El camión vactor desobstructor de la empresa ARSA estuvo ayer en Villa Regina con el objetivo de llevar adelante tareas tendientes a mejorar el tránsito del líquido cloacal para optimizar el funcionamiento de la red.
Concretamente realizó una limpieza y barrido de las cámaras cloacales ubicadas sobre calle Guaraní hasta el pozo de Belgrano; calle Mitre; Juan Bautista Alberdi entre Onas y Juan Cruz Varela; calle Cipolletti y Allemani.
El Secretario de Obras y Servicios Francisco Lucero agradeció a ARSA “que nos facilitó el camión y así pudimos hacer el trabajo en los sectores más críticos de la red cloacal”.
La minera Livent S.A volcó ácido clorhídrico en Catamarca y todavía se desconoce si hubo sanciones para la empresa, o las consecuencias a largo plazo de la contaminación. Tras el derrame en el Salar del Hombre Muerto, en el departamento Antofagasta de la Sierra, Catamarca/12 accedió a un informe que detalla que se derramaron 1032…
Natalia tiene 19 años. Está en una pelopincho sola, en su casa, que es la casa de su abuela. Es la hora de la siesta. Se masturba. En su piel, las marcas desprolijas de las tiritas de la malla hablan de una relación casual con el sol. Su respiración agitada se empieza a mezclar con el barullo de la calle. Afuera, un hombre que empuja un carrito cargado de cartones, bolsas, botellas, juguetes rotos, se acuclilla, se baja los pantalones y caga en el medio del pavimento que hierve. Un vecino reacciona: corre hasta el tipo, se le tira encima. Piña, piña, piña. El hombre del carrito no responde, se deja pegar. Un charco de sangre sale de su boca. Natalia y su abuela Rita espían detrás de la cortina. Natalia pregunta por el hombre tumbado.
—Un villero, es horroroso. A lo que puede llegar uno —contesta Rita.
La escena vuelve a la calle: si le sigue pegando, lo mata. Muy a su pesar, la abuela sale para evitar la catástrofe, gritándole que lo suelte. El vecino deja de golpear al del carrito, que se reincorpora lentamente. Natalia también sale a la puerta. Un zumbido de moscas retumba cada vez más fuerte cuando el hombre, chorreando sangre por la boca, levanta la cabeza y la mira fijo. Natalia siente miedo. La remera le gotea, mojada por la bikini.
El hombre ensangrentado se va. Pero deja en el medio de la calle el carrito mugriento con sus changas. Mientras se aleja, a cada paso deja el peso de una maldición que, de ahora en más, pesará sobre quienes lo vieron sufrir y no hicieron nada. A partir de ese día, de manera inexplicable, se quedarán sin luz ni agua. Les costará llegar a los insumos básicos. La vida se les volverá difícil.
Las crisis nos vuelven monstruos
“Es simplemente sentarse frente al monstruo que parece una mujer y observar hasta que manifieste toda su potencia”, propone Lucrecia Martel sobre la construcción de personajes. No trabajar con preconceptos ni estereotipos: detenerse a mirarlos, a descubrirlos. Parte de la hipótesis de que es necesario empezar a hacer otro cine, inaugurar otros caminos posibles para los cuales Latinoamérica será clave.
Esos monstruos, retoma Laura Casabé en el podcast Encuentros, se cuelan por la rendija que deja lo roto. En nuestra región, y en la Argentina, en particular, las crisis funcionan como rendijas o fracturas que corrompen lo establecido y desatan ese espacio vacío, liminal, silencioso, angustiante y falto de respuestas. Abono para el género de terror.
Casabé es directora de cine. Su última película es La Virgen de la Tosquera, basada en “El carrito” y “La Virgen de la Tosquera”, de Mariana Enríquez, ambos cuentos publicados en Los peligros de fumar en la cama. Para filmarla, volvió a mirar La niña santa. Observó en particular cómo contara un grupo de mujeres de manera oblicua.
No se sabe el año exacto en el que transcurre la historia de La Virgen de la Tosquera. Pero sabemos que la idea de “El Carrito” le surgió a Enriquez después de la hiperinflación de 1989. En uno de los pocos diálogos en el que Natalia habla de su madre, dice:
—Mi mamá se fue a España. Teníamos un kiosco en Liniers y nos fundimos. Se las picó y me quedé sola con Rita.
La escena es muy crisis de 2001, aunque el dato está omitido. Hay una crisis, lo dice el televisor y algunos personajes. ¿Importa cuál? Porque puede ser cualquiera de las crisis cíclicas y constantes que padece la Argentina: en La Virgen de la Tosquera a los jubilados les desaparecen las pensiones de los bancos, al carnicero le entran a robar y no hay plata en la caja, nadie tiene trabajo así que uno de los vecinos vende diccionarios Larousseen la fila para recolectar agua.
Entre escena y escena, vuelve a aparecer la toma del carrito, solo, en medio de la calle, con el zumbido de las moscas recordando que la maldición sigue ahí.
El primer cuento que Laura Casabé leyó de Mariana Enriquez fue “El Carrito”. La impactaron dos cosas: su literatura tan cinematográfica y la mirada certera para graficar el miedo. Pero no cualquier miedo, sino ese que produce la inestabilidad a la que estamos sumidos cuando las reglas del juego cambian, cuando la crisis funcionan como una maldición que recae sólo sobre algunos. Quedan desprovistas de los argumentos políticos que la excusan y es llevada a lo más íntimo: el miedo de quedarte en la calle escarbando la basura para poder comer.
Los fantasmas
Rita, Natalia y Quechu, un niño víctima de la maldición huérfano que vive con ellas, miran el programa de Susana Giménez por televisión. Alguien toca la puerta. Es un hombre que pide ayuda. Grita, golpea las ventanas, las empuja, parece que las va a romper. Natalia pregunta quién es y qué quiere. Él no responde. Grita más fuerte, ahora sabiendo que hay alguien adentro.
—¿Me podés abrir, nena?
Los tres se quedan callados. El hombre se va. ¿Pero volverá a molestarlos? ¿Estará en peligro? ¿Quiénes son los que están en la calle todo el día? No sabemos, pero él estaba afuera y ellos adentro.
Esta escena no está en ninguno de los dos cuentos que inspiran la película, pero pertenece al mundo Enríquez. Aparece en “Mis muertos tristes”, publicado en su último libro Un lugar soleado para gente sombría. En aquel relato, una médica retirada que vive en una casona junto al fantasma de su madre muerta, relata con detalles cómo el barrio comienza, progresivamente, a ser asediado por un grupo de fantasmas. “Pero esta historia importa solamente por un fantasma en particular, con el que actué diferente. Al que no pude o no quise ayudar”, dice la narradora. Este fantasma es “Matías de apellido italiano”, un chico que una noche tocó la puerta de todas las casas del barrio pidiendo ayuda porque se estaba escapando de un secuestro y, como ninguno de los vecinos le abrió, terminó asesinado de un disparo en la sien. Matías vuelve cada noche. “Se acercó a la ventana y en sus ojos, vivos, totalmente vivos, con algo de insecto, ese brillo zumbón de los escarabajos, vi la venganza y la furia”. Matías pasará su eternidad tocando las puertas del barrio que se le cerraron hasta exponerlo a la muerte. Así les recordará la injusticia, la culpa, la falta de empatía.
¿Habrá sido “Matías de apellido italiano” quien se apareció en la puerta de la abuela de Natalia? La vecindad, la ayuda y la cooperación tienen su reverso: los otros. Los fantasmas que emergen en esa fractura.
Los oasis mortales
“Una tosquera es una explotación minera abandonada (…) pero ellos la llaman ‘la pileta de los pobres’”, dijo un periodista de Telefé hace años. Las tosqueras, según Google, son grandes pozos que se realizan en zonas descampadas para extraer tosca. La tosca es un tipo de tierra color rojiza que se usa para rellenar construcciones, caminos, o como “suelo de alta resistencia” para grandes edificaciones. Se extrae de capas inferiores del suelo, por eso los pozos pueden alcanzar profundidades de hasta 25 metros. A simple vista, son hermosas, paradisíacas, con aguas transparentes, aves, paredes altas como acantilados.
Las tosqueras también son un lugar mortal, pero no por la extracción sino por el relleno: estos huecos en la tierra suelen quedar así, sin ningún tipo de tratamiento. Son tan profundos que, progresivamente, se llenan con el agua de las napas y pueden funcionar como arenas movedizas. El cambio de las corrientes de temperatura del agua por el suelo destrozado produce un efecto de abducción. Una vez que entrás, no podes salir. Las corrientes submarinas hacen remolinos en el fondo. Sólo en la provincia de Buenos Aires existen más de 36 oasis mortales perdidos en el medio del campo o, mejor dicho, a disposición de los barrios más pobres. Sin señalización ni tratamiento. Todos los veranos se conocen nuevos casos de ahogamientos o muertes en la zona. En la localidad de Florencia Varela, solamente, se contabilizaron más de 30 muertes hasta el año 2022. Las víctimas, por lo general, son jóvenes.
La tosquera se menciona en las primeras escenas de la película y sale de la boca de Silvia. Ella es la más grande y fue incorporada al grupo por Diego. Silvia y Diego se conocieron por ICQ, un servicio de mensajería por internet anterior a MSN y mucho más anterior a WhatsApp. Silvia, Diego, Nati, Jose y su melliza están saliendo de una pileta municipal. Viven una juventud con lo justo en un escenario donde todo se fractura. El impulso vital solo aparece cuando están juntos, en sus conversaciones, en la música que escuchan y las aventuras que emprenden. Todo lo demás está muerto, roto o amenazado.
Mientras toman una Quilmes en la vereda, Silvia se queja del olor a cloro que le quedó en el cuerpo. Una de las mellizas le pregunta si tiene una pileta mejor y ella responde:
—No, pero conozco una tosquera. Hay que tomar el 307 y después caminar bastante pero vale la pena (…). Es enorme, agua bien fría. Tenemos que ir.
En el cuento, las amigas dicen que meterse en la tosquera es “como sumergirse en un milagro”. En la película, la tosquera es enorme, profunda y cristalina. Silvia explica que esa zona se iba a llenar de barrios privados pero “cuando el país se fue a la mierda se fueron cancelando todos esos proyectos”.
Las brujas
Un detalle de la película que atrapa es la cantidad de tomas en las que Natalia aparece junto a Jose y su melliza. Siempre las tres. Juntas. A la misma altura. Tanto que sus cabezas parecen pegadas, un mismo organismo, perturbadoramente unidas. Laura Casabé habló sobre esta búsqueda casi sensorial en la que se intenta representar un “coro de brujas”. En varias escenas hablan muy bajo, en susurro. Como en la de la pileta, donde observan a Diego quien se está por tirar al agua desde la torre que funciona como plataforma de salto y llega Silvia. Apenas la ven comienzan a susurrar sobre lo fea que es y cuán chato tiene el culo.
Enriquez, y posteriormente Casabé, hacen un corrimiento de la imagen de las brujas. Si históricamente estuvieron vinculadas a mujeres viejas, demacradas, casi seniles, inútiles y sin hijos, las brujas de La Virgen de la Tosquera no son nada de eso. En lugar de narices como ganchos, verrugas otúnicas, tienen “muslos dorados, tobillos finos y vientres chatos”, como dice el cuento. Son hermosas, jóvenes, flacas y vírgenes. En la película a las mellizas nunca se les conoce exactamente el nombre, una es Jose, la otra no sabemos pero tampoco es necesario. Son una o son tres, son brujas. En el cuento las narradoras son muchas, en plural, nunca se sabe su número pero ellas cuentan la historia. El único nombre propio es Natalia.
—Nati, tenemos que debutar. Hasta Candela ya estuvo con alguien en el viaje de egresados —, le dice una de las mellizas en la orilla de la tosquera.
Natalia es virgen, y a lo largo de la película va reconociendo las facultades que eso le da. Sus poderes tienen el objetivo de solventar la angustia, el enojo o el rechazo. En la pantalla se puede ver una experiencia fatal y profundamente adolescente: ser sexy, estar buena, atraer a los hombres, coger pero no ser puta, elegir pero no ser histérica, andar calladita. Dady Brieva, quien interpreta a Gerardo el novio de Rita, le dice en una discusión a Natalia: “Para tener novio primero tenés que cambiar la onda. Los chicos de ahora quieren otro tipo de relación con chicas que no tengan tantos problemas y vos estás llena de problemas. Llena de problemas”. Después de eso Natalia le estruja el pito con la mente hasta hacerlo sangrar.
Hay pocas cosas materiales que poseemos en la juventud: por eso son tan importantes las amigas y los amores porque, un poco, nos definen como personas.
Cuando Rita le pregunta a Natalia por qué se puso tan mal después de una llamada de Diego, ella responde:
—Tenemos un problema con una persona.
—¿Una persona que es mala?
—Es una persona que se quiere quedar con algo que siempre fue nuestro.
Natalia y las mellizas escriben el nombre “Silvia” en un papel. Rita lo quema, le quita el aire dentro de un frasco con una cruz y después lo ahoga con agua.
En la adolescencia, no tener aquello que queremos o no ser correspondidas es, en sí mismo, el terror.
Las pibas
La Virgen de la Tosquera se estrenó en el Festival de Cine de Sundance en 2025, se proyectó en el BAFICI y también en el Festival de Sitges, especializado en cine fantástico. Siempre con excelente recepción y a sala llena.
Volviendo a Lucrecia Martel, ella reconoce dos problemáticas a las que nos expone la actualidad: la aceleración del tiempo y la contracción del espacio. Respecto al primero, porque el tiempo vital, de la sangre, no es el mismo que el de las pantallas. El tiempo de las pantallas nos expulsa, “estamos quedando biológicamente afuera”. Sobre la construcción del espacio, se pregunta “¿cuánto de la ciudad hemos dejado de ver por ir con el celular?”.
Para contrarrestar estos problemas, Martel propone dos claves, por un lado, alterar la percepción que tenemos de nosotros mismos. Modificar nuestra condición de observación, romper las categorías y armar monstruos que manifiesten su potencia. Y, por el otro, expandir el espacio, inventar el camino, ir hasta donde no se llegó todavía y narrarlo. Así, La Virgen de la Tosquera responde con aquellas brujas adolescentes, la crisis vista como una maldición y la tosquera como un nuevo espacio para imaginar otras metáforas.
La Virgen de la Tosquera se hilvana con otras producciones que generan nuevos atajos para las narrativas audiovisuales latinoamericanas. Como Belén, Cometierra, El tiempo de las moscas y Reas, entre otras, que saltan de la literatura o el teatro al cine, documentan lo colectivo, las formas de la belleza, la rabia y lo que está a un carrito de convertirse en marginal, en un tempo orgánico y con lenguajes, paisajes, monstruos, orgasmos, crisis y miedos que reconocemos propios.
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Brasil ya palpita el año electoral. En octubre se realizarán las elecciones presidenciales y Lula se juega todo a la reelección que le permita seguir en el poder hasta 2030.
Los desafíos son enormes porque el líder brasileño comenzaría su cuarto período en el Palacio Planalto con 81 años y ante las dudas sobre su edad, se muestra en playa con un físico entrenado y muestra sus rutinas en el gimnasio.
En el terreno de la política tiene que mantener unida la coalición que le permitió ganar en 2022 con los sectores de centro que le garantizan la confianza en los mercados y en buena parte de los sectores empresariales del país.
A su vez, Lula apuesta a formar una base en el Congreso mucho más leal que el actual con quien mantiene una tensa relación por el proyecto para bajar las penas a los condenados por el intento de golpe a Lula y podría beneficiar a Jair Bolsonaro. El presidente de Brasil vetó el proyecto y la derecha busca conseguir los votos para derrumbarlo.
La derecha también arrastra enormes problemas porque su candidato más competitivo esta preso e inhabilitado, lo que abre una interna que no se está dirimiendo con armonía. La división es clara: por una lado la familia Bolsonaro, por el otro la derecha tradicional que quiere construir un liderazgo propio pero necesita de esos votos.
Los tres hijos de Bolsonaro siempre tuvieron roles claros. Flavio el de armador, Carlos el estratega comunicacional bajo el manual de Steve Bannon y Eduardo el de las relaciones internacionales.
El ex presidente dejó clara su voluntad y quiere a un Bolsonaro liderando para asegurarse, en caso de ganar, el indulto que lo devuelva al terreno político. El elegido es Flavio Bolsonaro, senador por el Río de Janeiro que siempre ocupó un rol más de articulador o armador de su padre. Tejió relaciones con los partidos de derecha más tradicionales y las milicias cariocas que están acusada de manejar el narcotráfico y de delitos como el asesinato de Marielle Franco.
Los tres hijos de Bolsonaro siempre tuvieron roles claros. Flavio el de armador, Carlos el estratega comunicacional bajo el manual de Steve Bannon y Eduardo el de las relaciones internacionales. Fuera del poder hay que sumar otros dos: la esposa Michelle y el más joven de sus hijos, Renan, que es concejal en Río.
Eduardo Bolsonaro.
La pelea por la candidatura familiar la protagonizaron Eduardo, Flavio y Michelle. El primero fue el lobbista principal de las sanciones de Estados Unidos contra la economía brasileña por el juicio contra Bolsonaro pero se desactivó rápidamente con el vinculo que se construyó entre Donald Trump y Lula que puso en pausa toda esa ofensiva. Ahora, Eduardo quedó desdibujado y sin chances de regresar al país porque puede ser juzgado por obstrucción a la justicia.
Michelle, por su parte, es la que mejor mide en las encuestas. Carga con un carisma muy potente y conecta con sectores populares que abraza la relación evangélica. Sin embargo, los Bolsonaro no consideran a una mujer liderando su proyecto político. Es por eso que todo quedó en Flavio, que siempre tuvo un perfil bajo y ahora debe enfrentar entrevistas y, llegado el caso, debates contra profesionales de la política como Lula.
Con la derecha dividida en tres o cuatro, no hay que descartar la victoria de Lula en primera vuelta.
La foto actual de la derecha es de división porque los gobernadores no quieren ir a la cola del bolsonarismo. Los lideres territoriales dispuestos a jugar con el paulista, Tarcisio Gomes da Freitas y el de Minas Gerais, Romeu Zema, dos figuras más competitivas que Flavio Bolsonaro que no termina de despegar en las encuestas.
Según la última en encuesta de Atlas Intel, Lula ganaría en todos los escenarios y le saca 27 puntos a Flavio. Lula apuesta a esa división e incluso opera para una candidatura de un sector de la derecha no bolsonarista como la de Eduardo Leite, gobernador de Río Grande do Soul. «Con la derecha dividida en tres o cuatro, no hay que descartar la victoria en primera vuelta», dice con entusiasmo uno de los armadores principales de Lula.
Tarcisio Gomes da Freitas, gobernador de San Pablo.
Lula trabaja en otra estrategia para debilitar a sus competidores, en el caso de San Pablo, evalúa lanzar candidatos fuertes como el vicepresidente Geraldo Alckmin o la ministra Simone Tebet para complicar a Tarcisio y obligarlo a dudar de su candidatura presidencial.
Lula tiene la obsesión de ganar San Pablo, la cuna de su formación política en tiempos de líder sindical. Por eso, quiere jugar con todo. Un dirigente paulista que trabaja en la estrategia electoral del líder del PT explicó a LPO que «ña idea de hacerlo dudar de la presidencial está motivado por dos razones: que no juega en el estado y ganar San Pablo o correrlo para evitar que se lleva a sectores del establishment que no quieren a Bolsonaro y dudan entre Taricsio y Lula».
«Un ejemplo de esto son los poderosos industriales paulistas que pueden dividirse si juega Tarcisio pero si no participa todo ese sector iría con Lula porque no quieren al bolsonarismo y no les termina de cerrar Zema», agrega.
En efecto, si a este panorama de dispersión, el gobierno de Lula estable en lo económico, con protagonismo internacional y una gestión fuerte en material social se le agrega la decisión de Donald Trump de no intervenir, lo del bolsonarismo sería la crónica de una derrota anunciada. Pero el año ese largo y todo puede pasar en este mundo marcado por las sorpresas y la incertidumbre.
Lula aporta la estabilidad que Trump quiere para Venezuela y por eso es más importante que Milei en términos estratégicos.
Por eso, como reveló en exclusivo LPO, Lula busca contener el avance electoral de Trump para que Brasil no reproduzca un escenario parecido al de Chile, Argentina u Honduras donde la intervención de Trump en el proceso electoral fue directa y favoreció a los candidatos de derecha.
Por eso, Lula tomó distancia de Maduro y no enfrentó al líder republicano. En lugar de eso, volvió a ofrecerse como nexo con el régimen chavista que ahora conduce Delcy Rodríguez. En la cancillería brasileña tiene una certeza que habrá que ver si se confirma: «Lula aporta la estabilidad que Trump quiere para Venezuela y por eso es más importante que Milei en términos estratégicos».
«Ni Lula ni Sheinbaum tienen pensado confrontar con Trump en este momento. Todo lo contrario. El objetivo es volverse necesario», afirmó un dirigente que dialoga con ambos.
Ni Lula ni Sheinbaum tienen pensado confrontar con Trump en este momento. Todo lo contrario. El objetivo es volverse necesario.
Argentina, para la visión de la diplomacia brasileña y buena parte del gobierno de Lula, tiene un alineamiento con Estados Unidos que no le aporta nada a la estrategia norteamericana mas que mostrarlo como un trofeo del MAGA en Sudamérica.
«Estados Unidos evalúa abrir la embajada en Caracas y Milei sigue pidiendo que otros custodien al suya», lanzó un funcionario que formó parte de la decisión de abandonar la custodia que Brasil de la embajada argentina en Caracas desde fines de julio de 2024.
Volviendo el terreno electoral. La candidatura de Flavio no termina de arrancar y la derecha busca un foco desde donde pegar. Sin posibilidad de cuestionar la suba de precios o hablar de crisis económica, el terreno elegido es la seguridad, donde el PT no termina de construir una narrativa efectiva. Pero esto, al menos a 9 meses de los comicios, tiene sabor a poco.
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