Personal de la Secretaría de Obras y Servicios de la Municipalidad de Villa Regina trabajó en la reparación del caño que impulsa los líquidos cloacales desde la red troncal de bombeo de barrio Belgrano hasta la laguna. Las tareas se centraron a la altura de la plaza César Rondini en barrio Don Bosco.
De acuerdo a lo informado desde el área que estuvo a cargo de los trabajos, en la rotura del caño inciden los arranques y paradas que hace la bomba cuando corta y se estima que también se vea afectado por las vibraciones causadas por la proximidad de la ruta nacional 22 ya que coincide con la temporada en que aumenta el tránsito de camiones pesados.
Brasil ya palpita el año electoral. En octubre se realizarán las elecciones presidenciales y Lula se juega todo a la reelección que le permita seguir en el poder hasta 2030.
Los desafíos son enormes porque el líder brasileño comenzaría su cuarto período en el Palacio Planalto con 81 años y ante las dudas sobre su edad, se muestra en playa con un físico entrenado y muestra sus rutinas en el gimnasio.
En el terreno de la política tiene que mantener unida la coalición que le permitió ganar en 2022 con los sectores de centro que le garantizan la confianza en los mercados y en buena parte de los sectores empresariales del país.
A su vez, Lula apuesta a formar una base en el Congreso mucho más leal que el actual con quien mantiene una tensa relación por el proyecto para bajar las penas a los condenados por el intento de golpe a Lula y podría beneficiar a Jair Bolsonaro. El presidente de Brasil vetó el proyecto y la derecha busca conseguir los votos para derrumbarlo.
La derecha también arrastra enormes problemas porque su candidato más competitivo esta preso e inhabilitado, lo que abre una interna que no se está dirimiendo con armonía. La división es clara: por una lado la familia Bolsonaro, por el otro la derecha tradicional que quiere construir un liderazgo propio pero necesita de esos votos.
Los tres hijos de Bolsonaro siempre tuvieron roles claros. Flavio el de armador, Carlos el estratega comunicacional bajo el manual de Steve Bannon y Eduardo el de las relaciones internacionales.
El ex presidente dejó clara su voluntad y quiere a un Bolsonaro liderando para asegurarse, en caso de ganar, el indulto que lo devuelva al terreno político. El elegido es Flavio Bolsonaro, senador por el Río de Janeiro que siempre ocupó un rol más de articulador o armador de su padre. Tejió relaciones con los partidos de derecha más tradicionales y las milicias cariocas que están acusada de manejar el narcotráfico y de delitos como el asesinato de Marielle Franco.
Los tres hijos de Bolsonaro siempre tuvieron roles claros. Flavio el de armador, Carlos el estratega comunicacional bajo el manual de Steve Bannon y Eduardo el de las relaciones internacionales. Fuera del poder hay que sumar otros dos: la esposa Michelle y el más joven de sus hijos, Renan, que es concejal en Río.
Eduardo Bolsonaro.
La pelea por la candidatura familiar la protagonizaron Eduardo, Flavio y Michelle. El primero fue el lobbista principal de las sanciones de Estados Unidos contra la economía brasileña por el juicio contra Bolsonaro pero se desactivó rápidamente con el vinculo que se construyó entre Donald Trump y Lula que puso en pausa toda esa ofensiva. Ahora, Eduardo quedó desdibujado y sin chances de regresar al país porque puede ser juzgado por obstrucción a la justicia.
Michelle, por su parte, es la que mejor mide en las encuestas. Carga con un carisma muy potente y conecta con sectores populares que abraza la relación evangélica. Sin embargo, los Bolsonaro no consideran a una mujer liderando su proyecto político. Es por eso que todo quedó en Flavio, que siempre tuvo un perfil bajo y ahora debe enfrentar entrevistas y, llegado el caso, debates contra profesionales de la política como Lula.
Con la derecha dividida en tres o cuatro, no hay que descartar la victoria de Lula en primera vuelta.
La foto actual de la derecha es de división porque los gobernadores no quieren ir a la cola del bolsonarismo. Los lideres territoriales dispuestos a jugar con el paulista, Tarcisio Gomes da Freitas y el de Minas Gerais, Romeu Zema, dos figuras más competitivas que Flavio Bolsonaro que no termina de despegar en las encuestas.
Según la última en encuesta de Atlas Intel, Lula ganaría en todos los escenarios y le saca 27 puntos a Flavio. Lula apuesta a esa división e incluso opera para una candidatura de un sector de la derecha no bolsonarista como la de Eduardo Leite, gobernador de Río Grande do Soul. «Con la derecha dividida en tres o cuatro, no hay que descartar la victoria en primera vuelta», dice con entusiasmo uno de los armadores principales de Lula.
Tarcisio Gomes da Freitas, gobernador de San Pablo.
Lula trabaja en otra estrategia para debilitar a sus competidores, en el caso de San Pablo, evalúa lanzar candidatos fuertes como el vicepresidente Geraldo Alckmin o la ministra Simone Tebet para complicar a Tarcisio y obligarlo a dudar de su candidatura presidencial.
Lula tiene la obsesión de ganar San Pablo, la cuna de su formación política en tiempos de líder sindical. Por eso, quiere jugar con todo. Un dirigente paulista que trabaja en la estrategia electoral del líder del PT explicó a LPO que «ña idea de hacerlo dudar de la presidencial está motivado por dos razones: que no juega en el estado y ganar San Pablo o correrlo para evitar que se lleva a sectores del establishment que no quieren a Bolsonaro y dudan entre Taricsio y Lula».
«Un ejemplo de esto son los poderosos industriales paulistas que pueden dividirse si juega Tarcisio pero si no participa todo ese sector iría con Lula porque no quieren al bolsonarismo y no les termina de cerrar Zema», agrega.
En efecto, si a este panorama de dispersión, el gobierno de Lula estable en lo económico, con protagonismo internacional y una gestión fuerte en material social se le agrega la decisión de Donald Trump de no intervenir, lo del bolsonarismo sería la crónica de una derrota anunciada. Pero el año ese largo y todo puede pasar en este mundo marcado por las sorpresas y la incertidumbre.
Lula aporta la estabilidad que Trump quiere para Venezuela y por eso es más importante que Milei en términos estratégicos.
Por eso, como reveló en exclusivo LPO, Lula busca contener el avance electoral de Trump para que Brasil no reproduzca un escenario parecido al de Chile, Argentina u Honduras donde la intervención de Trump en el proceso electoral fue directa y favoreció a los candidatos de derecha.
Por eso, Lula tomó distancia de Maduro y no enfrentó al líder republicano. En lugar de eso, volvió a ofrecerse como nexo con el régimen chavista que ahora conduce Delcy Rodríguez. En la cancillería brasileña tiene una certeza que habrá que ver si se confirma: «Lula aporta la estabilidad que Trump quiere para Venezuela y por eso es más importante que Milei en términos estratégicos».
«Ni Lula ni Sheinbaum tienen pensado confrontar con Trump en este momento. Todo lo contrario. El objetivo es volverse necesario», afirmó un dirigente que dialoga con ambos.
Ni Lula ni Sheinbaum tienen pensado confrontar con Trump en este momento. Todo lo contrario. El objetivo es volverse necesario.
Argentina, para la visión de la diplomacia brasileña y buena parte del gobierno de Lula, tiene un alineamiento con Estados Unidos que no le aporta nada a la estrategia norteamericana mas que mostrarlo como un trofeo del MAGA en Sudamérica.
«Estados Unidos evalúa abrir la embajada en Caracas y Milei sigue pidiendo que otros custodien al suya», lanzó un funcionario que formó parte de la decisión de abandonar la custodia que Brasil de la embajada argentina en Caracas desde fines de julio de 2024.
Volviendo el terreno electoral. La candidatura de Flavio no termina de arrancar y la derecha busca un foco desde donde pegar. Sin posibilidad de cuestionar la suba de precios o hablar de crisis económica, el terreno elegido es la seguridad, donde el PT no termina de construir una narrativa efectiva. Pero esto, al menos a 9 meses de los comicios, tiene sabor a poco.
Venezuela no es un problema: es un botín. Con las mayores reservas de petróleo del planeta, valuadas en entre 17 y 18 billones de dólares, el país concentra un volumen de riqueza energética que explica décadas de presiones, sanciones, intentos de disciplinamiento y ahora, abiertamente, proyectos de recolonización. Detrás del discurso de la “democracia” y la “transición”, lo que está en juego es el control del petróleo.
Por Celina Fraticiangi para NLI
Las mayores reservas del planeta y un crudo incómodo para el imperio
Venezuela posee alrededor de 303 mil millones de barriles de petróleo probados, lo que representa cerca del 17 % de todas las reservas mundiales. No existe otro país con semejante volumen bajo su subsuelo.
La mayor parte de ese petróleo se encuentra en la Faja Petrolífera del Orinoco y corresponde a crudo extra-pesado, un tipo de petróleo más denso y costoso de procesar que el liviano. Su explotación requiere tecnología avanzada, inversiones constantes y capacidad de refinación específica, especialmente diseñada para este tipo de crudo.
Ese dato técnico no es menor: explica por qué históricamente las grandes petroleras norteamericanas y europeas estuvieron tan interesadas en Venezuela, y también por qué las refinerías del Golfo de México fueron adaptadas durante décadas para procesar crudo venezolano. No es un petróleo cualquiera: es estratégico.
A precios actuales del crudo, el valor bruto de esas reservas se calcula en unos 17 a 18 billones de dólares. Para dimensionarlo: equivale a entre el 76 y el 81 % de toda la masa monetaria M2 de Estados Unidos, o dicho de otro modo, a tres cuartas partes de todo el dinero que circula y se deposita en el sistema financiero estadounidense.
Antes de la nacionalización: Venezuela producía, pero no mandaba
Durante gran parte del siglo XX, el petróleo venezolano estuvo controlado por empresas extranjeras, principalmente estadounidenses. Desde las décadas de 1920 hasta los años 60, compañías como Exxon, Mobil y Gulf Oil dominaron la exploración, extracción y exportación del crudo.
En ese período, Venezuela llegó a producir más de 3,7 millones de barriles diarios, ubicándose entre los principales productores del mundo. Sin embargo, el control real del negocio, las decisiones estratégicas y una porción sustancial de las ganancias quedaban fuera del país.
El esquema era simple y conocido en América Latina: Venezuela ponía el recurso, las multinacionales se llevaban la renta.
Ese modelo empezó a resquebrajarse cuando el petróleo dejó de ser visto solo como mercancía y pasó a ser comprendido como recurso estratégico y herramienta de soberanía.
La nacionalización, PDVSA y el límite al saqueo
En 1976, bajo el gobierno de Carlos Andrés Pérez, Venezuela nacionalizó su industria petrolera y creó Petróleos de Venezuela S.A. (PDVSA). A partir de ese momento, el Estado venezolano pasó a controlar la producción, refinación y comercialización del crudo.
La nacionalización no fue una rareza: formó parte de una ola global de nacionalismo energético que recorrió el mundo en los años 70. Pero para Estados Unidos fue una señal clara de alerta: uno de sus principales proveedores de energía decidía no obedecer más.
Décadas después, con Hugo Chávez, ese control estatal se profundizó. Desde 2007, las empresas extranjeras fueron obligadas a convertirse en socias minoritarias de PDVSA o retirarse. Algunas aceptaron —como Chevron—, otras se fueron denunciando “expropiaciones”.
Lo que para Venezuela fue soberanía energética, para Washington fue y sigue siendo un “robo”. Desde entonces, el petróleo venezolano quedó en el centro de una guerra económica: sanciones, bloqueos, asfixia financiera y operaciones políticas.
Un botín que explica todo: FMI, Argentina y el contraste brutal
El valor de las reservas petroleras venezolanas permite entender la magnitud del conflicto.
Con 17 a 18 billones de dólares (calculado ya extraído y en barriles), ese petróleo equivale a:
Entre 380 y 400 préstamos del FMI como el que sostiene Milei, de unos 45 mil millones de dólares.
Entre 26 y 28 PBI completos de la Argentina.
Siete u ocho veces todo el efectivo físico que circula en Estados Unidos.
Mientras Argentina es disciplinada por el FMI por decenas de miles de millones, Venezuela es acosada por una riqueza que vale cientos de veces más. La diferencia no es moral ni ideológica: es material.
Por eso Estados Unidos no negocia con Venezuela como con un país cualquiera. La discute, la sanciona, la amenaza o directamente intenta administrarla. No por su sistema político, sino por su subsuelo.
El remate que incomoda
Venezuela no es pobre: es demasiado rica para que la dejen en paz. Y la Argentina de Milei no es castigada por rebelde, sino por obediente y endeudable.
Cuando se entiende que el petróleo venezolano equivale a décadas enteras de producción argentina, a cientos de acuerdos con el FMI y a una porción sustancial del dinero estadounidense, se cae el relato.
No es democracia contra autoritarismo. Es saqueo contra soberanía.
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