dos días después de haber recibido el alta, Samuel Chiche Gelblung fue reinternado de urgencia por un cuadro confusional y líneas de fiebre. Se había caído en su casa, se había golpeado el ojo izquierdo, había sido tratado por una trombosis en el tobillo durante casi un mes. La situación había empeorado hasta llegar a terapia intensiva y la colocación de dos stents en una pierna. 

    El 15 de junio, Chiche se presentó en los estudios de Crónica TV en silla de ruedas y con sus eternos tiradores. Sus compañeros lo recibieron con un brindis y aplausos. En Chiche en vivo por Net TV aseguró que se había recuperado. Y en su ciclo 70 20 Hoy por Canal 9 disparó ante su colega Mercedes Cordero las frases que lo devolvieron al protagonismo mediático: “Si había que perder el pie, lo perdía. El primer médico que me ve, me dice: ‘Estás golpeando las puertas del cielo’. Sentí que querían matarme. Le pregunté: ‘¿Vos me estás hablando de la vida o de una pierna?’ ‘No, te estoy hablando de la vida’”. 

    Cuando Cordero le preguntó por qué había vuelto a trabajar, Chiche respondió: “Porque me sentía en deuda… tenía que devolver todo el afecto que recibí… Yo ya estaba resuelto que si había que perder el pie, lo perdía. Antes de entrar al quirófano, yo le dije a mi mujer: “Yo creo que se va a perder el pie, pero si es el precio para que salgan las cosas bien, vamos”. Pero además se produjo una cosa insólita: era una batalla entre el cirujano vascular que estaba tratando de salvar el pie, y el traumatólogo que quería sacar el pie. Estaban decidiendo si era abajo de la rodilla, arriba de la rodilla. Eso no era al pie, era la pierna.”

    Para un editor periodístico y alguien que también editó su propia vida y supo cortar y confeccionar como un sastre, la referencia al corte de pie o de pierna, dicha en plena euforia mundialista, remite necesariamente a la saga mística maradoniana. Chiche dijo todo eso a una semana de que se cumplieran los cuarenta años de La Mano de Dios, el comienzo de la sacralización de Diego Armando Maradona, que tuvo su correlato necesario en el antidoping positivo del Mundial 1994, cuando Diego lanzó su célebre frase: “Me cortaron las piernas”. 

    Así, a los 82 años, Chiche Gelblung fue preparando el terreno para editar, acaso también, su paso a la inmortalidad. Él, su propio cirujano, ya no el vascular ni el traumatólogo, sino el periodista, relativiza el dolor, le quita peso al melodrama, parece decir: No lloren por mí. Yo no voy a llorar.

    Pero hay algo más: las frases que Chiche repite en la entrevista más de una vez, antes de hacer una pausa y mirar a su colega, y que reitera en otras apariciones, tienen un efecto poderoso: van a ser viralizadas, y eso lo sabe alguien que fue mediático antes de que la expresión “ser mediático” existiera. Al  decir “golpeando las puertas del cielo”, una frase bíblica hecha canción por Bob Dylan pero que la cultura pop y rockera de los 90 conoció en la versión de Guns N’ Roses, Chiche —que supo mucho sobre cómo llegar a la gente con golpes de impacto— musicalizó su propio drama. Tal vez atendiendo a lo que Raúl Urtizberea, su jefe en editorial Atlántida, donde dio sus primeros pasos en 1966, le dijo: “No sé si te irá bien en la letra, pibe. Pero vos tenés la música”. El pibe Gelblung tenía entonces 22 años, se había infiltrado en una reunión privada del entonces presidente Arturo Illia y obtuvo, “por izquierda”, su ansiada primicia. La música y el olfato. Pero no sólo eso, sino que parece haber escrito un guión al que sólo le faltaba el final. 

    Y el final llegó para recordarnos que nadie es inmortal aunque haya prendido mil velitas pidiendo seguir vivo para siempre; o, como él mismo dijo alguna vez, para vivir “doscientos años” (algo así como una larga procrastinación de la muerte). Llegó el miércoles 9 de septiembre de 2026, a los 82 luego de una nueva internación en el Sanatorio Los Arcos por un nuevo episodio respiratorio. La última. Fue lo que pudo un cuerpo.

    Lo que sigue es un repaso por los mojones dispuestos en el camino de un hombre que fue “hacedor de sí mismo”, como se lee en su libro Manual Chiche. Llegó la hora de explicarlo todo (Ediciones B, 2006), escrito “con la colaboración de Fernanda Kersman”. 

    Allí escribió: “Estoy convencido de que hay que trabajar hasta el día que te mueras… El parar es un pasaporte a la muerte”.

    Chiche Gelblung fue el hijo de un comunista industrial del cuero y una madre judía religiosa que sólo terminó la escuela primaria. El chico de 14 años que,  como no soportaba más “el llanto de la abuela” que culpabilizaba al padre ”por todo”, dejó la casa familiar en el barrio de Villa Devoto para irse a vivir a un depósito de huevos podridos, feliz de forjar su propio destino. El que hizo de todo para sobrevivir y descubrió muy joven su gran poder de venta (vendió desde costureros hasta kits de fantasías para chicas) que luego aplicaría a su profesión deseada . El que se hizo cargo de su hermana menor Olga luego de la muerte de su hermano. El que se propuso seguir su pasión de “trabajar de periodista” y no paró hasta convertirse paulatinamente en testigo privilegiado, actor, transgresor de todos los límites, capaz de maltratar en vivo con evidente fastidio a periodistas de las nuevas generaciones, consciente de sus propios actos y de su capacidad narrativa, hábil constructor, gran vendedor de noticias, provocador, inventor de un modo de hacer periodismo — polémico, denostado y revalorizado— , infiel “serial” asumido y escandaloso. Fue también esposo, casado dos veces, primero con María Inés Velazco y luego con la modelo Cristina Seoane, hasta que la muerte los separó. Padre de tres y abuelo de siete. Humano, demasiado humano. Y algo excéntrico: coleccionista, acumulador, declaró que llegó a tener 3 mil lapiceras y mil corbatas. Se tatuó una estrella en el dedo índice de la mano izquierda. Lo hizo en vivo en diciembre de 2013 en su programa en C5N, de la mano del tatuador Mariano Antonio (fundador de American Tattoo). Quería hacerse un anillo, pero se lo desaconsejaron porque, dijo, su piel tenía capilaridad débil y sangraba mucho.

    Consciente de su poder camaleónico, escribió: “Toda persona que decida tomar las riendas de su vida debe hacerse cargo de componer el personaje que desea representar” y advirtió sobre el peligro de “transformarse en una caricatura de sí mismo, para impedir que el personaje se coma al titiritero”. 

    Acto I. Entre guerras

    Tuvo una vida intensa, llena de peripecias y anécdotas para contarle a sus nietos y a una gran audiencia que lo siguió en distintos medios gráficos, radiales y televisivos. En 2025 recibió el Martín Fierro al mejor magazine por cable. Fue un total autodidacta y un “pillo”: fraguó un título secundario para estudiar periodismo y se reconocía un gran lector. No entendía por qué las nuevas generaciones no leían nada y les reclamaba la falta de perspectiva histórica. El hombre de la voz arrastrada que, ya a los 20, se sentía de 60. Como si hubiera estado cansado desde siempre.

    Tenía 21 años cuando, con el seudónimo de Mariano Ovejero —con el que también cantó tangos en La botica del Ángel, de Bergara Leumann, antes de ser obligado a elegir entre el periodismo y el canto—, fue corresponsal de la Guerra de los Seis Días. El conflicto relámpago enfrentó a Israel con una coalición de repúblicas árabes conformada por República Árabe Unida (Egipto) Jordania, Siria e Irak, entre el 5 y el 10 de junio de 1967, que terminó con el triunfo de Israel y cambió para siempre la geopolítica de Oriente Medio. La postura de Chiche siempre fue de apoyo a Israel, un posicionamiento que se endureció luego del 7 de octubre de 2023.

    En una entrevista con Padro Rosemblat para Gelatina en noviembre de 2025, resumió los motivos de su postura: “Si a los veinte tenías 60, a los 80 qué te preocupa. Las mismas cosas: me molesta la pobreza, me molesta la incultura, me jode la injusticia. Todo eso no ha cambiado. Obviamente hay menos gente que se muera de hambre, el futuro de la gente gorda. Yo conozco África como si fuera la Argentina, y yo veía el hambre, veía a los chicos con las panzas hinchadas por el hambre, hoy no pasa eso, más o menos no pasa, pero siguen muriéndose, siguen matando, sigue habiendo la estupidez del antisemitismo”. 

    Había cubierto la Guerra de Biafra (1967-1970) y estuvo dos veces en Vietnam. “Pude escaparme en un avión de China Airlines, bajé del avión, nos cagan a tiros, conseguimos refugiarnos en un hotel abandonado. Cuando llegamos a Tailandia, no podía parar de llorar, toda la tensión que había pasado me llevó un día llorando”.

    También participó de la búsqueda de los restos del Che Guevara y, según contó en una de sus últimas entrevistas, dejó de hacer esos viajes de riesgo cuando tuvo su primer hijo. “Antes de tener hijos sos invulnerable, después te volvés vulnerable. ya cuando tenés tu primer hijo, te empezás a cuidar”.

    Ya hacía mucho tiempo que era abuelo y tenía 78 cuando, en un gesto que puede considerarse auto paródico y sin duda, de alto impacto, viajó a Ucrania para cubrir la guerra contra Rusia, donde destacó que se trataba de un conflicto “al viejo estilo”, en el que un país invadía al otro. «Nunca sale bien para el invasor”, destacó. Hubo memes en X mostrando algunas torpezas del periodista “grande”, pero que terminaban con mensajes cariñosos. 

    Acto 2. Gente y la campaña antiargentina

    Chiche Gelblung dirigió la revista Gente en los años más duros de la última dictadura militar. Él mismo viajó a Francia para entrevistar a los organismos que denunciaban las violaciones a los derechos humanos y luego publicó una nota titulada: “Cara a cara con los jefes de la campaña antiargentina”, la denominación con la cual se intentó contrarrestar el peso de las acusaciones contra la Junta Militar en el exterior. Su postura no tuvo demasiadas variaciones en el tiempo. Un caso emblemático del uso que editorial Atlántida hizo de la figura de los desaparecidos fue el de Alejandrina Barry Mata. Sus padres fueron secuestrados y desaparecidos como parte de una serie de operativos en Uruguay y, en una causa por delitos de lesa humanidad, ella denunció a distintas publicaciones que la expusieron cuando aún era una adolescente y también falsearon información. Como esta nota de la revista Gente, donde se hablaba de sus padres como «dos asesinos». 

    Otro caso fue el haber fraguado la noticia de la muerte de Norma Arrostito. Norma fue una de las fundadoras de Montoneros y había participado en el secuestro de Pedro Eugenio Aramburu. Gente publicó que la habían matado en diciembre de 1976, cuando en realidad había sido secuestrada, trasladada a la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) y asesinada en enero de 1978. Sin embargo, hasta el regreso de la democracia, no se supo que la noticia era falsa. Hoy Norma permanece desaparecida.

    Chiche se defendió en una entrevista que le hizo Claudia Acuña para la revista Mu, en la que, entre otras cosas,  dice no recordar haber participado de la edición de la nota sobre Barry. Reconoce que había presiones de la Armada y que sí había colegas que se reunían con militares y hasta presenciaban sesiones de tortura. Pero no él. Se despega.

    También contó que el comandante de la Marina, Emilio Eduardo Massera, se la tenía jurada porque él había descubierto su relación con la escritora Marta Lynch y por eso sufrió “una persecución de la Armada hacia mí”: tres atentados con bombas en 1976 durante, como siempre denominó al período genocida, “el proceso”.

    Pese a algunas confusiones sobre su participación como corresponsal en la Guerra de Malvinas o el haber estado al frente de la otra guerra mediática, la de la revista Gente que apoyaba al gobierno militar en el conflicto bélico, para 1982 Chiche ya no dirigía esa revista, sino La semana, de editorial Perfil. Según declaró, sus discusiones con integrantes de la Armada lo llevaron a un breve exilio entre 1982 y 1983. 

    Acto 3. La autopsia del extraterrestre

    Casi veinte años después, en plenos 90, Chiche Gelblung debuta en Canal 9 con Memoria, un ciclo que al principio cocondujo con Silvia Fernández Barrio y en el que inauguró un estilo televisivo propio que iba a hacer historia: una combinación de hechos desopilantes y aprovechamiento de los avances tecnológicos, algo a lo que siempre estuvo atento. 

    En 1995 se convirtió en el autor de la primera fake news de la televisión argentina, aunque con un aditamento importante: la intención de aleccionar, de mostrar que la tecnología permite el engaño. Gustavo Yankelevich, por ese entonces dueño de Telefé, viajó a Estados Unidos para comprar un video en el que se mostraba la autopsia de un presunto extraterrestre, algo que “la CIA esconde”. El informe se emitió en el programa Siglo XX Cambalache, presentado por Fernando Bravo. Las imágenes en blanco y negro muestran a un extraterrestre que es abierto al medio y de quien se extraen las vísceras que luego Chiche explicará que consistieron en “tres kilos de menudos de pollo”. Antes de finalizar la emisión, la pantalla se torna en color, Chiche entra en el estudio y dice que todo era una puesta en escena. 

    Sin dudas, las cosas del espacio exterior lo atraían. Se mostró dispuesto a viajar a la Luna en un proyecto de la NASA. En 2023, entrevistó en Crónica TV a un Javier Milei candidato y le preguntó: “¿Vos sos un humano o un marciano?”.  Indagó sobre el valor de las cosas, como el precio de un litro de leche o un viaje en colectivo: “¿Sabés cuánto vale una jubilación mínima?” “No”. Todas las respuestas fueron negativas. Fue uno de los pocos periodistas que dejó en offside a Milei y lo hizo aparecer avergonzado. Una cancha, la del set de televisión, que el periodista conocía de memoria y en la que llevaba, claramente, ventaja. 

    Acaso Gelblung haya leído El 18 brumario de Luis Bonaparte, de Karl Marx, y se le ocurrió aplicar en su trayectoria aquel principio de que la historia se repite dos veces, la primera como tragedia y la segunda como farsa. Así puede leerse la parábola de su vida. Acaso el títere “se comió” al titiritero. O quizás se hayan fusionado en un solo y auténtico “chiche”.

    La entrada No lloren por mi, yo no voy a llorar se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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