UNA FOCA LLAMADA LUDSA

Hay un mar por donde la foca Ludsa despliega sus habilidades acuáticas. Un mar hermoso por momentos, que se agita entre la playa del bienestar y un horizonte de calma; un mar que no ofrece garantías, caprichoso en sus oscuras profundidades, plagado de misterios en donde la espuma muestra sus burbujeantes dientes de sal.

Ludsa espera la llegada del pez para poder continuar, un pez devaluado por una cresciente contaminación de un verde cada vez más azul.

La propuesta fue echada sin tapujos, acuario o libertad. ¿Qué quieres foca? Preguntó el hombre.

Ludsa pensó y vio el peligro de una orca, un safiro, un remolino de petróleo y un anatema.

Tenía que elegir: domesticación y pan asegurado, o incertidumbre y alarma constante. Se sentó sobre una roca para tomarse tiempo. ¿Porqué elegir? ¿Porqué reclamarle al mar lo que el mar me ha dado y me ha quitado? ¿Porqué entregarse a otro mar, el de los datos en donde el precipicio de una nostalgia me haría caer en el abismo de un me gusta?

Devaneos interrogativos que Ludsa se planteaba mientras otras focas ya habían elegido al acuario.

Ludsa sabía que una sardina del acuario podía ser tan sabrosa como esa que ella había atrapado en la eficaz persecución de un mar a veces dadivoso, a veces mezquino.

El gremio de las focas la impulsaba al acuario, a defenderla tenazmente para que no se muriera de hambre, aunque tenga que hacer tres mil piruetas por día para satisfacer a un público en búsqueda de alegres emociones.

Trabajar y trabajar hasta pedecer, y transformarse en el ícono heróico de todas las focas que se atrevieron a estar en el acuario.

Ludsa seguía sentada sobre la misma roca, y una disyuntiva entre las ciencias naturales y las ciencias sociales la perturbaba. Enroscada en divagaciones, llegó al punto de preguntarse, ¿entendimiento o comprensión? Un vacío de sentido movilizó a su cuerpo, y la hizo sambullirse en acuosas respuestas…

Por un instante, el aullido de un lobo marino la sacudió, y la devolvió a la realidad material, o lo que un pulpo llamado Han calificó como la dictadura del capital. O sea, si iba al acuario tenía que pagar el precio por un rendimiento cada vez más exigente a las pretensiones del domador de focas, o incluso, a la que ella misma se impusiera…

Nadie queda excento del rumor que las olas de un incierto mercado irrumpe sobre la inocente cara de cualquier foca.

De repente, una imagen se le aparece, ella dando una vuelta mortal mientras el público aplaude, y un barbijo desilachado esconde una tímida sonrisa.

¿Te vas a demorar mucho? Pregunta el hombre mientras relojea a otras focas. Ella lo mira con desconfianza como detectando una impaciencia que crece sigilosamente…

¿Sabés qué? Me voy a quedar acá, porque aunque no lo creas, los acuarios son como esa jaula donde los pájaros apenas pueden nadar, y en donde las focas ya no pueden volar…

Portara: Liz Sexton

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