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RELACIÓN PRECIO/CALIDAD

Sobre la viralización de los sueldos de funcionarios reginenses.

Voy a iniciar este texto aclarando que lo que voy a decir no va a ser de mucha empatía teniendo en cuenta el contexto nacional, provincial y local; pero si ponemos el foco en los sueldos de los políticos no solucionamos nuestros problemas. El foco de discusión tienen que ser los sueldos de los y las trabajadores. Lo que está totalmente desfasado de la realidad es el sueldo de los demás por lo que el de los representantes reginenses termina por parecer una tomada de pelo.

La discusión hay que ponerla en los sueldos miserables que ganan los trabajadores promedio. En Regina, sin pruebas pero sin dudas, el promedio de sueldo no supera las 75 lucas que es el monto medio de un empleado de comercio. Una familia tiene que juntar arriba de 100mil para no estar bajo los límites de la pobreza. Y es por eso que el contexto amerita el debate sobre los sueldos de los funcionarios porque los números son chocantes porque la gran mayoría de la población no los conoce.

Pero lo que hay que debatir, insisto, es el sueldo tuyo, el de monotributistas, docentes, hospitalarios, rurales, empleados de comercio, trabajadores informales. Esos son los sueldos que están totalmente desajustados. Ahí es donde esa planilla de sueldos que viajó por redes se convierte en una patada en la cara en un mañana de invierno a primera hora.

El sueldo promedio de los 20 funcionarios que más cobran es de 274mil pesos (restar un 20% de carga impositiva). El intendente cobra 489mil. Un concejal ronda las 200 lucas. El sueldo promedio en Regina está debajo de los 75 mil pesos (sin pruebas pero sin duda).

Lo que también debemos discutir y exigir como reginenses, es la relación precio y calidad de lxs funcionarixs que llegan al poder. Y es ahí, donde estaré de acuerdo con aquellos que opinan que los números están (también en ese sentido) algo desajustados. Que los estamos pagando caros. Y la muestra clara es que la gran mayoría no se ha formado para estar conforme a lo que el puesto demanda. No hay preparación previa. Hay oportunismo. Me gusta el concepto del paracaidista, y en política hay por demás, ahí a la espera de caer paradito como un gato.

El otro debate interesante que se desprende de esto es para qué se hace política. ¿Para qué o por qué deciden hacer política? Cuándo fue que se dejó de hacer política desde su concepción, la de ser un funcionario público. Cuándo, cómo, por qué se perdió la política como una función pública y se convirtió en un espacio donde uno quiere trabajar porque sabe que va a tener un buen sueldo, porque sabe que va a tener un sueldo por encima de cualquier actividad privada promedio.

Y acá llego al requerido (internamente) y debatido (socialmente) cobro del plus de dedicación funcional. Hacer política es justamente eso, una dedicación funcional, o al menos debería serlo o eso entendí desde chiquito. Más aún, si esos son los sueldos. Por lo que directamente debería desaparecer.

Algo más que se desprende y que es un tema que trabajamos recurrentemente en #LaTapa es la cuestión de los datos públicos. La viralización de la planilla de sueldos, no es ni un escrache ni una filtración, es un trabajo periodístico con su respectiva carga política, pero estos mismos no dejan de ser datos públicos por lo que debieran estar con acceso abierto para cualquier ciudadano.

Sin embargo, a la gente no le interesa lo que gana un funcionario, pero tiene lógica que la irrite, porque como decía, esos números son inalcanzables para el ciudadano reginense de a pie, y la relación precio/calidad no está ajustada. No se genera empleo, no hay un plan industrial, las calles veredas y luminarias no están en condiciones, los barrios periféricos están a la deriva, la inseguridad crece, no es una ciudad con accesibilidad para personas con discapacidad, no hay acceso a la tierra. Digamos que vinieron a poner “linda a Regina” y todavía no le pegaron una ducha.

El mecanismo por el cual se regula el sueldo del intendente está estipulado por Carta Orgánica (CO). El intendente es quien lleva adelante la paritaria para negociar el aumento de los sueldos de los empleados municipales. Ese aumento es el mismo que percibe el intendente y en función de su sueldo se determina el de los demás funcionarios y funcionarias.

Por ejemplo, el Presidente del CD no puede cobrar más del 75% de la dieta del intendente, los y las concejales no más del 65%,
y los y miembros del tribunal de cuentas no más del 45%.

El mes entrante hay un aumento a empleados municipales, que surge del reclamo que obedeció al acuerdo en la paritaria 2021, allí se había acordado un aumento del 46% aunque sujeto a un reajuste de acuerdo al índice inflacionario, que terminó superando el 50%.

Esa diferencia porcentual mayor al 5% la van a percibir en el mes de junio con los sueldos de mayo, como explico en el párrafo anterior, también compete a los sueldos de funcionarios, concejales y miembros del tribunal. Será un buen momento para demostrar que escucharon la demanda social, que tienen empatía con sus votantes, que entienden el reclamo de la ciudad que administran, que se ocupan del cuidado de la economía interna del municipio (que tiene un déficit mensual importante). Por decreto el intendente puede tomar esta decisión. No percibir ese aumento superior al 5% en sus haberes ni en el de los demás funcionarixs. ¿Tendrán ese gesto?

Encima ya se empezó a agitar el avispero político. Falta más de un año para las elecciones pero las movidas políticas, como esta de viralizar sueldos, ya empezaron. Los sondeos, las internas y los posicionamientos en los distintos partidos, se perciben.

A la gestión de Orazi le costó hacer pie, sin tener más frentes que el de gobernar y gestionar, siendo oficialista en la provincia y recibiendo en varias oportunidades fondos y obras de Nación (no obviamos la pandemia, que fue un gran obstáculo), ya con miras en las elecciones 2023 la oposición le empezó a mover el piso y además se ganó la interna de JSRN por darle la espalda al “brujo”, aunque de a poco se empieza arrimar a la mesa local de JSRN y es algo lógico si piensa en la reelección. Así pareciera que son demasiados los frentes como para no descuidar ninguno mientras resta 1/4 de gestión.

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    Este es el país donde todos nuestros padres recibieron la bicicleta de manos de Evita y todos nosotros estuvimos en alguna Misa del Indio.

    Porque así se construyen las leyendas. Si no pasó, querés que haya pasado. Tanto lo deseás que al final pasó y tu cuerpo guarda ese recuerdo. La memoria del instante en que te volviste visible para alguien y que se corrió el velo del desamparo para sentirte parte de algo colectivo.

    Y digo desamparo porque fue la palabra que más escuché estos días de lluvia y funeral, en los pogos, en las filas, entre el llanto o las canciones. Los Redonditos llegaron a mi vida cuando yo estaba desamparado.

    ¿Desamparados de qué? ¿De quién?

    Estamos hablando de los años noventa, cuando Argentina tenía un gobierno peronista. El peronismo había sido, desde 1945, el gran contenedor de las clases populares, el movimiento que había inventado la idea misma de que los de abajo tenían derecho a ser nombrados, representados, incluidos. Y sin embargo, esa gente que lloraba en la fila del Gatica hablaba de desamparo. Porque en los noventa, hay que decirlo, fue el peronismo el que nos desamparó. Y junto al peronismo muchos músicos de rock y referentes de la protesta y la cultura que nos habían acompañado en los ochenta.

    En la primavera del uno a uno, cuando los trabajadores perdían el trabajo y sus hijos el futuro, Charly García almorzaba en Olivos, Andrés Calamaro se declaraba menemista acérrimo, Diego Maradona jugaba al fútbol con el presidente y Madonna se sacaba fotos en el balcón de la Rosada. Y en ese enorme vacío, una noche en Parque Sarmiento, los Redonditos de Ricota descubrieron que le estaban hablando a los invisibles, a los excluidos, y tomaron la decisión de irse del sistema junto con ellos. Y se convirtieron en su religión.

    El uno a uno y el rock sin focos

    Aquellos que habían votado peronismo esperando justicia social se hicieron adolescentes en una sociedad con desempleo estructural, viendo a sus padres perder el salario en silencio y a sus maestros ayunar en una carpa blanca frente al Congreso, alimentados a té y desesperación. Vieron morir a María Soledad en Catamarca, al conscripto Carrasco en un cuartel desértico, a Miguel Brú en una comisaría platense y a Sebastián Bordón al costado de una ruta mendocina. Y a Walter Bulacio en una razzia previa a un recital de los Redondos en Obras. Mataban a los pibes. Los mataba la policía y los mataban rubias en cuatro por cuatro: el pibe Acuña y María Victoria Mon. Los otros —los hijos del éxito del uno a uno— se acostumbraron a pasar los días en el country y las noches en las fiestas techno, aspirando cocaína pura sobre las barras VIP. Y se seguían muriendo: Carlos Junior al mando de un helicóptero de lujo y el hijo de Daniel Passarella estrellado contra un tren de carga. Porque de trenes y helicópteros iban los noventa.

    “Unos y otros, yuppies o villeros, son individualistas, no creen en la política, casi todo les da igual y solo esperan que les pase la vida. No tienen un Estado que los proteja ni una ideología que les invente el futuro. Se encuentran a veces, en esos estadios convertidos en una única iglesia para las dos religiones: el fútbol y el rock”, escribí en octubre de 1997, para la revista Tres Puntos. Hoy, veintinueve años después, no cambiaría una coma.

    En la primavera del uno a uno, cuando los trabajadores perdían el trabajo y sus hijos el futuro, Charly almorzaba en Olivos, Calamaro se declaraba menemista acérrimo, Diego jugaba al fútbol con el presidente.

    En el altar de la estabilidad, Menem firmó el decreto que reglamentó el derecho de huelga un 17 de octubre, firmó los indultos un Día del Inocente, y saludó con su pulgar en alto, impecable, al salir del entierro de su propio hijo. La militancia había sido declarada obsoleta. Julio Bárbaro, el peronista que había sido Secretario de Cultura de Menem, lo dijo en voz alta en una columna de esos años: Adiós a la militancia. El capitalismo necesitaba gerentes, y la política ya no era un lugar para construir identidad ni proveer sueños.

    Tampoco lo era la cultura ni el rock. El rock nacional que había sido nuestro hilo rojo durante la dictadura entró al star system con una naturalidad envidiable. Charly García —el mismo que había escrito “No bombardeen Buenos Aires” y “Los dinosaurios”— era, también, habitué de la Quinta de Olivos. Fito Páez que nos había hecho gritar “En esta puta ciudad” un poco antes, abrió en 1992 otros caminos con El amor después del amor, un disco de belleza real, luminoso, la voz legítima de una Argentina que después de tanto miedo necesitaba respirar, pero fue despedido del paraíso de lo contracultural por haber hecho un disco “comercial”. A veces siento que soy la única que lo recuerda aquellos días. Soda Stereo hizo su Unplugged para MTV en Miami y la música de protesta latinoamericana que nos había unido en los ochenta salió de las radios y pasó a ser, sencillamente, una grasada. Cuando se cayó el Muro de Berlín, los cascotes sepultaron demasiado.

    En ese preciso momento, en una casa de Parque Leloir sin teléfono de prensa, sin representante, sin cuenta en ninguna red que todavía no existía, Carlos Solari escribía letras a mano sobre hojas sueltas y Skay Beilinson tocaba la misma frase de guitarra durante horas hasta que sonara exactamente como el asfalto roto de la Ruta 3. Si querías saber cuándo tocaban Los Redondos, tenías que conocer a alguien que conociera a alguien. El cassette llegaba envuelto en papel madera con la fecha escrita a birome. La dirección, a veces, ni eso: solo el nombre de la ciudad, y el boca a boca hacía el resto. Una parte de la Argentina, Y en ese enorme vacío, una noche en Parque Sarmiento, los Redonditos de Ricota descubrieron que le estaban hablando a los invisibles, a los excluidos, y tomaron la decisión de irse del sistema junto con ellos. Y se convirtieron en su religión.muy minoritaria pero que llenaba aeropuertos y restaurantes, entraba con Carlos Menem al Primer Mundo mientras los ricoteros crecían como plaga, sin focos, con claves, con consignas, con desesperación.

    Soy una nerd de los noventa y el menemismo, pero no sé nada de procesos musicales así que dejo para los que saben el análisis del ídolo y del fenómeno. Solo recuerdo el asombro en la redacción de Página/12 tratando de entender por qué Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota elegían exactamente lo contrario de todo lo que el mercado ofrecía. No filmaron ningún video. No pisaron un set de televisión. No publicaron las fechas ni los lugares de sus shows. Editaron todos sus discos de manera independiente. Rechazaron las ofertas millonarias de las discográficas, los sponsors de marcas de cerveza, los festivales corporativos con palcos VIP. Construyeron su masividad desde la más estricta clandestinidad.

    En ese enorme vacío, los Redonditos de Ricota descubrieron que le estaban hablando a los invisibles, a los excluidos, y tomaron la decisión de irse del sistema junto con ellos. Y se convirtieron en su religión.

    Quedó claro en el Gatica que no fue una pose estética. Vio lo que otros no veían. Cuando no estábamos obsesionados por la Inteligencia Artificial pero ya creíamos que Internet era el fin del trabajo y los supermercados el enemigo de la aldea, Solari anunció que los psicópatas gobernarían el siglo XXI. El Indio veía lo que los demás no veían porque estaba parado donde nadie más quería estar.

    La misa y la sangre

    Los pibes que llenaban el pogo ricotero —los que el Indio llamaba «los de los barrios desangelados»— no eran militantes sin partido. Eran una generación que el sistema de representación había abandonado en todos sus niveles al mismo tiempo: el Estado, la política, la economía, la cultura. La misa ricotera era el único espacio donde existían como colectivo. El único lugar donde los cuerpos que la policía golpeaba en las esquinas por portación de rostro, y que el modelo económico declaraba excedentes, se volvían invencibles al chocar entre sí en el pogo. Era una marea humana compacta, sudorosa, donde nadie caía porque la masa te sostenía antes de tocar el piso. Había también profesionales, artistas y empresarios. Porque lo que une esa identidad no es estar adentro o afuera del sistema. Es saber que hay un adentro y un afuera. Y que no importa de qué lado de la mecha te encontrás, si lo que te duele es el que está afuera.

    Hay algo que las elites políticas y culturales nunca terminaron de entender sobre las clases populares: que no quieren lenguaje simple. Que les encanta la metáfora, el símbolo críptico, el código que hay que descifrar para entrar. Como les gustaban los vestidos bordados de Evita, les gustaban las metáforas del Indio. Los Redondos les dieron lo que ningún partido político se animaba a darles: una religión propia, con sus ritos, su lenguaje y sus símbolos, todos de una sofisticación que desmentía el prejuicio de que los desplazados solo podían consumir lo que alguien les masticaba. Descifrar una letra del Indio era un rito de iniciación. Pertenecer a la tribu que sabía el código era una forma de dignidad.

    La banda eligió el exilio geográfico y fundó el éxodo ricotero. Había que subirse a trenes cuando ramal que para ramal que cierra y los trenes eran cada vez menos y en las estaciones convivían los ricoteros con las ollas populares de la gran huelga ferroviaria.

    Aquellos que habían votado peronismo esperando justicia social se hicieron adolescentes en una sociedad con desempleo estructural, viendo a sus padres perder el salario en silencio y a sus maestros ayunar en una carpa blanca frente al Congreso, alimentados a té y desesperación.

    Era una peregrinación. Argentina hace política caminando desde que tiene historia: el 17 de octubre de 1945 inauguró esa gramática del cuerpo en movimiento que el país repite cada vez que algo importante tiene que decirse y no encuentra otro idioma. Las columnas a Luján, a San Cayetano: multitudes que caminan de noche, que llegan con los pies lastimados a arrodillarse ante algo más grande que ellas. El éxodo ricotero era eso. Los trapos al viento como estandartes, el pogo como comunión, y el estallido de “JiJiJi” como el momento exacto en que la tribu se volvía una sola carne, un solo grito, y el río subterráneo salía a la superficie y caminaba.

    En agosto de 1997 el Estado mostró sin disimulo lo que pensaba de todo eso. El intendente de Olavarría firmó un decreto prohibiendo los shows con fundamento en un informe de la inteligencia policial bonaerense que describía a la banda con la terminología reservada para los grupos subversivos: “Desde siempre, sus integrantes tuvieron una actitud combativa en cuanto a todo lo que podía llegar a identificarlos con el sistema”. Los analistas de inteligencia habían estado estudiando las letras del Indio como si fueran un manifiesto clandestino. “Si bien no tienen una estructura tradicional”, escribieron con la seriedad de quien desactiva una bomba, “el mensaje está, pero se necesita conocer el código para descifrarlo”. El Estado tenía miedo de esas canciones.

    Cuatrocientos ricoteros tomaron el tren igual. Llegaron a Olavarría, encontraron las puertas cerradas y cortaron las calles bajo la lluvia. Era el primer piquete ricotero de la historia. La única vez que el Indio habló en televisión en toda su vida fue esa tarde, en vivo por Crónica TV, para decir que esos pibes que cortaban calles bajo la lluvia no eran una amenaza al orden público. Eran exactamente el orden que merecía ese país.

    Hay también tragedia en la historia ricotera. A Bulacio lo mató la policía en 1991. En 2017, en el barro de Olavarría, dos personas murieron aplastadas en el recital masivo del Indio Solari como solista. Hubo críticas feroces, pero el vínculo con su público no se rompió. Hay una encuesta realizada en el Gran Buenos Aires a mediados de los noventa: le preguntaban a chicos de quince años que vivían en villas cómo se imaginaban en una década. La enorme mayoría respondió dos cosas: presos o muertos. No es que ese público no sintiera el dolor de Bulacio o el de Olavarría. Es que ese dolor era la textura cotidiana del paisaje en el que vivían.

    Si querías saber cuándo tocaban Los Redondos, tenías que conocer a alguien que conociera a alguien. El cassette llegaba envuelto en papel madera con la fecha escrita a birome.

    Y el Indio nunca los protegió de eso con eufemismos. No les dio sermones: les dio un mito que transformaba el desecho en belleza. Los nombró. Cantó al pibe de los astilleros que nunca se rendía, a la pequeña novia del carioca, al bombero que se borraba en la niebla. «Violencia es mentir», gritaban miles de gargantas apretadas bajo el cielo de Olavarría, mientras los cuerpos chocaban con la violencia hermosa de los que se salvan juntos en la cornisa. Metió la muerte adentro de sus canciones, la procesó, la volvió épica colectiva. Le dio un estandarte al dolor para que no fuera solo sordidez de crónica policial de la mañana.

    El río y las calles

    El 4 de agosto de 2001, en el Estadio Chateau Carreras de Córdoba, ante 45.000 personas, Los Redondos dieron su último concierto sin que nadie lo supiera. El 2 de noviembre, en un comunicado escueto de dos párrafos en internet, anunciaron la separación. Veinticinco años de autogestión, disueltos en el frío del ciberespacio. Cuarenta y siete días después, el 19 y 20 de diciembre de 2001, el país estalló en mil pedazos. El show en Santa Fe que tenían prometido para diciembre nunca ocurrió. Algo de lo que Los Redondos habían hecho durante una década era darle a ese río subterráneo un cauce ritual. Ese cauce desapareció, paradójicamente o no, cuando otras organizaciones poblaron las calles: los piquetes, las asambleas barriales, el cacerolazo. El subsuelo, de alguna manera, había aprendido a moverse solo.

    «Gracias a esos hombros que me cargaron en tantos pogos», escribió mi sobrina Malena sobre una foto de su papá mientras caminaban bajo la lluvia en Avellaneda. Me trajo el eco de una imagen de mi hija sobre mis hombros la noche del Bicentenario, cuando sentí ese peso y pensé: alguna vez va a acordarse de esta noche, y qué felices éramos. Los hombros son el talismán que nos sostiene de generación en generación y nos va transmitiendo aquello que, está escrito, no podemos olvidar.

    Los Redondos elegían exactamente lo contrario de todo lo que el mercado ofrecía. No pisaron un set de televisión. No publicaron las fechas ni los lugares de sus shows. Editaron todos sus discos de manera independiente. Construyeron su masividad desde la más estricta clandestinidad.

    La alegría de aquella noche del Bicentenario iba a ser llanto colectivo solo algunos meses después. El 27 de octubre murió Néstor Kirchner y la Plaza de Mayo fue en minutos una marea de jóvenes que llegaron sin ser convocados, llevados por la desesperación de encontrar un lugar donde llorar juntos. El Indio Solari los vio por televisión desde su casa en Parque Leloir y llamó a Aníbal Fernández para decirle algo que no era un elogio político sino un reconocimiento casi antropológico: «Vi una magnitud de jóvenes involucrados que me conmovió.» Esos jóvenes habían aprendido a estar juntos en algún lugar antes de aprender a militar. Muchos de ellos, o sus hermanos mayores, o sus padres, habían hecho el viaje a Olavarría o a Mar del Plata o a Córdoba. Habían dormido en una plaza de pueblo con desconocidos. Habían cantado «Violencia es mentir» a las tres de la madrugada en el barro.

    El Gatica

    El azar, que ya se ha dicho que es el seudónimo de dios cuando quiere firmar, llevó a que el Indio fuera velado en el estadio que lleva el nombre del Mono Gatica, el boxeador de los descamisados al que la Revolución Libertadora de 1955 le quitó la licencia de pelear por el único delito de ser peronista, y que terminó vendiendo muñequitos de plástico y viviendo en una villa a pocas cuadras. Qué pena que ya no esté Leonardo Favio para la secuela.

    La fila llegó a ocho kilómetros. Lo que los altoparlantes anunciaron pasadas las siete como un millón de personas bajo un cielo plomizo recorrió el mismo camino que había recorrido treinta años antes para llegar a alguna misa: desde Jujuy en colectivo de noche, desde el fondo del conurbano caminando bajo la llovizna, desde pueblos del interior donde no había más que el recuerdo de haber hecho ese viaje alguna vez. Vinieron los que lo habían visto en Obras en los ochenta, canosos y con la mirada gastada, y pibes de veinte años que lo habían descubierto en el teléfono celular de sus padres. Vinieron familias enteras, jubilados con la remera descolorida de Huracán del 94. Vinieron los que lloraban solos contra una reja y los que se abrazaban con desconocidos durante horas en la lentitud de la fila, compartiendo un trago de vino de cartón para engañar al frío. A la policía casi no se la vio; nadie la necesitó porque la comunidad del aguante se cuida sola. Esta vez no había escenario ni música ni pogo. Pero el rito era el mismo: el cuerpo sabiendo el camino aunque la cabeza no terminara de entender.

    Hay algo que las elites nunca terminaron de entender sobre las clases populares: que no quieren lenguaje simple. Que les encanta la metáfora, el símbolo críptico, el código que hay que descifrar para entrar.

    La política de las derechas se construye sobre el olvido. La dictadura hizo propia la política de olvido del exterminio en el mismo momento en que lo estaba llevando adelante. El menemismo montó una fenomenal operación de olvido no solo de los horrores de la dictadura sino también de la memoria de lucha por los derechos que se transmite de generación en generación. La nueva derecha que gobierna la Argentina desde 2023 opera sobre el mismo principio pero en su versión más radicalizada: ya no borra episodios; borra la historia misma. Actúa a través de las pantallas como si la Argentina no tuviera pasado que procesar, ni memoria que transmitir, ni identidad colectiva que defender. Como si todo empezara de cero, cada mañana, en el presente efímero y cruel del mercado libre.

    Y la procesión de pelo blanco y caras arrugadas dice también algo que las elites prefieren no escuchar: que las operaciones de olvido fracasaron. Las generaciones se entrelazaron, transmitiendo identidad y lucha de cuerpo a cuerpo, de cassette en cassette, de padre a hijo en el teléfono celular.

    Ese funeral no pertenece a la historia del rock. Pertenece a una tradición argentina más larga, trágica y profunda. Es el hilo invisible que une el velatorio de Evita en 1952, con las flores populares tapando las veredas bajo la lluvia, el de Perón en 1974, y el desborde indomable de Maradona en la Casa Rosada en 2020. Se inscribe también en la serie devota de Gilda y Rodrigo: santos paganos de las clases populares cuyo dolor multitudinario traccionó la misma fibra de la Argentina que se sabe fuera del radar de la cultura oficial. No era duelo por un artista. Era la Argentina de abajo mirándose al espejo y diciéndose a sí misma que todavía existía.

    El subsuelo encendido

    Hay una Argentina subterránea que hoy vuelve a estar en la intemperie absoluta, no vista por nadie. Que no está representada por ningún partido político con personería jurídica ni por ningún movimiento social de los que hoy tienen oficinas y negocian contratos estatales. Una Argentina que no tiene solo pobreza sino también una profunda tristeza, esa melancolía húmeda que lleva la certeza de que el futuro ha sido cancelado. 

    El funeral en el Gatica explotó con esa urgencia desesperada porque el subsuelo no fue solo a despedir a un músico; fue a refugiarse en el último territorio donde supieron ser un colectivo invencible frente a la intemperie del presente. Esa Argentina subterránea lleva décadas emergiendo en forma de río cada tanto. El río va por debajo, silencioso, y brota cuando algo sagrado lo convoca. Lo escribió Leopoldo Marechal hace casi un siglo, pero sigue siendo hoy que cuando los ríos subterráneos brotan el establishment de la política, la economía y el periodismo lo vive como un tsunami irreconocible. Tanto tiempo sucediendo y aún nadie logra anticiparlo.

    La pregunta que me queda —la única que creo urgente en este momento de plataformas e individualismo— es quién está mirando ese subsuelo ahora. Quién está parado en el margen del sistema de visibilidad contemporáneo, del algoritmo de TikTok, del ciclo infinito de las redes, y desde ahí abajo puede ver lo que el sistema necesita ocultar. Quién está mirando al nuevo subsuelo con la misma honestidad sin anestesia con que el Indio miraba el suyo.

    No lo sé. Y esa ignorancia me parece el problema político más serio del presente argentino.

    Terminó el funeral, sigue la lluvia. El amplificador sigue encendido en la casa de Parque Leloir, acoplando en el silencio de la tarde. 

    Otro de mis sobrinos, Valentín, escribió esto tan bonito que no sé tiene respuesta a mis preguntas, pero tal vez sí a las de miles. Su papá, ricotero, murió hace algunos años. “Durante estos años, tuve la incesante lucha de volver a mi papá. De alguna forma lo buscaba incansablemente en recuerdos, en palabras y en lugares. En anécdotas de otro, en preguntas, en silencios. Me sentí mucho tiempo en falta con él, conmigo, y con lo que me quedó de su figura. Este 8 de junio lo encontré. Encontré el polvo y el olor a carbón. Encontré la remera agujereada y la boina verde. Encontré el dolor de su partida. Encontré el amor de su ausencia. Encontré el asado ricotero. Y por fin encontré lo que mi papá me había dejado: el espíritu de Patricio Rey”.

    Gracias, Indio.

    La entrada Los ríos subterráneos se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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  • El aumento de los fertilizantes por la guerra golpea al campo y proyectan medio millón de hectáreas menos de trigo

     

     El impacto de la guerra en Medio Oriente empezó a impactar en la actividad agrícola a nivel mundial por la disparada internacional de los fertilizantes, en especial de la urea, como anticipó LPO. En Argentina, obligará a recortar en 500 mil hectáreas la próxima campaña de trigo y amenaza con una fuerte caída en los rindes, según alertó la Bolsa de Comercio de Rosario.

    El informe de la entidad sostiene que, pese a que la Argentina atraviesa uno de los mejores escenarios hídricos de la última década para arrancar la siembra, los costos impactan en la producción: «Las reservas hídricas con las que arranca el ciclo es la gran carta a favor del trigo, pero tiene un enorme adversario: el precio actual de los fertilizantes nitrogenados», advirtió la BCR en un informe.

    [La guerra dispara los costos del campo y de la industria y presiona los objetivos inflacionarios de Caputo]

    La urea ya cotiza cerca de los mil dólares por tonelada, niveles similares a los alcanzados en 2022 tras el estallido de la guerra entre Rusia y Ucrania. Pero ahora el problema es doble: el trigo vale mucho menos que en aquel momento y los productores ya no cuentan con el colchón financiero que tenían hace cuatro años.

    Por eso, la Bolsa proyecta una caída interanual del 7% en la superficie sembrada, unas 500 mil hectáreas menos que la campaña pasada, luego de dos ciclos récord para el cereal.

    Mesa de Enlace

    La situación pega especialmente en la región núcleo y el centro del país, donde el trigo depende de altos niveles de fertilización para sostener rindes elevados. Allí se esperan recortes importantes de área sembrada y una fuerte reducción en la aplicación de tecnología que impactan en la calidad de la producción.

    En la región núcleo, por ejemplo, la caída proyectada es del 17%, equivalente a unas 300 mil hectáreas menos en Entre Ríos, Córdoba, Buenos Aires y La Pampa. En el sudeste bonaerense, uno de los grandes bastiones trigueros del país, estiman bajas cercanas al 20%.

     En la región núcleo, por ejemplo, la caída proyectada es del 17%, equivalente a unas 300 mil hectáreas menos en Entre Ríos, Córdoba, Buenos Aires y La Pampa. En el sudeste bonaerense, uno de los grandes bastiones trigueros del país, estiman bajas cercanas al 20%. 

    La Bolsa advierte además que el ajuste no será solo en superficie sembrada sino también en productividad. Por el menor uso de fertilizantes, el rinde promedio nacional caería y la cosecha se ubicaría entre 18 y 19 millones de toneladas, más de 10 millones por debajo de la campaña récord anterior.

    En ese contexto, fuentes de Federación Agraria dijeron a LPO que en el sector circulan versiones sobre posibles beneficios fiscales para la importación de urea y fertilizantes, aunque por ahora no hubo anuncios oficiales del gobierno nacional.

    «Si existiera algún beneficio debería ser sustancioso para tentar a muchos productores que ya desestimaron la siembra fina, pero además tendría que garantizar disponibilidad del producto», señalaron desde la entidad. En el sector advierten que el problema no solamente es por el precio sino también el abastecimiento ante la incertidumbre internacional.

     Si existiera algún beneficio debería ser sustancioso para tentar a muchos productores que ya desestimaron la siembra fina, pero además tendría que garantizar disponibilidad del producto 

    En Federación Agraria agregaron que el agro necesita además otras señales económicas para recuperar inversión. «No alcanza solamente con aliviar el costo de los fertilizantes. El sector de granos y oleaginosas necesita que siga la baja de retenciones, una reforma impositiva y acompañamiento crediticio para sostener la inversión», afirmaron.

    Mientras tanto, en Europa los gobiernos ya empezaron a intervenir para evitar una rebelión de productores agropecuarios por el aumento de costos. El presidente español Pedro Sánchez anunció un paquete de 80 medidas que movilizará 5 mil millones de euros para amortiguar el impacto de la guerra sobre el aparato productivo.

    «Situaciones extraordinarias exigen medidas extraordinarias», afirmó Sánchez al presentar el programa y agregó que «las guerras cuestan vidas, cuestan refugiados y además, en estos primeros meses, a los españoles nos va a costar 5 mil millones que podríamos destinar a becas o sanidad, pero vamos a tener que proteger a nuestro tejido productivo, el campo, la industria y las pequeñas y medianas empresas».

    La preocupación de los gobiernos europeos se disparó este martes por las primeras protestas de ruralistas frente al Parlamento Europeo en Estrasburgo, Francia que se replicó en distintos países en protesta a la escalada de los costos que acelere la tensión inflacionaria.

    Los gobiernos buscan evitar una escalada del conflicto con un sector que no se anda con chiquitas a la hora de hacerse oír. En los últimos años, las protestas de productores se multiplicaron en Francia, Alemania, Bélgica y España con cortes de rutas, bloqueos a puertos y tractorazos contra las políticas ambientales de Bruselas y el aumento de costos productivos.

    La relación de los productores con la Unión Europea viene tensionada por el acuerdo con el Mercosur. Los agricultores aseguran que el tratado comercial los va a perjudicar por el ingreso de alimentos sudamericanos de menor costos y exigencias regulatorias.

    Ahora, el panorama se complica por la suba de insumos y en consecuencia, los gobiernos europeos buscan contener al campo para evitar que la crisis termine de quebrar el vínculo político. En definitiva, un triunfo de los sectores más proteccionistas que se vienen imponiendo en la discusión pública.

     

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