PARCHANDO ANDO
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PARCHANDO ANDO

Como muchas ciudades del país, Regina no escapa a la falta de planificación concreta, por el contrario las situaciones “parche” son más bien las soluciones más reconocidas por los regineneses. Y así vamos y así vivimos, bacheando, eh digo… parchando, pero bien sabemos que los paliativos no son más que eso, el agobio afloja un poco, pero después vuelve a aparecer.

La problemática de la falta de planificación estratégica y concreta en una ciudad con serios problemas de centralidad y también de abandono en las periferias del ejido urbano, acrecientan la necesidad de contar, al menos, con una señalítica que permita mejorar la organización urbana, el movimiento interno, la identidad y el sentido de pertenencia de los espacios propios como los barrios y las plazas.

La situación actual con falta de nomencladores y deterioro de los mismos, observado en varios lugares de la ciudad, implican acciones de colocación de las faltantes y restauración de las existentes. Los nomencladores no son solo una guía general sino un marco importante de la circulación en la ciudad.

LO MICRO COMO EJEMPLO DE LO MACRO

La aparición de los nomencladores en la ciudad fueron, por supuesto, previos a la legislación pertinente. La zona céntrica, las arterias principales y los barrios más cercanos a la misma contaron con señalización de calles primero que todos. Como para mantener la línea y no perder la costumbre, la regulación surgió de la moción social y el pedido de distintos barrios, de la necesidad misma de empezar a ordenarse en una ciudad que ya contaba con más de medio siglo de existencia sin atisbo de planificación.

Hoy vuelve a aparecer la moción de la comunidad por querer tener algún esquema de organización y algo de representatividad y sentido por fuera del casco histórico. La planificación, sigue siendo nula, o al menos desarticulada. No hay planificación sin articulación entre todos los sectores institucionales.

En el año 90 el Concejo Deliberante (CD) aprobó la Ord 63/90 que regula la realización, materiales a usar, tamaños y forma de colocación de los nomencladores. Hasta hoy no tuvo derogaciones ni modificaciones. Esto quiere decir que para su colocación deberían seguir utilizándose materiales y prácticas añejas, dejando de lado nuevas posibilidades. Sin irnos más lejos en Gral Roca/Fiske Menuco (entre otras ciudades) ya no se utilizan abrazaderas lo que reduce en un 50 por ciento la inversión en tornillos sujetadores implicando una reducción importante en los costos de construcción. La ord mencionada en su art 6 y 7 obliga a la utilización de abrazaderas y bulones que ya no son útiles.

Tres décadas después, nos encontramos con gran parte de la ciudad sin nomencladores en condiciones legibles, esquinas que directamente no tienen; y aunque parezca un dejavú nos encontramos con vecinos reclamando la falta de los mismos. Sí, 32 años después estamos en la misma.

TAREA PARA LA CASA

No hay que ser un erudito para entender que si no contamos con una planificación real y concreta, que corte transversalmente los gobiernos de turno y se piense desde las instituciones locales para los ciudadanos reginenses, viviremos en un loop de problemas donde todo se repite, ya que nunca son resueltos verdaderamente.

Haga usted, querido lector, la tarea de pensar en una problemática vieja y encuéntrela en el contexto actual. Tan sencillo como encontrar las 5 diferencias en dos dibujos espejados de un souvenir en un cumple de 5.

Les dejo un lindo ejemplo de loopeo, si hablamos con algún político de turno sobre uno de los grandes problemas de nuestra ciudad, la falta de acceso a tierras para construir viviendas, nos va a “correr” y nos va a hablar de crecer hacia el norte en la barda como única posibilidad. Proyecto que se menciona desde la década del ´90 cuando era intendente el Ing. Hector Guido, y nunca se hizo nada (30 años también). Por ejemplo en 2013 el ex intendente Albrieu voló la barda y hace no menos de un mes la legisladora Marcela Ávila también lo mencionaba en alguna radio local. Un relato que se armaron y siguen repitiendo, no importa el año, la coyuntura o el color político.

De principios del año ´88 es la ordenanza que aprobó la compra de las tierras en barda norte para crecer urbanísticamente allí. Los objetivos de la adquisición de 4.500 hectáreas  a la firma Mamuelquen S.A. eran entre otros la extensión de la ciudad en el marco del Plan Barda Norte, ampliar el cementerio local como necesidad prioritaria, la ampliación de una pista de aterrizaje de un futuro aeropuerto y la provisión de áridos (arena y ripio) y calcáreo de canteras existentes en esos terrenos. El costo de la transacción fue de 80mil australes y el presidente del CD era el esc. Francisco La Rosa.

Ojo porque no es que no hemos hecho nada desde ese entonces, como mencioné anteriormente, un día volaron la barda para hacer una subida, la subida Mario Franco. “Este acceso que hoy inauguramos (…) tendrá tierras para urbanizar, generar producción y trabajo, esparcimiento y recreación, en donde el estado Municipal tendrá todas las herramientas para ser la mano que deberá moldear el futuro de Villa Regina, como lo hubiera soñado el ex gobernador  Mario Franco”, dijo Albrieu en 2013 cuando se dinamitó la barda. Qué paradoja!

La zona pintada es la tierra adquirida por el municipio

PARA HACER CIUDAD HAY QUE HACER CIUDADANÍA

Todavía contamos con territorio potencial para reordenarnos de una manera que pueda descentralizarse la ciudad dando sentido de pertenencia a todo el territorio Regina, dejando de lado la burda y vieja idea que todavía parte de la política local revaloriza de que todo lo que pasa en Regina, pasa en el centro, el único lugar de la ciudad con veredas y calles medianamente en estado, con luminaria y cartelería.

La tarea del COPLADE y su director el Arq. Pedro Molina apunta a la descentralización de la ciudad, pero todavía no se logra bajar la idea a la realidad con hechos concretos que estén articulados con organizaciones intermedias. Lo que explica Molina es que se trabaja sobre los problemas que están sucediendo en el día a día, en la necesidad de resolverlos y a veces estas soluciones enfocadas en el presente son como un parche. Agrega además que la óptica tiene que ser, que lo que se haga hoy no sea contraproducente hacia adelante.

Fíjense si no seremos una ciudad conservadora y elitista, que loteos más cercanos a la zona céntrica, ya cuentan con nomencladores aunque no con tantos moradores. Y hay barrios con más de medio siglo que no los tienen.

Para hacer ciudad, hay que hacer ciudadanía, y ésta se forma en el espacio que es público. Y es así como los vecinos del Barrio Melipal ubicado sobre Av. Cipolletti al fondo previo a Barrio Nuevo se organizaron para realizar sus propios nomencladores ante la negativa en su insistencia por contar con los mismos colocados y realizados por quien corresponde.

Melipal, con más de 40 años de existencia nunca contó con nomencladores en sus calles, luego de varios reclamos sin respuestas a sucesivos ejecutivos y bajo la presidencia de la junta vecinal de Carlos Quinteros surgió la idea de hacerlos por sus propios medios. Buscaron los caños, las chapas, cortaron, plegaron, generaron recursos para pagar un letrista que los pinte; y de este modo a base de esfuerzo y gestión pudieron hacerlos.

Colocarlos? Costó, porque justamente como mencionaba anteriormente hay una norma obsoleta que los regula y estos nomencladores caseros no las cumplían. Pero en el año 2019 en el mandato municipal interino de Máximo Daga fueron colocados bajo la gestión de Gustavo Lastra, actual presidente de la junta vecinal del Melipal.

PAUTAS LOCALES, PRIVADOS A(BS)TENERSE

Hasta la década del ´90 la ciudad no tenía planificación al respecto. Luego de 30 años nos encontramos en una situación parecida, no hay reinvención ni atisbo de planificación. Existen los espacios políticos correspondientes para que puedan resolver esa diagramación en la ciudad y haya una planificación concreta y no sucede porque como esboza el Director del Coplade: “Estamos trabajando sin tener una óptica a largo plazo. Todavía estamos desconectados”.

Hablando de desconexiones y planificación (dos términos inseparables en Regina), aprovechamos y le consultamos a Molina sobre el proyecto presentado por la legisladora provincial Marcela Ávila para conectar con el margen sur desde la ISLA 58. Entendiendo desde el desconocimiento técnico, pero cercano a la demanda social que exigió y todavía aguarda por el desarrollo del proyecto ciclo vía o bici senda en la colapsada Av. Gral. Paz, que parece descabellado agregarle tránsito a esa arteria, por lo que sería oportuno hablar del puente sobre el río Negro y no en la ISLA 58.

 Aunque si ahondamos un poco más y visualizamos que los privados solo están buscando una mejor ruta para satisfacer mediante la arena de sílice a la industria petrolera en Vaca Muerta desde las canteras al sur del río, mejor ni proyectar ese puente en los márgenes del ejido reginense.

“Las pautas tienen que salir de la ciudad, de sus instituciones, no nos tienen que caer como lluvia desde arriba. La gral. Paz hoy es una vía colapsada. Son pocas las opciones abiertas para conectar un puente sin problemas”, explica Pedro Molina.

ORDENANZAS QUE MAQUILLAN: FALTAN 10 PAL PESO

Volviendo al tema de los nomencladores el año pasado el CD aprobó por unanimidad un proyecto de ordenanza presentado por el edil del Frente de Todos (FdT) Hugo Cerda que propone que la realización de nomencladores se sustente económicamente con publicidad privada. Una idea que no es innovadora ya que se ha realizado en distintas ciudades, pero que es resolutiva desde su concepción.

Sin salir del margen del loopeo reginense, la ord 06/21 se encuentra aprobada pero no es puesta en práctica. Nuevamente se vuelve a aprobar una ordenanza que luego navega en la nada. En este caso la norma no dispone de un órgano de gestión, sino que el mismo privado debe acercar la propuesta al municipio. Por lo que sin promoción de la misma norma se hace imposible que el objetivo de la ord se cumpla. Aunque más que promoción, necesita un órgano gestor.

  • Artículo 2.- Las personas Físicas o Jurídicas, Públicas o Privadas que deseen adherirse a la presente Ordenanza de Publicidad estática en carteles nomencladores viales, deberán presentar su propuesta en la secretaria de Obras y Servicios Públicos y/o Secretaría de Gobierno del Municipio.-

En ningún artículo de la ordenanza se estipula quien va a ser el encargado de gestionar estas publicidades estáticas para que se pueda cumplir el espíritu de la misma. De este modo, la norma nace muerta, como muchas otras.

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Por supuesto que no es la única problemática que aqueja a nuestra ciudad, tampoco sé si será la más importante, pero si estoy seguro que va a llegar un momento en el que va a ser tarde para reorganizarnos y planificar. La soga se estira hasta que se corta.
Estamos a tiempo, aprovechen el changüí.

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    Tacos altos: educación femenina, salud y moral en un entorno eugenista durante la dictadura de Farrell en Argentina

     

    En enero de 1945, mientras la Segunda Guerra Mundial entraba en su tramo final y el régimen de Edelmiro Farrell todavía no había declarado la guerra a Alemania y Japón, el Ministerio de Justicia e Instrucción Pública enviaba a las escuelas argentinas una circular que recomendaba a las alumnas utilizar zapatos con tacos de no más de cuatro centímetros. Detrás de una medida aparentemente trivial había un extenso expediente médico y administrativo sobre el cuerpo femenino: anatomía, postura, maternidad, trabajo, disciplina, moral y hasta la idea de “mejoramiento de la raza”. La historia de aquellos cuatro centímetros permite asomarse a una época en la que el Estado pretendía conocer, clasificar y modelar los cuerpos juveniles en nombre de la ciencia y de la nación.

    Por Guillermo Carlos Delgado Jordan para NLI

    Hay documentos que, vistos desde el presente, parecen demasiado pequeños para contener una época. Una disposición sobre el largo de un taco puede parecer uno de ellos. Sin embargo, cuando se la lee completa, cuando se reconstruyen los funcionarios que participaron de su elaboración y cuando se la coloca dentro del universo intelectual de la educación física argentina de los años treinta y cuarenta, aquellos cuatro centímetros adquieren otra dimensión. El 29 de enero de 1945, la Dirección General de Educación Física remitió a los establecimientos de enseñanza para mujeres la Circular N.º 3, firmada por su director, César S. Vásquez, transcribiendo las actuaciones que habían conducido a la Resolución Ministerial N.º 1980, del 21 de diciembre de 1944. La resolución no prohibía legalmente los tacos altos para todas las mujeres: recomendaba a las escuelas que aconsejaran a sus alumnas utilizar calzado cuyo taco no excediera los cuatro centímetros, por considerarlo beneficioso “desde el punto de vista higiénico y sanitario”.

    La diferencia no es menor. El Estado no dictaba una ley nacional sobre la moda femenina. Construía algo más sutil: una recomendación administrativa dirigida a las instituciones educativas, acompañada por un voluminoso expediente médico destinado a persuadir a autoridades, familias y alumnas de que determinado modo de utilizar el cuerpo era saludable y otro resultaba perjudicial. Y ese expediente había comenzado varios meses antes, el 19 de julio de 1944, cuando la Dirección General de Educación Física decidió consultar a su Servicio Médico sobre los efectos del taco alto en las estudiantes.

    Un médico frente al cuerpo femenino

    El encargado de responder fue el doctor Luis La Madrid, jefe del Servicio Médico de la Dirección General de Educación Física, quien elaboró su informe con la colaboración de los médicos David Orlando y Domingo Ortiz. La Madrid no era un profesional convocado ocasionalmente para resolver una cuestión de calzado. Para entonces llevaba varios años trabajando en la medicalización de la educación física y había participado de la Primera Conferencia de Profesores de Educación Física, realizada en Buenos Aires en diciembre de 1942. Allí había presentado un trabajo sobre la importancia del examen físico y había intervenido en una sección donde se discutieron precisamente las fichas, los tests, las mediciones y la clasificación corporal. Un estudio histórico de Pablo Ariel Scharagrodsky sobre la Primera Conferencia de Profesores de Educación Física de 1942 reconstruye el universo de saberes que atravesaba aquel campo y registra la presencia de conceptos como la antropometría, la biotipología, la degeneración, la clasificación entre ‘aptos’ e ‘inaptos’, los llamados paramorfismos y el examen físico-funcional.

    El propio programa aprobado en aquella conferencia resulta revelador. Se sostuvo que el examen físico debía constituir una guía para orientar científicamente la práctica de las actividades físicas, que debía ser obligatorio para quienes practicaran actividad física en instituciones oficiales o particulares y que los alumnos debían agruparse para gimnasia y deportes sobre la base de “características biológicas homogéneas”. También se reclamó que el médico vigilara la evolución de los practicantes y que la ficha de educación física expresara sintéticamente su estado de salud y aptitud integral.

    No se trataba, por lo tanto, simplemente de hacer que los jóvenes corrieran o hicieran gimnasia. Se estaba construyendo una ciencia estatal del cuerpo juvenil. Había que examinarlo, medirlo, clasificarlo, conocer sus defectos, determinar sus aptitudes y establecer qué ejercicios convenían a cada organismo. Una investigación dedicada específicamente a la recepción de la eugenesia y la biotipología en la educación física argentina ha señalado que esas prácticas produjeron procesos de “medición, clasificación y jerarquización” de los estudiantes, y que durante el período estudiado existieron conexiones entre esas ideas y las políticas impulsadas por César Vásquez al frente de la Dirección General de Educación Física.

    Es dentro de ese mundo donde debe leerse el informe de La Madrid sobre los tacos.

    El médico comienza explicando minuciosamente la anatomía del pie, la función del astrágalo, las bóvedas plantares y la distribución del peso corporal. Incluso ofrece un cálculo: sobre una carga de 80 kilogramos aplicada sobre el astrágalo, sostiene que aproximadamente 45 kilos son dirigidos hacia atrás y 35 hacia adelante. Una elevación moderada del talón, explica, puede contribuir al equilibrio, y por eso admite que un taco de uno o dos centímetros puede resultar adecuado. El problema aparecería cuando la elevación es mayor.

    Según su razonamiento, el taco alto produce el denominado “equinismo”, desplaza hacia adelante la mayor parte de las fuerzas y concentra el peso sobre las cabezas de los metatarsianos. De allí se desencadenaría el aplanamiento de la bóveda plantar y una serie de compensaciones sucesivas que alcanzarían la rodilla, la pelvis y la columna. El informe habla de lordosis lumbar, cifosis dorsal, hipotonía muscular, alteraciones de la marcha, fatiga, torceduras, fracturas, artrosis y deformaciones.

    La cadena llega incluso al abdomen. La Madrid sostiene que la inclinación de la pelvis puede producir una alteración que denomina “visceroptosis”, porque las vísceras abdominales quedarían sometidas a nuevas condiciones mecánicas. En el pie, mientras tanto, aparecen la hiperqueratosis, los dolores metatarso-digitales y el “hallux valgus”, el juanete.

    Todo esto desemboca en una conclusión categórica: “Las alteraciones funcionales y orgánicas que se originan por el uso habitual del taco alto, obligan a considerarlo pernicioso para la salud y peligroso para la integridad física”. Pero la frase más significativa llega después: dado que los huesos y ligamentos del adolescente poseen menor solidez que los del adulto, el taco alto debía ser, para las alumnas de enseñanza media, “definitivamente proscripto”. La Madrid recomendaba punta ancha, suela mediana o gruesa y taco de entre tres y cuatro centímetros.

    La cuestión médica, sin embargo, no terminaba en la medicina.

    Del consultorio a la disciplina y la moral

    El expediente pasó por distintas instancias de la burocracia educativa. El subsecretario de Instrucción Pública Antonio J. Benítez pidió considerar la posibilidad de establecer el límite de cuatro centímetros. La Inspección General de Enseñanza intervino después y allí aparece otro protagonista: el inspector doctor José A. Belfiore.

    Belfiore no era un funcionario menor. La documentación ministerial lo muestra participando en distintas tareas de la Inspección General: integró comisiones oficiales, intervino en concursos y actuaciones sobre establecimientos educativos y tuvo funciones de inspección territorial. En 1944, además, aparece vinculado a la evaluación de materiales audiovisuales destinados a la enseñanza, incluidos contenidos de carácter sanitario. La documentación posterior confirma su continuidad como inspector, entre otros destinos, en el Colegio Nacional N.º 6.

    Su intervención en el expediente resulta decisiva porque agrega una dimensión que el informe médico no había colocado en primer plano. Belfiore sostuvo que la medida no sólo podía adoptarse sino que sería “altamente beneficiosa” y agregó que, a las razones técnicas expuestas por La Madrid, correspondía sumar “las de orden disciplinario y moral”.

    La frase es pequeña, pero históricamente enorme.

    Belfiore comparó la recomendación sobre los zapatos con las disposiciones existentes sobre “el uso del guardapolvo, sobre peinados y pinturas”. De ese modo, el taco alto quedó incorporado a un universo mucho más amplio: el de las normas destinadas a determinar cómo debía presentarse una alumna dentro de la institución escolar.

    El expediente muestra así dos lenguajes complementarios. La medicina decía qué cuerpo era saludable; la inspección educativa intervenía para establecer qué comportamiento era disciplinado y moralmente aceptable. La resolución ministerial podía entonces presentarse como una recomendación sanitaria, pero detrás de ella había también una concepción de la apariencia femenina adecuada para la escuela.

    La Inspección General, de hecho, fue todavía más prudente que La Madrid. El 11 de septiembre de 1944 recomendó aprobar la iniciativa, pero sugirió que las autoridades escolares procuraran persuadir “a los padres o tutores de la conveniencia” del calzado recomendado. Finalmente, el ministro Rómulo Etcheverry Boneo convirtió aquella cadena de informes en la Resolución N.º 1980, del 21 de diciembre, que ordenó recomendar el taco de hasta cuatro centímetros y enviar una circular a los establecimientos para mujeres.

    No hubo una policía de los tacos. Hubo algo mucho más característico de la administración educativa de aquel tiempo: medicina, inspección, autoridad escolar y familia articuladas para producir una determinada conducta corporal.

    El cuerpo en tiempos de guerra

    El contexto histórico vuelve el expediente todavía más significativo.

    La Circular N.º 3 llegó a las escuelas el 29 de enero de 1945, cuando la Segunda Guerra Mundial todavía estaba en curso y la Alemania nazi aún resistía. Edelmiro Farrell ejercía la Presidencia de facto desde febrero de 1944, luego del desplazamiento de Pedro Pablo Ramírez. El gobierno argentino recién declararía el estado de guerra con Alemania y Japón el 27 de marzo de 1945, dos meses después de aquella circular. La propia Presidencia de la Nación registra el carácter de facto del gobierno de Farrell entre febrero de 1944 y junio de 1946.

    No existe presunción documental de que la decisión sobre el calzado hubiera sido tomada por influencia directa de las políticas raciales alemanas entonces vigentes. La relación que puede establecerse es otra, más compleja y más interesante: la medida forma parte de un ambiente intelectual argentino en el que la medicina, la educación física, la higiene y la biotipología habían convertido al cuerpo en objeto de conocimiento, clasificación y administración estatal.

    Una investigación histórica sobre el Departamento de Cultura Física de Pablo Kopelovich mostró que durante las décadas anteriores se habían incorporado y resignificado en Argentina conceptos provenientes de la eugenesia y la biotipología, produciendo prácticas de medición y clasificación de los estudiantes. Ese trabajo señala además que las políticas impulsadas por César Vásquez a nivel nacional compartieron parte de aquel universo de preocupaciones sobre el fortalecimiento físico y moral de la juventud.

    En la mencionada Primera Conferencia de Profesores de Educación Física de 1942, Guillermo L. Canessa, secretario general de la misma, propuso personalmente una ponencia que reclamaba investigar el desarrollo físico y psíquico de los niños argentinos para conocer su ‘tipo medio normal’ y ‘propender al mejoramiento de la raza’. En la misma conferencia, cuya declaración de principios fue presentada por Canessa, la Educación Física era definida expresamente como de carácter ‘eugénico’.

    En aquellos años, mientras el nazismo llevaba al extremo criminal las políticas de selección racial, esterilización, exclusión y exterminio, en diferentes países circulaban conceptos médicos que hablaban de normalidad, degeneración, aptitud, herencia, higiene racial, biotipos y mejoramiento de las poblaciones. La Argentina tenía una historia propia de eugenesia y biotipología anterior al nazismo y que sobrevivió a gobiernos de distintas orientaciones políticas. La dictadura de Farrell comenzó en febrero de 1944, pero la educación física argentina ya había incorporado discursos de este tipo durante las décadas anteriores. El Departamento de Cultura Física de la Universidad Nacional de La Plata, por ejemplo, funcionó entre 1929 y 1946, atravesando gobiernos radicales, conservadores, la llamada Década Infame, el golpe de 1943 y los primeros años del peronismo.

    El estudio de Pablo Kopelovich sobre ese Departamento justamente muestra cómo eugenesia y biotipología fueron incorporadas a la cultura física universitaria durante un período político mucho más amplio que un solo gobierno.

    Lo que sí puede observarse es una inquietante coincidencia de época: el cuerpo había dejado de ser exclusivamente un asunto privado.

    El eugenismo, nacido a fines del siglo XIX a partir de las ideas del británico Francis Galton, proponía intervenir sobre la reproducción y las condiciones de vida de las poblaciones con el propósito de favorecer determinados rasgos considerados deseables y evitar aquellos juzgados como perjudiciales. En la Argentina, estas ideas comenzaron a adquirir presencia desde las primeras décadas del siglo XX y se entrelazaron con tradiciones locales como el higienismo, la medicina social, la antropometría y la biotipología, ingresando en ámbitos tan diversos como la medicina, la educación, la criminología y la educación física. No se trató de una simple importación de las doctrinas raciales del nazismo: existió un desarrollo argentino propio, anterior al ascenso de Hitler y atravesado por gobiernos de distintas orientaciones políticas, en el que conceptos como “normalidad”, “aptitud”, “degeneración”, clasificación de los cuerpos y mejoramiento de la población adquirieron legitimidad científica. En ese universo intelectual debe leerse la documentación que, pocos años después, llevaría a las autoridades educativas a intervenir incluso sobre la altura de los tacos utilizados por las alumnas.

    La mujer que debía ser sana, fuerte y funcional

    Hay otra pieza documental de La Madrid que resulta imprescindible para comprender el expediente. En abril de 1944, nueve meses antes de la circular sobre los tacos, el Boletín del Ministerio de Justicia e Instrucción Pública publicó un artículo suyo titulado “La educación física y la mujer”. Allí aparece expresamente como jefe del Servicio Médico.

    El artículo permite comprobar que su concepción del cuerpo femenino era mucho más amplia que una preocupación por los pies. La Madrid sostenía que la mujer necesitaba un “cuerpo fuerte y sano” y vinculaba esa salud tanto con su capacidad de trabajo como con su función reproductiva. La educación física aparecía así conectada con la maternidad, la fortaleza, la armonía corporal y la capacidad funcional.

    El contraste con el expediente del taco resulta evidente. La Madrid podía admitir que el taco alto contribuía a aquello que la época denominaba “gracia femenina”. En el informe de 1944 reconoce expresamente que estiliza la pierna, el tobillo y el pie y que produce una cadencia particular en la marcha. Pero para él esa ventaja estética debía ceder frente a la salud. La estética verdadera, sostiene, debía encontrarse en la integridad del organismo.

    La Madrid escribía desde una época en la que el cuerpo femenino era pensado simultáneamente como cuerpo individual, cuerpo productivo y cuerpo reproductivo. No es casual que la educación física apareciera como herramienta para fortalecerlo y disciplinarlo.

    Y tampoco es casual que el zapato terminara en el expediente.

    El taco modificaba la postura. La postura modificaba la marcha. La marcha afectaba el rendimiento. El rendimiento se relacionaba con el trabajo. La pelvis se vinculaba con la maternidad. La apariencia quedaba sometida a la disciplina escolar. Y la disciplina, finalmente, era presentada como parte de la formación de una juventud sana y moral.

    La cadena es reveladora. Un simple zapato podía convertirse, dentro de aquella lógica, en una cuestión de salud pública y formación nacional.

    La Dirección General de Educación Física había sido creada en 1938 y permaneció bajo la conducción de César Vásquez hasta 1947. Investigaciones recientes caracterizan su gestión por un fuerte conservadurismo y por la utilización de la educación física como instrumento de formación moral, ética y nacionalista. Incluso las grandes fiestas de educación física organizadas durante aquellos años fueron concebidas como rituales patrióticos donde el cuerpo, la disciplina y los valores nacionales aparecían estrechamente asociados. Por eso, aquellos cuatro centímetros no fueron una extravagancia burocrática aislada. Fueron una pequeña manifestación de una política mucho más amplia: la voluntad de construir un determinado tipo de cuerpo y, a través de él, un determinado tipo de ciudadano y de ciudadana.

    La propia circular termina con una instrucción que hoy puede resultar casi pintoresca: César S. Vásquez solicita que se dé “amplia difusión” a la medida y, “en lo posible”, que se coloque en la cartelera del establecimiento.

    El taco terminaba así expuesto públicamente.

    Pero lo verdaderamente expuesto era otra cosa: la concepción del Estado sobre el cuerpo de sus jóvenes.

    En enero de 1945, cuando las tropas soviéticas avanzaban sobre Europa oriental, cuando el Tercer Reich se acercaba a su derrumbe y cuando la Argentina todavía no había declarado formalmente la guerra a Alemania, una oficina del Ministerio de Justicia e Instrucción Pública dedicaba páginas y páginas a explicar cómo debía apoyarse el pie de una adolescente, cómo debía caminar, qué postura debía adoptar, qué calzado debía llevar y qué apariencia era compatible con la disciplina escolar.

    No hace falta convertir ese expediente en algo que no fue para comprender su importancia. No era una ley general contra los tacos. No era una simple anécdota de moda. Era un documento argentino de una época en la que la medicina había adquirido autoridad para definir el cuerpo normal, la escuela para disciplinarlo y el Estado para intervenir sobre él.

    Y justamente por eso, cuatro centímetros alcanzan para abrir una ventana sobre una época entera.

     

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