ESCRIBE ANDREA ZURITA

Usted está en su casa justo ahora. Me lee esperando ocupar un poco de tiempo de su día. Es consciente del contexto que está afrontando la humanidad. A pesar de esto se dispone a perderse en una lectura cuyo final desconoce. Déjeme desconcertarle un momento. Podría conversar con usted por al menos doscientos caracteres si me lo permite.

Pues bien, resulta que tengo un gran afecto hacia mi pueblo de origen. Usted se preguntará por qué. La situación es que es bajo todo este enredado momento he sido consciente de la calidez de mi gran vecindad. He logrado vislumbrar la unión, la fortaleza y la esperanza. Siento la empatía en el aire y la comprensión entre personas de una misma tierra. Ya le digo que hay tantas bocas cubiertas que esconden sonrisas, tanto impedimentos, pero aún así se puede ver en la mirada la satisfacción, y la alegría.

¿Sabe usted, querido lector, que las perlas tardan cerca de diez años en crearse? Y pasan por cada labranza para llegar a ser lo que son…

Resulta que vivo en una perla, que tiene como más de noventa años. Una que ha sufrido historias, dolores y amarguras. Ha tenido en sí misma personas de mala muerte, y aún así, la veo brillando. No es una perla propiamente dicha, claro está, sin embargo se luce como una, resuena y se distingue como una piedra preciosa, y tiene a su “molusco” de más de cien metros de alto que la circunda, nadie podría confundirla, ni cambiarla.

Ahora, sobre ella, por primera vez, un bicho me la está ensuciando y desgastando. ¿Pero sabe qué? Todavía sigo viendo su bella solidaridad, y eso, querido lector, hace que la vida dentro de ella tenga sentido

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