La Secretaría de Obras y Servicios de la Municipalidad de Villa Regina informa que el servicio de balsa en la Isla 58 durante los próximos feriados se prestará de acuerdo al siguiente cronograma:
*Miércoles 24 de marzo y viernes 2 de abril: sin servicio.
*Jueves 1 y sábado 3 de abril: el servicio se prestarán en el horario habitual de 8 a 15.
Mirémonos en el ejemplo de aquellas mujeres de Atenas: cuando fustigadas, no lloran, se arrodillan, piden, imploran, más duras penas, cadenas.
Por Alfonsina Madry para Noticias La Insuperable
Si nos apartamos de las islas de bienestar ideológico que nos crean los algoritmos, veremos no sin asombro el exitismo que hace delirar a unos cuantos compatriotas devenidos fanáticos del libertarianismo en todos sus aspectos pero, sobre todo, del económico. Fuera del archipiélago, hay una vida mental entre desopilante y desoladora.
Esta suerte de grotesco tiene su patio de conventillo en el amplio éter argento. Los emprendedores con agua al cuello, los menesterosos con esperanza, los clasemedieros que catan arroz partido y los funcionarios que se ufanan de triunfos pírricos, se unen en letanías motivacionales y denuestos a fantasmales comunistas.
Año a año tenemos la sensación de vivir en un mundo distinto e imprevisible. Sin embargo aquí, en nuestro reino del revés, todos los esfuerzos parecerían destinados a crear un microclima de eterno retorno. Como párvulos, estaríamos a la búsqueda de la repetición; como masoquistas, daría la impresión de que también ansiáramos la repetición del sufrimiento y el esquilme.
Festejamos las figuritas repetidas de los súper villanos, tarareamos los cantos de sirena que vuelven, nos embelesamos por igual con las bicicletas de José Alfredo o de Toto, con tablitas de cualquier tipo, como si fueran de la ley, con las manos duras de Albano o Pato, con las metáforas de economía doméstica aplicadas a un país que festeja endeudarse y, en fin, seguimos atribuyéndole sabiduría al que esgrime un par de citas abstrusas.
La letanía de las mismas reformas imprescindibles nos encuentra siempre tan bien dispuestos como al sinceramiento de tarifas de servicios y al reacomodamiento de precios relativos. El consabido “esta vez es distinto” nunca deja de ser música para los oídos. El Dios que es argentino toma las formas de Martínez-dios, de la condena al éxito o de las fuerzas del cielo.
Mientras los corifeos de una caterva de funcionarios enardecidos hacen gala, en X o donde los bits los lleven, del pogromo que extermina con burocrática saña a discapacitados y pasivos, empleados rasos con ínfulas de economistas reclaman más castigo a científicos e investigadores.
Entre noticias falsas e inverosímiles sesgos informativos, el optimismo torna en festejo diario. El fin de la historia del vetusto Fukuyama revive para la historia argentina que, por lo visto, terminó a fines de 2023: ya nada es igual, ni parecido, ni similar, todo es nuevo y exitoso.
Como memes de la memoria, como burladores burlados, queremos dólar barato, amamos los importados y que no haya más jubilados. Nada de derechos, ni feminismo, salvo el de las Mujeres de Atenas:
Mírense en el ejemplo de aquellas mujeres de Atenas / Viven para sus maridos, orgullo y raza de Atenas / Cuando amadas, se perfuman / Se bañan con leche, se arreglan sus melenas / Cuando fustigadas, no lloran / Se arrodillan, piden imploran, más duras penas, cadenas…
Al despertarme en el día de ayer, encontré a mi compañera viendo atentamente una película que estaban dando por cable. Al presta atención veo que se trataba de Mujer Bonita. Un clásico de los 90 que inmediatamente me trajo a la mente un maravilloso artículo del filósofo José Pablo Feinmann.
Es verdad que en la película Mujer bonita, Hollywood, vendió un cuento de hadas moderno, pero JP Feinmann supo leer ahí algo más que romance y vestidos caros. En su célebre texto “Julia Roberts contra el capitalismo salvaje”, el filósofo supo desarmar la película hasta mostrar su núcleo ideológico: una crítica —suave, edulcorada, pero crítica al fin— al capitalismo financiero depredador. Sí, el mismo que volvió a invadir nuestras vidas con el ascenso al poder de Javier Milei, un presidente que, como Edward Lewis, no habla de producir sino de destruir, no habla de trabajo sino de costos laborales, y no concibe al Estado ni a las empresas como espacios de organización social, sino como objetos a ser desarmados y liquidados. Todo es un loop que nos lleva y trae a los 90.”
Edward Lewis, es un millonario obsceno, no produce nada. No fabrica, no crea, no emplea. Se dedica a desarmar empresas, las desguaza en mil pedazos para convertirlas en papeles, negociables en mesas de “inversionistas” que multiplican su valor sin producir absolutamente nada. La película muestra al capital financiero en estado puro. Vivian Ward, una prostituta de Hollywood Boulevard, entiende algo que el magnate no: que ganar dinero sin producir nada es moralmente vacío. Ella, que vende su cuerpo, conserva una ética; él, que compra empresas, no sabe nada de eso.
Un detalle que me llamó mucha la atención y que Feinmann lo dejó pasar, es que Edward Lewis es una persona rota. El millonario menciona la ausencia de un padre que abandona a su madre, y lo hace en términos de odio y ruptura. Cuenta que su primer gran negocio fue comprar la empresa de su propio padre para desmantelarla y venderla en partes.
No es un detalle menor, el odio es el acto fundacional de su identidad como empresario del capital financiero, es lo que conocemos con el nombre de neoliberalismo. Edward no hereda la empresa para continuarla, la destruye. No la transforma, no la moderniza, no la hace más productiva: la hace desaparecer. Es un parricidio simbólico. Matar al padre equivale a matar el modelo de capitalismo que ese padre representaba: probablemente productivo, industrial, ligado al trabajo y a la continuidad.
El paralelismo con Javier Milei es evidente y perturbador. Así como Edward Lewis compra la empresa del padre para hacerla desaparecer, el actual presidente argentino construyó su identidad política prometiendo dinamitar el Estado, destruir lo público y borrar toda forma de capitalismo productivo nacional. En ambos casos, el gesto fundacional no es crear algo nuevo, sino odiar y demoler lo existente. El parricidio simbólico se transforma en programa económico.
El modo de acumulación de Edward nace del odio: ganar dinero destruyendo lo que otros han construido con esfuerzo. Por eso no produce nada. Por eso no crea empleo. Por eso sólo sabe comprar, desarmar y liquidar. El millonario de la película es un hijo que confunde emancipación con demolición. Cree que ser libre es arrasar con todo lo anterior. No supera al padre: lo borra. Y al hacerlo, inaugura su adhesión total al capitalismo financiero salvaje, abstracto, sin rostro ni responsabilidad social. ¿Te suena conocido?.
Ahora volquemos un instante la mirada sobre Vivian Ward. Ella no sólo vende “placer”, en el guion queda muy claro, vende tiempo, disponibilidad corporal y fuerza de trabajo. Es exactamente lo que describe Karl Marx en El Capital: el trabajador no vende el producto, vende su capacidad de trabajar durante un lapso determinado. Vivian negocia por hora, por noche, por semana. Hay tarifa, contrato verbal, condiciones, penalidades y hasta cláusulas implícitas. Edward no compra a Vivian: alquila su fuerza de trabajo, como cualquier capitalista alquila mano de obra. La diferencia es sólo el rubro. No hay romanticismo ahí: hay mercado.
Han intentado vender esta película como una moderna historia de princesa. Lamento decirles que no, en esta historia Vivian produce valor en términos económicos, no son mercancías materiales. Produce servicio. Edward, en cambio, no produce nada. Vive de la valorización abstracta del capital. En términos clásicos, Vivian está más cerca del trabajo productivo que Edward, aunque el sistema declare lo contrario.
Y podemos darle una rosca más de tuerca. Vivian pertenece al sector más desprotegido del proletariado como son los repartidores del estilo Rappi. No tiene derechos laborales. No tiene seguridad social. No tiene estabilidad. No controla el proceso, ni el resultado, pero la prostituta tiene lo aventaja al repartidor en un aspecto: cobra por adelantado porque sabe que el capital incumple.
Volvamos al texto de Feinmann, el filósofo señaló otra arista, con ironía nos cuenta sobre la inversión de roles: la prostituta es quien humaniza al capitalista. Vivian no sólo enamora al príncipe; lo civiliza. Cuando Lewis decide salvar la empresa naviera de James Morse y sostener el trabajo de cientos de obreros, no se vuelve socialista: retrocede al viejo capitalismo burgués, productivo, industrial, con fábricas, máquinas y salarios. Vuelve a la producción industrial. El dinero vuelve a estar al servicio de la producción y no de la especulación.
Por otro lado tenemos al villano, que no es casual. Philip Stuckey, el abogado financiero, es la encarnación del capital salvaje, sin rostro ni escrúpulos que te recuerda rápidamente al 3% de las coimas, el cierre de los fondos para el CONICET, el cierre de escuelas, la quita de alimentos para comedores… La escena donde el abogado intenta violar a Vivian, no es un exceso del guion, es la metáfora brutal y más cercana a la realidad de un sistema que avanza sobre todo lo que no comparte su ideología, incluso sobre los cuerpos. Esa escena se repite a diario cuando se quitan los remedios a los discapacitados o a los jubilados. Cuando Lewis lo expulsa, también expulsa —momentáneamente— a la lógica financiera extrema. Es lo que sucedió en diciembre del 2001 cuando la sociedad toma conciencia y expulsa el gobierno de De la Rua.
Lo importante de este análisis es no idealizar a Hollywood, al contrario, darnos cuenta de que en el corazón mismo del imperio cultural y económico, el capital financiero aparece y es señalado como reprochable. Mientras que la producción y el trabajo conservan un resto de legitimidad moral. El príncipe es bueno porque crea empleo; la Cenicienta es hada porque devuelve sensibilidad a un millonario desalmado. Y acá caemos en la cuenta de que se trata sólo de un simple cuento. Muy difícil que se haga realidad.
Pero hagamos con el cine como enseñó Feinmann: pensar la política donde otros veían sólo entretenimiento. Y por eso esta película sigue siendo incómoda, necesaria y actual. Porque el problema que vio en Mujer bonita en los ’90 es el nuestro en pleno 2025/2026.
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