En vísperas del día de los enamorados me pareció interesante plantearles esta interrogante y desmenuzar: ¿qué hemos aprendido hasta ahora con respecto al amor vincular de pareja?
Hemos visto a nuestros padres, si es que permanecieron juntos en algún momento consciente, vincularse como pareja. Pero la cultura nos ha seteado, incluso, en cómo debería ser o cómo deberíamos comportarnos cuando estamos vinculados románticamente con otro. Como si hubiera un único modo de hacerlo. Ahora bien, ¿Qué nos ha trasmitido la cultura?: Disney es el ejemplo mas notorio. Desde niños hemos visto películas donde se visibiliza que el amor romántico se expresa entre hombre y mujer, donde la mujer hace un papel de princesa invalida, incomprendida, en problemas, incapaz por sus propios medios de salir de la situación angustiante en la que está o en el peligro en el que pudiera encontrarse. Y el hombre hace el papel de “príncipe azul” que con su audacia, fuerza y valentía rescata a la princesa para luego enamorarse, casarse y vivir su “felices por siempre”.
Ya en éstas demostraciones de cuentos llevados al cine se dejaba ver cómo había una diferencia de poderes: Cómo el hombre todo lo podía y la mujer solo debía esperar a ser rescatada. Y no todo se trata de la fuerza física, porque si bien es cierto que al poseer mas testosterona y otra forma corporal pueden ejercer un poco mas de fuerza que la mujer( en su generalidad) ; estoy segura que a Cenicienta no le faltaba fuerza para revelarse contra su malvada madrastra, y a Rapunzel tampoco le hacia falta fuerza bruta para salirse de la torre teniendo una ventana y una enorme cabellera.
Este estilo de amor deja ver los velos patriarcales que, inconscientemente, nos indujeron. Y ya sabemos que vinimos de ese contexto histórico, en donde en un matrimonio convencional el hombre salía a trabajar y la mujer debía quedarse en la casa criando a los hijos y ocupándose de los quehaceres diarios, trabajo no remunerado, por ende, no valorizado como tal. Siendo que la mujer no tenía periodos de descanso. Los hijos y la casa demandan todo el tiempo.
Esta diferencia de poderes muestra como el amor se paternaliza. ¿Qué significa eso? Que no hay un “igual e igual” entre la pareja, si no que uno se siente con menos capacidades que el otro (como un niño), y el otro debiera hacerse cargo de rescatarlo (como un padre). Parece morboso pensar un amor romántico entre un padre/madre y un hijo/a, pero asimismo no es nada nuevo, es lo mismo que plantea Freud y Jung con el complejo de Edipo y el complejo de Electra. Luego, cuando nos vinculamos en una relación de pareja, sostenemos el amor vivencial que traíamos de nuestros padres, y esperamos ver en el otro, sin darnos cuenta, esa madre o ese padre. Esto es tanto así, que hasta terminamos reclamándole cosas que le correspondería a nuestros progenitores, no a una pareja.
Hoy día si bien se hablan de los diferentes tipos de amor que pueden existir (Heterosexual, Homosexual, Poligamos ,Monogamos,etc), todavía se sigue escuchando en nuestra cultura canciones que se cuelan por nuestro inconsciente haciendo uso de un amor parental, como es el caso de Camilo cuando dice “bebé” haciendo referencia a un amor de pareja, o el Caso de Yami Safdie en su nueva canción “de nada” habla de que “educo muy bien” a alguien que habría sido su pareja. Y ejemplos así hay muchísimos, como en las diferentes canciones de reguetón o trap donde usan el “papi” o el “mami”.
Entonces, ¿Qué le correponde a una pareja? ¿Cómo se puede vivir un amor vincular de igual a igual?:
Una pareja son dos personas (o las que quieran formar parte de un vinculo romántico) sin distinción de sexo, en donde los dos tienen igual empoderamiento. Ninguno esta por encima del otro. Para eso tenemos que ver al otro como una persona capaz de autogestionarse. Es increíble pero muchas veces caemos en el hábito vicioso de autogestionarle. Y nosotros, que formamos parte del vínculo, también somos igualmente capaz de autogestionarnos, sin expectativas de que el otro haga lo que yo puedo hacer. Sin dependencia. Es lindo cuidar del otro, o que nos cuiden, siempre y cuando sea desde un lugar de adultos responsables y no de niños inválidos. Por ejemplo: sería ideal que en una pareja decidan cuidarse teniendo una “palabra clave” para cuando no están disponibles para discutir algún tema y evitar que la situación escale a mayores. Pero en el caso de que uno de los dos le diga al otro, “abrígate que hace frío” (modo imperativo) una y otra vez, ya estamos paternando/maternando. El otro es lo suficientemente adulto para saberlo y si no lo sabe lo irá aprendiendo, pero no es nuestro deber enseñarle. Para eso han estado, o no, sus padres. No es algo que como pareja nos compete. Solo como pareja podemos acompañar, Y en algunos casos dar una opinión si ésta es solicitada. Pero para nada podemos enojarnos porque el otro haga exactamente lo contrario a lo que opino. Si lo que hace mi respectiva pareja me enoja, o no sigue ciertos parámetros que yo creo necesitar, entonces debiera uno replantearse su continuidad en ese vinculo, no así, quedarse para reprochar, enojarse y ejercer violencia (sea verbal o física), porque solo con eso sigo alimentando la lucha de poderes. No el libre albedrío.
Una pareja que decide conjuntamente tener un vinculo sano, sin exceso de dependencia, no pretende el “felices por siempre”, pues no hay manera de saber qué puede pasar en un futuro, y sólo al decir esa frase nos condenamos a tener que, irremediablemente, estar de por vida en ese vínculo a pesar de todo. Y esto es tremendamente peligroso para manifestar nuestra felicidad, ya que hay muchísimas variables que la vida nos va presentando en el camino, tanto de uno como del otro: los cambios y evolución que cada uno va viviendo por su cuenta, los deseos propios que pueden irse modificando a medida que los cambios se van haciendo parte, los intereses personales también se van adaptando a diferentes tiempos, las metas y objetivos personales de cada uno en cada momento determinado, los valores que nos unen o desunen y los que voy aprendiendo y dándole lugar, etc.
Una pareja que se aman de forma responsable y realista cree en “hoy nos elegimos y acompañamos” y entiende que si algún día alguno o los dos decidieran no continuar con el vínculo es parte del proceso y el camino dentro de las diferentes cosas que la vida nos trae. Pero que siempre es en pos del bienestar de los dos.
Estaría bueno que romanticemos a la pareja como una unión de personas que se desean y anhelan lo mejores deseos, entendiendo que cada uno lleva un proceso propio a un tiempo propio, que ninguno puede entrometerse ni controlar.
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Sobre las últimas horas del miércoles, la difusión de un padrón de afiliados con 15.097 páginas de nombres listados empezó a girar en las redes sociales y agitó el grupo de WhatsApp de quienes integran la Junta Electoral. Apenas unas horas antes habían tenido una reunión formal por Zoom donde surgieron chispazos por los afiliados de La Matanza.
Cuando periodistas de La Plata dejaron trascender el padrón en las redes, los integrantes de la Junta que responden a Máximo Kirchner lo sintieron como una provocación por parte del Movimiento Derecho al Futuro (MDF), la línea interna de Axel Kicillof en el peronismo.
Facundo Tignanelli, Leo Nardini, Marina Moretti, Adrián Santarelli, Juan Pablo De Jesús, Rosana Sotelo y Carolina Correge increparon a sus pares axelistas. Sintieron la maniobra como una operación para llevar la interna al límite, tal como sucedió con el operativo para afiliar que lanzaron en Lanús. Por la tarde de este jueves, la Junta electoral realizó un presentación en la Justicia desconociendo formalmente tanto el padrón como un link falso que circula desde anoche.
Como sea, este jueves voceros de La Cámpora salieron a negar la veracidad de ese padrón dejando muy en claro que es apócrifo. «No sabemos de dónde salió ese padrón», dicen desde la agrupación. Según el cronograma que se consensuó para regularizar autoridades, el partido tiene una ventana de seis días que arrancó este jueves para exhibir los padrones.
En la última reunión del Consejo que se realizó en Malvinas Argentinas todas las partes acordaron incorporar fichas de afiliados, pero se fijó un tope del 5%. Para que no haya desequilibrios entre los distintos puntos de la provincia, se estableció que sea el 5% del padrón de afiliados de cada uno de los distritos de la provincia.
El problema fue que La Cámpora detectó que en La Matanza había 46 afiliados más de lo que corresponde y eso disparó la bronca entre la agrupación de Máximo y Verónica Magario. Ese tema generó malestar durante la reunión virtual de anoche y reavivó tensiones con la vicegobernadora.
Magario aparece como la principal candidata de Kicillof para presidir el partido. La presidenta del Senado se mantiene hiper activa. Acompaña a Kicillof en cada reunión política y de gestión en la Costa bonaerense y recibe en La Plata a referentes del peronismo.
Ya en noviembre empezó a buscar consensos para quedarse con el PJ bonaerense. Por entonces visitó a Mario Ishii en José C. Paz y le aseguró que ella lo apoyaría para quedarse con la vicepresidencia del Senado. Es jugada de Magario es cuanto menos arriesgada, toda vez que Kicillof no quiere saber nada con que Ishii ocupe ese cargo y apuesta a una senadora propia: la bahiense Ayelén Durán.
Mario Ishii y Verónica Magario.
Fuentes del peronismo dicen que Magario nunca operará en contra de los intendentes, en especial los del conurbano. Los considera como los principales cimientos del peronismo en la provincia.
Ese cargo -al igual que la jefatura del bloque peronista en el Senado- se discutirá en un paquete con las autoridades del PJ bonaerense. Todo indica que Kicillof se quedará con el control del partido, pero terminará cediendo esos dos cargos para el kirchnerismo. Si eso se confirma, Ishii quedará tercero en la línea de sucesión del gobierno y Sergio Berni presidirá el bloque en la Cámara Alta.
Teresa García y Emmanuel Santalla.
El padrón pasa a ser clave en caso de que el peronismo no pueda esquivar la interna, algo que por el momento la gran mayoría coinciden en que no va a suceder. Todos apuestan por la unidad, en realidad una salida forzosa ante el costo político que puede significar para el peronismo una interna deslucida. En La Cámpora saben además que perder el partido frente a Kicillof en una interna significará un durísimo golpe para Cristina Kirchner y la agrupación de Máximo.
Otro candidato que suena en las conversaciones es Julio Alak. El intendente de La Plata tiene aspiración de llegar al PJ bonaerense como primera escala para pelear luego por la sucesión de Kicillof.
Sin embargo, aparece un dato concreto: mientras Magario se encuentra hiper activa en la carrera por el partido, Alak se tomó un descanso de 11 días y volverá este viernes a la actividad pública.
Con todo, tanto Magario como Alak son dos dirigentes que mantienen los puentes abiertos con Cristina Kirchner. Independientemente del orden, ambos pueden quedar al frente de una lista de consenso.
Tum, tum, tum. ¡Ya llega el murgóóóón / que de Boedo es! Tum, tum, tum. ¡Así trae el fervoooor que ya sabés! Tum, tum, tum. ¡Se vienen a luciiiir los murgueros acá! ¡Alentándote a voooos, mirá el murgón! ¡Muy buenas noches! Ya está desfilando el centro murga Ilusiones de una noche, del barrio de Boedo. Rojo, negro, blanco y turquesa son los colores que llevamos en el corazón. ¡Fuerte el aplauso para ellos!
Las mascotas adelante, las fantasías detrás, murgueras y murgueros tiran los pasos prohibidos, las patadas en el aire, el cuerpo que parece caer pero se levanta, rebota, brilla. Tum, tum, tum. ¡Boedo! Los bombos y redoblantes completan el ingreso de este centenar de personas —esta familia— que lleva casi todo un año ensayando, igual que tantas otras, en una plaza de Buenos Aires.
“Suenen bombos y platillos Hagan el barrio vibrar Canten todos con más fuerza Ya comienza el carnaval”
El cielo encapotado de un septiembre que no entibia. Algunos pocos vecinos alrededor del anfiteatro. Parece mentira la promesa de un verano y de su fiesta en la calle. Y aunque todavía son pocos, ahí están: no más de quince chicas y chicos que bailan al compás de la percusión. Recuerdo haber estado alguna vez en un corso cuando era chico, en los ya lejanos años ochenta. Es una imagen borrosa y triste, como casi todo en la infancia. La murga me empezó a gustar de grande. Escucho la percusión y enseguida sigo el ritmo. Los veo bailar y sonrío; me encantaría moverme así, pero por el momento agradezco tener algo que me alegre. Por eso no entiendo que tanta gente no lo disfrute. Algunos hasta parece que la odiaran. Yo me mudé hace poco al barrio y uno de los motivos fue su identidad. Así que apenas escuché los bombos corrí a la plaza. Pregunté quién era el responsable de Ilusiones de una noche. Quería saber cómo es una murga más allá de los prejuicios que circulan en medios y en redes sociales, de la queja de los vecinos “por el ruido” y de las denuncias de violencia y aprovechamiento político. Qué tipo de gente la habita. Por qué nos gusta tanto a muchos y a otros les molesta tanto.
“Siempre fui murguero de un barrio de tango y entre conventillos aprendí a bailar”
Gastón “el Tonga” Vassallo tiene cuarenta y un años y es el director general de la asociación civil Ilusiones de una noche, que ya supera las dos décadas de vida. “Vomitar arte”, dice sentado en lo alto del anfiteatro de la plaza Mariano Boedo, atento a cada detalle, y aclara que usa esa palabra por la “virulencia” de haber transitado la juventud en los noventa. Me cuenta que estaba vivo cuando mataron a Walter Bulacio y recuerda cuando lo agarraron entre cuatro policías y le pegaron. “Esto es una expresión artística, pero es también una revancha de lo que nos pasa como pueblo”. Mientras a nuestro alrededor los murgueros y las murgueras se bambolean con sus pasos, es fácil imaginar la bronca contenida que hubo detrás de esa alegría.
En los orígenes de la murga porteña, igual que en los del tango, están los esclavos negros. Los arrancaban de países distintos, de tribus distintas, de idiomas que no servían para hablar entre ellos. El baile era su manera de comunicarse. En cuanto podían liberarse del trabajo de sol a sol, invertían roles: se ponían al revés los trajes de los patrones, ubicaban galera y bastón y bailaban para burlarse del amo. “Y todavía hay gente que hoy, en 2026, nos dice negros de mierda”, reflexiona el Tonga, que además de director de una murga está camino a recibirse de licenciado en Higiene y Seguridad en el Trabajo. Lo cierto es que en Boedo la convivencia es bastante pacífica, aunque más de una vez algunos vecinos hicieron denuncias por ruidos molestos. Los patrulleros llegan, pero no tardan en irse al comprobar que todo está en regla. En otros barrios, sí: hace poco hubo un enfrentamiento con una murga de San Cristóbal. Acusaciones cruzadas, insultos, golpes. Alguna vez, también, volaron huevos desde los balcones.
“La calle empedrada y el ritmo de un bombo que con su platillo me puso a soñar”
“Antes se llamaba murga al grupo de chicos de un barrio que salíamos disfrazados por las calles a ganarnos el mango —explica Enrique ‘Marciano’ Ausmeque, que a sus casi ochenta años ostenta el diploma de ser uno de los dos sobrevivientes de los fundadores de Los Cometas de Boedo, nacida en 1959—. El bombo lo hacíamos con una lata de galletitas Canale y los platillos, con dos tapas de cacerolas —cuenta, sentado en el living de su casa, este hijo de carpintero que trabajó toda su vida arreglando persianas—. Salíamos a las tres de la tarde por los bares del barrio. Los muchachos nos llamaban a las mesas para que nos acercáramos a cantarles canciones picantes. Después nos íbamos al subte, vagón por vagón, pasando la gorra. De a poco fuimos creciendo hasta que nos invitaron a participar de los corsos”. Entre los años cincuenta y sesenta, los carnavales en la ciudad eran multitudinarios, el público se disfrazaba, las murgas eran larguísimas. “En el mejor momento llegamos a ser más de trescientas personas —recuerda Marciano, sin pena y con nostalgia—. En el público eran miles, los corsos ocupaban diez cuadras. Pero cuando llegaron los militares cambió todo”.
“Yo llevo murga en el alma la rebeldía también si canto con entusiasmo los corsos saben por qué”
“Existe ese prejuicio de que el murguero es un negro cabeza que no estudia ni trabaja —dice Stella ‘la Peque’ Cabañas, de veintiocho años y una personalidad fuerte que asoma enseguida—, pero hay gente con título, gente sin trabajo, gente que gana fortunas y otros que no tienen para comer. Las puertas están abiertas. Lo que buscamos es que sea un círculo de contención”. La Peque es directora de percusión y directora general junto con el Tonga. Además, enfermera y empleada de un call center. Entró porque le insistieron las amigas. Primero, por edad, fue premurguera. Después se enganchó con la percusión. Algo poco usual: por lo general, los percusionistas son hombres. “Como directora, me fijo que todos tengan su bombo, que puedan tocar, que aprendan su ritmo —dice en su casa, rodeada de apliques con los que decorará su vestuario y el de sus compañeros—. Pero además acompaño, escucho, sé qué les pasa a los demás. Si alguien no aparece por mucho tiempo, se lo busca. Si hay un problema entre dos integrantes, se intercede. Sería algo así como la tía copada”.
“Señores, hoy criticamos con toda sinceridad por eso quieren prohibirnos nuestras calles y carnaval”
El tiempo pasa rápido entre un domingo de ensayo y el siguiente. El clima más benévolo de octubre invita a sumarse, pero para noviembre la murga ya es casi el doble de grande. Esta plaza —que supo ser una antigua estación de tranvías y fue espacio verde gracias a la lucha de los vecinos— y tantas otras en la ciudad empiezan a llenarse. Yo bajo con mi mate. Es la primera vez que vivo en un barrio con una historia tan rica —el tango, la literatura, el arte pintado en las calles— y pienso disfrutarlo. Hay otras siete murgas en Boedo, pero esta es la nuestra. Mamás y papás de las “mascotas” —los chicos entre cinco y doce años— hacen lo mismo que yo mientras sus hijos se divierten tirando pasos.
Nuevos integrantes de la familia hacen su entrada: Pablo Tozzo, que se ocupa de escribir las canciones que acompañan esta crónica. Tiene sesenta años, trabaja como chofer y se enamoró de la murga a los nueve, cuando bailaba en Los Viciosos de Villa Martelli. Hablamos por videollamada después de un ensayo. “Cuando volvió la democracia —dice Pablo, que además hizo cursos de quiropraxia y es el encargado de acomodar los huesos de sus compañeros—, cortábamos la calle por nuestra cuenta y salíamos, pero teníamos que correr cada vez que venía la policía”. Le pregunto por qué hay tanta resistencia en algunos sectores. “Lo que molesta es que el pueblo tenga algo de donde servirse sin tener que poner un peso”, responde con seguridad, aunque agrega que también hay cuestiones políticas en el medio.
“Señores, los jubilados seremos todos un día hoy te vetan un aumento y mañana la comida”
La entrada de la murga al corso se divide en partes: saludo, presentación, despedida. La más esperada es la crítica, el momento en que el pueblo canta contra el poder. Una forma colorida de reclamar y rebelarse. Sin embargo, los límites existen. “Si le llego a sentir olor a porro a alguno, lo bajo en cualquier lado”, asegura Marciano, con una convicción que inspira respeto. Dice que mucha gente cree que los murgueros son todos “negros borrachos”, pero que en carnaval compra mil trescientos litros de agua mineral para llevar en los micros. “Entonces, ¿qué hago? —pregunta y se responde él mismo—: dejo salir la murga y a mitad de camino me subo al primer micro. Me voy al tambor donde está el agua, a ver si no le echaron otra cosa. Si está todo bien, bajo en el siguiente semáforo y me subo al otro micro. Hay chicos en la murga. Están mis nietos. No voy a permitir desde ningún punto de vista que pasen esas cosas”.
“Siempre fui murguero de un barrio de tango y entre conventillos aprendí a bailar”
La familia es clave en este mundo de bailes alborotados y golpes de bombo. Ezequiel Cuomo es hincha de San Lorenzo (por eso prefiero hablar con él) y tiene diecinueve años. Toca el bombo, pero además es guitarrista de una banda que mezcla el heavy metal con el thrash. Su madre, sus dos tías y su abuela también fueron murgueras. La abuela le enseñó a coser su propio traje. Ezequiel también arregla sombreros funyi para otros murgueros. “Para entender a un murguero tenés que ser amigo o familiar de un amigo —dice sentado bajo un jacarandá—. Si tuviste un mal día y no encontrás una salida, venís acá y estás en familia. Eso no quiere decir que no giren cosas, pero la mayoría de las veces son cosas lindas”.
“Yo no entiendo a la gente —nos interrumpe una señora que nos escuchó hablar, debe andar por los setenta años, vive ‘justo enfrente de la plaza’ y lleva un caniche toy a cuestas—. Acá tienen un espectáculo gratis, una actividad para que los chicos hagan sin estar pegados al celular. Es ideal para toda la familia, pero en lugar de disfrutarlo, se quejan del ruido”. Se sorprende, y a mí me pone contento saber que tengo una vecina que piensa igual que yo.
“La calle empedrada y el ritmo de un bombo que con su platillo me puso a soñar”
Solo diez de aquellas primeras murgas porteñas sobrevivieron a la dictadura. La perseverancia de muchos vecinos y vecinas de la gran familia murguera mantuvo este pedazo de identidad de Buenos Aires de pie. En 1997, la Legislatura declaró al carnaval porteño Patrimonio Cultural de la Ciudad. En 2011 se restituyeron los feriados que habían sacado los militares. Hoy, más de cien de estos centros y agrupaciones participan de las actividades que organiza el gobierno de la ciudad. También hay una buena cantidad que funcionan por fuera del circuito oficial. ¿Y hay plata oficial?, le pregunto al Tonga, porque es lo que escuché que se hablaba en televisión por estos días, por el enfrentamiento entre una murga de San Cristóbal con un grupo de vecinos. “Hacer una salida cuesta alrededor de doscientos cincuenta mil pesos por micro. El presupuesto que asigna la ciudad por murga para todas sus presentaciones es de un millón ciento setenta mil pesos que recibiremos el próximo julio. O sea: como mucho, pagamos cuatro micros y lo cobramos seis meses después. Por eso la mayor parte la financiamos nosotros mismos con rifas o eventos a lo largo del año. También ponemos plata los directores”. Le pregunto si hay murgas bancadas por la política. Me dice que no es el caso de la mayoría, pero que “hay de todo, como hay de todo siempre”, y se levanta para sumarse a tocar el bombo.
“Yo soy un murguero reo Boedo es donde nacimos lugar de los carnavales bombo y platillo son mis latidos”
La de mi plaza es una murga joven, pero ya tiene su historia. Mariano “Marianito” Domínguez es uno de los fundadores. Aunque hoy es encargado de un edificio en Villa Crespo, nació y se crió en el barrio. Se acercó al mundo de la murga en un taller que daban en el colegio. Los Cometas de Boedo eran su inspiración; fue parte de La Gloriosa hasta que, junto con su hermano y un par de amigos, le dieron forma a Ilusiones de una noche. Aunque está alejado de la murga porque, dice, “para estar hay que estar”, algún que otro domingo viene a ver cómo va todo. Marianito pertenece a la misma generación que el Tonga y habla desde la madurez de haber tenido veinte años en una época difícil. “Durante mucho tiempo hubo rivalidades y peleas. Acá también se traían los problemas del fútbol. Nosotros no podíamos ir a Parque Patricios. Después nos dimos cuenta de que estábamos todos defendiendo nuestro arte, ¿cómo nos íbamos a pelear?” Le pregunto por qué cree que tanta gente siente rechazo por lo que hacen. “Hay mucha desinformación —dice sentado en un banco desde donde alcanzo a ver el balcón de mi casa—, mucho prejuicio y mucha gente que tiene dos pesos más que vos y pasa por acá y te mira de reojo. Pero todos vivimos en el mismo barrio, así que tan diferentes no debemos ser”. Y deja una frase: “El carnaval son las vacaciones de los pobres”, mientras el sol cae y los redoblantes serpentean en el aire.
“¿Cómo aguantás el ruido?”, me pregunta un vecino que me cruzo en el ascensor un domingo cualquiera. Le respondo que no me molesta, que son nada más que dos horas de ensayo por semana y que, al contrario, me gusta. El hombre, de unos sesenta años, perfume intenso y camisa abierta por el calor, me dice que él ya no sabe qué hacer, que no lo dejan dormir, que están todo el día dale que dale con el bombo. Le repito que son nada más que dos horas, de seis de la tarde a ocho, que tienen autorización de la ciudad y que el horario se respeta siempre. Le recuerdo que cuando se organizan encuentros de zumba en la plaza hacen más ruido y nadie se queja. Se baja del ascensor sin saludarme.
“Hoy me puse la levita vos me pediste que baile el corazón late fuerte y ahora no hay quien lo pare Llegamos hoy desfilando y desfilando nos vamos Que suenen fuerte los bombos y el murgón ya se está yendo”
Febrero en Buenos Aires. Mercedes Tozzo, Mechi, la hija de Pablo, revolea piernas, salta, baja la mano al suelo. “¡Boedo!”, grita con sus compañeras desde la columna de las murgueras. Tiene treinta y un años, cuatro hijos y está casada con un bombista de otra de las murgas del barrio. Llegó por herencia familiar: se emociona al acordarse cuando eran chicos y su papá los hacía saltar la valla a ella y a su hermano para que se sumaran a bailar. “La murga es mi lugar en el mundo, mi lugar de paz —dice, y los ojos se le llenan de lágrimas—. Ese sonido del bombo con platillo y redoblantes me lleva a cuando tenía cuatro o cinco años y con mi viejo jugábamos con espuma y bombuchas”. Para Mechi, “hay mucho odio y la resistencia viene por el desconocimiento de los orígenes de las murgas, nuestra historia y la posibilidad de expresar al menos un mínimo de esa sensación de sentirse libres”.
“Señora, nos retiramos y hay más cosas para contar les pido todos las griten a la hora de votar”
La primera noche de carnaval en Boedo deja atrás sus ecos de rebeldía, sus colores, su desfile de circo urbano. Al igual que otras tantas murgas, Ilusiones de una noche acaba de sacar a relucir seis meses de ensayo, pasos, golpes, patadas, letras contra los políticos que nos empobrecen. Murgueras y murgueros se suben exhaustos y satisfechos a los micros. Gastón, la Peque, Pablo, Mechi, Ezequiel y otros artistas que forman parte de la familia murguera dejarán caer ese cuerpo que tantas veces amagó con desarmarse frente a grandes y chicos, entre la espuma y la brisa del verano. Parten rumbo a la próxima presentación, en otro barrio porteño. Camino de regreso a casa, me alejo lo suficiente como para mezclarme otra vez con esa ciudad que le da la espalda a sus murgas. Probablemente el odio tenga que ver con ese asco que una parte de la sociedad le tiene a su propio espejo. Pero vuelvo a acordarme de manera difusa de aquel corso cuando era chico; quizás para muchos la infancia también sea un recuerdo ya demasiado borroso, y eso los pone tristes. Así como debían sentirse los esclavos de la Buenos Aires del siglo XIX. Una tristeza alegre que también es un baile de libertad. Esa palabra que en estos tiempos nos resuena tan contradictoria como necesaria.