LA HISTORIA DEL MOTO CLUB REGINENSE SE CONVIERTE EN ORO. 50 AÑOS ACOMPAÑANDO AL DEPORTE LOCAL Y REGIONAL.
Fue también un martes 11 de junio, allá por el año 1974, cuando un grupo de aficionados al motociclismo se reunían en una mesa del Club Regina y resolvían crear un club. Un club para practicar por aquel entonces del deporte de las dos ruedas. Un club al que bautizaron Moto Club Reginense. Sería su primer conductor el Sr. Walter Clem “Camilo”” Harmsen. Acompañado por quienes participaron de esa reunión fundacional. Osvaldo Arenzana, Evaristo Godoy, Raul Godoy, ugo Urruchua y Jorge Cabrera.
Las primeras competencias que organizaron fueron de Speedway, compartidas estas con otras instituciones como Kilipu y el Club Atlético Regina Pero el grupo de trabajo del Moto Club Reginense tenía mayores aspiraciones y se contactaron, por intermedio de gestiones realizadas por el Sr. Roberto Antonini, con la Asociación Rionegrina de Motociclismo que conducía Eneas Iachheti; con el fin de integrarse al campeonato regional. Para esto, se llamó a una asamblea el 18 de julio de 1975, conformándose la primera Comisión Directiva que integraron:
Presidente: Walter Clem Harmse – Quien aun integras la Comisión Directiva
Vocales Suplentes: Néstor Canay – Hugo Urruchua – Victor Zottele – José Rojo – Carlos Duran
Revisor de Cuentas y Delegado ante la Asociación de Río Negro: Roberto Antonini.
Un verano, allá por el 20 de diciembre de1980, se sumó como colación al espectáculo de las competencias de Speedway, un par de karting. Participaron de esa primera carrera:
Carlos Salvioni
Luis Moschini
Rafael Fioretti
Ruben Colangeli.
El primer campeonato oficial no se hizo esperar. En 1981 se puso en marcha la primera fecha en la planta de gas de Chelforó; empleándose además pistas de Choele Choel y Villa Regina. Su primer campeón fue Carlos Salvioni.
En la actualidad el club desarrolla el 40° Campeonato Patagónico de Karting. Cada verano llevan adelante un Campeonato Nocturno. Reuniendo en estos certámenes a pilotos de varias provincias.
En el historial del Moto Club Reginense se suma carreras de Motos de Velocidad en Ruta, Enduro, Rally y fue la institución que organizó competencias del Campeonato Argentino de Rally Raid, Desafío Ruta 40 y el South América Rally Raid.
Hoy el Moto Club Reginense posee uno de los mejores kartódromo de tierra del país, una sede propia, quincho, equipamientos tecnológicos, maquinarias, etc. Siempre teniendo las distintas comisiones que lo condujeron como Norte el desarrollo y progreso.
La Legislatura de Córdoba volvió a quedar en el centro de un escándalo por una denuncia vinculada con delitos contra la integridad sexual. El protagonista es Omar «Manotas» Ludueña, un empleado de planta permanente que tiene una extensa trayectoria de militancia junto a Rodrigo de Loredo.
Ludueña fue denunciado por una mujer que asegura haber sufrido abusos sexuales durante su infancia y adolescencia. Según la denuncia difundida públicamente, los hechos habrían ocurrido cuando ella tenía entre 3 y 14 años. La causa tramita en la Fiscalía de Delitos contra la Integridad Sexual de 2° Turno.
El caso adquiere una dimensión política por la trayectoria del empleado dentro de la Unicameral. Ludueña ingresó a la Legislatura el 10 de diciembre de 2011, solicitado por el bloque de la UCR, como contratado bajo la modalidad de Asistente Legislativo. Posteriormente pasó a formar parte de la planta permanente.
Según el pedido de informes presentado por el bloque Hacemos Unidos por Córdoba, esa incorporación se produjo a partir de un requerimiento del entonces legislador provincial Rodrigo de Loredo.
La documentación administrativa de la Legislatura confirma, además, que Ludueña figura entre los empleados del cuerpo legislativo. Un listado oficial de personal de la Unicameral lo registra como Auxiliar Principal.
Pero hay otro dato que resulta relevante: el 1° de febrero de 2024, la dirección de Capital Humano de la Legislatura le confirmó a «Manotas» que su nuevo destino sería la oficina Alejandra Ferrero, una de las espadas de De Loredo, «cumpliendo funciones de apoyo a las actividades que se desarrollan en la misma».
El denunciado Omar «Manotas» Ludueña ingresó a la Legislatura el 10 de diciembre de 2011, solicitado por el bloque de la UCR. Según el pedido de informes presentado por el bloque Hacemos Unidos por Córdoba, esa incorporación se produjo a partir de un requerimiento del entonces legislador provincial Rodrigo de Loredo.
La nota lleva la firma de la propia Ferrero como responsable de la oficina de destino. El 8 de septiembre pasado, luego de que se hiciera pública la acusación a Ludueña, Ferrero solicitó a la vicegobernadora Myrian Prunotto que «arbitre las medidas para el apartamiento de las funciones» de Ludueña.
El bloque de Hacemos Unidos, que viene de atravesar la crisis de «Cañito» Flores, presentó un pedido de informes en el que deja expuesto que Ludueña habría trabajado de manera ininterrumpida para legisladores de la UCR durante años y habría desarrollado también actividad política vinculada con ese espacio.
La diputada radical Alejandra Ferrero.
Efectivamente, «Manotas» es un reconocido militante de la seccional Cuarta de la ciudad de Córdoba. El pedido de informes del oficialismo dejará expuesto cuándo ingresó Ludueña, quién solicitó su contratación, cómo fue su pase a planta permanente y todos los cambios registrados posteriormente.
Es un dardo directo a De Loredo, puesto que el denunciado habría sido contratado por él en 2011. El planteo tiene un componente político adicional: el peronismo pretende que los distintos bloques fijen posición frente al caso y recuerda los antecedentes recientes de pedidos de exclusión y cuestiones de privilegio presentados por situaciones de gravedad similar.
En principio, el peronismo buscará que se aplique la «jurisprudencia ‘Cañito’ Flores»: arrinconar a la radical Ferrero para que se tome licencia por haber cobijado en su oficina al denunciado. Como se recordará, Flores solicitó licencia y a las pocas horas renunció luego de que su exasesor José Villarreal fuera detenido e imputado en una causa por abuso sexual de menores.
La concejala radical Elisa Caffaratti, que conoce a Ludueña por su trabajo territorial y que también está vinculada al espacio de De Loredo, dijo que tomó conocimiento de la denuncia a través de la propia denunciante y que realizó una presentación judicial para poner los hechos en conocimiento de la Fiscalía.
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Mientras copiaba letras y sílabas sobre una corteza de abedul, un niño de la Rus medieval se escapaba de la tarea para dibujar guerreros, animales y criaturas fantásticas. Ocurrió alrededor de 1260, en Nóvgorod, y sus garabatos sobrevivieron durante más de siete siglos gracias a una combinación extraordinaria de arqueología y naturaleza. Se llamaba Onfim y, sin saberlo, dejó uno de los testimonios más curiosos sobre la infancia medieval: la prueba de que entre una letra y otra también había lugar para imaginar, jugar y convertir un ejercicio escolar en una pequeña aventura.
Por Alcides Blanco para NLI
Hay algo profundamente humano en los márgenes de un cuaderno escolar. Cambian las épocas, los materiales y las herramientas, pero parece persistir cierta necesidad de apropiarse de un pequeño espacio cuando la actividad que tenemos delante nos resulta demasiado repetitiva. Un alumno puede llenar hoy el borde de una hoja con nombres, caras, camisetas de fútbol, monstruos, autos, corazones o personajes de videojuegos mientras el profesor explica una materia; hace más de 750 años, otro chico hacía algo bastante parecido, aunque en lugar de birome utilizaba un estilete y en lugar de papel tenía una lámina de corteza de abedul. Aquel niño vivió en Nóvgorod, una de las grandes ciudades comerciales de la Rus medieval, y la arqueología terminó conservando sus ejercicios escolares junto con las fantasías que dibujaba mientras los hacía.
El protagonista de esta pequeña historia es conocido como Onfim. No sabemos demasiado de él, y justamente esa ausencia de información vuelve todavía más fascinantes sus dibujos. No conocemos con certeza su edad, aunque los especialistas lo consideran un niño pequeño; tampoco sabemos qué fue de su vida, quiénes fueron sus padres, cuánto tiempo asistió a la escuela ni qué ocurrió después con aquel aprendizaje de escritura. Lo que sí tenemos son doce piezas de corteza de abedul, catalogadas entre los números 199 y 210, cuya datación se sitúa alrededor del año 1260 y cuya atribución a un mismo niño se sostiene en buena medida por las características de la escritura y el contexto arqueológico en el que fueron encontradas.
Y en esas piezas aparece algo extraordinariamente cotidiano: la tarea escolar. Onfim practicaba el alfabeto, copiaba sílabas y reproducía fórmulas religiosas o escolares, exactamente el tipo de ejercicios repetitivos mediante los cuales un niño debía adquirir destreza en la escritura. Pero entre esas letras aparecen también figuras humanas, animales, criaturas híbridas y escenas de enfrentamiento. El soporte que estaba destinado a servir para aprender a escribir terminó convertido, al menos en parte, en un espacio donde el alumno podía hacer otra cosa. Allí donde el maestro esperaba letras, aparecieron guerreros. Allí donde había una práctica de caligrafía, apareció la imaginación de un chico.
Un cuaderno hecho de corteza de abedul
Para entender por qué esos dibujos pudieron llegar hasta nosotros hay que detenerse en algo que normalmente pasa inadvertido: el material sobre el que fueron realizados. En la Rus medieval, la corteza de abedul era un soporte de escritura cotidiano, económico y mucho más accesible que el pergamino. Se podía cortar, alisar y trabajar con un instrumento puntiagudo que dejaba marcas directamente sobre la superficie, sin necesidad de tinta. Para quienes no pertenecían a los círculos más ricos o especializados, constituía una solución práctica para escribir, registrar información y realizar ejercicios. En términos actuales, podría pensarse como una especie de cuaderno barato y reutilizable, mucho más cercano a la vida cotidiana que los lujosos manuscritos que solemos asociar con la Edad Media.
Pero había otro elemento que convertiría aquellos modestos pedazos de corteza en cápsulas del tiempo. Nóvgorod posee unas condiciones arqueológicas extraordinarias para la conservación de materiales orgánicos. Los documentos quedaron enterrados en terrenos húmedos y pobres en oxígeno, un ambiente que dificultó la acción de los microorganismos responsables de la descomposición. Gracias a esas condiciones, materiales que normalmente habrían desaparecido por completo pudieron permanecer bajo tierra durante siglos. Lo que para Onfim probablemente era simplemente una superficie donde practicar sus letras terminó transformándose, sin que él pudiera imaginarlo, en un mensaje dirigido a personas que vivirían cientos de años después.
Hay algo casi conmovedor en esa casualidad. Un niño del siglo XIII no estaba intentando dejar un testimonio histórico. No estaba escribiendo una autobiografía ni contando cómo era su vida. Tampoco pretendía que un arqueólogo del futuro encontrara sus ejercicios. Estaba haciendo la tarea. Y precisamente porque se trataba de una actividad ordinaria, sus trazos tienen un valor particular: permiten acercarse a una dimensión de la Edad Media que rara vez aparece en las grandes crónicas, una dimensión formada por niños que aprendían, se aburrían, copiaban, repetían y buscaban pequeños espacios para hacer algo que les perteneciera.
El guerrero que era Onfim
Entre todas las imágenes atribuidas al pequeño escriba hay una que se volvió especialmente conocida. Se trata de un jinete armado que atraviesa con una lanza a un enemigo caído. No es solamente una escena de combate: el guerrero lleva una inscripción que lo identifica con el propio Onfim. El niño parece haberse representado a sí mismo como un combatiente victorioso, convirtiendo aquel pedazo de corteza destinado al ejercicio escolar en el escenario de una pequeña epopeya personal.
Es difícil no sonreír ante la escena. Mientras un maestro probablemente esperaba que el alumno practicara las formas correctas de las letras, Onfim había encontrado una manera bastante más entretenida de utilizar el espacio disponible. Primero estaban los ejercicios que debía realizar; después, en el mismo soporte, aparecía un guerrero montado a caballo y dispuesto a derrotar a su enemigo. El contraste permite imaginar, sin necesidad de inventar una historia que las fuentes no pueden confirmar, el modo en que una actividad reglamentada podía convivir con el universo imaginario de un niño. No sabemos si estaba aburrido, si copiaba una imagen que había visto en algún lugar, si jugaba mentalmente a ser un guerrero o si simplemente descubría qué podía hacer con aquel instrumento. La evidencia no permite escoger una explicación definitiva.
Y esa cautela es importante porque la tentación de convertir a Onfim en un personaje perfectamente conocido es enorme. Podemos describir sus dibujos, estudiar su escritura y analizar el contexto histórico, pero no podemos saber qué pensaba exactamente mientras los hacía. Los guerreros, los animales fantásticos, los demonios y las escenas violentas formaban parte de la cultura visual de la época y podían aparecer en relatos religiosos, representaciones artísticas, historias, juegos y tradiciones orales. Que Onfim los dibujara no significa necesariamente que estuviera expresando miedo, agresividad o alguna emoción específica. Lo único seguro es que esas imágenes formaban parte del repertorio que podía llevar a su pequeño mundo de dibujos.
De hecho, la historia de Onfim resulta todavía más interesante cuando se la compara con otros testimonios medievales. En manuscritos de la época también aparecen figuras realizadas en márgenes y espacios secundarios, aunque no todas fueron hechas por niños y sería un error atribuir automáticamente cualquier garabato medieval a un estudiante. En 2016, investigadores de la Universidad de York analizaron dibujos encontrados en los márgenes de un manuscrito procedente originalmente de un convento franciscano de Nápoles y recurrieron incluso a especialistas en psicología infantil para evaluar si habían sido realizados por niños. Es decir, la presencia de dibujos aparentemente espontáneos en documentos medievales no es un fenómeno aislado, aunque cada caso requiere analizar cuidadosamente su contexto.
La infancia que se escondió en los márgenes
Lo verdaderamente extraordinario de Onfim, entonces, no está solamente en que un niño medieval dibujara un guerrero. Está en que sus ejercicios permiten mirar durante unos instantes una parte de la infancia que normalmente queda oculta detrás de la historia de reyes, guerras, iglesias y grandes ciudades. Los documentos oficiales suelen contarnos qué hacían las autoridades, qué territorios controlaban los gobernantes, qué guerras se libraban o qué acuerdos firmaban los comerciantes. Pero resulta mucho más difícil encontrar rastros de aquello que hacía un niño mientras aprendía a escribir. En ese sentido, la corteza de Onfim funciona como una ventana diminuta hacia la vida cotidiana.
También permite observar que la educación medieval no consistía únicamente en memorizar grandes textos religiosos o formar futuros escribas, como a veces sugieren las imágenes simplificadas de la Edad Media. Había niños practicando letras, repitiendo sílabas y aprendiendo a manejar un instrumento de escritura. Y alguno de ellos, como Onfim, encontraba la forma de combinar la obligación con la fantasía. El ejercicio no desaparecía: las letras seguían allí. Pero junto a ellas aparecía un mundo propio, un espacio donde el niño podía decidir qué quería representar.
Ese detalle permite establecer un curioso puente con el presente. Cambiaron radicalmente los sistemas educativos, los materiales y los contenidos, pero persiste la posibilidad de que una actividad reglada genere espacios de apropiación personal. El margen sigue siendo margen aunque ahora esté hecho de papel, y puede que hoy aparezcan allí personajes de videojuegos donde hace ocho siglos aparecían guerreros y criaturas fantásticas. No significa que los niños sean idénticos a través de los siglos ni que podamos trasladar mecánicamente conceptos modernos a la Rus medieval; significa algo más sencillo y más interesante: la infancia también deja huellas en los lugares donde nadie pensaba que estaba escribiendo historia.
Quizás por eso los dibujos de Onfim resultan más poderosos que muchas grandes historias medievales. No cuentan una batalla que cambió un reino ni una decisión que modificó el destino de un imperio. Cuentan algo muchísimo más pequeño: un niño aprendiendo a escribir y aprovechando un pedazo de corteza para dibujar lo que tenía en la cabeza. Pero precisamente allí reside su valor. La historia no está hecha solamente de quienes ocuparon el poder o protagonizaron acontecimientos extraordinarios; también está hecha de millones de gestos cotidianos que casi nunca quedaron registrados.
Onfim tuvo la fortuna —o la extraña desgracia— de que uno de esos gestos sobreviviera.
Su nombre quedó enterrado durante siglos junto con sus ejercicios. La humedad protegió la corteza, la tierra conservó las marcas y la arqueología terminó devolviendo al presente aquel pequeño mundo. Hoy podemos observar sus letras, sus sílabas y sus guerreros e imaginar, con todas las precauciones que exige la historia, a un chico de Nóvgorod sentado frente a su tarea, intentando dominar una escritura que para él era nueva mientras su imaginación se iba por otro camino.
Y ahí aparece la última ironía de esta historia: Onfim probablemente quería aprender a escribir, pero terminó escribiendo una de las pequeñas historias de infancia más memorables que nos dejó la Edad Media. No sabía que alguien lo leería ocho siglos después. No sabía que sus guerreros serían estudiados por historiadores. No sabía que sus garabatos servirían para preguntarnos si realmente cambió tanto la infancia.
Simplemente dibujó.
Y, por una de esas extraordinarias casualidades que de vez en cuando nos regala la arqueología, el margen de su tarea consiguió sobrevivir al tiempo.
¿Qué es eso que sos? Eso que es innegable en vos, eso que no se puede enajenar de tu persona y se disfruta plenamente. Se vive con naturalidad y fluidez. Se siente propio. Hay cosas que hacemos que nos muestran, a ojo crudo, quienes somos. Cuando estas haciendo algo, por ejemplo, que te abstrae completamente…