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SAVU Malbec Rose 2022

En esta ocasión Fabian Mitidieri nos trae la semblanza de este rosado dulce natural de la familia Millaman que cuenta con su bodega y viñedos ubicados en cercanías a la capital rionegrina.

La Bodega y viñedos de la familia Millaman se encuentran ubicados en San Javier a unos 30 km de Viedma y elaboran vinos artesanales principalmente de Malbec y Syrah.

Este rosado dulce natural se elabora con uva malbec y el viñedo fue cosechado el 9 de Abril del  2022. La elaboración del vino arranca con una maceración previa de 8 hs y luego fermenta durante 11 días a temperaturas inferiores a 20 °C sin los orujos. El prensado fue muy suave para no extraer colores y con cuidado de no romper semillas. El vino se clarifica y estabiliza de forma natural para finalmente proceder con su fraccionamiento realizado en el mes de Octubre de 2022.

Los vinos de la bodega son típicos de la zona, se consiguen a precios accesibles y son de los pocos vinos embotellados en origen en Viedma. Pueden encontrarlos en vinotecas de Viedma o en la feria comunal de la ciudad en el puesto de la Bodega Viñas de Lucia.

  • Bodega: Viñas de Lucía
  • Zona: San Javier – Río Negro
  • Color: rosado frambuesa brillante.
  • Aroma: frutado de fruta roja dulce y toques florales; su alcohol muy bien integrado. Volumen medio de aroma.
  • Sabor: suave y meloso, con ataque dulce y media acidez. Correcto equilibrio en la boca de tendencia centro – adelante resaltada por su dulzor. Su graduación alcohólica es de 9,6° y tiene persistencia media.
  • Conclusión: Suave rosado patagónico desde San Javier (Río Negro) que presenta aromas de fruta roja dulce con toques florales. En la boca se comporta meloso, con un correcto equilibrio y persistencia media.
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  • El último pogo bestial con JiJiJi

     

    Publicado el 15 de diciembre de 2021

    Si la crisis del 2001 tuvo una banda de sonido, esa música latió a ritmo de cumbia. Y la cumbia se metió en el rock, como parte de una latinoamericanización general. La otra parte se la llevó el llamado rock barrial: un espasmo  callejero narrativo empecinado en contar qué ocurría en las esquinas del Conurbano. Hoy ese espacio fue ganado por el trap y derivados: una cazuela en el que se cocen ecos del hip hop, el reggaeton y también, omnipresente, la cumbia. Más allá de la rítmica, hay similitudes: ambos momentos históricos revelaron una música de “texto” que delimita una línea tensada entre, digamos, Pablo Lescano y L-Gante.

    El presente de fines de diciembre de 2021 aparece definido por el desastre doble de macrismo y pandemia. Los dos años de cuarentena propulsaron una música indoors, compuesta con los elementos con los que se contaba –una reactualización de la filosofía punk- y diseminada a través de las redes. El encierro pandémico exacerbó los cambios de paradigmas de la industria del entretenimiento e impulsó aún más a las plataformas digitales, esa tendencia hacia las “no cosas” a las que refiere el pensador coreano-alemán Byung-Chul Han. 

    El periodista Nicolás Igarzábal investigó las llamadas “nuevas músicas urbanas” y menciona los vínculos entre aquella escena y la actual y el “hazlo vos mismo” que supone esta estética. “Pensemos nada más que L-Gante, un cumbiero influido por el reggaeton con vocación rapera, cuyo despegue se dio en plena pandemia a través de una session de Bizarrap: allí arengan con dos vinos de cartón en mano, en un ejemplo de trap barrial”. Igarzábal también avanza sobre la veta tecnológica del fenómeno. “El trap es una música muy económica al momento de hacer un tema, todo lo contrario de lo que implica armar una banda con instrumentos y alquilar salas de ensayo y de grabación. Ahí está el poder de adaptación de la escena trapera: tanto la producción como el consumo suceden en computadoras y celulares. Es la música popular ideal para superar la crisis de la industria discográfica”.

    La historia de Los Redondos es singular por donde se la mire. Sobre todo cuando el Indio, en los 90, se reconfigura en héroe de la clase trabajadora.

    Así como hace dos décadas el abismo político, social y económico tuvo más que ver con la perversión de arrastre de la década menemista que con la impericia de la Alianza, musicalmente el abismo de esa escena ocurrió tres años después, con Cromañón. Siempre las fechas de los procesos históricos aparecen desfasadas. 2004 fue para el rock lo que el 2001 para el país: mucha muerte, demasiada. Ambos hechos se relacionan profundamente, desde lo político y lo cultural: la corrupción estructural de ciertas instituciones, la futbolización del rock, la precariedad empresarial, una pauperización generalizada. La pérdida de la inocencia de la fiesta de las bengalas salió muy cara. A barajar y dar de nuevo.

    El menemismo fue largo y algunas canciones que resultaron proféticas engalanaron las cortinas de los programa de televisión. Ya en 1998 Bersuit Vergarabat anunciaba el estallido –como su fuera el epílogo de Sr. Cobranza, y desde los bordes –desde la periferia de París, desde Barcelona, desde Cartagena, pero esencialmente desde la calle de cualquier lugar- Manu Chao deslizaba una música urgente que funcionaba como un machacante loop rebelde. Cualquiera podía tocar sus canciones, cualquiera podía cantar. El rock se maceraba en las ochavas de los arrabales y en los monoblocks con lo que había: cerveza, fasito, algún aparato para grabar adquirido en el 1 a 1. Para formar una banda bastaba aprender un par de acordes con la profesora de guitarra de la cuadra, llamar a tres amigos y calcar yeites de los Rolling Stones y Creedence. La degeneración de ese rock fue lo que se incendió en Cromañón. 

    Resulta llamativo que, visto en perspectiva, el rock barrial –también llamado peyorativamente rock chabón– se espejara en el fenómeno de los Redonditos. La trayectoria de “Los Redó” –como lo apocoparon “las bandas”, la manera que encontraron de asesinar el espíritu de Patricio Rey – es singular por donde se la mire. Surgidos como una banda de niños ricos que no tenían tristeza pero sí deseos de experimentar, brote de la alta burguesía de La Plata, los Redonditos conjugaron en una misma propuesta contracultura, política, hippismo, vanguardia y ambición. Sobre todo el Indio, en los años 90 se reconfiguraron en héroes de la clase trabajadora. O, con más precisión, héroes de los expulsados del régimen menemista. Si se tiene en cuenta que el disco debut fue de 1985 (Gulp!), Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota fueron estupendos comentaristas de la democracia recuperada en 1983. No parece casual que se disolvieran centímetros antes del precipicio por donde se despeñaron De la Rúa, Cavallo y compañía. Pasaron del “¡a brillar mi amor!” de la primavera alfonsinista al “lujo es vulgaridad” de los años del menemato, para diluirse con la Alianza y la enfática desolación que supone la frase “¡No da más la murga de los renegados!”.

    Patricio Rey fue un estupendo comentarista de la democracia: su debut fue en el 85, con Gulp! Se disuelve centímetros antes del precipicio por donde se despeñaron De la Rúa, Cavallo y compañía.

    Los Redonditos tocaron el 4 de agosto en el 2001 en el estadio Chateau Carreras de Córdoba y anunciaron el show de fin de año en Unión de Santa Fe para el 8 de diciembre. Ese concierto nunca se realizó. La fecha programada provocó tensiones internas: la banda iba a tocar sobre un volcán en erupción. Con la sabiduría con que siempre manejaron las tensiones, el terceto encargado de tomar decisiones dijo “basta”. El 2 de noviembre de 2001, Poli Castro, Skay Beilinson y el Indio Solari lanzaron el comunicado oficial que decía que paraban. El impasse que se volvió definitivo.

    El rock barrial tomó la colectora de los Redonditos. Cuando la banda de La Plata se disolvió, como diría T. S. Eliot, “en un rápido suspiro”, otros artistas ocuparon el espacio vacío. Algunos sobrevivieron y construyeron su propia épica; otros desaparecieron. Fue en aquellos tiempos en que el periodista Pablo Plotkin observó al rock como uno de los últimos espacios de aventura: “El acceso a la informática encerró a una parte de los jóvenes compositores argentinos a la soledad de su disco rígido. La banda de rock sigue siendo el lugar de la aventura, pero el individualismo electrónico se afianza como alternativa perfecta para aquellos que no están dispuestos a lidiar con problemas de convivencia y caprichos de baterista”, escribió.

    Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado no son un premio consuelo: son parte del sistema de eslabones que supone una tradición.


    Esa idea de aventura es la que proyecta el Indio Solari con Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. Los conciertos realizados el último fin de semana en La Plata –el regreso a la presencialidad, luego del fantástico show virtual de Epecuén – reafirmaron la vigencia de una épica. La aparición del Indio Solari como un holograma para cantar seis canciones le da un nuevo condimento heroico a la leyenda ricotera. Todo lo que ocurre alrededor del Solari es gesto, hazaña, epopeya. Las “bandas” no necesitaron la presencia del líder para llevar a cabo cada uno de los rituales: los cantitos, el pogo bestial con Ji ji ji, el desborde emotivo.  Muchos recién habían nacido cuando los Redonditos se separaron. Sin embargo, el rescate de los Fundamentalistas es más que un premio consuelo: es el sistema de eslabones que supone una tradición.

    Hoy los festivales esponsorizados post pandemia diseñan listas sábanas en las que se mezclan el rock con traperas y traperos para todos los gustos. Se trata de una escena abigarrada, que combina emergentes con consagrados que aspiran esquivar los quince minutos de fama warholianos: Ysy A, Duki, NeoPistea, Ca7riel, Nicki Nicole, Zaramay, Acru, Cazzu y, en otro nivel, Wos. Habrá que volver a escuchar qué dicen las canciones –en estos casos, largas parrafadas- para concluir que siempre el rock y derivados como el noble freestyle fueron y son uno de los más certeros testimonios líricos del doloroso péndulo político y social de la Argentina.

    Fotos: Télam

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  • Los ríos subterráneos

     

    Este es el país donde todos nuestros padres recibieron la bicicleta de manos de Evita y todos nosotros estuvimos en alguna Misa del Indio.

    Porque así se construyen las leyendas. Si no pasó, querés que haya pasado. Tanto lo deseás que al final pasó y tu cuerpo guarda ese recuerdo. La memoria del instante en que te volviste visible para alguien y que se corrió el velo del desamparo para sentirte parte de algo colectivo.

    Y digo desamparo porque fue la palabra que más escuché estos días de lluvia y funeral, en los pogos, en las filas, entre el llanto o las canciones. Los Redonditos llegaron a mi vida cuando yo estaba desamparado.

    ¿Desamparados de qué? ¿De quién?

    Estamos hablando de los años noventa, cuando Argentina tenía un gobierno peronista. El peronismo había sido, desde 1945, el gran contenedor de las clases populares, el movimiento que había inventado la idea misma de que los de abajo tenían derecho a ser nombrados, representados, incluidos. Y sin embargo, esa gente que lloraba en la fila del Gatica hablaba de desamparo. Porque en los noventa, hay que decirlo, fue el peronismo el que nos desamparó. Y junto al peronismo muchos músicos de rock y referentes de la protesta y la cultura que nos habían acompañado en los ochenta.

    En la primavera del uno a uno, cuando los trabajadores perdían el trabajo y sus hijos el futuro, Charly García almorzaba en Olivos, Andrés Calamaro se declaraba menemista acérrimo, Diego Maradona jugaba al fútbol con el presidente y Madonna se sacaba fotos en el balcón de la Rosada. Y en ese enorme vacío, una noche en Parque Sarmiento, los Redonditos de Ricota descubrieron que le estaban hablando a los invisibles, a los excluidos, y tomaron la decisión de irse del sistema junto con ellos. Y se convirtieron en su religión.

    El uno a uno y el rock sin focos

    Aquellos que habían votado peronismo esperando justicia social se hicieron adolescentes en una sociedad con desempleo estructural, viendo a sus padres perder el salario en silencio y a sus maestros ayunar en una carpa blanca frente al Congreso, alimentados a té y desesperación. Vieron morir a María Soledad en Catamarca, al conscripto Carrasco en un cuartel desértico, a Miguel Brú en una comisaría platense y a Sebastián Bordón al costado de una ruta mendocina. Y a Walter Bulacio en una razzia previa a un recital de los Redondos en Obras. Mataban a los pibes. Los mataba la policía y los mataban rubias en cuatro por cuatro: el pibe Acuña y María Victoria Mon. Los otros —los hijos del éxito del uno a uno— se acostumbraron a pasar los días en el country y las noches en las fiestas techno, aspirando cocaína pura sobre las barras VIP. Y se seguían muriendo: Carlos Junior al mando de un helicóptero de lujo y el hijo de Daniel Passarella estrellado contra un tren de carga. Porque de trenes y helicópteros iban los noventa.

    “Unos y otros, yuppies o villeros, son individualistas, no creen en la política, casi todo les da igual y solo esperan que les pase la vida. No tienen un Estado que los proteja ni una ideología que les invente el futuro. Se encuentran a veces, en esos estadios convertidos en una única iglesia para las dos religiones: el fútbol y el rock”, escribí en octubre de 1997, para la revista Tres Puntos. Hoy, veintinueve años después, no cambiaría una coma.

    En la primavera del uno a uno, cuando los trabajadores perdían el trabajo y sus hijos el futuro, Charly almorzaba en Olivos, Calamaro se declaraba menemista acérrimo, Diego jugaba al fútbol con el presidente.

    En el altar de la estabilidad, Menem firmó el decreto que reglamentó el derecho de huelga un 17 de octubre, firmó los indultos un Día del Inocente, y saludó con su pulgar en alto, impecable, al salir del entierro de su propio hijo. La militancia había sido declarada obsoleta. Julio Bárbaro, el peronista que había sido Secretario de Cultura de Menem, lo dijo en voz alta en una columna de esos años: Adiós a la militancia. El capitalismo necesitaba gerentes, y la política ya no era un lugar para construir identidad ni proveer sueños.

    Tampoco lo era la cultura ni el rock. El rock nacional que había sido nuestro hilo rojo durante la dictadura entró al star system con una naturalidad envidiable. Charly García —el mismo que había escrito “No bombardeen Buenos Aires” y “Los dinosaurios”— era, también, habitué de la Quinta de Olivos. Fito Páez que nos había hecho gritar “En esta puta ciudad” un poco antes, abrió en 1992 otros caminos con El amor después del amor, un disco de belleza real, luminoso, la voz legítima de una Argentina que después de tanto miedo necesitaba respirar, pero fue despedido del paraíso de lo contracultural por haber hecho un disco “comercial”. A veces siento que soy la única que lo recuerda aquellos días. Soda Stereo hizo su Unplugged para MTV en Miami y la música de protesta latinoamericana que nos había unido en los ochenta salió de las radios y pasó a ser, sencillamente, una grasada. Cuando se cayó el Muro de Berlín, los cascotes sepultaron demasiado.

    En ese preciso momento, en una casa de Parque Leloir sin teléfono de prensa, sin representante, sin cuenta en ninguna red que todavía no existía, Carlos Solari escribía letras a mano sobre hojas sueltas y Skay Beilinson tocaba la misma frase de guitarra durante horas hasta que sonara exactamente como el asfalto roto de la Ruta 3. Si querías saber cuándo tocaban Los Redondos, tenías que conocer a alguien que conociera a alguien. El cassette llegaba envuelto en papel madera con la fecha escrita a birome. La dirección, a veces, ni eso: solo el nombre de la ciudad, y el boca a boca hacía el resto. Una parte de la Argentina, Y en ese enorme vacío, una noche en Parque Sarmiento, los Redonditos de Ricota descubrieron que le estaban hablando a los invisibles, a los excluidos, y tomaron la decisión de irse del sistema junto con ellos. Y se convirtieron en su religión.muy minoritaria pero que llenaba aeropuertos y restaurantes, entraba con Carlos Menem al Primer Mundo mientras los ricoteros crecían como plaga, sin focos, con claves, con consignas, con desesperación.

    Soy una nerd de los noventa y el menemismo, pero no sé nada de procesos musicales así que dejo para los que saben el análisis del ídolo y del fenómeno. Solo recuerdo el asombro en la redacción de Página/12 tratando de entender por qué Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota elegían exactamente lo contrario de todo lo que el mercado ofrecía. No filmaron ningún video. No pisaron un set de televisión. No publicaron las fechas ni los lugares de sus shows. Editaron todos sus discos de manera independiente. Rechazaron las ofertas millonarias de las discográficas, los sponsors de marcas de cerveza, los festivales corporativos con palcos VIP. Construyeron su masividad desde la más estricta clandestinidad.

    En ese enorme vacío, los Redonditos de Ricota descubrieron que le estaban hablando a los invisibles, a los excluidos, y tomaron la decisión de irse del sistema junto con ellos. Y se convirtieron en su religión.

    Quedó claro en el Gatica que no fue una pose estética. Vio lo que otros no veían. Cuando no estábamos obsesionados por la Inteligencia Artificial pero ya creíamos que Internet era el fin del trabajo y los supermercados el enemigo de la aldea, Solari anunció que los psicópatas gobernarían el siglo XXI. El Indio veía lo que los demás no veían porque estaba parado donde nadie más quería estar.

    La misa y la sangre

    Los pibes que llenaban el pogo ricotero —los que el Indio llamaba «los de los barrios desangelados»— no eran militantes sin partido. Eran una generación que el sistema de representación había abandonado en todos sus niveles al mismo tiempo: el Estado, la política, la economía, la cultura. La misa ricotera era el único espacio donde existían como colectivo. El único lugar donde los cuerpos que la policía golpeaba en las esquinas por portación de rostro, y que el modelo económico declaraba excedentes, se volvían invencibles al chocar entre sí en el pogo. Era una marea humana compacta, sudorosa, donde nadie caía porque la masa te sostenía antes de tocar el piso. Había también profesionales, artistas y empresarios. Porque lo que une esa identidad no es estar adentro o afuera del sistema. Es saber que hay un adentro y un afuera. Y que no importa de qué lado de la mecha te encontrás, si lo que te duele es el que está afuera.

    Hay algo que las elites políticas y culturales nunca terminaron de entender sobre las clases populares: que no quieren lenguaje simple. Que les encanta la metáfora, el símbolo críptico, el código que hay que descifrar para entrar. Como les gustaban los vestidos bordados de Evita, les gustaban las metáforas del Indio. Los Redondos les dieron lo que ningún partido político se animaba a darles: una religión propia, con sus ritos, su lenguaje y sus símbolos, todos de una sofisticación que desmentía el prejuicio de que los desplazados solo podían consumir lo que alguien les masticaba. Descifrar una letra del Indio era un rito de iniciación. Pertenecer a la tribu que sabía el código era una forma de dignidad.

    La banda eligió el exilio geográfico y fundó el éxodo ricotero. Había que subirse a trenes cuando ramal que para ramal que cierra y los trenes eran cada vez menos y en las estaciones convivían los ricoteros con las ollas populares de la gran huelga ferroviaria.

    Aquellos que habían votado peronismo esperando justicia social se hicieron adolescentes en una sociedad con desempleo estructural, viendo a sus padres perder el salario en silencio y a sus maestros ayunar en una carpa blanca frente al Congreso, alimentados a té y desesperación.

    Era una peregrinación. Argentina hace política caminando desde que tiene historia: el 17 de octubre de 1945 inauguró esa gramática del cuerpo en movimiento que el país repite cada vez que algo importante tiene que decirse y no encuentra otro idioma. Las columnas a Luján, a San Cayetano: multitudes que caminan de noche, que llegan con los pies lastimados a arrodillarse ante algo más grande que ellas. El éxodo ricotero era eso. Los trapos al viento como estandartes, el pogo como comunión, y el estallido de “JiJiJi” como el momento exacto en que la tribu se volvía una sola carne, un solo grito, y el río subterráneo salía a la superficie y caminaba.

    En agosto de 1997 el Estado mostró sin disimulo lo que pensaba de todo eso. El intendente de Olavarría firmó un decreto prohibiendo los shows con fundamento en un informe de la inteligencia policial bonaerense que describía a la banda con la terminología reservada para los grupos subversivos: “Desde siempre, sus integrantes tuvieron una actitud combativa en cuanto a todo lo que podía llegar a identificarlos con el sistema”. Los analistas de inteligencia habían estado estudiando las letras del Indio como si fueran un manifiesto clandestino. “Si bien no tienen una estructura tradicional”, escribieron con la seriedad de quien desactiva una bomba, “el mensaje está, pero se necesita conocer el código para descifrarlo”. El Estado tenía miedo de esas canciones.

    Cuatrocientos ricoteros tomaron el tren igual. Llegaron a Olavarría, encontraron las puertas cerradas y cortaron las calles bajo la lluvia. Era el primer piquete ricotero de la historia. La única vez que el Indio habló en televisión en toda su vida fue esa tarde, en vivo por Crónica TV, para decir que esos pibes que cortaban calles bajo la lluvia no eran una amenaza al orden público. Eran exactamente el orden que merecía ese país.

    Hay también tragedia en la historia ricotera. A Bulacio lo mató la policía en 1991. En 2017, en el barro de Olavarría, dos personas murieron aplastadas en el recital masivo del Indio Solari como solista. Hubo críticas feroces, pero el vínculo con su público no se rompió. Hay una encuesta realizada en el Gran Buenos Aires a mediados de los noventa: le preguntaban a chicos de quince años que vivían en villas cómo se imaginaban en una década. La enorme mayoría respondió dos cosas: presos o muertos. No es que ese público no sintiera el dolor de Bulacio o el de Olavarría. Es que ese dolor era la textura cotidiana del paisaje en el que vivían.

    Si querías saber cuándo tocaban Los Redondos, tenías que conocer a alguien que conociera a alguien. El cassette llegaba envuelto en papel madera con la fecha escrita a birome.

    Y el Indio nunca los protegió de eso con eufemismos. No les dio sermones: les dio un mito que transformaba el desecho en belleza. Los nombró. Cantó al pibe de los astilleros que nunca se rendía, a la pequeña novia del carioca, al bombero que se borraba en la niebla. «Violencia es mentir», gritaban miles de gargantas apretadas bajo el cielo de Olavarría, mientras los cuerpos chocaban con la violencia hermosa de los que se salvan juntos en la cornisa. Metió la muerte adentro de sus canciones, la procesó, la volvió épica colectiva. Le dio un estandarte al dolor para que no fuera solo sordidez de crónica policial de la mañana.

    El río y las calles

    El 4 de agosto de 2001, en el Estadio Chateau Carreras de Córdoba, ante 45.000 personas, Los Redondos dieron su último concierto sin que nadie lo supiera. El 2 de noviembre, en un comunicado escueto de dos párrafos en internet, anunciaron la separación. Veinticinco años de autogestión, disueltos en el frío del ciberespacio. Cuarenta y siete días después, el 19 y 20 de diciembre de 2001, el país estalló en mil pedazos. El show en Santa Fe que tenían prometido para diciembre nunca ocurrió. Algo de lo que Los Redondos habían hecho durante una década era darle a ese río subterráneo un cauce ritual. Ese cauce desapareció, paradójicamente o no, cuando otras organizaciones poblaron las calles: los piquetes, las asambleas barriales, el cacerolazo. El subsuelo, de alguna manera, había aprendido a moverse solo.

    «Gracias a esos hombros que me cargaron en tantos pogos», escribió mi sobrina Malena sobre una foto de su papá mientras caminaban bajo la lluvia en Avellaneda. Me trajo el eco de una imagen de mi hija sobre mis hombros la noche del Bicentenario, cuando sentí ese peso y pensé: alguna vez va a acordarse de esta noche, y qué felices éramos. Los hombros son el talismán que nos sostiene de generación en generación y nos va transmitiendo aquello que, está escrito, no podemos olvidar.

    Los Redondos elegían exactamente lo contrario de todo lo que el mercado ofrecía. No pisaron un set de televisión. No publicaron las fechas ni los lugares de sus shows. Editaron todos sus discos de manera independiente. Construyeron su masividad desde la más estricta clandestinidad.

    La alegría de aquella noche del Bicentenario iba a ser llanto colectivo solo algunos meses después. El 27 de octubre murió Néstor Kirchner y la Plaza de Mayo fue en minutos una marea de jóvenes que llegaron sin ser convocados, llevados por la desesperación de encontrar un lugar donde llorar juntos. El Indio Solari los vio por televisión desde su casa en Parque Leloir y llamó a Aníbal Fernández para decirle algo que no era un elogio político sino un reconocimiento casi antropológico: «Vi una magnitud de jóvenes involucrados que me conmovió.» Esos jóvenes habían aprendido a estar juntos en algún lugar antes de aprender a militar. Muchos de ellos, o sus hermanos mayores, o sus padres, habían hecho el viaje a Olavarría o a Mar del Plata o a Córdoba. Habían dormido en una plaza de pueblo con desconocidos. Habían cantado «Violencia es mentir» a las tres de la madrugada en el barro.

    El Gatica

    El azar, que ya se ha dicho que es el seudónimo de dios cuando quiere firmar, llevó a que el Indio fuera velado en el estadio que lleva el nombre del Mono Gatica, el boxeador de los descamisados al que la Revolución Libertadora de 1955 le quitó la licencia de pelear por el único delito de ser peronista, y que terminó vendiendo muñequitos de plástico y viviendo en una villa a pocas cuadras. Qué pena que ya no esté Leonardo Favio para la secuela.

    La fila llegó a ocho kilómetros. Lo que los altoparlantes anunciaron pasadas las siete como un millón de personas bajo un cielo plomizo recorrió el mismo camino que había recorrido treinta años antes para llegar a alguna misa: desde Jujuy en colectivo de noche, desde el fondo del conurbano caminando bajo la llovizna, desde pueblos del interior donde no había más que el recuerdo de haber hecho ese viaje alguna vez. Vinieron los que lo habían visto en Obras en los ochenta, canosos y con la mirada gastada, y pibes de veinte años que lo habían descubierto en el teléfono celular de sus padres. Vinieron familias enteras, jubilados con la remera descolorida de Huracán del 94. Vinieron los que lloraban solos contra una reja y los que se abrazaban con desconocidos durante horas en la lentitud de la fila, compartiendo un trago de vino de cartón para engañar al frío. A la policía casi no se la vio; nadie la necesitó porque la comunidad del aguante se cuida sola. Esta vez no había escenario ni música ni pogo. Pero el rito era el mismo: el cuerpo sabiendo el camino aunque la cabeza no terminara de entender.

    Hay algo que las elites nunca terminaron de entender sobre las clases populares: que no quieren lenguaje simple. Que les encanta la metáfora, el símbolo críptico, el código que hay que descifrar para entrar.

    La política de las derechas se construye sobre el olvido. La dictadura hizo propia la política de olvido del exterminio en el mismo momento en que lo estaba llevando adelante. El menemismo montó una fenomenal operación de olvido no solo de los horrores de la dictadura sino también de la memoria de lucha por los derechos que se transmite de generación en generación. La nueva derecha que gobierna la Argentina desde 2023 opera sobre el mismo principio pero en su versión más radicalizada: ya no borra episodios; borra la historia misma. Actúa a través de las pantallas como si la Argentina no tuviera pasado que procesar, ni memoria que transmitir, ni identidad colectiva que defender. Como si todo empezara de cero, cada mañana, en el presente efímero y cruel del mercado libre.

    Y la procesión de pelo blanco y caras arrugadas dice también algo que las elites prefieren no escuchar: que las operaciones de olvido fracasaron. Las generaciones se entrelazaron, transmitiendo identidad y lucha de cuerpo a cuerpo, de cassette en cassette, de padre a hijo en el teléfono celular.

    Ese funeral no pertenece a la historia del rock. Pertenece a una tradición argentina más larga, trágica y profunda. Es el hilo invisible que une el velatorio de Evita en 1952, con las flores populares tapando las veredas bajo la lluvia, el de Perón en 1974, y el desborde indomable de Maradona en la Casa Rosada en 2020. Se inscribe también en la serie devota de Gilda y Rodrigo: santos paganos de las clases populares cuyo dolor multitudinario traccionó la misma fibra de la Argentina que se sabe fuera del radar de la cultura oficial. No era duelo por un artista. Era la Argentina de abajo mirándose al espejo y diciéndose a sí misma que todavía existía.

    El subsuelo encendido

    Hay una Argentina subterránea que hoy vuelve a estar en la intemperie absoluta, no vista por nadie. Que no está representada por ningún partido político con personería jurídica ni por ningún movimiento social de los que hoy tienen oficinas y negocian contratos estatales. Una Argentina que no tiene solo pobreza sino también una profunda tristeza, esa melancolía húmeda que lleva la certeza de que el futuro ha sido cancelado. 

    El funeral en el Gatica explotó con esa urgencia desesperada porque el subsuelo no fue solo a despedir a un músico; fue a refugiarse en el último territorio donde supieron ser un colectivo invencible frente a la intemperie del presente. Esa Argentina subterránea lleva décadas emergiendo en forma de río cada tanto. El río va por debajo, silencioso, y brota cuando algo sagrado lo convoca. Lo escribió Leopoldo Marechal hace casi un siglo, pero sigue siendo hoy que cuando los ríos subterráneos brotan el establishment de la política, la economía y el periodismo lo vive como un tsunami irreconocible. Tanto tiempo sucediendo y aún nadie logra anticiparlo.

    La pregunta que me queda —la única que creo urgente en este momento de plataformas e individualismo— es quién está mirando ese subsuelo ahora. Quién está parado en el margen del sistema de visibilidad contemporáneo, del algoritmo de TikTok, del ciclo infinito de las redes, y desde ahí abajo puede ver lo que el sistema necesita ocultar. Quién está mirando al nuevo subsuelo con la misma honestidad sin anestesia con que el Indio miraba el suyo.

    No lo sé. Y esa ignorancia me parece el problema político más serio del presente argentino.

    Terminó el funeral, sigue la lluvia. El amplificador sigue encendido en la casa de Parque Leloir, acoplando en el silencio de la tarde. 

    Otro de mis sobrinos, Valentín, escribió esto tan bonito que no sé tiene respuesta a mis preguntas, pero tal vez sí a las de miles. Su papá, ricotero, murió hace algunos años. “Durante estos años, tuve la incesante lucha de volver a mi papá. De alguna forma lo buscaba incansablemente en recuerdos, en palabras y en lugares. En anécdotas de otro, en preguntas, en silencios. Me sentí mucho tiempo en falta con él, conmigo, y con lo que me quedó de su figura. Este 8 de junio lo encontré. Encontré el polvo y el olor a carbón. Encontré la remera agujereada y la boina verde. Encontré el dolor de su partida. Encontré el amor de su ausencia. Encontré el asado ricotero. Y por fin encontré lo que mi papá me había dejado: el espíritu de Patricio Rey”.

    Gracias, Indio.

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