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Se realizó limpieza y barrido de cámaras cloacales

El camión vactor desobstructor de la empresa ARSA estuvo ayer en Villa Regina con el objetivo de llevar adelante tareas tendientes a mejorar el tránsito del líquido cloacal para optimizar el funcionamiento de la red.

Concretamente realizó una limpieza y barrido de las cámaras cloacales ubicadas sobre calle Guaraní hasta el pozo de Belgrano; calle Mitre; Juan Bautista Alberdi entre Onas y Juan Cruz Varela; calle Cipolletti y Allemani.

El Secretario de Obras y Servicios Francisco Lucero agradeció a ARSA “que nos facilitó el camión y así pudimos hacer el trabajo en los sectores más críticos de la red cloacal”.

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  • La doctrina del vale todo

     

    Después de los bombardeos en Caracas durante la noche, la mañana del sábado fue de extraña tranquilidad en otros estados de Venezuela. Colegas me mandaron desde Puerto Ordaz, a casi 700 kilómetros de la capital, fotografías de la gente saliendo a hacer las compras y a trabajar como si nada pasara. En el país hay, hace tiempo, una cotidianidad desenganchada y fatigada de la política.

    En Venezuela, una parte de la vida diaria parece seguir, ajena a la foto de Nicolás Maduro fotografiado esposado y en jogging. Podría ser la imagen de un líder pandillero o de un narco. Da igual. Pero es un presidente convertido en criminal por la justicia estadounidense. Y por el propio Donald Trump. Mientras el presidente de Estados Unidos, que gobierna más allá de sus fronteras, anuncia que controlarán Venezuela hasta que ocurra una transición, un sector importante de la población venezolana sigue en la suya, aparentemente desimplicada de la política. El peso de la vida diaria lo insume todo.

    Las diversas crisis económicas y la política gubernamental han lastrado el liderazgo de Maduro. Pocos llorarán por él. Tampoco habrá movilizaciones masivas pidiendo por María Corina Machado, sobre quien Trump, en la conferencia de prensa de hoy, dijo que no tiene “apoyo interno ni respeto del país”.

    En Venezuela hay, hace tiempo, una cotidianidad desenganchada y fatigada de la política.

    En el resto del mundo, apenas blandas declaraciones. Las condenas esperables de los gobiernos de México, Brasil y Colombia. En Argentina, celebran Milei, sus ministros y legisladores. También Mauricio Macri. Lula da Silva y Claudia Sheinbaum han criticado la incursión militar y sobre todo, el presidente de Brasil destaca lo más relevante: Trump cruzó la línea de lo aceptable y recuerda las históricas injerencias de EEUU en la región. La Union Europea se ve tensionada por las distintas posiciones con respecto a Trump. El bloque europeo solo reivindicó el respeto al derecho internacional. Festejan Giorgia Meloni y Emmanuel Macron. Una sorpresa: la líder francesa de extrema derecha, Marine Le Pen, rechazó la incursión de los Estados Unidos, alegando que “la soberanía de los Estados nunca es negociable”. El premier de Gran Bretaña, Keir Starmer, invocó el derecho internacional, pero advirtió que no derramará lágrimas por Maduro.

    Lo cierto es que, mientras reina ese aparente letargo interior y exterior, el movimiento de Trump rompe los consensos instaurados en los últimos cuarenta años por las dinámicas del multilateralismo y las normativas que establecen la ONU, la OEA y, en última instancia, el derecho público internacional. Estados Unidos confirma un poder que legitima la ruptura de los principios de autodeterminación estatal y quiebra al Estado Nación como concepto. 

    Trump está decidido a reconfigurar la política exterior norteamericana saliéndose de cualquier libreto imaginado en las últimas décadas. Y para ello posee un contexto favorable con importantes líderes de derechas radicales que apoyan su gobierno. Y además se considera artífice de victorias electorales, como las de Javier Milei y la del presidente electo hondureño Nasry Asfura. La fortuna está con Trump y eso lo lee cualquier avesado astrólogo del poder.

    Una sorpresa: la líder francesa de extrema derecha, Marine Le Pen, rechazó la incursión de los Estados Unidos, alegando que “la soberanía de los Estados nunca es negociable”.

    La defensa militar y la inteligencia venezolana fallaron. La seguridad que exhibía Maduro en diversas entrevistas o presentaciones públicas se desmoronó en pocas horas. La incursión a Venezuela se fue rediseñando. Comenzó en el Mar Caribe, con el despliegue de una potente flota de la Armada estadounidense. La presión fue aumentando, pero a pocos pareció importarle. Las tropas estadounidenses estaban estacionadas frente a Venezuela desde agosto. Durante algo más de cuatro meses pasaron de atacar impunemente a embarcaciones sospechadas de llevar drogas a Estados Unidos —al menos 35 ataques y más de 115 muertos— a retener cargueros petroleros y sancionar y bloquear a algunos de esos buques. 

    Esto ya inauguró un potencial peligro para la estabilidad del régimen venezolano: no hay quien sobreviva políticamente en ese país si se toca la columna vertebral petrolera.

    Mientras tanto, la narrativa de la guerra contra las drogas —que se construye desde los años cincuenta en Estados Unidos— se fue asociando a la necesidad de recuperar el petróleo y los activos que Venezuela le había quitado al país.

    Trump está decidido a reconfigurar la política exterior norteamericana saliéndose de cualquier libreto imaginado en las últimas décadas. Y hoy tiene un contexto favorable con importantes líderes de derechas radicales que apoyan su gobierno.

    Esta vez, Trump contaba con tres elementos a su favor para avanzar.

    Primero, consenso entre la ciudadanía norteamericana para apresar a Maduro. La encuesta de Harris Poll y Harvard Caps —realizada entre el 2 y el 4 de diciembre de 2025— revelaba que más del 70 por ciento estaba de acuerdo con derrocar a Maduro y hacerlo enfrentar un juicio. 

    Segundo, la debilidad política, económica y militar de Maduro y su régimen. 

    Tercero, que no recibiría grandes condenas de otros grandes jugadores internacionales. 

    Entonces Trump avanzó, rompió todas las reglas y abrió un nuevo escenario. Se dio tiempo para bromear con que ha superado la Doctrina Monroe —América para los americanos— y ahora habrá que rebautizarla como Doctrina Donroe. Y justificó la decisión de pasar por encima del Congreso para garantizar el efecto sorpresa del ataque. Es una doctrina del vale todo. 

    Esto ya inauguró un potencial peligro para la estabilidad del régimen venezolano: no hay quien sobreviva políticamente en ese país si se toca la columna vertebral petrolera.

    Mientras tanto, el progresismo latinoamericano —que siempre cargó como un peso la experiencia chavista y madurista— hoy solo se aferra a la normativa internacional de sostener con poco énfasis alguna discusión en las redes y los devaluados foros internacionales. La ONU, la OEA y ninguna otra organización o bloque pudieron conducir a los Estados Unidos a una salida diplomática. Trump, en nombre de la seguridad de los Estados Unidos, las desconoce. Reivindica la fuerza. Ha establecido el caos como parte de su gobernanza internacional. Esto rompe cualquier certidumbre política y recupera el carácter violento y sin mediación de la política. Ese poder impone reglas precarias y obliga a los países débiles a tomar posición. Roma no paga traidores y eso el presidente norteamericano lo ha hecho saber (parte de ese laboratorio se inició con los aranceles). 

    Es interesante: mientras Trump reclama la influencia sobre el hemisferio occidental e indica la posibilidad de un segundo ataque, el ministro de Relaciones Interiores, Justicia y Paz de Venezuela, Diosdado Cabello, llama a los motorizados a defender el país. A su vez, mientras por el canal VTV circulan imágenes sobre ataques a los cuarteles y la vicepresidenta, Delcy Rodríguez, indica que van a defender Venezuela y que el único presidente es Maduro, una parte importante de la población en Venezuela se busca la vida como lo hace casi todos los días. Existe una profunda desconexión entre la política y las vidas ciudadanas.

    Se abre un nuevo escenario en Venezuela. Trump advirtió que la transición será larga y que Machado no puede estar al frente de la tarea. La estructura gubernamental y militar chavista se mantiene y, por ahora, no fue arrasada. Por lo tanto, sus actores están disponibles para futuras negociaciones con los Estados Unidos. Hoy, de alguna manera, comienza una transición en Venezuela. No sabemos cómo termina. Lo que sí sabemos es que el gobierno de Maduro está herido y que cuenta con demasiadas debilidades locales y regionales para torcer grandes dosis de injerencia norteamericana. Maduro y su esposa, Cilia Flores, serán juzgados mientras se realiza la transición y todo entrará en una zona de realpolitik, por ahora, desconocida. Queda por observar qué pasará con el petróleo y el impacto de ésta incursión en el bloque de poder chavista. También: cómo influirá el aterrizaje del gobierno estadounidense en el resto de los países de la región. ¿Qué papel jugará Argentina? ¿Cómo reaccionará Colombia? ¿Lo aceptará Brasil sin chistar? 

    El progresismo latinoamericano —que siempre cargó como un peso la experiencia chavista y madurista— hoy solo se aferra a la normativa internacional de sostener con poco énfasis alguna discusión en las redes y los devaluados foros internacionales.

    Habría que considerar algunas cosas más: Trump logró una gran legitimación de los emigrados venezolanos en la región, de una parte de la población norteamericana que prontamente deberá participar de las elecciones intermedias de 2026 y una significativa capacidad militar y liderazgo frente a China y Rusia en un hemisferio donde ambos países tienen intereses económicos y geopolíticos.

    Veni, vidi, vici. Hoy Trump jugó y —por ahora— ganó.

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    Los libertarios buscan subirse a las redadas anti inmigrantes para copiar a Donald Trump pero justo cuando el presidente de Estados Unidos tuvo que descabezar a la policía migratoria tras la rebelión en Minneapolis que dio vuelta el mundo.

    El ICE, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Trump, ya mató a tres personas en la ciudad del estado de Minnesota en lo que va de enero.

    El impacto que generaron esos episodios en la imagen mundial de Trump lo llevaron a a remover al comandante de la Patrulla Fronteriza en Minneapolis, Gregory Bovino.

    A contramano del retroceso de Trump, el gobierno de Javier Milei buscó subirse a la ola anti-inmigratoria. La ministra de Seguridad, Alejandra Montoeliva, se filmó para anunciar que casi 5.000 extranjeros fueron expulsados del país o rechazados en los últimos dos meses. 

    Iñaki Gutiérrez, el influencer más cercano a Milei, se grabó desde un escondite para pedir la expulsión de «ilegales», un término usado en Estados Unidos y en los doblajes mexicanos de las películas de narcotraficantes.

    La búsqueda de los libertarios por subirse a cada cosa que hace Trump se choca de frente con las estadísticas locales.

    La realidad Argentina no puede ni siquiera compararse con la norteamericana en materia de inmigración. Argentina registra el menor número de inmigrantes en 100 años.

    Según el Censo Nacional de Población 2022 del INDEC, en Argentina residen 1.933.463 personas nacidas en otros países, lo que representa alrededor del 4,2% de la población total. Se trata del piso histórico de inmigrantes en un siglo. El año 1929 fue el techo histórico de inmigración, cuando uno de cada tres habitantes de la Argentina era extranjero.

     

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