Ucrania: una paz que avanza a la fuerza

 

En menos de 72 horas, la relación transatlántica cambió de naturaleza y todo parece indicar que los ucranianos han perdido la guerra. El 12 de febrero de 2025, el flamante secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, dio inicio a las negociaciones de paz en Ucrania. Ya desde un comienzo cedió ante las dos principales exigencias de Moscú: la no adhesión de Kiev a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y la ratificación de las “nuevas realidades territoriales”, es decir, la anexión de cuatro regiones ucranianas a Rusia, así como también de Crimea. Al día siguiente, tras una larga conversación telefónica con Vladimir Putin, el presidente Donald Trump anunció su intención de reunirse con su par ruso en Arabia Saudita –sin los ucranianos ni los europeos– y expresó su deseo de que pronto se organicen elecciones en Ucrania. Finalmente, el 14 de febrero, en un discurso pronunciado en una conferencia en Munich, el vicepresidente estadounidense, más que abordar la cuestión ucraniana, reprochó a los dirigentes europeos el hecho de que deshonraran las aspiraciones de sus propios pueblos restringiendo la libertad de expresión en las redes sociales o anulando las elecciones en Rumania por supuestas injerencias rusas (1).

Semanas antes, Trump había lanzado una ofensiva comercial al aumentar los aranceles a las importaciones de Canadá, México y la Unión Europea, y también había expresado sus intenciones anexionistas sobre Groenlandia (2). Sin embargo, de ahora en adelante, ya no se trata tan sólo de manipular a sus “aliados” para que compren más armas o para equilibrar la balanza comercial. Al declarar que Estados Unidos no les concedería garantías de seguridad ni a Ucrania ni a las tropas europeas que pudieran desplegarse para hacer cumplir un eventual alto el fuego, Trump inevitablemente sembró dudas sobre la solidaridad estadounidense en caso de un ataque al territorio de un miembro de la OTAN. Sin su contrapartida de seguridad, el vínculo transatlántico se parecería más bien a una completa relación de dependencia.

No obstante, desde 2022, Estados Unidos ha “invertido” un promedio de 35.300 millones de dólares por año en Ucrania (3). Mucho más que los 3.000 a 5.000 millones de dólares que Washington destinó cada año a Israel antes del ataque del 7 de octubre de 2023 y el equivalente a casi la mitad de los gastos militares anuales para Afganistán entre 2001 y 2019 –un esfuerzo para financiar una ocupación militar y operaciones directas–. El nivel de apoyo a Ucrania se sitúa, por lo tanto, en algún punto intermedio entre la ayuda brindada a un aliado histórico en Medio Oriente y el compromiso de una intervención directa en el campo de batalla en su propio nombre. Pero a Trump poco le importa todo eso: la guerra en Ucrania no es la de Estados Unidos, sino la de su antiguo rival Joseph Biden…

Errores de cálculo

Evidentemente, la magnitud de la ayuda occidental llevó a Kiev a cometer un error y la alentó a rechazar la negociación. En la primavera boreal de 2022, incluso antes de que Occidente le proporcionara su apoyo militar, la resistencia ucraniana podía enorgullecerse de haber frustrado la operación de cambio de régimen fomentada por el Kremlin y de haber minimizado las pérdidas territoriales. Después de cuatro semanas de combates, los beligerantes estaban cerca de llegar a un acuerdo. En Estambul, Kiev aceptó un estatus de neutralidad –es decir, renunció a adherirse a la Alianza Atlántica– y confirmó su intención de no dotarse de armas nucleares. A cambio, buscaba conseguir la retirada voluntaria de Moscú de los territorios que había ocupado desde el 24 de febrero. Sin embargo, Kiev necesitaba garantía de seguridad por parte de los líderes occidentales, quienes se la negaron. Boris Johnson se convirtió en el portavoz de la posición occidental durante una visita a la calle Bankova, sede de la Presidencia ucraniana. El Primer Ministro británico afirmó que nunca firmaría un acuerdo con Putin. Por eso, lo que ofrecían no eran garantías, sino armas (4).

Europa deberá pagar la reconstrucción de Ucrania y, al mismo tiempo, afrontar los costos de su seguridad.

Por un tiempo fue posible creer que dicha apuesta resultaría exitosa. Tras una primera contraofensiva, en noviembre de 2022, Kiev recuperó la ciudad de Jersón, ubicada en la orilla derecha del río Dnieper. Se desató la euforia. La palabra “negociaciones” se volvió tabú. No alinearse con los objetivos ucranianos –es decir, recuperar por la fuerza las fronteras de 1991– equivalía a firmar un pacto con el diablo. Los grandes medios de comunicación occidentales respaldaron el decreto ucraniano de octubre de 2022 que prohibía las negociaciones con Putin, a quien buscaban llevar ante la justicia internacional por crímenes de guerra (5).

Sin embargo, la segunda contraofensiva ucraniana de junio de 2023 resultó en una derrota. En los medios de prensa, los estadounidenses expresaron su descontento: Kiev habría escatimado demasiado sus hombres para privilegiar ataques tácticos dispersos a lo largo del frente en lugar de enviar soldados en masa a los campos de minas rusos con la esperanza de traspasar las defensas del adversario y cortar el puente terrestre entre Rusia y Crimea (6). Bajo la presión de Washington, Kiev redujo la edad de reclutamiento de 27 a 25 años en abril de 2024, pero en diciembre se negó a bajarla a los 18 años. Así, la apuesta hecha en base a las exhortaciones occidentales fracasó trágicamente. Tanto el costo humano –cientos de miles de muertos y heridos– como los sacrificios exigidos a la sociedad fueron en vano (7).

Como lógica consecuencia, durante el mismo período, Rusia experimentó una suerte inversa. El inicio de su “operación militar especial” resultó un fiasco. Los servicios de inteligencia rusos sobrestimaron los apoyos con los que contarían tanto por parte de la población como dentro de las élites ucranianas. El Ejército se estancó en los barrios periféricos de la capital ucraniana y fracasó en su intento de tomar el control del país. El Kremlin decidió entonces concentrar su dispositivo militar en el Donbass y Crimea. Concebida inicialmente como una expedición relámpago, la guerra fue cambiando de escala y de naturaleza. La movilización forzada decretada en septiembre de 2022 provocó una ola de protestas y exilios.

Atrapada en su propia guerra, Rusia agravó su situación en materia de seguridad. Su “operación militar especial” tenía como objetivo, por un lado, prevenir que Ucrania se rearmara –antes de que Kiev recuperara por la fuerza las regiones separatistas prorrusas– y, por otro lado, poner un freno a la expansión de la OTAN hacia el Este. No obstante, unos meses después del inicio del conflicto, Rusia enardeció el patriotismo de un adversario que recibía un flujo continuo de armas y que contaba con el respaldo de una Alianza Atlántica reforzada con dos nuevos miembros: Suecia y Finlandia, que limitan con la zona ártica, estratégica para Moscú. Los dirigentes europeos reforzaron los batallones enviados al flanco oriental de la alianza, incluida Francia, que hasta entonces se oponía a una presencia permanente. La fuerza de reacción rápida de la OTAN cuadruplicó su número de efectivos; también continuó la construcción de la nueva base antimisiles estadounidense en Polonia, en donde los norteamericanos elevaron su presencia militar a 10.000 soldados. Lejos de calmarse, en Rusia las preocupaciones respecto de la seguridad se intensificaron por no haber previsto la fuerza y la unidad de la reacción occidental. Empero, al apostar por la consolidación de sus defensas detrás del Dnieper, Rusia logró estabilizar el frente. Los avances territoriales, como la toma de Bajmut en mayo de 2023, se consiguieron a costa del sacrificio de numerosas tropas, en un país ya golpeado por su crisis demográfica.

El Presidente estadounidense parece elevar a Rusia al rango de nueva aliada.

Si bien Rusia mostró debilidades militares, la resiliencia de su economía resultó sorprendente. El Banco Central había acumulado suficientes reservas para asumir una confrontación financiera con Occidente. Logró sostener eficazmente el rublo y salvar su sistema bancario a pesar del congelamiento de sus activos en Europa y Estados Unidos. En cuanto a las sanciones energéticas, terminaron volviéndose en contra de los propios impulsores europeos: el aumento de los precios del gas compensó la pérdida de los volúmenes enviados al Viejo Continente, dando tiempo a Rusia para reorientar sus exportaciones de hidrocarburos hacia Asia (8). El fracaso de la estrategia de aislamiento se volvió evidente porque, si bien Moscú se vio obligada a recurrir a “Estados parias”, como Corea del Norte o Irán, para obtener armas o soldados, la realidad es que no le faltaron socios económicos interesados en sus descuentos energéticos. Los países que forman el núcleo del BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) vieron con preocupación la ofensiva punitiva financiera de Washington contra uno de sus miembros y profundizaron de forma preventiva su cooperación para reducir el uso del dólar en sus intercambios. En 2024, BRICS acogió a cinco miembros nuevos, entre los que destacan los Emiratos Árabes Unidos, un actor clave en las nuevas rutas del petróleo ruso (véase el artículo de págs. 12-14).

¿Acercamiento al hermano menor?

Al elegir negociar cara a cara con Moscú, Trump le ofrece una vía de escape al Kremlin. El Presidente estadounidense parece elevar a Rusia al rango de nueva aliada. Las concesiones, por ahora sólo verbales, resultan vertiginosas: reanudación de las negociaciones sobre el desarme, promesa de reincorporación al G7 y, a largo plazo, levantamiento de las sanciones. Aunque el Presidente estadounidense trate de morigerar estas promesas en las próximas semanas, la solidaridad transatlántica parece estar ya profundamente deteriorada.

Estas declaraciones podrían cerrar la era geopolítica que comenzó en 1949. Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos creó la Alianza Atlántica para imponer su influencia a la mitad de Europa, mientras que la otra mitad se alineaba primero con el bloque soviético y luego se unía al Pacto de Varsovia en 1955. Sin embargo, a fines de la década de 1980, el último líder soviético, Mijail Gorbachov, al frente de un país agotado por la carrera armamentista, se comprometió con una serie de concesiones unilaterales y desordenadas: aceptó la reunificación de Alemania y su adhesión a la OTAN sin obtener garantías escritas sobre la no expansión de la alianza occidental en Europa del Este. De este modo, el antiguo instrumento de seguridad sobrevivió a la Guerra Fría, y la Unión Europea, al expandirse, permaneció firmemente vinculada a Washington. Aunque en 1989 y 1990 se llegó a considerar por un momento la posibilidad de implementar un nuevo sistema de seguridad, no surgió ninguno alternativo tras la disolución de la URSS en 1991. Si bien el conflicto ruso-ucraniano tiene en parte su origen en esta oportunidad perdida, su resolución negociada está provocando una reconciliación ruso-estadounidense a espaldas de Europa.

En Munich, el vicepresidente James David Vance incluso señaló una nueva dirección estratégica de Estados Unidos: “A Putin no le interesa ser el hermano menor en una coalición con China” (9). ¿Se trata del regreso a la estrategia de triangulación que había puesto en marcha el presidente estadounidense Richard Nixon en 1971 al acercarse al “hermano menor” (en ese entonces, China) para aislar mejor al enemigo principal (la URSS)? Si este es el “plan”, Trump tendrá dificultades para romper el eje Rusia-China. Pekín, si bien se molestó por el hecho consumado de la invasión rusa y le ha reprochado a Moscú su abuso de la amenaza nuclear, no le ha retirado su apoyo. China suministra de manera discreta tecnologías necesarias para el complejo militar-industrial ruso, al mismo tiempo que profundiza su cooperación militar con Moscú. Aunque desequilibrada, esta relación se basa en una fuerte frustración compartida respecto de un orden internacional dominado por Estados Unidos desde el final de la Guerra Fría.

¿Y Europa?… Europa se encuentra en la peor situación posible: ya debilitada por la crisis energética que ella misma provocó al renunciar –a petición de Washington– al gas ruso barato y pronto golpeada también por la guerra comercial decretada por la Casa Blanca, ahora se ve obligada a gestionar en soledad las consecuencias del revés occidental en Ucrania. Mientras la confrontación con Rusia alcanza un nivel incandescente y sus arsenales se han vaciado en favor de Kiev, Europa se prepara para aumentar de forma urgente su gasto militar, lo que implica comprar armamento estadounidense. Washington le exigía un “reparto de la carga” de la financiación de la alianza. Ahora la carga es doble: pagar la reconstrucción de Ucrania (que, a esta altura, Rusia deja de buena gana en manos de la Unión Europea) y, al mismo tiempo, asumir su propia seguridad. El gasto parece simplemente inasumible para los presupuestos europeos y augura nuevas divisiones.

1. Benoît Bréville, “Liquidación electoral”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, enero de 2025.
2. Philippe Descamps, “Affoler la meute”, Le Monde diplomatique, París, febrero de 2025.
3. “Ukraine support tracker”, Kiel Institute for the World, 2024.
4. Samuel Charap y Sergueï Radchenko, “¿Podría haber terminado la guerra en Ucrania?”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, julio de 2024. Volodimir Zelensky se esfuerza en negar el papel que habría desempeñado así Johnson; véase también Shaun Walker, “Zelensky rejects claim Boris Johnson talked him out of 2022 peace deal”, The Guardian, Londres, 12 de febrero de 2025.
5. Véase, por ejemplo, “Soutenir l’Ukraine pour assurer la paix”, Le Monde diplomatique, 10 de enero de 2023.
6. Alex Horton y John Hudson, “US intelligence says Ukraine will fail to meet offensive’s key goal”, The Washington Post, 17 de agosto de 2023.
7. Hélène Richard, “Ucrania, una sociedad dividida por la guerra”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, noviembre de 2023.
8. Hélène Richard, “Sanciones de doble filo”, Le Monde diplomatique, noviembre de 2022.
9. Bojan Pancevski y Alexander Ward, “Vance wields threat of sanctions, military action to push Putin into Ukraine deal”, The Wall Street Journal, Nueva York, 14 de febrero de 2025.

 

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    Milei en caída libre: una encuesta marca que el 65% de los argentinos desaprueba su gestión

     

    Un nuevo relevamiento profundiza el deterioro de la imagen del gobierno de Javier Milei: la desaprobación ya alcanza niveles críticos y confirma una tendencia sostenida de desgaste político, económico y social.

    Por Roque Pérez para NLI

    El gobierno de Javier Milei atraviesa uno de sus peores momentos desde que asumió, y ya no se trata de percepciones aisladas sino de una tendencia consolidada. Según una encuesta de la consultora Zuban Córdoba, el 65% de los argentinos desaprueba su gestión, un dato que marca un quiebre en la relación entre el oficialismo y la sociedad.

    La cifra no aparece en el vacío. Por el contrario, se inscribe en un contexto donde distintos estudios de opinión vienen mostrando un deterioro sostenido. Relevamientos recientes ubican la desaprobación en torno al 60% o más, mientras la aprobación cae por debajo del 40%, confirmando que el núcleo de apoyo libertario se achica mes a mes.

    Un desgaste que ya no se puede disimular

    El dato del 65% de rechazo refleja algo más profundo que una simple fluctuación estadística: evidencia un cambio de clima social. Incluso consultoras que inicialmente habían sido favorables al gobierno coinciden en que la imagen presidencial se encuentra en su punto más bajo desde el inicio de la gestión.

    Este desgaste tiene múltiples causas. En primer lugar, la economía cotidiana no logra acompañar los indicadores macro que el oficialismo intenta exhibir. Aunque algunos datos muestran mejoras parciales, amplios sectores sociales perciben que el salario pierde poder adquisitivo, el empleo se precariza y el consumo sigue deprimido.

    A esto se suma un fenómeno cada vez más visible: la fragmentación social. Mientras ciertos sectores vinculados a actividades financieras o extractivas logran sostener niveles de consumo, la mayoría de la población enfrenta un deterioro en sus condiciones de vida, lo que alimenta el malestar generalizado.

    Corrupción, crisis política y pérdida de credibilidad

    El otro factor clave en la caída de la imagen oficial es la acumulación de escándalos. Las denuncias de corrupción —como el caso de la criptomoneda $LIBRA o las investigaciones que salpican a funcionarios cercanos— comenzaron a erosionar uno de los pilares discursivos del gobierno: su supuesta lucha contra “la casta”.

    En ese marco, la percepción social se vuelve cada vez más crítica. Encuestas recientes señalan que la corrupción, el desempleo y la inflación encabezan las preocupaciones de la población, configurando un escenario adverso para el oficialismo.

    Pero además, hay un elemento político central: el gobierno parece haber perdido el control de la agenda pública. La narrativa que en un inicio ordenaba el debate —basada en el shock económico y la promesa de cambio— hoy aparece desgastada y sin capacidad de generar expectativas positivas.

    De la promesa al desencanto

    El núcleo del problema es que el contrato electoral empieza a resquebrajarse. Milei llegó al poder prometiendo sacrificios temporales a cambio de una mejora rápida. Sin embargo, esa mejora no se materializa en la vida cotidiana de la mayoría.

    La consecuencia es directa: las expectativas se deterioran y el humor social se vuelve cada vez más negativo. El rechazo ya no se limita a sectores opositores tradicionales, sino que empieza a expandirse hacia votantes que inicialmente acompañaron el proyecto libertario.

    En ese contexto, el dato del 65% de desaprobación no es solo una cifra: es una señal política contundente. Marca el pasaje de un gobierno con respaldo significativo a uno que enfrenta una crisis de legitimidad en expansión.

     

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    El poblamiento de América bajo revisión: cuando la evidencia obliga a reescribir la historia

     

    Un estudio reciente publicado en la revista científica Science vuelve a poner en discusión uno de los grandes relatos de la humanidad: cómo y cuándo llegaron los primeros seres humanos al continente americano. Lejos de cerrar el debate, la nueva investigación introduce dudas profundas sobre uno de los sitios más emblemáticos y obliga a repensar décadas de consenso académico.

    Por Alcides Blanco para NLI

    Mapa del área de estudio.
    (A) Ubicación del sitio Monte Verde (estrella amarilla) en la región de los Lagos del sur de Chile, en relación con las morrenas terminales de la última glaciación (gris claro) y las llanuras de outwash (gris oscuro) asociadas a ellas. Las ubicaciones de la sección 1 (S1) y la sección 2 (S2) se indican con puntos negros. Los puntos blancos señalan localidades cercanas.
    (B) Mapa geológico del área del sitio Monte Verde que muestra las principales unidades geomorfológicas y las áreas del sitio identificadas por los investigadores originales en el valle de Chinchihuapi. El mapa base es un modelo digital de elevación generado mediante fotogrametría con drones.

    La historia que creíamos conocer

    Durante buena parte del siglo XX, el poblamiento de América fue explicado a partir de un modelo relativamente claro: grupos humanos provenientes de Asia habrían cruzado hacia el continente a través de Beringia —la franja de tierra que unía Siberia con Alaska durante la última glaciación— hace unos 13.000 o 14.000 años. Desde allí, se habrían desplazado progresivamente hacia el sur, ocupando el resto del territorio americano en un proceso relativamente rápido en términos históricos.

    Ese esquema, conocido como el modelo “Clovis primero”, comenzó a resquebrajarse con el correr de las décadas, especialmente a partir de hallazgos en América del Sur que sugerían una presencia humana mucho más antigua. Entre ellos, el caso más emblemático fue el de Monte Verde, en el sur de Chile, que durante años fue considerado una prueba sólida de ocupación humana de más de 14.500 años de antigüedad.

    Monte Verde no era solo un sitio arqueológico: era, en muchos sentidos, una pieza clave para sostener la idea de un poblamiento temprano y posiblemente más complejo, con rutas alternativas —incluso costeras— que desafiaban la visión tradicional centrada exclusivamente en el paso por el norte.


    El estudio que vuelve a abrir la discusión

    La nueva investigación publicada en Science propone una revisión profunda de ese escenario. A partir de un análisis detallado del contexto geológico y de las capas sedimentarias del sitio, los autores plantean que parte de la evidencia que sostenía la gran antigüedad de Monte Verde podría haber sido mal interpretada.

    El sitio arqueológico de Monte Verde y el arroyo Chinchihuapi, escenario del debate sobre la antigüedad del asentamiento.
    Imagen: Todd Surovell/AP Photo/picture alliance

    Según el trabajo, varios de los materiales que se consideraban asociados a actividad humana antigua no se encontraban en su posición original, sino que habrían sido desplazados por procesos naturales —como corrientes de agua o movimientos del terreno— y redepositados en niveles más antiguos. Este fenómeno habría generado una “superposición engañosa” entre restos humanos y sedimentos mucho más antiguos, alterando la lectura cronológica del sitio.

    Como resultado, la nueva datación ubica la ocupación del sitio en un rango considerablemente más reciente, entre aproximadamente 4.000 y 8.000 años atrás, muy lejos de las cifras que lo ubicaban como uno de los asentamientos humanos más antiguos del continente.


    Lo que está en juego: más que una fecha

    La revisión de Monte Verde no es simplemente un ajuste cronológico. Lo que se pone en juego es la estructura misma del relato sobre el poblamiento americano. Si uno de los principales argumentos a favor de una presencia humana muy temprana en el sur pierde solidez, todo el modelo general debe ser reconsiderado.

    Esto no implica un regreso automático a las viejas teorías, pero sí reequilibra el debate. La idea de una expansión desde el norte vuelve a ganar peso, en línea con el ingreso por Beringia, mientras que las hipótesis de ocupaciones extremadamente tempranas en el sur quedan bajo mayor escrutinio.

    En este punto, el estudio también deja al descubierto una tensión propia del campo científico: la tendencia a consolidar ciertos hallazgos como verdades difíciles de cuestionar. Monte Verde había alcanzado un estatus casi intocable, y su revisión demuestra que incluso los consensos más firmes deben estar abiertos a la crítica.


    La ciencia como campo de disputa

    Lejos de la imagen de neutralidad absoluta, la ciencia también está atravesada por disputas, intereses y trayectorias. El poblamiento de América no es solo un problema técnico: es también una narrativa sobre los orígenes y sobre la construcción del pasado.

    Durante años, la búsqueda del “sitio más antiguo” funcionó como una carrera simbólica dentro de la arqueología. En ese contexto, el nuevo estudio introduce una advertencia clave: no alcanza con encontrar objetos antiguos, es imprescindible comprender su contexto geológico y su relación real con la actividad humana.

    Más que desacreditar investigaciones previas, lo que propone es una mirada más rigurosa, donde la evidencia no solo se mida por su antigüedad, sino también por la solidez de su interpretación.


    Un pasado que sigue en construcción

    El poblamiento de América continúa siendo un rompecabezas abierto, donde confluyen datos arqueológicos, genéticos y ambientales que no siempre encajan de manera simple.

    Lo que deja en claro este estudio es que la historia no está escrita en piedra. Cada nuevo hallazgo, cada revisión metodológica, puede alterar lo que creíamos saber y obligarnos a repensar los relatos establecidos.

    En definitiva, más que cerrar una discusión, este trabajo la vuelve a encender. Y en ese movimiento —incómodo pero necesario— es donde la ciencia encuentra su verdadera potencia.

     

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    DOCUMENTO 8M PARO INTERNACIONAL FEMINISTA 2022: LA DEUDA ES CON NOSOTRAS Y NOSOTRES

    Compartimos el documento del Consejo Local de las Mujeres Villa Regina redactado para el paro internacional feminista #8M. Como Consejo Local de las Mujeres ¡¡¡queremos celebrar que hemos recuperado las calles!!!! Tras dos años muy difíciles de pandemia hemos sido muchas haciendo paro en nuestros trabajos, en nuestras casas y de las maneras que podemos…

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  • Reaparecidos

     

    Cuando le sonó el celular, Soledad acababa de retirar a su hijo de la escuela, en Rosario. Siempre se alternaban con su compañero Carlos, nunca iban los dos a buscarlo. Pero ese día por suerte fueron juntos porque también tenían que retirar a una amiguita de Emiliano. Como en cualquier salida de colegio, la calle era un despelote de autos, bocinas, gritos de pibes y pibas. Cruzaron. Ya en la vereda, Soledad miró el teléfono: el que llamaba era su abogado, Ramiro Fresneda. Atendió, no hubo respuesta. Se habrá confundido, pensó. Era el mediodía del martes 10 de marzo de 2026. Yo sabía que ese día él tenía la audiencia con el juez. Pero, te juro, en ningún momento pensé en eso. Ni un ojalá, ni nada. El teléfono volvió a sonar. Fresneda, otra vez.

    —¿Podés hablar?     

    —Sí.

    —Sole, encontraron los restos de tu viejo— le dijo en un perfecto cordobés. 

    Soledad apoyó la espalda en una pared justo detrás suyo y se largó a llorar. Lo miró a Carlos, todavía con el teléfono en la mano. Él me hizo la cara de entiendo todo, sé lo que te están diciendo. 

    —¿Qué pasó, mamá? —preguntó su hijo. 

    —Encontraron al abuelo.

    A Emiliano se le iluminó la cara y dijo: 

    —¡Sus huesitos!

    Mario Nívoli fue el primero de los doce cuerpos identificados la semana pasada en el excentro clandestino La Perla, de Córdoba. 

    ***

    Fernando no sabía muy bien con qué se iba a encontrar. O, mejor dicho, con cuánto se iba a encontrar. La noche anterior había subido a un micro en Retiro para recorrer los 1250 kilómetros que lo separaban de los restos de su padre. Unas 18 horas después llegó a San Miguel de Tucumán. Fue directo a la dirección que le habían pasado. Una especie de depósito o galpón de color amarillo. Lo recibió Selva, del Equipo Argentino de Antropología Forense. Cruzaron un patio y llegaron a un anexo. Sobre una mesa, un esqueleto. Fue muy shockeante ver que mi viejo estaba entero.

    La primera reacción de Fernando fue buscar alguna señal. Una marca, algo que pudiera reconocer. Cuando de chico le contaban de su papá sentía que le estaban hablando de alguien muy lejano. Él no tenía una tumba donde llevarle una flor, sentarse a llorar y decir acá está. Ahora, casi pegado a esos huesos, rodeado de cajas con otros restos que esperan, Fernando lo ve, lo toca, lo siente.

    —¿Te dejo solo? — pregunta Selva.

    —No, por favor. Solo, no. Quiero saber.

    Y ahí Selva le empieza a contar: este orificio es un disparo, en este otro se ve que la bala rozó pero no entró, este hueso está así y este otro asá. 

    Mientras se enteraba de cómo y dónde mataron a su padre, con cuántas balas, acompañado de quiénes, Fernando lo supo: Este es mi viejo.   

    Raúl Ernesto Araldi fue identificado en 2010. Fue encontrado en el Cementerio Norte de Tucumán.

    ***

    Mucho antes de que Soledad Nívoli recibiera la noticia del hallazgo de los restos de su padre —49 años después de desaparecido— y de que Fernando Araldi Oesterheld pudiera tocar los huesos del suyo —35 años después—, hubo una investigación preliminar, una exhumación, un análisis de laboratorio y un análisis genético. Detrás de todas esas etapas está el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), que desde 1984 trabaja en la búsqueda, identificación y restitución de personas desaparecidas. Es un proceso largo. En muchos casos, como los de Nívoli y Araldi, puede llevar muchos años.

    Virginia Urquizu es coordinadora de la Unidad de Casos, el área que se encarga del vínculo con las familias. Es decir: son quienes están en contacto permanente con el pariente, desde que lo llaman para explicarle el proceso hasta la restitución de los restos. En medio de todo eso, los de Casos hacen la llamada tan esperada, la que confirma la identificación.

    Desde 1984, el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) trabaja en la búsqueda, identificación y restitución de personas desaparecidas.

    “Los familiares tienen la noticia de primera mano —dice Urquizu— Intentamos por todos los medios que esa noticia no sea de manera telefónica.” Lo que les dicen es que hay avances y los convocan a una reunión presencial, que puede ser en las oficinas del EAFF o en la casa del familiar. 

    El teléfono de Manuel Miguel sonó a fines de abril de 2011, a 33 años de la desaparición de su mamá, Lilia Mabel Venegas Ballarini. Le dijeron que iban a viajar a Mar del Plata y que querían charlar con él y su hermano para conocerlos. El encuentro fue el 2 de mayo, en la casa de Manuel. Nos reunimos con mi hermano y nuestras familias. Estuvimos charlando un rato largo de cómo es el trabajo de ellos… sin tener idea de lo que estaba pasando realmente. Y bueno, después de varios mates y cafés, nos dicen que habían encontrado los restos de mi vieja, y nos trajeron un expediente enorme. 

    El caso de Fernando Araldi Oesterheld fue distinto. Cuando recibió la llamada, lo supo. Me dijeron si podía pasar con mi primo por el EAAF, y yo les dije: Lo encontraron.  

    “Hay familiares a los que le anunciás que tenés novedades y te responden ok, cuándo nos vemos. Hay otros que te hacen preguntas e intentan sacarte información. Y hay otros que se dan cuenta enseguida”, dice Urquizu. Por eso ese vínculo es tan particular y cercano. “Al llamar, tampoco sabés con qué te vas a encontrar, en qué situación y en qué momento está la persona”, agrega.

    Manuel Miguel tenía seis meses y su hermano un año y medio cuando la triple A secuestró a su padre, Carlos Miguel. Fue en octubre de 1974, aún no había comenzado la dictadura militar. Lo interceptaron en La Plata, iba en un auto hacia Buenos Aires junto a su compañero Rodolfo Francisco “El turco” Achem. Ese mismo día sus cuerpos aparecieron acribillados en Sarandí, Avellaneda. 

    Cuatro años después, el 4 de mayo de 1978, secuestraron a Lilia Mabel en Mar del Plata. Y de ella no se supo nada más, hasta que el EAAF logró identificar sus restos.   

    Manuel y su hermano se criaron con sus abuelos maternos. No recuerda en qué momento le contaron que su mamá era una desaparecida. Lo supo siempre. Pero hasta el día que le dijeron apareció, sentía que no tenía un cierre de la historia. Había logrado reconstruir algo de su vida a través de lo que le contaban sus abuelos, otros familiares y sobrevivientes. Sabíamos que había sido desaparecida, pero nunca más supimos nada sobre qué había pasado con ella. Entonces haberla encontrado fue como encontrar la pieza del rompecabezas que nos faltaba. Y a mí ese día fue como que se me abrió la cabeza por completo. 

    Manuel es docente de Ciencias Naturales y preceptor en escuelas secundarias. En 2012, un año después de haberse encontrado con los restos de su mamá, sus alumnos le propusieron contar la historia en un trabajo de investigación que presentaron en Jóvenes y Memoria, un programa de la Provincia de Buenos Aires. A partir de ahí, cada año, para el aniversario del Golpe, recorren escuelas dando charlas. Todo lo que no había podido decir antes, lo pude expresar a partir de ese día. Es como una terapia para mí poder compartir lo que significó haber encontrado los restos. 

    Manuel no recuerda en qué momento le contaron que su mamá era una desaparecida. Lo supo siempre.

    “Para cualquier sujeto el problema de la muerte está anudado directamente al problema de la inscripción simbólica de esa muerte”, dice la psicoanalista Fabiana Rousseaux. Frente a la muerte los seres humanos necesitamos hacer una ritualización, un proceso simbólico en torno a ese acontecimiento. Pero para eso, se necesita la certificación. La certeza. “Cuando estamos ante una desaparición, el proceso es inverso, porque vos tenés que construir psíquicamente esa pérdida sin ninguna certificación que venga de la realidad”, explica Rousseau quien, además, coordinó el Plan Nacional de Acompañamiento a Testigos y Víctimas del Terrorismo de Estado y fundó el Centro de Asistencia a Víctimas de Violaciones de Derechos Humanos Dr. Fernando Ulloa.

    Lo dijo el genocida Rafael Videla en esa famosa conferencia de prensa de 1979: los desaparecidos “son una incógnita, no tienen entidad, no están ni vivos ni muertos».

    “Es muy tortuoso para los familiares, porque ¿cuándo es el momento donde uno dice bueno, no lo espero más, o dice bueno, se murió?”, explica Rousseaux.

    Fernando tenía 1 año al momento en que los militares secuestraron a su madre, Diana Irene Oesterheld, el 7 de agosto de 1976. A él lo dejaron en la Casa Cuna de Tucumán, de donde luego lo rescataron sus abuelos paternos. Diana es una de las cuatro hijas desaparecidas de Héctor Oesterheld, también desaparecido. 

    Lo dijo el genocida Rafael Videla en esa famosa conferencia de prensa de 1979: los desaparecidos “son una incógnita, no tienen entidad, no están ni vivos ni muertos».

    El papá de Fernando, Raúl Araldi, cayó un año después, también en Tucumán. Fernando es hijo, nieto y sobrino de desaparecidos. 

    Cuando la secuestraron, la mamá estaba embarazada de seis meses, por lo que busca a un hermano. También  a un primo.    

    Hasta los 9 años, Fernando pensaba que sus papás habían muerto en un accidente. Pero un día encontró, en una revista Humor, una entrevista que le habían hecho a su abuela materna, Elsa Sánchez de Oesterheld, reconocida abuela de Plaza de Mayo. Ahí ella contaba que toda su familia estaba desaparecida. Un tiempo después, en unas vacaciones en Villa Gesell con ella, Fernando se lo preguntó. Y ella le contó toda la historia.

    Mis abuelos paternos me parece que no asimilaron ni reconocieron nunca la muerte de su hijo. Pero supongo que era también un mecanismo de defensa, propio de un padre que inclusive hasta le han dicho que el desaparecido es una figura, no se sabe, no está ni muerto ni vivo, es un desaparecido. Ellos siempre pensaban que mi viejo podía estar en otro lado y que no quería volver.

    Ambos murieron unos años antes de que el EAAF identificara los restos de Raúl. De sus nueve desaparecidos, Fernando sólo recuperó los restos de uno, su papá.

    Soledad estaba dormida en brazos de su mamá Graciela cuando el 14 de febrero de 1977 un grupo de militares entró a la casa de Córdoba y se llevó a su papá, Mario Nívoli. A Graciela la sentaron en la cama con la bebé a upa y le dijeron:

    —Usted críe a sus hijos.

    Para Graciela, eso fue la sentencia de muerte de su compañero Mario.

    Cuando volvió la democracia, Soledad tenía 6 años. Su mamá los juntó a ella y a su hermano en una pieza y les contó la historia. Les dijo que a su papá se lo habían llevado, que estaba muerto pero no sabían dónde estaban sus restos. 

    Mi mamá tomó una decisión que no sé si fue sabia o no, pero fue su decisión, que fue la de comunicarnos siempre que mi papá estaba muerto. Y luego, cuando ella entendió que era el momento en que nosotros podíamos recibir la palabra desaparecidos, sí nos habló de eso. 

    Soledad cree que les transmitió la certeza de la muerte para que pudieran vivir en paz. Por supuesto que uno puede transmitir discursivamente esto y expresarlo racionalmente. Pero cada vez que sonaba un timbre en la madrugada, ella se sobresaltaba. Yo sé que ella lo esperó, yo sé que lo esperaba. 

    Su mamá los juntó a ella y a su hermano en una pieza y les contó la historia. Les dijo que a su papá se lo habían llevado, que estaba muerto pero no sabían dónde estaban sus restos.

    Para Rousseaux, “con la desaparición se produjo una cuestión interesante que es la presencia permanente. No es que se produjo la desaparición. Esos padres, esas madres o esos hijos, esas hijas se constituyeron en una presencia permanente”.

    ¿Pero qué pasa cuando lo incorpóreo, lo que para muchos sólo estuvo en fotos o en las historias de los otros, se materializa? ¿Qué ven los familiares en ese esqueleto o en esos huesos amontonados en una urna?

    Urquizu dice: “Es el momento de encuentro después de casi 50 años con la materialidad, sabiendo que esos restos pertenecen a su familiar”. 

    Es una mamá que se acuesta al lado del esqueleto de su hijo. Otra que agarra el cráneo y lo tiene un rato a upa. Es un nieto que saca la guitarra y le canta una canción a su abuelo. Es Fernando buscando señales, marcas, pero sabiendo que ese es su viejo. Es Manuel llorando ante lo poco que quedó de su mamá porque a ella la mataron con un explosivo. 

    Es también una hija que no quiso saber nada con los restos de su papá. Pero el día de la inhumación, un instante antes de enterrarlo, necesitó verlos. Entonces alguien del EAAF abrió la urna con un destornillador, ese que siempre llevan en la mochila por si acaso.  

    Para Soledad era casi imposible que en las excavaciones de La Perla encontraran a su papá, porque, según su propio razonamiento, la fecha del secuestro no coincidía con los entierros que se hicieron allí. Por eso la llamada de su abogado la tomó por sorpresa. Pero la razón y lo discursivo muchas veces no coinciden con lo corporal: hace un mes que Soledad está ordenando su casa como nunca antes. Haciendo lugar, dice ella. ¿Haciendo lugar para qué? ¿O para quién?

    El lunes 16, Soledad viajó a Córdoba con su compañero, su hijo y su tía, la hermana de su papá, a la audiencia oficial de notificación. Para encontrarse con los restos, todavía falta. Según los testimonios de la investigación preliminar, en ese lugar había fosas comunes que fueron removidas y los cuerpos, trasladados a otro lugar. Por eso lo que se encontró en las excavaciones fueron restos dispersos y desarticulados en sedimento de relleno. Queda a la espera ver qué cajita, qué algo, qué sobrecito nos entregarán de él, más allá de tener la certeza de que está, de que estuvo ahí. 

    Hace un mes que Soledad está ordenando su casa como nunca antes. Haciendo lugar, dice ella. ¿Haciendo lugar para qué? ¿O para quién?

    El camino de la Justicia es paralelo al del EAAF. Cuando a los familiares se les comunica la identificación y tienen la posibilidad de ver los restos, no se los pueden llevar en el momento. “La Justicia nos permite a nosotros este primer acercamiento, por ser quienes mantuvimos toda la comunicación con el familiar”, detalla Urquizu. El EAAF los pone en contacto con la dependencia judicial correspondiente, donde los familiares tienen que notificarse oficialmente. Es un trámite presencial que no tiene una duración estipulada. Y que muchas veces queda parado, porque los familiares no avanzan. No todos tienen los mismos tiempos.

    En el mientras tanto, pueden visitar los restos todas las veces que quieran. Como los huesos de su papá estaban en Tucumán, Fernando pidió que los envíen a Buenos Aires, donde él vive. Antes de poder llevárselos, lo fue a ver algunas veces más. Siempre ves un esqueleto y vos mentalmente le pones la carne a ese esqueleto y le pones el rostro, le pones todo. Me hubiera encantado ponerle una voz, pero no pude.

    Una vez que sale la notificación oficial, la que certifica el vínculo entre el familiar y el cuerpo, el EAAF le restituye los restos a la familia. Se los entrega en una urna. Las personas pueden elegir entre inhumarlos o cremarlos. En cualquier caso, no pueden llevárselos a sus casas. La mayoría de las veces, se entierran los huesos o se esparcen las cenizas en espacios específicos que tienen algunos cementerios para homenajear a los desaparecidos, como el de la Chacarita, el de Avellaneda o el de Lanús. O en parques, como el Bosque de la Memoria en Tucumán. También pueden enterrarse en nichos privados familiares. Muchas cenizas fueron esparcidas en parroquias, iglesias y también en el Río de la Plata.  

    “En la mayoría de las restituciones y de las inhumaciones que hemos tenido, tanto en cementerios como acompañando a familiares al Parque de la Memoria para esparcir las cenizas, todo el ritual se vive de una manera celebratoria”, dice Urquizu. La alegría es poder tener respuestas, certezas. Durante las ceremonias se leen poemas, se canta, se toca algún instrumento, se llevan fotos. Y en muchos casos funcionan también como reencuentro familiar o se suman compañeros de militancia, sobrevivientes, amigos de la infancia. Como esa despedida final, ese entierro simbólico en el cementerio de Flores que describe Sebastián Hacher en Cómo enterrar a un padre desaparecido (2012). 

    El porcentaje de desaparecidos identificados es muy bajo en relación a la cantidad de denuncias registradas. El EAAF logró recuperar 1652 restos o cuerpos, de los cuales más de 800 aún no pudieron ser identificados, porque ninguna muestra coincide con su perfil genético. Por eso es tan importante que quienes sospechan que pueden tener un familiar desaparecido entreguen una muestra de sangre. Con una gota, basta.

    La alegría es poder tener respuestas, certezas. Durante las ceremonias se leen poemas, se canta, se toca algún instrumento, se llevan fotos.

    ¿Qué pasa con la gran mayoría de familiares que aún no pueden encontrarse con los restos de sus desaparecidos? “Pienso que en estos casos, habrán buscado otras vías de ritualización”, dice Rousseaux y recuerda un acto histórico, en 2014, el día que Néstor Kirchner convirtió en casa de memoria a la ESMA. Esa mañana algunos familiares se acercaron y dejaron coronas de flores en las escalinatas con los nombres de sus desaparecidos. 

    Hace 20 años, cuando la idea de encontrar el cuerpo de Mario Nívoli era incierta, Soledad y su familia plantaron un lapacho rosado en el Bosque de la Memoria de Rosario. Florece cada primavera y es lugar de encuentro, de mates, de visita. Hasta le festejaron ahí un cumpleaños a su hijo. Cuando lleguen los restos de Mario hallados en la Perla, a los huesitos, como dijo Emiliano, los enterrarán ahí. 

    La entrada Reaparecidos se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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    La doble vara judicial: cuando la sospecha condena y la prueba no alcanza

     

    La comparación entre la causa que derivó en la condena de Cristina Fernández de Kirchner y otros expedientes recientes que involucran a funcionarios del actual gobierno expone una tensión cada vez más evidente: mientras en un caso bastó con una presunción interpretativa —“no podía no saber”—, en otros, con abundancia de indicios y documentación, la reacción judicial y mediática parece notablemente más tenue.

    Por Ramiro C. Ferrante para NLI

    La historia judicial argentina ofrece múltiples ejemplos de selectividad, pero pocos tan paradigmáticos como el contraste entre la denominada “causa Vialidad” y las investigaciones que hoy rodean a distintos funcionarios del gobierno de Javier Milei. En el primer caso, el eje de la condena a Cristina Fernández de Kirchner giró sobre un razonamiento que excede la prueba directa: la idea de que, por su investidura, “no podía no estar al tanto” de las irregularidades atribuidas a la obra pública en Santa Cruz.

    Esa formulación, que en términos jurídicos tensiona principios básicos como la responsabilidad penal individual y la necesidad de prueba concreta, fue sostenida tanto por sectores del Poder Judicial como por buena parte del sistema mediático dominante. Sin embargo, cuando se observan expedientes actuales —donde aparecen transferencias, vínculos contractuales, decisiones administrativas documentadas o movimientos patrimoniales verificables— la vara parece desplazarse hacia un estándar mucho más laxo.

    La lógica de la presunción: el caso Vialidad

    En la causa que culminó con la condena de Cristina Fernández de Kirchner, uno de los aspectos más controvertidos fue la ausencia de evidencia directa que acreditara su participación personal en maniobras ilícitas. No se incorporaron registros de conversaciones, correos electrónicos, transferencias bancarias ni documentos firmados por la exmandataria que vincularan de manera concreta su accionar con los hechos investigados.

    La construcción acusatoria se apoyó, en cambio, en una inferencia estructural: que la entonces presidenta debía necesariamente conocer lo que ocurría en la asignación de obra pública. Esta interpretación, si bien puede tener peso político, abre un debate jurídico profundo sobre el alcance de la responsabilidad por jerarquía y sobre los límites entre presunción y prueba.

    En términos estrictamente legales, la doctrina penal exige certeza basada en evidencia. Sin embargo, el fallo incorporó un razonamiento más cercano a la sospecha estructural que a la demostración empírica, lo que fue celebrado por sectores mediáticos que durante años instalaron la idea de culpabilidad como sentido común.

    ANDIS, $LIBRA y otras causas: cuando la prueba no moviliza

    En contraste, investigaciones recientes como las vinculadas a la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS), el denominado caso $LIBRA o las denuncias por enriquecimiento que salpican a figuras del oficialismo presentan un cuadro distinto: aquí sí aparecen elementos materiales, registros administrativos y circuitos financieros que permiten trazar relaciones más concretas.

    Sin embargo, la respuesta institucional no ha tenido la misma intensidad. En el caso de ANDIS, por ejemplo, se mencionaron irregularidades en la asignación de fondos y contrataciones que derivaron en cuestionamientos internos, pero sin avanzar con la celeridad que se observó en otras causas de alto impacto político.

    Algo similar ocurre con el entramado de $LIBRA, donde la existencia de documentación, decisiones administrativas y posibles beneficiarios identificables no logró instalar en el debate público la misma noción de escándalo estructural que sí se construyó en torno al kirchnerismo.

    El patrimonio y las explicaciones: el caso Adorni

    El caso de Manuel Adorni resulta ilustrativo en este esquema comparativo. Las discusiones sobre su patrimonio, operaciones inmobiliarias y financiamiento de adquisiciones abrieron interrogantes que, en otro contexto político, probablemente habrían derivado en investigaciones más profundas y en una cobertura mediática sostenida.

    Sin embargo, la reacción predominante fue la relativización o la rápida disipación del tema en la agenda pública. La diferencia no es menor: mientras en la causa Vialidad se construyó una narrativa de culpabilidad sin prueba directa, en estos casos la existencia de elementos verificables no alcanza para generar una presión equivalente.

    El rol de Karina Milei y las sospechas de intermediación

    Otro punto que alimenta la discusión sobre la doble vara es la aparición de versiones vinculadas a presuntos esquemas de intermediación o retornos —como el denominado “3%”— que involucran a Karina Milei. Si bien muchas de estas denuncias requieren aún confirmación judicial, lo cierto es que el tratamiento mediático ha sido, en general, más prudente o marginal.

    En términos comparativos, basta recordar cómo hipótesis mucho menos documentadas en el pasado fueron amplificadas durante meses hasta consolidarse como verdades instaladas.

    A diferencia de lo ocurrido con Cristina Fernández de Kirchner, donde la centralidad del cargo fue utilizada para inferir conocimiento y eventual participación, en el caso del actual presidente parece imponerse la lógica inversa.

    Créditos del Banco Nación y decisiones administrativas

    Las operaciones crediticias otorgadas por el Banco Nación a determinados actores también ingresan en este análisis. La existencia de expedientes, montos y condiciones específicas ofrece un terreno fértil para la investigación judicial. No obstante, nuevamente, la intensidad de la respuesta institucional dista de la observada en otras etapas políticas.

    El contraste no implica necesariamente afirmar culpabilidades, sino señalar una diferencia en el estándar de exigencia: lo que en un caso se interpreta como indicio suficiente, en otro parece no alcanzar ni siquiera para activar mecanismos de investigación robustos.

    En este punto aparece un elemento particularmente revelador: la forma en que el propio Javier Milei queda sistemáticamente por fuera de las hipótesis de responsabilidad. A diferencia de lo ocurrido con Cristina Fernández de Kirchner, donde la centralidad del cargo fue utilizada para inferir conocimiento y eventual participación, en el caso del actual presidente parece imponerse la lógica inversa. Aun cuando los hechos investigados involucran áreas sensibles del gobierno o funcionarios de su máxima confianza, la interpretación dominante —tanto en ciertos sectores judiciales como mediáticos— tiende a considerar plausible que Milei “no esté al tanto”. Esta asimetría no es menor: mientras en un caso la jerarquía implicaba necesariamente conocimiento, en el otro habilita una presunción de desconocimiento que lo excluye preventivamente del análisis de responsabilidades.

    Medios, justicia y construcción de sentido

    El punto de convergencia entre todos estos casos es el rol de los medios de comunicación en la construcción de sentido. La condena de Cristina Fernández de Kirchner fue precedida por años de cobertura sistemática que instaló una narrativa de corrupción estructural, incluso en ausencia de pruebas directas.

    En cambio, las causas que hoy afectan a funcionarios del oficialismo no han logrado —o no se ha buscado que logren— ese mismo nivel de penetración en la opinión pública. La diferencia no es sólo cuantitativa, sino cualitativa: cambia la forma en que se interpreta la evidencia y el peso que se le asigna.

    Una justicia bajo sospecha

    La comparación deja al descubierto una pregunta incómoda pero inevitable: ¿existe un criterio uniforme en la administración de justicia o las decisiones están condicionadas por el contexto político y mediático?

    Cuando una condena puede sostenerse en una presunción y otras investigaciones con mayor volumen de pruebas no avanzan con igual firmeza, la percepción de doble vara se vuelve difícil de refutar. Y esa percepción, más allá de las posiciones partidarias, erosiona uno de los pilares fundamentales del sistema democrático: la confianza en la justicia.

    En definitiva, el problema no es sólo jurídico, sino institucional. Porque una justicia que parece medir distinto según el acusado deja de ser justicia para convertirse en un instrumento de disputa política. Y en ese terreno, la verdad —con pruebas o sin ellas— corre siempre el riesgo de quedar relegada.

     

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